El juego del miedo

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Para Ciudad X (La Voz del Interior)

Terror, antología, a secas, es otro producto para masas. Escriben aquí 13 argentinos. Esta vez le tocó el turno al género del miedo y la tapa lo deja bien en claro con enormes letras mayúsculas junto a lo que más importa a la hora de vender el libro: los nombres de los autores. Solo un par de ellos pueden emparentarse con el género a priori: por ejemplo, Federico Andahazi y Alberto Laiseca. El primero presenta un cuento donde un esquizoide necrófilo se enamora de una mujer viva -quizá lo mejor del libro- y Laiseca divierte con una historia clásica de charlatanes de feria ambulante, que aseguran curar el vampirismo -que ellos mismo simulan en las aldeas que visitan- hasta que intentan redimirse con un prostíbulo de putas zombies.

 “Las historias de terror se alimentan sobre la propia naturaleza del miedo: siempre es menor la fuerza de las víctima que la potencia de aquello que deben enfrentar” explica Graciela Gliemmo en el prólogo e insiste en lo característico del género: cómo y cuándo debe emerger el horror, el porcentaje de monstruo que se debe mostrar, si es físico o psicológico, el punto de vista, cómo el lector recorre el horroroso camino de la víctima, etcétera.

   Es curioso que el prólogo de cuenta de aquello que va a ejercerse muy poco en las páginas venideras. Pablo De Santis en “El Paciente de Faraday”, narra la historia de una psiquiatra que investiga a un supuesto doctor y su paciente en un hospital militar del fin del mundo y logra inyectarnos una molestia psicológica que no llega a asustar, al igual que Gabriel Rolón con la historia de un hombre que cae por las escaleras y queda cuadripléjico, solo en su casa, con su ovejero como única esperanza. Las demás son historias circulares, paradojas espacio-temporales, cuentos que parecen para niños y literatura absolutamente ajena al género como la de José Pablo Feinmann.

 El terror en la literatura está injustamente clasificado como menor. Su práctica es muy difícil porque debe sortear innumerables lugares comunes que lo vuelven casi imposible. No sólo hace falta ser un cultor, por no decir un experto, sino tener conocimientos psicológicos y médicos para provocar, a través del intelecto, que las glándulas suprarrenales segreguen la adrenalina necesaria para que todos nuestros sistemas de alerta físicos se alteren.  No otra cosa es el pánico.

  Esta antología es una prueba de lo que ocurre sin esos requerimientos. Todos los autores aquí citados son grandes escritores, pero los convocaron al juego equivocado. Algunos sabían ciertas reglas y se mantuvieron atentos, otros ya habían practicado este deporte y produjeron obras de calidad, la mayoría fueron dignos pero no entendieron en qué participaban o no les importó. Todos, en mayor o menor grado, mostraron su pata de palo para golpear este balón extraño en un campo de juego tan pesado.

Autores: Federico Andahazi, Marcelo Birmajer, Pablo De Santis, Mariana Enriquez, José Pablo Feimann, Jorge Fernández Díaz, Federico Jeanmaire, Alberto Laiseca, Guillermo Martinez, Paula Pérez Alonso, Claudia Piñeiro, Gabriel Rolón, Guillermo Saccomanno.
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Larva Fecal

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para Vice (Edición Mexicana)

   Alicante no sólo es la ciudad donde se hacen los sobres de condimentos y una hipotética región gourmet española que se vende en Argentina; allí también surgió el trío metalero Larva Fecal, furor en la web durante 2007, cuando impusieron el hit “Por el culo te voy a dar”, un video que alcanzó hasta el momento casi el millón de visitas.

   Apenas dar play, nos encontramos con tres pinches nenes de mamá fingiendo ser duros. A la izquierda, el guitarrista vestido de cocinero y con una máscara rasgará la guitarra como si se tratara de una urticaria insoportable en su estómago. A la derecha, un jesucristo un tanto desnutrido, caído a la tierra y liberado de la jaula del fondo del patio como el ángel de García Márquez —pero con altas dosis de narcisismo— intentará mantener una vocalización poderosamente veloz y no lo logrará, cayendo segundos después preso de un cántico agotado y casi infantil, tratando de rearmar una melodía inexistente.

   “La mayoría de las canciones son improvisadas —explicó este señor que se hace llamar An-Hell, cantante y figura del grupo, en una de las pocas entrevistas que dio—. Según nuestro estado anímico y nuestra elocuencia sale un temazo o una puta mierda de canción. Cuando tengo que escribir una letra, lo hago mientras estoy cagando: es mi único momento de lucidez”.

   “Tu ojete descomunal”; “Cómeme el prepucio que lo tengo sucio”; “Baladón hardrockero de mi miembro en tu agujero” e “Hija de la gran puta, tengo cáncer de pene”, son algunos de los títulos de las canciones de estos amorosos muchachos. Por momentos An-Hell acaricia su larga cabellera tirando por borda cualquier pretensión de dureza y remite inmediatamente más al glam de los ochenta que al deathmetal pretendido. La participación de Sebastardo (un nombre que entrecruza lo naif con lo western), baterista y bajista de la banda, se reduce a cambiar tres o cuatro veces de ritmo sin importar el tempo de unión entre uno y otro, y mostrar el dedo mayor al final de la canción que dura apenas dos minutos. Todo sonará peor que como definieron alguna vez a Nirvana: un rayador de queso cayendo por una escalera metálica.

   Cada año algún medio del mundo expone a Larva Fecal en su espacio para freaksy su contador de reproducciones en YouTube se dispara cuando parecía estancado para siempre. El grupo se formó de los desechos de una anterior agrupación de An-Hell: “Desvirgadores Anales”. El nombre fue creación suya, como alusión a la basura que resultaba su música. “Si hay algo peor que la mierda —dijo—, es una larva que se alimenta de ella”.

El sueño de An es ser actor porno, tocar en festivales porno, y rodar un videoclip musical porno. Declaraciones monotemáticas y realmente desprendidas que se encuentran en la citada entrevista. “Me paso la puta noche zorreando en internet para follar todo lo que pueda —confiesa— y el día lo empleo en sobar, o quedar con hembras. Soy un jodido bastardo sin moral ni respeto, pero sólo los que me conocen pueden juzgarme. Follo continuamente”.

    El trío, a fin de cuentas, no califica mas que como otra banda punk que no llega a mucho más que la hilaridad del público con sus esfuerzos por transgredir. La tradición de género en Europa se remite a bandas como RIP o Barricada, de quienes, según acusaciones en los foros, los larva habrían “robado” algunos pasajes. Estos grupos linkean automáticamente con GG Allin: cantante punk extremo que producía conciertos de no más de diez minutos en donde interpretaba canciones como “Te voy a dar el ojete” o “La virgen es una zorra”, golpeándose con el mic, metiéndolo en su ano, masturbándose, orinando el escenario o tirando excrementos al público.

   Allín murió de sobredosis a principios de los noventa y marcó un camino que pocos se atrevieron a desafiar y que los Larva Fecal tomaron con liviandad, como muchos otros. Entre los españoles actuales se pueden citar a Gothic Sex, Naughty Zombies y los pioneros Decibelios, entre otros datos aportados en los foros por los cultores de estos géneros o degenerados del rock; casi una tribu urbana que últimamente sólo se expone en la web, el lugar donde todo el freakysmo puede aspirar a un gran público y regodearse en un counter.

   Reventarle el culo a las mujeres (aunque no se las mencione más que como hijas de puta) es el leiv motiv de todas las canciones hipermachistas, misóginas y homofóbicas por deducción. Sí, querida niña, en la balada “hija de la gran puta” An-Hell promete meterte hasta los huevos y declara que tiene el miembro hasta los cojones, y… ¡sabañones! (en una de las rimas más logradas del rock de la península ibérica, teniendo en cuenta a Sabina y Calamaro). Así es, querida, An-Hell, vestido como un Marilyn Manson del subdesarrollo, cachondeándose con su propio cabello, mira a cámara, te seducirá apelando a una infección rectal, un cáncer de pene, o recordándote que siempre, siempre, por el culo te lo dará.

(2013)

Callecitas

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Ahora me subo al auto y no te voy a ver más. Es así, pendeja, voy a volver a mi casa donde tengo que descalzarme para cruzar el living encerado hasta mi cuarto y acostarme. Y no, como vos, sacarme esos horribles zapatos comprados por dos pesos en El Zapatillazo, que te sacan llagas pero te hacen sentir segura en la noche del Sábado. Porque si hasta en la oscuridad parece que fueran buenos zapatos, y tu piel no tuviera impregnada como roña de olor a carbón, a bracero encendido hasta las cuatro de la mañana, a humo de pobreza, a mañana de domingo en el barrio con calles de tierra y perros embichados cazando langostas.

A lo mejor te quise en algún momento de la noche. A lo mejor lo que me excitó fueron tus quince años, o por ahí tus ojos mirándome atrás de la barra pidiendo un trago. No sé, no sabría decirte por qué me acerqué a vos y te invité. Si ahora ya el motor está encendido y vos entrás a tu casa chorreando leche y me saludás creyendo que mañana voy a venir a buscarte para tomar un helado y que te vean conmigo. No, pendeja: mañana yo voy a estar lejos, porque mi vida es otra cosa. No son todas estas maderas apiladas y ese barro entrando a las casas por abajo de las puertas. Mi vida son esos edificios allá. ¿Los ves? Atrás de aquella niebla. ¿O cómo creés que se produce el progreso de la humanidad? ¿Creés que se produce por andar descalza todo el día y sin bañarse y casi sin comer? ¿Por pedir ropa prestada para el Sábado creyendo que un tipo rico como yo no se va a dar cuenta cuando estacione en estas callecitas casi sin lugar para un coche como el mío? Porque esos fititos y cientoveintiochos armados y un poco tuneados pueden tranquilamente pasear por acá, pero hasta ellos deben estacionarse en las veredas de lo angostas que son estas calles. ¿Y qué es ese ruido? ¿Un mono? Porque debe de haber monos por acá, y a juzgar por tu cara, te debe haber amamantado una mona. Porque seguro que no tenés familia, seguro que estás sola en esa casita y te dormís en el piso entre unas frazadas al lado del brasero. Estoy seguro, pendejita, tanto que te pagaría un hotel. Pero ya cerraste la puerta, la cerraste y me la quedé mirando y pensando. “Lo qué es el mundo”. Yo mañana tomo un avión y no te veo nunca más. O te veo de acá a tres años por la televisión pidiendo ropa y alimentos con el agua hasta la cintura. Seguro mañana te levantás a cualquier hora y te fritás un huevo de desayuno y almuerzo, y seguro repetís eso en la cena. ¡Qué bárbaro! Y pensar que no sos tan fea, por algo finalmente terminamos juntos. ¡Qué loco! ¿¡Cómo no lo pensé?! Si ya debés ser madre. Uno o dos chicos debes tener, y deben andar por ahí… seguramente de tu mamá, que debe vivir en alguno de esos cartones, porque a lo mejor vos llegaste a tener esta casita de ladrillos sin revocar porque el macho anterior te la dejó… A lo mejor el tipo consiguió un laburo mejor en la fundición y se fue del barrio, qué se yo. A lo mejor me equivoco, espero equivocarme, porque la verdad es que no sos tan fea, y sos dulce. Pero yo soy de otro mundo, un mundo que nada tiene que ver con esta pobreza, con esos tipos que vienen para acá con barretas en las manos, mirándome. Qué saben esos tipos del progreso de la humanidad, qué sabrán ellos de todo lo que tuve que hacer para conseguir construir estos barrios, y esos planes que les permiten desayunarse un huevo frito y no un pedazo de rata o comadreja. No voy a decirles que dejen de golpear el auto, ni que dejen de intentar abrir la puerta. ¿Qué podría decirles? Si son como animalitos que atacan una presa fácil, una presa que les dará de comer por un tiempo, para dejarlos hambrientos al rayo del sol por otra larga temporada. Ay, nenita, ya me olvidé cómo te llamás. Si no, saldría a gritarte para que me ayudes, a lo mejor conocés a alguno de éstos y podés frenarlos. No podría bajarme del auto y escapar por las callecitas a buscarte, me encontraría con miles como vos, millones de monitas como vos dando de mamar a sus hijitos gimiendo atrás de cortinas mugrientas. Y no quiero. Yo quiero recordarte con ese escote, con esas piernas mal abiertas, púberes; tomandonos toda la merca del mundo. No quiero esto, estos tipos que ya rompieron el parabrisas y se meten sin darme tiempo a sacar el chumbo de la guantera.

(inédito, 2006)

“Con mis cuentos tengo un afán de coleccionista”

La narradora porteña Samanta Schweblin ganó el Premio Juan Rulfo 2012 y se consolida definitivamente entre los mejores escritores jóvenes de habla hispana. Asegura que la riqueza literaria en sus cuentos se halla en los límites y que, como escritora, ignora por completo los demás géneros.

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(para La Voz del Interior) 

 Hace unos meses, en una residencia para escritores y traductores en Leding House (Nueva York), Samanta Schweblin, encerrada en su habitación sola y con su secreto, festejó a los saltos, rebotando de pared en pared con un grito ahogado. Momentos antes una llamada desde París intentó comunicarse con ella infructuosamente, enredada en las complicaciones tecnológicas de la receptoría del hospedaje. A la noticia la recibió por e-mail, donde le pidieron absoluta reserva. Un mes de silencio, de alegría contenida.

  Con Others Lives de Tamer Animal en los auriculares, salió a caminar por Hudson -que es más o menos como darse una vuelta por Twin Peak-, concretando un festejo de lo más literario. Acababan de anunciarle que su cuento “Un hombre sin suerte”, el cual narra el encuentro entre una niña y un desconocido, había ganado el Premio Juan Rulfo, el más importante de habla hispana en el género cuento, dotado además por cinco mil euros.

  Organizado por Radio Francia Internacional (RFI), el Instituto Cultural de México en París y la Casa de América Latina parisina, fue la última edición que llevó el nombre del célebre escritor mexicano, los organizadores accedieron al pedido de los familiares de Rulfo de retirar su nombre. El jurado, compuesto por el argentino Alan Pauls junto a Eduardo Ramos Izquierdo, Grecia Cáceres, Juan Villanueva Chang, Aline Schulman y Elmer Mendoza, recibió el año pasado 2.200 cuentos, provenientes principalmente de México (606), Argentina (374), Colombia (272), España (191) y Venezuela (103).

LA CHICA PRODIGIO

  La alegría de la autora porteña de 34 años no tiene fin. Su primer libro de cuentos El núcleo del disturbio (2001), obtuvo los premios Fondo Nacional de las Artes y Haroldo Conti. Su segundo volumen de relatos, Pájaros en la boca (2009), fue distinguido nada menos que con el premio Casa de las Américas, se tradujo a once lenguas y fue publicado en veintidós países. Para rematar, en 2010, fue incluída por la revista británica Granta dentro de una lista con los 22 mejores escritores en español menores de 35 años.

  A la hora de entrevistarla, Samanta Schweblin se encuentra en el frío berlinés disfrutando de los últimos cinco meses de una beca del gobierno alemán que aprovechó para un proyecto personal en cambio del planificado. “Haber sido premiada de tan chica me metió de prepo en el mercado —explica—, me refiero a las criticas, las entrevistas, la exposición, las ofertas de nuevos proyectos. Y como esto me asustó mucho huí despavorida y dejé bastante solo a ese primer libro. Tenía 23 años. Con respecto a la selección en Granta recuerdo que en mi adolescencia hubo dos o tres ediciones de la revista que se vendieron como saldo en los supermercados Carrefour, y creo que gran parte de los autores por los cuales me enamoré de la literatura norteamericana estaban listados en esas ediciones como las nuevas ‘promesas norteamericanas’. Así que, al menos a nivel personal y en recuerdo a mis propias lecturas, ser parte de una de esas listas fue algo bastante movilizador. Aunque también tengo que decir que, al menos en el plano editorial y en la circulación de mis libros este reconocimiento no marcó un cambio importante como sí lo hicieron, por ejemplo, el premio de Casa de las Américas, o las primeras traducciones”.

DE LÍMITES Y VELOCIDADES

“En el cuento que ganó el Rulfo, mi intención no fue tanto jugar con la ambigüedad acerca de las buenas o malas intenciones, sino evidenciar la perversidad del lector, que es la que hace posible la lectura más oscura”, señala Schweblin.

    —Tus cuentos suelen arriesgarse a caer de lo verosímil. ¿Cómo conseguís tocar los extremos sin perder verosimilitud?

    — Si se quiebra la verosimilitud, se quiebra la tensión, y si esto pasa, el cuento ya no funciona. Así que este es un problema en el que pongo prácticamente toda mi atención. Creo que es uno de los problemas más interesantes de la literatura porque es en este límite -donde más cuesta mantener un verosímil- donde también suceden las historias más fuertes y atractivas. En los géneros, los personajes y los tonos, lo más rico suele estar muy cerca de los límites.  

  —¿Influyen de alguna manera tus estudios de las artes visuales en tu literatura?

  — Supongo que sí. Me pasé los cinco años de la carrera de Imagen y Sonido de la UBA viendo un promedio de veinticinco películas por semana, y estuve muy comprometida sobre todo con el montaje: cómo se cuenta una historia, qué se dice antes, qué se dice después, cuántos segundos sobran o faltan en una escena, cuánto cuenta una escena por su omisión, cuanto cuenta el ritmo de una historia, etc. Pero también creo que hay mucho generacional. Creo que nuestra generación tiene ya en su educación una carga visual que no tenían las generaciones previas, y eso se ve no solo en la literatura que se escribe, sino también en la que elegimos leer.

  —Alguna vez manifestaste que escribís lento y poco. ¿Cuál crees que sería un promedio perfecto de ritmo en la escritura (y si querés también en la publicación) para cualquier escritor?

  —Bueno, ideal sería un libro por año y además escribir como los dioses. Como cualquier pesimista obsesivo y exigente no puedo evitar añorar lo imposible. Con mis cuentos tengo un afán casi de coleccionista. Me gusta que mi carpeta de cuentos crezca, me gusta tenerlos impresos y a mano, me gustan siempre los últimos que escribo, me emociona enviárselos a mis amigos lectores, y ni hablar de sostener por primera vez los cuentos nuevos, recién salidos de mi impresora. Pero me programé a mi misma para quitarme cualquier tipo de ansiedad por publicar. La literatura es lenta, y hay que pensarla a largo plazo. Quizá sean estas mismas dos cosas las que la están desplazando poco a poco del mercado.

  — ¿Por qué crees que el cuento no encuentra su lugar en el plano editorial?

  — Los cuentos exigen mucho de parte del lector, y lo dejan solo unos pocos minutos más tarde. Como lectora encuentro que un buen cuento, incluso, anula el siguiente: no puedo leerlos de corrido, hay que darles espacio, hay que ser paciente. Como cuentista, y como fervorosa lectora de cuentos me cuesta entender como estas poderosas características pueden volverse desventajas, pero no tengo ninguna teoría al respecto, de hecho me desconcierta bastante.

   —¿Cuál es tu relación con otros géneros literarios, de haberla, como lectora y/o escritora?

     —Como escritora, nula. Quizá esté equivocada y haya que programar de alguna forma las ideas, quizá haya que “prepararse” para abordar una idea como novelista, o como dramaturgo. Pero por ahora no encuentro la manera de hacerlo ni un interés especial por abordar estos otros géneros. Creo que las ideas que suelo tener se llevan mejor con el formato de cuento, y supongo que no cambiaré de formato hasta no encontrarme con una idea que exceda por completo las posibilidades de este género.

 —Como cuentista y mujer, debés haber acumulado anécdotas curiosas ¿recordás alguna?

  —La cereza del postre fue cuando, como un halago, un periodista dijo que mi voz narrativa parecía completamente masculina. Como cuentista tengo una que se repite con asiduidad: me preguntan qué escribo y cuando respondo “cuentos” dicen “¡Que lindo! ¿Para chicos?” No sé qué me molesta más, la idea de que este género solo pueda ser infantil o la palabra “lindo” asociada a cualquier formato literario, creo que es devastadora. Como escritora, como persona que “supuestamente” vive de la escritura -supuesto prácticamente imposible-, mi anécdota preferida ocurrió hace unos diez años atrás, cuando recién empezaba y la editorial española Siruela publicó mi cuento “Matar a un perro” en una antología de literatura argentina. Me pagaron -bajo todo concepto- 50 dólares, de los cuales la mitad se los quedó mi editorial argentina. Como no me mandaron ningún ejemplar, cambié mis 25 dólares a pesos y me fui a la avenida corrientes a comprar el libro, pero no me alcanzó.

(Ciudad X, suplemento Cultura, 2012)

La única patria

Se reeditó En la atmósfera, la novelle de Daniel Moyano sobre la infancia en las sierras de Córdoba, considerada por el propio autor como lo mejor de su obra.

 

(para La Voz del Interior)

  La pequeña editorial El Mensú, de Villa María, sorprendió hace algunos meses con un proyecto ambicioso y festejable desde donde se lo mire. Ilustrada por Emanuel Falconi, reeditó -con distribución en todo el país- la Novelle En la Atmósfera, de Daniel Moyano, quien la consideraba junto a la Cantata, como su mejor obra. “He empezado a tomarme la literatura en serio” confesó el autor a Mempo Giardinelli en una entrevista, donde también dijo sentirse casi concluído, y bautizó a esta obra como hija de “la fuerza de la madurez”.

  Escrita entre 1984 y 1987, En la Atmósfera desarrolla un relato de iniciación narrado en primera persona por un preadolescente proyectado en las sierras cordobesas desde Madrid por su yo adulto que recupera, según palabras del propio autor en el epílogo, la única patria posible: la infancia. La soledad del exilio es la soledad del niño que aparece a la pubertad, dice Pablo Heredia en el prólogo de esta reedición. Los recuerdos son choncacos, sanguijuelas que se pegan en las piernas y adormecen la piel. Sueños, espejos, laberintos. De eso se trata.

  La historia se desarrolla en estas tierras, donde ríos asesinos cambian de curso y los puentes podridos se caen. El narrador trabaja en una panadería llamada atinadamente La Atmósfera, donde arma en el sótano cajas para alfajores y combate a las moscas de los ventanales que acechan los pasteles de exposición.

  Como es común en el autor de Tres golpes de timbal -su obra más conocida-, lo kafkiano muestra su carta: el protagonista cree asistir a una vida destinada a otro, y lo espera para dejársela, para hacer justicia. Ni siquiera se cuestiona cuál será a suya, su destino si alguien llega reclamando la que le tocó por error.

  La atmósfera también se entiende como literal: el tufillo de la panadería; pero también cómo símbolo del lugar donde se hornea la historia, la ingenuidad y las creencias hasta la metamorfosis. De repente remite a la ciudad (Córdoba), su smog, su paradigma entendido como el real -fuera de las sierras- donde no hay otra cosa que un sentimiento trágico de la vida, una espera inútil. La atmósfera es, por último, el recuerdo, el desamor, la soledad, el contexto como horno inefable.

   Se ha dicho bastante sobre Daniel Moyano pero parece que siempre hiciese falta volver a empezar. Es de esos escritores que no terminan de canonizarse. Constantemente nace para los lectores y se ramifica para los críticos. Parte de esto se debe a la poética de su prosa única y latente, pero también a la circulación casi de culto de su literatura.

  El autor de El Trino del diablo -otra de sus novelas más conocidas- nació en Buenos Aires en 1930, pasó su infancia en Córdoba y finalmente se instaló a escribir el grueso de su obra en La Rioja. Pero en el amanecer del último golpe civicomilitar, fue encarcelado. A las pocas semanas libre, se exilió en España, donde vivió hasta su muerte desempeñándose como crítico literario en el diario El Mundo y otros trabajos alejados de las letras. “He regresado a Buenos Aires, como muchos -dijo en una visita-, pero me doy cuenta de que no regreso, aunque regrese. Lo que dejé ya no existe, los hilos están cortados.”    

 Dicta el ABC de la confección de una novela que en ella el protagonista debe asistir o forjar un cambio importante en sí o su paradigma. En este caso ocurre lo inevitable, el más cruel de todos, quizá el único existente: el paso del tiempo; siempre llano y contínuo, bajo esta atmósfera.

 

(suplemento Ciudad X – 2012)

Giordano se somete al cuestionario de Iván Ferreyra

¿Quién no escucho hablar de Pablo Giordano, el escritor de Las Varillas? Si es así, es por qué nunca habitó las tierras de google. Giordano es más bueno que Lassie atada, pero cuando escribe se enoja, es posible que algún día nos sorprenda en los policiales de algún matutino. Giordano me cae bien, cree en los que arrancan de abajo, como yo. Vamos a ver que dice ante este manojo de preguntas estúpidas.

¿Dónde está la tristeza? 

En la infancia y en el sur de Estados Unidos.

¿Dónde están los nadadores? 

¿En el club?

¿Dónde está el rocanrol? 

En la adolescencia. 

¿Dónde están los consumidores? 

En el planeta tierra. 

¿Dónde está la luna? 

En la toma previa al partido de fútbol. 

¿Dónde están los discjockey? 

En barrios bajos cultivando perros asesinos.

¿Dónde están los aborígenes? 

Allá donde no vemos y en los genes de la mayoría de nosotros. 

¿Dónde están los punk? 

Enterrados, o caminando como zombis.

¿Dónde están los heavys? 

Frente al espejo, preguntándose por la patología de su homofobia. 

¿Dónde está la belleza? 

Arañando la piel de gallina de quien la observa, así como la muerte se posa en los ojos del asesino. 

¿Dónde están los discapacitados? 

En cualquier lugar, siendo felices. 

¿Dónde están los boxeadores? 

En la lona.

¿Dónde están los escritores? 

En los blogs. 

¿Dónde están los revolucionarios? 

Leyendo revistas sociales, fumando marihuana y comprando instrumentos indígenas.

¿Dónde están las mujeres hermosas? 

En cualquier idealización de morondanga. 

¿Dónde está López? 

Andá a saber.

¿Dónde estás vos? 

En Las Varillas, venite. 

¿Dónde están los fotógrafos? 

Detrás del ojo negro, siempre detrás del ojo negro. 

¿Dónde están los gays? 

Allí donde hay movimiento, diversión, y otros Gays! 

¿Dónde están los que niegan? 

En ninguna parte, igual que los que aceptan. 

¿Dónde están los enanitos verdes? 

¿Grabando? ¡Decime que no! 

¿Dónde están los peluqueros? 

Detrás de las paredes-espejos. 

¿Dónde están los que abrazan? 

Justo delante tuyo cuando querías llegar hasta la barra. 

¿Dónde están las putas? 

En la entrada de Laspiur. 

¿Dónde están los sindicalistas? 

En la TV, en la calle, en las oficinas, en los juzgados. 

¿Dónde están los auspiciantes? 

Acá están todos, fíjate. 

¿Dónde están los cumbieros? 

Viajando en combis, siempre. 

¿Dónde están los modelos? 

En las revistas de corte y confección de los años cincuenta. 

¿Dónde están los piqueteros? 

Este tipo de preguntas es la que me lleva a pensar que este interrogatorio está mal formulado. 

¿Dónde están los ecologistas? 

Ocultando la corrupción de Greenpeace. 

¿Dónde están los sueños? 

En mí, están todos en mí, incluidos los tuyos. 

¿Dónde está el destino? En la reflexión. 

¿Quiénes tienen las respuestas a lo que buscamos? 

Google, Wikipedia, y la casualidad.

 

(2006 o antes)

Lámpara de After.

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  Nunca entendí a los After. Son lugares llenos de gente reventada, más alcohol y humo, ganas de sexo en vano, sale el sol, casa y gente desconocida y desesperada… en fín. Yo soy el típico lámpara de after. ¿Vieron ese que no se mueve mucho, habla poco y generalmente se queda parado con las manos en los bolsillos, cerca de la heladera? Ese. Hay solo tres razones por lo que la gente sensata va a un after. 1) sabés que en tu casa te espera la angustia de otro fin de semana en soledad 2) te quedaste sin cigarrillos y sin dinero 3) la vida a esa hora no tiene ningún sentido.

  La fauna de los after es más bien un zoológico. Especímenes exóticos de cada clase social, de cada grupo de edades e intereses, con algo en común. Estamos solos. Pocas, muy pocas veces, vi una pareja que se formara en un after. Y si ocurrió, siempre, es en beneficio del dueño de casa, que lo organizó para poder llevar a la chica que dio mínimas señales de amor en la noche pero no suficientes para irse sola con él.

  Ahí está la hipona borracha que quiere poner música desde su celular y solo le interesa cantar LA canción que, jura, la identifica. Más allá los dos o tres que llegaron en una motito con un tetra para ver qué onda, nadie los conoce ni ellos conocen a nadie, pero cada media hora se animan a un chiste. Está la divina de la noche, sin zapatos, con la cara que parece un óleo corrido por un manotazo, tratando de preparar un Fernet y chorreando la mesa. Cerca de la puerta ya se pone la campera una que es madre y tiene que ir a buscar a sus hijos y continuar despierta, más acá los tres que fuman y juegan a las cartas mientras comen bizcochitos o restos de sandwiches de miga que robaron de la heladera y tuvieron que correrme para eso. En fín. Así transcurren las cosas, o mejor dicho, no transcurren.

  Entonces ¡¿Qué hacemos ahí?! No lo sabemos, hay un instinto humano absurdo que nos lleva a creer que algo inédito va a ocurrir con alguna chica. Repasamos el lugar mirando a las presentes. Nahhh! Nada extraordinario puede pasar con ninguna de ellas. Es hora de irse. Hace cuarenta minutos que es hora de irse. Nos vamos por fín.

  Afuera nos espera la cachetada del sol en la nuca, las viejas barriendo sus veredas inmaculadas y deteniéndose a registrar cada auto que pasa con música fuerte, algunos perros husmeando en los canastos de basura, y nuestra sombra, delante, apurada por llegar a casa antes que nosotros. Ella es sabia. Nosotros caminamos despacio, inconscientemente albergamos una ingenua esperanza de que algún auto nos levante y nos lleve a un lugar maravilloso, con chicas dispuestas, por supuesto.