¿Qué haces si un robot te pide que no lo apagues?

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Ya les había hablado de las virtudes de Neo, este robot de juguete que es capaz de reconocerse a sí mismo en algunas pruebas, como la que comenté hace un tiempo.  Ahora fue usado para un experimento sobre humanos y su empatía. 

   Así lo reseña la gente de Omicromo

Imagina que te hacen interactuar con un robot humanoide y cuando ya le has cogido ‘cariño’ te hacen apagarlo, y el robot te suplica que no lo hagas ¿Podrías?Este es el concepto en el que se han pasado para realizar un estudio. En resumidas cuentas, gran parte de las personas estudiadas se negaron en rotundo a apagarlo, y otro gran porcentaje le costó de forma desmesurada tomar una decisión.

Los robos no tienen sentimientos y por lo tanto tampoco los muestran, pero por algún motivo, y como veremos, es más difícil tomar la decisión de apagar un robot cuando te está suplicando que no lo hagas. Vamos con los números.

El estudió comenzó haciendo que 89 voluntarios interactuaran con un robot humanoide Nao. Concretamente, le ayudaron a realizar unas tareas con el robot, haciendo creer a los voluntarios que mejorarían los algoritmos de aprendizaje del robot. Estas tareas consistían en responder una serie de respuesta, como por ejemplo “¿prefieres pasta o pizza?”, además de ayudarle a hacer un programa semanal.

Pero en realidad esto era solo para hacer creer a los voluntarios que estaban ayudando a mejorar a los robots. Todo comienza, en realidad, ahora, cuando piden a los voluntarios que apaguen al robot. En este momento, Nao, que está programado para ello, suplica al voluntario que no lo haga, pero solo en la mitad de los casos.

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12 nuevas lunas para Júpiter

Lo astrónomos han anunciado el descubrimiento de 12 nuevas lunas de Júpiter, que se unen a las otras 53 ya reconocidas oficialmente, y que entre las que ya son «oficiales» y las que probablemente lo sean pronto ya totalizan unas 79. Así que Júpiter es el planeta con más lunas del Sistema Solar con diferencia.

Personalmente perdí la cuenta en la época en la que sólo se consideraban las 9 o 10 más conocidas durante el siglo XX; por el telescopio sólo conseguí llegar a ver los satélites galileanos (y quizá una quinta, ya no me acuerdo) una tranquila noche de verano, hace décadas. Verlas todas hoy en día sería poco menos que imposible.

De las 12 nuevas lunas a una la han calificado de «rarita» (oddball). Es muy pequeña y tiene menos de un kilómetro de diámetro, pero además tiene una órbita retrógrada bastante rara: da vueltas a Júpiter una vez cada 1,5 años, pero al revés que las otras y además cruza las órbitas de las otras lunas (prógradas) lo cual en cierto modo implicaría cierto «riesgo de colisión» – aunque tampoco sea como para dramatizar la situación.

Los nombres propios de las primeras 51 lunas son: Metis, Adrastea, Amaltea, Tebe, Ío, Europa, Ganímedes, Calisto, Temisto, Leda, Himalia, Lisitea, Elara, Dia, Carpo, Euporia, Ortosia, Euante, Harpálice, Praxídice, Tione, Yocasta, Mnemea, Hermipé, Telxínoe, Heliké, Ananqué, Eurídome, Arce, Herse, Pasítea, Caldona, Isonoé, Erínome, Calé, Aitné, Táigete, Carmé, Espondé, Megaclite, Cálice, Pasífae, Eukélade, Sinope, Hegémone, Cilene, Aedea, Kore, Kallichore, Autónoe, Calírroe. El resto tienen nombres aburridos como S/2003 J 12 y similares.

No hay dos cerebros iguales

Demuestran la existencia de una «huella cerebral» que permitiría identificar de forma inequívoca a un individuo, pues la anatomía del encéfalo sería característica de cada persona.

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Las huellas dactilares, la retina, el iris, la geometría de la palma de la mano o la voz permiten el reconocimiento inequívoco de las personas. Pero, ¿sería posible identificar a un individuo en base a las características anatómicas de su cerebro?

Según Lutz Jänke y su equipo, de la Universidad de Zúrich, factores genéticos y experiencias vitales moldearían la forma y estructura del encéfalo. Por consiguiente, no habría dos iguales. La revista Scientific Reports publica las conclusiones del estudio.

Durante 2 años, los científicos obtuvieron imágenes del cerebro de 100 hombres y 91 mujeres mediante 3 resonancias magnéticas realizadas al inicio, a mediados y a finales de la investigación. El posterior análisis reveló que medidas simples como el grosor, la superficie o el volumen de la corteza cerebral bastan para discriminar un sujeto de otro. Sorprendentemente, el volumen y la superficie total del cerebro, parámetros aún más generales, también resultaron específicos de cada individuo.

Estos datos sugieren que el cerebro humano posee una arquitectura altamente «personalizada», determinada por la acción de genes concretos, factores ambientales y vivencias. Asimismo, el hallazgo evidencia la existencia de una suerte de «huella cerebral» que podría complementar el uso de otras medidas biométricas, a fin de verificar la identidad de un sujeto concreto.

Para los Jänke y sus colaboradores el trabajo desmiente aquellas teorías que defendían la uniformidad anatómica del encéfalo humano, definiéndolo como un órgano carente de características propias del individuo. Sin embargo, los investigadores también destacan ciertas limitaciones del estudio, como la edad de los participantes, superior a 65 años. Futuros experimentos evaluarán si el análisis de la corteza cerebral permite identificar, también de forma inequívoca, a individuos más jóvenes. Además, se considerará la obtención de neuroimágenes a lo largo de varios años, con el objeto de detectar posibles variaciones de las medidas con el tiempo que pudieran interferir en el proceso de reconocimiento.

Marta Pulido Salgado

Referencia: «Identification of individual subjects on the basis of their brain anatomical features», de S. Abolfazl Valizadeh et al. en Scientific Reports, 8:5611, publicado el 4 de abril de 2018.

Adiós, Asimo.

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Honda ha anunciado el final de Asimo, el robot humanoide que adelantó cómo sería el futuro.

Hace 18 años que muchos pensamos lo mismo cuando, probablemente en algún telediario, vimos a Asimo por primera vez. El primer robot bípedo, capaz de andar con dos piernas como lo hacen los humanos, se convirtió en toda una sensación.

Puede que fuese por el diseño y la estatura, de apenas 130 cm: parecía un joven robot, dispuesto a enfrentarse a las dificultades del mundo; puede que fuese por la manera en la que andaba inicialmente, de manera algo dudosa pero siempre intentando lo mejor de si mismo.

Asimo no tenía cara, sino un visor negro que ocultaba las cámaras que usaba para navegar por su entorno; el sistema autónomo dependía de marcas en el suelo para guiarse, algo que supuso no pocos problemas.  Las cámaras también servían para reconocer objetos, posturas y gestos; era capaz de dar la mano a una persona, y de interactuar hasta cierto punto.

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Una máquina de movimiento perpetuo que lleva años funcionando…

 

Nuestro admirado profesor loco el Dr. Bagely explica en este episodio de Periodic Videos algunas cosas sobre una máquina de «aparente» movimiento perpetuo que construyó David Jones «Daedalus» hacia 1980 y que le regaló hace unos años. Es básicamente una rueda de bicicleta metida en una caja de cristal llena de gadgets la mayor parte de los cuales probablemente serán para despistar. Pero lleva funcionando dando vueltas sin mantenimiento alguno más de dos años.

Bagely se pasó largo tiempo intentando averiguar cómo funcionaba realmente la máquina –esa era la gracia– pero a pesar de estar acostumbrado a este tipo de mecanismos y a las sutilezas de la física no consiguió averiguarlo.Jones, que murió el año pasado, se había pasado la vida inventando mecanismos graciosos que hicieran cosas raras de este estilo. Por suerte Bagely consiguió que antes de morir escribiera el secreto de la máquina en una carta, que tan sólo él y un ayudante de confianza han leído.

El profesor dice que «la solución es tan simple como decepcionante», haciendo ver lo fácil que resulta a veces engañar a los científicos – a veces más que a gente que se dedica a este tipo de cosas, incluyendo magos, relojeros y jugueteros. Pero el hecho de contar la historia y mostrar la máquina llena de imanes, tubos y extrañas cajas que no se sabe qué contienen tiene un único objetivo:

Estimular la imaginación de la gente para que intente explicar todos los posibles «mecanismos» sobre el funcionamiento de esta máquina de «movimiento perpetuo».

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Los minicerebros cultivados a partir de células madre son una realidad

Estamos tan obsesionados con los robots, esos amasijos de chatarra que nos ganan al ajedrez y al póker, que nos humillan y nos quitan el empleo, estamos tan absortos en su maldita superioridad de silicio que se nos está pasando la otra gran amenaza a nuestra envergadura cósmica, la que ha inspirado siempre a los ingenieros y a los científicos de la computación, la que lleva 4.000 millones de años resolviendo los problemas que nuestra tecnología apenas empieza a arañar ahora: la naturaleza misma.

Una forma de crear mentes es, qué duda cabe, partir de las unidades de información matemáticamente más simples, conectarlas en los circuitos lógicos más elementales y organizarlas en sistemas de inteligencia artificial que ya pueden aprender y extraer pautas abstractas de la experiencia. Pero hay otra forma que solemos ignorar, pese a que sus probabilidades de éxito se fundamentan en bases muy sólidas. Se trata de partir de los autómatas microscópicos más deslumbrantes que conocemos, las células madre, y usarlas para crear cualquier parte del cuerpo, que es justo lo que mejor saben hacer. Y recuerda que el cerebro es un órgano como cualquier otro, que la mente no es más que un trozo de cuerpo.

Los minicerebros cultivados a partir de células madre son una realidad. Miden unos 4 milímetros de diámetro y tienen 2 o 3 millones de células (en comparación con 86.000 millones de neuronas de un cerebro humano típico). Duran vivos un par de años. Si las células madre se obtienen de la piel de un paciente, los minicerebros tendrán su autismo, esquizofrenia o microcefalia inducida por el virus Zika. Son sistemas muy valiosos para investigar las causas últimas de esas condiciones neurológicas. También se pueden trasplantar a ratones, cosa que se ha hecho con cierto éxito.

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El único avión de la historia que se derribó a sí mismo

Una formación de F-11

El 21 de septiembre de 1956 el piloto Tom Attridge disparó una ráfaga de cuatro segundos con los cañones de 20 milímetros del Grumman F-11 Tiger que estaba probando mientras picaba ligeramente.

Acto seguido Attridge aumentó el ángulo del picado con tan mala suerte que unos segundos después su avión se cruzaba con los proyectiles que acababa de disparar después de que éstos empezaran a perder velocidad. Tres alcanzaron el avión y uno de ellos termina alojado en el motor, que empieza a fallar y se para de todo antes de que Attridge pueda volver a base. Así que se ve obligado a hacer un aterrizaje de emergencia del que sale herido, aunque a los seis meses volvía a volar. El F-11, por su parte, entró en servicio sin mayores problemas, llegando incluso a ser adoptado por los Blue Angels, el equipo de acrobacia aérea de la marina de los Estados Unidos.

Este es, probablemente, el único caso de la historia en el que un avión se ha derribado a sí mismo. [Fuente: jpartej]