Traiciones y otras necesidades

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Los hombres de la casona del villerío conocido como Arroyo de la China maldicen un nombre: Justo José de Urquiza. Las mujeres callan. Una de ellas es Cruz y está embarazada del caudillo, que no acusa recibo. Algunos evalúan asesinarlo, otros prefieren no mover el avispero. Un sobrino de la mujer se acerca y le dice “Voy a matarlo, tía, por usted”. El niño es Ricardo López Jordán. Un par de décadas después, Urquiza es el hombre más importante de la Confederación por debajo de Juan Manuel de Rosas. Cuando su sombra empieza a eclipsar a Manuel Oribe, hay un jovencito entre sus filas, un soldado de apellido Jordán, que no le saca los ojos de encima. Ninguno de sus familiares tomó en serio la promesa del chico y quizá tanto él como Urquiza lo hayan olvidado en los campos de batalla, peleando juntos. Cuarenta años después de aquella promesa en el patio, en nombre de Jordán, Urquiza es brutalmente asesinado.

El argumento recuerda al cuento de Jorge Luis Borges “Emma Zunz”, aunque aquí, a la inversa que en ese relato, los verdaderos son los nombres propios, aunque los motivos otros. Esta famosa trama no es ficcional, la conocemos por tratarse de la historia grande de nuestra patria, aunque quizá no conozcamos los detalles fascinantes que la componen y la diferencian de las similares, disparando otro tipo de preguntas: ¿Es consciente un traidor de su felonía? ¿La ignorancia o la ingenuidad pueden exonerar la culpa? ¿Es correcto hablar de “traición” en política? ¿Puede un hombre traicionarse a sí mismo? Y si lo hace ¿en qué se convierte?

En Urquiza, el salvaje, el libro que el historiador Hernán Brienza presentó hace apenas días en Córdoba, Brienza muestra a un caudillo entrerriano inabordable para las garras de cualquier maniqueísmo. Fue un asesino brutal, pero un piadoso en otros eventos. Un valiente libertador, pero también un cobarde traidor. ¿Qué queda de él, concretamente, además de haber triunfado en Caseros y terminar con el reinado de Rosas? Nada menos que el Estado argentino. Desde 1810, las Provincias Unidas del Río de la Plata no habían podido organizarse en términos jurídicos. Fracasó la Junta Grande, la Asamblea del año XIII, del congreso de Tucumán, los intentos unitarios, el proyecto federal dorregista; y Rosas se negó a convocar a la Comisión Constituyente. Recién 40 años después, la Argentina alcanzó su texto constitucional gracias a Urquiza, que representaba a las provincias y a los sectores populares. “Fue su hora más gloriosa –escribe Brienza–; y el inicio de la traición del peor Urquiza sobre el mejor”.

Finalmente, el autor propone un paralelismo con la situación actual del país: Un liberalismo conservador, en el que una clase que puede identificarse con aquel mitrismo, intenta imponer las condiciones a la clase trabajadora representada en las provincias, las cuales esperan aún el debido federalismo. Brienza no hace otra cosa que opinar sobre el eterno dilema global, la lucha de los pueblos por no perder su independencia “porque, después de todo –define–, perder es ceder riquezas frente a otros grupos o sectores hegemónicos. Lo demás es metáfora”.

A resguardo del mundo

Poca gente sobrevivió a los ’90 sin marcas y de eso habla Chozas, la novela de Pablo Giordano que será presentada hoy a las 19.30 en Casa 13. Conocido por su blog Cosas de Mimbre y por algunos cuentos que formaron parte de la entrecomillada como “nueva narrativa cordobesa”, Pablo presenta hoy la historia de un niño de clase media baja con sueños de escritor que debe aprender a vivir en un escenario devastado, la llanura cordobesa pre-sojera.

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LA VOZ DEL INTERIOR, por Emanuel Rodríguez.

Hace tiempo que tu nombre se repite en el campo literario cordobés, pero pocos te conocen personalmente. ¿A qué se debe eso?

En mayor y menor escala, mi vida se ve atravesada por un T.A.G. desde la infancia. Recién en el último año aprendí a manejarlo y di con la medicación correcta. Mientras, no solía viajar mucho, para no decir casi nada. Con ésto creo haber respondido a lo que la extraña pregunta refería. Trasladémosla a, por ejemplo, José Martí, quien jamás visitó Argentina pero sí le interesaba lo que acá ocurría y se sabía bastante de él. Sonaría raro preguntarle algo así, ¿no?

¿Qué tiene tu literatura de “varillense”?

Primero habría que ver si existe una literatura varillense, la cual sería bastante pobre, de existir. Creo que la pregunta apunta hacia otro lado. Hasta el momento, lo que publiqué (no sé si está bien que lo llames “tu literatura”) se enmarca en el costumbrismo, muchas veces cae en el anecdotario de registro minucioso. Lo que tienen mis libros de varillenses son sus personajes, cierto uso del lenguaje, ciertos comportamientos piamonteses de los arquetipos zonales, pueblerinos, y alguna que otra historia real ficcionalizada. Es decir, casi todo. Aún así apunta hacia otro lugar, no me interesa la literatura documental al cien por cien; Si no está la condición humana reflejada en la obra, para mí, carece de todo interés.

¿Qué tiene Las Varillas de tu literatura?

Habría que preguntarle a la ciudad, pero no creo que le interese mucho, o que sepa de qué le están hablando.

¿Cuál es el desafío más difícil de escribir una novela?

No dañar demasiado la columna vertebral. Una novela es un proyecto de largo aliento. Ésta me costó casi veinte años; es una novela de iniciación y fue gestada a lo largo de profundos aprendizajes, editings, reformas, textos variados que la fueron conformando y de decisiones interminables. Después, además, viene el trabajo de encontrarle una editorial, una que esté dispuesta a afrontar la inversión económica por tu trabajo (las cuales casi no existen) y después sí, sentarse nuevamente para corregir las galeras finales que irán a imprenta. Yo no pago para publicar y ese, también, es un desafío grande. Los otros son desafíos literarios, se hacen con gusto, la mayor parte del tiempo disfruto de mi trabajo como escritor.

¿En qué difiere el resultado de Chozas de tu proyecto inicial, de cómo te imaginabas que podía quedar esta novela?

El proyecto inicial estaba impulsado por el odio y la declaración. El odio hacia la familia, el pueblo, las injusticias del destino. La declaración de tabúes infantiles, pensamientos políticamente incorrectos, enfermedades, miedos, la vida que llevaba mientras la redactaba. Escribirla y terminarla (ayudado por la inevitabilidad de crecer y cumplir años, atravesar etapas, etc. durante la gesta) me sirvió para entender muchísimo mejor el paradigma en el que me había educado. Lo dije en su momento para la antología sobre nuestra generación: nacidos en plena dictadura; cursando el jardín de infantes mientras los pibes que recién salían del secundario morían en Malvinas; con mediana curiosidad por lo que pasaba en el país mirando los saqueos por TV en plena hiperinflación en un barrio de clase media, media baja; adolescer en pleno vaciamiento menemista; tener esperanzas aunque el helicóptero de De la Rúa se elevara dejando un goteo de presidentes que se atoraban en la garganta; no vaticinabamos un futuro muy prometedor, sino una especie de conformismo social. Ese fue el paradigma, y eso es lo que la novela intenta documentar transversalmente en la vida de dos personajes interpelando en paralelo al lector.

La novela me sirvió, también, para derrotar viejas creencias idealistas de adolescencia, y enfrentar la triste realidad de la adultez, donde uno es capaz de escribir y vender una novela como si eso en la infancia no hubiese sido un sueño que jamás se concretaría.

¿Qué relación hay entre tus sueños y tu escritura?

Ojalá pudiéramos concretar en los textos aquello que solemos soñar. Yo comparto la idea de que los milagros suceden: pero lo hacen a destiempo, o de formas extrañas, no exactamente como los soñamos, deformes, incapaz de conformarnos del todo. Estoy presentando una novela de adolescencia, una novela de los noventa, una que tendría que haberse publicado en esa década, quizá.

¿Qué relación hay entre tu propia biografía y tu literatura?

Creo haberlo respondido en la segunda o tercera pregunta. Lo que publiqué hasta ahora, guarda mucho de autobiográfico, pero eso no es lo que me interesa. Me intriga esa extraña cosas a la que llaman “literatura”, la odio muchas veces, y la amo otras, pero jamás comprendo. Es posible que lo mío no sea otra cosa que contar historias, o en el mejor de los casos, mentir con elegancia.

¿Cuál es la principal diferencia entre el Pablo Giordano escritor y el Pablo Giordano que va a comprar pan al almacén?

Al que va al almacén lo conocen los vecinos.

¿Cómo imaginás el lector ideal de Chozas?

Sería un lector que no se dejara espantar por el vocabulario de esos niños al inicio de los capítulos y que siguiera adelante, que lentamente entendiera que debajo de esas historias borders, esa escatología o tragedia y provocación sin descanso, existen preguntas que hacen, como dije, a la condición humana. Ese sería un lector cercano al ideal. Pero me interesa también que se disfrute la novela de muchas maneras: mi psicóloga me contó que su empleada doméstica hacía parates en el trabajo porque no podía dejar el libro, le encantaba; y eso me alertó de que Chozas también puede leerse como un novelón de media tarde.

¿Cuál es el mejor lugar para leer Chozas?

Esta pregunta no me gusta.

¿Qué gritarías frente al Senado de la Nación?

Nada. ¿Porqué viajaría a Buenos Aires a gritar algo al Senado?

¿A qué otra actividad se parece escribir?

A pensar. Y no creo tanto que se parezca, sino que es la misma cosa, como leer. Hace poco escribí una frase en Tumblr: “No se lee solo para ser culto ni tampoco para conseguir placer, sino también y fundamentalmente para adquirir el lenguaje necesario que permite pensar, tener ideas y expresarlas, captar las ideas de los otros, debatir, y comprender mejor el mundo que nos rodea. Nada se puede esperar de profesores, maestros o padres que no leen.”

Nuestra sociedad olvidó, o quizá desconozca, que el pensamiento, padre de todo nuestro bienestar, proviene del lenguaje; que sin lenguaje, difícilmente se pueda ir más lejos que de la puerta de casa.

¿Podrías definir en tres adjetivos tu manera de escribir?

Caótica, pobre, exhaustiva.

¿De qué te protegería una choza ideal?

Tal como sucede en la novela, los refugios protegen por un tiempo, tarde o temprano quedamos desnudos ante el potrero desierto, ante la inmensidad, la soledad y el frío, que no es otra cosa que la imagen de la muerte, la realidad, el universo en sí. Lo que somos: soledad, y olvido.

¿Cómo te gustaría despedirte de esta entrevista?

Agradeciéndote (aunque esta parte no la publiques) porque fuiste el primero que puso atención en mí y me abrió las puertas de Córdoba. Aún así, uno puede ser un ingrato con esas personas en la mayoría de las ocasiones, pero nunca lo será públicamente. Gracias, Emanuel, de verdad.

(Suplemento VOS, 2012)

Las islas al fondo

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  Una práctica común en el arte consiste en escoger un mito griego y ponerlo a andar con elementos de la actualidad, o en algún tiempo histórico que mejor combine con los intereses retóricos o artísticos del autor. Suele hacerse para re significar al mito, o por lo menos, actualizarlo a los usos. Pero del simple recurso a una novela excelente como 1982, hay un trecho que sólo puede sortear un autor como Olguín, y pocos más.

  El mito escogido es el de Fedra, la princesa cretense, hija de Minos y de Pasífae, y hermana de Ariadna. Fue raptada por Teseo, tras abandonar este a Ariadna, para casarse con ella. Olguín incorpora algunos cambios a la historia y la trae a la Argentina del año que da título a la novela. Su protagonista, Pedro, tiene diecinueve años, vive en Buenos Aires, estudia Letras y es hijo del teniente coronel Augusto Vidal (a punto de convertirse en héroe en Malvinas). Fátima es la segunda mujer del militar, de quien Pedro se enamora. A partir de ese momento se desatará la tragedia.

  Sólo hacen falta dos o tres pequeñas acciones en la vida cotidiana (un llamado telefónico, un beso, subir a un colectivo) para que toda la estructura de una familia se vea obligada a ceder ante la monstruosidad. A medida que la historia avanza, el clima de la narración mutará del hiperrealismo a un inquietante surrealismo para escapar de lo previsible. El desenlace de la historia es grotesco como puede serlo un lobo marino cayendo por unas filosas escaleras de metal.    

  Si bien no es una novela sobre Malvinas, las noticias que llegan desde las islas a la casa de los protagonistas son la música de fondo, con dramatismo expectante, que magnifica los sonidos de los discos de rock nacional que suenan en las escenas; también el de la playa y los colores de la madrugada, cuando Pedro se gana la vida como aprendiz de pescador, más interesado por la belleza del amor que por el derrotero de su familia. Ese escenario es la ciudad de Mar de Ajó, a la cual gracias al estilo de la prosa, no hace falta haber visitado para recordar sus aromas, su idiosincrasia demodé, y su argentinidad transfigurada, como lo fue la guerra, como lo fue la junta militar en su debacle.

  Sergio Olguín, nacido en Buenos Aires en 1967, es recordado entre otras obras por Springfield (Norma, 2007) novela trascendental que fue traducidas al francés, alemán e italiano. En 1982, su novena, nos narra una oscura historia de amor donde la represión estatal se volverá doméstica, donde la realidad homogénea del país bajo el régimen militar se resquebraja, y en sus primera grietas se puede volver a buscar una identidad, a pensar y a amar, aunque el precio a pagar por la libertad y la felicidad sea, paradójicamente, perderlas. Como en toda tragedia griega (o argentina) lo construido desde la valentía y la revelación; terminará en un duro golpe sin vuelta atrás.

 

La misma calle, el mismo bar…

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para La Voz del Interior

   El debut literario de Fito Páez es La puta diabla, un amor suicida, una colección de anécdotas autobiográficas, aunque haya sido negado por el autor en la presentación de la novela, única aparición como escritor que hizo, además de una entrevista en un suplemento porteño. Luego, se encerró a terminar su siguiente CD, después del poco conocido disco negro El sacrificio.

   Félix –protagonista y alter ego de Páez– es el sujeto, junto a la novela que estamos leyendo. Un juego de espejos no del todo claro donde el personaje es el autor y el espejo la obra, y de allí todas las combinaciones que derivan de estos cuatro elementos: un crisol que transmite lo que define claramente Martín Rodríguez en la contratapa: “…el cuerpo de Rodolfo Páez”.

   La trama acompaña a un artista multidisciplinario narcisista-histriónico por una pérdida absoluta que lo convierte en vagabundo. El epígrafe apunta alto. Se cita un experimento psicológico peligroso y se asegura a través de una cita a Lezama Lima: “Deseoso es el que escapa de su madre.” Precisamente una madre atraviesa la novela como espina dorsal de la trama, una médula que evidencia, con prosa descarnada y confesional, el fantasma de la propia madre de Fito.

   La puta diabla comienza con una anécdota aparentemente real (narrada al autor por Roberto Goyeneche) que involucra a una viuda, a Aníbal Troilo y un canario en una situación escatológica hilarante que Páez se demora en narrar. Lo que sigue no le hace honor a la propuesta. Es muy difícil seguir leyendo después de las primeras 30 páginas, donde ya estamos hasta el cuello del sedimento que se acumula cada vez que el texto excede la cantidad (abrumadora, créanme) de nombres de películas, restaurantes, libros, músicos, discos, rosarinos, drogas, calles y ciudades, detalles de drogas, canciones… Un despliegue de erudición mundana que molesta a cada instante porque sólo está allí para pavonearse, al igual que cierto barroquismo innecesario y lleno de redundancias, errores que cualquier editor no dejaría pasar; por ejemplo, en la descripción que hace del personaje Casimira:

  “…era una mujer menuda de grandes ojos negros, nariz recta con la punta levantada de chanchita, lo que le daba un toque de niña traviesa, una boca japonesa pequeña formada por labios carnosos y comestibles, dos pechos voluptuosos y unas piernas duras que portaban un culo cubano nacido en la zona sur del gran Buenos Aires que cuando se veía subido a un par de tacos agujas (¿el Gran Buenos Aires se subía?) de doce centímetros (¿los midió?) lograban despertar a los muertos del cementerio de Bernal, la localidad donde había nacido.”

   Este ejemplo, con las correcciones que me atreví a practicar, sirven de muestra para hacernos una idea del ritmo y contenido de una novela muy cruda, casi un borrador, con dificultades de avance debido a tediosas citas y descripciones circulares, redundantes y ociosas.

   Fito utiliza el sarcasmo para caricaturizar a uno de sus personajes, la crítica de cine que, sin embargo, es de lo más atinada a la hora de describir sus películas y que bien podrían aplicarse a La puta diabla: “El autor no podrá determinar si el filme es una recopilación de escenas de una antropología personal sobre Buenos Aires (…) u otro de sus delirios pasionales en forma de melodrama (…) en todo caso pierde efectividad, sobre todo cuando intenta descontextualizar la época de una manera tan demodé”.

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Chozas, por Gustavo Caleri

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   Desde el inicio, apenas franqueamos la tapa de chozas, se nos advierte que vamos a introducirnos en un espacio de ficción pura y que cualquier parecido con personas, lugares y hechos reales deberemos imputárselo exclusivamente a la fortuna de las coincidencias. La anotación, lejos de ser un formalismo o una obviedad, es una marca delatora, un warning! a partir del cual inferir que el artefacto no es inofensivo, y que en ciertas manos puede estallar si previamente no se desactiva el cablecito rojo, ese que conecta la novela con su hábitat: un “pago chico” de la llanura cordobesa donde cada vecino soporta su curriculum pegado en la frente. Ellos son los destinatarios del mecanismo de autodefensa implantado, necesario en tanto y en cuanto el autor todavía camine sus calles. Y cuente.

   Puestos en esa ecuación, se nos revela una década en la “foja” del Nacho, quizás la más conflictiva de todas las que conforman una vida, aquella que va de los 10 a los 20 años.

   El pibe, sus padres laburantes y una hermana, habitan una de las nuevas casitas de plan sembradas en los 80 en terrenos mercadeados al campo, transformado ahora a ojos del piberío en seductor vecino. A los diez años, para descubrir las cosas es imperioso ocultarse, y si la planicie pampeana es buchona por naturaleza, el instinto juvenil es hábil por necesidad.

 

“Mis viejos me tenían penado de que me juntara con los del barrio y a cada rato me preguntaban a dónde mierda iba y que iba a hacer y ojito con esto y con aquello. Armé la choza porque quería vivir ahí. Más vale que después me cagué y volvía todas las noches a comer y dormir en mi casa.”

   La choza conforma entonces el templo del “otro” saber, aquel que se construye entre pares y se formatea en el cuerpo, sin margen para eludir los daños colaterales que tarde o temprano pasarán la factura. Como en el tango de Mores, hay de todo en la chocita, hasta lugar para la tragedia.

En el pueblo todo se sabe y lo que no, se inventa y por más pepas que te morfés, nadar las agitadas aguas de la adolescencia con esa mochila en la espalda suele hundir a cualquiera sino se tiene a mano una tabla a la que aferrarse. Descartada la familia, cuyos vínculos son aún más frágiles que el manojo de cañas con que antaño construía las chozas; descartado el amor siempre esquivo; quizás lo único que distinga el nachito en la superficie sean los libros.

   Desde la contratapa, la voz autorizada de Fabián Casas pondera la particularidad del lenguaje con que está escrita la novela y no zanatea; la verosimilitud que muestran los personajes surge de la voz que los construye, los protagonistas hablan y fundamentalmente piensan con la edad que tienen, forjando su personalidad con el devenir del tiempo, lo que es decir con el discurrir de páginas. Y aunque sea una obviedad, no pasa seguido.

Una novela, la primera que escribe Pablo Giordano, a la que le caben los tres adjetivos que reclamo de cualquier expresión artística: honestidad, atrevimiento y cierto grado de belleza.

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Esto no es una novela

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  Hay novelas que tienen una trama sólo para hacer desfilar la estética de un lenguaje trabajado hasta el tedio. Hay otras novelas que en realidad deberían ser libros de ensayos. También algunas donde no se narra sino que se expone y se cuenta, teniendo al escritor como protagonista, no del argumento, sino como la cabezota de la madre en “Edipo Reprimido” persiguiendo constantemente al lector para decirle lo bien que escribe y lo culto que es. El gran Plan, de Paula Pérez Alonso (la editora de Planeta Argentina), es una novela que confirma estas percepciones.

 Un cineasta desea inmolarse para que su arte alcance al gran público, una mujer es raptada en un acto de mórbida seducción por parte de un hombre con quien terminará casándose, más un arqueólogo, una antropóloga y un astrónomo, todos hospedados en un hotel del desierto de Atacama, convertirán en apuestas intelectuales cualquier interacción. El cineasta, por ejemplo, ha filmado la luz como nadie y versará sobre esto en intrincados postulados semánticos durante decenas de páginas; la mujer, en cambio, heredó los apuntes del padre donde se documenta la búsqueda obsesiva de las huellas biográficas, artísticas y políticas de Ezra Pound.

  Desde este escenario la autora intenta interpelar ciertos pliegues de nuestras vidas. ¿Qué pasa cuando somos abducidos por lo que comúnmente se conoce como locura? ¿Qué hace que ya no haya vuelta atrás? ¿En qué momento se deja de escuchar a los demás? Así como el gran poeta fascista fue raptado por la política, la mujer es incapaz de trascender el confort de la vida a la que arrastró su captor. Lo mismo sucede con la piedra filosofal perseguida por cada uno de los personajes. De esta manera se produce un juego de identidades y transformaciones que se corresponden o se simbolizan y comparan: la figura del arqueólogo y los demás científicos, todos cuyo objeto de estudio implica una búsqueda y un descubrimiento, el encuentro de la pieza que completa el rompecabezas o abre uno nuevo transformando lo establecido los captura y apresa para siempre. “Esta novela va en contra de la idea de ordenar un mundo. Yo creo que las ficciones que intentan ordenar un mundo hay que leerlas en clave de policial, de terror. Una novela que ordena un mundo y lo sistematiza me parece una cosa anacrónica que me expulsa y ya no puedo entrar”, en palabras de la autora.

  Con una prosa pesada, que abusa de datos, nombres propios, conceptos artísticos y referencias históricas de a decenas por página; El Gran Plan es una novela posmoderna plagada de referencias, pies de páginas e hipervínculos incrustados en la trama evidentemente poco importante para los propósitos expositivos de la autora.   

Fábrica de promesas

Este mes se presentan dos antologías que reúnen a escritores jóvenes vinculados a córdoba. “Es lo que hay” y “10 bajistas” dan cuenta de la diversidad y vitalidad del cuento, retomado por la nueva generación como bandera de una literatura liberada de dogmas, con la década de 1990 como referencia ineludible. Son el resultado de la revolución industrial que no fue, y tienen el desafío de renovar la escena local: comenzaron por juntarse y ya empiezan a hacer el ruido de una máquina en funcionamiento.

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Las antologías “Es lo que hay” y “10 bajistas” ponen en foco la producción narrativa de una nueva generación de escritores cordobeses.

    De a muchos se hace más ruido. En un mismo mes la materia difusa de obras y autores que suele denominarse por comodidad periodística o por pertinencia geográfica “la literatura cordobesa” parece estallar en la definición de una nueva generación de autores que han sido convocados a formar parte de dos antologías. Dos proyectos que coinciden en su intención de partida: dar cuenta del escenario joven local. Lilia Lardone y Alejo Carbonell emprendieron sendas compilaciones sin saber que coincidirían, ni que sus antologías Es lo que hay y 10 bajistas serían presentadas el mismo mes –el 15 de abril 10 bajistas, el 23 Es lo que hay–.

   La versión cordobesa de la moda de antologías que inició La joven guardia en 2005 muestra a una generación de autores con estéticas disímiles y tradiciones divergentes, pero que coinciden en algunas instancias significativas: la mayoría se educó en la década menemista, no tiene en cuenta una tradición local, fue testigo de los cacerolazos y del 11/9, y participó en proyectos alternativos de edición. La mayoría, además, apuesta con desgano o entusiasmo a un ejercicio que, en los términos del mercado, no tiene futuro. Y les encanta.

Coincidencias.

   10 bajistas fue una propuesta de una editorial (el sello de la Universidad Nacional de Villa María, Eduvim) a un escritor, Alejo Carbonell. Es lo que hay nació al revés, como propuesta de Lilia Lardone al sello Babel. Los libros no sólo coinciden en su mes de publicación y presentación al público: seis de los autores participan de ambas antologías. Entre esos seis, quizás el caso más significativo sea el de Luciano Lamberti, un autor cuya producción literaria y trayectoria en el campo de las ediciones independientes lo vinculan estética o biográficamente con casi la totalidad de los autores de ambas antologías.

   El escritor de San Francisco publica dos cuentos de estética diferente en cada antología y ofrece un panorama de recursos y estrategias que bien podría definir a la generación en cuestión: paisajes locales, retorno a la infancia, prioridad de la primera persona, tono melancólico y brutal, una anécdota central que se ramifica en historias secundarias pero definitivas, un juego constante con la presunción de que algo terrible está a punto de suceder y nunca sucede –o sucede en otra dimensión, en otro relato–, prescindencia de todo sentimentalismo, finales abiertos, reflexiones en torno de las formas contemporáneas de la soledad. Y todo lo contrario.

   Otro punto en común entre los dos libros es la escasez de mujeres narradoras: en Es lo que hay, sólo participan dos (Maricel Palomeque y Cuqui), y en 10 bajistas, ninguna: ambos antólogos explican en sus prólogos que simplemente no hay mujeres narradoras en Córdoba. Las que escriben, se dedican a la poesía.

¿Clásicos? 

   Los argumentos de la nueva narrativa local, de acuerdo a estas antologías, nacen de noticias policiales, de anécdotas familiares o de recreación de relatos tradicionales. La experimentación formal está contenida (no podríamos hablar en ningún caso de algo parecido a la “aliteratura” de los ´60, por ejemplo, ni de experimentos dadaístas o surrealistas) en cierto retorno a una preocupación más bien clásica: contar una historia. La mayoría de los autores se preocupa por contar bien una historia, cuyos temas aparentemente adyacentes u ocultos terminan siendo centrales: “Simulamos nuestras cicatrices para que se noten más”, dice Sebastián Pons.

   Pons publica en Es lo que hay un cuento marechaliano sobre dos poetas cordobeses a la deriva en la ciudad de Córdoba, una suerte de adaptación del “viaje a la oscura ciudad de Cacodelfia” del Adán Buenosayres. El autor propone un panorama generacional signado por “el desencanto, la aniquilación de ideales, la trama inverosímil y profundamente sarcástica de la existencia durante esos años, y la inestabilidad de toda base en la que se pudiera construir o reconstruir lo real”.

   Marcelo Díaz participa en Es lo que hay con un cuento sobre la alienación de las relaciones personales, la soledad y la hiperestimulación de la sociedad de consumo. Dice que pertenece a “una generación que se encuentra en la fiebre y en la noche y que se traduce en una literatura del momento, del presente, que no tiene pretensiones de trascendencia bajo ninguna forma”. El varillense Pablo Giordano agrega: “Somos una generación sin sueños, que asistió al exterminio de los ideales y a la cosificación del arte en un ejercicio tan lánguido como cuando nuestras madres nos peinaban antes de ir a la escuela un día de viento”.

   Para completar el cuadro, el salteño Lucas Moreno –vive y saca fotos en Córdoba, e insistió en salir en la foto acompañado de su trípode– dice sobre las marcas generacionales: “no pienso en eventos históricos sino en tecnologías, formatos o materialidades: cine, televisión, Internet, chat, mp3, boliche, Speed con vodka. Estos aparatos de lo pasajero y de lo divertido están muy pegados a nosotros. Queda todo espectacularizado y somos hipersensibles al aburrimiento”.

¿Quién dijo Carver? 

   La mayoría de los nuevos autores no ha leído la obra de las generaciones cordobesas anteriores. Una pregunta sobre las relaciones entre la nueva y la “vieja” literatura deparó muchas más excusas y distancias respecto de los conceptos de nuevo y viejo que precisiones sobre lecturas.

   Javier Ramacciotti es uno de los que arriesgan incluso una negación de alguna tradición local relevante: “Somos huérfanos chocando con huérfanos mientras buscamos como podemos restos para construir una herencia, un acervo literario. Pero esta orfandad, que es nuestra pobreza, es también-creo- nuestra libertad”.

   Entonces, ¿qué leen? “A priori diría que existe como una especie de ‘mito’ de lecturas subyacentes y compartidas. Se ha señalado hasta el hartazgo la influencia del minimalismo norteamericano, de Carver en particular, a lo que yo, en lo personal, sumaría a los realistas italianos de la posguerra y a los regionalistas argentinos. Creo, efectivamente, que es algo que muchas veces (pero no siempre) se puede leer y que es una marca bastante particular de lo que se produce en Córdoba. O por lo menos, es una referencia que en Buenos Aires no existe” resume Falco.

Formas de localismo.

   Ahora bien, el paisaje, cierto uso del lenguaje coloquial y la recurrencia temática en el desencanto sí ligan a la mayoría de los cuentos a la posible “cordobesidad” a la que hacen referencia los subtítulos de las antologías. “Es impresionante la cantidad de cuentos que transcurren en pueblos del interior, con personajes que se comen las eses y trabajan en los silos de granos. Impresiona esa manía de referirse a la infancia, y al yo”, dice Pablo Giordano cuando piensa en los lugares compartidos de la narrativa local. Pablo Natale también destaca “una forma híper-hegemónica de hablar el pasado y de hacer desaparecer los futuros posibles”. Natale enfoca en cierta desesperanza común a todos los textos, y ciertamente el tono de ambos libros no deja de ser apocalíptico. Toda esperanza carece de sentido, y en esa dirección, el cuento de Hernán Tejerina en 10 bajistas es icónico: una vida que transcurre en un día, sin sobresaltos y sin ningún encanto, sin dejar rastro.

Ocupar un lugar. 

    “Creo que estas antologías pueden llegar a significar el puntapié inicial para muchos de nosotros –dice Javier Quintá–, convertirse en un aporte muy importante para la construcción de un espacio literario que hasta ahora se mantiene difuminado en los blogs y en varias pequeñas ediciones independientes, como la desaparecida editorial La Creciente o algunas revistas, como fue La Intemperie en su momento y hoy es Diccionario”.

   “Si existieran antologías así en todas las provincias –agrega Pablo Dema– sería más difícil, o más bochornoso aún, hacer libros como La joven guardia, que se presenta como una muestra de la nueva generación de autores argentinos cuando en realidad contiene textos de autores de tres provincias y con una desproporción notable: 18 son de Buenos Aires, 2 de Córdoba y 1 de Santa Fe”.

   Coinciden, se distancian, buscan la polémica o la esquivan. Algunos buscan la fama, otros sólo se quieren quitar el peso de un pasatiempo inevitable. Algunos quieren entender el pasado, otros quieren saber qué hacer sin un futuro. Los han etiquetado como lo nuevo, como la promesa. ¿Qué harán con ese peso, con esa etiqueta? Probablemente lo que hacen con todo lo demás: no darle importancia, a menos que sirva para escribir.

   En 1999, el escritor norteamericano David Foster Wallace publicó el maravilloso libro Entrevistas breves con hombres repulsivos. La referencia a ese libro no es gratuita: Foster Wallace es un autor central para la generación que comenzó a leer en la década de 1990, la generación que coincide al menos cronológicamente con casi todos los autores de 10 bajistas y Es lo que hay (Diego Fonseca es levemente más viejo, y sus lecturas de formación tuvieron lugar en la década anterior). Estas entrevistas breves sirvieron de apoyo a la confección de la nota principal, pero proponen muchas más instancias de aproximación al presente de la narrativa joven cordobesa que las que se pueden meter en dos páginas de un diario de papel. Por es las proponemos aquí, como un documento de primera mano para quienes se interesen, ahora o en un futuro lejano –si es que hay un futuro– en algunas de las voces más relevantes de la escena contemporánea. Las preguntas fueron las mismas, a todos los autores. Estas son las respuestas de quienes aceptaron el juego insuficiente de una entrevista repulsiva.

   En las dos antologías se hace mención, en los subtítulos, a una nueva narrativa cordobesa… específicamente, ¿qué distancias hay con alguna “vieja” narrativa de la provincia?

   No estoy seguro de poder hablar de “distancia” dentro de la literatura, pero existe una diferencia generacional muy marcada con respecto a la “vieja” literatura. A esta “nueva ola” compuesta por autores nacidos después del setenta (y que casi no leyó a la “vieja”) las editoriales comienzan a canonizar con desparpajo como supuesta promesa de las letras nacionales, no tanto en Córdoba, pero sí en Buenos Aires. Habrá que esperar algunas décadas para saber quienes sobreviven a semejante sticker pegado en innumerables blogs, revistas y antologías.

¿Qué marcas hacen de tu escritura una escritura “cordobesa”? 

El modo en que se expresan los personajes, los temas y el estilo, quizá. Que no son otra cosa que la realidad con la que nos criamos. Hay un coloquialismo galopante en las nuevas letras cordobesas. Para que pueda asegurarse que una literatura es de un lugar y no de otro, creo, tiene que ser intransferible; y ni así se ha podido vencer a la curiosidad cultural. Cada vez nos leen más en el exterior, y cada vez leemos más a alguien que escribe en un pueblito de Perú como si se tratase de Las Mojarras.

¿Hay lectores para tantos autores?

Los lectores de nuestra generación, son los escritores de nuestra generación, que también son editores y críticos. Ningún autor se animará a decirlo, pero en nuestros vanidosos corazones, lo consideramos el público soñado. Aunque algunos lo vaticinen para más adelante, la literatura hoy, es un hobbie. Logró reunirse con su idea ancestral de inutilidad, y por esa razón (paradójica), la considero fundamental.

¿Qué marcas generacionales dirías que te unen -estéticamente- a tus contemporáneos, a los otros autores de la antología?

Es impresionante la cantidad de cuentos que transcurren en pueblos del interior, con personajes que se comen las eses y trabajan en los silos de granos. Impresiona esa manía de referirse a la infancia, y al yo. Nacimos en plena dictadura y nuestra experiencia primera con la democracia fue inflacionaria, luego el vaciamiento menemista nos manchó de un nihilismo poco menos terminal que la inundación de Tinelli en todos los aspectos de la existencia. Vimos los muertos del 20 de diciembre y la caída de las torres como algo que ocurría dentro de un videojuego, y mientras pasábamos esas pantallas, teníamos que inventarnos una vida con todos esos pedazos de nada. Somos una generación sin sueños, que asistió al exterminio de los ideales y a la cosificación del arte en un ejercicio tan lánguido como cuando nuestras madres nos peinaban antes de ir a la escuela un día de viento. El mundo se convertía en un descomunal cementerio, pero apareció Internet y un lugar para nuestras tristes artesanías. Nos brindo un público. Entonces empezamos a hablar de cierta literatura de cierta generación; y nos creímos escritores.

Emanuel Rodriguez (La Voz del Interior, 2009)