Alex Ross lo hizo de nuevo

 

Ciudad X – La Voz del Interior

  En principio es un objeto precioso. Un libro gordote lleno de ensayos sobre música escrito nada menos que por Alex Ross, el crítico del New Yorker que ya había deslumbrado con El ruido eterno, merecedor de la candidatura al Pulitzer consiguiendo un éxito sin precedentes para un volumen sobre música: la unanimidad crítica y la popularidad entre los lectores.

  Ross empieza Escucha esto diciendo que odia la música clásica. ¿Qué es lo que ha hecho este género para convertirse en un concepto tan odiable? “Hablar ahora de «clásica» implica que lo que vas a escuchar es música del pasado”, escribe. Por eso odia que se la llame así, porque se sigue componiendo y tocando, bien y mal, pero sigue viva. Molesta también que los cultores más fanáticos crean que la música “popular” -otra aberración de los rótulos- sea considerada mala, poco sofisticada o comercial. Ross destruye cada uno de estos prejuicios y muchos otros con un recorrido que lleva desde Mozart y Schubert a Radiohead y Björk. Nutridos pasajes sobre música experimental, público, industria y líneas melódicas son imperdibles para entender el viaje. Lo fuerte es regresar al punto de partida para convencernos de una idea global de este arte y su desarrollo en los últimos siglos con una homogeneidad llena de matices pero nunca fragmentada.

  Para acompañar semejante proeza el autor puso a disposición del lector una página web donde se encuentran buena parte de la música a la que hace referencia y sirve para comprender el alcance de las explicaciones. Una camaradería para quienes no conocen de música ni saben leer las partituras, insertas en algunas de las más de 600 páginas del libro.

  Ross insiste en cómo se entrelazan los lenguajes musicales a través de la historia. Radiohead y Björk muestran de manera muy explícita la conexión con Messiaen y Stockhausen respectivamente, por ejemplo. El autor retoma pasajes o armonías que aparecen aquí y allá como si monitoreara a un gen que va emergiendo una y otra vez a lo largo de los siglos, y se detiene a describir qué es lo que  produce cada aparición, cada utilización de la fórmula, cómo muta, cómo afecta en la personalidad de quien la porta. Ross no sólo es periodista musical sino también músico, alguien que puede explicarnos ciertos misterios internos a la hora de componer, ejecutar, o vivenciar la creación sonora. Utiliza la sociología, cita arquetipos antropológicos y juega a historiador pedagógico en el artículo donde narra cómo la grabación cambió la música para siempre.

  El interés central que puede desconcertar al lector, y el punto alto -gigante- de Escucha esto, es la descripción del núcleo sonoro mismo del siglo XX, compuesto de todo tipo de sonidos y ruidos, incluso los molestos, extraños e increíbles, no sólo a través de profesionales que los producen sino el que se manifiesta espontáneamente en las calles, el cerebro, o como hobby en la experimentación digital hogareña y comercial en las películas y la televisión. El auténtico problema de la música como arte es conseguir que esto cobre sentido en una sala de conciertos. Siempre con una prosa cómoda y genial, el autor explica por qué no basta con robar un mingitorio y colgarlo en la galería.

  Dice Martin Mull en el prólogo que “Escribir sobre música es como bailar sobre arquitectura”. Ross, que no había escuchado hasta los veinte años otra cosa que no sea música “clásica”, ha brindado otro espectáculo brillante, sea lo que sea que haya hecho.

(2013)

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Viento, dile a la hamaca…

¿Qué pasó con el fenómeno viral conocido como la hamaca embrujada de Firmat?

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  La noticia estalló en agosto de 2007. Los vecinos juraban que sin brisa ni viento, la hamaca de una plaza de la localidad de Firmat en Santa Fé, se columpiaba sola mientras las otras permanecían inmóviles. La gente se agolpaba en la plaza para ver. Finalmente, un video llegó a las cadenas nacionales de noticias y explotó el caso. La TV preparó su música de fenómeno paranormal, y ya teníamos un nuevo fantasma que pagaría el mes de audiencia. El caso se internacionalizó, el “video de la hamaca embrujada de Firmat” fue viral en cuestión de semanas.

  Como siempre, la “explicación” más ganchera es la que prima y se convierte en “oficial”. Periodistas incluídos, se aseguró que en lo años ochenta, cuando construían el barrio, un niño murió allí en un accidente con cilindros de cemento. “El niño existió —afirmaron vecinos frente a cámara—, tiene nombre y apellido”.

  Creyentes y charlatanes presentaron explicaciones al respecto. El “mentalista” Antonio Las Heras acudió allí con su péndulo y su demagogia empresarial para declarar que en la plaza había quedado “impregnada la muerte de un chico que recibió un caño en la cabeza”. Jorge Bustamante, miembro de la Universidad Argentina de Parapsicología y Terapias Alternativas de Buenos Aires, llegó a una conclusión. En la carta semianalfabeta (¡deberían leerla!) que le envió al intendente Carlos Torres, concluyó que existía una o dos personas en “ejercicio con la magia”, con el fin de llamar la atención de los habitantes. Por último, el informe realizado por Visión Ovni dictaminó: “no hay ningún elemento básico proveniente del electromagnetismo, corriente galvánica, fuerzas eólicas o corrientes isotérmicas, que ocasionen los movimientos de las hamacas. No se halló ningún elemento ajeno a la estructura que conforma el juego, se descarta que haya una corriente de aire cálido que produzca un efecto envolvente que cause el movimiento.”

  A esa altura, cabía preguntarse por qué no se consultó a la ciencia. La respuesta acude de inmediato: el país hablaba de Firmat, la muchedumbre viajaba al pueblo, la zona ya aportaba al miniturismo. Los medios mantenían buen rating dosificando la información paranormal de estos grupos de creyentes. Y la ciencia, como casi siempre, está ocupada en temas importantes.

 Una mañana, la hamaca ya no estaba. En su lugar quedaron un par de eslabones. Se notaba que había sido cortada con una cierra y según las huellas, trasladada en un auto. Apareció una semana después, pero no en la plaza, sino a la venta en Mercadolibre, a $21; aunque el vendedor aclaraba que se trataba de una base y se la llevaría el mejor postor. No faltaron ofertas, pero el tema se diluyó rápidamente. Aparecieron más dueños de hamacas de Firmat y se multiplicaron los videos en youtube mostrando columpios encantados en varios rincones del mundo. La mayoría montados con trucos muy groseros.

  No hizo falta científicos de renombre para explicar, por lo menos burdamente, el misterio de Firmat. Bastó con un programa de TV norteamericano que viajó para revelarlo. El Show se llamaba Fact or Faked y se emitió por SyFy en 2010. El equipo de investigadores estaba integrado por científicos de diferentes disciplinas, técnicos, ingenieros y expertos en video; todos formados por el agente del FBI Ben Hansen.

  Después de eso, ningún medio volvió a tocar el tema, así que como siempre, muchos siguieron creyendo en el fantasma y muy pocos accedieron a las explicaciones. Que la hamaca se moviera en días absolutamente calmos, que por otro lado sólo se producen algunos días de verano e invierno en esa zona del país, era falso y los pocos testimonios,  pobres. El pendular de la hamaca no era tal, sino que se trataba de un bamboleo. Solo en una estadística muy baja las demás hamacas permanecían inmóviles mientras la del medio se movía, si bien ninguna alcanzaba la excitación de la “encantada”. Por último, ningún chico murió allí durante la construcción del barrio y menos golpeado por caños de desagüe. El nombre y apellido del niño que aseguraban existía, jamás fue aportado ni siquiera por los vecinos que lo juraron frente a cámara.

  El programa de Tv montó algunas experiencias fallidas como es costumbre en este tipo de show que deben durar un tiempo exacto. Finalmente cerraron con la prueba que daría el resultado: instalaron una carpa sobre la hamaca para aislarla de las condiciones ambientales y con un ventilador gigante replicaron distintas condiciones de brisa y viento. Descubrieron que la hamaca “embrujada” era más ancha que las otras dos, lo que facilitaba un embolsamiento de aire muy superior en cada “envión”, una simple ecuación de suma exponencial. El experimento arrojó un movimiento idéntico al de las filmaciones virales.

  El fenómeno de la hamaca de Firmat no es único. Se estudiaron muchos casos de comportamientos “anormales” en objetos pendulantes en el mundo. Inclusive de comportamiento de seres vivos que despertaron las famosas teorías físico-matemáticas  llamadas vulgarmente efecto mariposa o para ser científicos: teoría del caos. Pero esos son otros temas, demasiado complejos y poco comerciales para producciones de TV masivas.

El fin del mundo Maya

  Hace cinco años, nadie hablaba o bromeaba sobre otra cosa que no sea el Fin del Mundo pronosticado por los Mayas. A lo largo de la historia se ha advertido su llegada miles de veces. ¿Entonces por qué hablar de este en particular? Porque aunque no parezca, fue el más popular de la historia de la humanidad, inclusive más que la llegada del temible año 2000. Tanto, que su masividad no resultó indiferente al mundo oriental. Los medios, como siempre, llevaron el tema hasta donde fue rentable, y luego lo descartaron sin dar explicaciones.

  La mentira comenzó con Diana Cooper, una autora de “serios” best sellers sobre este tipo de asuntos delirantes. Según contó en su libro, ella estaba en el huerto, escuchando el llamado de algunas criaturas pentadimensionales que viven en sus árboles, cuando un supuesto arcángel llamado Metatron, junto a un guía alienígena, le informaron que el 21 de diciembre de 2012 se acabaría el mundo, tal como los Mayas lo habían profetizaron.

  El libro de esta mujer se convirtió rápidamente en el más vendido, traducido, y pronto, otros escritores del estilo la siguieron montados en la viralidad que se había generado también gracias a una incipiente compulsión de las redes sociales por compartirlo todo. Miles de medios se hicieron eco, varias películas se produjeron en tiempo record, y en el mismo tiempo se popularizaron y hasta provocaron fundaciones de cultos, además de grupos de fanáticos que se retiraron para esperar la Revelación. Varios creyentes abandonaron sus pertenencias y se reunieron en lugares sagrados y no faltaron algunos suicidios.

  Hubo quienes sostuvieron que el desencadenante del armagedón sería el supervolcán de Yellowstone, un gigante dormido cuya erupción provocaría el equivalente a un invierno nuclear. Otros hablaron de un máximo de la actividad solar que achicharraría a la Tierra. Otros fueron más lejos, a un alineamiento del Sol o el Sistema Solar con el centro de la Galaxia, desde donde nos llegaría una especie de rayo de la muerte. No faltó el clásico planeta X en rumbo de colisión hacia el nuestro.

   Los pobres Mayas, que fueron incapaces de predecir su propia extinción como cultura antes de la llegada de los españoles, nunca vincularon el fin de la Cuenta Larga con el del mundo. Fueron una cultura que surgió en Mesoamérica hacia 2000 a.c. Tenían tres calendarios: uno solar, de 365 días; otro ceremonial, de 260; y un tercero, llamado Cuenta Larga, de 1.872.000 días (5.125 años) que terminó el 21 de diciembre de 2012, donde volvió a comenzar la cuenta, es decir, una especie de Nochevieja a la que sigue su correspondiente día de Año Nuevo. Solo un cambio de etapa.

  Alarmados, varias decenas de chamanes de toda América Latina, incluidos tres expertos de la cultura Maya, se reunieron en Chile en Noviembre de 2010 con el objeto de desmentir la profecía del fin del mundo y hacer respetar sus culturas. Pidieron seriedad a los medios y que den explicaciones. Pero la verdad casi nunca es rentable. Ningún medio lo comentó, dieron rienda suelta al regocijo de la gente: el sensacionalismo.

La pregunta de mi madre

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  La realidad es lo percibido, lo procesado por la emoción, lo que incompletamente se racionaliza. Con este criterio, la novela de Luis Mey, Premio Décimo Aniversario de Revista Ñ, narra el viaje iniciático de dos adolescentes hacia Mar del Plata; uno en busca de su amor no correspondido, el otro, Mayor y mentor, para cuidarlo según recomendaciones de la madre del primero. El chico se llama Matías, es pobre, y el honor en torno a el dinero es el más serio de los temas. Su amigo incondicional, Peine, es su Sancho. Siempre atento a las respuestas sagaces y el pragmatismo, capaz de matar por cigarrillos, y mugriento. Ambos embarcados en una accidentada misión encontrarán lo que todo adolescente, el paso hacia el extraño mundo de la adultez, la relativización del amor madre-hijo, la vergüenza, la culpa, la amistad y ese terrible deseo de ser otro que quema adentro a los dieciséis años.

  Luis Mey nació en Buenos Aires en 1979, estudió cine y edición de libros y es uno de los escritores más queridos de la nueva generación. Su narrativa no tiene puntos débiles, ni hace concesiones. Es certera, original y para nada frívola. En apariencia parece solo contar anécdotas de juventud pero en el fondo te está mostrando de qué está hecha la realidad, el mundo, las relaciones y la literatura.

 La pregunta de mi madre está contada en primera persona por el protagonista, a una velocidad vertiginosa, en un clima claro y abierto, excepto cuando necesita que así no sea, y mientras, ahí están las preguntas, las cuestiones, y sobretodo el humor. Mey no olvida que el humor es motor de la vida, del arte y la literatura y una herramienta esencial para interpelar al lector o alejarlo momentáneamente del drama que significa la realidad.

Las familias lo arruinan todo

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para Diario Perfil

  Los suplentes propone, como bien sintetiza Ariel Magnus en contratapa, una “mirada infantil sobre los adultos y la no menos descarnada de los adultos sobre los pequeños”.

  Dividido en cuatro partes, se destaca la llamada “Chicos raros”: cuentos PG13 con  personajes de diseño, sin descuidar que parezcan reales: un niño devenido por necesidad e iluminación creativa en sacadientes inspirará un concepto laboral posmoderno en su padre; otro niño es miembro de una familia comedora de chicles desechados y otro más narra la historia de su padre que por una alcoholemia crónica (y natural a los ojos de los inspectores) decide vivir en el auto a la vera del peaje.

  El volumen arranca con una pareja de cuentos, y no sólo porque sean dos, sino porque en una la novia no soporta a la hija de su novio y en el siguiente un novio no soporta al hijo de su novia. Las dificultades para relacionarse con la familia política es algo recurrente en las historias de Los suplentes, donde cualquier elemento fuera de la filiación sanguínea se convierte en un intruso, a veces como chivo expiatorio, a veces como mera percepción por una de las partes que es la única conflictiva pero puede terminar con una relación.

  De tanta recurrencia sospechamos que en el fondo se nos quiere alertar de que las familias siempre lo arruinan todo, o eso parece pensar (es donde el concepto se hace explícito) el fotógrafo protagonista de “Gran angular”, quien tiene que soportar una cena donde sus familiares se reúnen para conocer a su novia, y lo único que hacen es comentar lo buena que está, en presencia de ambos y de manera grotesca.

  El grotesco, montado en el anecdotario, es la materia prima de Voloj. En algunas ocasiones recurre a un muy serio sarcasmo (¿hay de otro tipo?) para burlarse de la literatura. La expresión correcta sería “hacerle burla”, copiar cierta forma para evidenciar la tontería.

  Estos catorce cuentos breves nos llevan a ritmo de esa cabalgata en el que parece que nuestro caballo podría estallar en cualquier momento como si se tratara de lo más natural del mundo.

La familia desaparecida

Las autoras de Los Oesterheld, Alicia Beltrami y Fernanda Nicolini, explican cómo fue la investigación en torno a la desaparición forzada en la dictadura militar del autor de “El Eternauta” y sus cuatro hijas. Se presenta en la Feria del Libro.

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La foto de portada muestra a Héctor Oesterheld jugando en una cuna con su mujer y sus niñas, una imagen familiar como cualquier otra si no conociéramos el final. El autor de El Eternauta, sus cuatro hijas, sus tres yernos y dos de sus cuatro nietos fueron desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar del país. Elsa, esposa de Héctor y madre de las chicas, sobrevivió.

Cinco años de investigación, más de 200 entrevistas, un registro coral y dos cronistas, Alicia Beltrami (1976) y Fernanda Nicolini (1979), fue lo que necesitó Los Oesterheld, libro cuya prosa oscila entre la novela y el documental, en el que Elsa (fallecida el año pasado) adquiere entidad a través de su propia voz, al igual que los autores de las cartas que le enviaron.

“Cuando empezamos en 2011 no teníamos dimensión de la investigación que tendríamos que realizar —explica la cordobesa Alicia Beltrami—, por lo poco que se sabía o se había publicado sobre las hijas o sobre Héctor más allá de su perfil como guionista de historietas. Por las características de la militancia, entre ellos no se sabían datos personales ni nombres reales y otros habían perdido contacto después del golpe de 1976”.

Los Oesterheld fueron una familia acomodada que vivió en una casona de zona norte de Buenos Aires, más precisamente en Beccar, un barrio privilegiado donde Estela, Beatriz, Marina y Diana, las hijas del matrimonio, estudiaron en colegios bilingües de elite, el Northlands y el Nacional de San Isidro.

Ferviente admirador del Che, el guionista de historietas Héctor Oesterheld contagiaba a todos la pasión revolucionaria en tertulias hogareñas en las que sus hijas formaron su identidad, como lo hicieron también en el trabajo territorial en villas del conurbano, en asambleas universitarias, en el teatro experimental, en la bohemia artística, en las redacciones periodísticas y en las campañas en el monte del norte argentino, hasta pasar a la clandestinidad.

La historieta profética

Las vidas de Héctor, su familia y sus compañeros de militancia parecen haber autocumplido la profecía encriptada en la trama de El Eternauta, historieta ilustrada por Solano López que Héctor comenzó a publicar por entregas en la década de 1950, premiada este año con un Eisner (los Premios Oscar de la historieta) a la mejor reedición de archivo.

En El Eternauta se presenta casi por primera vez a un héroe sin superpoderes, rodeado de un grupo de amigos, en un escenario hasta ese momento poco usado: la ciudad de Buenos Aires. Las armas eran dignas de la guerrilla urbana y el enemigo, casi desconocido al principio, flotaba en el aire, matando todo bajo su manto. Una nieve mortal cubría cada rincón de la ciudad como lo hizo el terrorismo de Estado que empezaría a gestarse en los primeros años de la década de 1970. Es por eso que muchos arriesgan que El Eternauta es una proyección autobiográfica en clave de ficción fantástica.

“Héctor solía contar que la idea original de El Eternauta surgió pensando en Robinson Crusoe —explica Fernanda Nicolini—. Él, que había crecido leyendo a Defoe, se preguntó qué pasaría si en lugar de en una isla, el aislamiento fuera en una casa y que la amenaza no fuera la inmensidad del mar sino una invasión extraterrestre. Otro elemento que él venía trabajando en sus otras historietas y que acá se potencia es la idea de que nunca hay un héroe individual, que el héroe, la aventura, siempre es en grupo. Con todo lo que sucede a partir de su militancia, la dictadura y el final trágico, la historieta se resignifica. Héctor creó una historia capaz de trascender y reinterpretarse en todas las épocas. De ahí que también se volviera un ícono político”.

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Desapariciones

Héctor se sumó a Montoneros en 1974 con plena conciencia del riesgo que corrían tanto él como sus hijas. Beatriz fue secuestrada en Campo de Mayo y Diana en un centro de la ciudad de Tucumán. A fines de 1976, poco antes de ser capturado su padre y trasladado a Campo de Mayo y luego al centro clandestino El Vesubio, las dos ya se contaban desaparecidas.

“Elsa siempre se opuso a la militancia de sus hijas —dice Beltrami—, y al apoyo que Héctor les daba. Al principio, por expectativas culturales o profesionales para ellas; después, porque intuía que podían terminar mal. Discutió con ellos cuando ingresaron a Montoneros, consideraba que la lucha armada no era una opción. Siempre les decía que querían ‘parar un tren con las manos’ y que temía por sus vidas, a lo que ellas le respondían que exageraba y todo terminaba en insalvables discusiones”.

Beltrami añade que en 1975, cuando Héctor y Marina se fueron de la casa porque secuestraron a una compañera que conocía donde vivían, Elsa se quedó viviendo con la señora de limpieza. “En junio de 1976 secuestraron y asesinaron a Beatriz, después de que se encontrara con Elsa a tomar un café. Elsa siempre creyó que habían llegado a su hija a través de ella. Pero los testimonios surgidos de nuestra investigación explican que a Beatriz la habían marcado mientras caminaba hacia La Cava desde una camioneta con la que salían a rastrillar en busca de militantes. Elsa no llegó a saber eso, vivió con culpa y murió antes de que  tuviéramos el dato”, añade.

La historia que recoge Los Oesterheld no es sólo trágica. Da cuenta de la candidez de la formación de ideales durante la adolescencia, la dinámica de una familia unida por el amor y las causas comunes, las relaciones de pareja, los hijos, la vitalidad para llevar adelante obras de arte, de solidaridad, de lucha, de resistencia o de convivencia. Centrada en la figura de Héctor, la novela expone a su vez el quiebre que significó su talento en la historieta argentina y su proyección mundial en el género por entonces popular.

Presentación del libro

Los Oesterheld. De Fernanda Nicolini y Alicia Beltrami. Editorial Sudamericana. Se presenta en la Feria del Libro el lunes 12 de septiembre, a las 19.30. Con la presencia de Alicia Beltrami. Presenta Griselda Gómez.

10 Preguntas a Pablo Giordano

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“La felicidad es un Gordini” forma parte de diez años de poesía, cuál es el principio que te motivó a escribir estos poemas.
El principio motivador fue aprender y jugar a escribir poesía. Nada más. Tené en cuenta que en ese libro hay poemas que escribí a los quince años. Entonces estaba muy influenciado por Alejandra Pizarnik y se nota.

Participaste en dos antologías de cuentos que se editaron recientemente, que características según tú punto de vista debe presentar un cuento.
Bueno, no lo sé. Lo que sé es que el cuento a diferencia de la novela, es una pieza de relojería pequeña y precisa, donde lo asombroso radica en su funcionamiento, en el mecanismo que permite ver una superficie simple de apariencia natural, mientras debajo han sido colocados con perversidad engranajes que la provocan.

Que poesía prefieres leer, con estructura clásica, sin formas, ambas.
No soy un gran lector de poesía, para mí la mayoría es basura. Porque la poesía es difícil. Y hay poca poesía relevante. Suelo revolver muchísimos libros hasta dar con algo trascendental. Siempre termino en los mismo autores, que son indispensables si uno quiere dedicarse al arte. Hablo de Pessoa, Pound y pocos más.

En que proceso estás con la novela que subes capítulos cada lunes en tu blog.
Empecé a postear la última parte. La novela tiene seguidores fieles, eso está bueno, he tenido muy buenas devoluciones, ¡y también reclamos de continuidad!

Cuáles son los estados de ánimo que te invitan a crear una obra y cuales no.
Ese es un tema difícil. En general hago todo lo posible para no sentarme a escribir. Tengo una negación que no puedo extirpar y lo intento a fuerza de trabajo y recordar lo bien que estoy cuando algo cierra, cuando empieza el proceso de corrección de un cuento, por ejemplo. Entonces suelo abrir tres o cuatro a la vez y escribir un poco de cada uno por semana, sin pretensiones, hasta que a alguno se le ocurre cerrar y lo persigo día y noche hasta que me representa.

En Córdoba existe gran cantidad de gente que escribe poesía y poco narrativa, que opinión tenés al respecto.
No es un fenómeno sólo cordobés. Cuando una persona (generalmente en la adolescencia) decide dedicarse a escribir, elige hacer sus primeras armas literarias en la poesía. Creen ver en el hecho de escribir versos una facilidad: no hay que escribir mucho (una poesía puede tener un solo verso); no hay que ser necesariamente coherente; no hay que contar necesariamente una historia, no hay que plantear ninguna teoría u opinión e, inclusive, un golpe de azar puede convertir a nuestro mejunje de palabras y sensaciones en un muy buen poema. Eso creen los ingenuos que sospechan cierta facilidad para la poesía. Y después, el factor determinante en los últimos tiempos: la web. “Lo cargo y a alguien le va a gustar”. Ante este fenómeno, llegando al extremo de resultar molesto, algunos intelectuales han llamado la atención sobre las toneladas de basura poética que circula. Y esta idea salpica injustamente a toda la poesía, tiñendo de sospechas al mismísimo género. Cuando le pregunté a Carlos Barbarito si era verdad que la poesía estaba subvalorada con respecto a otros géneros me contestó que un poeta actúa a través de las grietas, de los intersticios, no porque lo quiera, porque está obligado a hacerlo. Generalmente, y al decir generalmente me expreso con suavidad, fracasa. Fracasamos. La única estética posible es la del fracaso, dice Cocteau.

Elige un cuento de Salinger, Borges; Cortazar, A. Castillo, Chejov, Kafka, Mauppasant. Cuál sería y porque.
Uff, arduo trabajo. De Salinger eligiría “Un buen día para el pez plátano” porque es absolutamente brutal. De Borges me gusta mucho “Emma Zunz”, porque en el final devela todo un universo, el de las causas y efectos como piezas intercambiables de la realidad. De Cortazar me quedo (así rápido) con “Carta a una señorita en Paris” porque fue mi primer encuentro con el absurdo (pero no puedo evitar recordar “Casa Tomada”, “La Noche boca arriba” y “Autopista del sur”, por supuesto). A Chéjov no lo he leído mucho, pero recuerdo “Amorcito”; Kafka tiene ese monstruo paradigmático llamado “El castillo”. Y de Maupassant es imposible no recordar Tombuctú. De Abelardo recuerdo muy presente a “El candelabro de plata” específicamente por este pasaje: “Quiero decir algo: miento prodigiosamente. Y es natural. La fantasía del que está solo se desarrolla, a veces, como una corcova de la imaginación, un poco monstruosamente; con ella elabora un universo tramposo, exclusivo, inverificable, que —como el creado por Dios— suele acabar aniquilándose a sí mismo. El suicidio o la locura son dos formas de Apocalipsis individual: la venganza de la soledad”

¿ Sos un lector salvaje que lees todo el tiempo o solo por períodos. Tu biblioteca va aumentando con los años o básicamente hay pocos libros.
Leo todo el tiempo, pero soy salvaje. Llevo una lectura fragmentada y caótica. En mi biblioteca de papel hay pocos libros, aumenta lentamente. Espero ansioso que bajen los precios de los e-book readers.

Si fueras un coleccionista de libros viejos, que primera edición te gustaría tener en tu casa. Yo tengo uno de 1930 de Leonidas Barletta autografiado.
No tengo un fetiche con los libros, pero colecciono estampillas. Tengo una de Bohemia y Moravia, un país que duró lo que un suspiro.

El primer libro que leíste en tu vida y el último. Diferencias y similitudes que encontraste en cada libro.
El Primero que leí en mi vida debe haber sido El Monte era una Fiesta, de Gustavo Roldán, o bien Luzul, el muchacho espacial, ya no recuerdo. El último que leí fue Zen en el arte de escribir de Ray Bradbury. En todos ellos se encuentra una desprejuiciada frescura.

Andrés Nieva, agosto 2009