Fábrica de promesas

Este mes se presentan dos antologías que reúnen a escritores jóvenes vinculados a córdoba. “Es lo que hay” y “10 bajistas” dan cuenta de la diversidad y vitalidad del cuento, retomado por la nueva generación como bandera de una literatura liberada de dogmas, con la década de 1990 como referencia ineludible. Son el resultado de la revolución industrial que no fue, y tienen el desafío de renovar la escena local: comenzaron por juntarse y ya empiezan a hacer el ruido de una máquina en funcionamiento.

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Las antologías “Es lo que hay” y “10 bajistas” ponen en foco la producción narrativa de una nueva generación de escritores cordobeses.

    De a muchos se hace más ruido. En un mismo mes la materia difusa de obras y autores que suele denominarse por comodidad periodística o por pertinencia geográfica “la literatura cordobesa” parece estallar en la definición de una nueva generación de autores que han sido convocados a formar parte de dos antologías. Dos proyectos que coinciden en su intención de partida: dar cuenta del escenario joven local. Lilia Lardone y Alejo Carbonell emprendieron sendas compilaciones sin saber que coincidirían, ni que sus antologías Es lo que hay y 10 bajistas serían presentadas el mismo mes –el 15 de abril 10 bajistas, el 23 Es lo que hay–.

   La versión cordobesa de la moda de antologías que inició La joven guardia en 2005 muestra a una generación de autores con estéticas disímiles y tradiciones divergentes, pero que coinciden en algunas instancias significativas: la mayoría se educó en la década menemista, no tiene en cuenta una tradición local, fue testigo de los cacerolazos y del 11/9, y participó en proyectos alternativos de edición. La mayoría, además, apuesta con desgano o entusiasmo a un ejercicio que, en los términos del mercado, no tiene futuro. Y les encanta.

Coincidencias.

   10 bajistas fue una propuesta de una editorial (el sello de la Universidad Nacional de Villa María, Eduvim) a un escritor, Alejo Carbonell. Es lo que hay nació al revés, como propuesta de Lilia Lardone al sello Babel. Los libros no sólo coinciden en su mes de publicación y presentación al público: seis de los autores participan de ambas antologías. Entre esos seis, quizás el caso más significativo sea el de Luciano Lamberti, un autor cuya producción literaria y trayectoria en el campo de las ediciones independientes lo vinculan estética o biográficamente con casi la totalidad de los autores de ambas antologías.

   El escritor de San Francisco publica dos cuentos de estética diferente en cada antología y ofrece un panorama de recursos y estrategias que bien podría definir a la generación en cuestión: paisajes locales, retorno a la infancia, prioridad de la primera persona, tono melancólico y brutal, una anécdota central que se ramifica en historias secundarias pero definitivas, un juego constante con la presunción de que algo terrible está a punto de suceder y nunca sucede –o sucede en otra dimensión, en otro relato–, prescindencia de todo sentimentalismo, finales abiertos, reflexiones en torno de las formas contemporáneas de la soledad. Y todo lo contrario.

   Otro punto en común entre los dos libros es la escasez de mujeres narradoras: en Es lo que hay, sólo participan dos (Maricel Palomeque y Cuqui), y en 10 bajistas, ninguna: ambos antólogos explican en sus prólogos que simplemente no hay mujeres narradoras en Córdoba. Las que escriben, se dedican a la poesía.

¿Clásicos? 

   Los argumentos de la nueva narrativa local, de acuerdo a estas antologías, nacen de noticias policiales, de anécdotas familiares o de recreación de relatos tradicionales. La experimentación formal está contenida (no podríamos hablar en ningún caso de algo parecido a la “aliteratura” de los ´60, por ejemplo, ni de experimentos dadaístas o surrealistas) en cierto retorno a una preocupación más bien clásica: contar una historia. La mayoría de los autores se preocupa por contar bien una historia, cuyos temas aparentemente adyacentes u ocultos terminan siendo centrales: “Simulamos nuestras cicatrices para que se noten más”, dice Sebastián Pons.

   Pons publica en Es lo que hay un cuento marechaliano sobre dos poetas cordobeses a la deriva en la ciudad de Córdoba, una suerte de adaptación del “viaje a la oscura ciudad de Cacodelfia” del Adán Buenosayres. El autor propone un panorama generacional signado por “el desencanto, la aniquilación de ideales, la trama inverosímil y profundamente sarcástica de la existencia durante esos años, y la inestabilidad de toda base en la que se pudiera construir o reconstruir lo real”.

   Marcelo Díaz participa en Es lo que hay con un cuento sobre la alienación de las relaciones personales, la soledad y la hiperestimulación de la sociedad de consumo. Dice que pertenece a “una generación que se encuentra en la fiebre y en la noche y que se traduce en una literatura del momento, del presente, que no tiene pretensiones de trascendencia bajo ninguna forma”. El varillense Pablo Giordano agrega: “Somos una generación sin sueños, que asistió al exterminio de los ideales y a la cosificación del arte en un ejercicio tan lánguido como cuando nuestras madres nos peinaban antes de ir a la escuela un día de viento”.

   Para completar el cuadro, el salteño Lucas Moreno –vive y saca fotos en Córdoba, e insistió en salir en la foto acompañado de su trípode– dice sobre las marcas generacionales: “no pienso en eventos históricos sino en tecnologías, formatos o materialidades: cine, televisión, Internet, chat, mp3, boliche, Speed con vodka. Estos aparatos de lo pasajero y de lo divertido están muy pegados a nosotros. Queda todo espectacularizado y somos hipersensibles al aburrimiento”.

¿Quién dijo Carver? 

   La mayoría de los nuevos autores no ha leído la obra de las generaciones cordobesas anteriores. Una pregunta sobre las relaciones entre la nueva y la “vieja” literatura deparó muchas más excusas y distancias respecto de los conceptos de nuevo y viejo que precisiones sobre lecturas.

   Javier Ramacciotti es uno de los que arriesgan incluso una negación de alguna tradición local relevante: “Somos huérfanos chocando con huérfanos mientras buscamos como podemos restos para construir una herencia, un acervo literario. Pero esta orfandad, que es nuestra pobreza, es también-creo- nuestra libertad”.

   Entonces, ¿qué leen? “A priori diría que existe como una especie de ‘mito’ de lecturas subyacentes y compartidas. Se ha señalado hasta el hartazgo la influencia del minimalismo norteamericano, de Carver en particular, a lo que yo, en lo personal, sumaría a los realistas italianos de la posguerra y a los regionalistas argentinos. Creo, efectivamente, que es algo que muchas veces (pero no siempre) se puede leer y que es una marca bastante particular de lo que se produce en Córdoba. O por lo menos, es una referencia que en Buenos Aires no existe” resume Falco.

Formas de localismo.

   Ahora bien, el paisaje, cierto uso del lenguaje coloquial y la recurrencia temática en el desencanto sí ligan a la mayoría de los cuentos a la posible “cordobesidad” a la que hacen referencia los subtítulos de las antologías. “Es impresionante la cantidad de cuentos que transcurren en pueblos del interior, con personajes que se comen las eses y trabajan en los silos de granos. Impresiona esa manía de referirse a la infancia, y al yo”, dice Pablo Giordano cuando piensa en los lugares compartidos de la narrativa local. Pablo Natale también destaca “una forma híper-hegemónica de hablar el pasado y de hacer desaparecer los futuros posibles”. Natale enfoca en cierta desesperanza común a todos los textos, y ciertamente el tono de ambos libros no deja de ser apocalíptico. Toda esperanza carece de sentido, y en esa dirección, el cuento de Hernán Tejerina en 10 bajistas es icónico: una vida que transcurre en un día, sin sobresaltos y sin ningún encanto, sin dejar rastro.

Ocupar un lugar. 

    “Creo que estas antologías pueden llegar a significar el puntapié inicial para muchos de nosotros –dice Javier Quintá–, convertirse en un aporte muy importante para la construcción de un espacio literario que hasta ahora se mantiene difuminado en los blogs y en varias pequeñas ediciones independientes, como la desaparecida editorial La Creciente o algunas revistas, como fue La Intemperie en su momento y hoy es Diccionario”.

   “Si existieran antologías así en todas las provincias –agrega Pablo Dema– sería más difícil, o más bochornoso aún, hacer libros como La joven guardia, que se presenta como una muestra de la nueva generación de autores argentinos cuando en realidad contiene textos de autores de tres provincias y con una desproporción notable: 18 son de Buenos Aires, 2 de Córdoba y 1 de Santa Fe”.

   Coinciden, se distancian, buscan la polémica o la esquivan. Algunos buscan la fama, otros sólo se quieren quitar el peso de un pasatiempo inevitable. Algunos quieren entender el pasado, otros quieren saber qué hacer sin un futuro. Los han etiquetado como lo nuevo, como la promesa. ¿Qué harán con ese peso, con esa etiqueta? Probablemente lo que hacen con todo lo demás: no darle importancia, a menos que sirva para escribir.

   En 1999, el escritor norteamericano David Foster Wallace publicó el maravilloso libro Entrevistas breves con hombres repulsivos. La referencia a ese libro no es gratuita: Foster Wallace es un autor central para la generación que comenzó a leer en la década de 1990, la generación que coincide al menos cronológicamente con casi todos los autores de 10 bajistas y Es lo que hay (Diego Fonseca es levemente más viejo, y sus lecturas de formación tuvieron lugar en la década anterior). Estas entrevistas breves sirvieron de apoyo a la confección de la nota principal, pero proponen muchas más instancias de aproximación al presente de la narrativa joven cordobesa que las que se pueden meter en dos páginas de un diario de papel. Por es las proponemos aquí, como un documento de primera mano para quienes se interesen, ahora o en un futuro lejano –si es que hay un futuro– en algunas de las voces más relevantes de la escena contemporánea. Las preguntas fueron las mismas, a todos los autores. Estas son las respuestas de quienes aceptaron el juego insuficiente de una entrevista repulsiva.

   En las dos antologías se hace mención, en los subtítulos, a una nueva narrativa cordobesa… específicamente, ¿qué distancias hay con alguna “vieja” narrativa de la provincia?

   No estoy seguro de poder hablar de “distancia” dentro de la literatura, pero existe una diferencia generacional muy marcada con respecto a la “vieja” literatura. A esta “nueva ola” compuesta por autores nacidos después del setenta (y que casi no leyó a la “vieja”) las editoriales comienzan a canonizar con desparpajo como supuesta promesa de las letras nacionales, no tanto en Córdoba, pero sí en Buenos Aires. Habrá que esperar algunas décadas para saber quienes sobreviven a semejante sticker pegado en innumerables blogs, revistas y antologías.

¿Qué marcas hacen de tu escritura una escritura “cordobesa”? 

El modo en que se expresan los personajes, los temas y el estilo, quizá. Que no son otra cosa que la realidad con la que nos criamos. Hay un coloquialismo galopante en las nuevas letras cordobesas. Para que pueda asegurarse que una literatura es de un lugar y no de otro, creo, tiene que ser intransferible; y ni así se ha podido vencer a la curiosidad cultural. Cada vez nos leen más en el exterior, y cada vez leemos más a alguien que escribe en un pueblito de Perú como si se tratase de Las Mojarras.

¿Hay lectores para tantos autores?

Los lectores de nuestra generación, son los escritores de nuestra generación, que también son editores y críticos. Ningún autor se animará a decirlo, pero en nuestros vanidosos corazones, lo consideramos el público soñado. Aunque algunos lo vaticinen para más adelante, la literatura hoy, es un hobbie. Logró reunirse con su idea ancestral de inutilidad, y por esa razón (paradójica), la considero fundamental.

¿Qué marcas generacionales dirías que te unen -estéticamente- a tus contemporáneos, a los otros autores de la antología?

Es impresionante la cantidad de cuentos que transcurren en pueblos del interior, con personajes que se comen las eses y trabajan en los silos de granos. Impresiona esa manía de referirse a la infancia, y al yo. Nacimos en plena dictadura y nuestra experiencia primera con la democracia fue inflacionaria, luego el vaciamiento menemista nos manchó de un nihilismo poco menos terminal que la inundación de Tinelli en todos los aspectos de la existencia. Vimos los muertos del 20 de diciembre y la caída de las torres como algo que ocurría dentro de un videojuego, y mientras pasábamos esas pantallas, teníamos que inventarnos una vida con todos esos pedazos de nada. Somos una generación sin sueños, que asistió al exterminio de los ideales y a la cosificación del arte en un ejercicio tan lánguido como cuando nuestras madres nos peinaban antes de ir a la escuela un día de viento. El mundo se convertía en un descomunal cementerio, pero apareció Internet y un lugar para nuestras tristes artesanías. Nos brindo un público. Entonces empezamos a hablar de cierta literatura de cierta generación; y nos creímos escritores.

Emanuel Rodriguez (La Voz del Interior, 2009)

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Publicado por

Pablo Giordano

(Las Varillas, Córdoba, Argentina 1977) Acompañante Terapéutico y Escritor. Trabajó en Gráfica, Radio y TV. Publicó libros de poesía, cuentos y una novela. Es aficionado a la divulgación científica. Escribió en varios medios latinoamericanos y Europeos. Actualmente escribe en Las Voz del Interior.

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