El arca de No es (2)

Lee antes la Parte (1)

  El capitán Durupinar no vuela muy alto. La misión de mapeo para la OTAN ya casi termina. Hay una extraña estructura de tierra y piedras la cual incluye en su informe. Nada más. Es 1959 y en su honor, aquel pedacito de geografía elevada llevaría su nombre. Allí llegó un oficial de la marina mercante estadounidense y experto en salvataje llamado David Fasold. Parece (o al menos así queda registrado en su libro El Arca de Noé) que en 1985, Fasold se unió a un tal Ron Wyatt y al geofísico Dr. John Baumgardner para estudiar la zona.

Fasold asegura que aquello se trata de los restos de un naufragio. Lleva un equipo de radar para la exploración de suelos y un dispositivo al que llama “generador de frecuencia”, que configura en la longitud de onda del hierro para buscarlo entre los restos del arca. Según un reporte de la expedición, la estructura mide 164 metros, cerca de los 300 codos (157 metros) que la Biblia señala que medía el arca de Noé, si se usa como referencia el codo del Antiguo Egipto (0,52 metros).

  Fasold está convencido de los restos fosilizados de la cubierta superior del arca y de que la subestructura original, fabricada de cañas, desapareció. Después de exponer los resultados, durante la década del noventa, Fasold es blanco de grupos interesados en el tema que lo ridiculizan: los creacionistas ortodoxos  (aquellos que creen que dios creó el mundo en siete días y en todas las demás cosas que se leen en el Génesis) no aceptan otra ubicación que no sea el monte Ararat. Ron Wyatt y los que continuaron las investigaciones lejos de Fasold reportan importantes descubrimientos contradictorios. Por otro lado, la intervención de la ciencia es determinante, el sitio es una patraña y los equipos de radar de Fasold y sus seguidores no son más que objetos de “radiestesia”, una creencia que se basa en que un simple palo o varilla de metal indica actividad electromagnética, lo cual es falso.

  El tesoro que probaría la existencia previa de un fin del mundo no aparece porque, simplemente, no exitse. Después de varias expediciones científicas a Durupinar que incluyen perforaciones y excavaciones con resultados negativos, Fasold dudó. En 1996, colaboró en un artículo junto al geólogo Lorence Collins titulado Falsa ‘arca de Noé’ demuestra ser una estructura geológica común. Al año siguiente, mientras prestaba testimonio en una corte australiana, renegó de sus creencias en el arca afirmando que sólo eran patrañas.

  Los creacionistas Don Patten, David Allen Deal y su amigo australiano y biógrafo June Dawes afirmaron que antes de su muerte en 1998, Fasold afirmó que el sitio de Durupinar era la verdadera ubicación del arca de Noé.

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La manchita esa

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para La Voz del Interior

   Emparentado con la poesía breve, desnuda, categórica, de remates que dan sentido a un cuerpo esquelético en el que se presenta el poema, Un puntito Negro, del nativo de Villa Nueva Gustavo Borga, se despliega en tres partes muy diferentes donde la conceptualización de la primera amenaza con eclipsar a las demás.

   Minimalista y metafórica sin más, esa primera parte apenas fue construida con un autor que escribe, la página, y un puntito negro que lo condiciona todo. Acotados, los versos se abren al infinito, sus enunciados recuerdan a la mirada desde la alcantarilla, de Pizarnik, que también puede ser una visión del mundo. Ese punto, llegado en algún momento indefinido al yo poético, produce una irrupción biográfica que tiñe al propio escritor: escribo lo mismo/ pero no es lo mismo/ con esa cosa ahí.

   A partir de entonces ese lunar en el papel-piel será quien señale, protagonice, amenace, lacere. Lentamente se proponen alguna elucubraciones. El punto no solo es una evidente mancha, sino que puede mutar, a veces en culpa, la que todos llevamos. Es un punto huérfano de signo interrogatorio que pregunta siempre por él. Nadie sabe qué hace allí, no todos pueden verlo. Quizá no exista.

   Gustavo Borga (1960) es un poeta pueblerino, pero no provinciano. Ancló su imagen con fuerza excesiva en su primer libro Patitos degollados: El caballo que viste/ fugazmente/ desde la ventana/ del colectivo// (el animal estaba solo/ parado en cuatro patas/ en medio del campo)// era yo// Yo me llamo Gustavo/ Gustavo Borga me llamo// soy tu espejo.

   En la segunda parte, el autor ensaya sobre el acto de escribir y su relación con el actor que escribe, con ejemplos y escenas. Una forma de poner los puntos sobre las íes a la hora de marcar territorio poético-político que desembocará en una tercera parte áspera donde contrastará la lírica y lo prosaico, en cantos efectistas donde conviven el presidente, una mano cortada que, trasladad en un maletín, oficiará de masturbadora, YPF, la idea de asesinar a la madre y otros poemas reunidos en un pequeño reservorio de piezas sueltas.

El arca de No es (1)

Al dios Enlil  le resulta molesto el ruido de la humanidad y decide destruirla. Enterado del asunto, Ea, el dios de la música, le buchonea el plan al héroe Uta-na-pistim para que construya un barco lleno de animales y semillas porque según parece, el exterminio incluye mucha agua.

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   El barco está listo, unas tímidas gotas comienzan a caer, de a poco se intensifica espantosamente, y es diluvio. Las naciones se retuercen bajo el agua y la gente muere. Al final, no queda ser humano sobre la tierra a excepción de Uta-na-pistim y sus acompañantes. El héroe se da cuenta de que las aguas están bajando y suelta un cuervo para encontrar tierra firme.

   Esta historia es la más antigua conocida por la humanidad. Los sumerios la tomaron de una tradición oral sobre la epopeya del mitológico rey Gilgamesh, que posiblemente existió hacia el año 2.500 a.c. Éste y otros relatos artísticos fueron ensamblados en un extenso poema acadiano: La tablilla 12, datada en el 1.300 a.c.

     Los judíos, cautivos en Babilonia hacia el siglo VI a.c. copiaron esta historia (entre otras) que con los años formarían parte de la Torá (el libro sagrado de los Judíos) y luego el  Pentateuco (los cinco primeros libros de La Biblia). Allí se lee:

 “Y he aquí que yo traigo un diluvio de aguas sobre la tierra, para destruir toda carne en que haya espíritu de vida debajo del cielo; todo lo que hay en la tierra morirá.”; “Dijo luego Jehová a Noé: Entra tú y toda tu casa en el arca”; “De todo animal limpio tomarás siete parejas, macho y su hembra; mas de los animales que no son limpios, una pareja, el macho y su hembra.”; “Y las aguas subieron mucho sobre la tierra; y todos los montes altos que había debajo de todos los cielos, fueron cubiertos.”; “Y murió toda carne que se mueve sobre la tierra, así de aves como de ganado y de bestias, y de todo reptil que se arrastra sobre la tierra, y todo hombre.”; “…y quedó solamente Noé, y los que con él estaban en el arca.”; “Y aconteció que al cabo de cuarenta días, Noé abrió la ventana del arca que él había hecho, y envió un cuervo, que estuvo yendo y viniendo hasta que se secaron las aguas sobre la tierra.”

  Esta copia y las demás aparecen en el Génesis, el primero de los libros de la Biblia.

  Casi todas las culturas incluyen el mito de un diluvio antiguo que puso fin al mundo para un nuevo comienzo. La mayoría pasó de generación en generación desde el poema recopilado en la tablilla 12. La idea de una inundación universal existe desde Mesopotamia hasta los pueblos indígenas americanos, pasando por India y China. De haber ocurrido, semejante cantidad de agua tendría que existir antes del diluvio y todavía hoy, en el mundo.

  Sin embargo, el relato se popularizó gracias a la Biblia y mucha gente lo tomó como algo real aunque no resulte lógico que cuatro hombres y cuatro mujeres sin conocimientos náuticos construyan semejante embarcación que, además, no alcanzaría para meter en ella a una pareja de cada especie viviente en la época: más de un millón de insectos, 70.000 hongos, 250.000 plantas, 10.000 aves, 6.000 reptiles, 20.000 peces, 4.000 mamíferos y 4.000 anfibios; ubicarlos convenientemente para que no se devoren y disponer de miles de metros cúbicos para almacenar semejante cantidad de alimento. Aún si todo eso fuera posible, habría que hacer llegar hasta el Arca a los osos polares, por ejemplo, o a las criaturas del manglar, los canguros, las aves de Ushuaia; y luego redistribuirlos una vez que las aguas bajaran sin que se depredaran apenas ser liberados; y todo esto sin la menor posibilidad de dejar rastros arqueológicos.

  Los geólogos no han encontrado ni rastro de una inundación planetaria hace miles o millones de años y ningún científico considera al Génesis un libro de Historia. Más específicamente, se sabe que según la historia descrita en la Biblia, la zona donde se ha posado el arca son las montañas de Urartu (hoy Armenia), y según el relato caldeo en el monte Nisir de la cordillera de los montes Zargos, no en el monte Ararat turco que la tradición cristiana posterior arbitrariamente adjudicó.

  En 1916, el zar Nicolás II envió una cruzada al monte Ararat antes que los bolcheviques le cortaran la cabeza. La expedición habría reunido una serie de fotos con pruebas de la existencia del barco. Prepararon detallados informes y enviaron todo el material a San Petesburgo. Pero, como sucede con las pruebas de aquello que no existe, jamás salieron a la luz. Ni siquiera Nicolás las recibió. No se sabe mucho de los montañistas, la expedición se olvidó en el caos de la Revolución de octubre de 1917, o jamás existió.

  Una seguidilla de expediciones intentaron develar el misterio: en 1950, el alpinista francés Fernand Navarra encontró restos de madera cuyo análisis de carbono 14 en distintos laboratorios ubicó la edad de los trozos de madera entre 650 y 760 a.c. Sin embargo, solo era un trozo de madera sin ninguna prueba de haber sido usada en la construcción de una embarcación. En 1965, un aviador turco que sobrevolaba el Monte tomó una fotografía en la que se observa una forma ovalada atribuible a un barco. Era una formación de hielo.

  En 1974, un satélite obtuvo una foto del Ararat en la que aparecía una formación oboide. La famosa foto jamás fue presentada, simplemente, porque no existe. Los satélites más avanzados de hoy no pueden ver lo que vio aquel de hace 40 años.

Un porteño leyendo a cordobeses

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   La literatura no es solamente un modo de concatenar una serie de palabras para poder hacer comprensible una historia. Eso se parece a un anzuelo detrás del otro, puestos a diferentes alturas, en un largo sedal. La literatura es mucho más. La literatura es una red de pesca. Si logramos ver alguno de los nudos de cerca, tocarlo, tal vez desatarlo, significa que ya estamos definitivamente atrapados en ella. Esta es una verdad de pescador. 

   Tiré mi mediomundo en el río cordobés y pesqué dos nuevos libros que voy a cocinar para ustedes. A la vasca, a la romana. A la porteña, bah. 

   Uno es de carne joven, las mojarras de la literatura. El otro reúne un cardumen de jovatos como yo, pero que viven en “la Docta”. 

   La antología de los jóvenes cordobeses se titula Es lo que hay, de Editorial Babel. La otra es Cuarto Oscuro, de Editorial Raíz de dos. 

   La selección y el prólogo de Es lo que hay fue hecha por la profesora Lilia Lardone, una especie de mamá literaria súper aplicada. Y la verdad es que lo hizo bien: los cuentos son variados, las temáticas interesantes y la juntada es impecable: son pibes entre 20 y 30 años que ya son escritores. Hay algunos más originales y otros más ortodoxos, pero todos son escritores. Entre los más jugados están Taborda Varela, con un cuento de tinte sociológico –Arroces como balas–, y Javier Martínez Ramacciotti, que se mete en Zombie con una relación amorosa y le agrega un plus literario interesante. Entre los tradicionalistas está Luciano Lamberti, que cursa una especie de existencialismo beat en El asesino de chanchos; lo sigue Pablo Natale con Disfruta de la felicidad eterna, un cuento melancólico y peligroso (o peligroso por lo melancólico); Emanuel Rodríguez y la suave ternura de sus Margaritas; Federico Falco y la psicología mal entendida en Un camino amarillo; David Voloj y un intento acertado de pornografía tabú en La culpa es de los padres. Los puntos más altos, a mi juicio: el cuentazo de Pablo Giordano sobre culpas y cosas no dichas en la infancia, Dos siluetas en Simulcop; el parco y carveriano San Rafael, de Javier Quintá, y el maravilloso Ocio, de Hugo Rabbia. Cabe agregar que solamente conocía de antes a tres de los escritores, por estas cosas de los blogs: a Giordano, a Diego Bermani (que viene con el cuento de un cerdo con gustos exquisitos) y a Falco. Ya sabía que ellos eran buenos. Los demás fueron una gratísima sorpresa. 

   El otro libro está prologado por el Gran Carlos Gazzera, que nos invita a leer a sus amigos en clave lúdica: todos hablando sobre un mismo tema, las elecciones. Todos los que aquí escriben pasan los 40 años; la prosa es más equilibrada y con menos excesos. Estos escritores son los maestros de taller, los empleadores en los periódicos, los jueces en concursos de los del otro libro. Y aquí vuelvo a opinar, porque leí: la antología tiene un nivel homogéneo, pero me gustaron más 4 de los 11 cuentos que allí salen. El que abre el libro, Gusanos, de Jorge Londero, e Indigestión, de José Playo, por la locura que le agregaron al tema comicios; son muy graciosos. Los ojos del ciego, de Jorge Cuadrado (un autor del que me gustaría leer más cosas) y Padrón, de Carlos Presman, la fuerza de un gran final. Cuatro joyitas en una pila de piedras preciosas. 

   Son dos libros que atrapan como una red de pesca. Hacen un corte zonal y temporal: aquí y ahora. Dos generaciones actuando y escribiendo en Córdoba, Argentina. Dos libros para comprar, leer, guardar. Los votos que hice y hago son simplemente porque uno vota siempre, porque me gustaron más unos cuentos que otros, o simplemente porque sí. Perque me piache, como decía el Papa en el chiste de las tetas. O porque fui llamado a votar por la seducción intrínseca de sus letras, y no como exige el Doctor Juan Ramón Garrido Pérez en la página 83 de Cuarto Oscuro, arengando a su tropa de restorán: 

   –¡Vótenme a mí, soy el único que mastica y traga la fruta del clericó! 

Gustavo Nielsen 

Donde viven los muertos

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  Mientras nos condolemos y ponemos en Facebook banderitas del país de turno castigado por el terrorismo, y anunciamos el repudio por cualquier tipo de ataque que involucre una considerable cantidad de muertos, e insistimos en los treinta mil desaparecidos que dejó nuestra última dictadura militar; México sigue batiendo todos los récords de cadáveres y desapariciones absurdas sin que la prensa parezca notarlo. En la última década se registraron en el país azteca 155.000 asesinatos y 27.000 desaparecidos solamente relacionados con el narcotráfico. Los femicidios cuentan de a 2.500 muertes por año, siete por día solo en el D.F. A esto hay que sumarle cientos de miles de víctimas del tráfico de personas. La mayoría intentan llegar desde centroamérica a USA y si tienen suerte de no ser asesinados antes de llegar, serán tomados como esclavos en el campo laboral o sexual. Casi no hay un sólo caso que no esté relacionado con oficinas estatales, es por eso que muchos no titubean en describir a México como un narcoestado.

  La literatura de ficción que aborda estos temas abunda, es que prácticamente no se puede escribir sobre otra cosa en México. La fila india, de Antonio Ortuño (1976), podría catalogarse como una más de estas novelas, pero no es así. Concentrado en el tráfico de centroamericanos y las oficinas teóricamente destinadas a protegerlos, el autor nos involucra en el día a día de quienes participan en atroces y episodios martirizantes con una prosa de múltiples voces que fotografían una sociedad que encarna, además y como si fuera poco, muchas otras formas aparentemente incontrolables de violencia y corrupción.

  Antonio Ortuño fue finalista del Premio Herralde, traducido a diez idiomas y fue seleccionado por la Granta como uno de los mejores narradores jóvenes en español. En esta novela registra cómo se descompone una persona según el lugar en el que le toca o elige vivir.

La chica de la ironía detrás

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Para La Voz del Interior

  ¿Por qué leer el libro de Mayra Sánchez, inscripto en la tradición del testimonio autobiográfico de trauma, que siempre vende y suele ser bien recibido en los públicos sensibleros de autoayuda? Respuesta: porque entre otras cosas, tiene un comienzo demoledor.

  La yegua Mayra, la flaca de asombroso culo, delicia de los barrios y las oficinas, recibe la noticia: tiene cáncer de colon con diagnóstico reservado. La muerte se burla de ella con ironía, pero no espera el cinismo hilarante de una mujer que en pocas páginas no solo atrapa y hace reir, sino que deja en evidencia patética los mecanismos de diagnóstico, medición, y tratamiento de enfermedades. La precariedad de una ciencia que sabe mucho, pero sigue operando con rudimentos.  El cuerpo sufre un cimbronazo de sentido como símbolo de la condición humana, visionada desnuda en la camilla metálica en la que la autora rota sin saber bien para qué.

  Mayra Sánchez (Córdoba, 1972) es titular de Ética de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Concepción del Uruguay. Desde 1996 trabaja como consultora en programas de cooperación internacional en políticas públicas vinculadas al empleo, la salud y la educación. Publicó varios libros científicos relacionados, y algunas ficciones breves en revistas. A los 35 años le informaron de un adeno carcinoma semidiferenciado invasor, en el recto. Después de una larga lucha retratada en el libro, logró la remisión completa y no duda en presentarse en la solapa como excancerosa.

  Como bien señala Cristina Wargon en la contratapa parafraseando a Woody Allen, el humor es tragedia más tiempo. Pero aquí parece que no hubiera tragedia, sino un melodrama constante cabalgado por una mujer fuerte y malhablada, hilarante, brutal y  escatológica, salpicando de momentos cotidianos (que creemos inexistentes ante la posibilidad de muerte), indicando que la vida diaria continúa con sus dificultades, como si no fuese poco lidiar con un cáncer.

  La novela contiene párrafos de valor dramático genuino que pueden llevar al lector al llanto, la angustia, la lástima; sin los muy recurrentes -en este tipo de libros- golpes bajos. Nos encontraremos a las risotadas, de las saludables, pero también aquellas nerviosas del miedo, la que surge al encontrarnos en un mundo donde las reglas parecen haber sido redactadas para un juego de mesa, como cuando en la escena de quimioterapia la autora está canalizada y a punto de comenzar a recibir los tóxicos y una administrativa irrumpe corriendo en la sala para detener el proceso por problemas con la mutual.

  Llegando al final tomamos conciencia de estar acompañando a la narradora en un proceso de desensibilización, algo que ocurre cuando las terapias se prolongan y complican, terminando por padecer en el intrincado, burocrático, injusto, absurdo y estrambótico mundo del cáncer aún después de una remisión por lo menos física. La mental y social, habrá que reconstruirla también.

  La santísima trinidad de la salud -que presupone un bienestar general de estos campos, declarada por la Organización Mundial de la Salud como un recurso para llevar una vida individual, social y económicamente productiva-, se reduce a humildes estatuillas vacilantes en el estante retórico de Puto Cáncer, una crónica que pone a la literatura a trabajar para testimoniar el infierno.

2013

Ñandú

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   El Lucas ya se había mandado algunas cagadas parecidas. Una vez, a la entrada del colegio, hizo un willy con la moto blanca que había armado, y en el aire se le salió la rueda de adelante. Anduvo media cuadra con la moto levantada pensando en cómo bajarla pero no había opción. El ruido fue lo que más nos impactó. Lo otro fueron algunas chispas y el Lucas arrastrándose sin control hasta nosotros, golpeando varias veces contra el cordón cuneta. Otra vez fuimos a la casa y nos mostraba cómo había que castrar a los gatos. Les ataba un alambre de cobre bien apretado alrededor de los huevos y los largaba. A los días aparecía el gato con el pito seco y se los sacaba como si fuese una crosta.
   Los padres nunca estaban. El Lucas se subía al techo a fumar. Armaba cigarrillos con yerba mate y un pedazo de diario. Esas cosas fueron en séptimo grado, él había repetido dos veces. Una semana antes de terminar la primaria pasó lo del ñandú.
   En verano lo acompañé a chorear nísperos y pasamos por el campo del tío. Se le iluminaron los ojos cuando la vio y era imposible que el entusiasmo del Lucas no se te contagiara. En esas situaciones no medíamos las consecuencias, lo único que importaba era verlo así, ver crecer la alegría como un veneno que le hinchaba el cuerpo y lo hacía explotar.
   —Vos colgate de las rejas y espantala, que yo me acerco por acá atrás y le tiro la soga —indicó.
   —Te crees que la ñandú es boluda, Lucas. Las ñandú son re-vivas.
   —Vos andá.
   —Te va a cagar a patadas, las ñandú te cagan a patadas.
   —Problema mío, andá. Ya me vas a agradecer cuando las chicas nos vean pasar arriba de la ñandú y se caguen de risa.
   Lo encontramos en el zoológico abandonado. El zoológico había sido un rejunte de animales de la zona, más bien grises, flacos. Tres zorros, un puma, varias lagartijas, un puñado de gorriones y no mucho más. Cuando no pudo seguir alimentandolos, el tío les echó el veneno. Fue en cana, molido por un grupo de mujeres que quiso lincharlo. Solo, en un pedazo de jaula detrás de los chañares, el ñandú sobrevivió.
   —Tapemoslé los ojos con algo, Lucas. Yo vi en la tele que le hacen eso a los cocodrilos para que no se aviven.
   —Si, ¿y cómo mierda la agarramos? Le podemos poner esas anteojeras de los caballos.
   —¿Van con monturas las ñandú?
   —Yo vi en la tele que sí, a los avestruces se las ponen.
   —Sí, pero las avestruces son más grandes, no se si esta va a aguantar.
El bicho le tiró un picotazo en la pierna. El Lucas se revolcó agarrándose el tobillo, juntó un puñado de piedras y se las revoleó por la cabeza. El ñandú corrió flameando el cogote.
   —Se me caga de risa, la hija de puta.
   —Agarremoslá por atrás.
   —Qué te crees que es pelotuda o qué, mirá como juna por el costado.
   —Ta’sustada, boludo.
   La acorralamos en puntas de pie agazapados, el bicho no se dio cuenta. El Lucas fue por atrás, pegó un salto tirando de las alas y se subió. El ñandú salió corcoveando. La jineteó cagándose de risa. Le enredó la soga alrededor del cuello, el bicho dobló cerrado y lo tiró a la mierda. Antes de tocar tierra, el Lucas pegó el tirón y la revolcó. El bicho largó un grito horrible, saltaron manojos de plumas.
   Nos fuimos al centro en las bicis. Se escuchaban las uñas del ñandú raspando el pavimento. A cada rato se metía entre las ruedas y nos obligaba a frenar. Le desenredamos la soga y arrancamos de nuevo. Una cuadra antes del centro dejamos las bicis y nos preparamos. No me animé a subir, al escándalo lo iba a protagonizar él. Pobre.
   La acomodó derechito a la plaza. La montó de un saltó y salió cagando. El ñandú agarró en diagonal, zigzagueando.
   El Renault 12 venía al mango, era rojo.

(Revista Diccionario, 2007)