Callecitas

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Ahora me subo al auto y no te voy a ver más. Es así, pendeja, voy a volver a mi casa donde tengo que descalzarme para cruzar el living encerado hasta mi cuarto y acostarme. Y no, como vos, sacarme esos horribles zapatos comprados por dos pesos en El Zapatillazo, que te sacan llagas pero te hacen sentir segura en la noche del Sábado. Porque si hasta en la oscuridad parece que fueran buenos zapatos, y tu piel no tuviera impregnada como roña de olor a carbón, a bracero encendido hasta las cuatro de la mañana, a humo de pobreza, a mañana de domingo en el barrio con calles de tierra y perros embichados cazando langostas.

A lo mejor te quise en algún momento de la noche. A lo mejor lo que me excitó fueron tus quince años, o por ahí tus ojos mirándome atrás de la barra pidiendo un trago. No sé, no sabría decirte por qué me acerqué a vos y te invité. Si ahora ya el motor está encendido y vos entrás a tu casa chorreando leche y me saludás creyendo que mañana voy a venir a buscarte para tomar un helado y que te vean conmigo. No, pendeja: mañana yo voy a estar lejos, porque mi vida es otra cosa. No son todas estas maderas apiladas y ese barro entrando a las casas por abajo de las puertas. Mi vida son esos edificios allá. ¿Los ves? Atrás de aquella niebla. ¿O cómo creés que se produce el progreso de la humanidad? ¿Creés que se produce por andar descalza todo el día y sin bañarse y casi sin comer? ¿Por pedir ropa prestada para el Sábado creyendo que un tipo rico como yo no se va a dar cuenta cuando estacione en estas callecitas casi sin lugar para un coche como el mío? Porque esos fititos y cientoveintiochos armados y un poco tuneados pueden tranquilamente pasear por acá, pero hasta ellos deben estacionarse en las veredas de lo angostas que son estas calles. ¿Y qué es ese ruido? ¿Un mono? Porque debe de haber monos por acá, y a juzgar por tu cara, te debe haber amamantado una mona. Porque seguro que no tenés familia, seguro que estás sola en esa casita y te dormís en el piso entre unas frazadas al lado del brasero. Estoy seguro, pendejita, tanto que te pagaría un hotel. Pero ya cerraste la puerta, la cerraste y me la quedé mirando y pensando. “Lo qué es el mundo”. Yo mañana tomo un avión y no te veo nunca más. O te veo de acá a tres años por la televisión pidiendo ropa y alimentos con el agua hasta la cintura. Seguro mañana te levantás a cualquier hora y te fritás un huevo de desayuno y almuerzo, y seguro repetís eso en la cena. ¡Qué bárbaro! Y pensar que no sos tan fea, por algo finalmente terminamos juntos. ¡Qué loco! ¿¡Cómo no lo pensé?! Si ya debés ser madre. Uno o dos chicos debes tener, y deben andar por ahí… seguramente de tu mamá, que debe vivir en alguno de esos cartones, porque a lo mejor vos llegaste a tener esta casita de ladrillos sin revocar porque el macho anterior te la dejó… A lo mejor el tipo consiguió un laburo mejor en la fundición y se fue del barrio, qué se yo. A lo mejor me equivoco, espero equivocarme, porque la verdad es que no sos tan fea, y sos dulce. Pero yo soy de otro mundo, un mundo que nada tiene que ver con esta pobreza, con esos tipos que vienen para acá con barretas en las manos, mirándome. Qué saben esos tipos del progreso de la humanidad, qué sabrán ellos de todo lo que tuve que hacer para conseguir construir estos barrios, y esos planes que les permiten desayunarse un huevo frito y no un pedazo de rata o comadreja. No voy a decirles que dejen de golpear el auto, ni que dejen de intentar abrir la puerta. ¿Qué podría decirles? Si son como animalitos que atacan una presa fácil, una presa que les dará de comer por un tiempo, para dejarlos hambrientos al rayo del sol por otra larga temporada. Ay, nenita, ya me olvidé cómo te llamás. Si no, saldría a gritarte para que me ayudes, a lo mejor conocés a alguno de éstos y podés frenarlos. No podría bajarme del auto y escapar por las callecitas a buscarte, me encontraría con miles como vos, millones de monitas como vos dando de mamar a sus hijitos gimiendo atrás de cortinas mugrientas. Y no quiero. Yo quiero recordarte con ese escote, con esas piernas mal abiertas, púberes; tomandonos toda la merca del mundo. No quiero esto, estos tipos que ya rompieron el parabrisas y se meten sin darme tiempo a sacar el chumbo de la guantera.

(inédito, 2006)

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Publicado por

Pablo Giordano

(Las Varillas, Córdoba, Argentina 1977) Acompañante Terapéutico y Escritor. Trabajó en Gráfica, Radio y TV. Publicó libros de poesía, cuentos y una novela. Es aficionado a la divulgación científica. Escribió en varios medios latinoamericanos y Europeos. Actualmente escribe en Las Voz del Interior.

4 comentarios en “Callecitas”

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