Finales

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como quien oye llover
sin despegar la vista del libro
oigo a mi esposa dejarme

los cajones se abren y golpean
con melancólica violencia
los cierres de los bolsos
abren tajos en la materia aérea

jamás hubo tanto silencio

los taconeos por la casa
el segundero que marca la hora
en que vuelvo a ser otro

 

 

 

 

comienza a detener
el pueblo su noria

oigo esteros
llamados de aves

no más que aire violentado
procesado
captado por el oído
interpretado por el cerebro
significado por la cultura

el ruido de la moto lejana
después
de dos horas de silencio

un mensaje de texto
equivocado en la madrugada

me duermo con el roce de su ausencia

 

 

 

 

viajamos hacia el frío
sin saber cuándo
la oscuridad decretará
lo suficiente

la soledad
y toda su oscilante timidez
empieza a acariciarnos

debemos cerrar los ojos
dejarla hacer

con el tiempo recorrerá nuestro cuerpo
parte por parte
con sus palmas mudas
probando pavorosa
cada cicatriz
hasta devorarnos por completo

¿de dónde viene
a sacarnos de a poco la ropa
a abrirnos la cama?

 

 

 

 

el abandono
con su tarde plateada
acaricia el agua
de los ojos

en el fondo es cobarde
la muerte
toma el rostro del cadáver
para mirarnos

el recuerdo de la fiesta
la niña dormida
en la hamaca bamboleante
con una guirnalda de cumpleaños
enredada en el tobillo

 

 

 

 

sirva otro trago
mozo
está saliendo el sol
la empleada pasa el piso
después de barrer las colillas

lagañas de luna
resto de olvido en los vasos

las patas de las sillas apuntan al techo
estacas de una aldea
al aguardo de sus decapitaciones

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Lo suficiente…

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entre las banderolas
los acueductos
moro

salto y me refugio
de una en uno
bajo
por los techos
habito veloz
las alcantarillas

vacilantes tapiales
de los gatos
cornisas y molduras
de las ratas

manglares
de vereda a vereda

tengo once años y escapo de una sustancia de la vida
cumplo con un mandato de los sueños
y lo tipeo

 

 

 

 

a los vecinos ahorcados en los fresnos de las medianeras
un pibe morocho sin magia
paseaba estudiando

visitaba
el puente donde los cuerpos
eran atraídos hacia el alivio

con el tiempo aprendió a remolcar en el agua
los embutidos fríos
desanudar los frutos tensos
en lo alto
de la rama más fuerte

devoraba este niño los capullos
uno a uno
en laboratorios desolados

dijeron que ese fantasma
era yo

fue la estación en que cumplí
todos los años

 

 

 

 

por esta ciudad anduve tanto que
igual a fonemas harto repetidos
la desconozco

¿sabrá de mí?
¿o también
me repitió demasiado?

¿soy una aliteración
una marca de agua en sus fotografías?

 

 

 

 

¿por qué no llevan
señor
título sus poemas
ni puntos
ni comas?

porque son huérfanos
pobres

¿cómo flores silvestres
en la brisa de la tarde?

no
mejor guachas
en medio de un monte
entre espinillos asediados por serpientes

¿o gorriones
atravesando la lluvia
hacia la muerte?

no
cabezas de muñecas quemadas
en el poniente del baldío

Papá

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en sueños lo acaricio con las yemas
recorro su rostro lentamente
analizo ese
ser
esa
exoentraña
irreconocible

pregunta qué pasó
cuándo ocurrió
eso de envejecer de repente
el terror a morir de dónde diablos salió
qué ráfaga lo sopló
mientras
daba hilo al barrilete

 

 

 

recuerdo verlo a los ojos por única vez
la mañana
en que me enamoré de la niña mexicana

el vértigo
de mi brazo en su hombro
en el corazón del llanto
el cuerpo frío de su madre en la cama

 

 

 

¿cuándo muté en él
empecé a arrastrar con pesadez
las pantuflas por el pasillo
hasta el baño?

ahora
dobla el diario con estertor de rana decapitada
el sol pega de golpe en su nicho

mamá cocina

concentrado en el plato y los cubiertos
de visita
almuerzo y ceno como recluso

a cierta edad
los padres ingresan en superposición cuántica
uno los da por muertos
pero allí están sus esqueletos sosteniendo una carne cansada

la televisión ensordece
se oye Animal Planet:
los lagartos del sur de Australia
son fieles durante veinte años o más

al aplastar uno en la carretera
su pareja resiste semanas
dando empujoncitos al cadáver

Sobrevivientes

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la atmósfera plana
esterilizada
flameante
disuelve
borronea contornos
satisface la materia dominga
la noche anunciada en su caballo naranja

sopla un viento nuclear
pero despacio

 

 

 

 

marginado al confín sureño
al oro dulce
irresoluto
fractal de su vagina el
laurel púber
penetro

al pie de la cama
su ropa la mía
dos cuerpos
lanzados de un edificio en llamas

entre las piernas
pienso
cómo ocurrió

un burócrata del Paraíso
tocará el timbre
la llevará de regreso

es un sueño y no sé soñar
siento la vida llamar
adentro

 

 

 

 

nos bañamos
secamos nuestros genitales con la toalla áspera
buscamos el calzado que nos hace felices
tomamos un helado en el centro

mi papá entró a mi pieza
—cuenta—
y confiscó el peluche
que yo había ahorcado
con la corbata del colegio

la memoria
el instante final de su abuelo

parece el poblado
obra de un dios

con tranquilidad de espada antigua
mi mujer continúa:

una vez
de chiquita
papá me pegó tanto con la hebilla del cinto
tanto tanto
que me mié

 

 

 

 

soñé
el amor de mi madre
que es el amor del mundo
rendido a los pies
de santo
al
cometido de mesías

fui un insomne
creyéndome genio
un alquimista que vengaría
una por una
las desventuras de niño

a lo lejos
la civilización del hombre

amarga radio de albañiles
repitiendo incansable
la quiniela

Multiversal

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¿desde cuándo empezaron a importar
los solsticios?

es imposible volver e injusto recordar
ver es modificar
cerrar al niño en la cara

cansancio del pensamiento
de los abrazos
de los días y semanas
los placares

afuera el gran torso del invierno

adentro
los filamentos de la luz
indiferente caricia de la pantalla

queda de mí
una foto de perfil
un par de intentos
en botella rota

el mar virtual
interminable

debo existir para otra cosa aún no revelada
que también
se completa escribiendo

 

 

 

enciendo un cigarrillo de cara al patio
la artritis de los árboles en la niebla
asusta
mis dedos en las teclas
pisadas de hormiga
tiemblan

envejece el mundo en camisón
al dorso de la noche

 

 

 

me despierta en la madrugada
la nieve

tras cincuenta años
el pueblo absorto
aprende otra vez cada cosa del mundo
la lengua muda de lo que transcurre
en blanco

somos
el instante en que la planta decide
expresar la flor
soltar la fruta

las moléculas detenidas
el estado narrativo del agua
soplando las canaletas insomnes
los músculos de la noche
la fuerza que nos define

unidades de longitud
unidades de superficie
unidades de volumen
unidades de capacidad
unidades de peso
logaritmos
spin
temperaturas

procesos y nada más que eso lo juro

leves iteraciones desplazándose hacia el olvido

 

 

 

pálida
chata
virgen
la libreta abre las piernas

amante aburrida que ni se mueve

arrojo el fósforo encendido
la carne crocante del otoño
exhala

huelo los versos

letanía de barrio
un envenenamiento general
un desacelerar liviano
de electrones

a lo lejos
murmura una radio

sobrevivientes

(pertenecientes a Multiversal, Ciprés Ediciones, Córdoba, 2013)