El único avión de la historia que se derribó a sí mismo

Una formación de F-11

El 21 de septiembre de 1956 el piloto Tom Attridge disparó una ráfaga de cuatro segundos con los cañones de 20 milímetros del Grumman F-11 Tiger que estaba probando mientras picaba ligeramente.

Acto seguido Attridge aumentó el ángulo del picado con tan mala suerte que unos segundos después su avión se cruzaba con los proyectiles que acababa de disparar después de que éstos empezaran a perder velocidad. Tres alcanzaron el avión y uno de ellos termina alojado en el motor, que empieza a fallar y se para de todo antes de que Attridge pueda volver a base. Así que se ve obligado a hacer un aterrizaje de emergencia del que sale herido, aunque a los seis meses volvía a volar. El F-11, por su parte, entró en servicio sin mayores problemas, llegando incluso a ser adoptado por los Blue Angels, el equipo de acrobacia aérea de la marina de los Estados Unidos.

Este es, probablemente, el único caso de la historia en el que un avión se ha derribado a sí mismo. [Fuente: jpartej]

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Generaciones españolas de la posguerra

La novela Viñetas, de Agustín Sánchez Vidal, está ambientada en la década del 1950 en la zona rural española y resume los cambios en los puntos de vista de diversas generaciones.

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Viñetas es la clásica historia que desentraña enigmas familiares después de una muerte. En este caso se trata de Antonio, quien deja, en la huerta que fuera de sus padres, un testamento y una novela gráfica sin terminar compuesta por dibujos, proyectos urbanos, textos y mapas. Miguel, su hermano, llegará al lugar después de décadas, donde lo espera su hija y su yerno, los cuadernos, los enigmas, el testamento y la punta del ovillo.

Ambientada en la década del 1950 en la zona rural española, Viñetas propone un resumen de la vida en la España post Guerra Civil y los cambios en los puntos de vista de las generaciones que lo vivieron: algunas esquirlas quedaron en los cuerpos y el aire aún está enrarecido, pero brota un ideal reparador, aunque los viejos sólo puedan mirar hacia atrás, o adentro de la familia, esa metáfora incompleta de nación.

Agustín Sánchez Vidal es catedrático de la Historia del Cine en la Universidad de Zaragoza y Premio a las letras aragonesas por el conjunto de su obra. En esta, su más reciente novela, juega con el sentido de las palabras “viña” y “viñeta”. La segunda viene de la primera. Y “página”, en latín, era un emparrado de forma rectangular, igual que la palabra “verso” nombraba el giro del arado al final del campo, cuando se da la vuelta al formar el contrasurco.

Es, también, una historia de aprendizaje en una edad en la que ya parece imposible hacerlo; aunque las opiniones y el fuerte carácter moral que contienen más que actualizar esos conceptos, los continúan.

A la realidad posmoderna, que evidencia la ignorancia sobre el origen de las cosas que se heredan, compran, consumen y cuánto ha costado alcanzarlas, producirlas o crearlas, Vidal contrapone una mirada paradigmática conservadora no menos ingenua. Y aquí la otra paradoja: los conservadores están representados como hijos, y el protagonista, portador evidente de la voz del autor, cree ser el progreso.

Para Vidal no puede ser que los niños “conozcan todos los modelos de aparatos electrónicos, pero sean incapaces de diferenciar una zanahoria de una patata o un cebollino”. La reiteración de estos planteamientos convierte a los personajes en ideas y la lectura se torna incómoda.

Básicamente, Viñetas intenta recrear la modernización de España comenzada en 1960 y la pérdida de ciertos valores que no son ajenos a cualquier otro lugar del mundo. En esa empresa el autor embarra una buena narrativa con sus constantes reflexiones.

Pasadena

Tapa posta

milla y media en busca de un teléfono
los truenos veloces desde el sur
la noche en el día

en el horizonte
se habían sellado todos los versos
odié ese ocaso con furioso acné

así suelen nacer los poetas
pero no quería ser uno

 

 

 

mi primer amor fue Julieta
la chica de Tampa
después amé a la noche
ese velatorio
de los amaneceres
que lavan el desvelo

algo imperceptible me picó
como esa abeja en la alberca del primo Jefry
en Covina
a los seis años

vinieron otras pasiones
normales femeninas matrimoniales

hoy hago el amor a no sé quién
cultivo no sé qué cosa ni con qué fin
en algún lugar del cuerpo
la marca que no encuentro
debe ser esa cosa que siento latir
y me enloquece

Palabra poética, paradoja cuántica.

   Uno de los fundamentos de la física cuántica sostiene que ciertas porciones ínfimas de materia resultan imposibles de conocer de manera exacta. Cualquier intento por aprehender su ubicación y velocidad tiende a modificar su estructura atómica, operando así una serie de cambios que dan por resultado algo distinto: materia diferente, energía diferente. Tal principio de incertidumbre atraviesa la poesía de Pablo Giordano y, entonces, la palabra se vuelve un instrumento de observación capaz de capturar y transformar tanto su historia personal como “el paradigma actual / la realidad   cuan  ti  za  da / multiversal”.

   Veinte años de poesía aparecen en Multiversal. Búsquedas emocionales, certezas y contradicciones fluyen entre las páginas de un libro sencillo y hermético a la vez. Ya en los primeros poemas, Giordano exhibe una lucha interior en el intento por definir su lugar en la poesía. A través de la negación, y como si sólo pudiera ubicarse afuera, sea de su generación o de una determinada línea de escritura, llega a afirmar: “no seré / el poeta que lee un cielo / para escribir la tierra / tampoco el de la justicia / civil ni poética / repito / ni retórica”.

   En el universo emocional del poeta desfilan maleantes de escuela nocturna, el trabajo en los tambos, niños y niñas que destellan maldad, un padre que grita de miedo en la madrugada. Aparece también un nombre de mujer inscripto en una noche con claras reminiscencias de Neruda: “voy a mirar los astros más tristes esta noche / mirar, por ejemplo, los ojos de Leticia / variables luminarias de otro tiempo”.

   Sin embargo, los vínculos sentimentales que atraviesan los poemas están signados por el fracaso. Entonces, la soledad convoca al aislamiento y determina el tono de Multiversal. Y es esa soledad la que, con dulzura y timidez, ubica al yo en un abismo desde el cual se explora hasta encontrarse en distintos cuerpos: un hombre viejo y cansado que apela a la poesía como arma de seducción, un niño refugiado en la escritura, un adulto que busca vengar las desventuras del pasado, un poeta haciéndole el amor a una libreta de notas. La materia cambia, se transforma. Así, la palabra poética alcanza para resolver la paradoja cuántica y, al mismo tiempo, justifica la creación: “debo existir para otra cosa aún no revelada / que también / se completa escribiendo.”

David Voloj, La Voz del Interior.

el loco Randy

varios niños de Boca Ratón
los viernes detrás del loco Randy
su disfraz de payaso
flotante edredón hasta sentarse
en un banco de Pach Reef Park
la luminosa acera

le colgaba al viejo un cigarro
hasta dormirse
los críos lo pateaban
le escupían el traje
le ataban el sombrero a los aros de basquetball

el loco Randy
recuperado con la siesta
daba lumbre a otro de sus largos vicios
limpiaba la peluca
el amasijo de plástico violeta

los pantalones bombachos hacia el aparcamiento
hacia la única cabina telefónica
en seis calles a la redonda

Randy
se sacaba los largos zapatos
y hablaba allí dentro
por horas

antes de venir a California
fui uno de los niños de Boca
nadie supo jamás a quién telefoneaba el loco

a veces
se torcía a carcajadas

una tarde amarilla lo vi llorar
golpearse la cabeza con el tubo
en la caja de cristal
tocar la sangre y el chichón
en la alegría del parque
el silencio de los condominios
recortaba el cielo ondulante
del Pach Reef Park
el sol bajó
y el Mustang aparcado minutos antes
se retiró impecable
dejándolo tirado para siempre

la luz oblicua

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a lo lejos llovizna sobre los tejados de Linda Glen

tus ojos azules
títulos en mi lápida
perdonan como la luz oblicua
del polo
al bamboleo del mundo

mi memoria es minúscula y está llena de monstruos

 

(de Pasadena. Dínamo Poético Editorial. Córdoba, 2018)

Multiversal

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por Leandro Calle (Especial para Hoy Día Córdoba)

    A partir de un epígrafe de Carlos Drummond de Andrade, que dice: “No seré poeta de un mundo caduco. / Tampoco cantaré el mundo futuro”, Pablo Giordano anuncia desde el comienzo una clara postura poética. Claridad que no está dada a través de una afirmación, sino que por el contrario es la negación de una poética. Negación de la que  está seguro de afirmar: “No fui llamado a ser el poeta de mi generación/ en este universo// no hablaré de la patria ni el futuro/ de nada/ igual de anacrónico”. Y entonces, ¿de qué habla el poeta Pablo Giordano en su último libro que tiene por título: multiversal?

   Habla de muchas cosas pero lo más interesante es que su hablar avanza desde una especie de estallido, de disolución de un todo. El nivel semántico en “multiversal” podemos hallarlo en la pérdida de la unidad que había en el pasado y la vigencia de un presente que ha estallado y ha dejado un campo minado de astillas y de esquirlas. Multiversal es un cuerpo dividido, diseminado. De algún modo, el lector, se convierte en una especie de detective en busca de un asesino que ha desmembrado el cuerpo poético aquí y allá. A lo largo de la lectura, el detective-lector, va uniendo pedazos de una realidad otra, que en otros momentos constituía un todo. Esa realidad multiversal, ni siquiera se revela de manera rizomática para citar a Deleuze a través del gran escritor martiniqués Edouard Glissant. No, no hay una estructura o una apuesta a la convivencia de raíces entrelazadas, diferentes en su identidad pero constituyentes de un archipiélago de palabras.

    La referencia externa en “multiversal” ha estallado y en este sentido es un espejo de lo posmoderno. La atomización, la fragmentación y el estallido de un todo hacen que cada verso se convierta en un mundo en sí. Pablo Giordano acierta además en no querer recomponer ese todo. Lo observa, lo describe, y lo escribe. No se trata de apremiar a los dioses para conseguir exorcizar las caídas. Viejo tema ya remanido en la poesía argentina y llevado a las alturas por, por ejemplo, Olga Orozco, que en “Desdoblamiento en máscara de todos”, concluye: “Es víspera de Dios/ está uniendo en nosotros sus pedazos”. Los pedazos, fragmentos y astillas que revela la poesía de Pablo Giordano, no son juntados por nadie. Están ahí, luminosos y oscuros al mismo tiempo como miles de puertas abiertas en el tiempo a través de las cuales podemos entrar y salir.Hay en el poeta una conciencia de la novedad que tiene también que ver con el rompimiento de una tradición: “debo existir para otra cosa aún no revelada/ que también/ se completa escribiendo”.

   Escribir entonces, no es afirmar, es buscar, es seguir los designios de la sed, por eso Giordano aclara: “La realidad es lo que nunca veremos”.

   La segunda parte del libro, se llama “Sobrevivientes”. ¿Sobrevivientes de qué? Tal vez, del mismo estallido, de las esquirlas que han pasado a ser un todo descompuesto. Un todo que ahora se resuelve en versos que llaman la escritura con su olor, como si disueltos y estallados, emitieran un aroma de corrupción y tiempo: “pálida/ chata/ virgen/ la libreta abre las piernas// amante aburrida que ni se mueve// arrojo el fósforo encendido/ la carne crocante del otoño/ exhala// huelo los versos”.

   Siguen cinco poemas que llevan por título “papá”. Y sí, hay que matar al padre para poder escribir en libertad. Y el libro se termina por una cuarta sección que se llama: “Lo suficiente”.

   Como el yogurt o el sachet de leche descremada, tenemos fecha de vencimiento sólo que no sabemos cuál es la fecha, está velada, oculta a nuestros ojos y de ahí ese binomio de certeza e incertidumbre. “Viajamos hacia el frío”, dice Pablo y es cierto. En el medio del viaje, hay miles de ventanas que se abren y se comunican multiversalmente.

    Los poemas de Pablo Giordano poseen la belleza de quien agarra una palabra y la hace estallar en medio de palabras enteras que no tienen otra cosa que brindarnos que una lejana luz envejecida.

 

sirva otro trago

mozo

está saliendo el sol

la empleada pasa el piso

después de barrer las colillas

 

lagañas de luna

resto de olvido en los vasos

 

las patas de las sillas apuntan al techo

estacas de una aldea

al aguardo de sus decapitaciones

 

   El poeta varíllense, desde su guarida nos indica otra mirilla a través de la cual pensar el mundo y mirarlo. Tal vez lo que nosotros creemos que es la realidad, no sean las mesas bien puestas de un bar donde descansan las sillas con las patas hacia abajo. Tal vez, en otra abertura del tiempo, multiversalmente, la realidad esté marcada por esas patas de las sillas señalando el techo y la espera del frío, el frío que llega inevitablemente y se instala hasta en los mismos huesos de los versos.

(2013)