There was a girl

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   Durante los últimos años de secundaria estuve saliendo con una chica de veintitrés años, Carolina, gordita y pequeña, vivía en el segundo piso del edificio del centro y pasábamos las noches en la única azotea del pueblo. Me gustaba su mal aliento, sus hombros recios de contrabajo, su bajo vientre tatuado. Dentro de la casa rugían sus hijos frente al televisor el día perpetuo de los pollos. La ventanita de la cocina, mi ropa en la silla del rincón de su pieza, eran los ángulos que prefería mirar cuando no dormía y recordaba a mi madre cruzándome la calle un invierno en Pasadena, o el aliento pútrido de mi padre apenas despierto en esa cama del Hotel de Maine que terminó incendiado cuando nos fuimos a las carreras, las bombachas de mis hermanas, los calzones del tío Ted, flameando en la soga del patio que teníamos en la casa de Jersey cuando pasábamos esas temporadas allá.

   Después llegó el verano en que nos separamos y no volví a verla. Recuerdo mi par de ojotas flotando en la pelopincho, irme descalzo hasta la casa de mis padres, sentarme en el sillón del living y anunciar que alquilaría algo para mí.

  Hasta ahí llegó la adolescencia, los fasos ya no pegaban como antes, en lugar de dolientes o bonitos los atardeceres empezaron a ser patéticos, el amor obsesión y el médico se convirtió en el dealer más confiable. Terminó el tiempo de los poetas, los perros románticos, quedó el recuerdo del gusto maduro de la primera lengua de mujer contra el tapial del patio de luz, los amaneceres en las calles, las niñas de pelo mojado y culos inmaculados, apretando las carpetas con las tetas mientras entraban al colegio, trepando a motos y autos de pibes que se arrugaban al sonreír y que pasaban las siestas doblados sobre tornos y a las siete de la tarde destapan las primeras cervezas.

   Tuve muchos amoríos por ahí, pero no conocí a ninguna chica que me haya deslumbrado tanto como Gisela, mi amiga de toda la vida. Ella va mucho más allá. Educa mi sentido de la belleza hasta extremos insoportables, como ahora que duerme en mi cama. No es una conquista, sino la imagen de cómo se vería. Nunca descubrí a qué huele ni como besa. Apenas si conozco su vida y ella la mía. Apenas si jugamos con la idea de acostarnos, de probarnos. Siempre con tintes bromistas, pudorosos.

  Quisiera acariciarla hasta que despierte. Exigir caricias suyas mientras la luna chorrea por ventana. Lamerla, babearla entera como una boa que cena a la mascota criada con amor durante años, sentir sus curvas moldear mi cuerpo. No voy a recordar la cantidad de noches que pasamos hablando y no se filtraba una sola señal, un puto guiño. Ahora duerme en mi cama y eso es todo. Doy vueltas hace horas. No dejo de recordar el ángel de García Márquez caído en un patio. Abusé también de la imagen trillada: la guitarra y su cuerpo armónico, las curvas buenas del instrumento.

  La realidad organiza la estética recurriendo a humildades. Y la metáfora me llama. No puedo resistirme, acaricio las cuerdas y toco los acordes de Nature boy, pero susurro: “There was a girl / a very strange enchanted girl”.

   En un tiempo Gisela recorrió pueblos del norte cuyos nombres no recuerdo. El padre vendía artículos de baño, nunca entendí la relación con los viajes. Ella era una niña de vincha verde y zapatillas de varón.

   A los once años empezó a chocarse cosas. En séptimo grado Diego Gaitán la miró y ella se llevó por delante el cesto de basura del aula. Se le caían las monedas en el kiosco, los varones de secundaria se apoyaban en su cuerpo con excusas de montonera y empujones. Una tarde dobló mi brazo hasta arrodillarme y hacerme jurar que nunca más la llamaría “jirafona”. Pronto dejó de dominar el rostro. Llegué a ver muecas realmente horribles. Desarrolló un tic molesto que le duró un verano. No podía soportar que la miraran. En la secundaria se vestía mal y el maquillaje la desdibujaba. Nos acostumbramos a aquello hasta que la exuberancia de su desarrollo desbordó los trapos con pavura. Y su boca, ¡Dios! ¡A los catorce años!

   Un día me mostró la foto del novio. Un hombre barbudo, posando en una moto chopera, la agarraba de la cintura. Parecía de revista. A la tarde la pasó a buscar y quedamos con la boca abierta. La imaginé sentada en la horquilla del manillar inclinándose, dispuesta a ser besada. El largo de las piernas y la anchura de sus caderas salvaban a la imagen de la infamia.

    Ahora todo aquello es materia masticable sobre la cama. Quiero acostarme arriba de ella y no moverme hasta estar erecto. Penetrarla por atrás, irme despacio, llenándole el sueño.

   La otra semana estuvimos en casa del novio nuevo. Un desagotador de pozos negros del barrio Miguel Ugart. Vive en una piezucha húmeda. En las paredes descascarada que rodean la cama pega páginas arrancadas de revistas de automovilismo. Carreras, accidentes famosos, triunfos históricos. Las pega con cinta stiko y si apoyas tu mano notás que están mojadas. Los sábados pasean en el camión y a veces la policía les pide que se alejen del centro. El novio se alimenta de latas de atún y arvejas y vive para hidratar su piel extrañamente percudida. Pienso en cómo hacen esos tipos para seducir a alguien como ella.

   Ahí está por fin su tanga sobre mi cama. La carne mastica el trapito, lo traga hacia el oscuro aroma. Es mi cama y no puedo cogerla. Alguna ley implícita de amistad lo impide, pero alguna legal debería permitirlo. Su tanga, ¡Dios mío! Acerco mi mano, se la corro lentamente: los labios redondos, rosados, de nena, aterrorizan, puede despertarse ante el menor roce. Es a todo lo que me atrevo, todo lo que ocurrirá. Me acuesto y espero la duermevela. Otra vez sueño aviones precipitándose en los baldíos del barrio, invasiones extraterrestres, luces inteligentes en el cielo onírico, exterminio humano, soledad.

     A la mañana siguiente encuentro sus ojos abiertos en la pantalla apagada del televisor. La miro sin decir palabra. Desactivo la alarma pasando el brazo por encima de ella hasta la mesita de luz.

    —¿Sabés lo que soñé? —dice— Soñé que estaba en el espejo, en calzones, revolviendo el placar, tirando ropa como una loca, desesperada por encontrar algo que ponerme para mi velorio. Cuando llegué estaba lleno de gente conocida, algunos muertos, amigos, familiares y algunos famosos que repartían regalos y una torta en forma de ataúd, cantando el Feliz Cumpleaños. Después vino el Guille, o el Pancho, me parece que fue un rato uno y después el otro en el mismo cuerpo. Me decían: “boluda, relajate, la vamos a pasar bien; está el Juan, allá, la Mica y el Coloso. Yo resucité en Las Petacas, por ahí también vos tenés ese ojete”. Entonces me metí en el cajón, y me quedé un rato parada mirando a la gente hasta que me acosté y sin despedirme cerré los ojos y no me podía relajar. Mi mamá se acercó y me retó en voz baja: “Relajate, nena, -me dijo- que si no, no te vas a morir”. Y después me fui relajando, y muriendo hasta que me desperté.

   Tengo los ojos cerrados y abrazo su cintura. No sé lo que eso significa para ella. No digo nada, me quedo así esperando. Nada pasa. Varios minutos después el bocinazo del camión rechina los vidrios. Ella se libera de mi brazo y se levanta. Se viste rápido, como puede. Corre a la puerta y me mira para que le abra. Me levanto fastidiado, voy hasta la puerta y le abro. Corre hacia el camión. El novio me saluda detrás del parabrisas que refleja el sol. La veo subir. Veo las piernas aladas de mi amiga ubicarse, su culo sentarse redondo y firme en la cuerina. There was a girl….

(Revista Diccionario, Córdoba, 2009)

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Publicado por

Pablo Giordano

(Las Varillas, Córdoba, Argentina 1977) Acompañante Terapéutico y Escritor. Trabajó en Gráfica, Radio y TV. Publicó libros de poesía, cuentos y una novela. Es aficionado a la divulgación científica. Escribió en varios medios latinoamericanos y Europeos. Actualmente escribe en Las Voz del Interior.

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