Chozas, según Susana Chas

   Pablo Giordano nació, vive y escribe en Las Varillas, Córdoba. Se lo conoce por haber publicado en diarios, revistas y sitios de América y Europa. A fines de la década pasada formó parte de las discutidas antologías provinciales sobre la narrativa joven en Córdoba (“Es lo que hay” y “10 bajistas”).

   Publicó dos libros en editoriales cartoneras de Córdoba y Montevideo, respectivamente: “La felicidad es un Gordini” y “La muerte”. En 2011 ganó el Primer Premio de El Mensú Ediciones y mantiene una columna en la revista PoloSecki. “Chozas” es su primera novela.

   En “Chozas”, lo primero que llama la atención es el lenguaje empleado. “Un lenguaje que se muerde la cola y que destila veneno”, según Fabián Casas. “Lenguaje en mal estado pero sin fecha de vencimiento”, afirma Casas. La novela lleva como epígrafe palabras de Don Draper: “Se nace solo, se muere solo. Y el mundo te impone unas cuantas reglas para que te olvides de eso. Pero yo no lo olvido. Vivo como si no hubiera un mañana, porque no hay ninguno.”

  Dividida en cinco partes, que las va narrando Nacho desde su infancia de chico de un barrio marginal, que sueña con ser escritor, comienza así: “Estoy corriendo con todo. Termino de cruzar los zanjones por la bajada Refalón, y agachándome entre las cañas, tratando de no hacer ruido, me doy cuenta de que estoy solo. El olor a podrido no me deja respirar, el corazón me va a mil. Veo una sombra que viene haciendo ruido por el agua. Es el culiáu del Étor.”

  Enmarcada en cierto costumbrismo, la novela describe un barrio violento, sucio, donde reinan los más fuertes, con casas con “olor a humo de brasero”, “olor a pobre”. Los personajes pueblerinos se delinean con algunas características de ciertos personajes de la inmigración piamontesa de Las Varillas, en la llanura cordobesa conocida como la “pampa gringa”.

   Hay distancia entre Nacho y su padre, no así con su madre, aunque tampoco ella quiera que juegue con “esos chicos”, sus amigos, a los que teme y quiere, y con los que armó la choza. La choza era el refugio de todos ellos donde practicaban sexo los unos con los otros como un juego, donde hacían todo lo que no podían hacer en sus casas; pero también se comete un crimen. El Étor asesina a los dos excombatientes de Malvinas, olvidados por la sociedad y desamparados por los gobiernos. “Iban a la choza a contar historias por medio sanguche”. Como en las novelas de aprendizaje, Nacho debe aprender a vivir en ese medio, con sus consecuentes y constantes pesadillas.

   Después de una conversación con Adrián, a quien quería someter, y que es escuchada por su madre, siente la aflicción de sus padres por sus posibles inclinaciones homosexuales. Años más tarde, Adrián se vengará de él. Nacho narra sus temores, sus angustias de chico hipersensible: “En el colegio me escondía atrás de las esteras que dejaban en el piso y hasta me había hecho un refugio en la piecita del depósito lleno de ratas. Las maestras no me buscaban, creían que estaba en la oficina con mi mamá. Al último me desmayaba por cualquier cosa.”

   Una multitud de personajes marginales con sus patéticas historias, pueblan sus recuerdos. Las crueldades inconscientes de los chicos con los otros y con los animales, se describen con crudeza a pesar de que a él “le da un poco de lástima maltratar a los animales”.

   Su primer enamoramiento será de su prima Florencia. La adolescencia del Nacho está poblada de miedos que le provocan agorafobia. Nacho abandona el secundario, entra en crisis, consume drogas. Su madre le aconseja terapia psicológica, de la que no puede salir en años. Sin embargo no abandona la lectura y su deseo de ser escritor. Kerouac, Bukowski, Fogwill, Rimbaud, Mallarmé, los surrealistas, son los autores que nombra. Para los prejuicios del barrio y del pueblo, escribir versos es ser maricón. “Tengo que contar bien lo de las chozas y dejar de escribir boludeces. Si quiero ser escritor más vale dejar el alma y el cuerpo en esto… contar todo, que todo se vaya a la mierda.” Encuentra el amor en Gretel, ésta quema la novela de Nacho y la foto de su padre. Es la adolescencia que termina, también el barrio, su gente y el pueblo. Nacho comienza a mirar de otra forma su entorno: “Algo leí sobre los pueblos sin puertos, que son pueblos sin memoria o sin ideas. Pueblos que no pueden partir ni llegar. Que sólo están. Ensimismados, ciegos, hartos de mirarse. Es cierto que las ciudades queman, arden, deshacen; pero el pueblo es peor: el pueblo te cocina a fuego lento.”

   Ha sido doloroso el camino de iniciación, de aprendizaje y de formación (Bildunsgroman), emprendido por Nacho. La novela está narrada con un lenguaje que impacta.

 

Susana Chas Especial para Hoy Día Córdoba

Anuncios

Chozas, según Ciudad X

chozas-tapa

La Voz del Interior 

   Con sus referencias a los “toundercats”, a la revista Tony, a Mork y Mindy, a Mazinger Z o a Kurt Cobain, la novela debut del varillense Pablo Giordano (1977) parece sumarse a la tendencia autobiográfica actual que circunscribe la ficción al testimonio, la fabulación a la instantánea: aunque ya con sus “conchuda”, “culiáu” y “¡Me cago en Dios!”, Chozas desplaza cualquier tipo de nostalgia clasista para instalarse como faro mitificador de un terreno border, salvaje en su coloquialismo y geografía, una “zona” de ecos beat que es infierno y vacío y anomia.   

   En ese sentido, el hallazgo del relato de esa “choza” de la infancia que el protagonista Nacho comparte con un grupo de amigos (donde se dan cita la iniciación sexual sodomita y colectiva, las drogas y hasta el asesinato), extendida a las “chozas” que son el caserío de un barrio de la ficticia ciudad Los Fresnos, probablemente espejo de Las Varillas, de donde Giordano es nativo.   

   Así y todo, no todo en Chozas es nihilismo sin retorno: también deambulan los personajes curiosos, las escenas escatológicas e hilarantes y un reconstruir cronológico desde la infancia hasta la adultez en la que Nacho oscila entre la socialización y el paso afuera (en su resistencia al maltrato de animales, a la iniciación sexual, al incesto con la prima, a los padres a los que quisiera matar pero no soportaría ver morir), “rareza” evidente en sus tendencias literarias, primero en sus lecturas de Poe y Lovecraft y después en sus incursiones poéticas juveniles.   

   Por eso, en última instancia, su resistencia termina siendo universal, romántica (“quiero comprar una computadora gigante y meterme adentro y vivir ahí encerrado para siempre y escribir cuentos, pilas y pilas de cuentos”), al paso del tiempo, al trabajo embrutecedor, a la reclusión familiar, a la vida sin horizontes en una ciudad del interior que se vuelve “normal” en su desolación, con sus amigos de niñez de repente volcados al delito, a la “merca”, al Poxirrán.   

   De allí sentencia cabales como: “El barrio, los amigos, el pueblo atrapado en un video retro”. O: “Es cierto que las ciudades queman, arden, deshacen; pero el pueblo es peor: el pueblo te cocina a fuego lento”. O: “A mí siempre me gustó pensar qué es la vida (…) Nosotros, cada vez que miramos el cielo, está atardeciendo. Alrededor del barrio no hay nada y siempre oscurece con ese color rojo y naranja triste. Y me largo a llorar de solo pensar en lo rápido que pasó”.   

   Hacia el final, el presente se hace estocada abrasiva, desconsolada, irredenta, con el padre solitario en el bar y la madre “doblada”, con los pocos que quedan transmitiendo su bronca en el campo de juego (“¡Y las patradas! Alevosas, demostrando lo mal que nos va en la vida”) y la evasión, ya sin futuro, hecha carne, costra, estado continuo: la “choza” quedó allá lejos y sólo permanecen las “chozas”, la supervivencia y la escritura: mal que pese, un renovado comienzo.

Mayo 2012 

Chozas, por Gustavo Caleri

chozas-tapa

Desde el inicio, apenas franqueamos la tapa de chozas, se nos advierte que vamos a introducirnos en un espacio de ficción pura y que cualquier parecido con personas, lugares y hechos reales deberemos imputárselo exclusivamente a la fortuna de las coincidencias. La anotación, lejos de ser un formalismo o una obviedad, es una marca delatora, un warning! a partir del cual inferir que el artefacto no es inofensivo, y que en ciertas manos puede estallar si previamente no se desactiva el cablecito rojo, ese que conecta la novela con su hábitat: un “pago chico” de la llanura cordobesa donde cada vecino soporta su curriculum pegado en la frente. Ellos son los destinatarios del mecanismo de autodefensa implantado, necesario en tanto y en cuanto el autor todavía camine sus calles. Y cuente.

   Puestos en esa ecuación, se nos revela una década en la “foja” del Nacho, quizás la más conflictiva de todas las que conforman una vida, aquella que va de los 10 a los 20 años.

   El pibe, sus padres laburantes y una hermana, habitan una de las nuevas casitas de plan sembradas en los 80 en terrenos mercadeados al campo, transformado ahora a ojos del piberío en seductor vecino. A los diez años, para descubrir las cosas es imperioso ocultarse, y si la planicie pampeana es buchona por naturaleza, el instinto juvenil es hábil por necesidad.

“Mis viejos me tenían penado de que me juntara con los del barrio y a cada rato me preguntaban a dónde mierda iba y que iba a hacer y ojito con esto y con aquello. Armé la choza porque quería vivir ahí. Más vale que después me cagué y volvía todas las noches a comer y dormir en mi casa.”

 

   La choza conforma entonces el templo del “otro” saber, aquel que se construye entre pares y se formatea en el cuerpo, sin margen para eludir los daños colaterales que tarde o temprano pasarán la factura. Como en el tango de Mores, hay de todo en la chocita, hasta lugar para la tragedia.

En el pueblo todo se sabe y lo que no, se inventa y por más pepas que te morfés, nadar las agitadas aguas de la adolescencia con esa mochila en la espalda suele hundir a cualquiera sino se tiene a mano una tabla a la que aferrarse. Descartada la familia, cuyos vínculos son aún más frágiles que el manojo de cañas con que antaño construía las chozas; descartado el amor siempre esquivo; quizás lo único que distinga el nachito en la superficie sean los libros.

   Desde la contratapa, la voz autorizada de Fabián Casas pondera la particularidad del lenguaje con que está escrita la novela y no zanatea; la verosimilitud que muestran los personajes surge de la voz que los construye, los protagonistas hablan y fundamentalmente piensan con la edad que tienen, forjando su personalidad con el devenir del tiempo, lo que es decir con el discurrir de páginas. Y aunque sea una obviedad, no pasa seguido.

Una novela, la primera que escribe Pablo Giordano, a la que le caben los tres adjetivos que reclamo de cualquier expresión artística: honestidad, atrevimiento y cierto grado de belleza.

2012

La búsqueda de un relato o el legado de Bukowski en Córdoba

Más allá de la simpatía de la genial intervención artística del grupo cordobés “Callejón con Salida”, esta mural muy bien ilustra la relación del artista con el compromiso social: relación que no siempre es panfletaria, partidaria o partícipe de un realismo social  de denuncia explícita sino que toma diversos matices. En este “post” veremos cómo la novela Chozas reconstruye un escenario marginal para dar cuenta de la desigualdad económica provocada por el período neoliberal y ser portadora de un reclamo social encarnado en la búsqueda de un escritor por la palabra escrita, por la identidad. 

Charles

por Mariana Valle

   Cuando hablamos de “imaginario” nos referimos a aquello que “funciona sobre la base de las representaciones como una forma de traducir una imagen mental, una realidad material o una concepción”. En la formación del imaginario se sitúa nuestra percepción transmutada en representaciones a través de la imaginación, “proceso por el cual la representación sufre una transformación simbólica, por eso la fuerza creativa del imaginario yace en su carácter dinámico y en la superación de la simple representación” (V. Hiernaux, 1996:20).

   En este trabajo, pretendo demostrar cómo la construcción del  “otro” social en la literatura, es un imaginario determinado donde el individuo (escritor), siempre ya mediado por el sujeto literario (narrador, poeta), media a su vez la relación con el objeto (pobreza) en torno a sus especulaciones y sus posturas personales, ya sean éstas: filosóficas, sociales, políticas, éticas o estéticas.

   En el caso de Pablo Giordano, el imaginario de la subalternidad de su novela Chozas, se cimienta en torno a la búsqueda de su lugar como escritor. Este relato de iniciación autobiográfico narra las vicisitudes de un adolescente y sus pares en su camino hacia la madurez. La pobreza circundante se plasma en la geografía humilde de un barrio cordobés -2 de abril- de tapiales de chapa donde el narrador y sus amigos están, por esa razón, más próximos a la violencia, a las drogas y a la sexualidad precoz que otros jóvenes de su edad.

   La novela sigue la línea del “realismo sucio” caracterizado por la descripción de la clase baja, a través de un lenguaje crudo –incluso vulgar y soez- sin ningún tipo de adorno retórico y en un estilo minimalista que aumenta la velocidad narrativa y donde no existen “buenos y malos”  ni héroes sino personajes comunes enfrentados a situaciones comunes y hasta incluso banales.

   La novela está articulada en torno a la –casi obsesiva- búsqueda de un relato, de un material “digno de ser contado”. Entre estupefacientes y una angustia progresiva sellada no sólo por la carencia material sino también por el sentimiento de soledad de su generación –marcada por las lecturas de Pessoa-, el protagonista pronto descubre que su musa no es otra que su entorno, sin idealizar.

   “No quiero exagerar ni mistificar algo que más bien tiene que ver con la carne. La vida es ese olor.  La vida hecha de sacos repletos de sueros, flujos, sustancias de la madrediosa inalcanzable resolución de la infancia, es eso y no otra cosa.” (Giordano, 2011: 183).

El realismo sucio latinoamericano, sucesor del dirty realism estadounidense, expresa las consecuencias del proceso de adopción del capitalismo en los países latinos y, sobre todo, el problema más grande que dicho proceso ha producido: la pobreza y la miseria humana. En particular esta novela se centra en la década del 90, el período “menemista” donde el esquema neoliberal del gobierno provocó un vaciamiento sistemático de los fondos públicos: la privatización de las empresas y el aumento de la deuda externa, aumentaron vertiginosamente los niveles de pobreza en el país. El desencanto de los jóvenes con la política fue una de las consecuencias de este modelo económico, entonces (refiere Giordano) “No cazábamos ni una. Ni del país, ni de Rimbaud, ni de Vinicius, ni de Fogwill. La única revolución a la que aspirar: el rincón de la pieza donde resplandecía la biblioteca” (Giordano, 2011: 211).

   Los escritores que siguen este movimiento descubren que “lo bello no es sinónimo de lo hermoso, sino de aquello que permite vivir” (Del Carmen, 2012, s/d). El “cross a la mandíbula” arltiano es una buena metáfora del estilo que se busca, lo que Giordano llama “la máquina sangrante”. Si Bukowski escribió en los márgenes de los diarios cuando vivió en un contenedor de basura (refiere la novela), también podía él hacerlo en esas condiciones.

   La decadencia del narrador y sus amigos los llevó  a leer a Mallarmé, a los surrealistas, a soñar con el encuentro de la palabra escrita como, tal vez, su única salvación. Escribir, para él es  “no saber vivir, masticar la vida como un perro a un trapo, hacernos un agujero para olernos por dentro, despanzurrarnos, sin querer, a lo tonto, como una niña desesperada en un laberinto de espejos rotos” (Giordano, 2011: 218).  Este “olerse por dentro”, es narrarse a sí mismo, la concreción del encuentro con el relato que Giordano logra al final de su novela: “Tengo que contar bien lo de las chozas y dejar de escribir boludeces. Si quiero ser escritor más vale dejar el alma y el cuerpo en esto, contar todo, que se vaya todo a la mierda” (Giordano, 2011: 236).

   Lo que descubre el escritor  latinoamericano en el “realismo sucio” es que es posible darle entidad a la miseria de su entorno, abordarla directamente sin escaparates (2) darle voz a los sin voz.

 

Bibliografía:

Alabarces, Pablo y Añón, Valeria. “¿Popular (es) o subalterno (s)? De la retórica a la pregunta por el poder” en Rodríguez, Pablo y G. María (compiladores.),  Resistencias y mediaciones. Estudios sobre cultura popular. Bs. As.: Ed. Paidós.  2008.

Hiernaux, Daniel. “Los imaginarios urbanos: de la teoría y los aterrizajes en los estudios” en. Revista Eure, XXXIII. Pp. 17-30. 1996.

Del Carmen Gutiérrez, Martina. “Realismo sucio: belleza, basura y desmoralización”. Disponible en internet: http://www.slideshare.net/AnaMartinez14/realismo-sucio-belleza-basura-y-desmoralizacin . 2012.

Giordano, Pablo. Chozas. Córdoba: Ediciones Ciprés.  2011.

 

(1) Utilizamos la palabra “subalterno” para referirnos a la marginación social. En este sentido cabe aclarar que “subalterno” refiere a “de “rango inferior” y se usa para marcar  la subordinación expresada  en términos de clase, casta, edad, género, ocupación en cualquier otra forma lo que incluye a los “subordinados” por causas económicas: “desocupados, subempleados, vendedores ambulantes, gentes al margen de la economía del dinero, lumpen y ex lumpen de todo tipo, niños, desamparados, etcétera.” (Alabarces y Añón, 2008: 285)

(2) El “realismo sucio” surge precisamente como un rechazo al “realismo mágico”. Se trata de hablar sin rodeos de la miseria de las sociedades latinoamericanas de las posdictaduras. 

Laura Pratto escribe sobre Chozas

9683_567586703258696_581007465_n

Me acuerdo de la vez que esa gorda lloraba con los codos clavados en el escritorio de la dirección. Decía que un tipo le había reventado la cabeza a su hijo, y que la escuela tenía que hacer algo.

   -¿Pero usted no los cuida? –le decía mi mamá-¿Cómo los deja andar todo el día en la calle?

   La vieja le dijo que no podía porque tenía nueve hijos.

   -¿Qué quiere que haga? –decía.

   -Ciérrele la puerta, señora.

    La vieja se secó las lágrimas y le vi bien la cara como chamuscada.

   -No tenemos puerta –dijo. 

  Nacho, el protagonista de Chozas, se junta con los del otro barrio, ese en el que la gente no tiene puertas. Los que tienen puertas y los que no tienen puertas se cruzan en la escuela, comparten algo más que los espacios; crecen juntos. Es lo que sucedía, si aún no sucede, en lugares pequeños como la localidad del interior de Córdoba donde transcurre Chozas; hay coyunturas que provisoriamente parecen igualar el estatus, o al menos hacer que no pese: la escuela pública, un baile, un partido de fútbol. Las chozas y las cuevas no son tan distintas, después de todo. Pero entre ellas hay una frontera que alguna pincelada vuelve a destacar. 

   Jugábamos al fulbo en el patio. Al lado de la canchita los pobres iban con un tarrito cachuzo a buscar el pedazo de bizcocho y la leche que le daba la caja PAN. Ahí te dabas cuenta quién eran los pobres. 

   En la frontera se truchan cosas, hay imitaciones, nunca igualdad. La comunión es falsa, competitiva, hace agua apenas el narrador o el lector se permiten observar. Chozas tiene la riqueza del microclima en una zona fronteriza: el riesgo, la posibilidad festiva, la licencia para pasar un cadáver o un delito de un lado a otro, el doble estándar, la promiscuidad. En un pasaje de la novela, ambientada en los años de la hiperinflación, se cae al suelo un paquete con azúcar, de esos atesorados porque tan sólo se podía obtener una unidad, y comprar en el acto era una inversión. El paquete se abre y los desesperados se lanzan a juntar con los dedos esa mezcla de azúcar con la arenilla de la tierra. Esa mezcla de pobreza y picardía, dice en otro pasaje Giordano.

   Así de entreveradas, de turbias, están las cosas. Así de ávido está uno en la llanura, en la pubertad.En otro se cuenta una experiencia sexual grupal que toma carácter celebratorio, una suerte de rito de pasaje nacido de la angustia individual, de la perturbación por esas cercanías al borde, en el límite, en la frontera. … porque la tarde que empezó todo fue triste, escribe el autor.

chozas-tapa   Está esa búsqueda de la experiencia, esa ansiedad de relieve en un paisaje tan horizontal, tan llano que hay que trabajar para urdir secretos, novedades topográficas: un pozo para hacer una laguna, un camión que pasa disfrazado de barco, un laboratorio astronómico en el tanque de agua. Una cueva como una cavidad añorada, una choza como una ermita. Los perros que culeando solos hacen huecos en el aire.

    Hay algo en la vida que no conozco, algo escondido… Puede sonar a lamento ante un hecho desconcertante esta frase del protagonista, pero dicha desde la infinitud de la pampa parece más una profesión de fe, un deseo, una necesidad de que algo más que lo totalmente visible haya: ¿Y la vez que alguien me tocó el hombro, y me di vuelta solo en el campito?

   Un pueblo en la pampa cordobesa tiene esas puertas fantasmas, de aire, es decir: no tiene puertas. Es también una casa en el margen. El horizonte escracha las entradas y las salidas. Si no hay puerta no hay escape formal. Si no hay puerta no hay guiño ni reconocimiento estar adentro. Ahí se está siempre, viviendo en carpa, bajo una lona que asfixia.

   Los dos queríamos quedarnos ahí en los techos para siempre, aunque no nos rescataran, pero volví a la choza culiada. ¡A qué mierda volví! 

   No hay puerta, no hay límite tangible que cruzar haciendo alarde, no hay recursos para franquear una planicie, una edad, un peligro. De ciertos ecosistemas, como de la adolescencia, nunca se sale por completo. Esa agorafobia podría ser la pesadilla latente mientras la novela avanza y el protagonista, en simultáneo con el escritor, crece. Ya están los bisnietos de los gatos que ayudé a nacer, escribe Giordano, y acota su novela en el tiempo a un ciclo animal, tan animal como esa transición de los 10 a los 20 años, que es la que vive Nacho. Un espacio brutalmente abierto, nuevamente: sin puertas. Esa intemperie que ni siquiera el lenguaje, a lo largo de la novela, puede eludir: En un momento le vi la pelada a mi viejo cerca de la oreja con sangre y me dio mucha lástima y lo vi como si fuera un viejito, o sobre el final: … mi prima, con la cara ajada por haber sido la más linda…

    Esta última frase advierte que la belleza condena a una gimnasia y a una rutina. El del autor de Chozas es el extenuante ejercicio de la belleza que se sabe en el lenguaje. El modo de decir las cosas se recicla también para la supervivencia, y, mimetizado con los personajes de la historia, se permite entrar en trance con los espíritus más disponibles. El habla es otra de las formas que se afectan t por la acción del tiempo, el lenguaje en esta novela reconoce y admite la inclemencia. Parece querer estar allí para recordarnos que somos bastante permeables. Chozas.

*leído el 2 de junio de 2012 en Casa 13, ciudad de Córdoba, en ocasión de la presentación de Chozas, novela de Pablo Giordano, publicada por Ediciones Ciprés; publicado posteriormente en la revista No Retornable.

“Ya no quiero cambiar el mundo con mi escritura, sólo divertir”

Anoche el escritor varillense Pablo Giordano presentó en la ciudad su novela Chozas. Antes, dialogó con El Periódico.

PabloG-8

ALGO PASA. Entrevista con Pablo Giordano

Una experiencia “maravillosa y agobiante, desesperante, deprimente”. Así definió el escritor Pablo Giordano el proceso de creación de su novela Chozas, obra que presentó anoche en nuestra ciudad.

¿De qué trata Chozas?

Parece una novela coral, pero lo mejor sería decir que se trata de un duetto. Está narrada en paralelo y primera persona por dos varones. Ellos van contando su vida desde niños hasta cerca de los treinta años en barrios de clase media baja del interior de Córdoba.

¿Cómo convencerías a los lectores para que la lean?

Ni lo intentaría. Más bien recomendaría otros libros. Lo único que podría decirles, es que si la leen estarán asomándose a cierto modo de producir literatura argentina contemporánea, y que quizá se diviertan un poco.

¿La utilización de términos como “culiau”, “junar” y otros a lo largo del texto a qué se deben?

Se deben al registro hiperrealista que me planteé desde el comienzo de la escritura. Porque también quise ser documental aunque lo que me interese como fin último sea lo literario. Este registro no solo se puede apreciar en el lenguaje, sino en casi todo.

¿Cómo se las rebusca un escritor del interior para no perder el ánimo y seguir escribiendo?

Publicando, haciendo amigos, compartiendo con otros escritores y no pensando en una carrera literaria. Ya no quiero cambiar el mundo con mi escritura, ni lograr que todos me amen. Sólo divertir a ciertas personas, o levantar alguna mina aquí y allá. Al fin y al cabo, cuando muertos poco debería importarnos la trascendencia.

(San Francisco 2012)

Bolsas plásticas en los baldíos de Las Varillas

Pablo Giordano vive en Las Varillas, Córdoba. En 2011, El Mensú publicó su libro de cuentos, Los Muertos; este año Editorial Ciprés publicó Chozas, su primera novela.

 por ADELA SALZMANN

¿Cómo pensás la relación de tus personajes con la organización en etapas de su vida? ¿Cómo arman su historia?

Creo que son personajes que no pueden armar su vida, sino que son arrastrados por ella. Están a la deriva de un paradigma en el cual es muy difícil asomar la nariz hacia algún atisbo de salida. Hay varias metáforas sobre eso a lo largo del texto [Chozas], a esos chicos los lleva el viento como a las bolsas plásticas de los baldíos. Es por eso que, en un momento, ven en la literatura una forma de escape como otros la verán en el boxeo o la delincuencia. Ingenuamente creen que uno puede trabajar de escritor y salir de esa vida donde otros ya tomaron las decisiones por ellos. La novela trata de este tipo de cosas: el paradigma en el que se nace, las elecciones que otros tomaron hace mucho sobre el destino de nuestras vidas, y el paso del tiempo. La conciencia, ese suspiro del hámster en la rueda, es la que indirectamente narra.

¿Qué pensás de la educación?

Yo dejé de estudiar en segundo año del secundario, no tanto por cuestiones educativas sino de salud; pero creo que la educación no está pasando un buen momento. Si bien el modelo y los planes de estudio se van actualizando, no contemplan cuestiones de base, como el incentivo hacia la curiosidad y las preguntas basales de la humanidad, como de dónde venimos, por qué estamos aquí, y qué es la realidad. Estoy hablando de la educación en general, obviamente, quizá no deban tocarse estos temas en primer grado, pero si uno puede llevar a sus alumnos a contemplar el cielo y hacerles tomar conciencia del universo, o a los más avanzados a entender que para que su padre tenga un empleo y pueda darle de comer tuvo que luchar y morir mucha gente para que este fuera un país libre; y no hacerles hacer láminas estúpidas de gente con paraguas frente al cabildo. Sigo generalizando para que se entienda el concepto sobre los planes de estudio. Hace años la hija de una ex novia me pidió ayuda para un trabajo que le habían dado en el colegio. Iba a tercer grado, el tema era Malvinas porque se acercaba el 2 de abril. Inmediatamente noté que no se podía comenzar a realizar la tarea sin explicarle a la niña, antes, lo que era una guerra (¿Se imaginan la cantidad de cosas que hay que explicar antes de eso para que una niña de esa edad llegue a entender el concepto bélico?); así que imagínense lo que sería explicarles Malvinas cuando, por lo visto en el cuaderno, la docente creía que habíamos sido invadidos por los malvados ingleses en 1982 y nuestros soldados patriotas habían ido a recuperar esas islas tan argentinas donde por lo visto no vivía nadie, y si alguien había allí serían argentinos, ya que por lógica –sobre todo una lógica de siete años– si las islas son argentinas quienes viven allí deberán serlo.

Las escuelas no están preparadas para formar en los valores esenciales del conocimiento que permiten una educación independiente de la institución (que debería ser un complemento), una autoeducación que sólo te brinda la curiosidad por el universo, la conciencia, la historia de nuestra humanidad y sobre todo, el pensamiento escéptico, el amor a la ciencia, es decir a la verdad. Me cuesta, muchas veces, y me sorprende con enormidad, encontrar profesionales de disciplinas consideradas científicas que desconocen absolutamente el método, el pensamiento escéptico y, no sólo eso, pueden llegar a creer en la astrología, por ejemplo. Eso no puede ser otra cosa que una falla en la educación, que sigue atada a la sociedad sin cuestionarla. Me parece que dimos un paso, por ejemplo, al despejar a la religión de las escuelas públicas. Ahora, lo que no se hace es enseñar que las religiones son una falacia y la tragedia más grande de la que la humanidad se tiene que desprender para siempre.

¿Puede ser la ciencia de alguna forma una religión?

No, de ninguna manera. La religión, entendida en el sentido clásico, intenta re-ligar un supuesto vínculo perdido hace siglos con un supuesto dios; y en el sentido moderno de religión, se puede decir que es toda aquella práctica llamada espiritual basada en falacias o pseudociencias. La ciencia, en cambio, es un método para arribar a la verdad. La religión es dogmática y no aportó jamás evidencia a sus postulados, ha sido refutada millones de veces, explicada, documentada como falsa, rastreada en la historia de la humanidad hasta sus inicios antropológicos de control de tribu, etc. La ciencia se ha ido desarrollando con un concepto de apertura total, cuyo valor principal es el escepticismo, el cuestionamiento, y ser antidogmática por naturaleza, y obligarse a presentar evidencias antes de declarar que algo es una verdad con la cual se deba proceder, al contrario de la religión y las creencias, que accionan sobre mentiras y producen mucho daño.

El pensamiento de que la ciencia es como una religión moderna es ingenuo y contemporáneo. Nace de las nuevas religiones New Age, que al no tener argumentaciones válidas para sus creencias, al ser refutadas constantemente por la ciencia, construyeron ese rincón en el que se creen seguras, argumentadas y sabias –como si acabasen de desentrañar un enorme paradigma que nos domina– aunque lamentablemente esto también es falso. No existe ni ha existido en la humanidad un método mejor para arribar a la verdad que el científico, y aún así ignoramos el 70% de la constitución del universo, por ejemplo; cosa que cualquier religión te puede responder en un parpadeo: Dios. Las religiones tienen respuesta para todo porque racionalizan en vez de razonar. Por ejemplo: un niño está a punto de morir, su madre reza para que el niño se cure, le pide a Dios que lo salve: si el niño se salva, la religión responderá que está ante un milagro, uno de los tantos de los que es capaz Dios; si el niño muere, Dios lo ha llamado a la vida eterna. Ergo, el sistema religioso es una burla, una farsa, una mentira que debe ser desterrada. Ha creado un sistema intocable y logrado protección estatal y legislativa bajo la estupidez del respeto a las religiones y credos, y desde allí mantiene a instituciones económicas, mafioso-pervertidas, que dominan a masas y las encaminan a guerras, hambrunas, muertes por abandono (Madre Teresa de Calcuta, homeopatía) y finalmente a retrasos sustanciales en el avance de la ciencia desde hace siglos. El mal que le han hecho las religiones a la humanidad es incalculable y casi total, el de la ciencia es más calculable y perdonable; en la mayoría de los casos, comparados con la religión, no representarían ni el uno por ciento, además de que ha llegado a sus metas con evidencias.

¿Qué cosas hacés para despertarte?

Hace mucho que, de niño, como cuento en la novela, tenía ciertos comportamientos que me hacían despertar. Hoy me despierto solo, fresco, casi sin recordar haber soñado o hasta dormido. Es extraño pero bello, y se lo atribuyo, sin prueba alguna, a las drogas que consumo.//RT3

Revista Tónica – 2012