Ñandú

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   El Lucas ya se había mandado algunas cagadas parecidas. Una vez, a la entrada del colegio, hizo un willy con la moto blanca que había armado, y en el aire se le salió la rueda de adelante. Anduvo media cuadra con la moto levantada pensando en cómo bajarla pero no había opción. El ruido fue lo que más nos impactó. Lo otro fueron algunas chispas y el Lucas arrastrándose sin control hasta nosotros, golpeando varias veces contra el cordón cuneta. Otra vez fuimos a la casa y nos mostraba cómo había que castrar a los gatos. Les ataba un alambre de cobre bien apretado alrededor de los huevos y los largaba. A los días aparecía el gato con el pito seco y se los sacaba como si fuese una crosta.
   Los padres nunca estaban. El Lucas se subía al techo a fumar. Armaba cigarrillos con yerba mate y un pedazo de diario. Esas cosas fueron en séptimo grado, él había repetido dos veces. Una semana antes de terminar la primaria pasó lo del ñandú.
   En verano lo acompañé a chorear nísperos y pasamos por el campo del tío. Se le iluminaron los ojos cuando la vio y era imposible que el entusiasmo del Lucas no se te contagiara. En esas situaciones no medíamos las consecuencias, lo único que importaba era verlo así, ver crecer la alegría como un veneno que le hinchaba el cuerpo y lo hacía explotar.
   —Vos colgate de las rejas y espantala, que yo me acerco por acá atrás y le tiro la soga —indicó.
   —Te crees que la ñandú es boluda, Lucas. Las ñandú son re-vivas.
   —Vos andá.
   —Te va a cagar a patadas, las ñandú te cagan a patadas.
   —Problema mío, andá. Ya me vas a agradecer cuando las chicas nos vean pasar arriba de la ñandú y se caguen de risa.
   Lo encontramos en el zoológico abandonado. El zoológico había sido un rejunte de animales de la zona, más bien grises, flacos. Tres zorros, un puma, varias lagartijas, un puñado de gorriones y no mucho más. Cuando no pudo seguir alimentandolos, el tío les echó el veneno. Fue en cana, molido por un grupo de mujeres que quiso lincharlo. Solo, en un pedazo de jaula detrás de los chañares, el ñandú sobrevivió.
   —Tapemoslé los ojos con algo, Lucas. Yo vi en la tele que le hacen eso a los cocodrilos para que no se aviven.
   —Si, ¿y cómo mierda la agarramos? Le podemos poner esas anteojeras de los caballos.
   —¿Van con monturas las ñandú?
   —Yo vi en la tele que sí, a los avestruces se las ponen.
   —Sí, pero las avestruces son más grandes, no se si esta va a aguantar.
El bicho le tiró un picotazo en la pierna. El Lucas se revolcó agarrándose el tobillo, juntó un puñado de piedras y se las revoleó por la cabeza. El ñandú corrió flameando el cogote.
   —Se me caga de risa, la hija de puta.
   —Agarremoslá por atrás.
   —Qué te crees que es pelotuda o qué, mirá como juna por el costado.
   —Ta’sustada, boludo.
   La acorralamos en puntas de pie agazapados, el bicho no se dio cuenta. El Lucas fue por atrás, pegó un salto tirando de las alas y se subió. El ñandú salió corcoveando. La jineteó cagándose de risa. Le enredó la soga alrededor del cuello, el bicho dobló cerrado y lo tiró a la mierda. Antes de tocar tierra, el Lucas pegó el tirón y la revolcó. El bicho largó un grito horrible, saltaron manojos de plumas.
   Nos fuimos al centro en las bicis. Se escuchaban las uñas del ñandú raspando el pavimento. A cada rato se metía entre las ruedas y nos obligaba a frenar. Le desenredamos la soga y arrancamos de nuevo. Una cuadra antes del centro dejamos las bicis y nos preparamos. No me animé a subir, al escándalo lo iba a protagonizar él. Pobre.
   La acomodó derechito a la plaza. La montó de un saltó y salió cagando. El ñandú agarró en diagonal, zigzagueando.
   El Renault 12 venía al mango, era rojo.

(Revista Diccionario, 2007)

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Publicado por

Pablo Giordano

(Las Varillas, Córdoba, Argentina 1977) Acompañante Terapéutico y Escritor. Trabajó en Gráfica, Radio y TV. Publicó libros de poesía, cuentos y una novela. Es aficionado a la divulgación científica. Escribió en varios medios latinoamericanos y Europeos. Actualmente escribe en Las Voz del Interior.

4 comentarios sobre “Ñandú”

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