La Sed.

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 Guiado por la luz del televisor -larga sobre la oscuridad del parqué de la cocina-, Esteban se detuvo a los pies de la heladera, la abrió urgente, bebió media botella de agua de una vez, respiró, y vació la otra mitad.

  Mientras volvía a llenarla, la sed escalaba por las arterias femorales, las ingles, el estómago; embalsamaba órganos y, veloz por el esófago, se pegada como sarro al rojo en la garganta. El día y parte de la noche se desplazaban con calma de oruga, pero alrededor de las cuatro de la mañana el cuerpo, víctima de un curioso sobrecalentamiento, exhortaba refrigerar rápido cada uno de sus rincones.

  Fue ahí, la segunda madrugada de esa terrible sed, que se repitieron los ruidos. Alguien quiso abrir la puerta principal. La manija fue violentada varias veces, después se oyeron fuertes pisadas de porte equino entre los macetones. También el portoncito del patio fue víctima de la intentona. Esteban se espantó, confirmaba así una predilección del atacante hacia su casa, o peor: su persona.

  Oyó un llanto ahogado y feroz. El cristal de la ventana del lavadero estalló fragmentado por una mano que penetró sangrante. Por allí ingresó una pierna y parte de un torso sudado; Esteban corrió y empujó al bulto oscuro que desapareció por el jardín mientras la sangre manchó el piso. La cosa vestía ropa, el chillido era de cerdo. Esa mañana le prometieron un patrullaje en el barrio, como si los delitos ocurrieran a la vista de las autoridades.

  Esperando al patrullero esta segunda noche, espió por la mirilla a la sombra masculina buscando la última posibilidad: el tapial bajo que trepa al techo. Pensó en salir y verlo escapar por las tapias, un plan ridículo cuando oyó los ruidos en la banderola del baño sacudida con saña. Se sintió estúpido actuando como si la noche anterior no hubiese ocurrido lo mismo, de idéntica manera.

  Entonces, igual a las ráfagas de vientos bravos y fugaces, los embistes a las aberturas enmudecieron. Duraban dos minutos, la eternidad.

  Esteban se resignó a la idea de las ideas: creía que el evento empezaba dentro de su cabeza. Un delirio provocado por alguna fiebre repentina de la sed y el modo de calmarla; algo en la forma beber y la respiración, el nivel de oxígeno en el cerebro, la sugestión, la soledad.

  Por eso, al otro día, además de discutir con un oficial sobre la denuncia, sacó un turno en la Clínica Pinel con el psiquiatra antes disponible.

  La tercera noche la sed lo atacó más fuerte y los golpes, forcejeos y llantos, llegaron a horario. Acudió horrorizado, sin moverse del sillón del living, sin dormir. Su idea de que alucinaba cobró mayor vigor, la policía no patrullaba porque jamás denunció, ni sacó turno al médico. Pensó en llamar a Marcos y corroborar los fenómenos o la neurosis, aunque no guardaba mucho sentido: si alucinó lo demás, también podría inventar la llamada a Marcos, sus comentarios, lo sucesivo.

  ¿Eran brotes psicóticos sólo a esa hora de la madrugada provocados por un mal funcionamiento en algún estadío de sueño REM, y durante la vigilia era capaz de limpiar la sangre, cambiar el vidrio de la ventana y arreglar las cerraduras en absoluta lucidez?

  A la noche siguiente, apenas forzaran la puerta de enfrente, saldría a ver. Al fin y al cabo, si deliraba, la existencia y su curso mostrarían a la bestia humanoide enviada por algún demonio para devorarlo. En cambio, si era una persona que por razones desconocidas quería entrar de esa forma aberrante, se terminaba el juego. Quizá el esquizofrénico no era él, sino el otro, algún caminante nocturno que cayó en una fijación mística hacia la casa. Bastaba con hablar a la familia del enfermo; una posibilidad no esquizoide que lo  enorgulleció.

  Fue a las cuatro menos cuarto, salió y después de cerrar con llave, la arrojó por la ranura del correo oyendolas caer y se deslizarse por el piso del living. De descubrirlo afuera, no podrían arrebatárselas.

  La plaza de enfrente y el banco perpendicular facilitaban la visión. Encendió un cigarrillo y tamborileó sobre las rodillas concentrado en la fachada. En instantes la cosa saltaría a escena.

  A las cuatro empezó a atacar la sed. Un detalle encendió su memoria: la botella. No lo avergonzó habérsele olvidado, el pico de la canilla de la plaza estaba a unos metros. Inclusive podía verlo cuando no era él quien corría, sino su cuerpo aniquilando cualquier tipo de racionalidad. Chocó la puerta de su propia casa varias veces, lloró cuando el fuego interno desgarró la garganta; a los gritos intentó meterse por la ventana del lavadero, el tajo le recorrió el brazo. ¡Pero qué importaba, quizá entrara por allí pasando una pierna y luego el hombro! Sintió el empujón, la bestia lo consiguió, estaba adentro, tomó la casa y ahora lo expulsaba.

  La hemorragia lo debilitó y apenas si pudo trepar al techo y forcejear sin éxito la banderola del baño a grito quebrado maldiciendo al intruso, se reconoció. De súbito su racionalidad lo devolvió a sí. Miró a unas cuadras las luces de una ambulancia estacionando en la Clínica Psiquiátrica. Saltó a la calle resignado, bebió poseído de la canilla y, una vez tranquilo, se mojó la cabeza y trotó jadeante rumbo a la guardia, como en los últimos días.

(2014- El Puntal de Río Cuarto 2016)

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Autor: Pablo Giordano

(Las Varillas, Córdoba, Argentina 1977) Acompañante Terapéutico y Escritor. Trabajó en Gráfica, Radio y TV. Publicó libros de poesía, cuentos y una novela. Es aficionado a la divulgación científica. Escribió en varios medios latinoamericanos y Europeos. Actualmente escribe en Las Voz del Interior.

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