Traiciones y otras necesidades

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Los hombres de la casona del villerío conocido como Arroyo de la China maldicen un nombre: Justo José de Urquiza. Las mujeres callan. Una de ellas es Cruz y está embarazada del caudillo, que no acusa recibo. Algunos evalúan asesinarlo, otros prefieren no mover el avispero. Un sobrino de la mujer se acerca y le dice “Voy a matarlo, tía, por usted”. El niño es Ricardo López Jordán. Un par de décadas después, Urquiza es el hombre más importante de la Confederación por debajo de Juan Manuel de Rosas. Cuando su sombra empieza a eclipsar a Manuel Oribe, hay un jovencito entre sus filas, un soldado de apellido Jordán, que no le saca los ojos de encima. Ninguno de sus familiares tomó en serio la promesa del chico y quizá tanto él como Urquiza lo hayan olvidado en los campos de batalla, peleando juntos. Cuarenta años después de aquella promesa en el patio, en nombre de Jordán, Urquiza es brutalmente asesinado.

El argumento recuerda al cuento de Jorge Luis Borges “Emma Zunz”, aunque aquí, a la inversa que en ese relato, los verdaderos son los nombres propios, aunque los motivos otros. Esta famosa trama no es ficcional, la conocemos por tratarse de la historia grande de nuestra patria, aunque quizá no conozcamos los detalles fascinantes que la componen y la diferencian de las similares, disparando otro tipo de preguntas: ¿Es consciente un traidor de su felonía? ¿La ignorancia o la ingenuidad pueden exonerar la culpa? ¿Es correcto hablar de “traición” en política? ¿Puede un hombre traicionarse a sí mismo? Y si lo hace ¿en qué se convierte?

En Urquiza, el salvaje, el libro que el historiador Hernán Brienza presentó hace apenas días en Córdoba, Brienza muestra a un caudillo entrerriano inabordable para las garras de cualquier maniqueísmo. Fue un asesino brutal, pero un piadoso en otros eventos. Un valiente libertador, pero también un cobarde traidor. ¿Qué queda de él, concretamente, además de haber triunfado en Caseros y terminar con el reinado de Rosas? Nada menos que el Estado argentino. Desde 1810, las Provincias Unidas del Río de la Plata no habían podido organizarse en términos jurídicos. Fracasó la Junta Grande, la Asamblea del año XIII, del congreso de Tucumán, los intentos unitarios, el proyecto federal dorregista; y Rosas se negó a convocar a la Comisión Constituyente. Recién 40 años después, la Argentina alcanzó su texto constitucional gracias a Urquiza, que representaba a las provincias y a los sectores populares. “Fue su hora más gloriosa –escribe Brienza–; y el inicio de la traición del peor Urquiza sobre el mejor”.

Finalmente, el autor propone un paralelismo con la situación actual del país: Un liberalismo conservador, en el que una clase que puede identificarse con aquel mitrismo, intenta imponer las condiciones a la clase trabajadora representada en las provincias, las cuales esperan aún el debido federalismo. Brienza no hace otra cosa que opinar sobre el eterno dilema global, la lucha de los pueblos por no perder su independencia “porque, después de todo –define–, perder es ceder riquezas frente a otros grupos o sectores hegemónicos. Lo demás es metáfora”.

Ejercicios y correcciones

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   La literatura argentina y un chiste de Aira; Borges; las poses dentro de las discusiones artísticas; Gombrowicz; los discursos dominantes en las letras y Henry James, son algunos de los tópicos que analiza —o utiliza a fin de llegar a un punto clave de la reflexión como tema en sí— el escritor argentino Guillermo Martínez en La razón Literaria, su reciente libro de ensayos, una especie de revisionismo de sus temas predilectos bocetados ya en aquel mítico “Ejercicio de esgrima”, un ensayo fundante aparecido en el volumen de 2005 La fórmula de la inmortalidad.

  Martinez sostienen que aquel ensayo corrió la suerte de cualquier polémica, fue leído por algunos de acuerdo a lo que se proponía decir, y por muchos otros deliberadamente mal entendido y reducido a la caricatura, a la sospecha psicoanalítica y a oposiciones burdas. “Como soy incorregible —escribe—, sostuve durante estos años mi defecto de pensar diferente y en la sección Otros ejercicios de esgrima reuní varias otras de mis discordancias”.

  En esta segunda entrega de artículos, conferencias y ensayos, no sólo evalúa, reivindica o interpela a aquellos primeros textos, sino que juega con una especie de Mamushka donde superpone capas de crítica literaria con las de la psicología del crítico. “Hay argumentos igualmente atendibles —anota en el prólogo—, para defender la fidelidad esencial a un modo de pensar o para justificar los cambios copernicanos, los arrepentimientos y las mutaciones”.

  Un capítulo dedicado a la Literatura y la Ciencia se especializa en el decálogo del buen tratamiento del tema policial. La transcripción de la charla “Series lógicas y crímenes en serie” hace foco en las inesperadas implicancias de las series lógicas en la filosofía, el lenguaje y las matemáticas. En “lo verdadero y lo demostrable” resume lo esencial en las ideas de incompletitud de Gödel, especialmente en cómo se ha distorsionado su interpretación: para Martínez el género debe ser puro, abstracto; a la manera borgeana, y no simbólica o aggiornadas al impulso artístico de ser siempre innovador. La trama de un policial debe ser una ecuación elegante y verdadera, antes que una simple historia de detectives con matices matemáticos. Un policial no debe ser un policial.

  En la sección “Primera Persona” se encuentran los textos que Martínez escribió a pedido sobre sus propios libros y se postula también como un memorándum de la influencia de su padre como escritor. Este quizá sea el punto de mayor amplitud estética del volumen; donde recurre a la narración para enmarcar el pensamiento, evitando que el sentimentalismo deteriore la estructura de argumentación. Su ejercicio en general es crítico con la corriente de pensamiento literario dominante argentino y tiene una mordaz visión del posmodernismo en todas sus manifestaciones.

  La razón literaria es una prueba de qué pensar la literatura es, a veces, pensar en todas las cosas como elementos mutantes según cómo sean expuestas. Los sentidos cambian, las esencias se vuelven secundarias y los errores fortuitos pueden revelarnos más que la persecución obsesiva de la verdad durante años.

Las islas al fondo

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  Una práctica común en el arte consiste en escoger un mito griego y ponerlo a andar con elementos de la actualidad, o en algún tiempo histórico que mejor combine con los intereses retóricos o artísticos del autor. Suele hacerse para re significar al mito, o por lo menos, actualizarlo a los usos. Pero del simple recurso a una novela excelente como 1982, hay un trecho que sólo puede sortear un autor como Olguín, y pocos más.

  El mito escogido es el de Fedra, la princesa cretense, hija de Minos y de Pasífae, y hermana de Ariadna. Fue raptada por Teseo, tras abandonar este a Ariadna, para casarse con ella. Olguín incorpora algunos cambios a la historia y la trae a la Argentina del año que da título a la novela. Su protagonista, Pedro, tiene diecinueve años, vive en Buenos Aires, estudia Letras y es hijo del teniente coronel Augusto Vidal (a punto de convertirse en héroe en Malvinas). Fátima es la segunda mujer del militar, de quien Pedro se enamora. A partir de ese momento se desatará la tragedia.

  Sólo hacen falta dos o tres pequeñas acciones en la vida cotidiana (un llamado telefónico, un beso, subir a un colectivo) para que toda la estructura de una familia se vea obligada a ceder ante la monstruosidad. A medida que la historia avanza, el clima de la narración mutará del hiperrealismo a un inquietante surrealismo para escapar de lo previsible. El desenlace de la historia es grotesco como puede serlo un lobo marino cayendo por unas filosas escaleras de metal.    

  Si bien no es una novela sobre Malvinas, las noticias que llegan desde las islas a la casa de los protagonistas son la música de fondo, con dramatismo expectante, que magnifica los sonidos de los discos de rock nacional que suenan en las escenas; también el de la playa y los colores de la madrugada, cuando Pedro se gana la vida como aprendiz de pescador, más interesado por la belleza del amor que por el derrotero de su familia. Ese escenario es la ciudad de Mar de Ajó, a la cual gracias al estilo de la prosa, no hace falta haber visitado para recordar sus aromas, su idiosincrasia demodé, y su argentinidad transfigurada, como lo fue la guerra, como lo fue la junta militar en su debacle.

  Sergio Olguín, nacido en Buenos Aires en 1967, es recordado entre otras obras por Springfield (Norma, 2007) novela trascendental que fue traducidas al francés, alemán e italiano. En 1982, su novena, nos narra una oscura historia de amor donde la represión estatal se volverá doméstica, donde la realidad homogénea del país bajo el régimen militar se resquebraja, y en sus primera grietas se puede volver a buscar una identidad, a pensar y a amar, aunque el precio a pagar por la libertad y la felicidad sea, paradójicamente, perderlas. Como en toda tragedia griega (o argentina) lo construido desde la valentía y la revelación; terminará en un duro golpe sin vuelta atrás.

 

“Lisario o el placer infinito de las mujeres”: un secreto femenino

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Lisario o el placer infinito de las mujeres es la primera novela de la italiana Antonella Cilento traducida al castellano.

Desde que sus padres le informaron que se casaría con un anciano, la niña muda Lisario Morales finge dormir para siempre, como si se tratase de un hechizo. Su estadía en la cama será una mezcla de acting y renunciamiento patológico que pondrá a toda la familia en una situación desesperante. Avicente Iguelmano, el médico que parece sacarla del sopor, será su esposo en virtud del agradecimiento de los familiares que le entregan a la joven. El médico la había visitado por meses sin éxito, dejándose atrapar por los bordes sórdidos de la terapia que improvisaba, llegando a perturbarse para siempre con su erotismo y, de alguna manera, a enamorarse. 

Lisario es una mujer rebelde, pero a escondidas. Roba libros de la biblioteca de su padre y comete prácticamente una herejía para las damas de la época: leer. Conocemos lo que hace y piensa gracias a las cartas que escribe a la Virgen María, donde no escatima en halagos a Cervantes y en el orgullo de poseer secretamente tanta literatura para conocerse y aprender del mundo ilustrado. Quizá el peor de sus pecados no estuviera solo en la lectura, sino en lo segundo, conocerse, conocer su cuerpo. Si para muchos aún hoy la masturbación femenina es terreno virgen, podemos comprender perfectamente que en el siglo XVII se le asignaran sospechas de brujería o posesión demoníaca. Lisario corría peligro cada día, pero su mutismo la exoneraba como ciertas discapacidades suelen solapar perversiones.

El goce femenino autosuficiente es el centro mismo de la trama de esta novela de época, con personajes extremos que se mezclan impúdicamente: desde príncipes hasta hermafroditas que ejercen la prostitución. Algo similar había contado Federico Andahazi en El anatomista, con la historia de Mateo Colón, quien descubre el clítoris como su homónimo a América, una tierra tan rica como intrigante y enloquecedora.   

Movido por un espíritu científico sin escrúpulos, el marido doctor llegará al punto de hacer tambalear el matrimonio en el afán sistemático de adentrarse en el misterio máximo de la feminidad. Primero con su propia esposa, y luego con todo tipo de personas con características femeninas. Lisario o el placer infinito de las mujeres de la escritora napolitana Antonella Cilento, ha sido finalista del premio Strega el año pasado y es su primera novela traducida al español de las 10 que lleva publicadas.

Toma y daca de la política

El impacto de estas prácticas en contextos de poder es el tema de estudio de este ensayo, de Gabriel Vommaro y Hélène Combes.

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En la gestión pública nada se critica tanto (con excepción de la corrupción) como el clientelismo político. Pocos conocen su origen y es habitual que lo confundan con la compra de votos. Los dos tienen, a los oídos del sentido común, una connotación negativa; sin embargo el primero es un concepto mucho más complejo y es imprescindible estudiarlo para entender las relaciones humanas, no sólo las políticas.

El impacto de estas prácticas con otras similares en contextos de poder, es el tema de estudio en El clientelismo político, escrito originalmente en francés y publicado en Francia por Gabriel Vommaro, doctor en Sociología e investigador del Conicet y Hélène Combes, investigadora del Centre National de la Recherche Scientifique, de París.

Para muchos, por más reproches que se merezca, el clientelismo es algo natural: el trabajo político se nutre de los militantes y los representantes elegidos por el voto; los altos funcionarios y los agentes políticos suelen sostener relaciones de proximidad, a veces desde la infancia, con los habitantes de sus barrios, su comuna, así como con colegas del trabajo, allegados, amigos convertidos en empresarios y empresarios convertidos en amigos.

Esta visión popular sobre el clientelismo en las organizaciones se encarna en la figura de dominación por parte de las clases de élite, sin embargo, el panorama parece apuntar más a una idea simbiótica entre el poderoso y el dominado. El primero le debe muchas veces a sus sometidos el lugar que ocupa, y estos ejercen una clase de poder sobre quienes necesitan de su apoyo. No en los votos, que prometen venir, sino en el trabajo en los distintos grupos de influencia social, de gestión, de movilización de masas, y de construcción de una identidad nacional, de partido, o ideológico. En definitiva, una relación de reciprocidad e intercambio.
Los autores exponen y analizan desde varios enfoques los casos paradigmáticos desde donde abordar el fenómeno. En el caso de América latina, México y Argentina son imprescindibles para entenderlo.

Las intervenciones referidas a nuestro país recorren el camino desde la movilización de clubes y redes informales a partir del sufragio masculino directo en 1821, los cambios de éste al ser universal en 1912, el uso que hizo el radicalismo del Estado; y la monstruosa (por enorme y compleja) transformación que fue el peronismo, hasta la figura del puntero político de nuestros días como un agente de “resolución de problemas”.

Mientras nos interiorizamos en el accionar de organismos internacionales que luchan por erradicarlo, y comprendemos todo un abanico de prejuicios a la hora de evaluarlo, accedemos a las claves y enfoques que matizan la figura clientelar dentro de la sociología de Bourdieu, la epistemología constructivista, que toma, a su vez, elementos de la sociología pragmática.

Aquí el clientelismo es causa pero también efecto del subdesarrollo, una serpiente mordiendo su cola con tintes venenosos que dañan pero no matan, mantienen empobrecidas a las distintas sociedades.

El clientelismo se manifiesta así de maneras diversas y diversas serán las consecuencias sociales que tendrá, inclusive en las elites intelectuales con alguna influencia en el poder, una vez comprendido el fenómeno como un mal a combatir.

Los restos del naufragio

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“Tenía alrededor de 15 años cuando emigré, hacía poco que había parido al niño, y tenía 21 años cuando Mariano murió. Todo ha venido pasando tan vertiginosamente que no siempre me doy cuenta de que todo pertenece al pasado. El pasado es otro país del que fui desterrada. ¿Y para qué volver?, me digo a diario, si no siempre logro habitar el presente”.

Esta cita de una carta real aparece en Lupe, después del viaje, la nueva novela de Silvia Miguens. En el pequeño fragmento citado, María Guadalupe Cuenca, viuda de Mariano Moreno, resume su vida de fantasma suplicante, una muerta viviente coleccionando los restos del naufragio; y configura la paleta de colores con la que Miguens la revive en el libro. Hace 15 años Miguens había publicado Lupe, la predecesora de esta historia. En ella recreó la vida de la adolescente Cuenca desde sus últimos años en Chuquisaca hasta dar a luz al hijo de uno de los políticos más activos en los primeros años del siglo XIX, en un país convulsionado por las vísperas de la independencia. El matrimonio con Moreno cambiaría su vida para siempre, pero a la adolescente le esperaba otro gran evento, la misteriosa muerte de su marido en altamar que pondría a debatir a varios historiadores hasta hoy.

Lupe, después del viaje comienza con el secretario de la Primera Junta ya embarcado mientras su mujer le envía, haciendo frente a las peores sospechas, algunas cartas que Mariano jamás podrá leer. Desde los días en que la esposa vive de incertidumbres, ignorando lo que todos los demás ya saben, se desarrolla una de las intrigas más ricas de nuestra historia, desde la perspectiva de una mujer que pregunta, mientras quienes gobiernan comienzan a darle la espalda a la familia Moreno para siempre. 

Pocos historiadores prestaron la atención que la autora ha prestado a estas cartas, reveladoras no sólo de una relación amorosa a la que los resquicios de luz de la casa permiten contar (o funestamente callar) sino de pequeños indicios imprescindibles para entender parte de la Historia desde el corazón mismo de la feminidad. La adolescente sale del trance y la convulsión nacional no sólo sin un marido ni una patria, sino con una fortaleza inquebrantable ante los embates de quienes la rodean.

Lupe, después del viaje es una novela histórica con todos los aditivos, se nutre de un pequeño puñado de escenarios y personajes que en cada intervención abren el abanico de lo que está sucediendo en todas partes, desde Londres hasta el Alto Perú. A través de María Guadalupe Cuenca de Moreno, Silvia Miguens visibiliza la vida de las mujeres de nuestra Historia, que aunque no tuvieron papeles protagónicos, le dieron forma, la acompañaron, la soportaron o fueron sus víctimas.

La casa poblada de mujeres

 

Para La Voz del Interior

Una niña, escondida en un armario, descubre a dos cuerpos entrelazados por el amor, la agitación y los olores del sexo. Así abre la historia que transcurre en la casa-barco de Pablo Neruda en Isla Negra. Fue a comienzos de los años cincuenta, el chileno planeaba levantar allí una residencia para “jóvenes poetas de todo el mundo” que “pasarían unos meses escribiendo junto al mar”.

 La famosa casa, hoy museo, sirve de albergue no sólo para Delia del Carril, esposa de Pablo, sino para Elisa y su madre Raquel, mucama del poeta. Elisa es quien narra, y de la mano de Delia, cruzará el umbral hacia la adolescencia fascinada por los movimientos de la casa, espiando a los adultos, cautivada por las luces y sombras de los objetos que Neruda colecciona, los olores del mar, los libros, las noches de estrellas y la gente que llega a la casa. Elisa construirá su identidad con esos retazos de realidad que le son dados, que la moldean y le revelan un secreto fundamental.

  Los objetos, personajes, lugares y escenas que se encuentran en los márgenes de la novela son los afluentes de la trama y conflicto central al cual no se puede referir sin hacer spoiler. La carne que rodea al hueso, el agua que empuja la espuma del mar donde se sitúa la mayor parte de la historia contiene a los personajes reales, excepto algunos secundarios y algún detalle, que fueron parte de esta época fundamental de la literatura. Pablo será un fantasma apareciendo aquí y allá, de manera brutal a veces, infantil otras. No faltan las referencias históricas, las visitas a la casa de Victoria Ocampo en Buenos Aires, los viajes a París.   

  María Fasce, argentina radicada en Madrid, homenajea a las mujeres que habitaron ese reducto arquitectónico único y al genio que lo hizo posible de la misma forma que hacía posible la poesía. La mujer de Isla Negra se parece mucho a traducir o quizá traslucir la poesía de Neruda en prosa. La luz que entra por las ventanas de esta novela es encantadora.