Escribir el vacío

para Spleen Journal! (México)

   Flaubert se manifestó motivado con la idea de escribir un libro sobre nada. Bioy Casares pensó en escribir un libro así. “No estoy seguro -reflexionó después- (para no decir que no creo) que sea posible”. Cuando leí el Libro del Desasosiego, de Fernando Pessoa como Bernardo Soares, creí descubrir una enorme obra vacía. “Así como quien hay que trabaje por hastío, escribo, a veces, por no tener qué decir. El devaneo, en el que naturalmente se pierde quien no piensa, es algo en lo que yo me pierdo por escrito, pues sé soñar en prosa. Y hay mucho sentimiento sincero, mucha emoción legítima que extraigo de no estar sintiendo”. Teniendo en cuenta la cantidad de cosas que surgen de semejante paradoja, a nadie se le ocurriría afirmar que el Libro del Desasosiego es vacío.

   De adolescente creemos que escribir sobre nada es no contar, apenas describir, desvariar, volcar sentimientos en los márgenes de algún cuaderno y por sobre todas las cosas, aburrir. El aburrimiento como técnica para transmitir al lector el vacío, no está mal. Pero no resuelve. A los quince años quise escribir una novela en donde no ocurriera ninguna cosa. Se parecía a las películas de Perrone, el cineasta argentino que reflejó el vaciamiento menemista en los años noventa con varios films donde -en apariencia- no ocurría gran cosa. Una parte del cine de esa década intentó (quizá inconscientemente) escribir el vacío. En Mundo Grúa, la película atinadamente en blanco y negro dirigida por Pablo Trapero en 1999 cuando ignorábamos que al año entrante el país comenzaría a desmoronarse en la peor crisis de su historia; hay una escena donde dos amigos viajan al sur a visitar a un tercero que hace tiempo no ven. Una vez juntos, los tres amigos casi no hablan, se sientan en el desierto patagónico y observan el paisaje: la nada. El viento les da en la cara, no se miran, de a momentos parece que alguien va a decir algo, pero no, el viento se ha llevado todo.

   En la música, es imposible no remitir a Stockhausen, el famoso compositor alemán que se presentó al concierto, se sentó frente al piano, y no tocó durante veinte minutos. La gente se quedó oyendo el sonido de la calle que entraba por las ventanas. También nos encontramos con los argentinos Reynols, la banda de música experimental más rara del planeta, quienes grabaron Blank Tapes, un disco donde se escuchan los diferentes silencios (soplidos) de las cintas vírgenes de casetes que se vendían en distintas épocas, aunque más acertado sería destacar su disco desmaterializado. Al comprarlo y abrir el packaging, encontrabas solo el soporte donde tendría que haberse colocado el CD.

   ¿Podemos entender al vacío literario por su contrario? ¿Una novela que diga todo? Las novelas de Tom Wolfe me parecen cercanas a este concepto. Lo cuentan todo. Pero con ese criterio evaluativo, una novela sobre nada hablaría de manera ínfima sobre un tema no bien definido. Mario Levrero lo intenta en El discurso vacío: una obra sobre el arte de escribir a mano, cuidar la caligrafía, anotar esos ejercicios y crear una atmósfera. Me recuerda a un monje que comenzó a escribir a los diez años la historia de su vida y murió a los ochenta sin haber terminado de dibujar la primera letra. El grafismo que dejó no permite dilucidar de qué ideograma se trata. También dicen que esta historia es falsa, es decir que no es, no existió.

   En USA, donde todo existe, se creó en 1958 la Sociedad Estadounidense del Vacío. Según sus postulados, el término se refiere a cierto espacio lleno con gases a una presión total menor que la presión atmosférica, por lo que el grado de vacío se incrementa en relación directa con la disminución de presión del gas residual. La definición universal de vacío es mucho más accesible para los no-científicos: El vacío (del latín vacīvus) es la ausencia total de material en los elementos (materia) en un determinado espacio o lugar, o la falta de contenido en el interior de un recipiente. Por extensión, se denomina también vacío a la condición de una región donde la densidad de partículas es muy baja, como en  el espacio interestelar; o la de una cavidad cerrada donde la presión de aire u otros gases es menor que la atmosférica. Puede existir naturalmente o ser provocado en forma artificial, ya sea para usos tecnológicos o científicos, o en la vida diaria. Se aprovecha en diversas industrias, como la alimentaria, la automovilística o la farmacéutica. Nada dice de la literatura.

   Creo que escribir el vacío es imposible. El acto de escribir ya es algo. Un amigo decía que su abuelo era un escritor genial. El viejo no había producido obra en su vida, pero cuando lo miraba cuidar la huerta con tanta tranquilidad creía adivinar en su interior innumerables historias. A mi me remitió a los recuerdos, esa forma imprecisa que tiene el cerebro de mostrarnos archivos viejos. Mi amigo quería convencerme de la potencialidad de ciertas personas para la literatura, aunque no ejerzan. A eso él llamaba escribir el vacío. Para mí, eso es directamente no escribir.

   Cuando supe que el tema de este número de Spleen era éste, tuve la tentación de decirle a mi editor: deje mi espacio vacío. Luego recordé que ya no soy un niño y que tenía que ponerme a trabajar. Hay cierto vacío literario cuando se es chico, uno puede leer toneladas de libros a esa edad, meterse en mil historias, pero no veremos a la literatura, así como no vemos el código fuente y la página web al mismo tiempo. Quizá solo se pueda escribir el vacío en la infancia, donde todo es nuevo, donde hay que llenarlo todo, donde el espacio sobra, o está en blanco.

   No lo sé, hace unos meses me quedé sin trabajo, sin esposa, sin un disco rígido de un terabyte y todo su contenido. De a momentos creo que escribo el vacío cada vez que tipeo para ganar una monedas, cada vez que camino los pasillos ya vacíos de la casa, que rememoro algún viejo video familiar que no volverá.

   Es verano y el sol ahueca la tarde. Mirando por la ventana hacia la plaza vacía, el sol decae como un plasma enfermo sobre los techos de las casas bajas del barrio y el teclado bajo mis dedos dispara ráfagas de contenido. No hay blanco ya en la página de Word. Releo este extracto de Bernardo Soares que dejé a un lado y no supe donde usar: “Escribo demorándome en las palabras, como ante vidrieras en las que nada veo. (…) Escribo acunándome, como una madre loca a un hijo muerto.”

(2012)

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La muerta

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   Frente a la funeraria, miro el cartel con el nombre de la muerta: Azul Dietrich. Entro. Chequeo el lugar sin atreverme a ver el féretro. Estoy en un rincón, junto a gente quejándose de la lluvia que no refresca al campo. Un tipo se acerca y pregunta si fui amigo de Azul. Le digo que no. Es el padre. Azul fue una chica de pocos amigos, dice, por su problema.

   En la otra sala espero estrellarme contra el rostro del cadáver. El impacto será fuerte, pero irremediable. El miedo me detiene antes de lanzarme hacia el primer muerto que veré en mi vida. Me acerco con las manos en la espalda. Es ella. Larga, unos dos metros veinte. Más que una muerta, parece una comida rancia servida para un Goliat a punto de llegar. Somos un montón de animales con la ofrenda lista, esperando al monstruo.

  Azul tiene los pómulos reventados. Un tipo hace girar entre los dedos un cigarrillo apagado. Apoya la otra mano en mi hombro. Cree consolarme. La puerta entreabierta enmarca al padre de Azul lloriqueando en el regazo de una mujer. Alguien se acerca a ellos y los besa. Los ventiladores despiertan echando olor a muerto.

   Salgo y me siento en las escalinatas de entrada. Surge de los zanjones del Centro Cívico un vaho caliente que se mezcla con el olor a baño limpio de la mañana. Hablaré de la muerta.

 

   La conocí una noche fría en que bailaba Norma Viola. Atrás, lejos del escenario, delante de su padre, agarrada de la mano de su mamá, me miraba. Calculé que tendría dieciséis años. Fue un hallazgo. Sus piernas, su cadera y cintura, y por último, las dos lomas que coronaban su pecho envuelto por ese inmenso abrigo de corderoy verde parecían dos módulos lunares flotando.

   Al rato me fui. Caminé entre el público tratando de encontrar a algún conocido. Nadie. Cuando volví, Azul y sus padres ya no estaban. Miré un rato el show. El Intendente le entregó una plaqueta de ciudadana ilustre a Norma Viola. Se rumoreaba que era su última actuación, que estaba enferma. 

   Vi a la gente aplaudir. Descubrí a Azul muy atrás, abajo del cartel de VeriHogar, sentándose en uno de esos bancos de cemento. Me llevó unos minutos acercarme. Nunca pensé que me hablaría. Me llamo Azul, dijo.

   Una gorda se sentó atrás y me quedé sin mi porción de banco. Ya no la veía. La mina padece alguna enfermedad mental leve, pensé: los ojos, la nariz y la boca en el centro de la cara regordeta no se ven saludables. Sin embargo, en mucho tiempo no había visto una cara así de bonita y provocadora.

 

   Rezan el Rosario, me miran de reojo. Parecen conocerse a la perfección. Me siento un intruso. Deben confirmar con mi presencia un noviazgo oculto de Azul. Me gustaría decirles que sí, solo para complacerlos, pero no aguanto la decadencia de los velorios. Del otro lado de la puerta descubro al padre señalando con la cabeza hacia donde estoy. La mujer que antes lo consolaba cogotea buscándome.

   Me siento junto a unos pibes embarrados cerca del féretro, donde no pueden verme. Hablan de zapatillas. Alguien trae chocolates y convida. Yo no quiero, me levanto y salgo. Enciendo un cigarrillo. La verdad es que acabo de angustiarme.

 

   Aquella noche que la conocí, de camino a casa cuando el espectáculo había terminado, los vi pasar en la Renoleta. Como en las películas, Azul no me sacó los ojos de encima con la nariz pegada a la ventanilla. Los meses que siguieron fueron de una soledad olvidable. Nadie sabía de ella en el pueblo ni en los pueblos vecinos. La mina no salía porque en realidad era una niña. No tenía dieciseis o diecisiete, sino diez o nueve. Una enfermedad degenerativa, gigantismo o algo así, la mostraba púber. Descarté la idea por fantasiosa. No me gusta escribir sobre mis obsesiones, pero juro que estuve mucho tiempo pensando en ella. La amaba.

   Encontré a Azul después de muchos años. Fue en la garita del colectivo. Yo pasaba con las bolsas de las compras. Ella me llamó. Vestía con ropa deportiva tratando de no acentuar una flacura al borde del raquitismo, pero haciéndolo. Calculé su estatura alrededor del metro noventa. Cuando la vi me sentí invadido por ese olor de cuando la amaba y buscaba. Mis sueños se destrozaban en ese cuerpo deforme, pálido, lleno de manchas.

   Le pregunté si me llamaba a mí y dijo que sí, y si la reconocía. Le dije que no, fue terrible. Me quedé parado, actuando mal, entornando las cejas, dejando las bolsas en el suelo, mostrándole interés por seguir la conversación.

   Pero le repetí que no, que no sabía quién era, que no me acordaba. Hablamos dos o tres minutos, tuve que hacerme a un lado para que el colectivo estacionase. Subió con dificultad. Te tenés que acordar, dijo desde la ventanilla. Le sonreí abriendo los brazos y levantando los hombros. Fue la última vez que la vi.

 

   Ahora cierran la tapa, y los llantos se mezclan con el sonido del destornillador eléctrico. Salgo. Hay gente esperando el cortejo. Varios viejos fumando, insultando por la eliminación de Argentina en el Mundial. Tiro el pucho. Sacan el ataúd y lo meten en la parte trasera del coche. Los parientes lo acompañan unos metros y se vuelven. Se encienden los faroles del bulevar.

   El último auto desaparece, camino al bar más cercano. 

 

(La Voz del Interior 2007)

Divina compulsión.

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   Don Tillman, el protagonista de El efecto Matrimonio, es el Sheldon Cooper de la literatura. Para quienes no conozcan a ninguno de los dos personajes, se los puede describir no sin relatividad como cómicos involuntarios a los ojos de quienes no tenemos Asperger. No están del todo sanos en lo que llamamos  socializar, aunque en contraposición poseen una mente genial en algún campo específico. Para el protagonista de la novela, el genetista Tillman, quien cataloga a las personas por su IMC, la vida es juzgada por el análisis duro donde la estructura y la previsibilidad aparecen compulsivamente. Todo debe ser planificado con la mejor información científicas disponible. La empatía es algo de lo que carece este trastorno del espectro autista, descifrar los sentimientos de los demás y anticiparse a sus comportamientos es todo un desafío.

    Instalado con su mujer Rosie en New York, el científico australiano tendrá que hacer frente a su inminente paternidad. El embarazo de su esposa es bautizado como BUD (Bebé Único en Desarrollo) y para llevar adelante su futuro papel de padre decide emprender un estudio que lo meterá en líos y lo cuestionará todo. Su entorno se compone de una ex estrella de rock, un psiquiatra al que da asilo, un técnico en refrigeración y las respectivas familias, entre las que se encuentran crisis matrimoniales, separaciones, divorcios, nacimientos, infidelidades, conflictos paternales, en fín: la vida misma, eso que Don no comprende del todo. Así descubre a la mentira como sustancia natural de las relaciones humanas y una herramienta más para la resolución de sus dilemas, aunque no la administre del todo bien.

  Después de una exitosa carrera en el campo de la informática, el autor Neozelandés Graeme Simsion vendió su empresa y decidió dedicarse a escribir a tiempo completo. Así nació El proyecto esposa, novela antecesora de la saga, pensada para guión cinematográfico y protagonizada por el mismo Don Tillman. La novela fue best seller con más de un millón y medio de ejemplares vendidos, traducida a treinta idiomas. Ahora entrega su secuela también exitosa, donde vemos a sus personajes en un estadío difícil en la vida de todos: sostener lo socialmente correcto.

  La hilaridad constante no empaña la amargura del condicionante psicológico, el tema del autismo no se usa en función del humor y por eso Simsion narra en primera persona, desde adentro de Don, abriendo muchas puertas a la reflección de quienes vemos el mundo de manera “normal” (inclusive muchos Asperger nos llaman “neurotípicos”).

  El efecto matrimonio recuerda, de alguna manera, a El curioso incidente del perro a medianoche de Mark Haddon pero en clave adulta. Se trata de una experiencia literaria y social única, sus admiradores esperan una tercera parte, y es que semejante personaje puede hacer de cualquier trama un melodrama de enredos que funciona a todos los niveles.

Generación x, el después.

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(para Diario Perfil)

  Los campos magnéticos (de Luciano Lamberti) se presenta como novela, aunque habría que buscarle un género donde encaje mejor: se trata de escenas cortas tituladas, microficciones que configuran un relato de 45 páginas. Emparentado de alguna manera con la Alt Lit norteamericana, Lamberti nos brinda una mirilla para asomarnos a la vida de treintañeros que van desgastando sensiblemente lo relativo al amor hasta arribar a una resignación casi neurótica. Hay una chica con ataques de pánico, terapia, un pozo que la chupa y el deterioro de todo a su alrededor. La acompañan un romántico, un revolucionario aburguesado, las adicciones, la abulia, otros jóvenes, la llegada de la madurez y la irrefrenable conciencia de finitud como remolino corroyendo con tóxicos de todo tipo, incluido la new age.

   El peor mal es tema principal del libro, y de gran parte de la literatura, quizá el único problema del hombre: el paso del tiempo. Brutales y patéticas, las escenas no desprecian la hilaridad y el absurdo. Un mundo dramático en el que la comunicación eficiente sería un milagro. El autor intenta retratar a una generación incierta que alguna vez se llamó X y fue despejada como en cualquier ecuación resuelta. La marca generacional queda expuesta con mejor fidelidad en el uso del sarcasmo que Lamberti aprovecha para hablar con la máscara de los personajes y sus brillantes momentos de introspección y el modo de ver el mundo. El sarcasmo es amargo, no hay burla en el trato, sino registro.

  Lo notorio es que la construcción pone en primer plano al autor, quien es el personaje central sin quererlo. Lamberti es uno más de ellos, y a fuerza de intentar una huida de la literatura del yo, cede ante la ansiedad de terminar cada escena.  

  La narrativa de Los campos magnéticos atrapa y no suelta. Por su dinamismo, su estructura fotográfica con un leve hilo que une las tomas, por su brevedad y velocidad. Es otra manera de acercarse al autor que no pretende mucho más que contar historias y a lo publicado por la editorial cartonera de la UNC. El libro también está disponible para descargar, de forma gratuita, en www.chinaeditora.com.ar.

(Suplemento Cultura – 2013)

La ciencia a la caza del arte

¿Qué pasa cuando un matemático mira un paisaje pintado? ¿Por qué grita el famoso personaje de Munch? Algunas respuestas se pueden encontrar en “Un científico en el Museo de Arte Moderno”.

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   Alicia y su país de maravilla pudieron deberse a la migraña crónica que sufría Carroll, o a las alucinaciones producidas por el Amanita muscaria, que también es el hongo que utilizaban como viviendas Los Pitufos. El personaje de El grito, de Munch, pudo haber entrado en pánico por una erupción volcánica y La noche estrellada, de Van Gogh, se utilizó como ejemplo de la física del caos. La mirada científica sobre cualquier ícono o suceso ficcional (más allá de la mera divulgación de las ciencias) encontró un nuevo nicho en el mercado editorial y crece entre la devoción de los lectores y el enfado de los académicos. El profesor-investigador de la Universidad de Guadalajara Luis Javier Plata Rosas lleva publicados muchos libros de divulgación científica y es uno de los escritores más creativos de habla hispana, el más prolífico y festejado por todas las edades en el género. Llegó a combinar la Ciencia con Madonna y Hello Kitty. Cree que educar no es la única función, ni siquiera la principal, de la divulgación, y ha disparado teorías tan sorprendentes e interesantes como increíbles.En Un científico en el museo de arte moderno (Siglo XXI, Ciencia que ladra, 2012) propone un paseo por lo que de ciencia tienen algunas propuestas del arte plástico moderno y lo que de arte suele tener la ciencia, sobretodo la especulativa. Desde la bioingeniería al servicio de la técnica pictórica hasta teorías de múltiples dimensiones; Rosas repasa en breves capítulos (ilustrados en la colección de Siglo XXI en blanco y negro -un defecto casi imperdonable-) algunas explicaciones o excusas que los artistas impusieron para presentar o defender sus obras. No deja pasar otras miradas científicas sobre instancias específicas de la historia del arte y sus productos. Se trata de un libro perfecto para aquellos que jamás entendieron las instalaciones, por ejemplo, o para quienes no encontraban explicación a algunas monstruosidades pictóricas que otros veían geniales. Es un libro que puede leer cualquier persona sin el mínimo interés en la plástica ni en la ciencia, y disfrutarlo; esa es la virtud y la clave del éxito de estas nuevas tendencias comerciales en literatura de no ficción.“Cuando tocas el tema de ciencia y pintura —explica Plata Rosas desde Puerto Vallarta, donde vive— una buena parte de nosotros de inmediato piensa en Leonardo da Vinci o en geometría, y más allá de la intención con la que un artista pintó un cuadro, para cada uno de nosotros existe una interpretación abierta y subjetiva al examinar una obra, que está en función de nuestras experiencias, estado anímico, conocimientos y otros rasgos individuales. Mi propósito en este libro fue compartir con los lectores los muchas veces inesperados resultados de este encuentro entre científicos y artistas”.

Coincidencias 

 —Las “explicaciones” que suelen dar ciertos artistas intentan teñir de conceptos científicos a sus obras como una manera de legitimarse más allá del oficio como si fuese más importante o digno ser científico que artista. De a momentos parece que cualquier cosa podría pasar por ese tamiz, ya que la ciencia lo estudia todo. ¿Cuál fue el criterio a tener en cuenta para unir ciencia y arte en este libro?

 —Hace unos años publiqué en México un artículo sobre darwinismo literario, que es el análisis de obras de la literatura desde el punto de vista de la evolución por selección natural. Los darwinistas literarios no proponían que su lectura fuera la única válida, pero sí afirmaban que era entendible el comportamiento de los protagonistas de novelas como “Anna Karenina” en términos de hembras que buscan la supervivencia de sus genes al conseguir los mejor de dos machos: uno, el “buen chico/buen padre” para proveer de techo y comida a sus hijos, y el segundo, el “chico malo/buen semental” para proveer de buenos genes a esos mismos hijos (biológicamente, el padre auténtico). A un escritor de mi país le pareció aberrante, “cientificista” y, de alguna manera, denigratorio el ponerse los anteojos de la ciencia para leer a los clásicos. Algo similar ha ocurrido con la ciencia y la pintura moderna, pero a mí me parece que esto es, inclusive, bastante enriquecedor.

—Se plantea en un momento el trabajo de Jackson Pollock con fractales. ¿realmente cree que Pollock sabía lo que hacía? Porque parece impensado que conociera ese concepto casi innatamente. ¿No son, a veces, las explicaciones, víctimas de lecturas con el diario del día después?

 —Estoy seguro de que Pollock no lo sabía porque su obra es muy anterior al desarrollo de la matemática fractal por Mandelbrot. Pero eso es precisamente lo asombroso de artistas como él, Van Gogh, Monet y otros: consiguieron “atrapar” en alguna de sus obras algún aspecto de la naturaleza que coincide con el análisis que la ciencia hace de éste. El procedimiento que Pollock usaba para hacer sus cuadros, transformándose en una especie de péndulo humano y lanzando brochazos y goterones de pintura durante un intervalo de tiempo que abarcaba hasta varios meses hace que el resultado sea similar al de un proceso natural en el que determinismo y azar intervengan por igual. De ahí que al físico Richard Taylor se le ocurriera que las matemáticas que describen la geometría que presenta la línea de costa de los continentes, tal vez, pudiese describir la geometría de la obra de Pollock. Otro físico publicó un artículo en el que señalaba posibles errores del análisis matemático de Taylor y que buscaban rechazar la hipótesis de la matemática fractal detrás de Pollock, pero Taylor se encargó de refutar cada uno de ellos mediante otro artículo.

—¿Cómo se siente trabajando en divulgación científica y cuales son los escollos que el divulgador debe sortear para llegar a la gente común?

 —Me encanta escribir divulgación científica. Me gusta, en especial, cultivar lo que Carl Djerassi llama “ciencia en ficción” y George Gamow “fantasía científica”: narraciones en las que todo es ficción, exceptuando la ciencia, que es bastante real y que, por lo tanto, las diferencia de la ciencia ficción.

—¿Qué se pierde cuando se simplifica demasiado un tema científico para divulgarlo en una publicación de carácter popular?

 —Como científico, se pierde mucho. No es raro escuchar a más de un investigador quejarse por la trivialidad y, sobre todo, por la pérdida de complejidad o de profundidad al divulgar la ciencia. Mas hay que tomar en cuenta, nuevamente, que la ciencia es parte de nuestra cultura. Y leer sobre ciencia es, o puede ser, tan disfrutable y valioso como leer literatura de ficción, o incluso como asistir a un partido de Boca-River (por favor, disculpen si estoy exagerando y échenle la culpa a mi incultura deportiva transnacional) más allá de lo que busquemos aprender con ello. Así como podemos disfrutar de varias maneras un partido sin tener que ser un Messi: jugando en un equipo semiprofesional, con los amigos de la escuela, sentados en un estadio o, simplemente, en el sillón de nuestra casa, así también podemos disfrutar de la ciencia de varias maneras.

—Usted es, también, un autor de ficción. ¿Qué diferencias evidentes encuentra entre ellos a la hora de enfrentar cada género?

—Creo que la diferencia principal es que necesito ser extremadamente cuidadoso de que la ciencia que explico en divulgación sea correcta, precisamente para que no se convierta en ficción sin haber antes enterado al lector, quien por supuesto no espera que le den gato por liebre, o fantasía por ciencia.

 (Para La Voz del Interior, Argentina)

La felicidad es un Gordini

tapa Gordini

Algunos poemas

 

amanece
en lo viejo de la plaza
abrazo las ventanas
les doy de beber a los manteles
baño de luces los muebles

otra vez no tengo qué hacer ni qué decir

voy a comerme de un bostezo
la vía pública

 

 

querido Sísifo
con lloviznas querido
anduviste solo
comiendo galletas
a las cuatro de la mañana
sentado en el umbral
más pálido que aliento de enferma
revolviendo heladeras
veredas viejas libros con cáncer
no una cosa que pueda verse
tocarse sino
el ver y el tocar

lloro
como la tarde en que te encontré
mamando un cordón cuneta

 

 

corro descalzo
sin moverme de mi cuarto

a mi lado
el frío se come un perro
me mira de reojo
espera
relame los huesos
los estudia
les arranca lo que queda

(el problema es que siempre quise decir nada)

 

 

ni puertos ni muelles
ni sirenas
que en la noche reverberen
no hay dónde
sólo adentro
en

 

 

decime si no son las canillas
dos locos en reposo
que rozados
por un giro de mano
despiertan de la ausencia

 

 

perdoname sin gracia
como quien tira un carozo
al fondo del ropero
perdoname despacio
con silencio de gruta

y abrí el ataúd
para que el loco huya

 

 

guerra sonora
entre el despertador y los grillos

nunca acabamos de despertar
pasamos la vida
lavándonos los dientes
bajando a fumar un cigarrillo

se es

poco nos queda de la espera
menos del encuentro

se está quieto
mirando cómo caen las gotas

 

 

el silencio es
presencia deshidratada
el agua de la primera palabra y las que siguen
no justifica la vida
la mistifica

más allá
se despliega completa una llama
desde que nace
es un reino tranquilo
interpretar mil veces
la misma foto distinta

afuera
pastan los árboles la noche acuosa
el mudo aprende nuevas eremitas
insomnes y felices ante el viento
no diremos nada nunca y para siempre.

 

(Textos de Cartón. Córdoba. 2009)