di Marco a machetazo limpio

Se dedica a formar escritores, abrió un canal en youtube para brindar tips de corrección y se multiplica en las redes sociales su figura de gurú en un mundo donde se experimenta si realmente se puede enseñar y aprender a escribir.

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(para Diario Perfil)

   Hasta hace unos meses, si buscábamos al escritor Marcelo di Marco en Internet, aparecía con sombrero de camping y chaleco de cazador exponiendo en video el potencial de distintos cuchillos, cortando de un golpe varias botellas de agua. Una imagen más cercana a Indiana Jones que al de intelectual de erudición pasmosa y simpleza bendita a la hora de enseñar a corregir y enriquecer los textos. Para él, el estilo es una aventura que se atraviesa a machetazos. Su autoexamen, del que desprende una concepción básicamente de corte, una teoría y práctica de la literatura como corrección, es propuesta a diario en los talleres que dicta y que a lo largo del tiempo se cristalizó en sus libros sobre escritura. “A los quince años fue mi comienzo extraoficial —recuerda—. Había en la barra un desdichado que jamás había leído un libro en su vida. Le pasé cuentos de Poe acompañándolos con fichas, comentarios por escrito en los que le señalaba a qué prestarle atención. Una auténtica guía para la lectura —escrita por un dimarquito de quince años—. El pibe me lo agradeció, y se puso a leer con ganas. Así di mi primer paso. Recién en 1979, a mis veintiún años, armé los primeros talleres como profesional”.

  La cantidad de personas vinculadas a los talleres devino en comunidad con gestos solidarios que se transmite por una cadena de mails donde además comparten la alegría de los premios o publicaciones de los integrantes. “Una vez por mes, en sesiones de seis horas, doy un taller de formación para futuros coordinadores —amplía—. Este taller reúne a dos grupos, pero el Taller de Corte y Corrección, como institución, no se agota ni en mi persona ni en los grupos: también mi esposa y mis hijas, Florencia y Marina, dan talleres especializados en no ficción e infantiles. Y todo esto cobró en el último año una fuerza impresionante, gracias a que abrí nuestro facebook en 2012, y así el trabajo se va difundiendo a través de las redes”.

  Antes de la exposición en la web, el escritor recibió alumnos y cartas de casi todos los continentes. Recuerda a Sofía Carbajo que le escribió desde Beijing y Valentín Amaro, una personalidad de la cultura dominicana. “Es qué —dice—, si hay que hacerle caso a Héctor Yánover, mi libro Taller de corte & corrección es un taller literario de papel. Una de las primeras satisfacciones me la dio el excelente narrador Gabriel Bellomo, que hoy integra el catálogo de Mondadori. La española Elena Alonso Frayle, quien obtuvo el “Miguel de Unamuno”, el “Fernández Lema” y el “Ignacio Aldecoa”, se ha formado conmigo en sus primeras ficciones. Asimismo Verónica Sukaczer y Azucena Galettini. Y en el mismo año subieron al podio del Fondo Nacional de las Artes Luis Cattenazzi y Daniel De Leo, respectivamente Primero y Tercer Premio en el concurso de Cuento. El año pasado, Lucho publicó el libro ganador, A ciencia incierta, en Interzona. Hablando de poetas, ahí están Emmanuel Taub y Javier Rodríguez, publicando en los principales sellos de poesía del momento… han sido más de tres décadas de siembra y de cosecha. A los hombres se los conoce por sus frutos. Y a los talleres literarios también”.

  di Marco lleva publicados cuatro libros sobre técnicas de escritura: Taller de corte & corrección fue el primero, de 1997, y trepó en lista de bestsellers de Página/12, hoy va por su quinta edición. Hacer el verso, dedicado a la poesía, cuenta con dos ediciones, en tanto que Atreverse a escribir y Atreverse a corregir, escritos con Nomi Pendzik, su esposa, van por la cuarta. “Con los cuatro libros voy llenando casi tres Luna Parks —compara—, me encanta que me reconozcan por la calle, así no tengo que esperar a la Feria para encontrarme con la gente que trabaja con dichos manuales”.

 Antes del éxito de su novela Victoria entre las Sombras (Sudamericana 2012); di Marco publicó no sin reconocimientos El viento planea sobre la tierra (1990); Televisión y verdad (en colaboración con Nomi Pendzik, 1994) y El fantasma del Reich (1995). Hace unos meses, con el productor Nicolás Amelio-Ortiz, con quien además llevará a Victoria… al cine, crearon el Canal TCyC por YouTube. “El éxito sobrepasó nuestras expectativas más optimistas: salimos el primero de marzo de 2013, y al presente superamos los cuatro mil quinientos suscriptores que nos siguen viernes a viernes para aprovechar nuestros tips de escritura”.

  Para el señor que no deja de usar sombrero y machete de expedicionista (a pesar de aparecer hoy en los videos cortando textos y no botellas), en los malos talleres se “desarrolla la creatividad” y se “comparte un espacio” en cambio en los buenos, se crea, se corrige, se publica y se gana premios y lectores. “Yo estoy con Abelardo Castillo y con Anton Chéjov —sentencia—, cuyas opiniones no se autoexcluyen. El argentino dijo: No se puede enseñar a escribir, pero sí a corregir. Y el ruso remató: Saber escribir es saber tachar. Sumá a uno y a otro, a ver qué te da”.

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Pablo Giordano: simplemente, el autor de ‘La muerta’

HELLOMOTO

He disfrutado leyendo ‘La Muerta’. He disfrutado recreándome en las variables argentinas de nuestro castellano. Me he regodeado en las ricas descripciones que este relato ofrece. Por momentos, incluso he sonreido. Me ha gustado mucho que sea en primera persona. Es curioso que haya disfrutado así de un velatorio y de los recuerdos del protagonista en relación a la finada. Es duro, además, que esta sea una especie de freak que sufre de gigantismo.

   El autor que ha provocado todo esto es Pablo Giordano, Narrador que se estrena el jueves en esta casa con el mencionado relato. Con este brutal relato. Me ha hecho disfrutar, sí. Hombre, leyendo los apuntes biográficos que nos ha remitido, se puede entender. Giordano ha dirigido revistas juveniles y ha publicado algunas poesías y cuentos en el suplemento ‘El Especial’ de Nueva York-Nueva Jersey, en los diarios ‘La Voz del Interior’ de Córdoba (Argentina) y ‘Perfil’ de Buenos Aires y colabora con ‘El Diario de Villa María’ y la revista ‘Diccionario’.

   Asimismo, también es autor de las antologías: ‘In Our Own Word’ (Marlow Peerse Weaver – USA, 2007), ‘Grageas’ (IMFC – Buenos Aires, 2007) y ‘25 ciudades’ (Universidad Católica de Córdoba, 2007), así como diferentes piezas en formato digital en diferentes sitios de Argentina, México, Cuba, Estados Unidos, Portugal, Brasil y España, siendo algunos de sus textos traducidos al inglés y portugués.

La verdad es que no sé cómo serán muchas de estas obras y, sinceramente, no me importa demasiado. He disfrutado sobremanera leyendo ‘La Muerta’ y por el momento me basta para afirmar que estamos ante un buen escritor o, por lo menos, ante el escritor que ha creado ‘La Muerta’, que no es poco. Compruébenlo ustedes mismos el próximo jueves en esta revista.

Raúl Luceño para la revista española Narrador.es (2007)

Trágico, solitario y Final

Recientemente editada en nuestro país, “Moravia” es la carta de presentación en 2014 de este escritor argentino radicado en España, Marcelo Luján. A golpe de esfuerzo y constancia narrativa, ha sabido ganarse un lugar en el mercado de la novela negra en castellano.

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Para Diario Perfil

  El mal es complejo. Para Marcelo Luján se trata de un elemento inherente al ser humano, como uno de los grandes motores que está de un modo tácito por encima del amor y del poder, y por encima incluso del dinero. A propósito del carácter de la obra del argentino, en cada entrevista se ve obligado a definir ese polo. “El ser humano es el mal en sí mismo y allí donde vaya, donde interactúe, probablemente exista. Me atrae mucho la idea de que la familia, como primera institución, sea el origen de esa malicia. Vivimos en una sociedad bruta,  desquiciada y absurda, todo lo que tenga que ver con el mal, con el daño, con la desgracia y el dolor del prójimo, nos atrae incondicionalmente”.

  Luján tiene 41 años y desde 2001 vive en Madrid. Allí pulió un nombre de prestigio sobre todo en el género negro. Se llevó los premios Santa Cruz de Tenerife en 2003, Ciudad de Alcalá de Narrativa en 2006, Kutxa Ciudad de San Sebastián de Cuento en Castellano en 2007 y Ciudad deGetafe de Novela Negra en 2009. Acaba de publicar Pequeños pies ingleses, una reunión de relatos que aún no llegó al país ni logró acallar los ecos de Moravia, editada hace unos meses en el país, que siguen resonando e inquietando lectores por su brutalidad repentina. Juega con el realismo mágico pero sale disparando hacia el sucio; coquetea con los vapores del primer mundo pero se acuesta en el polvo de los pueblos muertos argentinos, hay terror pero será metabolizado como un policial, que a la vez imita a ciertas sentencias simbolistas de la moral. De todo un poco y mucho más se puede encontrar en solo 130 páginas.

  Moravia transcurre la Argentina de 1950 floreciente de peronismo. Juan Kosic, un reconocido bandoneonista regresa a su pueblito pampeano después de triunfar en New Orleans. Trae, además del bandoneón, una mujer, una hija, ambas checoslovacas, y una broma entre manos a manera de venganza. Hay una escena trágica que lo transforma todo y uno no sabe ya ante qué tipo de obra se encuentra. “No es un texto demasiado largo y, de algún modo, utilicé ciertos atributos del cuento —explica el autor a Perfil—. Me refiero al golpe próximo al desenlace. Pero para tener preparado al lector y poder lograr ese efecto era necesario, entre otras cosas, hacer una correcta construcción de personajes, que cada uno de ellos fuese creíble, incluso en situaciones altamente descontroladas. No fue solamente la muerte. Creo que la escena en donde Lidia decide, finalmente, hablarle a su suegra en checo, es un momento crucial en la historia, terrible, diría yo. Y ese diálogo breve, esas ganas de Lidia de comunicarse en checo con su suegra checa, lo fui sembrando durante varios pasajes de la historia, de un modo subliminal, como si no pasara nada. En Moravia da la sensación de que nunca pasa nada hasta que, de pronto, pasó todo”.

       Con autores como Luján, el género negro parece cada vez más elástico, se viene hablando de ello demasiado ya, pero en Moravia es evidente que juegan también otros registros literarios al servicio de una aspiración literaria más allá de lo genérico. “Hace tiempo ya que el género negro se convirtió en algo mucho más amplio —explica—. No está mal hablar de elasticidad pero sería más acertado decir mutación. Hoy en día podríamos afirmar -con toda claridad- que el policial clásico es sólo una parte de lo que abarca ‘lo negro’. Personalmente no suelo encasillar las historias dentro de un género concreto. Prefiero utilizar todos los elementos que estén a mi alcance para poder contar. Cada historia necesita su propio marco y sus personajes reunir una serie de características. Negrura, oscuridad y mal casi siempre están presentes en las actividades humanas. Moravia funciona como una tragedia clásica, sus piezas interactúan de ese modo. Y no tengo ninguna duda de que las tragedias clásicas son historias negras. Algunas negrísimas: Edipo Rey, por ejemplo”.

   Un fragmento de El extranjero de Camus cierra y cita la fuente argumental del relato, también parece dejar una moraleja, nunca se debe jugar de esa manera. “Esa es la historia en Moravia. Todo lo demás es un sostén referencial. Nunca nadie debería jugar con el prójimo. El fragmento que aparece en El extranjero, según supe, es una leyenda urbana, un cuento popular muy anterior a Camus. Yo, sin embargo, lo descubrí en esa magistral novela. Lo tuve en la cabeza durante quince años hasta que decidí armar otra historia entorno a ese concepto, a ese episodio lamentable de confusión, odio y venganza, donde casi todas las carencia y las inhabilidades del ser humano queda expuestas”.

 

Moravia es una novela de inmigrantes, de extranjeros, de gente mal ubicada –todos por diferentes razones- en un escenario que los oprime y los engaña. Es obvio que con un argumento así aparece la conjetura del choque civilización-barbarie: el músico exitoso que vuelve de Estados Unidos a un hotelucho perdido en la pampa argentina donde puede ocurrir un horror que, como dice Camus en la cita, puede ser de lo más natural. “No es de extrañar que bajo esos influjos surja un binomio tal como civilización y barbarie —responde—. O juego y crimen. La desgracia siempre está a la vuelta de la esquina, deberíamos tenerlo presente aun en los momentos de mayor felicidad, de mayor control. Juan, el protagonista, creyó que todo estaba bien, aprovechó su idea de superioridad, jugó con eso”.  Esas dos barbaridades (el juego y el crimen) operando en distintos niveles de sofisticación, obligan a una relectura fuera del género.

Foto: Laura Muñoz

Literatura blanca

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(para El Litoral de Santa Fé)

   Toda reseña es una mirada particular que se esfuerza por ser objetiva sin condicionar la experiencia que se quiere transferir a quien lee. En este caso no sabría qué hacer y no hay otra manera de empezar que no sea admitiendo que junto a Mario Bellatin y César Aira, Sergio Chejfec es uno de los escritores más difíciles de abordar. Son como electrones, los cuales no pueden medirse completamente: podemos conocer su ubicación dentro del orbital, pero no a qué velocidad se mueve, u optar por conocer la velocidad pero sacrificando detectar su posición. Estos tres autores parecen experimentar en laboratorios donde lo único importante es no aburrirse, ni aburrir, y de allí surgen géneros o libros como éste, el cual obliga a una lectura de aliento laxo para la narrativa que avanza con pasos de ensayo literario. El autor, quien aseguró que podría dejar de escribir en cualquier momento sin más, nació en 1956, en Buenos Aires y se radicó en Nueva York hace 24 años. El año pasado apostó para Modo linterna por el pequeño sello argentino Entropía, editorial acorde a su obra -según él mismo- la cual crece en voz baja. Estas nueve historias, siete de las cuales habían sido publicadas en diversas antologías, y dos que se editan por primera vez, convierten la materia y la experiencia personal en representaciones abstractas y souvenires -respectivamente-, valiéndose de la crónica testimonial, el ensayo, la ficción, el diario filosófico; técnicas conocidas aunque aquí de a momentos irreconocibles.
El viaje parece lento pero es una ilusión de la ruta, el horizonte se difumina. Modo linterna es tan cercano a la fotografía que hasta en algunas páginas le hizo falta a Chejfec incrustar reproducciones. Pero… ¿qué podemos encontrar en él? ¿Son cuentos, hay historias? Sí, y además exóticas, de donde surgen conceptos en apariencia complejos por tan culturizados pero simples por definición. En el primer cuento, por ejemplo, la invisibilidad es tratada como algo natural (y lo es, a pesar de que la ficción nos haya convencido de lo contrario).
El bello relato de un paseo por la ciudad nevada y silenciosa, casi un tratado sobre el invierno en New Jersey, parece ofrecer una literatura leve y/o minimalista pero se acerca más a lo exhaustivo y detallista del significado. Amasa la alegoría, Chejfec, algo prepara y quizá no haga falta saber qué.
En uno de los relatos, un acompañante al encuentro de su enfermo puede constituir una micronovela, y en otro, un oso de peluche llamado Colita debe aparecer en las fotos de viaje de un ensayista (acompañado de un narrador, un músico y un teólogo) que terminarán buscando la tumba de Saer (uno de los varios guiños alegóricos que pueden encontrarse). Por allí aparece también Vila-Matas, que quiere conocer al árbitro Elizondo, el cual confiesa que quiere escribir unos poemas y una novela. Por un lado están los hechos, por el otro lo reflexivo, como explicó Chejfec en más de una oportunidad.
Hay tanta ficción circulando, que sólo una interrelación con otros géneros vinculados a lo real pueden nutrirla y volverla vívida. Ésa parece ser la receta que cocinó este libro. La documentación fue materia prima pero también el valor agregado y la obra en sí. ¿Una santísima trinidad para un nuevo género?
El anecdotario puede ser autobiográfico para generar atributos inversos: así como el personaje o narrador puede ser el autor, la experiencia ficcionalizada y por tanto simbolizante muta al autor y al lector en personaje para proponerle atravesar ciertas experiencias, eso sí, con la levedad y el silencio de la nieve que cae. Dicen que los libros deben cambiar al lector, pero en ningún tratado se dictamina que éste deba percibirlo.

Ni una cosa ni lo otro

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  Una vez leído, entendemos que a este libro sí podríamos haberlo juzgado por la tapa: una joven de espaldas, adentrándose en el bosque como a un misterio. La imagen marca el género y quizá también, la calidad literaria. Portadas y libros como estos son los que rebalsan Wattpad, una de las plataformas más populares para autoeditar y encontrar un público específico, e igual de interesante. La diferencia radica en que en este caso la autora Inés Garland no es adolescente y goza de cierto reconocimiento. Llegó a la terna finalista del concurso Planeta con El rey de los centauros (Alfaguara 2006) y Piedra, papel o tijera, una novela para adolescentes premiada por ALIJA. También recibió el Deutscher Jugendliteraturpreis en 2014 como novela del año en Alemania, traducida a cinco idiomas.

  En Los ojos de la noche, Dalila, la protagonista, vacaciona con su hermana y un grupo de amigas en un bosque del sur argentino donde acampan. Para ella además de descanso, aquello es un retiro de duelo por una relación con Pablo. Perdida en el paisaje del frío, conoce a Tharo, de quien se enamora y por quien vivirá esas semanas entre sombras siniestras, investigando hechos que conducen a esas sombras, sobretodo la de un tal Zasiok, el cual termina vinculado al derrotero trágico del paraje.  

  Esta clásica historia de campamento de señoritas tontas que harán cuanta estupidez esté a su alcance para entregarse ingenuamente al terror, mientras se enamoran de un héroe, etc… etc… deviene en nada, lo esperado no ocurre, pero tampoco ocurre lo inesperado ni algo original, los secretos no se revelan del todo, por más que ¡oh, sí! ¡Estén detallados en un cuaderno que tienen la forzada suerte de encontrar! Por otro lado la creación de los personajes, es menos que básica. Llevan nombres que son o bien reveladores de su futuro rol en el argumento, o configuran metáforas del carácter o deseo de quien lo porta, en algunos casos, con obviedad insultante: Petra, por ejemplo, dice sentirse como una piedra.

  A medio camino entre cualquier género y cualquier otro, pero sin estilo ni marco que justifique esa vaguedad, la novela no colma ninguna de las expectativas que genera una vez adentrados en el bosque de la lectura, acechados por el misterio. Los ojos de la noche  se vende para público adolescente, aunque de a momentos el lector es interpelado hacia las complejidades y sensaciones exclusivas de la edad adulta. Lo llamativo es que no logra articularse hacia ninguno de los dos polos, pero tampoco se queda a mitad de camino, es una novela inmóvil, solo una trama apretada en función de efectos que no se producen, excepto en la escena donde Dalila observa escondida como el joven Tharo,  desnudo, adiestra caballos en el valle. En esas páginas se toma conciencia que la autora podría escribir buenas novelas pero prefiere éstas.

La educación y sus aforismos

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ENSEÑAR A VIVIR
Manifiesto para cambiar la educación
Edgar Morin
Ensayo
Nueva Visión
140 pgs

  

   En tiempos donde Finlandia se encuentra a la “vanguardia” de la educación mundial,  no sólo creando agentes al servicio de sus necesidades socioeconómicas sino también buenos ciudadanos y un nivel de cultura general muy alto entre sus habitantes, donde una de las carreras más exigentes y prestigiosas a las que aspirar es la docencia; en una actualidad que seduce a Suecia con eliminar las materias de humanidades obligatorias porque los estudiantes no necesitan de la escuela para guiar estos aprendizajes, y se concentra en enseñar oficios concretos en vistas al desarrollo del país en cincuenta años; otros modelos educativos, sobretodo en los países de raíz latina como el nuestro, subsisten.

  Pero la escuela básica normal junto a las enseñanzas “alternativas” como la Waldorf y su sentido humanitario no parecen estar dando el resultado óptimo soñado, sino que representan un dolor de cabeza para los estados. La incidencia económica, que se creía sustancial para comparar a los países del primero con el tercer mundo en materia de educación, no parece tan obvia revisando los nuevos estudios. En este panorama que requiere de constantes análisis y ensayos, Edgar Morin afirma que la educación debe volver a ser socrática, es decir suscitar sin cesar diálogo y debate. Debe volver a ser aristotélica, a poner en ciclo los conocimientos adquiridos y las ignorancias descubiertas por nuestro tiempo. “Debe volver a ser platónica, es decir interrogarse sobre las apariencias de la realidad. Debe volver a ser presocrática y lucreciana, reinterrogando al mundo a la luz y la oscuridad de la cosmología moderna”.

  Enseñar a Vivir prolonga una trilogía dedicada a lo que debe ser superado, revitalizado y conservado del sistema educativo. Ayuda a repensar la función y misión de la enseñanza. Su autor, sociólogo y filósofo francés, Director Emérito de  CNRS, Presidente de la Asociación para el Pensamiento Complejo y Doctor honoris causa en veintisiete universidades; recapitula infinidad de obras precedentes (de a momentos de manera caótica e insustancial) desarrollando ideas más cercanas a la New Age que a evidencias científicas y experiencias educativas de calidad. Para ello se basa en aquel mandato del Emilio de Jean-Jacques Rousseau a su alumno: “lo que quiero enseñarle es el oficio de vivir”.

  Un resumen y crítica justa de este libro podría asentarse en la fórmula que atraviesa todas su páginas: la escuela y la universidad enseñan conocimientos, pero no la naturaleza del conocimiento, que lleva en sí misma el riesgo del error y de la ilusión.

Repetir lo imposible

 

(para La Voz del Interior) 

   Cuando un libro es malo, los críticos piadosos recurren a un truco que consiste en anunciar que bajo una apariencia de superficialidad, se encuentra el valioso sentido de la obra. De esta manera se está al resguardo de cuestionamientos y no se destruye ni al producto, ni a quienes intervinieron en él. Pero… ¿qué ocurre cuando en verdad, nos topamos con un texto que no evidencia virtud a priori pero gracias a algunos fogonazos se ilumina el camino y nos lleva a lo profundo?

  Ana Inés Lopez (Lobos, 1982) mantiene desde 2006 su blog rollerblou.blogspot.com y su opera prima fue Éstas deben ser épocas felices pero me daré cuenta más adelante(Tammy Metzler Editorial) donde grabó en verso la transcición hacia la adultez centrada en el duelo de “dejar el nido”.  El Campeón existencial es su segundo libro y puede leerse como una continuación, un álbum de pensamientos y memorias fragmentadas respirando en una mujer sola. Sin la candidez casi adolescente que López no oculta, sonarían pueriles versos como: ¿Qué va a pasar con toda esa exhibición y con todos nosotros ahí adentro? // Con todos nosotros en las ciudades, adentro de departamentos, mirando el cielo a través de la computadora.

  López es lineal y te mira de frente. Si tuviera que abrazarte no te quitaría los ojos de encima. Su mirada parece no tener simbología, y en sus poemas escasea la metáfora a fuerza de representar a una generación con instantáneas de un solo filo. Lo demuestran algunos títulos: “Me acuerdo cuando íbamos al tenedor libre de Congreso”; “La gente no te mira en Buenos Aires” o “Estoy empezando a hablarle a los perros”.

  La autora propone un campo de ilusión hiperrealista donde las definiciones comienzan a perder sentido en brazos de algunas conjeturas espirituales entre la todavía vigente Alt Lit y el desinterés por una literatura con mayúsculas. Y de pronto: Si, una vez fui a un hotel cinco estrellas / casi como si hubiera vivido otra vida/ ahí había un chico desayunando Coca-Cola.

  Todo parece estar bañado por una mirada lacónica a través de la ventana de departamento de un alto edificio. La ciudad allá abajo, ajena y parte de un paisaje a esta altura natural, tiene mucho para decir pero no lo hace sino a través de la voz melancólica en un presente difuminado donde los hilvanes de los versos sugieren un balance existencial.    

  Al fin parece que a todo lo mueve el instinto. La crítica social también aparece, con anhedonia, se torna política, ética, pero fútil, y enlaza con lo anterior, el instinto es consumista y visceversa: el consumismo como un instinto que puede destruirnos pero poco importa a esta hora de la noche. Lo único que deseamos es un abrazo en una casa ajena que recordamos, una imagen banal en apariencia, pero cuya permanencia nos dispara pensamientos complejos.

  Como el viraje demasiado cerrado de un avión a baja altura, algunas ideas pierden sustentación y caen en lo prosaico sin más, para a vuelta de página despegar e intentarlo una vez más. La emoción está en repetir lo imposible, la terquedad de lograr algo que se salga de las leyes, en este caso, poéticas, y que no importe lograrlo o no, sino quedarse mirando las variaciones y matices que los intentos producen y su maravillosa complejidad casi imperceptibles.