Eric Schierloh: “Hay que hacer de la escritura una vida”

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Marina Do pico entrevistó a Eric Schierloh para la Revista Atletas. Sin desperdicios.

Eric Schierloh (La Plata, 1981) es muchas cosas: escritor, traductor, editor, tallerista, creador de la editorial Barba de Abejas. Sin embargo, entiende todos sus roles como ramificaciones de un mismo árbol: la escritura. De ese quehacer multifacético salen libros tan disímiles como las novelas Formas de humo (2006), Kilgore (2010), Donde termina el desierto (2012) y La mera tierra (2017); y los libros de poemas Costamarina (2012), Frío en las regiones equinocciales (2014), Los cueros (2014), Por el camino de tierra (2017) y Cuaderno de ornitología (2018) —antología de poemas y traducciones sobre pájaros publicada por Caleta Olivia.

Coordinar la entrevista tomó meses: Eric siempre está viajando a alguna feria o evento. Finalmente, quedamos en pasarlo a buscar por la UNA, la facultad donde enseña en la cátedra Taller de Poesía II, y manejar hasta su casa en City Bell. En el trayecto charlamos sobre el paisaje, la ruta; el santuario de Rodrigo que está en plena autopista deriva en una conversación sobre la misoginia en el arte. Empiezan a aparecer los campos de plantas silvestres al costado de la ruta y ya estamos cerca. Con las indicaciones de Eric, desembocamos en un barrio tranquilo de calles angostas y muchos árboles. Eric señala: “Es esa casa, la de la catalpa en flor”. Rocío, que maneja, se pasa unos metros. “Acá, acá. Perdón. Es que yo digo catalpa y asumo que todo el mundo sabe qué árbol es”, dice riendo.

Me había imaginado su casa como la de un ermitaño: austera y despojada. Al llegar resulta ser una casa familiar, con un pizarrón lleno de actividades, fotos, mochilas de colegio, tres perros y un gato. Eric nos muestra su taller, que está sobrecargado de objetos, como todo en la casa. La biblioteca ocupa toda la pared. “Es probable que esta sea la biblioteca sobre Melville más grande de la región”, dice. Efectivamente, los estantes están repletos de lomos en los que se lee “Melville” en distintas tipografías: varias ediciones de Moby Dick, su obra completa, cartas, biografías, crítica. En el patio, bajo la Santa Rita, comienza la charla. 

Atletas: Marianne Moore decía que los poemas son como jardines imaginarios con sapos reales. ¿Qué buscás vos en un poema?

Eric: Uy, qué decir después de la frase de Moore… Yo intento que un poema refleje una situación que viví, pero al mismo tiempo que la escritura del poema complete esa experiencia. Tienen que darse ambas cosas. No me interesa un poema que dice algo que no está conectado conmigo. Para mí un poema tiene que ser un registro de la experiencia. En un sentido o en otro, pero en algún sentido tiene que ser el registro de una experiencia. Digamos entonces que me interesan más los sapos reales que los jardines imaginarios.

Atletas: ¿Cómo surgió la idea de crear una editorial?

Eric: Para alguien con un proyecto de escritura como el mío, publicar solamente en editoriales independientes (que son las que quiero, admiro y a las que siempre voy a apoyar) no era ni es económicamente viable. En 2010 yo trabajaba además en la escuela secundaria y eso hacía que la escritura comenzara a funcionar en una suerte de segundo plano y contrarreloj medio ficticio, y estaba en ese momento preciso en el que muchos terminan por resignarla o abandonarla a causa de las condiciones materiales necesarias para poder colaborar con la subsistencia de una economía familiar. No quería resignar la escritura, pero tampoco quería que la escritura no colaborara de alguna manera con la dimensión del trabajo más formal, digamos. Era un callejón típico. Entonces encontré esta solución que es la edición artesanal, que implica hacerse cargo de todo el proceso, involucrarse al máximo con la escritura en un sentido muy amplio que incluye la hechura de los libros y la circulación, todo lo cual permite ver resultados más rápido en términos de capital simbólico, de construcción de una obra y, por supuesto, también económicos. Diría entonces que viene de estas cuestiones: poder escribir y publicar cómo y cuándo quiero, y de generar las condiciones materiales para que eso ocurra y circule, lo que además me permitió dejar definitivamente la escuela secundaria para dedicarme casi por completo a este tipo de escritura total, que yo llamo edición artesanal. Por aquel entonces estaba además en un momento de mucha producción, tanto de traducciones como de textos propios, algo que por suerte continúa, y entonces la edición artesanal me permitió seguir eligiendo a las editoriales independientes que me interesan (y en las que siempre voy a publicar) para algunos proyectos y, al mismo tiempo, ir desarrollando el catálogo de Barba de Abejas. Me gusta diferenciar entre “vivir de” y “vivir con”. Vivir de las cosas tiene algo de parasitario. No quiero vivir de la escritura, porque entonces existe el peligro de encarar la cosa como una fórmula y eso generaría la repetición de algo que no sería genuino. Vivir con la escritura implica aceptar que va a haber cosas que van a funcionar y otras que (en principio) no, pero que deben ser intentadas y sostenidas de todas formas a lo largo del tiempo. Escribir principalmente poesía, si se quiere, es una manera más cercana a vivir con la escritura que de la escritura.

El resto de la entrevista acá.

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Una historia bien negra y bien porteña.

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Se reeditó la novela clave del escritor que trabaja limpiando el subte en Buenos Aires. También fue fletero y vendió seguros. Cree que oficio y literatura no son antónimos. 

Cuesta encontrar alguna referencia mediática sobre Enrique Ferrari que no lo presente como “el escritor que limpia en el subte”. Después de 15 años de su debut literario, premios en España, Francia, Cuba, y de haber sido traducido al francés y al italiano, se lo muestra como si fuese alguien “elevado” sobre la clase trabajadora gracias a “su hobby”. Si uno busca sus fotos en  Google, cientos de ellas lo muestran con el uniforme de trabajo. “No pongan una con el uniforme, por favor”, solicita por WhatsApp a la hora de coordinar la entrevista.

“Sé que esa particularidad que se citó hasta el hartazgo en los medios -comenta- me dio una visibilidad que antes no tenía y eso significa lectores; y yo escribo para que me lean. Haber quedado pegado a la relación entre la literatura y el trabajo me permite decir, cada vez que puedo, que literatura y trabajo no son antónimos: el de escribir también es un oficio”.

Este año Alfaguara reeditó su tercera y quizá más festejada novela: Que desde lejos parecen moscas, un voraz thriller que arrastra al lector con un ritmo frenético y un clima poco frecuente en la novela negra argentina, lo que le valió el premio Silveiro Cañada de la Semana Negra de Gijón a la mejor primera novela negra. “Es un texto al que veo con mucho cariño -dice-, me abrió montones de puertas. Además, pese a que ahora soy un escritor un poco distinto al que la escribió, es un texto que todavía siento muy propio y que creo que quedó redondo”.

Aventura

La historia, ambientada durante la década menemista, comienza con un omnipotente nuevo rico detenido en la autopista después de pinchar el neumático de su flamante BMW. En el baúl encuentra un cadáver irreconocible que, presumiblemente, alguien le plantó. Desde allí, las aventuras volarán a la velocidad de su coche a través de la ciudad de Buenos Aires. Machi, el protagonista, está inspirado en un ex-jefe de tanguería donde Ferrari fue mozo.

La trama funciona también como una venganza de clase a través de la ficción, algo que, frente a la obra de este autor de 45 años, puede leerse como una novela social del siglo 20. “No sé si debe leerse así -aclara Ferrari-. Yo traté de escribir una historia bien negra y bien porteña. En qué casillero entra después es más tarea de los lectores o los críticos que mía”.

-En la historia se cuela el odio de clase como especie de romanticismo en oposición al posmodernismo actual.

-Me siento marxista. Y trabajador. Odio a los explotadores no por una cuestión romántica de justicia, sino por una cuestión objetiva de supervivencia. Mía, de los míos y de la humanidad. Tengo muchos otros odios, también, pero menos intensos.

-Alguna vez te describiste como el Hemingway sudamericano…

-Cuando pibe soñaba con la vida aventurera de, entre otros, Hemingwy, y me daba miedo tener una vida anodina. En ese sentido las cosas salieron bien: hubo poco aburrimiento y muchas historias de bares, peleas, camas, trabajos y viajes.

Ferrari trabajó como fletero, vendió seguros, computadoras primitivas, teléfonos, fue repartidor en una panadería, cargó y descargó paragolpes en un taller de cromado y atendió un call center, entre otros trabajos, algunos en Estados Unidos.

“Mi vida en Estados Unidos –cuenta–, fue la de un inmigrante ilegal: mucho trabajo, mucha nostalgia, algo de deslumbramiento por la multiplicidad de culturas con las que te vas cruzando. Viví allá poco menos de cuatro años y volví deportado. Es allá donde pensé, empecé y terminé mi primera novela. De alguna manera fue el lugar donde, en una suerte de fuga hacia adelante, tomé la decisión de dedicarme a este oficio.

-¿Cómo ves la actualidad del género negro en nuestro país?

-Vivo y potenciado, sobre todo entre los autores que están tratando de ensanchar los límites del género. Hay una generación pensando la literatura negra en términos amplios: una hipótesis de lectura y una actitud ante el lenguaje. Tipos con más recorrido como Mariano Quiroz, Leonardo Oyola o Carlos Busqued, pero también pienso en Juan Mattio o Nicolás Ferraro, por ejemplo.

-Una vez descubriste a un pasajero del subte leyendo tu libro. ¿Cómo fue esa experiencia?

-Rara. Lo miré con la tranquilidad de no ser descubierto (el libro no tenía una foto mía) y el nerviosismo de tratar de adivinar sus reacciones ante el texto. Prefiero que me lean en otro lado, lejos de donde estoy.

Todos fuimos Bart Simpson

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En su novela Los pájaros de la tristeza, Luis Mey presente un relato brutal que expone la intervención de los adultos sobre la infancia.

 

   En la tapa del libro se ve la foto de un niño con gesto violento disparando una gomera. La cultura pop podría linkearlo con Bart Simpson y su resortera; la clásica, quizá, con la honda de David. Ambos personajes enfrentan al poder y el mundo de “los grandes” con lo que tienen a mano, de una manera natural y heróica, como si no hubiese otra cosa que hacer cuando pequeño. De eso trata Los pájaros de la tristeza, la nueva novela del escritor bonaerense Luis Mey (1979). “De ninguna manera la historia es sobre la infancia -aclara-. Es sobre los adultos en la infancia de otros. Los adultos y su infancia con canas. Los adultos en su derrota desesperada, insistente, recurrente, desquiciada. Y los niños bajo esa patria potestad”.

   La tensión entre el mundo adulto y la niñez es un tema recurrente en este autor que se ha consagrado entre los escritores de su generación con una obra narrativa sólida y que suma lectores con rapidez. Esta vez los protagonistas son los hermanos Jaime, de 11 años y Manuel, de 9. El primero sufre una discapacidad física, y el segundo, mental. Viven con una madre ausente por cuestiones de trabajo, que es, además, único sostén familiar. La ausencia del padre, en cambio, es absoluta, y será el perseguido, el idealizado, la presa a cazar para ordenar las partes del yo que parecen haber sido desvirtuadas por esta falta. La persecución será violenta en medio del desamparo y la soledad.

“Uso a la infancia para contar la adultez -explica Mey-. Es un truco simple, pero que me encanta. Acaso la infancia, en mis textos, sea muchas veces la patria potestad como único patrimonio de los adultos. En este caso, niños con problemas para toda la vida. En ese sentido, esos niños ya son viejos. Y llegan para quitar la mugre que los otros, como chicos, escondieron bajo la alfombra”.

–La violencia en la infancia de “Los pájaros…” es perversa, algo que no estaba en tus anteriores novelas…

–Hay una oscuridad que fue intencional. Hay en mí una voluntad por llegar a reírme por lo más terrible. Una manera de aprender a sobrevivir, creo. Una manera de tantas, sin dudas, pero es la que tomo y la que me interesa. Como decía François Truffaut, “cuando estás con la mierda al cuello, lo único que queda es cantar”.

–Alguna vez dijiste que los niños son como terroristas. ¿Tiene que ver con que en la niñez se puede hacer poco más que alterar el orden?

–G.B. Shaw decía que a los 7 años tuvo que abandonar su educación porque sus padres habían decidido mandarlo a la escuela. Algo así pasa con Jaime y Manuel. Están en proceso educativo por adultos desesperados. Ellos, sin dudas, van a combatirlo. Combatir el sistema en el que viven es, sin dudas, terrorismo. Para ellos, tal vez, sea la revolución.

–Una buena historia, o una forma para llegar a ella, intenta, desde el principio, quitar a los personajes de su lugar de confort.

–Es, también, el camino del héroe. Alteran, claro, un orden. Pero un orden que, como paradigma de normalidad, está mal.

–En general tus personajes están solos; más que amigos o familiares, se podría decir que tienen cómplices…

–Interesante, sí. Me parece, ahora que lo decís, que me gusta más que el amor o la amistad la complicidad. Como decía el personaje de Nueve reinas:”¿Sabés que quería ser cuando era chico? Cómplice”. No cómplice en el sentido de delito, sino de la confianza suprema, de empresa de vida, donde uno va hacia delante por el otro con la garra del que sabe que el otro procederá igual.

Lo más importante

–¿Cuánto hay de autobiográfico en “Los pájaros…”?

Solamente una cosa. Un personaje. El personaje más importante de la literatura universal. El único que se debe repetir en todas las historias. El que debe estar, de hecho, para que haya historia: el sujeto ambiente. El leviatán que toda historia cuenta. En este caso, para mí, mi viejo barrio, el conurbano. No es lo mismo escribir que un pibe de 20 está tratando de conquistar a una chica de 18 en una plaza que en un velatorio. Tampoco es lo mismo si ese velatorio es el del mejor amigo del pibe. Y menos si el velado es el novio de la piba. Ese ajuste constante, esa manipulación de elementos, se logra observando a fondo al sujeto ambiente.

–¿Qué desafíos encontraste a la hora de escribir sobre discapacidad sin ceder a lo políticamente correcto?El primer desafío, el más interesante, era tomar una voz y multiplicarla para que no quede el cliché de siempre: el chico bueno. Me parecía que le podía dar tintes heroicos reales, de aquel que vence a otros, que presenta pelea. Pelea potente, desgarrada, sangrienta. Reprimir la opinión de autor, en este caso, fue más difícil que en otras. Acá no hay autor. Acá no hay hoja escrita. Acá hay un chico que narra y vive.

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Luis Mey obtuvo en 2013 el Premio Décimo Aniversario de la revista Ñ por su novela La pregunta de mi madre. Antes publicó una “trilogía conurbana” compuesta por Las garras del niño inútilEn verdad quiero verte pero llevará mucho tiempo y Los abandonados. También es autor de Diario de un librero.

Rosario siempre estuvo

El Concurso Municipal de Poesía Felipe Aldana 2013 de Rosario fortaleció a dos autores más que interesantes y reveló una sorpresa que promete buena salud a las letras jóvenes en nuevas ediciones.

 

  Necesito algo que me haga concha el corazón. Este verso pertenece a un poema de Daiana Henderson (Paraná, 1988). La expresión coloquial parece resumir el deseo de una época donde las turbulencias emocionales conviven con una meseta parecida a la producida por los efectos de la prescripción compulsiva de antidepresivos pero también es una clara secuela en quienes se criaron durante el menemismo. Es común encontrar en los poetas nacidos en los ochenta un pedido de sentido a la cotidianidad.

  El poema compone Un foquito en medio del campo, libro con el que Daiana ganó el Primer Premio en el Concurso Municipal de Poesía Felipe Aldana 2013 de Rosario; que fue compartido con el asombroso Leiden y otros textos, de José Sainz (Rosario 1987); Los dos autores pertenecen a la categoría mayores de 21 años del certamen.

  Leiden y otros textos impacta por la evidente talla de un lenguaje que recurre al verso, la prosa y el versículo para establecer un panorama sin fisuras. Su  lenguaje está compuesto de una plasticidad más cercana al concreto utilizado en grandes rascacielos para que se doblen ante los tornados que a la arcilla que puede moldearse con los dedos. En el mundo de este poeta el tiempo no existe y todo confluye en un ahora que puede albergar cualquier estadío espacio-temporal. En cuanto a su método “son procesos simultáneos —explica—, que se sostienen mutuamente: la duda y el avance, la reconstrucción y la incertidumbre; en el fondo, se me ocurre, debe estar intentando ponerle bordes a la experiencia, debe creer que una versión clara de las cosas, cualquier versión, sea o no del todo verdad, alcanza para entender, para explicar algo”.

   “Escribir es en gran parte trabajar con la memoria —dice Henderson—, la memoria individual y la colectiva. Es una manera de reconstruir la historia. Creo que hay algo más que interesante ahí, y muy poderoso, se produce una especie de conocimiento de lo propio, de lo íntimo, de lo personal. Lo familiar se vuelve extraño al exportarlo a un código lingüístico, adquiere una fuerza propia que se desprende de la referencia autobiográfica, para brillar por sí solo.”

  Por su parte, Sainz no cree en la nostalgia en referencia a su libro: “No creo que el narrador esté en el medio de un ejercicio de nostalgia, intenta, supongo, determinar si tiene los recuerdos bien sintonizados, si el tiempo y la distancia no transformaron los hechos en algo distinto”.

 

 

La niña japonesa

  La gran sorpresa en el concurso se dio en la categoría menor: Sol Figueroa, una adolescente de 15 años que presentó 101: Memorias de un pianista, un poemario escrito por heterónimos de animé (el que firma el volúmen es Cleffa Takahashi) con una temática donde el amor de esta subcultura cada vez más de moda configura una extraña experiencia de lectura. “Nuestra realidad se compone por un lenguaje fuerte —define la autora—, hoy en día los poetas escriben sin necesidad de censurar, lo plasman crudo, como es. La literatura argentina se planta y te grita lo que te quiera decir”.

  Los otros premios y menciones fueron Folk, de Bernardo Orge; Mágico Hermoso Profundo, de Manuela Suárez y Ambulancia improvisada de Julia Enriquez (Segundo Premio y menciones especiales respectivamente).

  En cuanto a la poesía joven o la poesía Rosarina en general, Daiana expresó un deseo muy atendible: “Creo que hay que dejar un poco tranquila a la juventud. Al joven escritor no se lo deja jugar. Se pretende que sea lo suficientemente distinto como para que no se noten sus influencias, pero no demasiado distinto como para que pueda ser leído en continuidad con los movimientos a los que está adaptado un lector –digamos– “tradicional”. Es como si ahí, al exigirles novedad, nos ganara la lógica de mercado”.

Mientras miro las nuevas olas

  “No creemos en algo así como una poesía joven o sub 30 —dice Verónica Yattha—, sino en una serie de búsquedas que no por ser personales o diversas tienen que estar aisladas”. Para Martin Vazquez Grille, otro de los autores reunidos en El Rayo verde, la antología publicada en 2013 por Viajero Insomne, “tal vez toda poesía sea joven en tanto se plantee un trabajo genuino con el lenguaje y no la mera búsqueda de generar efectos”.

   Siempre bajo conceptos y opiniones similares, las antologías de escritores jóvenes (cada vez más jóvenes), siguen apareciendo con diversas aceptaciones en el campo literario; pero todas, de alguna manera, se hacen oír. Extraído de una novela de Julio Verne, el título de la antología alude a un camino de belleza e incertidumbre que ilumina toda palabra verdadera. De todo esto da cuenta el escritor Osvaldo Bossi que tuvo a cargo la selección de los autores y la poesía que integra el volúmen. Entre los ya citados se encuentran además Natalia Romero, Jotapé Rodríguez, Juan Cristóbal Miranda, Gustavo Gottfried, Martín Sánchez, Silvana Proto, Joaquín Oreña, Javier Roldán, Mariana Suozzo, Guido Delía, Emilio Herrera, Rocío Macarena y Hugo Zonáglez, todos nacidos entre mediados de los setenta y fines de los ochenta; éste último se destaca por una serie dedicada a la vida de Vincent Van Gogh. “Nunca me había interesado la pintura en general, ni su vida —explica—. Fue un llamado, me acuerdo que hace tiempo había comprado …el suicidado por la sociedad. Después me compré las cartas a Theo, y ahí quedé fascinado por lo detallista de su expresión, tan lúcido que me cuesta creer que se haya vuelto loco”.

  El hecho de la diversidad de las voces da cuenta del trabajo que se realiza en el taller de Bossi, donde se respetan fundamentalmente las búsquedas estéticas particulares, sin tratar de homologarlas. Para Grille ninguno de esos poemas se plantea como un fin en sí mismo sino como parte de un proceso. “Ninguno de esos poemas busca ser el “gran poema” y eso, al menos para mí, es algo destacable”. Verónica Yattha piensa que la principal virtud del libro es esa: “ser una verdadera muestra de búsquedas y de voces. Lo que vale es el hecho de compartir un espacio donde se superponen modos distintos de entender y de acercarnos a lo poético”.

  Grille también presenta una serie de poemas, pero sobre canciones y momentos de la vida de algunos músicos. “Muchas cosas me fascinan —explica—, las vidas de santos, las historias de caballería, algunas comidas, bebidas, también la música. Podría decir que elijo las máscaras de músicos para escribir poemas porque algunas de esas canciones me atravesaron y siguen haciéndolo, o simplemente para cumplir la fantasía de ser un rockstar.”

  Para cerrar, o abrir el debate, Zonáglez toma a la antología más como si fuese un “souvenir”, algo concretamente simbólico con respecto al primer año del ciclo. “Dentro del grupo hubo distintas posturas, a favor y en contra de editarla. Siete de los quince somos inéditos, eso demuestra de alguna forma, hablando propiamente de la calidad de los textos, la destreza de la mayoría, importantes también dentro del taller a la hora de los comentarios”.

Dios en el cerebro con diamantes

El biólogo y divulgador argentino Diego Golombek acaba de publicar Las neuronas de Dios, una serie de explicaciones científicas sobre por qué creemos en dioses y lo sobrenatural.

  Dios no existe, lo sabe cualquiera que lea sobre historia de la humanidad. Pero que no existan los dioses en los que creen las religiones no parece importar mucho a los creyentes inclusive abrumándolos de evidencias. El mundo mantiene la fe y los rituales, comunicaciones con seres llamados sobrenaturales y sobre todo creyendo en lo que le venga en gana porque, según los estudios, es inevitable y en algunos casos beneficioso.

Diego Golombek es Doctor en Biología, dirige un laboratorio especializado en cronobiología y es investigador principal del Conicet en la Argentina. Recibió el Premio  IgNobel por un estudio que incluía Viagra, hamsters y Jet lag. Como divulgador produjo ciclos de televisión (entre ellos TED Río de la Plata) y dirige Ciencia que Ladra, una de las mejores colecciones de libros en español sobre ciencia para el gran público.    

  No es un dato menor decir que Golombek es ateo, más que nunca ahora que acaba de publicar Las Neuronas de Dios, una neurociencia de la religión, la espiritualidad y la luz al final del túnel. Un ateo sugiriendo la existencia de Dios es algo digno de leerse, y conocer. Hablé con él para esclarecer un poco la aparente contradicción. Y sí, sobre drogas también hablamos.

¿Por qué después de tanto peso en su contra, siguen existiendo creencias, religiones y pseudociencias?

Por un lado, no cabe duda de que presentan cierta comodidad, al brindar respuestas que en cierta forma nos dejan tranquilos. En el caso de las religiones, son una forma de organización social de las creencias que está claro que brindan un número de ventajas comunitarias, de solidaridad, de un código ético común y de cierta unidad en pos de un objetivo común. Por su parte, las creencias en lo sobrenatural probablemente sean innatas y, más allá de todas las modificaciones culturales que se les puedan imponer, parecen estar con nosotros para quedarse.

  El sustento de esta respuesta se detalla en el libro. Un resumen posible indicaría que alrededor del 55% de la variabilidad en las actitudes religiosas tiene origen genético hereditario, según los estudios en gemelos idénticos. Dean Hamer presentó al gen VMAT2 como el responsable y relacionado con la actividad de los neurotransmisores serotonina, noradrenalina y dopamina; reinas de los bajones, las manías, la euforia, el placer, la recompensa y otras cosas chulas de las que hablamos más adelante y se relacionan con sensaciones sobrenaturales. Pero un sujeto no sólo es lo que hereda, sino que se desarrolla mayoritariamente con la predisposición a que la herencia se active con un ambiente adecuado. En este caso puntual, el 84% de los niños predispuestos a la religión, con algún detonante ambiental, se sumarán de adultos a una de las diezmil religiones existentes, cada una de ellas subdivididas en muchas otras.

¿Ciencia y Religión son irreconciliables?

En la superficie no, es posible profesar ambas alegremente. Incluso pueden mirarse con cierta simpatía; en particular la ciencia puede intentar dar explicaciones de algunos fenómenos religiosos. Pero si escarbamos en profundidad, no hay reconciliación posible ya que cada una parte de bases completamente opuestas: la religión se basa en la fe y la ciencia en la evidencia.

¿Por qué crees que cuesta tanto incorporar el pensamiento científico en todas las esferas sociales, inclusive en algunas Universidades?

El pensamiento científico exige un esfuerzo al cual la educación no nos tiene muy acostumbrados; a ser racionales, a no confiar en el principio de autoridad ni en los milagros o supersticiones. Mientras que las religiones ofrecen certezas, la ciencia propone más y más preguntas. Es un combate bastante desigual…

Drogas

  “He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por Dios”. Esta frase vendría bien para cualquiera de nosotros con amigos pachecos o pasados de sustancias que después de un viaje les pega el rollo religioso. Para seguir parafraseando al genial poema Aullido de Allen Ginsberg, diríamos “Quienes expusieron sus cerebros al Cielo, bajo Él y vieron ángeles Mahometanos tambaleándose en los techos de apartamentos iluminados”. ¿Quién no tuvo un viajecito de esos alguna vez? El  propio William Burroughs le escribió a Allen Ginsberg que se trataba de la droga más poderosa que haya experimentado. Hasta el Doctor Golombek quiso saber de qué se trataba:

Probaste Ayahuasca ¿Cómo actúa?

La ayahuasca, al igual que el Peyote, interfiere con el sistema de neurotransmisión de serotonina, entre otros, y es un potente alucinógeno. Como suele ser utilizada en rituales con cantos e imágenes devocionales, es común que quienes la prueben experimenten sensaciones de corte místico o espiritual.

¿La Ketamina?

La ketamina es un anestésico de tipo disociativo que actúa sobre otros neurotransmisores cerebrales como el glutamato. La disociación se refiere a la percepción interna, que deja de estar de acuerdo con lo que sucede en el exterior y puede dar lugar a distintos tipos de experiencias.

  Experiencias fuera del cuerpo, por ejemplo. Dios le habló a muchos ilustres de la historia y los mitos. A Pablo y Juana la loca, por citar dos casos bien conocidos. ¿Qué tenían en común? Según puede deducirse de los textos, la mayoría de estas personas sufría, o podría haber sufrido, tipos de epilepsia y enfermedades mentales. Los relatos de los enfermos actuales son casi idénticos y si se escarba un poco en quienes viven teniendo visiones o experimentando lo sobrenatural, ya sea utilizando drogas o no, nos encontraremos seguro con un cerebro de características muy similares en su funcionamiento.

¿Por qué es recurrente el misticismo en enfermedades como la epilepsia o esquizofrenia?

Si asumimos que las creencias sobrenaturales están “cableadas” en el cerebro, entonces la exageración de la actividad de las áreas cerebrales implicadas en la religiosidad podría causar alucinaciones o visiones espirituales o, directamente, místicas. En algunos tipos de epilepsia las áreas que se descontrolan son las que estarían relacionadas con esta actividad y, por lo tanto generan visiones místicas. En cuanto a la esquizofrenia, podría haber un desbalance neuroquímico que genere alucinaciones, algunas de las cuales, dependiendo de la historia y el contexto, serían de corte más bien místico.

Abundan los testimonios de personas que experimentaron (ya sea estando clínicamente muertas o con el uso de alguna sustancia) el famoso túnel de luz, separarse del cuerpo y ver desde arriba, su cuerpo muerto. ¿Por qué ocurre ésto?

Las experiencias cercanas a la muerte tienen síntomas comunes, incluyendo los que se producen por las fallas circulatorias que conllevan un descenso en los niveles de oxígeno en el cuerpo. Cuando la retina deja de recibir oxígeno suficiente, envía una señal al cerebro – y lo único que la retina puede informar es la presencia de luz, de ahí la sensación que narran algunos pacientes con respecto a la luz al final del túnel. La sensación de desprendimiento del cuerpo es menos comprendida, pero al imaginarnos a nosotros mismos siempre nos vemos desde afuera, como si otro nos estuviera mirando.

  Desde las debatibles conversiones de presidiarios gracias a la palabra de Dios hasta los rituales basados en DMT para curar adicciones las experiencias místicas han servido a muchas personas con ciertas patologías y a millones a sostenerse en un mundo que los contraviene. Sin embargo, en la dimensión histórica, todos sabemos el enorme mal que las religiones producen en los pueblos.

¿Cuáles son los beneficios de ser religioso, y cuales las contraindicaciones?

El tener respuestas certeras a mano puede ayudar a calmar las angustias existenciales que llevamos dentro, además de generar una sensación de comunidad que implica ayuda entre los congregados. La persona religiosa puede echar mano a un estado de calma que se ayuda con los rituales de cada caso (rezos, cantos, bailes, etc.). El extremo de la pertenencia a una religión puede implicar dejar las decisiones en manos de otros, o incluso de señales de algo superior o sobrenatural, con lo que no estaríamos controlando nuestras acciones. Asimismo, el fanatismo religioso ha incurrido en cualquier cantidad de atrocidades a lo largo de la historia.

Si hay algunos beneficios en ser religiosos, ¿cómo podemos entender el gran mal que han causado a la humanidad durante toda su historia?

Cada cual entenderá que sus beneficios son mayores y podrá intentar someter a otros a su voluntad arguyendo voluntades divinas. A veces para los humanos es mucho más sencillo pelearse que convencer al otro. El nombre de Dios no solo ha sido invocado en vano sino en algunas de las gestas más terroríficas de la historia.

  Mucho se ha escrito y debatido sobre Dios, cada persona tiene su propia cosmogonía. Lo sobrenatural es un absurdo. Si aceptamos la idea de lo sobrenatual, deberíamos plantearnos qué es lo natural. Si ocurre algo raro en nuestras tres dimensiones (un fantasma, una visión), ya sea fuera o dentro de nuestro cerebro; pues se vuelve natural, y puede ser estudiado, medido y comprendido dentro de la naturaleza. De esta forma, hablar de lo sobrenatural, es una falacia enorme. Porque como bien sabemos, fe y verdad son cosas muy diferentes, ambas conviven en nuestro cerebro. Una vez le preguntaron sobre el tema a Hugo Mujica, sacerdote y poeta. Su respuesta fue simple, bella y justa: Dios, es la búsqueda de Dios. Dijo.

El Jardín de senderos que se predicen

tapa-borges-y-la-fisica-cuantica_reimpr-620x932  En los enunciados y prácticas espirituales actuales existe una valoración de todo aquello que termine con la palabra “cuántico”. Vende tan bien como en literatura todo lo que comience con “Borges”. Imaginen un producto que contenga a los dos. Este doble-gancho de marketing existe, un científico utilizó la obra del escritor (“del que todos hablan pero nadie leyó”) y a la Física Cuántica (“a la que todos invocan y nadie conoce”) para nobles fines: introducir a la gente común en el mundo subatómico.

   Cuando Internet fue reconocido como monstruo, se dijo que Borges lo había predicho en El Aleph, también que Google era su soñada biblioteca. Ahora se sugiere que el autor argentino “adelantó” algunas extravagancias de la física de partículas. Alberto Rojo, el autor de Borges y la Física Cuántica fue investigador postdoctoral en la Universidad de Chicago y profesor adjunto en la Universidad de Míchigan. Es Doctor en Física del Instituto Balseiro, Investigador y profesor en la Universidad de Oakland y publicó en coautoría con Anthony James Leggett (Premio Nobel de Física en 2003).

  Para los dummies que anhelan una explicación simple del espacio-tiempo, el entrelazamiento cuántico, la teletransportación y las cuatro dimensiones, este es su libro. Pero no es solo eso, el científico también rememora el día en que le presentaron a Borges, y lo hace con una prosa elegante y de a momentos literaria como en el pasaje en que cuenta como destruyó bajo la lluvia un manuscrito inédito del escritor.

   La carencia de método científico en el sistema de pensamiento de la población en general y de la mayoría de los profesionales de la educación construyó una transpolación de la verdad al símbolo: el saber, que por complejo, reducimos perezosamente a la representación. La cosa pasa a ser el símbolo. En la reflexología, por ejemplo, se ha reducido todo el conocimiento médico sobre el cuerpo humano a la planta de los pies. En este marco se puede incluir a todas las creencias harto refutadas: el Reiki, la homeopatía el psicoanálisis, etc. La utilización que hacen algunos artistas, religiosos, creyentes, terapeutas, charlatanes e inclusive divulgadores científicos, del universo cuántico, tan de moda gracias a sus postulados revolucionarios y anti-intuitivos, producen disparates.

   “Mi evaluación es que es un uso inapropiado y hasta deshonesto de los conceptos cuánticos —comparte Rojo—, a veces por desconocimiento, a veces por un uso intencional de iconografías afines al mundo new age, para darles una pátina de credibilidad. El mundo microscópico es peculiarmente misterioso y enigmático, pero hay que entender que mucho de lo extravagante del mundo microscópico no se aplica al mundo macroscópico de todos los días. Tenemos que entender que mucho del uso conceptual es metafórico, no riguroso. Dicho esto, si esas terapias alternativas funcionan bienvenidas sean, pero es claro que funcionan por motivos que no tienen que ver con la acción química (en el caso de la homeopatía) o física (en la acupuntura) o por cierto holismo místico (en las terapias cuánticas) sino por el efecto placebo.

 

BORGES Y LAS ANTICIPACIONES

  Regodeándose con ese personaje que era él mismo, su erudición y su obra, ¿realmente cree que Borges ignoraba la física como se jactaba de hacer?

  Quizás haya sabido un poco, pero es seguro que no mucho. Su anticipo de la teoría de los muchos mundos, en todo caso, requeriría que haya sabido más que los físicos del momento (Einstein por ejemplo), cosa que es improbable en extremo, sino imposible. Para mí lo de Borges es un triunfo de la intuición, un ejemplo de que a veces saber un poco puede ser peligroso, y es mejor no saber nada de algo y emprender, desde la ficción, aventuras intelectuales que pueden llegar a ser anticipatorias.

  ¿Las ideas de anticipación -exceptuando a Arthur Clarke y pocos más- no son, muchas veces, interpretaciones con el diario del día después?

  En muchos casos sí. Sin embargo, hay anticipos conceptuales que son verdaderos. Pienso  por ejemplo en Dante y la curvatura del espacio, Wells y la idea del tiempo como una dimensión especial y Borges y los laberintos temporales. Cuando los anticipos son meras extrapolaciones de la tecnología del momento (la telefonía celular), o fantasías fáciles (el viaje a la Luna),  sí creo que se aplica lo del diario del día después. Pero cuando los anticipos tienen una elaboración conceptual como la de Borges o Dante (que por otra parte no están planteando un anticipo sino una ficción) creo que van más allá, que se mezclan e integran a la búsqueda científica, son parte embrional en el camino evolutivo que lleva a la teoría científica.

  Usted sugiere una anticipación de la hipótesis de multiversos. ¿Cree que Borges no emuló a los vedas, por ejemplo, o a los mundos del mazdeísmo primitivo?

  Es posible, aunque en mi opinión la idea es lo suficientemente distinta de los mundos en constante creación que vos mencionás. Me refiero al hecho de que en El Jardín de senderos que se bifurcan en cada decisión se crean tantos mundos como alternativas hay en una decisión. Y esa, literalmente, es la idea que aparece en el trabajo de Everett, un trabajo de física.

Podría decirse que Borges utilizó hipótesis y teorías científicas con fines estéticos.

  Si, sobre todo en el caso de las matemáticas.  Pienso en sus alusiones al infinito, a las series,  al azar, temas que atraviesan la ciencia y la filosofía. Borges es, además, el escritor que mejor escribió sobre el tiempo. El caso de El Jardín… es una singularidad, ya que, en su aproximación desde la ficción a un problema del tiempo, descifra, sin saberlo, una solución a un problema de física.

¿Cuánto le debe Borges a Ouspensky?

  Yo creo que bastante. La idea de los universos de Tlön, por ejemplo, o toda la idea de Funes, está también en Ouspensky. Pero claro, también podríamos decir que le debe a Lasswitz la idea de una biblioteca total. Nadie conoce el cuento de Lasswitz y la Biblioteca de Babel es el cuento más famoso de Borges. Es un caso de triunfo del qué sobre el cómo. Borges toma cosas de Ouspensky y las reformula con una ejecución magistral.

 

ARTE Y CUÁNTICA

  ¿Cree que Dalí conocía la morfología del hipercubo desplegado para crucificar allí a su cristo, o lo atribuye más a una coincidencia de un juego geométrico?

  Dalí conocía el hipercubo, estaba muy interesado en las matemáticas, en las cuatro dimensiones, incluso en la física cuántica, de modo que no creo que sea una coincidencia. Lo interesante del cuadro es la idea de un cristo crucificado en un objeto que “proviene” de una dimensión geométrica mayor, de cuatro dimensiones.

¿Qué papel juega la estética en la Ciencia?

 Una frase del astrofísico Subrahmanyan Chandrasekhar para mí resume el rol de la estética en la ciencia: “Es un hecho increíble que aquello que la mente humana, en lo más profundo y hondo, percibe como bello, encuentra su realización en la naturaleza externa”. Ya más en lo específico, hay muchas instancias en el desarrollo de la física  -la electrodinámica de Maxwell, la relatividad de Einstein, la teoría de partículas- en el que el gran avance se produce, menos por el intento de explicar un experimento sin explicación, que persiguiendo un horizonte de simplicidad, de simetría, de elegancia de la teoría. Lo interesante es que esas pautas subjetivas conducen (en muchos casos) a la verdad.

  Se han realizado experimentos donde algunos comportamientos de la física de partículas funcionan a estructura macro. ¿Se puede predecir el futuro de la teoría, sus implicancias en el mundo cotidiano? Pienso en la computación cuántica, por ejemplo.

  Ya hay algunos prototipos funcionando. Predecir la aplicación masiva de un descubrimiento como ese es muy difícil. Lo cierto es que no hay que detenerlo, hay que seguir investigando. La mayoría de las grandes aplicaciones cayeron fuera del objetivo de las predicciones. Me acuerdo de un dibujito de los 60, Los Supersónicos, que anticipaba un futuro de automóviles voladores, pero los personajes hablaban con teléfonos rotativos. Una vez escuché a Charles Townes, uno de los inventores del láser, contar que, como no se les ocurría aplicación, hicieron un pelapapas óptico. ()

 

Alberto Rojo es Doctor en física del Instituto Balseiro. Investigador y profesor en la Universidad de Oakland y publicó en coautoría con Anthony James Leggett (premio Nobel de Física de 2003). En 2005 recibió el premio University of California at Santa Barbara, KITP Scholar y en 2007 el Jack Williamson Professor of Science and Humanities, Eastern New Mexico University.

Alberto es además guitarrista y autor de canciones. Contó con la participación de Charly García y de Pedro Aznar en sus discos. Grabó a dúo con Mercedes Sosa y la acompañó en numerosas salas del mundo. En 2006 debutó como orquestador en el Teatro Colón de Buenos Aires con su obra Ni Si Ni No (compuesta en coautoría con Luis Gurevich) interpretada a dúo con Merdeces Sosa y con la orquesta estable del teatro dirigida por Pedro Ignacio Calderón. Sus obras solistas se usan como material de estudio en varios conservatorios argentinos. Compuso a dúo con Pedro Aznar Te digo gracias guitarra y con Víctor Heredia La canción que jamás olvidé. En sus exploraciones en luthería, diseñó la primera guitarra decafónica.