Nostradamus

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  El Conde de Montgomery está de frente a varios metros esperando la orden de atacar. El Rey Enrique II de Francia no puede mantener tranquilo a su caballo. Se trata de un juego, más precisamente un torneo festejado con motivo de la boda de su hija Isabel. Enrique sale disparado, su caballo parece levitar, de frente se acerca al galope el conde con su lanza. Fue el último recuerdo de la justa que Enrique describe como un dolor intenso en el ojo que lo tiró del caballo.

  Una vez en palacio, fue atendido por los mejores cirujanos sin dar con la cura. El padre de la cirujía moderna, Ambroise Paré, fue autorizado a reproducir la herida del rey en algunos condenados para investigar cómo y de qué forma curarla, sin obtener resultado. Felipe II envió desde Bruselas a Andrea Vesalio, otro fundador, en este caso de la anatomía moderna, que no llegó a tiempo. El monarca estaba muerto.

  Al tiempo su viuda Catalina de Medici encargó un relevamiento de vaticinios a fin de descubrir si alguno de los adivinos o astrólogos a quienes consultaba se había anticipado a la tragedia. Nadie lo había predicho, ninguna de las miles de visiones había registrado tan importante hecho. Al tiempo encontraron una sospechosa: en la Cuarteta 1-35 de un tal Nostradamus, había una serie de imágenes que sugerían el desenlace. Eran muy confusas pero si se las hacia encajar con un poco de fuerza, podía ser la que buscaban. ¿Por qué este señor no había advertido semejante suceso si lo había visto? y sobre todo ¿quién era?

  Michel de Nôtre-Dame nación en Francia en 1503 en una familia Judía que fue forzada a convertirse al catolicismo. De adulto afirmó que descendía de la tribu bíblica de Isacar, dotada para la profecía; lo cual es falso si tenemos en cuenta que ni siquiera hoy se puede rastrear cualquier genealogía hasta los tiempos de las Doce Tribus de Israel; y tampoco existen las profecías. Lo cierto es que Michel se recibió de médico. El programa de la carrera contenía muchos conceptos erróneos: la herboristería, por ejemplo, junto a medidas higiénicas que combinaban procedimientos adecuados con otros que eran inservibles o perjudiciales. Viajando encontró e intercambió información con varios doctores, alquimistas, cabalistas y místicos renacentistas en la clandestinidad.

  En 1537 murieron su esposa y sus dos niños a causa de la peste bubónica. Tuvo problemas con la Inquisición en Toulouse por un comentario sobre la estatua de la Virgen María. Simpatizaba con el protestantismo: llamaba “cristianos” a los reformistas, y “papistas” a los católicos. Se mudó a Salon-de-Provence, en 1547.

  Tres años después, Michel se siente feliz de alejarse de la medicina y encuentra en las prácticas ocultas un regocijo mesiánico. Enciende fuego y descansa su vista allí por horas,  en trance, al igual que cuando mira algún estanque. Son viejos métodos de contemplación, como una mirada hacia el yo.

  Es noche cerrada en el sur de Francia, sopla un viento gélido que obliga a volver a abrigarse. Michel, sentado sobre un trípode, contempla el interior de un cuenco con agua, aceites y especias. Las figuras que se forman le sugieren hechos del futuro en los que cree fervientemente. Con este método, de Branchus, el profeta délfico de Grecia, escribió una serie de almanaques anuales. Los hizo públicos con la versión latina de su nombre:  Nostradamus. Antes tuvo que sortear el problema de la época: la Inquisición. Sus vaticinios fueron corregidos por él mismo, cambiándolos y tornándolos aún más oscuros y borrosos, hasta absurdos. Muchos clientes, entre los que se encontraban el empresario minero alemán Hans Rosenberger y el noble Hyeronimus Schorer, se quejaron de sus predicciones por demasiado imprecisas. Nostradamus se defendía alegando que utilizaba juegos de palabras e idiomas: provenzal, griego, latín, italiano, hebreo y árabe.

  Sin embargo tuvo éxito. Muchas personas provenientes de alejadas regiones francesas lo contactaron para saber sobre el futuro a través de los horóscopos. En el siglo XVI, la Astronomía aún no se había separado de la Astrología. Cuando publicó Las profecías, muchos empezaron a criticar su contenido, argumentando que constituía información obtenida del demonio, y lo declararon hereje. Otros lo  apoyaron y consideraron la obra como una segunda biblia. Entre sus clientes estuvieron los ricos y famosos de la época. Catalina de Médicis, esposa de Enrique II, rey de Francia, fue quien lo había invitado a la Corte. Así había llegado allí este vidente, que según Catalina era el dueño de la profecía sobre la muerte de su esposo. La voz se corrió: Nostradamus fue temido, sus malos augurios para Inglaterra desataron el pánico. Así se constituyó el mito que lo hizo sobresalir entre cientos de profetas de la época.

  El 1 de julio de 1566 al atardecer, le dijo a su secretaria que “no lo encontrarían vivo para el amanecer”. Fue, quizá, su única profecía (en el caso de que haya pronunciado esas palabras) que se cumplió. Después de su muerte, según sus cartas, se supo que no dominaba el Latín y no era capaz de ejecutar los cálculos astrológicos básicos, los cuales encargaba a terceros, limitándose a elaborar las interpretaciones.

  No hay prueba alguna de que Nostradamus haya acertado alguna profecía, la ciencia ni siquiera considera a sus libros como enteramente proféticos. La fama contemporánea de Nostradamus se cimenta en intérpretes que comenzaron a divinizarlo en el siglo pasado. Ninguna cuarteta de Nostradamus ha sido interpretada antes de que el hecho suceda o los sugieren genéricamente, algo que cualquiera puede hacer: “incendios en occidente”, “guerras espantosas en oriente”. El método que utilizan sus traductores y creyentes se llama precognición retroactiva, y se basa en relacionar su poesía con eventos ocurridos (y no por ocurrir) o que son tan cercanos en el tiempo, y obvios, que son inevitables.

  Se encontraron muchas predicciones de Nostradamus de hechos ya ocurridos cuando las formuló, esperando que su público las creyera anteriores. La mayoría de sus defensores afirman que predijo todas las catástrofes del mundo, desde su época hasta el 3797, según él mismo, el fin del mundo. Justifican su falta de claridad a que tuvo que codificar sus profecías para evitar la condena de la Inquisición, lo cual es ingenuo teniendo en cuenta que no hubiese significado nada en absoluto para la época escribir las palabras “Napoleón” o “Hitler”, personajes que según sus defensores, previó.

  Nostradamus pronosticó el fin del mundo en muchas oportunidades, fallando en todas. La más contundente fue su cuarteta: “El año 1999, séptimo mes, vendrá del cielo un gran Rey de espanto. Resucitar al gran Rey de Angolmois, antes, después, Marte reinará por buen dicha”.

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Publicado por

Pablo Giordano

(Las Varillas, Córdoba, Argentina 1977) Acompañante Terapéutico y Escritor. Trabajó en Gráfica, Radio y TV. Publicó libros de poesía, cuentos y una novela. Es aficionado a la divulgación científica. Escribió en varios medios latinoamericanos y Europeos. Actualmente escribe en Las Voz del Interior.

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