Feliz Cumpleaños, Mono.

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Mono patea la ropa hasta el rincón del baño y se mete bajo la ducha helada: tiembla, refriega su cuerpo con alegría.

Su hermana, que no vuelve del trabajo hasta más tarde, le juró que el padre vendría a verlo. Mientras lo espera, Mono se pregunta si quedará algo del pegamento que le regalaron en el corralón. Desde que su madre murió, fabrica imanes para decorar heladeras; pide radiografías en el hospital, las recorta con forma de mariposas -rara vez de otros animales-, las pinta, les pega el trozo de imán rescatado de viejos motorcitos de la fundición… ¡y listo! Las pocas ganancias lo salvan de la vergüenza frente a la hermana, que limpiando casas trae la mayor parte del dinero. A veces lo llaman de la Municipalidad y lo llevan de noche a barrer salones.

A las siete y media ve por la ventana las ruedas de una bicicleta y dos zapatos apoyarse en el cordón cuneta. Es el padre. La última vez que lo había visto fue limpiando parabrisas. manejaba un Gordini bastante nuevo y le gritó. Fue tres años atrás. Inclusive corrió hasta el auto sin poder ganarle a la luz verde del semáforo: el hombre aceleró y se perdió entre una Renoleta y el 159.

Ahora Mono lo mira, la cara le resulta extraña: no distingue sus rasgos.

      —Vamo’, pendejo, dale.

Mono trepa a la bici. Está recién bañado y se ha puesto la chomba roja, la de salir. La secó el día anterior en el alambre del patio, cuidando que las palomas no la arruinen, y mientras dormía la planchó bajo el colchón como había visto hacer a su madre.

De pie en el portaequipaje, Mono lleva la cabeza en alto y la cara al frente. La brisa lo ensueña. Las casas de chapa se suceden a los costados. Algunos vecinos los ven pasar. Su padre lleva un traje blanco un tanto estrecho, que a las luces de la tarde vira a celeste claro como saco de heladero. Abajo dos broches sostienen las botamangas, impiden el engrase con la corona de la bici, o el enredo y la caída. No son tantas cuadras, pero alcanzan para insultar de cansancio varias veces. Desmontan en el bar cerca del río, apoyan la bicicleta en el poste de alumbrado y entran.

El bar mantiene un pedazo de pared revocada, un pool, un foco colgando de un cable manchado con saña por las moscas, una vitrina y poco más. Es un lugar fresco, las ventanas y la puerta de calle están abiertas, las luces apagadas. Afuera hay dos mesas, una ocupada por el dueño y la mujer, la otra vacía. Se sientan adentro, junto a la ventana. El padre enciende un cigarro y le ofrece. Mono dice que no fuma.

Un viejo gordo que habla como recién llegado de una maratón, levanta el pedido. Son dos ginebras con Coca, y él no se anima a contradecir. Es mucho para Mono, apenas si aguantó la cerveza de tres cuartos en la canchita por la apuesta contra el Tati.

—Feliz cumpleaños —dice el Gordo—. ¿Cuántos cumple el pendejo?

—Once, ¿no? O doce…

—Doce, cumplo.

—Bueno, el trago va de parte mía.

—No, Gordo, dejá: es mi regalo de cumpleaño’. A la ginebra del pibe la pago yo.

—Dejá, dejá.

—Es mi hijo, Gordo, rajá. Se la regalo yo.

Padre e hijo, en silencio, miran a dos hombres jugar al pool. El de pelo canoso y largo ha fumado casi entero el cigarrillo sin sacarlo de la boca ni soltar ceniza a pesar de meter bola tras bola. El otro sigue los tiros apoyado contra la pared con el taco esperando su turno. De a ratos, Mono observa tímidamente la cara arrugada de su padre: con pudor le ve mover los labios, largar el humo, arrugar la frente. Es un señor que apenas recuerda.

Traen las bebidas. El cielo decae, el dueño enciende las luces. Hace calor del tipo húmedo y extremo de la pampa gringa. Baten los ventiladores de techo con lentitud asombrosa. Mono sorbe cortito creyendo poder dejar la ginebra como la comida fea que lo descompone. Siente un pequeño mareo, lo entristece la tira de salames atrás de ese mostrador agredido durante décadas por varios tipos de filos.  En las paredes hay pósters de la revista El Gráfico sostenidos con cintas y clavos. Más abajo, una vitrina con cuatro o cinco trofeos de bochas, masticados por el siglo. Su padre le golpea la nuca, le pregunta si está bien. Mono asiente.

A la tercera vuelta de ginebra, Mono no ha tocado la mitad pendiente de la primera. Su padre fuma y bebe, el humo y los vahos estomacales caen en cascada por la ventana. No dice palabra. Mono pide una ficha de pool al Gordo, que logra agacharse y tira de la palanca. Ruedan las pesadas bolas, retumban en su estómago. Un sonido hermoso, un decantamiento de la felicidad. Juega solo, mirando cada tanto a su padre de reojo, midiendo el magistral tiro. Golpeará a la tres, hará baranda a ambos lados de la tronera e irá derecho a golpear a la cuatro, que entrará en la tronera opuesta, y a la cinco, despacito, en la contigua. La blanca quedará girando sobre su eje cerca de caer, pero no lo hará. Mono apunta y tira con fuerza. La bola salta y rebota contra el piso, alarma a todos. Lo ven colorado ir hasta el rincón a buscar a la blanca antes que se detenga.

Su padre bebe el cuarto vaso, aprueba con gestos desinteresados las jugadas de su hijo y voltea nuevamente.

Después de renegar bastante, Mono mete la negra de baranda.

—¿Vamo’, papi? —dice.

—Una más y vamo’ —responde una lengua resbaladiza.

— ¡No, papi, vamo’ ahora,  ya es tarde!

—¡Hacéte hombre, carajo! Tomate una más —y pide otra; que toma rápido, acercando el vaso que Mono dejó a la mitad.

        —Tomá, hijo, no dejés el vaso así.

Mono observa a los oficinistas volver en sus autos del centro hacia el otro lado del río, ve pasar una ambulancia sin sirena, con las luces encendidas coloreando las casas. Gatos ocultos -que ahora son encandilados, petrificados, egipcios- emprenden la fuga alucinada a lo alto de las tapias apenas la luz los abandona. Pasan chicas cambiadas, lindas, con el pelo lavado y la ropa nueva, olor a desodorante y hebillas increíbles. Llevan botellas de Coca-Cola, seguramente a alguna fiesta.

El padre duerme desparramado sobre el platito de maní. Lo había visto igual en brazos de la abuela. Era Navidad o Año Nuevo. Mono, muy niño, llegó corriendo desde la esquina con una estrellita en la mano y lo vio dormir como un nene gigante en los brazos de la abuela Chocha. No entendió la imagen, algo no encajaba. El tío Julio le metió una pasa de uva en el oído, y al instante su padre despertó desesperado por sacar esa cosa de su oreja a manotazos. Explotaron las carcajadas. Recién ahí Mono se tranquilizó, aunque sin entender mucho lo ocurrido.

Ahora su padre duerme entre las botellas, la noche jamás terminará. Alguien se acerca. Mono levanta la cabeza hacia la sombra. Es el Gordo, que le pone la mano en el hombro:

      —¿Adónde vivís, pibe?

(Primer Premio El Mensú ediciones 2011)

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Nocturno

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—Peque, ¿ya te dormiste?
—Me estoy durmiendo, ¿qué pasa?
—No prendas la luz, la mami nos va a retar, es tarde. Y hablemos en voz baja, después nos escucha y nos grita. No quiero escucharla gritar, me pudre. Las otras mañanas le gritaba a un perro que le rompió las plantas. Muy fuerte. La Juana salió de la despensa a ver. Yo escuché por la ventana, eran las siete. A esa hora empezaron los gritos, imaginate a la noche, no se aguantaba ni sola. El sábado se puso afónica… ¿no viste que cuando volviste no se le entendía nada?
—Es tarde, mañana tengo que ir a gimnasia, dormite.
—Hoy dormí un montón en el colegio. Me mandaron a la dirección y seguro la van a llamar a la mami para preguntarle por qué duermo en el aula.
—Ya fue a hablar.
—¿Y qué le dijeron?
—No sé, dormite.
—No, decime.
—…

—¡Mañana me puedo llevar a la pieza nueva el poster de Bon Jovi!
—Hacé lo que quieras.
—Juguemos a “adivine el personaje”
—No, Pepo, basta.
—No, dale, uno solo y nos dormimos. ¡Listo! … ya lo pensé.
—¿Es mujer?
—No
—Es hombre…
—… y sí, boluda.
—Bueno, ¿es de la televisión?
—Sí.
—¿Tiene un programa de música?
—No.
—No sé, no tengo más ganas de jugar.
—No, dale.
—No, dormite.
—Era Héctor Larrea, si preguntabas si tenía un programa de juegos lo adivinabas.
—Dormite, dale.
—¿Sabías que el Lorenzo me quiere matar, dijo que en el segundo recreo me va a partir en dos?
—¿Quién es el Lorenzo?
—Uno de tu edad, repitió un montón de veces y ahora va conmigo, era de otro colegio.
—No sé, dormite. Yo ya me di vuelta.
—Va a hacer frío en esa pieza, le voy a decir a la mami que compre frazadas. Aparte tengo que dormir después de cena que ahí me agarra sueño, porque a esta hora no me duermo más. Los otros días a la siesta estuve las cuatro horas jugando con el reloj, inventé un montón de formas. Y pensaba… la seño Marisa los otros días lloraba en la cocina, nadie sabe por qué. Las maestras deben saber, capaz que se le murió el perro, yo qué sé… es linda la seño Marisa, no como las otras viejas olor a pedo.
—…

—¿Peque? ¿Estás despierta? No es que me de miedo la pieza nueva, pero es como si fuera más grande. Para mi por esa ventana se puede meter alguien.
—Dormite, Pepo. ¡Cómo va a entrar alguien por la ventana!
—¡Qué no! Una noche en la casa de la abuela se asomó un hombre de pelo blanco, lo vi clarito. La abuela no me creyó, pero te juro que era un hombre de pelo blanco. Una noche entró alguien a la pieza del Nico y se mandó en la de la madre. Al otro día la madre le dijo que era imposible. El Nico lo vio clarito, también. El tipo tenía barba y fumaba, ni lo saludó, pasó por su pieza y se mandó en la otra. Según el Nico se prendió la luz en la pieza de la madre. Al otro día la madre le dijo que si fuese un hombre de verdad entraría por la puerta.
—…

—¿Ya estás dormida? ¿para vos el papi trabaja en la remisería hasta las cinco? Peque…
—…
—El padre del Agus le dice a la madre que trabaja en la fundición pero se va a jugar a las cartas a la casa del Lucas. El Lucas nos contó que se levantó a la noche y el living estaba lleno de humo y timbeaban.
—…
—A mí no me da miedo la pieza nueva, tengo escritorio y la luz es blanca, no como la de acá, amarilla de velorio.
—…
—No voy ahora porque la cama no está bien tendida. Y además pienso en el papi. ¿Trabajará hasta la cinco? Si se va a jugar a las cartas y no quiere que la mami lo rete cuando vuelva yo le puedo dejar la ventana abierta. ¿No le viste cara de malo hoy? Tenía cara de haberse peleado con la mami.
—No, no lo vi. ¡Y no me despertés más, ya me estaba durmiendo!
—Soreta; vos porque sos una pelotuda que no piensa en nada, repetís las tablas como loro todo el día.
—…
—Además tus compañeras son todas caretas.
—…
—El Mauri me explicó qué es ser careta. Leyó un libro del sistema mundial. Que es una máquina grandísima y no la vemos. Cuando empezamos a leer y ser más inteligentes la vemos si miramos bien para arriba, pero no podemos hacer nada para destruirla porque es muy grande y nos damos cuenta que somos títeres. Yo no quiero ser como vos y tus amigas, por eso me traje estos libros y los voy a leer. Y voy a ver la máquina y por ahí cuando tenga ochenta años, si sigo leyendo, la destruyo.
—…

—¿Ahora si estás dormida?
—…
—Bueno, andá a cagar. Menos mal que mañana me voy a la pieza nueva. Ahora soy grande y voy a dormir solo, no como vos que seguro se llega a asomar alguien por la ventana te rebañás en bosta y vas a ir corriendo a mi pieza cagada de miedo a abrazarme. Careta, eso el lo que sos. Voy a leer. Por ahí leo tanto que ya se hace la hora en la que viene el papi.
—…
—¿Te conté el día que el Pato Murúa peló el pito en el aula y la monja lo vio? ¿Peque? Che, escuchá, escuchá Peque… el Pato la peló y…

(Los muertos, El Mensú editores, Villa María, 2011)

There was a girl

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   Durante los últimos años de secundaria estuve saliendo con una chica de veintitrés años, Carolina, gordita y pequeña, vivía en el segundo piso del edificio del centro y pasábamos las noches en la única azotea del pueblo. Me gustaba su mal aliento, sus hombros recios de contrabajo, su bajo vientre tatuado. Dentro de la casa rugían sus hijos frente al televisor el día perpetuo de los pollos. La ventanita de la cocina, mi ropa en la silla del rincón de su pieza, eran los ángulos que prefería mirar cuando no dormía y recordaba a mi madre cruzándome la calle un invierno en Pasadena, o el aliento pútrido de mi padre apenas despierto en esa cama del Hotel de Maine que terminó incendiado cuando nos fuimos a las carreras, las bombachas de mis hermanas, los calzones del tío Ted, flameando en la soga del patio que teníamos en la casa de Jersey cuando pasábamos esas temporadas allá.

   Después llegó el verano en que nos separamos y no volví a verla. Recuerdo mi par de ojotas flotando en la pelopincho, irme descalzo hasta la casa de mis padres, sentarme en el sillón del living y anunciar que alquilaría algo para mí.

  Hasta ahí llegó la adolescencia, los fasos ya no pegaban como antes, en lugar de dolientes o bonitos los atardeceres empezaron a ser patéticos, el amor obsesión y el médico se convirtió en el dealer más confiable. Terminó el tiempo de los poetas, los perros románticos, quedó el recuerdo del gusto maduro de la primera lengua de mujer contra el tapial del patio de luz, los amaneceres en las calles, las niñas de pelo mojado y culos inmaculados, apretando las carpetas con las tetas mientras entraban al colegio, trepando a motos y autos de pibes que se arrugaban al sonreír y que pasaban las siestas doblados sobre tornos y a las siete de la tarde destapan las primeras cervezas.

   Tuve muchos amoríos por ahí, pero no conocí a ninguna chica que me haya deslumbrado tanto como Gisela, mi amiga de toda la vida. Ella va mucho más allá. Educa mi sentido de la belleza hasta extremos insoportables, como ahora que duerme en mi cama. No es una conquista, sino la imagen de cómo se vería. Nunca descubrí a qué huele ni como besa. Apenas si conozco su vida y ella la mía. Apenas si jugamos con la idea de acostarnos, de probarnos. Siempre con tintes bromistas, pudorosos.

  Quisiera acariciarla hasta que despierte. Exigir caricias suyas mientras la luna chorrea por ventana. Lamerla, babearla entera como una boa que cena a la mascota criada con amor durante años, sentir sus curvas moldear mi cuerpo. No voy a recordar la cantidad de noches que pasamos hablando y no se filtraba una sola señal, un puto guiño. Ahora duerme en mi cama y eso es todo. Doy vueltas hace horas. No dejo de recordar el ángel de García Márquez caído en un patio. Abusé también de la imagen trillada: la guitarra y su cuerpo armónico, las curvas buenas del instrumento.

  La realidad organiza la estética recurriendo a humildades. Y la metáfora me llama. No puedo resistirme, acaricio las cuerdas y toco los acordes de Nature boy, pero susurro: “There was a girl / a very strange enchanted girl”.

   En un tiempo Gisela recorrió pueblos del norte cuyos nombres no recuerdo. El padre vendía artículos de baño, nunca entendí la relación con los viajes. Ella era una niña de vincha verde y zapatillas de varón.

   A los once años empezó a chocarse cosas. En séptimo grado Diego Gaitán la miró y ella se llevó por delante el cesto de basura del aula. Se le caían las monedas en el kiosco, los varones de secundaria se apoyaban en su cuerpo con excusas de montonera y empujones. Una tarde dobló mi brazo hasta arrodillarme y hacerme jurar que nunca más la llamaría “jirafona”. Pronto dejó de dominar el rostro. Llegué a ver muecas realmente horribles. Desarrolló un tic molesto que le duró un verano. No podía soportar que la miraran. En la secundaria se vestía mal y el maquillaje la desdibujaba. Nos acostumbramos a aquello hasta que la exuberancia de su desarrollo desbordó los trapos con pavura. Y su boca, ¡Dios! ¡A los catorce años!

   Un día me mostró la foto del novio. Un hombre barbudo, posando en una moto chopera, la agarraba de la cintura. Parecía de revista. A la tarde la pasó a buscar y quedamos con la boca abierta. La imaginé sentada en la horquilla del manillar inclinándose, dispuesta a ser besada. El largo de las piernas y la anchura de sus caderas salvaban a la imagen de la infamia.

    Ahora todo aquello es materia masticable sobre la cama. Quiero acostarme arriba de ella y no moverme hasta estar erecto. Penetrarla por atrás, irme despacio, llenándole el sueño.

   La otra semana estuvimos en casa del novio nuevo. Un desagotador de pozos negros del barrio Miguel Ugart. Vive en una piezucha húmeda. En las paredes descascarada que rodean la cama pega páginas arrancadas de revistas de automovilismo. Carreras, accidentes famosos, triunfos históricos. Las pega con cinta stiko y si apoyas tu mano notás que están mojadas. Los sábados pasean en el camión y a veces la policía les pide que se alejen del centro. El novio se alimenta de latas de atún y arvejas y vive para hidratar su piel extrañamente percudida. Pienso en cómo hacen esos tipos para seducir a alguien como ella.

   Ahí está por fin su tanga sobre mi cama. La carne mastica el trapito, lo traga hacia el oscuro aroma. Es mi cama y no puedo cogerla. Alguna ley implícita de amistad lo impide, pero alguna legal debería permitirlo. Su tanga, ¡Dios mío! Acerco mi mano, se la corro lentamente: los labios redondos, rosados, de nena, aterrorizan, puede despertarse ante el menor roce. Es a todo lo que me atrevo, todo lo que ocurrirá. Me acuesto y espero la duermevela. Otra vez sueño aviones precipitándose en los baldíos del barrio, invasiones extraterrestres, luces inteligentes en el cielo onírico, exterminio humano, soledad.

     A la mañana siguiente encuentro sus ojos abiertos en la pantalla apagada del televisor. La miro sin decir palabra. Desactivo la alarma pasando el brazo por encima de ella hasta la mesita de luz.

    —¿Sabés lo que soñé? —dice— Soñé que estaba en el espejo, en calzones, revolviendo el placar, tirando ropa como una loca, desesperada por encontrar algo que ponerme para mi velorio. Cuando llegué estaba lleno de gente conocida, algunos muertos, amigos, familiares y algunos famosos que repartían regalos y una torta en forma de ataúd, cantando el Feliz Cumpleaños. Después vino el Guille, o el Pancho, me parece que fue un rato uno y después el otro en el mismo cuerpo. Me decían: “boluda, relajate, la vamos a pasar bien; está el Juan, allá, la Mica y el Coloso. Yo resucité en Las Petacas, por ahí también vos tenés ese ojete”. Entonces me metí en el cajón, y me quedé un rato parada mirando a la gente hasta que me acosté y sin despedirme cerré los ojos y no me podía relajar. Mi mamá se acercó y me retó en voz baja: “Relajate, nena, -me dijo- que si no, no te vas a morir”. Y después me fui relajando, y muriendo hasta que me desperté.

   Tengo los ojos cerrados y abrazo su cintura. No sé lo que eso significa para ella. No digo nada, me quedo así esperando. Nada pasa. Varios minutos después el bocinazo del camión rechina los vidrios. Ella se libera de mi brazo y se levanta. Se viste rápido, como puede. Corre a la puerta y me mira para que le abra. Me levanto fastidiado, voy hasta la puerta y le abro. Corre hacia el camión. El novio me saluda detrás del parabrisas que refleja el sol. La veo subir. Veo las piernas aladas de mi amiga ubicarse, su culo sentarse redondo y firme en la cuerina. There was a girl….

(Revista Diccionario, Córdoba, 2009)

Siluetas de Simulcop

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   Lorenzo se está volviendo loco, la marihuana le oxidó el mate. José lo visitó hace menos de un año y volvió con una tristeza definitiva: “El Lorenzo parece una planta, boludo. Está pa’ trás”. Creí que no era para tanto, pero ahora lo tengo enfrente. No puede concentrarse en el control remoto, le lleva tiempo reconocer los botoncitos antes de encender el televisor. No es el faso lo único que lo convierte en babieca, debe haber algo más.
   —Estoy tratando de acordarme del día en que erré algo.
   —No entiendo, Lorenzo.
   —Que hubo un día en que pasó algo, ponele, una boludez cualquiera que te cambia la vida sin que te des cuenta.
   —Alguna decisión.
   —No, alguna huevada.
   Se concentra en la pantalla como si en lugar de imágenes viera manchas para interpretar. No hablo, la única vez que nos quedamos en silencio fue la noche en que la Maricel empezó a vomitar y después se murió. Hace más de quince años, en plena Fiesta de la Primavera.

  —A lo mejor tendrías que ir a terapia —digo al rato.
   —Sí. No sé. No es lo que más me preocupa.
   La pieza de Lorenzo ya no es la pieza de Lorenzo. Cuando éramos pendejos traíamos a las minitas a la cueva, tenía buena acústica y olía como pipa. Ahora es un depósito de muebles que a la casa le sobran. Lo único reconocible es la cama y el escritorio donde guarda los apuntes de fisioterapia. La última vez que lo vi le faltaba un año para recibirse. Seguía teniendo los cuatro o cinco cedés de siempre, los cuatro o cinco libros que le presté y algunas películas en VHS no devueltas.
   De chico lo llamábamos Burbuja. Cada vez que se ponía nervioso y lloraba, amenazaba con escapar de la casa después de frotarse con jabón hasta hacer una burbuja gigante, meterse adentro y salir volando. En quinto grado faltó al colegio dos semanas seguidas. Una tarde, en hora de clase, vinimos a pedirle que volviera. La seño Inés golpeó las manos, pero no nos atendió nadie. Era la siesta, los padres tenían que estar trabajando. Lorenzo, sentado en una reposera arriba del tanque de agua del techo, leía la revista Gente. Nos miró como si fuéramos Testigos de Jehová. La señorita le preguntó por qué no iba más a la escuela. A pesar de vernos, no despegó los ojos de la revista. Le dijimos que se bajara. Se puso loco y nos tiró con un pedazo de ladrillo hueco.

   —No puedo leer más —dice ahora, jactancioso—, no puedo escuchar música, no puedo ver películas, no puedo hacerme la paja, no puedo casi ver fútbol… Todo es falso. Todas las personas me parecen mentirosas, y más los artistas. A terapia no voy a ir, no sirve para nada. ¡Los psicólogos son locos, boludo, no se puede! La única vez que fui, hace mucho, cuando me separé, me dijo que era un reprimido y me preguntó si alguna vez había tenido fantasías sexuales con mi hermana. ¿Entendés? Ta loco.
   —Bueno, a mí la psicóloga…
   —¿A vos te sirve terapia?
   —Sí, qué sé yo. Es bueno lo que uno haga con eso, no lo que…
   —… para colmo, en este pueblo estoy más solo que el uno. No salgo a ningún lado y estudio todo el día… se me pasa volando. Cuando me doy cuenta, ya es de noche y me deprimo mal, boludo. Mal, ¿entendés? A veces viene el Cuki, pero está más quemado que yo. No entiende nada.
   —¿Chateaste con el Martín?
   —Sí, ahora vive en Barcelona. La pasa bien, me manda fotos siempre.

   De adolescente, Lorenzo era pila. Fumaba mucho, pero le pintaban las mejores ideas. Por ahí le venían rayes de locura. Una vez se colgó con el “Informe sobre ciegos”. No salía de la casa. Fue difícil sacarlo. Habíamos jugado ajedrez desde la mañana y fuimos a un quiosco del centro. En la peatonal vi al ciego venir. Lorenzo se acercó a mi oído torciendo la boca:
   —Fijate cómo me mira.
   —¿Quién? —me hice el pelotudo.
   —El ciego… fijate.
   —¡¿Cómo te va a mirar un ciego, Lorenzo!?
   —Fijate cómo pasa al lado nuestro, se hace el gil, pero después se da vuelta y me mira.
   El ciego, que, además, era rengo, pasó casi rozándome, tenía olor. El tipo siguió caminando. Dos o tres pasos, y se dio vuelta a mirar al Lorenzo. No podía ser cierto, tampoco casualidad. Nos comimos la noche flasheando con eso. El Lorenzo explicó cosas que no recuerdo porque no creí. Se las discutí a muerte, aceptarlas era volverse loco.
Años después nos reímos de lo del ciego. Fue en un asado en casa de la Eli, borrachos. Esa noche se puso de novio con Fernanda y se perdió por varios meses. Lo único que hacía, lo cuereaban, era ver Los Simpsons, fumar como caballo y culear con la Fer.

   La nena de unos seis años, con la muñeca que trae arrastrando de los pelos y una amiga que la sigue, entra en la pieza y se detiene como si hubiese visto un espectro: suponía que el Lorenzo estaba solo. Después de mirarme de pies a cabeza, le dijo:
   —Nos vamos a la placita, pa.
   —Pará, Rocío, que papá está con el Negro.
   Las dos se vuelven arrastrando los pies por el pasillo.
   —La pendeja es lo único que me mantiene vivo, te juro —lamenta en una de esas pausas melancólicas que buscan aprobación—. A mí me toca los lunes, miércoles y sábados. La madre es una culiada: me hace renegar, no me deja criarla como yo quiero.
   —¿Y cómo querés criarla?
   —Aparte estoy harto: no quiero vivir más acá de mis viejos, ¿entendés? Ya estoy por cumplir treinta, quiero vivir solo. Quiero un laburito, un auto… Con un auto es más fácil, a las minas le gustan los autos.
   —Bueno, sí, está bueno eso. Tendrías que ver la forma de encontrar un laburo.
   —¿Pero qué laburo? A mí cualquier cosa me quema la cabeza, ¿entendés? Y no voy a ir a laburar fumado, es un bajón. Además tengo que terminar de estudiar.
   —Y bueno…
   —… yo pensaba en un laburito en un banco. Pero sabés lo loco que me pondría ahí, con esos idiotas de traje, mirándome a ver si hago bien las cosas, si las hago mal. No, boludo, estoy pa’ trás.
   —¿Y no pensaste en hacer terapia, en ver algo que te ayude? ¿En fumar menos?
   —Ya te dije que la terapia es una bosta. Además no churreo mucho, no llego a tres fasos por día. Lo que pasa que acá adentro no puedo fumar, mis viejos me calan el olor al salto…

   Salimos, nos sentamos debajo del ventanal del frente. Lorenzo enciende una tuca, chupa y grita por la ventana:
   —¡Mami! ¿La Ro? —larga el humo.
   —Se fue a la placita con la Eve.
   —¡Si yo no la dejé, mami, dejá de hacerme renegar!
   —Dejala que vaya, Loro, que se divierta un poco. ¡Qué querés que hagan!

   El silencio nos embadurna la cara. El olor a marihuana es agrio. Al frente hay un taller mecánico. Lorenzo se concentra en los chispazos de los soldadores, en una explosión amarilla que nos llega muda. Canta una “palomita de la virgen”. Su lamento y la soledad de la tarde convierte al mundo en una página de simulcop: nos imagino borrosos. No sé por qué recuerdo el poema “Tabaquería”, de Pessoa.
   —Tiene que haber algo…
   —¿De qué, Lorenzo?
   —Una cosa que me cambió la vida, no sé.
   Bufo.
   —Nada, pelotudo —me lleva la bronca—, no hay algo que te cambió la vida, gil. Dejá de fumar. No te enojes, Lorenzo, pero viajé doscientos kilómetros. Me dijiste que estabas mal, y acá estoy, y lo único que hacés es quejarte y hacerte la cabeza. No me jodás… Dejá de fumar y buscate un laburo. Terminá de estudiar de una vez, no sé.
   —¿Viste Corre, Lola, corre?
   Harto de que salte de una cosa a la otra, que no se concentre, que no le importe lo que tengo para decirle, hago silencio, me incomodo. Pero a los segundos cedo.
   —Sí, no me acuerdo bien. ¿Es esa alemana en que la mina tiene que conseguir guita?
   —Esa. ¿Viste que, según alguna huevada, como que la mina se choque con una vieja en la calle, le cambia la vida a la vieja?
   —No me acuerdo.
   —Que, por ejemplo, si yo no me hubiese errado ese penal contra los de Olimpo, a lo mejor ahora sería ingeniero. O estaría tirado en una zanja, ¿entendés? Que mi vida sería distinta. No sé…
   —Te entiendo, eso pasa todo el tiempo.
   —Sí, pero vos no entendés. Vos te referís a otra cosa.
   —Bueno, como quieras.
   Empiezo a odiarlo, a desconocerlo. Pienso en algún trauma que pudo haberle hecho esto y no encuentro otra cosa que la separación de Fernanda o su paternidad tan joven. No veo qué puede haberlo puesto así.
   Hay algo, un recuerdo que entonces me inunda como esas canciones bizarras que creemos, por suerte, olvidadas. Algo que, sorprendiéndome, puede tener que ver. A los quince o dieciséis años nos pasábamos la tarde tirados en la plaza fumando faso y hablando de poetas. El Marcos había ganado muchas veces el Premio Municipal, y yo un par. Lorenzo se escapaba de Fernanda para escucharnos. Un día aprovechó un silencio y se mandó:
   —Yo también escribo.
  —¿En serio, Lorenzo?
   —Hace mucho más que ustedes que escribo. Hace de chiquito que escribo cosas, tengo un montón de cuadernos llenos. Y no escribo para levantar a las pendejas de tercero, como ustedes. Escribo de verdad. Nunca les voy a mostrar nada, voy a quemar todo. Son genialidades que nadie va a entender. Así que las voy a quemar.
   —Para mí que te da vergüenza —tiró el Marcos.
   —No, boludo. Acá traje un poema, que es el único que creo que ustedes pueden entender.
   Y lo leyó, rápido, masticando las palabras. No hacía falta una mirada cómplice con el Marcos para certificar que la envidia nos chorreaba por las orejas. Durante la lectura, el Marcos me codeó como si hubiese aparecido un fantasma inconmensurable llamado Borges. El argumento: Lorenzo fumando, tirado en la cama de los padres, oliendo el colchón todavía mugriento por el sexo de su madre. Un verdadero fetus in fetus: por algún error genético, guardaba en las tripas un poema. Se lo dije al Marcos. Pero él, todavía con aquellos versos dándole vueltas en la cabeza, dijo que el Lorenzo, a ese fetus in fetus, se lo había “extirpado del orto”. Que era un poema monstruoso condenado al fuego, una inmundicia genial que no podía habitar este mundo.
   El Lorenzo, con el papel en la mano, mirándonos, se movía hacia adelante y atrás como autista. Y nos reímos en su cara, fuerte, al borde de babearnos. Fue por la marihuana. Fue por los nervios, por no saber a dónde rajar. Esa sensación de velorio, la solemnidad “intelectual”. Temíamos ser sensibles, vulgares. Nuestra sensibilidad debía ser artística, no mundana.
   Se levantó, rompió el papel, subió a la bici y se fue moqueando. Nunca lo habíamos visto así. Nunca su cara sin sonrisa, su mentón temblando. Lo llamamos de lejos, aunque riendo. Le gritamos que el poema estaba bueno, pero no volvió.

   Ahora Lorenzo pisotea la tuca en la vereda y me pide que lo acompañe a la placita a buscar a su hija. La placita es un campito de tierra con un tobogán roto y dos hamacas. Atrás hay campos, potreros secos de una ciudad que no ha crecido en los últimos treinta años. El cielo se desmorona. Las nenas corren hasta nosotros.
   —¿A qué jugaron, Ro?
   —A nada, nos hamacamos. Vino un chico a tirarnos arena, pero la Mily lo echó. Le pegó con un ladrillo en el pie.
   —No, Ro. ¿Cómo van a hacer eso? Mirá si el chico viene y les pega, después…
   —Bueno, pa, ¿qué querés?, si él vino a buscarnos lío.
   Volvemos las dos cuadras en silencio. En la casa, Lorenzo le ordena a la madre que bañe a Rocío. Ella saluda, pregunta cómo estoy y qué fue de mi vida. Pero no presta atención a mi respuesta, ya está en el baño con su nieta. Desparramado en una reposera del living, Lorenzo se muerde el labio y señala a su mamá. Me siento en el sillón grande, el verde, el que en algunas noches me soportó desmayado por el alcohol. Lorenzo agarra el control remoto, su cara recobra cierta dignidad.
   —¿Vos crees que fue por esa tarde que les leí el poema?
   No ha pensado en otra cosa en estos años. Sonrío con superioridad.
   —No le echés la culpa a un poema, Lorenzo.
   Cambia de canal sin mirarme, el verde furioso de una cancha de fútbol nos atraviesa, nos silencia el comentario nasal del conductor del programa. Lorenzo espera de mí la confirmación del pasado, de lo que vivió aquella tarde. Quiere que me rectifique, que le diga que aquel poema era bueno. Pero mi cabeza se quedó en casa, con la familia y mis cosas. Quiero contarle a Vanesa que el viaje fue al pedo, que sos irrecuperable, que estás peor que nunca. Te miro la nuca frente al televisor y me da vergüenza, Lorenzo, te juro. No sé qué sensación tengo, y aquel poema era condenadamente brillante.
   Me levanto poniéndome la campera. Empieza el partido. No puedo irme, hay algo que no me deja abandonarte así. Voy hasta la heladera, saco una cerveza, la destapo y vuelvo al sillón.
   —¿Juega Lujambio? —te pregunto pasándote la botella.
   —Ni puta idea —contestás.

(Antología Es lo que hay, 2009)

Ñandú

050   

   El Lucas ya se había mandado algunas cagadas parecidas. Una vez, a la entrada del colegio, hizo un willy con la moto blanca que había armado, y en el aire se le salió la rueda de adelante. Anduvo media cuadra con la moto levantada pensando en cómo bajarla pero no había opción. El ruido fue lo que más nos impactó. Lo otro fueron algunas chispas y el Lucas arrastrándose sin control hasta nosotros, golpeando varias veces contra el cordón cuneta. Otra vez fuimos a la casa y nos mostraba cómo había que castrar a los gatos. Les ataba un alambre de cobre bien apretado alrededor de los huevos y los largaba. A los días aparecía el gato con el pito seco y se los sacaba como si fuese una crosta.
   Los padres nunca estaban. El Lucas se subía al techo a fumar. Armaba cigarrillos con yerba mate y un pedazo de diario. Esas cosas fueron en séptimo grado, él había repetido dos veces. Una semana antes de terminar la primaria pasó lo del ñandú.
   En verano lo acompañé a chorear nísperos y pasamos por el campo del tío. Se le iluminaron los ojos cuando la vio y era imposible que el entusiasmo del Lucas no se te contagiara. En esas situaciones no medíamos las consecuencias, lo único que importaba era verlo así, ver crecer la alegría como un veneno que le hinchaba el cuerpo y lo hacía explotar.
   —Vos colgate de las rejas y espantala, que yo me acerco por acá atrás y le tiro la soga —indicó.
   —Te crees que la ñandú es boluda, Lucas. Las ñandú son re-vivas.
   —Vos andá.
   —Te va a cagar a patadas, las ñandú te cagan a patadas.
   —Problema mío, andá. Ya me vas a agradecer cuando las chicas nos vean pasar arriba de la ñandú y se caguen de risa.
   Lo encontramos en el zoológico abandonado. El zoológico había sido un rejunte de animales de la zona, más bien grises, flacos. Tres zorros, un puma, varias lagartijas, un puñado de gorriones y no mucho más. Cuando no pudo seguir alimentandolos, el tío les echó el veneno. Fue en cana, molido por un grupo de mujeres que quiso lincharlo. Solo, en un pedazo de jaula detrás de los chañares, el ñandú sobrevivió.
   —Tapemoslé los ojos con algo, Lucas. Yo vi en la tele que le hacen eso a los cocodrilos para que no se aviven.
   —Si, ¿y cómo mierda la agarramos? Le podemos poner esas anteojeras de los caballos.
   —¿Van con monturas las ñandú?
   —Yo vi en la tele que sí, a los avestruces se las ponen.
   —Sí, pero las avestruces son más grandes, no se si esta va a aguantar.
El bicho le tiró un picotazo en la pierna. El Lucas se revolcó agarrándose el tobillo, juntó un puñado de piedras y se las revoleó por la cabeza. El ñandú corrió flameando el cogote.
   —Se me caga de risa, la hija de puta.
   —Agarremoslá por atrás.
   —Qué te crees que es pelotuda o qué, mirá como juna por el costado.
   —Ta’sustada, boludo.
   La acorralamos en puntas de pie agazapados, el bicho no se dio cuenta. El Lucas fue por atrás, pegó un salto tirando de las alas y se subió. El ñandú salió corcoveando. La jineteó cagándose de risa. Le enredó la soga alrededor del cuello, el bicho dobló cerrado y lo tiró a la mierda. Antes de tocar tierra, el Lucas pegó el tirón y la revolcó. El bicho largó un grito horrible, saltaron manojos de plumas.
   Nos fuimos al centro en las bicis. Se escuchaban las uñas del ñandú raspando el pavimento. A cada rato se metía entre las ruedas y nos obligaba a frenar. Le desenredamos la soga y arrancamos de nuevo. Una cuadra antes del centro dejamos las bicis y nos preparamos. No me animé a subir, al escándalo lo iba a protagonizar él. Pobre.
   La acomodó derechito a la plaza. La montó de un saltó y salió cagando. El ñandú agarró en diagonal, zigzagueando.
   El Renault 12 venía al mango, era rojo.

(Revista Diccionario, 2007)

Callecitas

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Ahora me subo al auto y no te voy a ver más. Es así, pendeja, voy a volver a mi casa donde tengo que descalzarme para cruzar el living encerado hasta mi cuarto y acostarme. Y no, como vos, sacarme esos horribles zapatos comprados por dos pesos en El Zapatillazo, que te sacan llagas pero te hacen sentir segura en la noche del Sábado. Porque si hasta en la oscuridad parece que fueran buenos zapatos, y tu piel no tuviera impregnada como roña de olor a carbón, a bracero encendido hasta las cuatro de la mañana, a humo de pobreza, a mañana de domingo en el barrio con calles de tierra y perros embichados cazando langostas.

A lo mejor te quise en algún momento de la noche. A lo mejor lo que me excitó fueron tus quince años, o por ahí tus ojos mirándome atrás de la barra pidiendo un trago. No sé, no sabría decirte por qué me acerqué a vos y te invité. Si ahora ya el motor está encendido y vos entrás a tu casa chorreando leche y me saludás creyendo que mañana voy a venir a buscarte para tomar un helado y que te vean conmigo. No, pendeja: mañana yo voy a estar lejos, porque mi vida es otra cosa. No son todas estas maderas apiladas y ese barro entrando a las casas por abajo de las puertas. Mi vida son esos edificios allá. ¿Los ves? Atrás de aquella niebla. ¿O cómo creés que se produce el progreso de la humanidad? ¿Creés que se produce por andar descalza todo el día y sin bañarse y casi sin comer? ¿Por pedir ropa prestada para el Sábado creyendo que un tipo rico como yo no se va a dar cuenta cuando estacione en estas callecitas casi sin lugar para un coche como el mío? Porque esos fititos y cientoveintiochos armados y un poco tuneados pueden tranquilamente pasear por acá, pero hasta ellos deben estacionarse en las veredas de lo angostas que son estas calles. ¿Y qué es ese ruido? ¿Un mono? Porque debe de haber monos por acá, y a juzgar por tu cara, te debe haber amamantado una mona. Porque seguro que no tenés familia, seguro que estás sola en esa casita y te dormís en el piso entre unas frazadas al lado del brasero. Estoy seguro, pendejita, tanto que te pagaría un hotel. Pero ya cerraste la puerta, la cerraste y me la quedé mirando y pensando. “Lo qué es el mundo”. Yo mañana tomo un avión y no te veo nunca más. O te veo de acá a tres años por la televisión pidiendo ropa y alimentos con el agua hasta la cintura. Seguro mañana te levantás a cualquier hora y te fritás un huevo de desayuno y almuerzo, y seguro repetís eso en la cena. ¡Qué bárbaro! Y pensar que no sos tan fea, por algo finalmente terminamos juntos. ¡Qué loco! ¿¡Cómo no lo pensé?! Si ya debés ser madre. Uno o dos chicos debes tener, y deben andar por ahí… seguramente de tu mamá, que debe vivir en alguno de esos cartones, porque a lo mejor vos llegaste a tener esta casita de ladrillos sin revocar porque el macho anterior te la dejó… A lo mejor el tipo consiguió un laburo mejor en la fundición y se fue del barrio, qué se yo. A lo mejor me equivoco, espero equivocarme, porque la verdad es que no sos tan fea, y sos dulce. Pero yo soy de otro mundo, un mundo que nada tiene que ver con esta pobreza, con esos tipos que vienen para acá con barretas en las manos, mirándome. Qué saben esos tipos del progreso de la humanidad, qué sabrán ellos de todo lo que tuve que hacer para conseguir construir estos barrios, y esos planes que les permiten desayunarse un huevo frito y no un pedazo de rata o comadreja. No voy a decirles que dejen de golpear el auto, ni que dejen de intentar abrir la puerta. ¿Qué podría decirles? Si son como animalitos que atacan una presa fácil, una presa que les dará de comer por un tiempo, para dejarlos hambrientos al rayo del sol por otra larga temporada. Ay, nenita, ya me olvidé cómo te llamás. Si no, saldría a gritarte para que me ayudes, a lo mejor conocés a alguno de éstos y podés frenarlos. No podría bajarme del auto y escapar por las callecitas a buscarte, me encontraría con miles como vos, millones de monitas como vos dando de mamar a sus hijitos gimiendo atrás de cortinas mugrientas. Y no quiero. Yo quiero recordarte con ese escote, con esas piernas mal abiertas, púberes; tomandonos toda la merca del mundo. No quiero esto, estos tipos que ya rompieron el parabrisas y se meten sin darme tiempo a sacar el chumbo de la guantera.

(inédito, 2006)

La muerta

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   Frente a la funeraria, miro el cartel con el nombre de la muerta: Azul Dietrich. Entro. Chequeo el lugar sin atreverme a ver el féretro. Estoy en un rincón, junto a gente quejándose de la lluvia que no refresca al campo. Un tipo se acerca y pregunta si fui amigo de Azul. Le digo que no. Es el padre. Azul fue una chica de pocos amigos, dice, por su problema.

   En la otra sala espero estrellarme contra el rostro del cadáver. El impacto será fuerte, pero irremediable. El miedo me detiene antes de lanzarme hacia el primer muerto que veré en mi vida. Me acerco con las manos en la espalda. Es ella. Larga, unos dos metros veinte. Más que una muerta, parece una comida rancia servida para un Goliat a punto de llegar. Somos un montón de animales con la ofrenda lista, esperando al monstruo.

  Azul tiene los pómulos reventados. Un tipo hace girar entre los dedos un cigarrillo apagado. Apoya la otra mano en mi hombro. Cree consolarme. La puerta entreabierta enmarca al padre de Azul lloriqueando en el regazo de una mujer. Alguien se acerca a ellos y los besa. Los ventiladores despiertan echando olor a muerto.

   Salgo y me siento en las escalinatas de entrada. Surge de los zanjones del Centro Cívico un vaho caliente que se mezcla con el olor a baño limpio de la mañana. Hablaré de la muerta.

 

   La conocí una noche fría en que bailaba Norma Viola. Atrás, lejos del escenario, delante de su padre, agarrada de la mano de su mamá, me miraba. Calculé que tendría dieciséis años. Fue un hallazgo. Sus piernas, su cadera y cintura, y por último, las dos lomas que coronaban su pecho envuelto por ese inmenso abrigo de corderoy verde parecían dos módulos lunares flotando.

   Al rato me fui. Caminé entre el público tratando de encontrar a algún conocido. Nadie. Cuando volví, Azul y sus padres ya no estaban. Miré un rato el show. El Intendente le entregó una plaqueta de ciudadana ilustre a Norma Viola. Se rumoreaba que era su última actuación, que estaba enferma. 

   Vi a la gente aplaudir. Descubrí a Azul muy atrás, abajo del cartel de VeriHogar, sentándose en uno de esos bancos de cemento. Me llevó unos minutos acercarme. Nunca pensé que me hablaría. Me llamo Azul, dijo.

   Una gorda se sentó atrás y me quedé sin mi porción de banco. Ya no la veía. La mina padece alguna enfermedad mental leve, pensé: los ojos, la nariz y la boca en el centro de la cara regordeta no se ven saludables. Sin embargo, en mucho tiempo no había visto una cara así de bonita y provocadora.

 

   Rezan el Rosario, me miran de reojo. Parecen conocerse a la perfección. Me siento un intruso. Deben confirmar con mi presencia un noviazgo oculto de Azul. Me gustaría decirles que sí, solo para complacerlos, pero no aguanto la decadencia de los velorios. Del otro lado de la puerta descubro al padre señalando con la cabeza hacia donde estoy. La mujer que antes lo consolaba cogotea buscándome.

   Me siento junto a unos pibes embarrados cerca del féretro, donde no pueden verme. Hablan de zapatillas. Alguien trae chocolates y convida. Yo no quiero, me levanto y salgo. Enciendo un cigarrillo. La verdad es que acabo de angustiarme.

 

   Aquella noche que la conocí, de camino a casa cuando el espectáculo había terminado, los vi pasar en la Renoleta. Como en las películas, Azul no me sacó los ojos de encima con la nariz pegada a la ventanilla. Los meses que siguieron fueron de una soledad olvidable. Nadie sabía de ella en el pueblo ni en los pueblos vecinos. La mina no salía porque en realidad era una niña. No tenía dieciseis o diecisiete, sino diez o nueve. Una enfermedad degenerativa, gigantismo o algo así, la mostraba púber. Descarté la idea por fantasiosa. No me gusta escribir sobre mis obsesiones, pero juro que estuve mucho tiempo pensando en ella. La amaba.

   Encontré a Azul después de muchos años. Fue en la garita del colectivo. Yo pasaba con las bolsas de las compras. Ella me llamó. Vestía con ropa deportiva tratando de no acentuar una flacura al borde del raquitismo, pero haciéndolo. Calculé su estatura alrededor del metro noventa. Cuando la vi me sentí invadido por ese olor de cuando la amaba y buscaba. Mis sueños se destrozaban en ese cuerpo deforme, pálido, lleno de manchas.

   Le pregunté si me llamaba a mí y dijo que sí, y si la reconocía. Le dije que no, fue terrible. Me quedé parado, actuando mal, entornando las cejas, dejando las bolsas en el suelo, mostrándole interés por seguir la conversación.

   Pero le repetí que no, que no sabía quién era, que no me acordaba. Hablamos dos o tres minutos, tuve que hacerme a un lado para que el colectivo estacionase. Subió con dificultad. Te tenés que acordar, dijo desde la ventanilla. Le sonreí abriendo los brazos y levantando los hombros. Fue la última vez que la vi.

 

   Ahora cierran la tapa, y los llantos se mezclan con el sonido del destornillador eléctrico. Salgo. Hay gente esperando el cortejo. Varios viejos fumando, insultando por la eliminación de Argentina en el Mundial. Tiro el pucho. Sacan el ataúd y lo meten en la parte trasera del coche. Los parientes lo acompañan unos metros y se vuelven. Se encienden los faroles del bulevar.

   El último auto desaparece, camino al bar más cercano. 

 

(La Voz del Interior 2007)