La Sed.

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 Guiado por la luz del televisor -larga sobre la oscuridad del parqué de la cocina-, Esteban se detuvo a los pies de la heladera, la abrió urgente, bebió media botella de agua de una vez, respiró, y vació la otra mitad.

  Mientras volvía a llenarla, la sed escalaba por las arterias femorales, las ingles, el estómago; embalsamaba órganos y, veloz por el esófago, se pegada como sarro al rojo en la garganta. El día y parte de la noche se desplazaban con calma de oruga, pero alrededor de las cuatro de la mañana el cuerpo, víctima de un curioso sobrecalentamiento, exhortaba refrigerar rápido cada uno de sus rincones.

  Fue ahí, la segunda madrugada de esa terrible sed, que se repitieron los ruidos. Alguien quiso abrir la puerta principal. La manija fue violentada varias veces, después se oyeron fuertes pisadas de porte equino entre los macetones. También el portoncito del patio fue víctima de la intentona. Esteban se espantó, confirmaba así una predilección del atacante hacia su casa, o peor: su persona.

  Oyó un llanto ahogado y feroz. El cristal de la ventana del lavadero estalló fragmentado por una mano que penetró sangrante. Por allí ingresó una pierna y parte de un torso sudado; Esteban corrió y empujó al bulto oscuro que desapareció por el jardín mientras la sangre manchó el piso. La cosa vestía ropa, el chillido era de cerdo. Esa mañana le prometieron un patrullaje en el barrio, como si los delitos ocurrieran a la vista de las autoridades.

  Esperando al patrullero esta segunda noche, espió por la mirilla a la sombra masculina buscando la última posibilidad: el tapial bajo que trepa al techo. Pensó en salir y verlo escapar por las tapias, un plan ridículo cuando oyó los ruidos en la banderola del baño sacudida con saña. Se sintió estúpido actuando como si la noche anterior no hubiese ocurrido lo mismo, de idéntica manera.

  Entonces, igual a las ráfagas de vientos bravos y fugaces, los embistes a las aberturas enmudecieron. Duraban dos minutos, la eternidad.

  Esteban se resignó a la idea de las ideas: creía que el evento empezaba dentro de su cabeza. Un delirio provocado por alguna fiebre repentina de la sed y el modo de calmarla; algo en la forma beber y la respiración, el nivel de oxígeno en el cerebro, la sugestión, la soledad.

  Por eso, al otro día, además de discutir con un oficial sobre la denuncia, sacó un turno en la Clínica Pinel con el psiquiatra antes disponible.

  La tercera noche la sed lo atacó más fuerte y los golpes, forcejeos y llantos, llegaron a horario. Acudió horrorizado, sin moverse del sillón del living, sin dormir. Su idea de que alucinaba cobró mayor vigor, la policía no patrullaba porque jamás denunció, ni sacó turno al médico. Pensó en llamar a Marcos y corroborar los fenómenos o la neurosis, aunque no guardaba mucho sentido: si alucinó lo demás, también podría inventar la llamada a Marcos, sus comentarios, lo sucesivo.

  ¿Eran brotes psicóticos sólo a esa hora de la madrugada provocados por un mal funcionamiento en algún estadío de sueño REM, y durante la vigilia era capaz de limpiar la sangre, cambiar el vidrio de la ventana y arreglar las cerraduras en absoluta lucidez?

  A la noche siguiente, apenas forzaran la puerta de enfrente, saldría a ver. Al fin y al cabo, si deliraba, la existencia y su curso mostrarían a la bestia humanoide enviada por algún demonio para devorarlo. En cambio, si era una persona que por razones desconocidas quería entrar de esa forma aberrante, se terminaba el juego. Quizá el esquizofrénico no era él, sino el otro, algún caminante nocturno que cayó en una fijación mística hacia la casa. Bastaba con hablar a la familia del enfermo; una posibilidad no esquizoide que lo  enorgulleció.

  Fue a las cuatro menos cuarto, salió y después de cerrar con llave, la arrojó por la ranura del correo oyendolas caer y se deslizarse por el piso del living. De descubrirlo afuera, no podrían arrebatárselas.

  La plaza de enfrente y el banco perpendicular facilitaban la visión. Encendió un cigarrillo y tamborileó sobre las rodillas concentrado en la fachada. En instantes la cosa saltaría a escena.

  A las cuatro empezó a atacar la sed. Un detalle encendió su memoria: la botella. No lo avergonzó habérsele olvidado, el pico de la canilla de la plaza estaba a unos metros. Inclusive podía verlo cuando no era él quien corría, sino su cuerpo aniquilando cualquier tipo de racionalidad. Chocó la puerta de su propia casa varias veces, lloró cuando el fuego interno desgarró la garganta; a los gritos intentó meterse por la ventana del lavadero, el tajo le recorrió el brazo. ¡Pero qué importaba, quizá entrara por allí pasando una pierna y luego el hombro! Sintió el empujón, la bestia lo consiguió, estaba adentro, tomó la casa y ahora lo expulsaba.

  La hemorragia lo debilitó y apenas si pudo trepar al techo y forcejear sin éxito la banderola del baño a grito quebrado maldiciendo al intruso, se reconoció. De súbito su racionalidad lo devolvió a sí. Miró a unas cuadras las luces de una ambulancia estacionando en la Clínica Psiquiátrica. Saltó a la calle resignado, bebió poseído de la canilla y, una vez tranquilo, se mojó la cabeza y trotó jadeante rumbo a la guardia, como en los últimos días.

(2014- El Puntal de Río Cuarto 2016)

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Pinceladas reunidas

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  El artista italiano Alessandro Kokocinski pidió a un amigo algún cuento de María Kodama para inspirarlo a pintar y sacarlo de la depresión. Antes de morir se refirió a esa experiencia como trascendental y expresó sus deseos de que Kodama publique un volumen de cuentos propios, los cuales creía fundamentales. La mujer de Borges no había editado jamás esos textos porque su marido y el poeta Girri querían escribir el prólogo, lo cual la perturbaba. Relatos es ese libro que Kodama nunca quiso sacar a la luz. Una bella edición de cuatro cuentos acompañados por 26 dibujos ocres del pintor, escultor y escenógrafo nacido en 1948 en el campo de refugiados de Porto Recanati.

   Los relatos abordan temas como el remordimiento, la redención, la pérdida de la inocencia, el desquicio inevitable de ciertas personas y la precariedad de la vida. Entre los personajes, creados con pinceladas niponas, se encuentran un samurái frente a la traición (en diálogo con ella sobre las variables del deseo); un legendario guerrero agonizante que analiza su pasado; una niña enferma camino al Edén y un paleontólogo al borde de lo fantástico que tanto persiguió.

   El cliché de que María Kodama mantuvo una voz y estilo propio es necesario para despejar cualquier expectativa que se suele tener por las mujeres de ciertos gigantes de las letras, como ocurrió también este año con la edición de Libro de Bernarda, compañera de Cortázar. Se usó muchas veces el significado del apellido Kodama (Eco) para denostar a quien fue y quiere seguir siendo sombra de Borges, el genio que pasó sus últimos años a tientas en las sombras literales. Quizá Kodama haya sido la más luminosas de todas ellas; al fin y al cabo es la famosa mujer que a Jorge Luis le dolía en todo el cuerpo.

  Esta edición abre el deseo de que los textos de Kodama sean también ecos y sombras de los de su marido; pero no ocurre, y es evidente que no es el objetivo de la autora. Sus relatos apenas corregidos, al contrario de los de Borges, cultivan una soltura que evidencia el placer por el hecho minimalista de escribir como delineando ideogramas de oriente, simples, pero densamente poblados de significado. La de Kodama es una prosa de hilos que entretejen con levedad una trama tradicional, clásica; son pinceladas artesanales a la que no se debe manosear mundanamente porque pertenecen a la naturaleza.

   María conoció a Borges a los 12 años y fue su alumna desde los 16. Se casaron pocos meses antes de la muerte del escritor. Algunos otros cuentos de Kodama aparecieron en distintas publicaciones en décadas pasadas sin llamar demasiado la atención. Este es el primer volumen que recoge parte de su obra.

Chozas, según Susana Chas

   Pablo Giordano nació, vive y escribe en Las Varillas, Córdoba. Se lo conoce por haber publicado en diarios, revistas y sitios de América y Europa. A fines de la década pasada formó parte de las discutidas antologías provinciales sobre la narrativa joven en Córdoba (“Es lo que hay” y “10 bajistas”).

   Publicó dos libros en editoriales cartoneras de Córdoba y Montevideo, respectivamente: “La felicidad es un Gordini” y “La muerte”. En 2011 ganó el Primer Premio de El Mensú Ediciones y mantiene una columna en la revista PoloSecki. “Chozas” es su primera novela.

   En “Chozas”, lo primero que llama la atención es el lenguaje empleado. “Un lenguaje que se muerde la cola y que destila veneno”, según Fabián Casas. “Lenguaje en mal estado pero sin fecha de vencimiento”, afirma Casas. La novela lleva como epígrafe palabras de Don Draper: “Se nace solo, se muere solo. Y el mundo te impone unas cuantas reglas para que te olvides de eso. Pero yo no lo olvido. Vivo como si no hubiera un mañana, porque no hay ninguno.”

  Dividida en cinco partes, que las va narrando Nacho desde su infancia de chico de un barrio marginal, que sueña con ser escritor, comienza así: “Estoy corriendo con todo. Termino de cruzar los zanjones por la bajada Refalón, y agachándome entre las cañas, tratando de no hacer ruido, me doy cuenta de que estoy solo. El olor a podrido no me deja respirar, el corazón me va a mil. Veo una sombra que viene haciendo ruido por el agua. Es el culiáu del Étor.”

  Enmarcada en cierto costumbrismo, la novela describe un barrio violento, sucio, donde reinan los más fuertes, con casas con “olor a humo de brasero”, “olor a pobre”. Los personajes pueblerinos se delinean con algunas características de ciertos personajes de la inmigración piamontesa de Las Varillas, en la llanura cordobesa conocida como la “pampa gringa”.

   Hay distancia entre Nacho y su padre, no así con su madre, aunque tampoco ella quiera que juegue con “esos chicos”, sus amigos, a los que teme y quiere, y con los que armó la choza. La choza era el refugio de todos ellos donde practicaban sexo los unos con los otros como un juego, donde hacían todo lo que no podían hacer en sus casas; pero también se comete un crimen. El Étor asesina a los dos excombatientes de Malvinas, olvidados por la sociedad y desamparados por los gobiernos. “Iban a la choza a contar historias por medio sanguche”. Como en las novelas de aprendizaje, Nacho debe aprender a vivir en ese medio, con sus consecuentes y constantes pesadillas.

   Después de una conversación con Adrián, a quien quería someter, y que es escuchada por su madre, siente la aflicción de sus padres por sus posibles inclinaciones homosexuales. Años más tarde, Adrián se vengará de él. Nacho narra sus temores, sus angustias de chico hipersensible: “En el colegio me escondía atrás de las esteras que dejaban en el piso y hasta me había hecho un refugio en la piecita del depósito lleno de ratas. Las maestras no me buscaban, creían que estaba en la oficina con mi mamá. Al último me desmayaba por cualquier cosa.”

   Una multitud de personajes marginales con sus patéticas historias, pueblan sus recuerdos. Las crueldades inconscientes de los chicos con los otros y con los animales, se describen con crudeza a pesar de que a él “le da un poco de lástima maltratar a los animales”.

   Su primer enamoramiento será de su prima Florencia. La adolescencia del Nacho está poblada de miedos que le provocan agorafobia. Nacho abandona el secundario, entra en crisis, consume drogas. Su madre le aconseja terapia psicológica, de la que no puede salir en años. Sin embargo no abandona la lectura y su deseo de ser escritor. Kerouac, Bukowski, Fogwill, Rimbaud, Mallarmé, los surrealistas, son los autores que nombra. Para los prejuicios del barrio y del pueblo, escribir versos es ser maricón. “Tengo que contar bien lo de las chozas y dejar de escribir boludeces. Si quiero ser escritor más vale dejar el alma y el cuerpo en esto… contar todo, que todo se vaya a la mierda.” Encuentra el amor en Gretel, ésta quema la novela de Nacho y la foto de su padre. Es la adolescencia que termina, también el barrio, su gente y el pueblo. Nacho comienza a mirar de otra forma su entorno: “Algo leí sobre los pueblos sin puertos, que son pueblos sin memoria o sin ideas. Pueblos que no pueden partir ni llegar. Que sólo están. Ensimismados, ciegos, hartos de mirarse. Es cierto que las ciudades queman, arden, deshacen; pero el pueblo es peor: el pueblo te cocina a fuego lento.”

   Ha sido doloroso el camino de iniciación, de aprendizaje y de formación (Bildunsgroman), emprendido por Nacho. La novela está narrada con un lenguaje que impacta.

 

Susana Chas Especial para Hoy Día Córdoba

Lo menos malo

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En occidente los totalitarismos nacionalistas y fascistas fueron desarticulados a finales del siglo pasado al igual que los regímenes autoritarios militares en América Latina. Hoy casi todos los jefes se proclaman democráticos. La democracia es una necesidad ciudadana pero también una condición de mercado muchas veces impuesta en pos de un mejor comercio, o al menos, uno más redituable para las grandes potencias; más allá de que la industria armamentística necesite, cada tanto, algún tirano para equilibrar los números o muchas democracias sean impuestas para el saqueo.

En El Líder y La Masa, la génesis de la democracia recitativa, Emilio Gentile repasa la historia de esta forma de gobierno desde sus comienzos en Grecia hasta los actuales modelos globales, dando cuenta de sus complejidades, su crecimiento y transformación a lo largo de los siglos y su permanencia en una sola idea: el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, como la definiera Lincoln. Gentile es profesor emérito de la Universidad La Sapienza, de Roma. Es uno de los mayores historiadores de Italia y reconocido experto en el fascismo. En 2003 recibió el Premio de la Universidad de Sigrist Hans Bern por sus estudios sobre la religión en la política.

El libro comienza su travesía histórica en la actualidad, donde más de medio siglo después se da la singular coincidencia de que en las dos primeras democracias de occidente llegaron a la cumbre del poder un viejo y un joven: Trump en Estados Unidos y Macrón en Francia, ambos de la mano del populismo, la estrategia más efectiva para ganar elecciones. Trump mezclando nacionalismo y demagogia con extremismo ideológico y Macrón a pesar su público antipopulismo.

Valiéndose de los avances en conocimientos neurológicos y de comportamiento, hoy, al igual que en aquella campaña a presidente entre Nixon y Kennedy (que inaugurara los debates televisivos de candidatos) los consultores y coaching de los mandatarios “compiten para ofrecer a los electores exactamente aquello que estos desean, aunque sea imposible de conseguir y hasta absurdo [pobreza cero] sin pedirles siquiera un mínimo de esfuerzo porque eso podría hacer perder las elecciones”. Es decir: se venden presidentes como se venden celulares.

La pregunta que Gentile se hace e intenta responder es si las actuales democracias están, efectivamente, alejadas de las antigua figuras de Rey, Dictador, Zar, Jefe o cualquier otro tipo de dirigente que encarne al pueblo no para representarlo, sino por su carisma; su imposición de la fuerza (hoy las urnas) u otros mecanismos que lo han llevado al poder por motivos que no sean sus capacidades de gestión. Y es que según muchos observadores, entre ellos Gentile, uno de los fenómenos más importantes del actual malestar de las democracias es la tendencia a la personalización de la política en la figura del jefe, que entabla una relación cada vez más cínica con la multitud gracias a los medios masivos de comunicación.

Chozas, según Ciudad X

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La Voz del Interior 

   Con sus referencias a los “toundercats”, a la revista Tony, a Mork y Mindy, a Mazinger Z o a Kurt Cobain, la novela debut del varillense Pablo Giordano (1977) parece sumarse a la tendencia autobiográfica actual que circunscribe la ficción al testimonio, la fabulación a la instantánea: aunque ya con sus “conchuda”, “culiáu” y “¡Me cago en Dios!”, Chozas desplaza cualquier tipo de nostalgia clasista para instalarse como faro mitificador de un terreno border, salvaje en su coloquialismo y geografía, una “zona” de ecos beat que es infierno y vacío y anomia.   

   En ese sentido, el hallazgo del relato de esa “choza” de la infancia que el protagonista Nacho comparte con un grupo de amigos (donde se dan cita la iniciación sexual sodomita y colectiva, las drogas y hasta el asesinato), extendida a las “chozas” que son el caserío de un barrio de la ficticia ciudad Los Fresnos, probablemente espejo de Las Varillas, de donde Giordano es nativo.   

   Así y todo, no todo en Chozas es nihilismo sin retorno: también deambulan los personajes curiosos, las escenas escatológicas e hilarantes y un reconstruir cronológico desde la infancia hasta la adultez en la que Nacho oscila entre la socialización y el paso afuera (en su resistencia al maltrato de animales, a la iniciación sexual, al incesto con la prima, a los padres a los que quisiera matar pero no soportaría ver morir), “rareza” evidente en sus tendencias literarias, primero en sus lecturas de Poe y Lovecraft y después en sus incursiones poéticas juveniles.   

   Por eso, en última instancia, su resistencia termina siendo universal, romántica (“quiero comprar una computadora gigante y meterme adentro y vivir ahí encerrado para siempre y escribir cuentos, pilas y pilas de cuentos”), al paso del tiempo, al trabajo embrutecedor, a la reclusión familiar, a la vida sin horizontes en una ciudad del interior que se vuelve “normal” en su desolación, con sus amigos de niñez de repente volcados al delito, a la “merca”, al Poxirrán.   

   De allí sentencia cabales como: “El barrio, los amigos, el pueblo atrapado en un video retro”. O: “Es cierto que las ciudades queman, arden, deshacen; pero el pueblo es peor: el pueblo te cocina a fuego lento”. O: “A mí siempre me gustó pensar qué es la vida (…) Nosotros, cada vez que miramos el cielo, está atardeciendo. Alrededor del barrio no hay nada y siempre oscurece con ese color rojo y naranja triste. Y me largo a llorar de solo pensar en lo rápido que pasó”.   

   Hacia el final, el presente se hace estocada abrasiva, desconsolada, irredenta, con el padre solitario en el bar y la madre “doblada”, con los pocos que quedan transmitiendo su bronca en el campo de juego (“¡Y las patradas! Alevosas, demostrando lo mal que nos va en la vida”) y la evasión, ya sin futuro, hecha carne, costra, estado continuo: la “choza” quedó allá lejos y sólo permanecen las “chozas”, la supervivencia y la escritura: mal que pese, un renovado comienzo.

Mayo 2012 

Feliz Cumpleaños, Mono.

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Mono patea la ropa hasta el rincón del baño y se mete bajo la ducha helada: tiembla, refriega su cuerpo con alegría.

Su hermana, que no vuelve del trabajo hasta más tarde, le juró que el padre vendría a verlo. Mientras lo espera, Mono se pregunta si quedará algo del pegamento que le regalaron en el corralón. Desde que su madre murió, fabrica imanes para decorar heladeras; pide radiografías en el hospital, las recorta con forma de mariposas -rara vez de otros animales-, las pinta, les pega el trozo de imán rescatado de viejos motorcitos de la fundición… ¡y listo! Las pocas ganancias lo salvan de la vergüenza frente a la hermana, que limpiando casas trae la mayor parte del dinero. A veces lo llaman de la Municipalidad y lo llevan de noche a barrer salones.

A las siete y media ve por la ventana las ruedas de una bicicleta y dos zapatos apoyarse en el cordón cuneta. Es el padre. La última vez que lo había visto fue limpiando parabrisas. manejaba un Gordini bastante nuevo y le gritó. Fue tres años atrás. Inclusive corrió hasta el auto sin poder ganarle a la luz verde del semáforo: el hombre aceleró y se perdió entre una Renoleta y el 159.

Ahora Mono lo mira, la cara le resulta extraña: no distingue sus rasgos.

      —Vamo’, pendejo, dale.

Mono trepa a la bici. Está recién bañado y se ha puesto la chomba roja, la de salir. La secó el día anterior en el alambre del patio, cuidando que las palomas no la arruinen, y mientras dormía la planchó bajo el colchón como había visto hacer a su madre.

De pie en el portaequipaje, Mono lleva la cabeza en alto y la cara al frente. La brisa lo ensueña. Las casas de chapa se suceden a los costados. Algunos vecinos los ven pasar. Su padre lleva un traje blanco un tanto estrecho, que a las luces de la tarde vira a celeste claro como saco de heladero. Abajo dos broches sostienen las botamangas, impiden el engrase con la corona de la bici, o el enredo y la caída. No son tantas cuadras, pero alcanzan para insultar de cansancio varias veces. Desmontan en el bar cerca del río, apoyan la bicicleta en el poste de alumbrado y entran.

El bar mantiene un pedazo de pared revocada, un pool, un foco colgando de un cable manchado con saña por las moscas, una vitrina y poco más. Es un lugar fresco, las ventanas y la puerta de calle están abiertas, las luces apagadas. Afuera hay dos mesas, una ocupada por el dueño y la mujer, la otra vacía. Se sientan adentro, junto a la ventana. El padre enciende un cigarro y le ofrece. Mono dice que no fuma.

Un viejo gordo que habla como recién llegado de una maratón, levanta el pedido. Son dos ginebras con Coca, y él no se anima a contradecir. Es mucho para Mono, apenas si aguantó la cerveza de tres cuartos en la canchita por la apuesta contra el Tati.

—Feliz cumpleaños —dice el Gordo—. ¿Cuántos cumple el pendejo?

—Once, ¿no? O doce…

—Doce, cumplo.

—Bueno, el trago va de parte mía.

—No, Gordo, dejá: es mi regalo de cumpleaño’. A la ginebra del pibe la pago yo.

—Dejá, dejá.

—Es mi hijo, Gordo, rajá. Se la regalo yo.

Padre e hijo, en silencio, miran a dos hombres jugar al pool. El de pelo canoso y largo ha fumado casi entero el cigarrillo sin sacarlo de la boca ni soltar ceniza a pesar de meter bola tras bola. El otro sigue los tiros apoyado contra la pared con el taco esperando su turno. De a ratos, Mono observa tímidamente la cara arrugada de su padre: con pudor le ve mover los labios, largar el humo, arrugar la frente. Es un señor que apenas recuerda.

Traen las bebidas. El cielo decae, el dueño enciende las luces. Hace calor del tipo húmedo y extremo de la pampa gringa. Baten los ventiladores de techo con lentitud asombrosa. Mono sorbe cortito creyendo poder dejar la ginebra como la comida fea que lo descompone. Siente un pequeño mareo, lo entristece la tira de salames atrás de ese mostrador agredido durante décadas por varios tipos de filos.  En las paredes hay pósters de la revista El Gráfico sostenidos con cintas y clavos. Más abajo, una vitrina con cuatro o cinco trofeos de bochas, masticados por el siglo. Su padre le golpea la nuca, le pregunta si está bien. Mono asiente.

A la tercera vuelta de ginebra, Mono no ha tocado la mitad pendiente de la primera. Su padre fuma y bebe, el humo y los vahos estomacales caen en cascada por la ventana. No dice palabra. Mono pide una ficha de pool al Gordo, que logra agacharse y tira de la palanca. Ruedan las pesadas bolas, retumban en su estómago. Un sonido hermoso, un decantamiento de la felicidad. Juega solo, mirando cada tanto a su padre de reojo, midiendo el magistral tiro. Golpeará a la tres, hará baranda a ambos lados de la tronera e irá derecho a golpear a la cuatro, que entrará en la tronera opuesta, y a la cinco, despacito, en la contigua. La blanca quedará girando sobre su eje cerca de caer, pero no lo hará. Mono apunta y tira con fuerza. La bola salta y rebota contra el piso, alarma a todos. Lo ven colorado ir hasta el rincón a buscar a la blanca antes que se detenga.

Su padre bebe el cuarto vaso, aprueba con gestos desinteresados las jugadas de su hijo y voltea nuevamente.

Después de renegar bastante, Mono mete la negra de baranda.

—¿Vamo’, papi? —dice.

—Una más y vamo’ —responde una lengua resbaladiza.

— ¡No, papi, vamo’ ahora,  ya es tarde!

—¡Hacéte hombre, carajo! Tomate una más —y pide otra; que toma rápido, acercando el vaso que Mono dejó a la mitad.

        —Tomá, hijo, no dejés el vaso así.

Mono observa a los oficinistas volver en sus autos del centro hacia el otro lado del río, ve pasar una ambulancia sin sirena, con las luces encendidas coloreando las casas. Gatos ocultos -que ahora son encandilados, petrificados, egipcios- emprenden la fuga alucinada a lo alto de las tapias apenas la luz los abandona. Pasan chicas cambiadas, lindas, con el pelo lavado y la ropa nueva, olor a desodorante y hebillas increíbles. Llevan botellas de Coca-Cola, seguramente a alguna fiesta.

El padre duerme desparramado sobre el platito de maní. Lo había visto igual en brazos de la abuela. Era Navidad o Año Nuevo. Mono, muy niño, llegó corriendo desde la esquina con una estrellita en la mano y lo vio dormir como un nene gigante en los brazos de la abuela Chocha. No entendió la imagen, algo no encajaba. El tío Julio le metió una pasa de uva en el oído, y al instante su padre despertó desesperado por sacar esa cosa de su oreja a manotazos. Explotaron las carcajadas. Recién ahí Mono se tranquilizó, aunque sin entender mucho lo ocurrido.

Ahora su padre duerme entre las botellas, la noche jamás terminará. Alguien se acerca. Mono levanta la cabeza hacia la sombra. Es el Gordo, que le pone la mano en el hombro:

      —¿Adónde vivís, pibe?

(Primer Premio El Mensú ediciones 2011)

Días de oscuridad

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  La novela de Ricardo Romero trata de un vampiro argentino que trabaja de conserje y es adicto al Cloroformo y luego a la Heroína. Lleva un diario donde anota sus asesinatos, es decir, su alimentación. El diario registra entradas de tres momentos históricos del país: el bombardeo del 55, Malvinas y la represión del 19 y 20 de Diciembre de 2001. ¿Pero qué son los hechos históricos para un vampiro? Nada. Lo importante es poner a prueba su resistencia a la luz solar, explorar la arquitectura bonaerense en busca de “algo” que se parezca al hábitat vampiresco y si es necesario, pasar una noche en silencio bajo la cama de unos amantes para aprender sobre las relaciones humanas según lo que oye.

  El autor nacido en Paraná en 1976 había sorprendido con sus anteriores novelas Perros de la lluvia, la cual transcurre en su ciudad, agrietada por los viejos túneles subterráneos que ceden al diluvio y la soledad;  e Historia de Roque Rey, en donde un niño se pone metafórica y literalmente en los zapatos de otro. Romero hace de la anécdota y la tragicomedia materia prima para consideraciones acerca de temas en apariencia triviales pero que parecen esconder sentidos trascendentales o guardar celosamente secretos impronunciables aunque no se presenten con mucha claridad. Trabaja como un cineasta, montando las escenas. El encuadre, los colores, las luces y sombras hablan a veces mucho más que sus personajes.

  En El conserje y la eternidad usa a un vampiro, que a diferencia de los ascendentes dandys transilvanos, reflexiona acerca de su naturaleza como si se tratara de una enfermedad crónica bajo el peso de dos condiciones devastadores que quizá sean una sola: la eternidad y la soledad.

  ¿Sobre qué puede escribir alguien que es inmortal y que estará solo para siempre? Sobre una mosca atrapada en un vaso, por ejemplo, o sobre cómo le pinta las uñas de los pies a una mujer mientras la devora. Este vampiro es un pobre diablo. Se ha obsesionado sobre el hecho de escribir, la pulsión irrefrenable de contar, y sobre sí mismos: “Soy, otra vez, la máscara que usa la melancolía para no dispersarse en la tarde”.  

  Romero, al no conceder lugar a los cliché del terror de vampiros, está señalando hacia otro lugar. El protagonista es ajeno a lo que ocurre en la patria convulsionada, más allá de que su propia inmortalidad le reste sentido a cualquier cosa que ocurra. Es un hombre gris, sin aspiraciones, sin interés social, del que nadie puede jamás sospechar nada porque apenas es una sombra en la vida de quienes lo conocen. Encarna este vampiro a un inconsciente colectivo poco visible: los apáticos mediocre que en algunos momentos de su lánguida vida, son capaces de una bonita frase para sí mismos.