La colosal fuerza de uno solo

Diego Fonseca, periodista argentino radicado en Washington y editor asociado de la revista de crónicas “Etiqueta negra”, publicó “Stiglitz detiene el tiempo”, un perfil magnífico y provocador del polémico Nobel de Economía 2001. El libro llegó en poco tiempo a los topes de venta digital, incluso en las listas anglosajonas. Un caso excéntrico.

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Para Diario Perfil (Buenos Aires) 

  La relación entre la economía y el tiempo es crítica: obtener ventaja en el menor tiempo posible, conservarla maximizando el beneficio y hacerla sostenible. Una ecuación compleja que corre contra el segundero. Por eso el comienzo de Joseph Stiglitz detiene el tiempo (e-Cicero 2013) es tan efectivo: “¿Podemos confiar el futuro de la economía del mundo a un hombre que llega tarde a todas partes?”

      Una helada mañana de marzo de 2011, Joseph Stiglizt (Premio Nobel de Economía  2001) detuvo el ascensor en la planta baja del Uris Hall de Columbia University. Venía de su casa con una parte de la camisa afuera, y llegó tarde. Allí lo esperaba el periodista argentino radicado en Washinton Diego Fonseca. “Fui ya decidido a reunir datos, escenas —cuenta el autor a PERFIL—. Reunirte con un Nobel es, de por sí, un evento extraordinario del que debés tomar nota. La primera reunión implicó una espera de seis meses entre que fue el pedido y Stiglitz encontró lugar en su agenda. Luego de verlo la segunda vez, entendí que se trataba de un tipo capaz de recordar toneladas de bytes de información pero olvidar la hora de su reloj. Por supuesto, mientras creí que Stiglitz tenía esa marca distinguida (vivir con hora propia), produje todo el research sobre su vida, y allí descubrí que podría no vivir con hora propia en la muñeca pero vivía con hora propia con todo el cuerpo: llegar tarde era algo normal en él”. Esa relación entre el tiempo y las decisiones sobre temas macro, en la que el cronista hizo foco, se presenta en el libro como una compleja paradoja. El Nobel lo maneja bien. Se entretiene con el tiempo y aquello que le interesa, donde es capaz de ser escuchado. Llega a tiempo a lo que es crítico, y el valor de lo que es crítico es algo que sólo conoce él.      

  Después de trabajar en el Banco Mundial y en el Fondo Monetario Internacional, de asesorar a países desarrollados y a grandes firmas, Stiglitz confrontó con sus políticas, fue despedido y despreciado en Washington y Wall Street. El Nobel compara al FMI con un “hospital donde los enfermos empeoran” y apareció de improviso en el parque El Retiro, de Madrid, para animar a los indignados con un altoparlante. “A Joe, como lo llaman en la familia, no lo quieren mucho quienes fueron sus empleadores en el Banco Mundial ni los pensadores neoliberales —explica Fonseca—. Tampoco tiene puertas ampliamente abiertas en Estados Unidos. El establishment demócrata respeta su inteligencia pero sus sugerencias no han tenido aplicación práctica. Mientras Obama tuvo a su lado a Tim Geithner, que viene del riñón financiero que Stiglitz quiere diseccionar, su discurso no llegó a la Casa Blanca. Pero todos lo escuchan, incluidos los conservadores británicos, el gobierno de China y los gobiernos nacionalistas de América Latina”.

 Fonseca muestra un Stiglitz desalineado, mirando al cielo, pensando mientras otros lo esperan. Su figura es un Némesis solitario del actual “orden mundial”. Si fuera un superhéroe su archienemigo sería El Hijo de Dios, Lloyd Blankfein Super JP Morgan Money, el economista que perdió miles de millones de dólares con créditos e inversiones malignas y convenció al gobierno de Estados Unidos de salvarlo con otros tantos miles de millones en fondos públicos. Para describir al héroe dentro de su ciudad gótica, el autor se sitúa en el Foro Económico Mundial de Davos, que, según describe,  reúne a los presidentes de las naciones poderosas, aspirantes y pretenciosas, al uno por ciento de los gatos gordos y a intelectuales de cartel francés. En ese foro, Stiglitz es una estrella a la que otros van a admirar, no alguien del público que se fija en los demás: es de los pocos que puede bajar esas montañas con tablas de mandamientos axiológicos sobre la economía global y ganar parroquia.  

  Para Diego Fonseca no existe en el mundo una nación que haya aplicado, de manual y en términos absolutos, la receta económica del neoliberalismo. Stiglitz cuestiona a los países centrales pero para competir con las grandes empresas globales de esos países los emergentes precisan corporaciones de peso similar. “Si hacen eso —advierte—, el riesgo de captura del Estado es elevado, por lo que, en plan de aplicar algunas medidas neokeynesianas, precisás de consensos y de construir hegemonías complejas, que pueden resultar contradictorias con el discurso de Stiglitz. Ha fracasado el último experimento neoconservador y ahora las naciones ensayan medidas de reparación, que casi por definición tienen al Estado en el centro. Por lo tanto, es el regreso del neokeynesianismo y este es el momento para las voces como las de Stiglitz ”. (2013)

 

 

 El libro  fue publicado en formato digital y alcanzó los topes de ventas en Amazon con una rapidez apabullante, trasladándose a España al poco tiempo. Fonseca (quién también editó hace poco Sam no es mi tío (Alfaguara), una antología de crónicas escritas por latinos viviendo allí) asume alguna suerte: “Hubo coincidencias importantes. A pocos días en que salió a la venta el libro y comenzamos la difusión con eCícero se dio la Cumbre de Davos. Las críticas de Stiglitz al estado del capitalismo, en especial su mirada del capitalismo financiero, fueron duras. Unos días antes, la prensa también tomaba las divergencias de mirada de Stiglitz y Krugman sobre la desigualdad económica. El contexto ayudó mucho al libro. Vivirlo lo vives normalmente. Si te llama la atención que el libro acabe de número dos en los Hot Releases de periodismo de Amazon, el único en español entre una marea de buenos textos en inglés, pero también aprendés a vivir con la circunstancia. Hay mucha fluctuación en las ventas, te acostumbras a eso”.

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Multiversal

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¿desde cuándo empezaron a importar
los solsticios?

es imposible volver e injusto recordar
ver es modificar
cerrar al niño en la cara

cansancio del pensamiento
de los abrazos
de los días y semanas
los placares

afuera el gran torso del invierno

adentro
los filamentos de la luz
indiferente caricia de la pantalla

queda de mí
una foto de perfil
un par de intentos
en botella rota

el mar virtual
interminable

debo existir para otra cosa aún no revelada
que también
se completa escribiendo

 

 

 

enciendo un cigarrillo de cara al patio
la artritis de los árboles en la niebla
asusta
mis dedos en las teclas
pisadas de hormiga
tiemblan

envejece el mundo en camisón
al dorso de la noche

 

 

 

me despierta en la madrugada
la nieve

tras cincuenta años
el pueblo absorto
aprende otra vez cada cosa del mundo
la lengua muda de lo que transcurre
en blanco

somos
el instante en que la planta decide
expresar la flor
soltar la fruta

las moléculas detenidas
el estado narrativo del agua
soplando las canaletas insomnes
los músculos de la noche
la fuerza que nos define

unidades de longitud
unidades de superficie
unidades de volumen
unidades de capacidad
unidades de peso
logaritmos
spin
temperaturas

procesos y nada más que eso lo juro

leves iteraciones desplazándose hacia el olvido

 

 

 

pálida
chata
virgen
la libreta abre las piernas

amante aburrida que ni se mueve

arrojo el fósforo encendido
la carne crocante del otoño
exhala

huelo los versos

letanía de barrio
un envenenamiento general
un desacelerar liviano
de electrones

a lo lejos
murmura una radio

sobrevivientes

(pertenecientes a Multiversal, Ciprés Ediciones, Córdoba, 2013)

Fábrica de promesas

Este mes se presentan dos antologías que reúnen a escritores jóvenes vinculados a córdoba. “Es lo que hay” y “10 bajistas” dan cuenta de la diversidad y vitalidad del cuento, retomado por la nueva generación como bandera de una literatura liberada de dogmas, con la década de 1990 como referencia ineludible. Son el resultado de la revolución industrial que no fue, y tienen el desafío de renovar la escena local: comenzaron por juntarse y ya empiezan a hacer el ruido de una máquina en funcionamiento.

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Las antologías “Es lo que hay” y “10 bajistas” ponen en foco la producción narrativa de una nueva generación de escritores cordobeses.

    De a muchos se hace más ruido. En un mismo mes la materia difusa de obras y autores que suele denominarse por comodidad periodística o por pertinencia geográfica “la literatura cordobesa” parece estallar en la definición de una nueva generación de autores que han sido convocados a formar parte de dos antologías. Dos proyectos que coinciden en su intención de partida: dar cuenta del escenario joven local. Lilia Lardone y Alejo Carbonell emprendieron sendas compilaciones sin saber que coincidirían, ni que sus antologías Es lo que hay y 10 bajistas serían presentadas el mismo mes –el 15 de abril 10 bajistas, el 23 Es lo que hay–.

   La versión cordobesa de la moda de antologías que inició La joven guardia en 2005 muestra a una generación de autores con estéticas disímiles y tradiciones divergentes, pero que coinciden en algunas instancias significativas: la mayoría se educó en la década menemista, no tiene en cuenta una tradición local, fue testigo de los cacerolazos y del 11/9, y participó en proyectos alternativos de edición. La mayoría, además, apuesta con desgano o entusiasmo a un ejercicio que, en los términos del mercado, no tiene futuro. Y les encanta.

Coincidencias.

   10 bajistas fue una propuesta de una editorial (el sello de la Universidad Nacional de Villa María, Eduvim) a un escritor, Alejo Carbonell. Es lo que hay nació al revés, como propuesta de Lilia Lardone al sello Babel. Los libros no sólo coinciden en su mes de publicación y presentación al público: seis de los autores participan de ambas antologías. Entre esos seis, quizás el caso más significativo sea el de Luciano Lamberti, un autor cuya producción literaria y trayectoria en el campo de las ediciones independientes lo vinculan estética o biográficamente con casi la totalidad de los autores de ambas antologías.

   El escritor de San Francisco publica dos cuentos de estética diferente en cada antología y ofrece un panorama de recursos y estrategias que bien podría definir a la generación en cuestión: paisajes locales, retorno a la infancia, prioridad de la primera persona, tono melancólico y brutal, una anécdota central que se ramifica en historias secundarias pero definitivas, un juego constante con la presunción de que algo terrible está a punto de suceder y nunca sucede –o sucede en otra dimensión, en otro relato–, prescindencia de todo sentimentalismo, finales abiertos, reflexiones en torno de las formas contemporáneas de la soledad. Y todo lo contrario.

   Otro punto en común entre los dos libros es la escasez de mujeres narradoras: en Es lo que hay, sólo participan dos (Maricel Palomeque y Cuqui), y en 10 bajistas, ninguna: ambos antólogos explican en sus prólogos que simplemente no hay mujeres narradoras en Córdoba. Las que escriben, se dedican a la poesía.

¿Clásicos? 

   Los argumentos de la nueva narrativa local, de acuerdo a estas antologías, nacen de noticias policiales, de anécdotas familiares o de recreación de relatos tradicionales. La experimentación formal está contenida (no podríamos hablar en ningún caso de algo parecido a la “aliteratura” de los ´60, por ejemplo, ni de experimentos dadaístas o surrealistas) en cierto retorno a una preocupación más bien clásica: contar una historia. La mayoría de los autores se preocupa por contar bien una historia, cuyos temas aparentemente adyacentes u ocultos terminan siendo centrales: “Simulamos nuestras cicatrices para que se noten más”, dice Sebastián Pons.

   Pons publica en Es lo que hay un cuento marechaliano sobre dos poetas cordobeses a la deriva en la ciudad de Córdoba, una suerte de adaptación del “viaje a la oscura ciudad de Cacodelfia” del Adán Buenosayres. El autor propone un panorama generacional signado por “el desencanto, la aniquilación de ideales, la trama inverosímil y profundamente sarcástica de la existencia durante esos años, y la inestabilidad de toda base en la que se pudiera construir o reconstruir lo real”.

   Marcelo Díaz participa en Es lo que hay con un cuento sobre la alienación de las relaciones personales, la soledad y la hiperestimulación de la sociedad de consumo. Dice que pertenece a “una generación que se encuentra en la fiebre y en la noche y que se traduce en una literatura del momento, del presente, que no tiene pretensiones de trascendencia bajo ninguna forma”. El varillense Pablo Giordano agrega: “Somos una generación sin sueños, que asistió al exterminio de los ideales y a la cosificación del arte en un ejercicio tan lánguido como cuando nuestras madres nos peinaban antes de ir a la escuela un día de viento”.

   Para completar el cuadro, el salteño Lucas Moreno –vive y saca fotos en Córdoba, e insistió en salir en la foto acompañado de su trípode– dice sobre las marcas generacionales: “no pienso en eventos históricos sino en tecnologías, formatos o materialidades: cine, televisión, Internet, chat, mp3, boliche, Speed con vodka. Estos aparatos de lo pasajero y de lo divertido están muy pegados a nosotros. Queda todo espectacularizado y somos hipersensibles al aburrimiento”.

¿Quién dijo Carver? 

   La mayoría de los nuevos autores no ha leído la obra de las generaciones cordobesas anteriores. Una pregunta sobre las relaciones entre la nueva y la “vieja” literatura deparó muchas más excusas y distancias respecto de los conceptos de nuevo y viejo que precisiones sobre lecturas.

   Javier Ramacciotti es uno de los que arriesgan incluso una negación de alguna tradición local relevante: “Somos huérfanos chocando con huérfanos mientras buscamos como podemos restos para construir una herencia, un acervo literario. Pero esta orfandad, que es nuestra pobreza, es también-creo- nuestra libertad”.

   Entonces, ¿qué leen? “A priori diría que existe como una especie de ‘mito’ de lecturas subyacentes y compartidas. Se ha señalado hasta el hartazgo la influencia del minimalismo norteamericano, de Carver en particular, a lo que yo, en lo personal, sumaría a los realistas italianos de la posguerra y a los regionalistas argentinos. Creo, efectivamente, que es algo que muchas veces (pero no siempre) se puede leer y que es una marca bastante particular de lo que se produce en Córdoba. O por lo menos, es una referencia que en Buenos Aires no existe” resume Falco.

Formas de localismo.

   Ahora bien, el paisaje, cierto uso del lenguaje coloquial y la recurrencia temática en el desencanto sí ligan a la mayoría de los cuentos a la posible “cordobesidad” a la que hacen referencia los subtítulos de las antologías. “Es impresionante la cantidad de cuentos que transcurren en pueblos del interior, con personajes que se comen las eses y trabajan en los silos de granos. Impresiona esa manía de referirse a la infancia, y al yo”, dice Pablo Giordano cuando piensa en los lugares compartidos de la narrativa local. Pablo Natale también destaca “una forma híper-hegemónica de hablar el pasado y de hacer desaparecer los futuros posibles”. Natale enfoca en cierta desesperanza común a todos los textos, y ciertamente el tono de ambos libros no deja de ser apocalíptico. Toda esperanza carece de sentido, y en esa dirección, el cuento de Hernán Tejerina en 10 bajistas es icónico: una vida que transcurre en un día, sin sobresaltos y sin ningún encanto, sin dejar rastro.

Ocupar un lugar. 

    “Creo que estas antologías pueden llegar a significar el puntapié inicial para muchos de nosotros –dice Javier Quintá–, convertirse en un aporte muy importante para la construcción de un espacio literario que hasta ahora se mantiene difuminado en los blogs y en varias pequeñas ediciones independientes, como la desaparecida editorial La Creciente o algunas revistas, como fue La Intemperie en su momento y hoy es Diccionario”.

   “Si existieran antologías así en todas las provincias –agrega Pablo Dema– sería más difícil, o más bochornoso aún, hacer libros como La joven guardia, que se presenta como una muestra de la nueva generación de autores argentinos cuando en realidad contiene textos de autores de tres provincias y con una desproporción notable: 18 son de Buenos Aires, 2 de Córdoba y 1 de Santa Fe”.

   Coinciden, se distancian, buscan la polémica o la esquivan. Algunos buscan la fama, otros sólo se quieren quitar el peso de un pasatiempo inevitable. Algunos quieren entender el pasado, otros quieren saber qué hacer sin un futuro. Los han etiquetado como lo nuevo, como la promesa. ¿Qué harán con ese peso, con esa etiqueta? Probablemente lo que hacen con todo lo demás: no darle importancia, a menos que sirva para escribir.

   En 1999, el escritor norteamericano David Foster Wallace publicó el maravilloso libro Entrevistas breves con hombres repulsivos. La referencia a ese libro no es gratuita: Foster Wallace es un autor central para la generación que comenzó a leer en la década de 1990, la generación que coincide al menos cronológicamente con casi todos los autores de 10 bajistas y Es lo que hay (Diego Fonseca es levemente más viejo, y sus lecturas de formación tuvieron lugar en la década anterior). Estas entrevistas breves sirvieron de apoyo a la confección de la nota principal, pero proponen muchas más instancias de aproximación al presente de la narrativa joven cordobesa que las que se pueden meter en dos páginas de un diario de papel. Por es las proponemos aquí, como un documento de primera mano para quienes se interesen, ahora o en un futuro lejano –si es que hay un futuro– en algunas de las voces más relevantes de la escena contemporánea. Las preguntas fueron las mismas, a todos los autores. Estas son las respuestas de quienes aceptaron el juego insuficiente de una entrevista repulsiva.

   En las dos antologías se hace mención, en los subtítulos, a una nueva narrativa cordobesa… específicamente, ¿qué distancias hay con alguna “vieja” narrativa de la provincia?

   No estoy seguro de poder hablar de “distancia” dentro de la literatura, pero existe una diferencia generacional muy marcada con respecto a la “vieja” literatura. A esta “nueva ola” compuesta por autores nacidos después del setenta (y que casi no leyó a la “vieja”) las editoriales comienzan a canonizar con desparpajo como supuesta promesa de las letras nacionales, no tanto en Córdoba, pero sí en Buenos Aires. Habrá que esperar algunas décadas para saber quienes sobreviven a semejante sticker pegado en innumerables blogs, revistas y antologías.

¿Qué marcas hacen de tu escritura una escritura “cordobesa”? 

El modo en que se expresan los personajes, los temas y el estilo, quizá. Que no son otra cosa que la realidad con la que nos criamos. Hay un coloquialismo galopante en las nuevas letras cordobesas. Para que pueda asegurarse que una literatura es de un lugar y no de otro, creo, tiene que ser intransferible; y ni así se ha podido vencer a la curiosidad cultural. Cada vez nos leen más en el exterior, y cada vez leemos más a alguien que escribe en un pueblito de Perú como si se tratase de Las Mojarras.

¿Hay lectores para tantos autores?

Los lectores de nuestra generación, son los escritores de nuestra generación, que también son editores y críticos. Ningún autor se animará a decirlo, pero en nuestros vanidosos corazones, lo consideramos el público soñado. Aunque algunos lo vaticinen para más adelante, la literatura hoy, es un hobbie. Logró reunirse con su idea ancestral de inutilidad, y por esa razón (paradójica), la considero fundamental.

¿Qué marcas generacionales dirías que te unen -estéticamente- a tus contemporáneos, a los otros autores de la antología?

Es impresionante la cantidad de cuentos que transcurren en pueblos del interior, con personajes que se comen las eses y trabajan en los silos de granos. Impresiona esa manía de referirse a la infancia, y al yo. Nacimos en plena dictadura y nuestra experiencia primera con la democracia fue inflacionaria, luego el vaciamiento menemista nos manchó de un nihilismo poco menos terminal que la inundación de Tinelli en todos los aspectos de la existencia. Vimos los muertos del 20 de diciembre y la caída de las torres como algo que ocurría dentro de un videojuego, y mientras pasábamos esas pantallas, teníamos que inventarnos una vida con todos esos pedazos de nada. Somos una generación sin sueños, que asistió al exterminio de los ideales y a la cosificación del arte en un ejercicio tan lánguido como cuando nuestras madres nos peinaban antes de ir a la escuela un día de viento. El mundo se convertía en un descomunal cementerio, pero apareció Internet y un lugar para nuestras tristes artesanías. Nos brindo un público. Entonces empezamos a hablar de cierta literatura de cierta generación; y nos creímos escritores.

Emanuel Rodriguez (La Voz del Interior, 2009)

Recomiendo:

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  De repente el colectivo que pasaba por un pueblito cordobés, deja de hacerlo. Todos sus habitantes verán cómo sus vidas se convierten en murmullos, suposiciones, asombro, miedos, y neurosis. A través de las pocas noticias que llegan por el diario, la radio y algunas confesiones del comisario, algunos vecinos irán develando la verdadera razón de las vías clausuradas y por qué el ómnibus pasa a gran velocidad sin parar a recoger a los pasajeros. El chisme será la primera fuente, en las veredas baldeadas antes del sol, en las peluquerías, en el único hotel-bar.

  El colectivo, de la cordobesa Eugenia Almeida (1972) es un excelente relato, narrado con precisión y costumbrismo hiperrealista, sobre el impacto del gobierno militar en un pequeño pueblo polvoriento, atado aún al provincianismo, los prejuicios y la idiosincrasia de personas condenadas a la chatura de toda pequeña población.

  Almeida es Licenciada en Comunicación Social. En 2005 ganó con esta novela el Premio Internacional de Novela “Dos Orillas” organizado por el Salón del libro Iberoamericano de Gijón (España); lo que le valió su publicación en ese país, Portugal, Francia, Grecia e Italia.

  Más allá de una trama interesante, simbólica y con ritmo vertiginoso (a pesar del escenario en que se desarrolla), Almeida escribe sin fisuras y con una riqueza envidiable. Sin abusar del color local, ni subrayar escenas y metáforas que hacen al leiv motiv de la novela, los capítulos avanzan con un par de flashback que se justifican para hacer patético el presente de los personajes que siempre esconden un pasado relativamente sórdido y las razones por las cuales algunos “nobles de ciudad”  deciden pasar sus vidas en un pequeño paraje.

  No es una novela sobre la dictadura, ni un retrato de época y geografía; es casi un thriller, una historia contada con excelencia, una novela fascinante que se nutre de esos tópicos con el puro fin de narrar, y hacerlo muy bien.

Como platos sobre el agua

De cómo un error periodístico y un grupo de creyentes crearon a los platos voladores.

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  1947, nace el Fondo Monetario Internacional, su constitución prevé un alto nivel de empleo mundial y reducción de la pobreza. India y Pakistán se independizan del Reino Unido. Estonia, Letonia y Lituania son incorporadas a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Japón se transforma en una monarquía constitucional y se presenta Polaroid Land, la primera cámara de fotos instantáneas.

  El 24 de Junio de ese año, fue un día espléndido para volar sobre Oregon. Desde la avioneta el horizonte era una línea azul etérea curvandose sobre las montañas Cascade. Kenneth Arnold, un vendedor de equipos de extinción de incendios ve algo en el cielo en pleno vuelo cerca del monte Rainier. Objetos erráticos —contaría después al periodista Bill Bequette, redactor del The East Oregonian—, eran nueve, tenían forma de bumerang, se desplazaban como piedras cuando rebotan sobre una superficie líquida, como platos lanzados sobre el agua”.  

  Pero Bequette confundió el movimiento de los objetos con su forma.  Cuando la noticia fue difundida por las agencias United Press y Associated Press, ya estaba mal redactada. Los objetos se describieron como “platillos voladores”, no como objetos que volaban como platos sobre el agua. Meses después, todo el país juraba haber visto platillos volando en su ciudad y no tardó en afirmarse que se trataban de naves interplanetarias. A la gente le encantaba el tema, hacía tiempo que las publicaciones de ciencia ficción venían creando el campo propicio para disparar la creencia. No pasó mucho tiempo hasta que aparecieran los primeros testimonios de contacto extraterrestre y se globalizara.

  En 1950, el célebre locutor Edward R. Murrow entrevistó para la CBS a Arnold, quien recordó: «Dijeron que yo había dicho que eran “como platillos”, cuando lo que yo dije fue que “volaban al estilo de un platillo en el agua”» Décadas más tarde, Arnold bromeó:  “Muy probablemente, todas las razas alienígenas y extraterrestres que han visitado la Tierra han tenido que rediseñar sus naves para adaptarse al error de un periodista de un diario local de Estados Unidos del año 47”.

  8 de julio de 1947. Parte de un globo del proyecto Mogul, un programa secreto para la detección de la onda expansiva generada por explosiones nucleares soviéticas, cae en un pueblo perdido de Nuevo México. El Ejército Estadounidense lo recupera, llevándolo al Aeródromo Militar de Roswell. La base era entonces el hogar del Grupo de Bombarderos 509 de la Octava Fuerza Aérea, el primer escuadrón atómico del mundo, el que destruyó Hiroshima y Nagasaki.

    El diario local anunció en su primera página que habían capturado un “platillo volador”. El Ejército tuvo que dar explicaciones: lo recuperado, indicó, son piezas de un globo meteorológico. La explicación coincidía con los trozos de madera y papel de aluminio encontrados por el ranchero Marc Brazel que se presentaron en rueda de prensa. Ni Brazel, el que encontró los restos del presunto “platillo”, ni Jesse Marcel, oficial de inteligencia de la base de Roswell, hicieron mención alguna a la existencia de cadáveres de cualquier tipo. Los pocos testigos oculares de los restos del supuesto platillo coincidieron en describirlo como pedazos de madera balsa y algo parecido a papel de aluminio. El caso Roswell quedó explicado.

   Charles Berlitz era un escritor estadounidense muy conocido en 1980, especializado en civilizaciones antiguas y fenómenos extraños. Su libro más famoso fue El Triángulo de las Bermudas, vendió 20 millones de ejemplares. Allí relató varios casos de barcos y aviones desaparecidos. Ofreció un conjunto de explicaciones convencionales dadas por la Guardia Costera de EEUU y operadores de empresas de aviación o marineros conocedores del lugar. También recogió informes sobre extrañas luces en el cielo y bajo la superficie del mar y enormes explosiones submarinas. Estas desapariciones se las atribuye a causas tales como ovnis, experimentos de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos, o restos de antiguas civilizaciones. Se remite a testimonios de otros investigadores de estos fenómenos y a las declaraciones de Edgar Cayce, un estadounidense que afirmaba ser un vidente y haber tenido visiones sobre la civilización de la Atlántida.

    El aviador Larry Kusche investigó a fondo los casos presentados por Berlitz y, en su libro El misterio del triángulo de las Bermudas solucionado (1975), llegó a la conclusión de que algunos casos ni siquiera existieron, otros tuvieron lugar muy lejos del supuesto triángulo, y el resto puede explicarse por causas naturales como malas condiciones meteorológicas, que Berlitz procuró no mencionar o convirtió en excelentes. Ni hablar de las otras menciones delirantes y de tratar de convertir al mito atlante en una verdad.

     En 1980 Berlitz publicó El incidente, libro que escribió con William L. Moore sobre la supuesta captura de extraterrestres en Roswell. Hasta ese momento ningún ufólogo creía que el caso tuviera que ver con extraterrestres, pero el libro instaló una mina de oro para el pueblo, que se convirtió en centro de peregrinación de los creyentes en los ovnis. Gracias a las superventas multiplicadas por millones de creyentes en todo el mundo, el caso Roswell pasó de ser una tontería, a ser un caso OVNI emblemático que disparó además la mayoría de las bases del pensamiento conspiranoico y el antiamericano en el mundo.

  Por supuesto, no hay quien no afirme que lo que cayó en Roswell fue, sí señores, un “platillo”.

Vuelve Reynols, música para dientes

En pleno vaciamiento menemista en la argentina de los años noventa, la banda noise Reynols -líder síndrome de Down incluído- pareció parodiar el modelo económico-social ya desde su primer lanzamiento, un disco sin CD, es decir, solo el packaging. La acción abrió una serie de grabaciones y performances que los llevarían en pocos años a vender cientos de miles de discos y a la cima de la revista The Wire. Luego de casi diez años la banda resucita y asegura que esto recién comienza.

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para Vice (México) 

   Hace dos años, Thurston Moore de Sonic Youth, entró a una tienda en Buenos Aires y ante el asombro y admiración del vendedor pidió algún disco de Reynols. Le explicaron que las ediciones de la banda no se consiguen en el país, ni siquiera el primero y único editado en Argentina: Gordura vegetal hidrogenada, el mundialmente conocido disco sin disco, un booklet y caja que al abrirse estaba vacía y mostraba la leyenda: este CD se desmaterializó hace 15 segundos.  “Es una obra inmensa —dijo Conlazo, uno de los integrantes del por entonces cuarteto —. Para mí es un souvenir de la inmensidad. Y también puede ser una estafa”.

   La banda fue acusada de defraudar a los consumidores. Entonces realizaron conciertos para rocas, plantas, insectos y hielo seco -todos “sentados” en sus respectivas butacas- en un parque público de Buenos Aires, hasta ser desalojados por la policía debido a “ruidos molestos”. Fue en 1995 y después de la orden policial, decidieron enchufar más de diez guitarras a ¡zapallos! y tocar. Fue uno de los primeros actos públicos del grupo  en cobrar notoriedad en la prensa especializada.

   Reynols es la primera banda argentina -y una de las pioneras en el mundo- en integrar a una persona Down: Miguel Tomasín. Antes, Roberto Conlazo, Alan Courtis y C.D. (integrante hasta el 94) tocaban los domingos en Plaza Francia de Buenos Aires y editaban casetes ruidosos bajo el nombre Burt Reynolds Ensamble, desafiando el nivel de tolerancia del público durante una de las décadas más vacías del país. La profundidad de su proyecto se llegó a entender recién con la adopción de Tomasín como “cerebro”. Se habían propuesto borrar los límites entre la psicodelia y la psicosis y eso no fue broma. Hicieron frente a una tradición con referencias de peso: Fugs, Residents, Faust, Negativland, Destroy all Monsters, Die Tödliche Doris y Boredoms, por nombrar algunos.

   La aparición de Miguel marcó un antes y un después, “es como si nos hubiésemos muerto y resucitado; Miguel nos hizo resucitar” dijo Roberto Conlazo en su momento. “Cuando lo escuché a Miguel Tomasín tocar y cantar entendí que nunca iba a llegar a eso”. 

 

 

Miguel

   Tomasín tuvo una desviación en el desarrollo de sus células, produjo 47 cromosomas en lugar de 46. Ese adicional cambió totalmente el desarrollo de su cuerpo y su cerebro demostrando habilidades musicales a los tres años tocando una mini batería. Entre los 14 y 15 vivió en Inglaterra, asistió al Dame Evelyn Fox School de Londres. A su regreso a la Argentina, aprendió órgano en el Conservatorio de Flores y finalmente estudió batería en la Academia EFIMUS. Allí conoció a Alan y Moncho (Roberto Conlazo) y re-fundó la banda.

Si bien tiene el habla muy desarrollada, al momento de cantar lanza palabras en lo que él llama un “español torturado”. En la ejecución del tema “Fincoll” del disco Pacalirte Sorban Cumanos, balbucea la canción “No llores por mí Argentina” del musical Evita, que enlaza con una versión deformada del “Ave María” de Shubert. Cuando se escucha esa canción se puede asociar a Eva Perón con la Virgen María, incluso especular sobre el aspecto religioso del peronismo. Inmediatamente Miguel se encarga de poner en ridículo semejante elucubración cuando al final del tema anuncia: “¡Roberto, ya está, terminó los temas!”.

   Algunos de los trabajos más representativos son: Bolas Tristes (1996, Reino Unido); Oreja de tipo oreja Simbo(1998 Suiza); Lo cabachua lo come de lo conejo (1999, USA) y Original Sountrack of Pythagoras’ theorem(2002, Japón), dejando fuera de la lista a otros valiosos trabajos ya que hasta la fecha se desconoce un número exacto de discos en su catálogo que supera los cuatrocientos.

   La búsqueda de Moore se remonta a muchos años atrás cuando quiso que los Reynols los acompañen como teloneros en una gira que iban a realizar con Pearl Jam. Lamentablemente el manager de éstos se opuso y terminó quedando la anécdota que fue narrada en la revista Rolling Stone por el propio Moore como un evento emocionalmente fuerte y significativo del viaje a Argentina.

   El fanatismo del guitarrista de Sonic Youth y sus amigos no es el único; en secreto se sabe que también sonfans de Reynols: Beck y Prince; y entre los locales, toda la dinastía Spinetta / Martí y el bello durmiente Gustavo Cerati, por nombrar sólo a ilustres. En una gira de Illya Kuriaky & The Valderramas donde actuaron como teloneros, el público enfurecido por lo que escuchaba les arrojó vasos, botellas y hasta ¡una carpeta de dibujo! Los elementos fueron utilizados por la banda para hacer música y amenazar tres veces con dejar el escenario para encolerizar más a la gente que les gritaba “Hijos de Puta”. Así se llamó el disco que grabaron esa noche: Hijo de Puta Tour, editado en Japón.

   En cada recital, antes de salir al escenario, Miguel Tomasín pone en ronda a todos los integrantes de la banda y golpea con su mano en la mejilla de cada uno diciendo: “Dale eh, quiero que dejen todo“. Cuando termina la ronda y es su turno, el mismo se pega y repite las mismas palabras. Su último show en el Museo de Arte Moderno, terminó a sala casi vacía por el abandono de los oyentes, y con el resto tapándose los oídos. Tomasín no asistió debido a que no viaja -se usan cintas con sus bases y un gran poster con su rostro- a Estados Unidos: considera que no existe, que después de México hay agua.

Los discos

   Tres CDs de Reynols quedarán para siempre en la historia de la música: Pauline Oliveros in the Arms of Reynols (1999, USA); 10.000 Chickens Symphony (2000, Alemania) y Blank Tapes (2000, Alemania).

  El primero surgió de la presentación en el prestigioso Lincoln Center de New York donde se popularizó el concepto “Deep Listening”, desarrollado por la norteamericana Pauline Oliveros quien los invitó a tocar. Se trata de una de las compositoras más importantes del siglo XX, pionera de la música electrónica, virtuosa del acordeón, pedagoga musical y filósofa. David O’Hara, hijo del magnate petrolero de Austin, fan de Reynols desde antes que viajasen, los tomó como huéspedes durante dos días en la famosa mansión. Reynols capitalizó esa visita en el álbum: Live at the O’Hara mansion. La crónica periodística documenta que se trató de uno de los  treinta y seis shows que el grupo dio por veintisiete ciudades de Estados Unidos incluido el recital furtivo en las puertas de la NASA que terminó con un desalojo policial. No sólo de ese desalojo hicieron un disco, sino también lo que terminó en la famosa pieza titulada Deportation Simphony, realizada con el sonido de las fotocopias de sus pasaportes y con el sello de deportados (Lado “A”: Don´t cry for me England y Lado “B”: Cry for me Argentina).

   La segunda referencia, la sinfonía de los 10.000 pollos, se trata de un vinilo simple grabado en un criadero de pollos en el que se colocaron siete micrófonos de alta fidelidad en el suelo para registrar un tornasol de bajas y altas frecuencias sobrecogedor. El lado A corresponde a lo tomado durante el día y el lado B (la noche) solo puede ser escuchado por personas valientes y escépticas de toda sobrenaturaleza. Este trabajo les valió ser la banda más requerida de avant garde a nivel internacional. Muchos, directamente los tildaron de “avant dadá”. Las carteleras de shows los ubicaban indistintamente en jazz, rock, música contemporánea, electrónica, punk y música clásica. Para Miguel Tomasín: “Es música para dientes”. Ninguna calificación daba en la tecla. Los Reynols parecían acercarse a su más ansiado anhelo: La nada audible.

   Fue en Blank Tapes que lo lograron. Un disco que reproduce las cintas de casetes vírgenes fabricados entre 1978 y 1999. El proyecto sedujo al ultraminimalista alemán Bernard Günter, el artista conceptual que trabaja sobre lo inaudible, quién quedó fascinado. El disco llegó al top de la revista The Wire y hoy está considerado uno de los 10 mejores discos de la música electrónica en Alemania. 

Recién entonces pasaron de ser unos “loquitos que hacen cualquier cosa” a ser consagrados. Con Pauline Oliveros ya habían dado un concierto vía Internet. Un movilero de América TV de Argentina le dijo a Moncho Conlazo mientras tocaba: “Un minuto por favor, dame un minuto nada más… estamos en vivo”. La cámara se acercó al músico, Moncho le contestó que no podía, que estaba tocando. Fue tal vez, la primera entrevista hecha a un grupo durante un show. Sucedió en el invierno de 1999 en el Instituto de Cultura Iberoamericana. Los flashes desde el ICI interrumpieron el noticiero de Néstor Ibarra hasta que el movilero consiguió la nota. En horario central, se pudo ver a un percusionista con síndrome de Down, un guitarrista vestido de árabe y un tercer integrante que respondía preguntas mientras pulsaba un rack de efectos con una manopla de plástico. “De la manera que organizamos nuestro sonido —declaraba Alan mientras abandona el rack y vuelve a la guitarra— podríamos salir al escenario con tijeras de podar. Pero usamos guitarras. La gente quiere ver guitarras; la juventud las necesita”

Reynols fue durante un año banda estable en el programa “La salud de nuestros hijos” del famoso Dr. Socolinsky. En una de las presentaciones, el conductor pidió que muestren uno de sus primeros vinilos. Lo único que tenían encima era el legendario disco de la banana de la Velvet Underground y ¡lo mostraron como propio! Otro programa al cual fueron invitados en vísperas de una Navidad (siempre en Argentina) fue “Hablemos claro”, un talk show donde la conductora le preguntó a Tomasín cuál era su deseo para las fiestas y el baterista contestó: “Amor, Salud y trabajo”. Ella buscó ser políticamente correcta y agregó “Muy bien, buenos augurios para todos los argentinos”. Tomasín replicó inmediatamente: “¡No, para mí solo!”.

 

   Cerca del año 2000, iban a ser invitados al programa de Susana Giménez (la famosa diva de la TV Latinoamericana). El objetivo primordial de ellos era regalarle en vivo a la millonaria rubia, un billete de 100 dólares como ironía. Finalmente no asistieron porque desde la producción querían únicamente que vaya Miguel Tomasín, sin el resto del grupo. Los padres de Miguel y el resto de la banda decidieron rechazar la invitación por aquella condición y porque consideraron que Tomasín no es ningún freak televisable. Finalmente el líder declaró que “Los Reynols no existen”. Y dejó en claro tres cosas a un diario capitalino. Que “antes del huevo y la gallina fue el gallo”, que “la felicidad es Jesús tomando sol en su terraza” y que “Dios es una cámara oculta”.

   En 1999, la BBC le solicitó material a la banda para ser incluido en un programa dedicado a la música del siglo XX.

En febrero de 2004 publicaron una carta anunciando que el ciclo de vida de Reynols había llegado “a su fin natural”. Y fue así. Después de casi diez años de silencio, y sin anuncios mediáticos de ningún tipo, se mostraron en la TV Brasilera como una dupla simbiótica. Solo Miguel Tomasin y Moncho Conlazo. Nunca se había expuesto mejor el espíritu del grupo. Desde la declaración de Miguel de que los Reynols no existen, pasando por una carta formal de separación, hasta este inesperado regreso; Reynols puede ser cualquiera, nadie, separarse sin hacerlo, reunirse sin nunca dejar de tocar. Ser una nota infinita, un efímero sueño, una mentira, una estafa o un simple alambre vibrando en la soledad del apocalipsis.

(2013)

Casos testigos

978-987-629-634-2

  Las ciencias, incluidas las blandas, requieren atravesar un método y muchos sesgos para probar alguna cosa como verdad. Necesitan muestras significativas, o de un alto número de individuos y casos. En sociología, la reina es la estadística, pero se pierde en la extrapolación cultural. Entonces: ¿Se pueden iniciar ideas investigativas a partir de casos aislados e inclusive, un solo caso? Howard Becker cree que sí. Donde se encuentra una particularidad, se tiene la punta del ovillo para una futura teoría que aporte preguntas al campo social.

  Becker es un sociólogo de San Francisco (nacido en Chicago en 1928) que trabajó como pianista y orientó sus primeras investigaciones a explorar el mundo de los músicos de jazz, estudio que le valió, después de probarla en diferentes ámbitos, su famosa teoría de la desviación y el etiquetado.

  Esta primera traducción al español de Mozart, el asesinato y los límites del sentido común reúne artículos y ensayos, algunos inéditos, que sirven de apéndices a sus numerosos libros y trabajos de investigación que tienen como objetivo primordial responder a la pregunta de cómo se hace, se debe hacer y entender a la sociología en un planeta cada vez más necesitado de la ciencia fáctica. Para lograrlo aborda temas como las bellas artes, el delito, el consumo de opiáceos, la burocracia brasileña y otros tópicos, algunos únicos,  curiosos y sorprendentes.

 Así como cualquier discusión en nuestro ámbito cotidiano no puede seguir adelante cuando alguien realiza una comparación con el nazismo, o la figura de Hitler, lo cual es improcedente, desleal y erróneo; ocurre algo similar en el campo de las discusiones sociológicas cuando éstas sucumben a la tentación del sentido común. El autor se vale de dos figuras para explicarlo, las cuales tuvo que enfrentar en diversas conferencias y que dan el peculiar título al libro: Mozart y el asesinato. Así como para desacreditar a los modelos democráticos aludiendo a que Hitler fue elegido por el voto popular; un asesinato jamás podrá verse de otra manera que no sea “mala” al igual que con el mismo criterio, no podrá discutirse el “genio” de Mozart. Estos pensamientos producen una desviación en cualquier disputa porque conducen a etiquetados inamovibles: el crimen es malo, Mozart fue un genio. De allí la teoría que propone básicamente deshacerse de las desviaciones y etiquetas para poder estudiar.

  Los casos que el libro expone, además de servir como narraciones autobiográficas, son especiales para entender cómo, sin renunciar a la rigurosidad a veces desalentadora de la ciencia, se pueden desarrollar teorías completas y complejas, basadas en casos únicos, los cuales preguntan sobre los mecanismos de su naturaleza intransferible y de qué le puede servir a la sociología moderna analizarlos.