Repetir lo imposible

 

(para La Voz del Interior) 

   Cuando un libro es malo, los críticos piadosos recurren a un truco que consiste en anunciar que bajo una apariencia de superficialidad, se encuentra el valioso sentido de la obra. De esta manera se está al resguardo de cuestionamientos y no se destruye ni al producto, ni a quienes intervinieron en él. Pero… ¿qué ocurre cuando en verdad, nos topamos con un texto que no evidencia virtud a priori pero gracias a algunos fogonazos se ilumina el camino y nos lleva a lo profundo?

  Ana Inés Lopez (Lobos, 1982) mantiene desde 2006 su blog rollerblou.blogspot.com y su opera prima fue Éstas deben ser épocas felices pero me daré cuenta más adelante(Tammy Metzler Editorial) donde grabó en verso la transcición hacia la adultez centrada en el duelo de “dejar el nido”.  El Campeón existencial es su segundo libro y puede leerse como una continuación, un álbum de pensamientos y memorias fragmentadas respirando en una mujer sola. Sin la candidez casi adolescente que López no oculta, sonarían pueriles versos como: ¿Qué va a pasar con toda esa exhibición y con todos nosotros ahí adentro? // Con todos nosotros en las ciudades, adentro de departamentos, mirando el cielo a través de la computadora.

  López es lineal y te mira de frente. Si tuviera que abrazarte no te quitaría los ojos de encima. Su mirada parece no tener simbología, y en sus poemas escasea la metáfora a fuerza de representar a una generación con instantáneas de un solo filo. Lo demuestran algunos títulos: “Me acuerdo cuando íbamos al tenedor libre de Congreso”; “La gente no te mira en Buenos Aires” o “Estoy empezando a hablarle a los perros”.

  La autora propone un campo de ilusión hiperrealista donde las definiciones comienzan a perder sentido en brazos de algunas conjeturas espirituales entre la todavía vigente Alt Lit y el desinterés por una literatura con mayúsculas. Y de pronto: Si, una vez fui a un hotel cinco estrellas / casi como si hubiera vivido otra vida/ ahí había un chico desayunando Coca-Cola.

  Todo parece estar bañado por una mirada lacónica a través de la ventana de departamento de un alto edificio. La ciudad allá abajo, ajena y parte de un paisaje a esta altura natural, tiene mucho para decir pero no lo hace sino a través de la voz melancólica en un presente difuminado donde los hilvanes de los versos sugieren un balance existencial.    

  Al fin parece que a todo lo mueve el instinto. La crítica social también aparece, con anhedonia, se torna política, ética, pero fútil, y enlaza con lo anterior, el instinto es consumista y visceversa: el consumismo como un instinto que puede destruirnos pero poco importa a esta hora de la noche. Lo único que deseamos es un abrazo en una casa ajena que recordamos, una imagen banal en apariencia, pero cuya permanencia nos dispara pensamientos complejos.

  Como el viraje demasiado cerrado de un avión a baja altura, algunas ideas pierden sustentación y caen en lo prosaico sin más, para a vuelta de página despegar e intentarlo una vez más. La emoción está en repetir lo imposible, la terquedad de lograr algo que se salga de las leyes, en este caso, poéticas, y que no importe lograrlo o no, sino quedarse mirando las variaciones y matices que los intentos producen y su maravillosa complejidad casi imperceptibles.

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Publicado por

Pablo Giordano

(Las Varillas, Córdoba, Argentina 1977) Acompañante Terapéutico y Escritor. Trabajó en Gráfica, Radio y TV. Publicó libros de poesía, cuentos y una novela. Es aficionado a la divulgación científica. Escribió en varios medios latinoamericanos y Europeos. Actualmente escribe en Las Voz del Interior.

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