Juanes

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   Un Juan fue, según algunos textos del Nuevo Testamento, uno de los pescadores que se convertirán en discípulos de Jesús. En un texto que supuestamente escribió, dijo haber visto a Jesús resucitado. Es, como la mayoría de todos los personajes bíblicos, casi inhallable en la abrumadora literatura testimonial de la época, fuera de los relatos bíblicos que, según intentan imponer los religiosos fueron inspirados por Dios. Muy pocos textos que no fueron reconocidos como material inspirado por Dios presentan a Juan el Apóstol como protagonista de relatos prodigiosos, chistosos y de un evidente histrionismo. En los «Hechos de Juan», datado de la segunda mitad del siglo II o del siglo III, no se lo alude a Juan el Apóstol como fundador de Iglesias, ni como guía de grupos, sino como un nómade activista de la fe.

   Otro Juan, “el Evangelista”, es la denominación convencional que se le ha dado al autor del Evangelio de Juan; el Apocalipsis y tres epístolas. Pero la verdad es que estos textos fueron escritos por varias personas. Más Juanes inclusive: Juan el Presbítero o Juan el Anciano, que aparece mencionado en los fragmentos de Papías. Los cánones cristianos dicen que se trata de la misma persona sin ser contundentes en sus pruebas.

    El Evangelio de Juan abunda en diferencias estilísticas y temáticas, evidencia que a Dios le gustaba dictar con diferentes estilos. La redacción (en torno al año 90 d.C.), no torna imposible la autoría del supuesto Juan, aunque sí difícil. Existe la posibilidad de que el Evangelio de Juan fuera fruto de la comunidad fundada alrededor de uno de los discípulos del supuesto Jesucristo. Las dataciones más tardías lo sitúan hacia el año 180, así como Clemente de Alejandría y Tertuliano hacia el 200. Se ve que Dios se tomaba su tiempo para dictar la epopeya de su hijo.

    Con esta nueva datación se presume la imposibilidad de escritura por parte del Apóstol, a menos que haya vivido cerca de 200 años. Se percibe que algunos pasajes del Evangelio de Juan parecen desordenados, no muy elaborados en su edición definitiva. Hay textos que no corresponden con el contexto, se producen cortes y falta de unidad en varios relatos y discursos. Es llamativa esta conducta divina.

    Se han presentado varios intentos de explicación. La teoría actualmente más difundida es la de que el Evangelio de Juan es un texto que creció con el transcurso del tiempo, con añadidos y notas provenientes de otros miembros de la comunidad (Raymond E. Brown propuso la existencia de una comunidad joánica que habría participado en la edición y quizá en la redacción final del evangelio). Fue escrito para personas conocedoras de la cultura judía y el pensamiento griego.

    El Evangelio era anónimo en origen, y no es seguro siquiera que el nombre del autor fuera “Juan”, aunque la tradición cristiana más antigua le asigna ese nombre desde casi el principio. Parece que, en todo caso, el autor o autores de este evangelio era o eran judíos que escribían para un público que no estaba familiarizado con las costumbres judías. Según la tradición, Juan lo hizo para las siete iglesias de Asia. Según Antonio Piñero, Guía para entender el Nuevo Testamento, p. 396, la atribución al apóstol Juan del Cuarto Evangelio es rechazada “de modo casi unánime, incluso entre los críticos católicos”. No parece creíble que el pescador galileo, probablemente analfabeto, escribiera en un griego tan brillante como el del libro.

  ¿A qué viene todo este rollo? Nada menos que a la obra que inaugura casi toda la superstición moderna sobre el fin del mundo: El libro del Apocalipsis o Apocalipsis de Juan, el último del Nuevo Testamento. También es conocido como Apocalipsis de Jesucristo por el título que al principio se da a este libro y en algunos círculos protestantes simplemente como Revelación o Libro de las revelaciones. Fue escrito por este o estos tales Juanes, a finales del siglo I o principios del II, cuando las persecuciones Romanas se hicieron más cruentas. Como en toda la Biblia, solo basta leerlo para reir ante la idea de que alguna deidad pueda haberlo dictado. En cambio, es más atinado concordar con los estudios científicos: es evidente que el libro representa la esperanza de un cristiano en la caída de Roma y en el final de la persecución. Son consejos que el autor daría a sus lectores cristianos, para mantenerse en la fe y soportar las angustias, poniendo la esperanza final de la nueva Jerusalén como premio seguro para los que fueran firmes. Un pedido de esperanza, un cielo inventado para que la muerte no triunfe.

   Al final del siglo II el Apocalipsis fue reconocido por los representantes de las iglesias principales como una obra genuina del apóstol Juan e incluidos en los libros canónicos, lo que supuso el cambio de interpretación, pasando a ser profético.

   Así nació la idea de una predicción sobre el final de lo conocido.

  La doctrina del juicio final en el Cristianismo generalmente habla de un día en que cada hombre será juzgado según sus obras, buenas o malas, después del Milenio de Paz y después de la Resurrección Final. Este juicio se iba a efectuar ante el Gran Trono Blanco de Dios y serían juzgados cada uno según sus obras que están registradas en el libro de las obras. Y el que no se hallaba escrito en el libro de la vida iba a ser lanzado al lago de fuego y azufre. Se ve que Dios a veces se olvidaba o tenía flojera y no anotaba a alguien.

  Según el milenarismo cristiano, que continúa una antigua tradición judaica, Cristo debía gobernar el mundo durante un período de mil años. Esto no queda recogido por la literatura evangélica ni apostólica, pero sí por el Apocalipsis de San Juan: después, tras la destrucción y el juicio a los muertos, los elegidos alcanzarán un reino de gloria. Esto sucedería aproximadamente en el año 1.000. Nada ocurrió.

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Publicado por

Pablo Giordano

(Las Varillas, Córdoba, Argentina 1977) Acompañante Terapéutico y Escritor. Trabajó en Gráfica, Radio y TV. Publicó libros de poesía, cuentos y una novela. Es aficionado a la divulgación científica. Escribió en varios medios latinoamericanos y Europeos. Actualmente escribe en Las Voz del Interior.

6 comentarios sobre “Juanes”

  1. Te recomiendo, y solo porque te veo interesado, en leer o escuchar aunque más no sea, a José Luis Sicre, que siendo sacerdote , amigo de Ernesto Cardenal, habla sobre todo esto que vos exponés; obvio con mucha más profundidad porque es un investigador de la Biblia (o las Biblias) para ser fiel a lo que él cuenta. Te dejo un par de videos, muy muy interesantes de escuchar.

    Gracias por abrir la cuestión que es para algunos intelectuales una especie de tabú.

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