Publicar un libro en Instagram

   Copiando la iniciativa de la de la Biblioteca de New York (la de publicar libros en las historias de Instagram) aprovechando el gran crecimiento de la plataforma insignia de Facebook, a la que absorberá al igual que a WhatsApp; subí yo también un libro. Para probar y ver qué sucede con mis seguidores, empecé con un libro breve de poesía. Se trata de La Felicidad es un Gordini,  que escribí hace unos 15 años y publiqué hace 11 en una editorial cartonera de Córdoba. Fue mi primer libro, alguno de cuyos poemas subí por acá y ahora pueden leer entero en @pablogiordano sólo dejando el dedo posado sobre la pantalla para mantener la página, algo que de seguro,  Instagram a futuro corregirá de mantenerse la tendencia literaria.

   Por el momento los invito a leer dando abrir a la primera historia de mi perfil.

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Lanzamiento

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Este es Pasadena, mi nuevo libro de poemas. Una colección breve de versos e historias poéticas con un lenguaje que homenajea al neutro de los doblajes de mi niñez conformando una paleta de colores que refiere a la América lavanda de ciertas viejas cintas y fotografías de los años 50 y 60. Intente expresar algunas cuestiones emocionales con dicho lenguaje, espero haberlo logrado. En mis redes pueden ver los puntos de venta, por el momento sólo en la ciudad de Córdoba (la Argentina). Empieza con este poema:

 

 

estas son las palabras que nos sobrevivieron
fuimos extraños arrojando las cenizas de un aduanero
al viento del domingo

los añejos panteones argentinos
son perros pila petrificados
que pronto habitaremos

cansa el pecho tártaro
cansa además
que a las pulsiones del cuerpo
las monte la palabra

Multiversal, por Marcelo Díaz.

“sabemos que lo poesía no falla

pero tampoco existe

el humano noctámbulo

detenido

tipeando

es la metáfora”

 

P.G

 

   Pablo Giordano fue un enigma hasta el año pasado. Había publicado en varias antologías, tenía en su haber un libro de poemas llamado La felicidad es un Gordinielogiado por María Teresa Andruetto, y un volumen de cuentos en Montevideo el cual motivó a Mario Bellatín a escribirle. Su blog Cosas de mimbre fue uno de los más visitados en el país y su participación en diarios y revistas de América y Europa hicieron conocido su nombre. 

    La primera vez que escuché de él fue a principios del año 2009. Lilia Lardone realizó un monitoreo (o una radiografía) del campo literario cordobés y elaboró una antología de autores que por una u otra razón mantenían un vínculo con la provincia de Córdoba, se llamó Es lo que hay (babel 2009).  En la presentación se esperó su presencia para desmitificar sus faltas en los foros literarios. Giordano no asistió y  terminó de contribuir al rumor de que no existía, que se trataba del seudónimo de algún escritor cordobés. Al respecto, el autor bromeaba bautizándose como el Salinger hispano y por esos años brindó una entrevista para la feria del libro provincial, ¡vía telefónica!

   En simultáneo circulaban expresiones que hablaban de jóvenes promesas de la literatura. La idea de promesa por entonces no me convencía. Y por supuesto que ahora, pasados varios años y después del recorrido de los textos de  Giordano, me parece que ya no es pertinente usar esa expresión. Lo que antes figuraba un proyecto de escritura, hoy es la obra de un autor con una voz propia y resuelta que no le debe nada a nadie.

    El año pasado salió al ruedo con el libro de cuentos Los muertos (Primer Premio El Mensú Ediciones) y la novela Chozaseditada también por este sello y presentada en Casa 13 donde por fin el autor se dio a conocer como un escritor autodidacta de Las Varillas. Con respecto a la novela, Fabián Casas la comparó con la literatura de Zelarayán, y Luciano Lamberti le contestó al suplemento Ñ de Clarín que se trataba de lo mejor que había leído el último año.

   Roland Barthes considera  que un texto puede no ser sólo una estructura de significados sino una galaxia de significantes en el que se acceda a él a través de múltiples entradas sin que alguna gobierne por encima de las otras. Las interpretaciones no se clausuran, por el contrario, es la pluralidad de sentidos lo que mantiene en funcionamiento la maquinaria interpretativa y las lecturas a veces son reversibles,  se movilizan en diferentes direcciones y lo que sigue puede ser un ejemplo de ello.

   Desde un comienzo los versos “no fui llamado a ser el poeta de mi generación/ en este universo/ no hablaré de la patria ni el futuro/ de nada/ igual de anacrónico” proponen una ruptura contra esa serie de procedimientos literarios que se repiten en el tiempo y llevan el nombre de tradición como si lo escrito fuese a parar al tacho de basura de Charles Bukoswki. El movimiento de lectura es doble. Por un lado la poesía ocupa, y de esto se han encargado varios estudiosos, una posición periférica dentro de la literatura y a la vez, con respecto a la escritura misma, el yo lírico decide separarse de sus pares y ubicarse en una especie de nadedad espectral desde la cual nos dirige la palabra.

   En ocasiones el poeta siente que debe explicar cuál es su condición y qué entiende por poesía mediante preguntas del tipo: “¿Por qué no llevan Señor /título sus poemas/ ni puntos/ ni comas?/ porque son huérfanos” La orfandad como una excusa para hablar no de la vivencia personal e intransferible, la orfandad como una ausencia de tradición literaria. Una poética de consignas que precisan un posicionamiento frente al orden de la lengua:“no seré/ el poeta que lee un cielo/ para escribir la tierra/ tampoco el de la justicia/ ni civil ni poética/ repito/ ni retórica” Los poemas se ubican en el terreno de la inmediatez, no importa lo que vendrá, ni el pasado de nuestros precursores así como tampoco vale confundir literatura con educación cívica o formación en valores, la poesía no es un manual acerca de cómo organizar nuestra experiencia en el mundo.

   Existe un término que proviene del mundo de las matemáticas y es el término fractal. Los fractales son estructuras autosemejantes y repetitivas de la naturaleza, estudiarlos permite comprender cómo se componen las partículas elementales del universo. Los poemas de Giordano podrían ser una metáfora de la idea de duplicación y de esa necesidad de continuar y seguir minuciosamente el recorrido de la experiencia personal transformada en lenguaje. Duplicación como procedimiento formal: “me dijeron/ que la muerte lo visita cada noche/ y cada noche le susurra/ la fecha cercana” y  duplicación como una prolongación y un espejo del rostro de nuestros padres: “¿Cuándo muté en él/ empecé a arrastrar con pesadez/ las pantuflas por el pasillo/ hasta el baño?” o sino en los versos: “a cierta edad/ los padres ingresan en superposición cuántica”.  Lo idéntico y lo distinto habitan un mismo plano en el territorio de la escritura.

   En los siguientes versos: en la vigilia o en el sueño/ remo en el potrero de infancia/ la tierra espesa/ el holograma universal” asoma con cierta incandescencia la palabra holograma que bien podría estar acompañada por el término representación. En Multiversal la representación se vuelve un tópico y configura una realidad fantasmática a lo largo del texto. Pienso en qué significa representación e inmediatamente lo asocio con la idea de simulación a la manera de Baudrillard.

En varias oportunidades los versos edifican sentidos relacionados con lo fantasmático:“dijeron que ese fantasma era yo” enuncia la voz del yo lírico o sino la imagen del autofantasma del abuelo que parece perderse en un túnel temporal y nostálgico en:“cristalino / con cívica lentitud/  su exótico auto fantasma/ rueda la barranca del domingo”sin perder de vista al mismo padre definido como un “rancio fantasma doméstico” en el corazón de una familia desdibujada. La diferencia entre representación y simulación está en que para lo primero todavía existe una referencia, una suerte de ancla, en lo real. En cambio para lo segundo: no hay una cartografía posible sobre la realidad, los signos han perdido su referente inmediato. Lo mismo ocurre con la experiencia que, distinto a lo que sucede con las leyes de la termodinámica, no sigue una única dirección sino que se disgrega como un conjunto de neutrones en el centro de la nada misma.     

Relacionado con lo anterior recuerdo una novela de Orson Scott Card en la que unos niños aprenden con hologramas mientras sus padres están trabajando. Recuerdo, también, las palabras de la princesa Leia dirigidas hacia un joven Skywalker, como una botella arrojada al océano del inmenso cosmos, palabras que no llevaban fecha ni lugar de enunciación y proponían el desafío de salvar el mundo o  mejor aún: recuperar el orden de todas las cosas. 

   Desde el fondo de la casa se escuchan los pasos y los maullidos de Schrödinger acercándose para confirmarnos en forma provisoria en esta realidad como si fuésemos a emprender una suerte de  viaje estático. ¿Cómo es que un estado  puede ser a la vez b?O: ¿cuándo dejamos de ser nosotros mismos y pasamos a ser otro? De todas las opciones para realizarnos aparecemos aquí y contemplamos a la distancia las múltiples e infinitas alternativas que le siguen, o le hubiesen seguido, a nuestra existencia.

  Para Vicente Federico Luy la poesía era en teoría la única ciencia que se encargaba del problema. Giordano recurre al campo científico, retoma términos como  moléculas, unidad de longitud,  superficie, volumen, capacidad,  peso y temperatura  o se detiene en relatos cotidianos que documentan el funcionamiento de la naturaleza.

   Puede que a estas alturas ya no importe resolver el problema o la pregunta acerca de cómo adquiere sentido la propia experiencia sino que lo hace para cuestionar la posibilidad de que el mundo disponga de un sentido prefabricado. Simultáneamente recuerdo que Osvaldo Lamborghini disponía de un enunciado compuesto por tres premisas: existir, ser, estar vivo. Por alguna razón identifico el verbo existir con escribir. Como si la escritura fuese la garantía de que aún es posible revestir de significación lo que nos toca. Tal vez sea muy pretensioso pero quién dice que la poesía en el devenir torrentoso del lenguaje no simula un mapa (cuando no un laberinto) hacia una lejanía secreta e íntima como un espejismo.

 

Marcelo Díaz.- Cba. 2012.-

Chozas, por Gustavo Caleri

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Desde el inicio, apenas franqueamos la tapa de chozas, se nos advierte que vamos a introducirnos en un espacio de ficción pura y que cualquier parecido con personas, lugares y hechos reales deberemos imputárselo exclusivamente a la fortuna de las coincidencias. La anotación, lejos de ser un formalismo o una obviedad, es una marca delatora, un warning! a partir del cual inferir que el artefacto no es inofensivo, y que en ciertas manos puede estallar si previamente no se desactiva el cablecito rojo, ese que conecta la novela con su hábitat: un “pago chico” de la llanura cordobesa donde cada vecino soporta su curriculum pegado en la frente. Ellos son los destinatarios del mecanismo de autodefensa implantado, necesario en tanto y en cuanto el autor todavía camine sus calles. Y cuente.

   Puestos en esa ecuación, se nos revela una década en la “foja” del Nacho, quizás la más conflictiva de todas las que conforman una vida, aquella que va de los 10 a los 20 años.

   El pibe, sus padres laburantes y una hermana, habitan una de las nuevas casitas de plan sembradas en los 80 en terrenos mercadeados al campo, transformado ahora a ojos del piberío en seductor vecino. A los diez años, para descubrir las cosas es imperioso ocultarse, y si la planicie pampeana es buchona por naturaleza, el instinto juvenil es hábil por necesidad.

“Mis viejos me tenían penado de que me juntara con los del barrio y a cada rato me preguntaban a dónde mierda iba y que iba a hacer y ojito con esto y con aquello. Armé la choza porque quería vivir ahí. Más vale que después me cagué y volvía todas las noches a comer y dormir en mi casa.”

 

   La choza conforma entonces el templo del “otro” saber, aquel que se construye entre pares y se formatea en el cuerpo, sin margen para eludir los daños colaterales que tarde o temprano pasarán la factura. Como en el tango de Mores, hay de todo en la chocita, hasta lugar para la tragedia.

En el pueblo todo se sabe y lo que no, se inventa y por más pepas que te morfés, nadar las agitadas aguas de la adolescencia con esa mochila en la espalda suele hundir a cualquiera sino se tiene a mano una tabla a la que aferrarse. Descartada la familia, cuyos vínculos son aún más frágiles que el manojo de cañas con que antaño construía las chozas; descartado el amor siempre esquivo; quizás lo único que distinga el nachito en la superficie sean los libros.

   Desde la contratapa, la voz autorizada de Fabián Casas pondera la particularidad del lenguaje con que está escrita la novela y no zanatea; la verosimilitud que muestran los personajes surge de la voz que los construye, los protagonistas hablan y fundamentalmente piensan con la edad que tienen, forjando su personalidad con el devenir del tiempo, lo que es decir con el discurrir de páginas. Y aunque sea una obviedad, no pasa seguido.

Una novela, la primera que escribe Pablo Giordano, a la que le caben los tres adjetivos que reclamo de cualquier expresión artística: honestidad, atrevimiento y cierto grado de belleza.

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Chozas, por Gustavo Caleri

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   Desde el inicio, apenas franqueamos la tapa de chozas, se nos advierte que vamos a introducirnos en un espacio de ficción pura y que cualquier parecido con personas, lugares y hechos reales deberemos imputárselo exclusivamente a la fortuna de las coincidencias. La anotación, lejos de ser un formalismo o una obviedad, es una marca delatora, un warning! a partir del cual inferir que el artefacto no es inofensivo, y que en ciertas manos puede estallar si previamente no se desactiva el cablecito rojo, ese que conecta la novela con su hábitat: un “pago chico” de la llanura cordobesa donde cada vecino soporta su curriculum pegado en la frente. Ellos son los destinatarios del mecanismo de autodefensa implantado, necesario en tanto y en cuanto el autor todavía camine sus calles. Y cuente.

   Puestos en esa ecuación, se nos revela una década en la “foja” del Nacho, quizás la más conflictiva de todas las que conforman una vida, aquella que va de los 10 a los 20 años.

   El pibe, sus padres laburantes y una hermana, habitan una de las nuevas casitas de plan sembradas en los 80 en terrenos mercadeados al campo, transformado ahora a ojos del piberío en seductor vecino. A los diez años, para descubrir las cosas es imperioso ocultarse, y si la planicie pampeana es buchona por naturaleza, el instinto juvenil es hábil por necesidad.

 

“Mis viejos me tenían penado de que me juntara con los del barrio y a cada rato me preguntaban a dónde mierda iba y que iba a hacer y ojito con esto y con aquello. Armé la choza porque quería vivir ahí. Más vale que después me cagué y volvía todas las noches a comer y dormir en mi casa.”

   La choza conforma entonces el templo del “otro” saber, aquel que se construye entre pares y se formatea en el cuerpo, sin margen para eludir los daños colaterales que tarde o temprano pasarán la factura. Como en el tango de Mores, hay de todo en la chocita, hasta lugar para la tragedia.

En el pueblo todo se sabe y lo que no, se inventa y por más pepas que te morfés, nadar las agitadas aguas de la adolescencia con esa mochila en la espalda suele hundir a cualquiera sino se tiene a mano una tabla a la que aferrarse. Descartada la familia, cuyos vínculos son aún más frágiles que el manojo de cañas con que antaño construía las chozas; descartado el amor siempre esquivo; quizás lo único que distinga el nachito en la superficie sean los libros.

   Desde la contratapa, la voz autorizada de Fabián Casas pondera la particularidad del lenguaje con que está escrita la novela y no zanatea; la verosimilitud que muestran los personajes surge de la voz que los construye, los protagonistas hablan y fundamentalmente piensan con la edad que tienen, forjando su personalidad con el devenir del tiempo, lo que es decir con el discurrir de páginas. Y aunque sea una obviedad, no pasa seguido.

Una novela, la primera que escribe Pablo Giordano, a la que le caben los tres adjetivos que reclamo de cualquier expresión artística: honestidad, atrevimiento y cierto grado de belleza.

2012

Reseña a “La felicidad…”

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La felicidad es un Gordini
Por Pablo Giordano
Textos de Cartón

Pablo Giordano recrea, en su escritura, paisajes. Como el hábil pintor que representa de una escena urbana la parte por el todo, este autor apela a la más pulida síntesis para llevar al lector por infinitos mundos posibles. En su vocación de poeta que describe situaciones donde él mismo se encuentra inmerso, desenmascara con acertados versos ciertos misterios de la vida, como el juego de seducción que la vida y la muerte ejercen sobre los mortales, la decadencia humana en los gestos cotidianos, y tantas otras tragedias. Algún filósofo de antaño hubiera preferido redactar volúmenes enteros explayándose sobre el asunto. Sin embargo, este poeta prefiere dar rienda suelta a la profundidad propia de las palabras para crear sentidos. Por otro lado, la ausencia de comas es un recurso gramatical que apunta hacia el mismo lado: los poemas se leen de inmediato; casi un amor a primera vista que salta sobre el lector; que éste toma por vocación casi irrenunciable. En lo viejo de la plaza, Ni puertos ni muelles y No más que una lluvia son los tres ejes donde se desarrolla la acción poética. En cada uno, Giordano vuelca una personalidad distinta, se trata de atmósferas que envuelven con su clima particular. La riqueza de los personajes que allí yacen, se choca con quienes viven y sufren de igual forma de este lado de los versos; sus letras se tornan un espejo de tinta. “La felicidad es un Gordini/que despierta”.Dentro de este poemario se viven poemas previos a este suceso.

Juan Castro

(Revista Lamás Médula – 2009)