La misma calle, el mismo bar…

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para La Voz del Interior

   El debut literario de Fito Páez es La puta diabla, un amor suicida, una colección de anécdotas autobiográficas, aunque haya sido negado por el autor en la presentación de la novela, única aparición como escritor que hizo, además de una entrevista en un suplemento porteño. Luego, se encerró a terminar su siguiente CD, después del poco conocido disco negro El sacrificio.

   Félix –protagonista y alter ego de Páez– es el sujeto, junto a la novela que estamos leyendo. Un juego de espejos no del todo claro donde el personaje es el autor y el espejo la obra, y de allí todas las combinaciones que derivan de estos cuatro elementos: un crisol que transmite lo que define claramente Martín Rodríguez en la contratapa: “…el cuerpo de Rodolfo Páez”.

   La trama acompaña a un artista multidisciplinario narcisista-histriónico por una pérdida absoluta que lo convierte en vagabundo. El epígrafe apunta alto. Se cita un experimento psicológico peligroso y se asegura a través de una cita a Lezama Lima: “Deseoso es el que escapa de su madre.” Precisamente una madre atraviesa la novela como espina dorsal de la trama, una médula que evidencia, con prosa descarnada y confesional, el fantasma de la propia madre de Fito.

   La puta diabla comienza con una anécdota aparentemente real (narrada al autor por Roberto Goyeneche) que involucra a una viuda, a Aníbal Troilo y un canario en una situación escatológica hilarante que Páez se demora en narrar. Lo que sigue no le hace honor a la propuesta. Es muy difícil seguir leyendo después de las primeras 30 páginas, donde ya estamos hasta el cuello del sedimento que se acumula cada vez que el texto excede la cantidad (abrumadora, créanme) de nombres de películas, restaurantes, libros, músicos, discos, rosarinos, drogas, calles y ciudades, detalles de drogas, canciones… Un despliegue de erudición mundana que molesta a cada instante porque sólo está allí para pavonearse, al igual que cierto barroquismo innecesario y lleno de redundancias, errores que cualquier editor no dejaría pasar; por ejemplo, en la descripción que hace del personaje Casimira:

  “…era una mujer menuda de grandes ojos negros, nariz recta con la punta levantada de chanchita, lo que le daba un toque de niña traviesa, una boca japonesa pequeña formada por labios carnosos y comestibles, dos pechos voluptuosos y unas piernas duras que portaban un culo cubano nacido en la zona sur del gran Buenos Aires que cuando se veía subido a un par de tacos agujas (¿el Gran Buenos Aires se subía?) de doce centímetros (¿los midió?) lograban despertar a los muertos del cementerio de Bernal, la localidad donde había nacido.”

   Este ejemplo, con las correcciones que me atreví a practicar, sirven de muestra para hacernos una idea del ritmo y contenido de una novela muy cruda, casi un borrador, con dificultades de avance debido a tediosas citas y descripciones circulares, redundantes y ociosas.

   Fito utiliza el sarcasmo para caricaturizar a uno de sus personajes, la crítica de cine que, sin embargo, es de lo más atinada a la hora de describir sus películas y que bien podrían aplicarse a La puta diabla: “El autor no podrá determinar si el filme es una recopilación de escenas de una antropología personal sobre Buenos Aires (…) u otro de sus delirios pasionales en forma de melodrama (…) en todo caso pierde efectividad, sobre todo cuando intenta descontextualizar la época de una manera tan demodé”.

2013

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Chozas, por Gustavo Caleri

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   Desde el inicio, apenas franqueamos la tapa de chozas, se nos advierte que vamos a introducirnos en un espacio de ficción pura y que cualquier parecido con personas, lugares y hechos reales deberemos imputárselo exclusivamente a la fortuna de las coincidencias. La anotación, lejos de ser un formalismo o una obviedad, es una marca delatora, un warning! a partir del cual inferir que el artefacto no es inofensivo, y que en ciertas manos puede estallar si previamente no se desactiva el cablecito rojo, ese que conecta la novela con su hábitat: un “pago chico” de la llanura cordobesa donde cada vecino soporta su curriculum pegado en la frente. Ellos son los destinatarios del mecanismo de autodefensa implantado, necesario en tanto y en cuanto el autor todavía camine sus calles. Y cuente.

   Puestos en esa ecuación, se nos revela una década en la “foja” del Nacho, quizás la más conflictiva de todas las que conforman una vida, aquella que va de los 10 a los 20 años.

   El pibe, sus padres laburantes y una hermana, habitan una de las nuevas casitas de plan sembradas en los 80 en terrenos mercadeados al campo, transformado ahora a ojos del piberío en seductor vecino. A los diez años, para descubrir las cosas es imperioso ocultarse, y si la planicie pampeana es buchona por naturaleza, el instinto juvenil es hábil por necesidad.

 

“Mis viejos me tenían penado de que me juntara con los del barrio y a cada rato me preguntaban a dónde mierda iba y que iba a hacer y ojito con esto y con aquello. Armé la choza porque quería vivir ahí. Más vale que después me cagué y volvía todas las noches a comer y dormir en mi casa.”

   La choza conforma entonces el templo del “otro” saber, aquel que se construye entre pares y se formatea en el cuerpo, sin margen para eludir los daños colaterales que tarde o temprano pasarán la factura. Como en el tango de Mores, hay de todo en la chocita, hasta lugar para la tragedia.

En el pueblo todo se sabe y lo que no, se inventa y por más pepas que te morfés, nadar las agitadas aguas de la adolescencia con esa mochila en la espalda suele hundir a cualquiera sino se tiene a mano una tabla a la que aferrarse. Descartada la familia, cuyos vínculos son aún más frágiles que el manojo de cañas con que antaño construía las chozas; descartado el amor siempre esquivo; quizás lo único que distinga el nachito en la superficie sean los libros.

   Desde la contratapa, la voz autorizada de Fabián Casas pondera la particularidad del lenguaje con que está escrita la novela y no zanatea; la verosimilitud que muestran los personajes surge de la voz que los construye, los protagonistas hablan y fundamentalmente piensan con la edad que tienen, forjando su personalidad con el devenir del tiempo, lo que es decir con el discurrir de páginas. Y aunque sea una obviedad, no pasa seguido.

Una novela, la primera que escribe Pablo Giordano, a la que le caben los tres adjetivos que reclamo de cualquier expresión artística: honestidad, atrevimiento y cierto grado de belleza.

2012

El apuro por mostrar

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para La Voz del Interior

  El sociólogo Zygmunt Bauman (quien hizo popularmente famoso el rótulo de “modernidad líquida” en referencia a la posmodernidad actual), del cual se conoce mundialmente su anterior libro Vigilancia líquida, en el que evidenció una preocupación por la vigilancia ejercida inclusive con el consentimiento de los vigilados, léase cámaras de video, tarjetas de crédito, filtrado de datos en computadoras de hogar, aeropuertos, etc;  es editado nuevamente en Argentina de la mano de Paidós en su colección Estado y Sociedad.

  En este último libro ¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?, el catedrático emérito de Sociología de la Universidad de Varsovia responde a la pregunta que dá título al libro, refutando la premisa del libre mercado, la conocida “teoría del goteo”, la cual asegura que la persecución del beneficio individual también proporciona el mejor mecanismo  para la persecución del bien común. Lo hace mostrando las conocidas ideas falsas que el pensamiento económico y social general nos instaló: el crecimiento económico es la única manera de hacer frente y superar todos los desafíos y los problemas; el crecimiento continuo del consumo es la más eficaz manera de satisfacer la búsqueda de la felicidad; la desigualdad es natural y nos beneficia a todos o la competitividad, con sus dos caras, el reconocimiento del que se lo merece y la exclusión/degradación del que no se lo merece, constituye de manera simultánea una condición necesaria y suficiente de la justicia social.

  Como experiencia de lectura, ¿La riqueza… es un libro demasiado breve para la cantidad de citas y estadísticas que contiene con un apuro por sintetizar lo complejo. En una de las argumentaciones utiliza la equivocada premisa de Descartes, la cual asegura que por el acto de pensar y de dudar los humanos somos diferentes del resto de la creación, que no piensa. Partiendo de allí Bauman llega a definir el rol del sujeto como el que concede a sus objetos el estatus de cosas no pasivas, moldeadas para sus intereses para concluir que “esa atribución del estatus de cosas se lleva a cabo a través de la negación del derecho y la capacidad de decidir del objeto (de expresar preferencias y exigir su reconocimiento; o despojándolas de ese derecho y su capacidad)” a piaccere, cabe agregar.

  A mitad de camino entre un libro de divulgación científica al estilo “for dummies” y un ensayo nuevo y original sobre el asunto, es valorable que no haya caído en el lugar común que proclama que la humanidad nunca ha estado peor que hoy, u otros pensamientos new age. Un buen libro para quienes jamás oyeron hablar del “goteo económico” y necesiten una rápida introducción y refutación. De más está decir que no necesitamos de este libro para saber que la riqueza acumulada por las clases más ricas no se ha “filtrado” en absoluto hacia abajo ni nos ha hecho más ricos al resto, ni nos ha hecho sentir más seguros ni felices. Sin embargo, debemos preguntarnos por qué, (y aquí sí hay una pregunta profunda que el libro apenas esboza pero no responde) a pesar de su evidente efecto en nuestro empobrecimiento e infelicidad, seguimos tolerando la desigualdad.

Esto no es una novela

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  Hay novelas que tienen una trama sólo para hacer desfilar la estética de un lenguaje trabajado hasta el tedio. Hay otras novelas que en realidad deberían ser libros de ensayos. También algunas donde no se narra sino que se expone y se cuenta, teniendo al escritor como protagonista, no del argumento, sino como la cabezota de la madre en “Edipo Reprimido” persiguiendo constantemente al lector para decirle lo bien que escribe y lo culto que es. El gran Plan, de Paula Pérez Alonso (la editora de Planeta Argentina), es una novela que confirma estas percepciones.

 Un cineasta desea inmolarse para que su arte alcance al gran público, una mujer es raptada en un acto de mórbida seducción por parte de un hombre con quien terminará casándose, más un arqueólogo, una antropóloga y un astrónomo, todos hospedados en un hotel del desierto de Atacama, convertirán en apuestas intelectuales cualquier interacción. El cineasta, por ejemplo, ha filmado la luz como nadie y versará sobre esto en intrincados postulados semánticos durante decenas de páginas; la mujer, en cambio, heredó los apuntes del padre donde se documenta la búsqueda obsesiva de las huellas biográficas, artísticas y políticas de Ezra Pound.

  Desde este escenario la autora intenta interpelar ciertos pliegues de nuestras vidas. ¿Qué pasa cuando somos abducidos por lo que comúnmente se conoce como locura? ¿Qué hace que ya no haya vuelta atrás? ¿En qué momento se deja de escuchar a los demás? Así como el gran poeta fascista fue raptado por la política, la mujer es incapaz de trascender el confort de la vida a la que arrastró su captor. Lo mismo sucede con la piedra filosofal perseguida por cada uno de los personajes. De esta manera se produce un juego de identidades y transformaciones que se corresponden o se simbolizan y comparan: la figura del arqueólogo y los demás científicos, todos cuyo objeto de estudio implica una búsqueda y un descubrimiento, el encuentro de la pieza que completa el rompecabezas o abre uno nuevo transformando lo establecido los captura y apresa para siempre. “Esta novela va en contra de la idea de ordenar un mundo. Yo creo que las ficciones que intentan ordenar un mundo hay que leerlas en clave de policial, de terror. Una novela que ordena un mundo y lo sistematiza me parece una cosa anacrónica que me expulsa y ya no puedo entrar”, en palabras de la autora.

  Con una prosa pesada, que abusa de datos, nombres propios, conceptos artísticos y referencias históricas de a decenas por página; El Gran Plan es una novela posmoderna plagada de referencias, pies de páginas e hipervínculos incrustados en la trama evidentemente poco importante para los propósitos expositivos de la autora.   

La edad de la inocencia

para La Voz del Interior

   La historia de un poema puede contener la historia de la literatura, sus mitos, su genética. Este libro así lo demuestra en un enigma que se despliega no sin complicidades y pasillos falsos. Un solo poema, rastreado y defendido de las acusaciones de falsedad, sirve de hilo para pasear por una cultura inocente y mágica, lejana en el espacio y el tiempo, pero a la vez reconocible.

 El enigma de Qaf, publicada por primera vez en Brasil en 2004 y traducida por Teresa Arijon, es también un homenaje a la cultura árabe preislámica. De esa época conocida por la cultura de Medio Oriente como la edad de la ignorancia, se conservan siete poemas venerados como testimonio previo a lo que denominan sabiduría: la creación de la religión mahometana basada en el judeocristianismo y sincretizada con la devoción a la piedra negra que se adoraba hasta el momento.

  La aparición de un octavo poema, reivindicado por el narrador, quien lo heredó de su abuelo árabe emigrado al Brasil, desencadena la investigación con resultados ambiguos y divergentes. La historia central de la novela está dividida en 28 capítulos, titulados según 28 letras del alfabeto árabe. Entre ellos hay capítulos denominados Parámetros y Excursos. Los Parámetros son leyendas de héroes y poetas árabes; actividades indisolubles por entonces. El autor aclara al comienzo que quien quiera divertirse solo debe leer la historia central, lineal, sin perder tiempo en los capítulos intermedios, pero para tener un conocimiento más profundo de la cultura árabe, es recomendable leerlos. Finalmente, el prólogo deviene en recomendaciones insinuando la imposibilidad de escapar a la lectura total del libro.  

  Alberto Mussa (Rio de Janeiro, 1961) realizó estudios sobre diversas culturas primitivas y debutó con Elegbara (1997), libro de cuentos inspirado por la mitología de los nagôs, etnia africana responsable por traer el candomblé a su país. Poco después, fascinado por la poesía preislámica, estudió árabe clásico y se dedicó durante ocho años a un proyecto de traducción e investigación sobre el mundo árabe. De allí surge esta novela que le valió entre otros el Premio Casa de las Américas.

  La escritura de Mussa (mejor dicho lo que la traducción deja sospechar) posee la limpieza y certeza de la fábula. Una prosa que practica estocadas de sentido a través de personajes y metáforas tan universales como poderosas. Enriquece conocer una cultura previa a la árabe actual aunque sea mostrada por el sesgo literario, mítico, borgeano. Mussa no vacila en dejar fluir su propia historia en la historia de su abuelo, las migraciones, lo que se pierde en la traducción (como en cualquier viaje). Algo de autobiográfico nos persigue como lectores también, si llevamos la metáfora hasta las más retorcidas consecuencias. Mussa viaja al antiguo Medio Oriente para traernos a la verdadera Sherezade y sentarla en el living de casa. Una mujer diferente a lo que nos contaron, al igual que Aladino, Alí Babá y sus cuarenta ladrones, y algún que otro mito bíblico posterior. Mussa ejemplifica así como nuestra cultura puede moldearse a imagen de una reflexión e inflexión de las lenguas que le dan vida.

(2013)

El manco que inventó a los pleyadianos

Eduard Meier, el granjero pionero en fotografiar enormes naves  “extraterrestres” a plena luz del día, inventor del mesianismo ovni y su viaje al pasado para entrevistarse con Jesús.

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 El cinturón de fotones es una creencia de algunos grupos New Age que imagina al sistema solar atravesar una red masiva de algún tipo de radiación cósmica. Dicen que esta red orbita alrededor de las Pléyades. Cuando esto ocurra, llegará el fin del mundo, la elevación de la humanidad a un plano superior de existencia, o esas chorradas de siempre. Las Pléyades, también conocidas como M45 -o más popularmente Las Siete Hermanas o Los Siete Cabritos- son un grupo de estrellas muy jóvenes. Mencionadas tres veces en la Biblia (Job 9:9, 38:31; Amós 5:8) sirvieron quizá de sagradas para que el escritor alemán Paul Otto Hesse situara allí esta creencia. En 1949, en el libro “El último día”, habló acerca del impacto del supuesto cinturón de fotones influenciando a varias revistas populares, globalizando la creencia al grado de afectar probablemente al granjero Suizo Eduard Meier.

  Conversando con su familia en febrero de 1975, Meier narró que a las dos de la tarde en Hinwell, mientras cruzaba un amplio camino con su auto, un zumbido penetrante lo invadió. Provenía de una nube no muy lejana. Sintió un intenso escalofrío y transpiró de miedo al ver un objeto plateado, de forma discoidal, de unos siete metros de diámetro. Fue allí cuando por primera vez sacó su cámara, apuntó hacia al objeto y disparó varias veces.

  A esta altura del relato, su familia revisaba las increíbles fotos. Meier continuó: “una luz tenue, real e invisible a la vez, casi me paraliza, me di cuenta que no debía acercarme más. Se presentaron dos humanoides. La mujer comandante era hermosa, de estilo nórdico, cabellos rubios, de 1.70 m, igual que sus acompañantes. Me develó su nombre: Semjase, venían de Las Pléyades, a 500 años luz de nuestro Planeta. El suyo se llama Erras, del sistema de Taygeta. Me dijeron que todos los extraterrestres están asociados a una Constelación Formada por 127 millones de seres. Me hicieron alguna preguntas sobre la humanidad y se fueron con la propuesta de futuros encuentros”.

  Al tener todavía la cámara, fotografió el despegue de la nave, sus cambios de color y sus desplazamientos. No consiguió distinguir ningún tipo de emblema o insignia ni en las ropas de los tripulantes ni en la nave misma. Tampoco consiguió fotos de los seres.

Su familia le creyó, allanandole el camino al manco para su escalada de delirio. Así nació el ícono de algunas religiones ovni: visitantes de Las Pléyades de tipología nórdica, que además le hablaron en su idioma (catonés suizo). Muchos mesías posteriores se referirán a ellos basados en la literatura de ciencia-ficción que el propio Meier disparó.

  El granjero se entrevistaba con “los extraterrestres” dos veces al mes, pudiendo grabar y fotografiar lo que quisiera. Pero… para darlo a conocer al mundo, debía esperar un permiso. 🙂 Con todo ese material formó una amplia colección de cintas, grabaciones y fotografías. Si uno las observa hoy, aún guardan una increíble belleza.

  A esta altura, muchos suizos esperaban contactarse. Entre ellos un Coronel llamado Wendelle Stevens, que había participado en proyectos de la Fuerza Aérea de Estados Unidos y colaborado como investigador de cohetes espaciales para NASA, retirándose al estudio de los ovnis y la exobiología en 1963. Stevens presentía que el caso Meier era auténtico y que quedaría demostrada, por fin, la existencia de vida extraterrestre.

  No tardaron en revolucionar la ufología gracias a las fotos de naves discoidales de gran tamaño, la mayoría a plena luz del día. Los diferentes análisis llevados a cabo por el físico y especialista en análisis ópticos Neil Davis, director del laboratorio Desing Technology; por Bob Post, perteneciente al laboratorio óptico del Jet Propulsion Laboratory; y por el astrónomo y especialista en procedimientos de análisis ópticos Michael Manin, constataron que no se trataba de una superpocisión.

AJUSTANDO EL CINTURÓN

A esa altura el mito del cinturón de fotones estaba en pleno auge entre los grupos religiosos new age y no alcanzaría tope igual hasta 2012 con el holocausto Maya que no ocurrió. La idea del cinturón no hubiese sido gran cosas sin la insistencia en 1977 de Samael Aun Weor -llamado en verdad Víctor Manuel Gómez Rodríguez, un nombre mucho menos místico si se quiere dirigir a las masas lisérgicas- con su conferencia “Los anillos de Alcione”, en la que cita a Hess cuando predice que si la Tierra entra primero en el cinturón se formaría un gran fuego en el cielo, mientras que si el Sol entra en primer lugar la radiación liberada podría interferir con los rayos solares y la oscuridad reinaría por 110 horas, después de lo cual todo volvería a la normalidad.

   En agosto de 1981, un gran número de revistas se empezó a hacer eco de esta creencia por varios años. Aún hoy existen fieles pero ninguno expone con claridad qué tipo de radiación produce el cinturón de fotones: hablan de “flujo magnético de la luz”, “luz de alta frecuencia invisible”, “energía de alta frecuencia”, “partículas de fotones”, etc. Tampoco se pusieron de acuerdo sobre el momento en que el Sistema Solar entraría en el Cinturón de fotones (las fechas varíaron entre 1962 y 2012), o cuánto tiempo se mantendrá la Tierra dentro de la influencia de esta energía poderosa (las cifras varían entre 30 y 300 años). Muchos justificaban sus delirios en algunos mensajes que los pleyadeanos le dejaban a Meier, quien exibía más de 4000 notas dictadas por “extraterrestres” e imágenes de algunos de ellos, las más osadas: rostros femeninos idénticos a humanos.

  Otra proeza del granjero manco se expuso en el libro Message from the Pleiades, Vol. 2, de 1990, donde se asegura que viajó al pasado gracias al extraterrestre Asket, donde se reunió personalmente con Jmmanuel , anunciado como el verdadero Jesús, y le dijo que su evolución (la de Meier) fue superior a la del propio cristo. El contacto con Jmmanuel duró cuatro días y después, según contó, fue devuelto a la actualidad.

Y ASÍ TERMINA ESTA HISTORIA

  En 1997 cuando un mínimo interés de estudiosos serios intervino,  se descubrió que las naves eran maquetas y los seres pleyadianos bailarinas de un programa de la televisión suiza. Lo borroso de las fotos se debía a que habían sido tomadas directamente del televisor, y no al campo magnético de las naves, como Meier decía. Se lo acusó de no actuar solo, difícilmente siendo manco pudiera tomar fotos sin trípode de semejante claridad.

 Una vez desenmascarado, el granjero y su coequiper se defendieron como lo hacen todos: culpando a una maniobra de desprestigio a cargo de los “hombres de negro”. Meier declaró algo que contradecía con su narración primigenia de su contacto extraterrestre: aseguró que desde los cinco años de edad los tenía.

  Ya viejo, y con la actividad que solo le queda a los desenmascarados, previno sobre el fin del mundo como mesías: “debo explicarlo de esta manera, esta Tierra perecerá hasta dentro de un tiempo, que nuestros científicos no suponen pues acerca de nuestro sol tienen conocimientos completamente equivocados, el sol que ya se esta muriendo y así sucederá que los seres humanos terrestres podrán abandonar la tierra con ayuda de los extraterrestres quienes participarán aquí en el tiempo venidero y establecerse en otra parte…”, dijo en una entrevista de 1998 donde no explicó cuales son los conocimientos equivocados que tenemos sobre el sol.

  Mientras más popular se hacían las creencias, más se desmitificaban a través de simples aficionados a la ciencia. El Sistema Solar no está en órbita alrededor de ninguna de las estrellas de las Pléyades. Ningún astrónomo detectó signo de nada que se parezca a un cinturón de fotones jamás. Tampoco ha sido detectado ninguno de los efectos atribuibles a dicha supuesta “energía cósmica”. Al contrario, el Sistema Solar se está alejando de la constelación de Tauro y, consecuentemente, de las Pléyades, y se dirige hacia la constelación de Hércules.

 Aún así, hay varias religiones que creen en Meier y el cinturón. Los “canalizadores” Virginia Essene y Sheldon Nidle, autores del libro “Estás convirtiéndote en un humano galáctico”, pronosticaron la entrada del Sistema Solar en el cinturón de fotones para cualquier momento anterior al año 2000, lo que traería la purgación de la humanidad y la llegada de la era de luz.

  Como siempre, nada ocurrió.

La colosal fuerza de uno solo

Diego Fonseca, periodista argentino radicado en Washington y editor asociado de la revista de crónicas “Etiqueta negra”, publicó “Stiglitz detiene el tiempo”, un perfil magnífico y provocador del polémico Nobel de Economía 2001. El libro llegó en poco tiempo a los topes de venta digital, incluso en las listas anglosajonas. Un caso excéntrico.

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Para Diario Perfil (Buenos Aires) 

  La relación entre la economía y el tiempo es crítica: obtener ventaja en el menor tiempo posible, conservarla maximizando el beneficio y hacerla sostenible. Una ecuación compleja que corre contra el segundero. Por eso el comienzo de Joseph Stiglitz detiene el tiempo (e-Cicero 2013) es tan efectivo: “¿Podemos confiar el futuro de la economía del mundo a un hombre que llega tarde a todas partes?”

      Una helada mañana de marzo de 2011, Joseph Stiglizt (Premio Nobel de Economía  2001) detuvo el ascensor en la planta baja del Uris Hall de Columbia University. Venía de su casa con una parte de la camisa afuera, y llegó tarde. Allí lo esperaba el periodista argentino radicado en Washinton Diego Fonseca. “Fui ya decidido a reunir datos, escenas —cuenta el autor a PERFIL—. Reunirte con un Nobel es, de por sí, un evento extraordinario del que debés tomar nota. La primera reunión implicó una espera de seis meses entre que fue el pedido y Stiglitz encontró lugar en su agenda. Luego de verlo la segunda vez, entendí que se trataba de un tipo capaz de recordar toneladas de bytes de información pero olvidar la hora de su reloj. Por supuesto, mientras creí que Stiglitz tenía esa marca distinguida (vivir con hora propia), produje todo el research sobre su vida, y allí descubrí que podría no vivir con hora propia en la muñeca pero vivía con hora propia con todo el cuerpo: llegar tarde era algo normal en él”. Esa relación entre el tiempo y las decisiones sobre temas macro, en la que el cronista hizo foco, se presenta en el libro como una compleja paradoja. El Nobel lo maneja bien. Se entretiene con el tiempo y aquello que le interesa, donde es capaz de ser escuchado. Llega a tiempo a lo que es crítico, y el valor de lo que es crítico es algo que sólo conoce él.      

  Después de trabajar en el Banco Mundial y en el Fondo Monetario Internacional, de asesorar a países desarrollados y a grandes firmas, Stiglitz confrontó con sus políticas, fue despedido y despreciado en Washington y Wall Street. El Nobel compara al FMI con un “hospital donde los enfermos empeoran” y apareció de improviso en el parque El Retiro, de Madrid, para animar a los indignados con un altoparlante. “A Joe, como lo llaman en la familia, no lo quieren mucho quienes fueron sus empleadores en el Banco Mundial ni los pensadores neoliberales —explica Fonseca—. Tampoco tiene puertas ampliamente abiertas en Estados Unidos. El establishment demócrata respeta su inteligencia pero sus sugerencias no han tenido aplicación práctica. Mientras Obama tuvo a su lado a Tim Geithner, que viene del riñón financiero que Stiglitz quiere diseccionar, su discurso no llegó a la Casa Blanca. Pero todos lo escuchan, incluidos los conservadores británicos, el gobierno de China y los gobiernos nacionalistas de América Latina”.

 Fonseca muestra un Stiglitz desalineado, mirando al cielo, pensando mientras otros lo esperan. Su figura es un Némesis solitario del actual “orden mundial”. Si fuera un superhéroe su archienemigo sería El Hijo de Dios, Lloyd Blankfein Super JP Morgan Money, el economista que perdió miles de millones de dólares con créditos e inversiones malignas y convenció al gobierno de Estados Unidos de salvarlo con otros tantos miles de millones en fondos públicos. Para describir al héroe dentro de su ciudad gótica, el autor se sitúa en el Foro Económico Mundial de Davos, que, según describe,  reúne a los presidentes de las naciones poderosas, aspirantes y pretenciosas, al uno por ciento de los gatos gordos y a intelectuales de cartel francés. En ese foro, Stiglitz es una estrella a la que otros van a admirar, no alguien del público que se fija en los demás: es de los pocos que puede bajar esas montañas con tablas de mandamientos axiológicos sobre la economía global y ganar parroquia.  

  Para Diego Fonseca no existe en el mundo una nación que haya aplicado, de manual y en términos absolutos, la receta económica del neoliberalismo. Stiglitz cuestiona a los países centrales pero para competir con las grandes empresas globales de esos países los emergentes precisan corporaciones de peso similar. “Si hacen eso —advierte—, el riesgo de captura del Estado es elevado, por lo que, en plan de aplicar algunas medidas neokeynesianas, precisás de consensos y de construir hegemonías complejas, que pueden resultar contradictorias con el discurso de Stiglitz. Ha fracasado el último experimento neoconservador y ahora las naciones ensayan medidas de reparación, que casi por definición tienen al Estado en el centro. Por lo tanto, es el regreso del neokeynesianismo y este es el momento para las voces como las de Stiglitz ”. (2013)

 

 

 El libro  fue publicado en formato digital y alcanzó los topes de ventas en Amazon con una rapidez apabullante, trasladándose a España al poco tiempo. Fonseca (quién también editó hace poco Sam no es mi tío (Alfaguara), una antología de crónicas escritas por latinos viviendo allí) asume alguna suerte: “Hubo coincidencias importantes. A pocos días en que salió a la venta el libro y comenzamos la difusión con eCícero se dio la Cumbre de Davos. Las críticas de Stiglitz al estado del capitalismo, en especial su mirada del capitalismo financiero, fueron duras. Unos días antes, la prensa también tomaba las divergencias de mirada de Stiglitz y Krugman sobre la desigualdad económica. El contexto ayudó mucho al libro. Vivirlo lo vives normalmente. Si te llama la atención que el libro acabe de número dos en los Hot Releases de periodismo de Amazon, el único en español entre una marea de buenos textos en inglés, pero también aprendés a vivir con la circunstancia. Hay mucha fluctuación en las ventas, te acostumbras a eso”.