“Los escritores del interior estamos condenados a la cruz”

10374007_10202730329072959_374651760435569286_nPablo Giordano, de 34 años, nació, vive y escribe en Las Varillas, Córdoba. De reciente aparición, su nuevo trabajo literario, “Chozas” (Ciprés Ediciones – Novela – Córdoba 2012), ya circula por las librerías de nuestra ciudad. Previamente, ya había editado “La Felicidad es un Gordini” (textos de Cartón – Poesía – Córdoba 2009) y “Los muertos” (El Mensú Ediciones -cuentos- Villa María 2011), además de publicar en diarios, revistas y sitios de América y Europa. A fines de la década pasada formó parte de las discutidas antologías provinciales sobre la narrativa jóven en Córdoba (Es lo que hay y 10 Bajistas). En la actualidad mantiene una columna en la revista PoloSecki de Córdoba y escribe casi a diario en su blog Cosas de mimbre. Desacartonado, despojado de solemnidades y oscilando muchas veces entre la hilaridad y la sorna para hablar de escritura, brindó en diálogo con este medio detalles del trabajo literario en el interior.

¿Cuándo empezó a escribir? ¿Y qué lo llevó a decidirse a editar?

 Empecé a escribir de niño, motivado por el enorme aburrimiento de una tarde de otoño. Era un chico introvertido, sobreprotegido, que estaba un poco harto y miedoso del afuera. Esa especie de suroeste norteamericano bizarro y feroz, pero también plácido y desértico. Los vientos y el otoño, la voraces tormentas del verano. Los amigos. Lo recuerdo bien, fue en sexto grado y empecé robando personajes a los cuentos de Gustavo Roldán. Así empecé. Después dirigí el taller literario del colegio y en el secundario le escribí cuadernos enteros a una chica de la que me había enamorado. Y empecé a leer más, los clásicos. Escribía cursilerías que no llegaban a nada, pasaba la noche en vela. Eran los años noventa, no había mucho a lo que aspirar, más que caminar con algún amigo hasta la estación de servicio para comprar algunos snacks y volver a casa para tratar de terminar el Buble Buble o el Formula 1 si tenías Sega. Ni siquiera la Marijuana había entrado todavía como algo masivo, y el pelo largo (si bien lo conservábamos) estaba en retirada. Tiempo después me topé con “La noche es virgen” de Jaime Bayly; no por bueno sino por su estilo dije: “Ok, ¡o sea que se puede escribir así! ¡Y hablar sobre esto!”. Así fue como decidí escribir Chozas, a los 16 años, para contar y ficcionalizar algunos aspectos y sucesos de mi vida. En el camino, arrastré dos libros de poemas y uno de cuentos. Luego, editar, es un deseo de todo escritor.

¿Cómo es su “proceso creativo”?   

Ahora escribo cuando puedo, en los huecos que deja la cotidianidad, el trabajo, etcétera… y tengo un proceso de corrección, más que de creación. Escribo en la PC y en el teléfono, algunas pocas anotaciones poéticas en libretas o márgenes de papeles cuando se da el caso. Pero la verdad que hace más de diez años que no escribo a mano, es un trabajo horroroso. A veces llega la idea acabada y es un momento de euforia porque hay que ponerse a trabajar mucho y dormir poco, desilusionarse, deprimirse, enfermarse hasta que la euforia de una idea transformadora resurja. A veces la idea cierra después de muchos textos dispersos, cambian de género. La gran mayoría desaparece. Cuando parece que cerró, empieza la corrección, que puede llevar años y se parece mucho al cuidado de los tulipanes. Allí, la menor cosa cuenta, puede hacer despistar al relato, o marear un poema que parecía muy equilibrado. Es un trabajo difícil en el que hay que armarse de mucha paciencia y acumular la mayor cantidad de herramientas posibles de depuración.

¿Qué escritores o libros lo marcaron como escritor?

Cómo lector todo libro te marca. Después, cada uno tiene un canon personal que muchas veces es inconfesable. Yo no me canso de hacer el ridículo y no me importa para nada lo que piensen los académicos. Te nombre a Bayly como un inaugurador de mi escritura adulta, puedo nombrarte a Eduardo Galeano, Mark Hadon, Alejandra Pizarnik, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Foster Wallace, la maravillosa conjura de los necios; y basta porque esto ya no entraría en una licuadora, no si queremos un trago menos exótico. Lo que quiero decir es que todo nos marca, es indudable que en la retina quedan algunos autores y otros no, pero ponerse a hacer nombres es una historia de nunca acabar. Woody Allen, por ejemplo. El “Negro” Dolina, Poe, Lovecraft, Kafka, Maupasant, Henry James…

¿Qué elementos de su ciudad y/o región cree que pueden rastrearse en sus escritos?

Muchos, casi todo lo que aparece en mis textos tiene que ver con mi ciudad. O, mejor dicho, con mi pueblo. El lenguaje es algo evidente, algunas descripciones geográficas y climáticas, las costumbres y la trama. Hay mucha carga costumbrista en lo que escribí hasta ahora, una obsesión por el hiperrealismo que muchos me elogian. Yo no estoy seguro de haber logrado ciertas cosas, pero sí de haber rescatado algunas otras que no quería perder, y de haber perdido la inmensa mayoría. No soy un nostálgico enfermo, ni un romántico al estilo alemán. Conozco bien las leyes de la termodinámica y entiendo que todo va hacia el olvido.

¿Cuáles son las particularidades de escribir en el interior, por fuera del macro-mercado de Buenos Aires? 

Hay una ventaja y una desventaja en vivir en un pueblo como Las Varillas. Por un lado, no hay mucho que hacer y el movimiento literario es muy pobre. Es decir, uno puede encerrarse tranquilo a escribir y no se estará perdiendo de mucho. La desventaja, es que se trabaja lejos de los colegas (a menos que te pases el día en Internet) y lejos de los eventos, editoriales, y ciudades que no han cambiado su capitalización cultural desde tiempos bíblicos. Los escritores del interior del interior estamos condenados a morir en la cruz. De los trescientos crucificados, cada tanto, uno será Cristo y se masificará. Porque la realidad es esa misma, quizá ni siquiera existimos, como Jesús, sino que alguien después de algunos años nos recuerda, y el amigo dice que resucitamos, y otro lo publica en la prensa junto a nuestros poemas, y una editorial snob necesita al nuevo “freaky” para su colección de mitos. Morimos en la cruz abriendo un ojo para espiar. Lo que ansiamos es ser canonizados algún día. Como los profetas, sabemos que mentimos, pero queremos ser amados, y no solo hoy, sino para la eternidad.

La Voz de San Justo (29 de Abril de 2012)

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Publicado por

Pablo Giordano

(Las Varillas, Córdoba, Argentina 1977) Acompañante Terapéutico y Escritor. Trabajó en Gráfica, Radio y TV. Publicó libros de poesía, cuentos y una novela. Es aficionado a la divulgación científica. Escribió en varios medios latinoamericanos y Europeos. Actualmente escribe en Las Voz del Interior.

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