Literatura blanca

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(para El Litoral de Santa Fé)

   Toda reseña es una mirada particular que se esfuerza por ser objetiva sin condicionar la experiencia que se quiere transferir a quien lee. En este caso no sabría qué hacer y no hay otra manera de empezar que no sea admitiendo que junto a Mario Bellatin y César Aira, Sergio Chejfec es uno de los escritores más difíciles de abordar. Son como electrones, los cuales no pueden medirse completamente: podemos conocer su ubicación dentro del orbital, pero no a qué velocidad se mueve, u optar por conocer la velocidad pero sacrificando detectar su posición. Estos tres autores parecen experimentar en laboratorios donde lo único importante es no aburrirse, ni aburrir, y de allí surgen géneros o libros como éste, el cual obliga a una lectura de aliento laxo para la narrativa que avanza con pasos de ensayo literario. El autor, quien aseguró que podría dejar de escribir en cualquier momento sin más, nació en 1956, en Buenos Aires y se radicó en Nueva York hace 24 años. El año pasado apostó para Modo linterna por el pequeño sello argentino Entropía, editorial acorde a su obra -según él mismo- la cual crece en voz baja. Estas nueve historias, siete de las cuales habían sido publicadas en diversas antologías, y dos que se editan por primera vez, convierten la materia y la experiencia personal en representaciones abstractas y souvenires -respectivamente-, valiéndose de la crónica testimonial, el ensayo, la ficción, el diario filosófico; técnicas conocidas aunque aquí de a momentos irreconocibles.
El viaje parece lento pero es una ilusión de la ruta, el horizonte se difumina. Modo linterna es tan cercano a la fotografía que hasta en algunas páginas le hizo falta a Chejfec incrustar reproducciones. Pero… ¿qué podemos encontrar en él? ¿Son cuentos, hay historias? Sí, y además exóticas, de donde surgen conceptos en apariencia complejos por tan culturizados pero simples por definición. En el primer cuento, por ejemplo, la invisibilidad es tratada como algo natural (y lo es, a pesar de que la ficción nos haya convencido de lo contrario).
El bello relato de un paseo por la ciudad nevada y silenciosa, casi un tratado sobre el invierno en New Jersey, parece ofrecer una literatura leve y/o minimalista pero se acerca más a lo exhaustivo y detallista del significado. Amasa la alegoría, Chejfec, algo prepara y quizá no haga falta saber qué.
En uno de los relatos, un acompañante al encuentro de su enfermo puede constituir una micronovela, y en otro, un oso de peluche llamado Colita debe aparecer en las fotos de viaje de un ensayista (acompañado de un narrador, un músico y un teólogo) que terminarán buscando la tumba de Saer (uno de los varios guiños alegóricos que pueden encontrarse). Por allí aparece también Vila-Matas, que quiere conocer al árbitro Elizondo, el cual confiesa que quiere escribir unos poemas y una novela. Por un lado están los hechos, por el otro lo reflexivo, como explicó Chejfec en más de una oportunidad.
Hay tanta ficción circulando, que sólo una interrelación con otros géneros vinculados a lo real pueden nutrirla y volverla vívida. Ésa parece ser la receta que cocinó este libro. La documentación fue materia prima pero también el valor agregado y la obra en sí. ¿Una santísima trinidad para un nuevo género?
El anecdotario puede ser autobiográfico para generar atributos inversos: así como el personaje o narrador puede ser el autor, la experiencia ficcionalizada y por tanto simbolizante muta al autor y al lector en personaje para proponerle atravesar ciertas experiencias, eso sí, con la levedad y el silencio de la nieve que cae. Dicen que los libros deben cambiar al lector, pero en ningún tratado se dictamina que éste deba percibirlo.

Ni una cosa ni lo otro

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  Una vez leído, entendemos que a este libro sí podríamos haberlo juzgado por la tapa: una joven de espaldas, adentrándose en el bosque como a un misterio. La imagen marca el género y quizá también, la calidad literaria. Portadas y libros como estos son los que rebalsan Wattpad, una de las plataformas más populares para autoeditar y encontrar un público específico, e igual de interesante. La diferencia radica en que en este caso la autora Inés Garland no es adolescente y goza de cierto reconocimiento. Llegó a la terna finalista del concurso Planeta con El rey de los centauros (Alfaguara 2006) y Piedra, papel o tijera, una novela para adolescentes premiada por ALIJA. También recibió el Deutscher Jugendliteraturpreis en 2014 como novela del año en Alemania, traducida a cinco idiomas.

  En Los ojos de la noche, Dalila, la protagonista, vacaciona con su hermana y un grupo de amigas en un bosque del sur argentino donde acampan. Para ella además de descanso, aquello es un retiro de duelo por una relación con Pablo. Perdida en el paisaje del frío, conoce a Tharo, de quien se enamora y por quien vivirá esas semanas entre sombras siniestras, investigando hechos que conducen a esas sombras, sobretodo la de un tal Zasiok, el cual termina vinculado al derrotero trágico del paraje.  

  Esta clásica historia de campamento de señoritas tontas que harán cuanta estupidez esté a su alcance para entregarse ingenuamente al terror, mientras se enamoran de un héroe, etc… etc… deviene en nada, lo esperado no ocurre, pero tampoco ocurre lo inesperado ni algo original, los secretos no se revelan del todo, por más que ¡oh, sí! ¡Estén detallados en un cuaderno que tienen la forzada suerte de encontrar! Por otro lado la creación de los personajes, es menos que básica. Llevan nombres que son o bien reveladores de su futuro rol en el argumento, o configuran metáforas del carácter o deseo de quien lo porta, en algunos casos, con obviedad insultante: Petra, por ejemplo, dice sentirse como una piedra.

  A medio camino entre cualquier género y cualquier otro, pero sin estilo ni marco que justifique esa vaguedad, la novela no colma ninguna de las expectativas que genera una vez adentrados en el bosque de la lectura, acechados por el misterio. Los ojos de la noche  se vende para público adolescente, aunque de a momentos el lector es interpelado hacia las complejidades y sensaciones exclusivas de la edad adulta. Lo llamativo es que no logra articularse hacia ninguno de los dos polos, pero tampoco se queda a mitad de camino, es una novela inmóvil, solo una trama apretada en función de efectos que no se producen, excepto en la escena donde Dalila observa escondida como el joven Tharo,  desnudo, adiestra caballos en el valle. En esas páginas se toma conciencia que la autora podría escribir buenas novelas pero prefiere éstas.

La educación y sus aforismos

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ENSEÑAR A VIVIR
Manifiesto para cambiar la educación
Edgar Morin
Ensayo
Nueva Visión
140 pgs

  

   En tiempos donde Finlandia se encuentra a la “vanguardia” de la educación mundial,  no sólo creando agentes al servicio de sus necesidades socioeconómicas sino también buenos ciudadanos y un nivel de cultura general muy alto entre sus habitantes, donde una de las carreras más exigentes y prestigiosas a las que aspirar es la docencia; en una actualidad que seduce a Suecia con eliminar las materias de humanidades obligatorias porque los estudiantes no necesitan de la escuela para guiar estos aprendizajes, y se concentra en enseñar oficios concretos en vistas al desarrollo del país en cincuenta años; otros modelos educativos, sobretodo en los países de raíz latina como el nuestro, subsisten.

  Pero la escuela básica normal junto a las enseñanzas “alternativas” como la Waldorf y su sentido humanitario no parecen estar dando el resultado óptimo soñado, sino que representan un dolor de cabeza para los estados. La incidencia económica, que se creía sustancial para comparar a los países del primero con el tercer mundo en materia de educación, no parece tan obvia revisando los nuevos estudios. En este panorama que requiere de constantes análisis y ensayos, Edgar Morin afirma que la educación debe volver a ser socrática, es decir suscitar sin cesar diálogo y debate. Debe volver a ser aristotélica, a poner en ciclo los conocimientos adquiridos y las ignorancias descubiertas por nuestro tiempo. “Debe volver a ser platónica, es decir interrogarse sobre las apariencias de la realidad. Debe volver a ser presocrática y lucreciana, reinterrogando al mundo a la luz y la oscuridad de la cosmología moderna”.

  Enseñar a Vivir prolonga una trilogía dedicada a lo que debe ser superado, revitalizado y conservado del sistema educativo. Ayuda a repensar la función y misión de la enseñanza. Su autor, sociólogo y filósofo francés, Director Emérito de  CNRS, Presidente de la Asociación para el Pensamiento Complejo y Doctor honoris causa en veintisiete universidades; recapitula infinidad de obras precedentes (de a momentos de manera caótica e insustancial) desarrollando ideas más cercanas a la New Age que a evidencias científicas y experiencias educativas de calidad. Para ello se basa en aquel mandato del Emilio de Jean-Jacques Rousseau a su alumno: “lo que quiero enseñarle es el oficio de vivir”.

  Un resumen y crítica justa de este libro podría asentarse en la fórmula que atraviesa todas su páginas: la escuela y la universidad enseñan conocimientos, pero no la naturaleza del conocimiento, que lleva en sí misma el riesgo del error y de la ilusión.

Repetir lo imposible

 

(para La Voz del Interior) 

   Cuando un libro es malo, los críticos piadosos recurren a un truco que consiste en anunciar que bajo una apariencia de superficialidad, se encuentra el valioso sentido de la obra. De esta manera se está al resguardo de cuestionamientos y no se destruye ni al producto, ni a quienes intervinieron en él. Pero… ¿qué ocurre cuando en verdad, nos topamos con un texto que no evidencia virtud a priori pero gracias a algunos fogonazos se ilumina el camino y nos lleva a lo profundo?

  Ana Inés Lopez (Lobos, 1982) mantiene desde 2006 su blog rollerblou.blogspot.com y su opera prima fue Éstas deben ser épocas felices pero me daré cuenta más adelante(Tammy Metzler Editorial) donde grabó en verso la transcición hacia la adultez centrada en el duelo de “dejar el nido”.  El Campeón existencial es su segundo libro y puede leerse como una continuación, un álbum de pensamientos y memorias fragmentadas respirando en una mujer sola. Sin la candidez casi adolescente que López no oculta, sonarían pueriles versos como: ¿Qué va a pasar con toda esa exhibición y con todos nosotros ahí adentro? // Con todos nosotros en las ciudades, adentro de departamentos, mirando el cielo a través de la computadora.

  López es lineal y te mira de frente. Si tuviera que abrazarte no te quitaría los ojos de encima. Su mirada parece no tener simbología, y en sus poemas escasea la metáfora a fuerza de representar a una generación con instantáneas de un solo filo. Lo demuestran algunos títulos: “Me acuerdo cuando íbamos al tenedor libre de Congreso”; “La gente no te mira en Buenos Aires” o “Estoy empezando a hablarle a los perros”.

  La autora propone un campo de ilusión hiperrealista donde las definiciones comienzan a perder sentido en brazos de algunas conjeturas espirituales entre la todavía vigente Alt Lit y el desinterés por una literatura con mayúsculas. Y de pronto: Si, una vez fui a un hotel cinco estrellas / casi como si hubiera vivido otra vida/ ahí había un chico desayunando Coca-Cola.

  Todo parece estar bañado por una mirada lacónica a través de la ventana de departamento de un alto edificio. La ciudad allá abajo, ajena y parte de un paisaje a esta altura natural, tiene mucho para decir pero no lo hace sino a través de la voz melancólica en un presente difuminado donde los hilvanes de los versos sugieren un balance existencial.    

  Al fin parece que a todo lo mueve el instinto. La crítica social también aparece, con anhedonia, se torna política, ética, pero fútil, y enlaza con lo anterior, el instinto es consumista y visceversa: el consumismo como un instinto que puede destruirnos pero poco importa a esta hora de la noche. Lo único que deseamos es un abrazo en una casa ajena que recordamos, una imagen banal en apariencia, pero cuya permanencia nos dispara pensamientos complejos.

  Como el viraje demasiado cerrado de un avión a baja altura, algunas ideas pierden sustentación y caen en lo prosaico sin más, para a vuelta de página despegar e intentarlo una vez más. La emoción está en repetir lo imposible, la terquedad de lograr algo que se salga de las leyes, en este caso, poéticas, y que no importe lograrlo o no, sino quedarse mirando las variaciones y matices que los intentos producen y su maravillosa complejidad casi imperceptibles.

Multiversos

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no fui llamado a ser el poeta de mi generación
en este universo

no hablaré de la patria ni el futuro
de nada
igual de anacrónico

que los demás documenten la lucha de los padres
el rostro del país de haber sobrevivido
a la metáfora

la de los míos fue al alba
con las manos cortadas
por los filos del tambo en invierno
las noches en el colegio para adultos
enseñando a escribir
a ciertos maleantes que
solían acuchillarse a la salida

 

 

no seré
el poeta de las aguas turbias
al borde del acantilado que
invita
al sueño
con su manto transparente para el mito
que cae

no a los poemas nostálgicos
tristes pavas usadas de florero
mugre de los mosaicos
adornos en la vitrina
plantas
que crecen en viejas azoteas

el olor que tenía aquel atardecer
la lluvia que se alzaba al cielo

bella
pero a la vez irreparable

 

 

 

no seré
el poeta que lee un cielo
para escribir la tierra

tampoco el de la justicia
ni civil ni poética
repito
ni retórica

 

 

 

en los cubos de Bukowski
podemos quedarnos sin trabajo
alimentarnos a picadillo
morir mañana

los del barrio de Hank
curamos la sarna de perro
a lengüetazos
leemos al sol
lo que las nubes ocultan

podemos bañarnos
si queremos

seducir a la niña más linda del pueblo
con nuestro viejo cuerpo
nuestro
espíritu perdido
nuestra dudosa dentadura
nuestra psicosis galopante

sabemos que la poesía no falla
pero tampoco existe

 

(cuatro poemas pertenecientes a Multiversal, Ciprés ediciones, Córdoba, 2013)

El lado claro de la luna

El alunizaje humano llevado a cabo por Estados Unidos en 1969 se convirtió asombrosamente en un mito contemporáneo.

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 “Se lleva el secreto a la tumba”. Esas fueron las palabras que, como muchos otros millones de personas en el mundo, pronunciaron varios periodistas el 25 de agosto de 2012 cuando murió Neil Armstrong, el primer hombre en pisar la Luna. Supuestamente, el secreto que se llevaba, era si el alunizaje existió o no. El enunciado “nunca llegamos a la Luna” pasó de ser una denuncia de un grupo de conspiranoicos -categóricamente refutados en su momento-, a una creencia popular que se escucha en la última década en los bares y sobremesas, con aires de superioridad intelectual.

  La idea comenzó en 1974 con las denuncias del norteamericano Bill Kaysing en su libro “Nunca fuimos a la Luna”, empezó a popularizarse cuatro años después, con el estreno de la película de ciencia-ficción Capricornio Uno, donde se ficcionalizó a la NASA intentando falsificar un amartizaje; y en 1968 un guión del dramaturgo británico Desmond Lowden, mostraba un alunizaje con maquetas.

  El mito cobró fuerza, pero muchos grupos New Age y otras creencias absurdas empezaron a luchar por instalar la idea del alunizaje falso y tuvieron éxito. Fue el caso de la Sociedad de la Tierra Plana, que aún existe y sí, Señores, sostiene que la tierra no tiene forma de papa (el tubérculo), sino de tabla. Esta sociedad afirmó que varias de las fotografías eran falsas ya que se veía una Tierra redonda.

  El descrédito del alunizaje fue imparable cuando se sumó el éxito del libro NASA Mooned America, del periodista norteamericano Ralph Rene, llegando a una global masificación en 2001 gracias a la prensa paranormal. Fue el documental  presentado por Mitch Pileggi -el jefe de Mulder y Scully en Expedientes X – emitido por Fox, el culpable.

  Las acusaciones de base son que la bandera en la Luna no puede flamear ya que allí no hay atmósfera y por lo tanto tampoco viento; que no se ven estrellas en el cielo lunar; ni  seguimos visitando el satélite; y que todo fue un montaje para ganar la carrera espacial a  los rusos en plena guerra fría.

  Al principio la NASA no contestó al absurdo, pero para 2003 tuvo que desmontar cada una de las numerosas acusaciones instigados por la prensa. La bandera, por ejemplo, nunca flameó (y se ve claramente en el video), posee un travesaño que la mantiene extendida y su movimiento, que no es ondulatorio, corresponde a la gravedad lunar. Las estrellas no se ven por la misma razón que en un partido de fútbol nocturno, la magnitud de luz no llega a imprimir la cinta; por otro lado sí se siguió viajando a la Luna, inclusive con misiones tripuladas hasta el Apollo 17.

  Algunas de las acusaciones más complejas plantearon que el módulo de aterrizaje pesaba 17 toneladas y no dejó huellas tan profundas como las pisadas de los astronautas; que ni siquiera el poderoso cohete propulsor del módulo dejó rastros cuando debiera haber creado un cráter; que los motores tendrían potencia para levantar polvo al alunizar y por lo tanto la famosa huella de Armstrong no podría haberse grabado si todo el polvo circundante fue soplado.

  Como todas, fueron explicadas no sin tedio: el módulo lunar pesaba entre 15 y 17 toneladas en la tierra, no en la Luna donde su peso se situó apenas entre los 1200 y 1600 kg. La idea del cráter debajo es errónea, el módulo sólo tenía que contrarrestar su peso, por lo que el empuje fue muy inferior, dividiendo esa fuerza entre la superficie de salida de la tobera, logrando la presión de expulsión de los gases, la cual disminuye debido a la rápida expansión de los gases en el vacío, por lo que no era suficiente para crear un cráter, aunque sí para levantar algo de polvo, como se muestra en las grabaciones realizadas desde la ventana del módulo. El polvo de las inmediaciones no fue removido por la falta de viento, y las huellas pudieron imprimirse.

  Para terminar, la evidencia más contundente es un simple cálculo estadístico: el proyecto Apollo llegó a tener en nómina a unas 35.000 personas trabajando y otras 400.000 que colaboraban en empresas y universidades contratadas. Demasiada gente para mantener callada. Las nuevas tendencias religiosas, que se basan en el negacionismo de cualquier ortodoxia, occidentalismo (a pesar de que sus prácticas nada tengan de orientales), la conspiranoia y el odio hacia Norteamérica, utilizan este caballito de batalla que ha llegado demasiado lejos para ser de madera con una tabla mecedora por debajo.

 Países como la Unión Soviética habrían tenido motivos para denunciar el fraude si no fuera que astrónomos profesionales, aficionados y observadores satelitales de numerosas naciones siguieron la misión, junto a radioaficionados que oían las conversaciones de los astronautas a través de sus radiotelescopios apuntados a la región exacta donde se encontraba la nave.

  Aún hoy mucha gente cree o tiene dudas sobre el alunizaje del 69; pero cada vez son menos gracias a programas serios emitidos en la última década como Magonia en España y Cazadores de Mitos en USA.

Aquellos relojes

  ¿Quién no tuvo de chico un reloj calculadora? ¿Los recordás? Podías hacer de todo con él menos mirar la hora. Otro problema era que los minúsculos botoncitos impedían cálculos de una cifra, tus dedos siempre apretaban como mínimo tres números a la vez. ¿Y quién no lo llevó al colegio para la evaluación de matemáticas? Como si semejante socotroco pasara desapercibido. Era de un plástico tan berreta que cuando transpirabas por los nervios tu muñeca izquierda emanaba un olor de otro mundo. La maestra te lo hacían sacar, poner abajo del banco. Así que ahí te quedabas con una marca negruzca hedionda en la muñeca y sabiendo que no ibas a poder hacer una maldita ecuación. De nada servía tirar el lápiz al suelo y agacharse a buscarlo para intentar usar el reloj, la seño recorría los pasillos de los bancos como un nazi en los pabellones de un campo de concentración. Tac, tac, tac, mirando acá y allá en busca de algún tramposo que ejecutar.

  ¿Y quién no tuvo uno de esos relojes que apretando un botón encendía la pantalla azul o verde? Estabas con tus amigos a la noche viendo una de terror en la videocassettera y de pronto se cortaba la luz. Y vos, relamiéndote en la oscuridad ¡Tuf! Lo encendías. ¡Ahhhh! ¡Qué bello! Era el futuro en tus manos. Y a la hora de irte a dormir te lo sacabas y lo dejabas en la mesita de luz y no pasaban ni treinta segundos hasta que lo encendías para ver hasta qué distancia era capaz de iluminar. ¡A qué sí! A que lo metían debajo de la sábanas para mirar. ¡Sí! Y después a la mesita de luz para volver a agarrarlo y encenderlo para notar que no había pasado ni siquiera otro minuto. Lo importante era no dejar de asombrarnos de esa luz nunca vista. ¿Cuánto duraba encendida? Jamás nadie lo supo, decían que variaba según la hora. ¡Vamos, no se hagan! Acaso no hacen eso con el celular todo el tiempo, como si de repente nos llegara algún mensaje tipo “Te ganaste un auto”. Bueno… sí llegan, yo ya me gané 6. Por eso miro el celular a cada rato, no es por si ella me escribe, es para ver si me informan dónde retirarlos.