Chozas, según Susana Chas

   Pablo Giordano nació, vive y escribe en Las Varillas, Córdoba. Se lo conoce por haber publicado en diarios, revistas y sitios de América y Europa. A fines de la década pasada formó parte de las discutidas antologías provinciales sobre la narrativa joven en Córdoba (“Es lo que hay” y “10 bajistas”).

   Publicó dos libros en editoriales cartoneras de Córdoba y Montevideo, respectivamente: “La felicidad es un Gordini” y “La muerte”. En 2011 ganó el Primer Premio de El Mensú Ediciones y mantiene una columna en la revista PoloSecki. “Chozas” es su primera novela.

   En “Chozas”, lo primero que llama la atención es el lenguaje empleado. “Un lenguaje que se muerde la cola y que destila veneno”, según Fabián Casas. “Lenguaje en mal estado pero sin fecha de vencimiento”, afirma Casas. La novela lleva como epígrafe palabras de Don Draper: “Se nace solo, se muere solo. Y el mundo te impone unas cuantas reglas para que te olvides de eso. Pero yo no lo olvido. Vivo como si no hubiera un mañana, porque no hay ninguno.”

  Dividida en cinco partes, que las va narrando Nacho desde su infancia de chico de un barrio marginal, que sueña con ser escritor, comienza así: “Estoy corriendo con todo. Termino de cruzar los zanjones por la bajada Refalón, y agachándome entre las cañas, tratando de no hacer ruido, me doy cuenta de que estoy solo. El olor a podrido no me deja respirar, el corazón me va a mil. Veo una sombra que viene haciendo ruido por el agua. Es el culiáu del Étor.”

  Enmarcada en cierto costumbrismo, la novela describe un barrio violento, sucio, donde reinan los más fuertes, con casas con “olor a humo de brasero”, “olor a pobre”. Los personajes pueblerinos se delinean con algunas características de ciertos personajes de la inmigración piamontesa de Las Varillas, en la llanura cordobesa conocida como la “pampa gringa”.

   Hay distancia entre Nacho y su padre, no así con su madre, aunque tampoco ella quiera que juegue con “esos chicos”, sus amigos, a los que teme y quiere, y con los que armó la choza. La choza era el refugio de todos ellos donde practicaban sexo los unos con los otros como un juego, donde hacían todo lo que no podían hacer en sus casas; pero también se comete un crimen. El Étor asesina a los dos excombatientes de Malvinas, olvidados por la sociedad y desamparados por los gobiernos. “Iban a la choza a contar historias por medio sanguche”. Como en las novelas de aprendizaje, Nacho debe aprender a vivir en ese medio, con sus consecuentes y constantes pesadillas.

   Después de una conversación con Adrián, a quien quería someter, y que es escuchada por su madre, siente la aflicción de sus padres por sus posibles inclinaciones homosexuales. Años más tarde, Adrián se vengará de él. Nacho narra sus temores, sus angustias de chico hipersensible: “En el colegio me escondía atrás de las esteras que dejaban en el piso y hasta me había hecho un refugio en la piecita del depósito lleno de ratas. Las maestras no me buscaban, creían que estaba en la oficina con mi mamá. Al último me desmayaba por cualquier cosa.”

   Una multitud de personajes marginales con sus patéticas historias, pueblan sus recuerdos. Las crueldades inconscientes de los chicos con los otros y con los animales, se describen con crudeza a pesar de que a él “le da un poco de lástima maltratar a los animales”.

   Su primer enamoramiento será de su prima Florencia. La adolescencia del Nacho está poblada de miedos que le provocan agorafobia. Nacho abandona el secundario, entra en crisis, consume drogas. Su madre le aconseja terapia psicológica, de la que no puede salir en años. Sin embargo no abandona la lectura y su deseo de ser escritor. Kerouac, Bukowski, Fogwill, Rimbaud, Mallarmé, los surrealistas, son los autores que nombra. Para los prejuicios del barrio y del pueblo, escribir versos es ser maricón. “Tengo que contar bien lo de las chozas y dejar de escribir boludeces. Si quiero ser escritor más vale dejar el alma y el cuerpo en esto… contar todo, que todo se vaya a la mierda.” Encuentra el amor en Gretel, ésta quema la novela de Nacho y la foto de su padre. Es la adolescencia que termina, también el barrio, su gente y el pueblo. Nacho comienza a mirar de otra forma su entorno: “Algo leí sobre los pueblos sin puertos, que son pueblos sin memoria o sin ideas. Pueblos que no pueden partir ni llegar. Que sólo están. Ensimismados, ciegos, hartos de mirarse. Es cierto que las ciudades queman, arden, deshacen; pero el pueblo es peor: el pueblo te cocina a fuego lento.”

   Ha sido doloroso el camino de iniciación, de aprendizaje y de formación (Bildunsgroman), emprendido por Nacho. La novela está narrada con un lenguaje que impacta.

 

Susana Chas Especial para Hoy Día Córdoba

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Publicado por

Pablo Giordano

(Las Varillas, Córdoba, Argentina 1977) Acompañante Terapéutico y Escritor. Trabajó en Gráfica, Radio y TV. Publicó libros de poesía, cuentos y una novela. Es aficionado a la divulgación científica. Escribió en varios medios latinoamericanos y Europeos. Actualmente escribe en Las Voz del Interior.

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