Fiebre al amanecer

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  No importa cuántas novelas, testimonios, historias de familia o escapes increíbles transcurridos durante la Segunda Guerra, o la inmediata posguerra, hayamos leído; no importa la mediocridad estilística al narrar, nos bancamos las cursilerias, los golpes bajos, lo que sea, muchas veces, sin darnos cuenta. Estamos concentrados en el devenir. Los argumentos que tienen como tema, aunque sea secundario, a la Segunda Guerra Mundial, pagan casi siempre. Fiebre al amanecer, del cineasta húngaro Péter Gardón, quien también llevó la novela a la pantalla grande, no puede evitar ser una más de estas historias.

  Una vez liberada Europa de las tropas Nazis, el joven Miklós, un sobreviviente húngaro al que le quedan pocas semanas de vida, llega a un campamento sueco para enfermos. Con los pulmones llenos de líquido y a pesar de un tratamiento que le prohibirá la mayoría de sus deseos, decide encontrar esposa. Para esto recurre a un sistema de fuerza bruta: escribe y envía la misma carta a ciento diecisiete jóvenes convalecientes en distintos hospitales de campaña. Lili responde, es la que más le gusta y será la elegida para esta odisea de amor al borde de la muerte, vacilante entre la miseria, la locura y la incertidumbre, soportando el tedio de una relación epistolar que llevará meses, transgrediendo las normas para poder provocar un encuentro, acompañando una asombrosa recuperación por parte de Miklós. Mientras, se reconstruyen las identidades después de lo que fue el Holocausto, como la lluvia que borra los rastros de los perros y los obliga a olerse los unos a otros para reconocer su estirpe y reencontrarse. Construir una familia parece más apremiante que reunir los pedazos de la que se era parte.

  Las cartas citadas directamente en la novela son reales, los padres del autor se las enviaron entre 1945 y 1946 para luego de casarse esconder tras un mueble envueltas en un manojo de seda durante cincuenta años, lejos del alcance de cualquier otra persona. Gárdos no supo de ellas hasta la muerte de su padre en 1998, cuando su madre se las entregó casi sin darle importancia. Una vez situado imaginariamente en la “Suecia neblinosa y helada, allá arriba del mapa, casi en el polo norte”, según la descripción del autor, comienzan a llenarse los agujeros de la trama. El resultado es una narrativa despojada que dota de cuerpo a una genealogía abstracta a la cual el autor había idealizado.

  Fiebre de amanecer fue bestseller y traducido a treinta idiomas. Es un hermoso testimonio de cómo el amor brota en los pequeños pliegues y resquicios del horror, en este caso, mientras la Historia se escribía, o como quiso Fukuyama, ponía punto final.