Una prosa irremplazable

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   Una recompensa espera a quien logre adaptarse al sincopado ritmo de Laberinto: la de haber leído una de las mejores novelas escritas en Córdoba en los últimos años. El lector no la tendrá fácil al comienzo. La desmesura de aliteración, rima, hipérbaton y los neuróticos golpeteos en el parlamento pueden colmar la paciencia de cualquiera; pero una vez aprendidos ciertos patrones lingüísticos en las primeras páginas, la novela no deja de sorprendernos en cada capítulo.

   Florencio es un treintañero bibliotecario con un trastorno del espectro autista. Vive solo y sin amigos, desconfía de la historia familiar y cree que es hijo adoptivo porque su altura no coincide con lo que la genética dice, según lo que se conoce como talla Diana. Sus hermanos se burlan de él y su padre le inventa un síndrome llamado “del Laberinto” y asegura que los demás defectos personales se deben a un gen recesivo.

   Con un entendimiento literal de la realidad, problemas para socializar, obsesiones, rituales y un lenguaje cargado de florituras y simetrías, Florencio irá en busca de su identidad. Su hoja de ruta será el buscador de Google. Allí encontrará no sólo los datos que necesita para su investigación, sino la traducción entre nuestro mundo sin Asperger y el suyo. “Soy Florencio y dudo de que ustedes sean mis padres porque son lindos y yo feo”, dice luego de pasar la noche googleando.

   Augusto Porporato (foto) fue finalista del Premio Planeta y del Emecé en 2005 y en 2007, respectivamente, con su novela Punto de fuga, una biografía sobre la vida del genial Paganini. Esta, su cuarta novela, despliega una, en apariencia, pasiva historia ligada al pasado político del país de un personaje inolvidable.

Es una tragicomedia con escenas desopilantes y paranoicas, recuerda a El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon, o a la trilogía de Simsion, protagonizada por el también inolvidable Don Tillman, novelas que indagan sobre la vida de personas con autismo.

   Laberinto es otra de las historias que nos ponen en la vereda de los neurotípicos, que nos llevan al hueso de la condición humana, algo que muchos autores desdeñan por no poder abordar. Porporato la tiende sobre la mesa de disección con la cadencia de quien parece no poder escapar de un extenso hip hop. Las combinaciones entre personaje, tono y trama generan un humor sórdido que multiplica el disfrute.

  El autor cordobés ideó un desafío literario que parece imposible en los planes y, sin embargo, se mueve. ¡Y cómo! Al grado de que su prosa no podría ser reemplazada por ninguna otra para contar esta historia.

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Que parezca un accidente.

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  Es 1960. Albert Camus viaja en el asiento del acompañante de un Facel Vega por la ancha y tranquila recta de una carretera parisina. Su amigo y editor Michel Gallimard va al volante, atrás viaja su esposa Janine, su hija Anne, y el perro de la familia. Nadie sabrá nunca por qué Gallimard perdió el control del volante. Después de varios derrapes y de rebotar en los plátanos de la banquina, el Vega se incrusta contra el que finalmente lo detuvo. Las mujeres no sufrieron mayores daños, el piloto murió días después en un hospital. El Premio Nobel de Literatura, con el cráneo partido y el cuello roto, murió al instante. Al perro no lo encontraron jamás. Según las autoridades, el accidente de debió al exceso de velocidad que pudo reventar una de las gomas o romper el eje. Hace unos años, comenzaron a circular las versiones sobre un supuesto sabotaje ejecutado por la KGB.

  Giovanni Catelli, poeta y escritor especializado en estudios sobre Europa del Este, se ocupó de investigar estas versiones y da cuenta de ellas en Camus debe morir, donde a lo largo de breves capítulos plagados de expresiones como “opípara cena” o “interpérrita persona” trata de justificar versiones no del todo concluyentes aunque bastantes probables sobre lo que podría haber ocurrido. Catelli se apoya básicamente en el diario secreto de Jan Zábrana, un poeta y traductor checo, disidente del régimen soviético qué afirmó tener información directa de un arrepentido del sabotaje; y en Herbert Lottman, quien escribió la que quizá sea la mejor y más documentada biografía del autor francés.

  Camus fue muy activo políticamente durante la Guerra Fría, y quizá no le perdonaron los venenosos dardos arrojados contra la invasión soviética a Hungría un año antes de que se le otorgara el Premio Nóbel, en 1956. En el discurso de premiación pidió que se le otorgara el próximo al ruso Boris Pasternak, autor de Doctor Shivago, perseguido por el régimen, quien lo recibiera dos años después y se profundizaba en varios países de Europa la ola de asesinatos a intelectuales anti soviéticos. El autor de El Extranjero era uno.

  Camus debe morir vio la luz por primera vez en 2013, conmemorando el centenario del nacimiento del autor francés, y se tradujo al español el año pasado, con apéndices de nuevas versiones agregadas. Lejos de tratarse de un libro de investigación o documentación novedosa, se conforma con extensas loas al compromiso político de Camus y se regodea en intrigas de espías donde cualquier cosa podía ser posible y por eso, quizá, es posible que Camus haya sido asesinado. Las evidencias no están en este libro.

Pinceladas reunidas

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  El artista italiano Alessandro Kokocinski pidió a un amigo algún cuento de María Kodama para inspirarlo a pintar y sacarlo de la depresión. Antes de morir se refirió a esa experiencia como trascendental y expresó sus deseos de que Kodama publique un volumen de cuentos propios, los cuales creía fundamentales. La mujer de Borges no había editado jamás esos textos porque su marido y el poeta Girri querían escribir el prólogo, lo cual la perturbaba. Relatos es ese libro que Kodama nunca quiso sacar a la luz. Una bella edición de cuatro cuentos acompañados por 26 dibujos ocres del pintor, escultor y escenógrafo nacido en 1948 en el campo de refugiados de Porto Recanati.

   Los relatos abordan temas como el remordimiento, la redención, la pérdida de la inocencia, el desquicio inevitable de ciertas personas y la precariedad de la vida. Entre los personajes, creados con pinceladas niponas, se encuentran un samurái frente a la traición (en diálogo con ella sobre las variables del deseo); un legendario guerrero agonizante que analiza su pasado; una niña enferma camino al Edén y un paleontólogo al borde de lo fantástico que tanto persiguió.

   El cliché de que María Kodama mantuvo una voz y estilo propio es necesario para despejar cualquier expectativa que se suele tener por las mujeres de ciertos gigantes de las letras, como ocurrió también este año con la edición de Libro de Bernarda, compañera de Cortázar. Se usó muchas veces el significado del apellido Kodama (Eco) para denostar a quien fue y quiere seguir siendo sombra de Borges, el genio que pasó sus últimos años a tientas en las sombras literales. Quizá Kodama haya sido la más luminosas de todas ellas; al fin y al cabo es la famosa mujer que a Jorge Luis le dolía en todo el cuerpo.

  Esta edición abre el deseo de que los textos de Kodama sean también ecos y sombras de los de su marido; pero no ocurre, y es evidente que no es el objetivo de la autora. Sus relatos apenas corregidos, al contrario de los de Borges, cultivan una soltura que evidencia el placer por el hecho minimalista de escribir como delineando ideogramas de oriente, simples, pero densamente poblados de significado. La de Kodama es una prosa de hilos que entretejen con levedad una trama tradicional, clásica; son pinceladas artesanales a la que no se debe manosear mundanamente porque pertenecen a la naturaleza.

   María conoció a Borges a los 12 años y fue su alumna desde los 16. Se casaron pocos meses antes de la muerte del escritor. Algunos otros cuentos de Kodama aparecieron en distintas publicaciones en décadas pasadas sin llamar demasiado la atención. Este es el primer volumen que recoge parte de su obra.

Lo menos malo

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En occidente los totalitarismos nacionalistas y fascistas fueron desarticulados a finales del siglo pasado al igual que los regímenes autoritarios militares en América Latina. Hoy casi todos los jefes se proclaman democráticos. La democracia es una necesidad ciudadana pero también una condición de mercado muchas veces impuesta en pos de un mejor comercio, o al menos, uno más redituable para las grandes potencias; más allá de que la industria armamentística necesite, cada tanto, algún tirano para equilibrar los números o muchas democracias sean impuestas para el saqueo.

En El Líder y La Masa, la génesis de la democracia recitativa, Emilio Gentile repasa la historia de esta forma de gobierno desde sus comienzos en Grecia hasta los actuales modelos globales, dando cuenta de sus complejidades, su crecimiento y transformación a lo largo de los siglos y su permanencia en una sola idea: el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, como la definiera Lincoln. Gentile es profesor emérito de la Universidad La Sapienza, de Roma. Es uno de los mayores historiadores de Italia y reconocido experto en el fascismo. En 2003 recibió el Premio de la Universidad de Sigrist Hans Bern por sus estudios sobre la religión en la política.

El libro comienza su travesía histórica en la actualidad, donde más de medio siglo después se da la singular coincidencia de que en las dos primeras democracias de occidente llegaron a la cumbre del poder un viejo y un joven: Trump en Estados Unidos y Macrón en Francia, ambos de la mano del populismo, la estrategia más efectiva para ganar elecciones. Trump mezclando nacionalismo y demagogia con extremismo ideológico y Macrón a pesar su público antipopulismo.

Valiéndose de los avances en conocimientos neurológicos y de comportamiento, hoy, al igual que en aquella campaña a presidente entre Nixon y Kennedy (que inaugurara los debates televisivos de candidatos) los consultores y coaching de los mandatarios “compiten para ofrecer a los electores exactamente aquello que estos desean, aunque sea imposible de conseguir y hasta absurdo [pobreza cero] sin pedirles siquiera un mínimo de esfuerzo porque eso podría hacer perder las elecciones”. Es decir: se venden presidentes como se venden celulares.

La pregunta que Gentile se hace e intenta responder es si las actuales democracias están, efectivamente, alejadas de las antigua figuras de Rey, Dictador, Zar, Jefe o cualquier otro tipo de dirigente que encarne al pueblo no para representarlo, sino por su carisma; su imposición de la fuerza (hoy las urnas) u otros mecanismos que lo han llevado al poder por motivos que no sean sus capacidades de gestión. Y es que según muchos observadores, entre ellos Gentile, uno de los fenómenos más importantes del actual malestar de las democracias es la tendencia a la personalización de la política en la figura del jefe, que entabla una relación cada vez más cínica con la multitud gracias a los medios masivos de comunicación.

Días de oscuridad

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  La novela de Ricardo Romero trata de un vampiro argentino que trabaja de conserje y es adicto al Cloroformo y luego a la Heroína. Lleva un diario donde anota sus asesinatos, es decir, su alimentación. El diario registra entradas de tres momentos históricos del país: el bombardeo del 55, Malvinas y la represión del 19 y 20 de Diciembre de 2001. ¿Pero qué son los hechos históricos para un vampiro? Nada. Lo importante es poner a prueba su resistencia a la luz solar, explorar la arquitectura bonaerense en busca de “algo” que se parezca al hábitat vampiresco y si es necesario, pasar una noche en silencio bajo la cama de unos amantes para aprender sobre las relaciones humanas según lo que oye.

  El autor nacido en Paraná en 1976 había sorprendido con sus anteriores novelas Perros de la lluvia, la cual transcurre en su ciudad, agrietada por los viejos túneles subterráneos que ceden al diluvio y la soledad;  e Historia de Roque Rey, en donde un niño se pone metafórica y literalmente en los zapatos de otro. Romero hace de la anécdota y la tragicomedia materia prima para consideraciones acerca de temas en apariencia triviales pero que parecen esconder sentidos trascendentales o guardar celosamente secretos impronunciables aunque no se presenten con mucha claridad. Trabaja como un cineasta, montando las escenas. El encuadre, los colores, las luces y sombras hablan a veces mucho más que sus personajes.

  En El conserje y la eternidad usa a un vampiro, que a diferencia de los ascendentes dandys transilvanos, reflexiona acerca de su naturaleza como si se tratara de una enfermedad crónica bajo el peso de dos condiciones devastadores que quizá sean una sola: la eternidad y la soledad.

  ¿Sobre qué puede escribir alguien que es inmortal y que estará solo para siempre? Sobre una mosca atrapada en un vaso, por ejemplo, o sobre cómo le pinta las uñas de los pies a una mujer mientras la devora. Este vampiro es un pobre diablo. Se ha obsesionado sobre el hecho de escribir, la pulsión irrefrenable de contar, y sobre sí mismos: “Soy, otra vez, la máscara que usa la melancolía para no dispersarse en la tarde”.  

  Romero, al no conceder lugar a los cliché del terror de vampiros, está señalando hacia otro lugar. El protagonista es ajeno a lo que ocurre en la patria convulsionada, más allá de que su propia inmortalidad le reste sentido a cualquier cosa que ocurra. Es un hombre gris, sin aspiraciones, sin interés social, del que nadie puede jamás sospechar nada porque apenas es una sombra en la vida de quienes lo conocen. Encarna este vampiro a un inconsciente colectivo poco visible: los apáticos mediocre que en algunos momentos de su lánguida vida, son capaces de una bonita frase para sí mismos.

Reconstruir la tormenta

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   Agosto de 1944. Ciudad Vieja, Varsovia. Una multitud festeja la captura de lo que parece un tanque nazi. Algunos, sobre el techo del artefacto rodante, saludan felices a la caravana que los acompaña. Detienen el vehículo a las puertas de un edificio, más gente se suma a los vítores, bailan, se besan los soldados del AK con sus enfermeras.

   Nadie advierte que aquello es sólo una caja de metal con ruedas. Una trampa. Cuando explota, pulveriza a quienes están cerca, destruye hasta el primer piso, mata y hiere a varios metros, sobre todo a soldados, pero también a mujeres y niños en las calles, decenas. Los sobrevivientes describieron el instante después de la explosión como una lluvia roja y viscosa. Algunos cuerpos nunca se encontraron.

   Esta escena da comienzo a Chicos de Varsovia, una crónica, biografía familiar y documental de guerra de Ana Wajszczuk (Buenos Aires 1975), quien a medida que narra el viaje con su padre por la Polonia actual repleta de museos y de edificaciones modernas, reconstruye uno de los eventos más importantes e injustamente subvalorados de la Segunda Guerra Mundial: el levantamiento de Varsovia.

   Sobre esta rebelión se escribió mucho pero se tradujo muy poco. En español es difícil encontrar lo que en otros idiomas se sigue debatiendo: los intelectuales polacos y judíos acusan de antisemitas y colaboradores a los polacos católicos; estos se victimizan acusando a los judíos polacos de colaboradores soviéticos. Wajszczuk no se detiene a polemizar; su intención es conocer y contar, en el sentido trascendental del término.
Cerca de 150 sobrevivientes entre aquellos jóvenes insurgentes -instruidos en la clandestinidad, organizados en secreto y casi sin armas- llegaron a la Argentina a fines de los años 1940 con reputación de héroes; entre ellos, la familia de Wajszczuk, la rama paterna de la autora.

   Como siempre, Argentina figura como uno de los mapas finales de la guerra, y para rastrear los pasos hasta nuestro territorio hay que cruzar un océano, el silencio de las víctimas y la integridad de los sobrevivientes. Y claro, el horror.

   En algunos pasajes, la voz que narra apenas si puede sostenerse, jadea, y Wajszczuk debe continuar narrando en versos, contando por ejemplo, que a los que no morían asesinados, los encerraban en el mercado de Zieleniak. 20 mil personas sin comida, agua, electricidad ni abrigo. Los saqueos, las violaciones, los incendios y la inmundicia eran tan atroces, que asquearon hasta a los soldados nazis.

   Chicos de Varsovia se suma a la escasa bibliografía local sobre la insurgencia Polaca mostrando cómo era la ciudad y qué ocurrió poco antes de ser arrasada hasta los cimientos en la campaña más destructiva de toda la Segunda Guerra, donde las pérdidas superaron a la destrucción de Hiroshima y Nagasaki juntas.

Jugar en la tormenta

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¿Qué haces cuando tienes ocho años y tus padres pelean? Drogarte con los frutos de un extraño árbol, entablar una amistad con la vaca que acabas de alucinar y contaminar la salsa esperando que en la cena el efecto hilarante devuelva el amor a papá y mamá.

  Así arranca El árbol y la vaca, una novela corta y preciosa que tiñe de extraños colores las piezas que suelen configurar la vida normal de cualquier familia occidental. Los padres de Adamo, el narrador, van rumbo a un divorcio de lo más patético. La madre es una neurótica insoportable y papá un hombre gris con un brazo impedido que sueña con escribir la Historia de la Ornitología. El árbol venenoso al que Adamo trepa para refugiarse es un Tejo anciano en medio de la plaza. En lo alto Adamo avizora la pubertad como una isla lejana e inalcanzable. Pero todo llega en la vida. Y no sólo llega, también pasa. Una vez adulto, el niño hace su balance y, por fin, cuenta la historia del mítico árbol, la vaca y todo lo demás.

  El autor de esta y otras historias en apariencia sencillas es Adrián Bravi, tiene 54 años y nació en Buenos Aires, aunque vive en Recanati, Italia, donde trabaja como bibliotecario desde hace 30. En 1999 publicó su primera novela, escrita en español, y en 2004 hizo su debut escribiendo en italiano, con Restituiscimi il cappotto; a las que siguieron La pelusa (2007), Sud 1982 (2008) y Il riporto (2011), entre otras. En la mayoría de ellas los temas son tópicos de la literatura contemporánea narrados con naturalidad y expuestos a un aire que los desdibuja con lentitud, los lleva a una bella deformidad para volver a su elemento como si nada hubiera pasado. Para ello utiliza el humor y la pasión enciclopédica que suele guiar los conocimientos más duros requeridos por los sujetos de enunciación para no perder un solo detalle de lo que se cuece en la historia. En este caso, El árbol y la vaca cuenta con numerosas entradas sobre lo que se sabe, se dijo y se fabuló sobre el Tejo, un árbol de cierta toxicidad vinculado a la muerte, pero también al paso hacia la inmortalidad, a atrapar demonios y a envenenar con sus arillos, que ha sido motivo de versificación desde la antigüedad hasta el presente

  No es un árbol para jugar, pero parece que en la vida de Adamo, no hay otros espacios para hacerlo. En medio de un matrimonio que se ha convertido en una temible e incontrolable tormenta, dedicarse a jugar puede ser tóxico; pero también imprescindible para resguardar la privacidad infantil y permitir la transformación, aunque se salga maltrecho.