Los necesito /2

Amigos que me asistieron en este work in progress hace algunos días: luego de aplicar las recomendaciones que ustedes me hicieron, pego abajo una primer revisión, a ver qué les parece. ¡Gracias!

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  La última vez que sus pies se hundieron en el césped del patio, tenía empleo y esposa. Directo desde la cama, sin vestirse ni pasar por el water, no siente que sea exactamente él el que está allí. Empleo y esposa; y una perra: Belkis. Hace años, Julio, Belkis y Carolina eran una sola entidad cuando jugaban, por la tarde, en ese mismo patio donde ahora la circunferencia del sol se completa sobre el muro. Extraña a la perra, no a Carolina. Eso debe tenerlo en claro. Es Domingo de fuego en Rosarito, invadida por las enormes antenas de alta tensión que la afean tanto.

  Anoche, como cada Sábado, los güeritos dejaron el reguero de basura por toda la calle. Ninguno tiene edad para saber que han cruzado a otro país. Creen que México  es el estado más divertido de América. La compañía de limpia del Ayuntamiento envió al personal de las playas a juntar la mugre de este lado. Un gordo que apenas si puede mover la bolsa donde debe colocar las latas de cerveza, entra y sale del cuadro que Julio descubre en la ventana mientras enciende un cigarro y termina de abrocharse la camisa. Se nota que el gordo es un voluntario, que tuvieron que recurrir a gente como él o quizá a presidiarios porque seguramente la mayoría del personal de la compañía se quedó limpiando la sobrepoblación de medusas en la costa. Ahora Julio cierra la persiana y alcanza a ver al gordo agacharse con dificultad, levantar una lata y botarla dentro de la bolsa.

  Julio cierra la puerta y proyecta en su mente el cruce por el Mojave. Enciende el Tsuru, baja a la calle y lo deja allí rumiando mientras cierra el garaje. Luego se sube y acelera. A las pocas calles gira por Troncoso Miranda, donde está el templo Bethel que siempre lo intrigó. Un día va a entrar, lo presiente, es una de esas sensaciones que lo empujan, como ahora, a una experiencia sin sentido, como este largo viaje por una perra.

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Los necesito

Amigos, los quiero. Pero además, los necesito. Estoy editando un relato y necesito sus opiniones y/o comentarios. Pego abajo el comienzo. Gracias.

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   La última vez que sus pies descalzos se hundieron en el césped del patio, tenía empleo y esposa. Julio todavía siente el sabor del queso untable contra el paladar y la textura láctea en la lengua. Fue todo lo que cenó anoche. Se duchó y se acostó sin llevar nada a la cama para leer, tampoco miró televisión; sí al techo, un rato antes de dormirse. No estaba triste.

  El naranja del amanecer muerde el muro del patio que da a la calle sur. Mira sus pies como si fueran ajenos, no son los mismo que lo trajeron recién directo desde la cama, sin vestirse ni pasar por el water. Empleo y esposa; y una perra llamada Belkis que ladraba largas horas y no dejaba dormir a nadie. Julio propuso a su mujer llevar al animal al veterinario para operarle las cuerdas vocales. Una intervención simple y barata, indolora. Carolina lo miró con desprecio, advirtiendo recién entonces al tipo de hombre con el que se había casado, capaz de mutilar a una inocente perrita. Esa tarde ella levantó a Belkis en sus brazos y, como cuando la trajo inflada de parásitos rogando a Julio que se la quedaran; se largó a llorar como una niña ante un padre cruel. El llanto de Carolina revelaba su postadolescencia recién florecida en los pómulos.

  Julio, Belkis y Carolina eran una sola entidad cuando jugaban, por la tarde, en ese mismo patio. No había llantos. Él escribió una columna en el periódico con la idea surgida de esos eventos: la vida detenida en un patio por la felicidad familiar. Casi nadie entendió el concepto y Julio se desanimó un poco hasta que en Facebook lo ayudó un colega vinculando el artículo de Julio con citas a los patios borgeanos.

 La circunferencia del sol se completa sobre el muro. Extraña a esa perra y le parece un sentimiento digno de atender por unos segundos más. Es a su perra a quien extraña y no a Carolina. Eso debe tenerlo en claro. Es un Domingo plano en Rosarito como siempre lo evidencian sus avenidas de árboles de copas insuficientes, el sol bíblico que lo calcina todo, y las enormes antenas de alta tensión como gigantes absurdos invadiendo impunes la ciudad, cruzando inclusive la zona del Centro Cívico. Anoche, como cada Sábado, los malcriados güeritos dejaron el acostumbrado reguero de basura por toda la calle. Los oyó mientras terminaba el queso. Cruzan con el dinero y los carros de papá a drogarse y a hacer lo que en San Diego no pueden. No muy diferente a la tradición de la antigua Ley Seca que traía gente del norte hacia Ensenada y Rosarito. Ninguno tiene edad para saber que han cruzado a otro país, cuando dicen “México” creen que se trata del estado más divertido de América. La compañía de limpia del Ayuntamiento ha enviado al personal de las playas a juntar la mugre de los adolescentes. Un gordo que apenas si puede mover la bolsa donde debe colocar las latas de cerveza, entra y sale del cuadro que Julio ve por la ventana mientras enciende un cigarro y termina de abrocharse la camisa. Se nota que el gordo es un voluntario, que tuvieron que recurrir a ellos o quizá a presidiarios porque parte de la compañía se quedó limpiando la sobre población de medusas en la costa. Ahora Julio cierra la persiana y alcanza a ver al gordo agacharse con dificultad, levantar una lata, y botarla dentro de la bolsa. Julio se pregunta por qué no usa un pincho para hacerlo.  

  Extrañar a la perra… sí… viajar a verla, o mejor dicho, a verlas, porque supone que Carolina todavía tiene a Belkis, es un reto a su integridad. Y si ni su trabajo, ni su vida, ni su soledad tienen sentido, porque tendría que tenerlo viajar a Tucson. Ahora cierra la puerta y proyecta en su mente el largo cruce por el Mojave. ¡Cuánto necesita meterse en él por un rato! La “belleza americana” no es ya una adolescente de boca madura y caderas de caja musical que fue su esposa, sino una parte seca del país más odiado del mundo, un manchón ocre recostado inmenso, mostrando sus rigurosas curvas a los limpios cielos del sur. Le encanta el desierto desde que era un niño mirando El Correcaminos o las historias de Speedy González. Y a los lagartos cornudos los ama, no puede pasar mucho tiempo sin tocar uno, al sol, verles la cabeza mirando al horizonte dorado.

  En la garaje enciende el viejo Tsuru y lo baja a la calle, lo deja allí rumiando mientras cierra el garaje. Luego se sube y sale. A las pocas calles gira por Troncoso Miranda, donde está el templo Bethel que siempre lo intrigó. Un día va a entrar, lo presiente, es una de esas sensaciones que lo empujan, como ahora, a una experiencia sin sentido, como este larguísimo viaje. Siempre tiene esos impulsos a los que llama “sensaciones”. Son extremas y se desmoronan fácilmente con otra que no tarda en llegar y contradice a la primera. Por eso termina enredado o perdido cuando la contra sensación no llega.

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