Puntos de quiebre.

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El clivaje designa, en los cristales, los sectores donde la unión de los átomos es más débil, zonas de ruptura. El término fue empleado en psicología para designar, por ejemplo, puntos de escisión del yo. En Zona de clivaje, Liliana Heker utiliza el concepto para preguntarse por la existencia de esa cualidad dentro de una pareja y en la construcción de una identidad.

Alfredo Etchart es profesor de literatura, mantiene un noviazgo abierto con la treintañera Irene, a la que conoció siendo una alumna de 17 años. Es una relación exótica como las integradas por narcisistas de alta resistencia, intelectualmente soberbios y emocionalmente desprejuiciados en apariencia. El punto de quiebre se produce cuando ella entiende que la supuesta apertura es unilateral. Le abre los ojos una nueva alumna de él, de la edad que ella tenía al conocer al profesor. A partir de allí, Irene luchará contra los celos que le produce ese espejo, y comenzará una búsqueda que describirá con analogías propias de su profesión: la Física; con preguntas sobre hasta dónde somos capaces de aguantar la introspección, es decir, de qué está hecho nuestro clivaje.

Heker ganó con esta obra, reeditada en 2018, el Premio Municipal de Novela en Buenos Aires en 1987. Hay una tesis que apunta al descubrimiento del feminismo y a la necesidad de todo individuo de dejar que el cristal se rompa y que la parte resultante se configure como un nuevo todo. Y es, también, una historia de amor post dictadura, que atraviesa la cultura emergente de la década.

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Ese tren

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los padres suben al oscuro tren cuyo destino
se desconoce hasta el abordaje

con enorme bolsos
buscan los asientos asignados

los árboles
por la ventanilla
en los campos que ondulan
marcan el ritmo

sus hijos
quedamos atrás

el reflejo de plata en las montañas lejanas
avanza quieto

ellos
a la hora de la tarde que sangra
se quedarán irreversiblemente dormidos
nosotros
volveremos a casa

también algún día
seré el manojo de palos y cueros
en el hueco de un árbol
el descenso
la música oscura y ciega
que no canta ni suena

Ese loco

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matemos al pobre feo en ese rancho frío

ese loco tipéa con dientes
amarillos de dolor
calva flamante como placenta
orejas de loco y andar de flan

su corazón timbra en la puerta de la mente
y no le abren

hay que matarlo
entrar en él como el ladrón por la ventana

Una historia bien negra y bien porteña.

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Se reeditó la novela clave del escritor que trabaja limpiando el subte en Buenos Aires. También fue fletero y vendió seguros. Cree que oficio y literatura no son antónimos. 

Cuesta encontrar alguna referencia mediática sobre Enrique Ferrari que no lo presente como “el escritor que limpia en el subte”. Después de 15 años de su debut literario, premios en España, Francia, Cuba, y de haber sido traducido al francés y al italiano, se lo muestra como si fuese alguien “elevado” sobre la clase trabajadora gracias a “su hobby”. Si uno busca sus fotos en  Google, cientos de ellas lo muestran con el uniforme de trabajo. “No pongan una con el uniforme, por favor”, solicita por WhatsApp a la hora de coordinar la entrevista.

“Sé que esa particularidad que se citó hasta el hartazgo en los medios -comenta- me dio una visibilidad que antes no tenía y eso significa lectores; y yo escribo para que me lean. Haber quedado pegado a la relación entre la literatura y el trabajo me permite decir, cada vez que puedo, que literatura y trabajo no son antónimos: el de escribir también es un oficio”.

Este año Alfaguara reeditó su tercera y quizá más festejada novela: Que desde lejos parecen moscas, un voraz thriller que arrastra al lector con un ritmo frenético y un clima poco frecuente en la novela negra argentina, lo que le valió el premio Silveiro Cañada de la Semana Negra de Gijón a la mejor primera novela negra. “Es un texto al que veo con mucho cariño -dice-, me abrió montones de puertas. Además, pese a que ahora soy un escritor un poco distinto al que la escribió, es un texto que todavía siento muy propio y que creo que quedó redondo”.

Aventura

La historia, ambientada durante la década menemista, comienza con un omnipotente nuevo rico detenido en la autopista después de pinchar el neumático de su flamante BMW. En el baúl encuentra un cadáver irreconocible que, presumiblemente, alguien le plantó. Desde allí, las aventuras volarán a la velocidad de su coche a través de la ciudad de Buenos Aires. Machi, el protagonista, está inspirado en un ex-jefe de tanguería donde Ferrari fue mozo.

La trama funciona también como una venganza de clase a través de la ficción, algo que, frente a la obra de este autor de 45 años, puede leerse como una novela social del siglo 20. “No sé si debe leerse así -aclara Ferrari-. Yo traté de escribir una historia bien negra y bien porteña. En qué casillero entra después es más tarea de los lectores o los críticos que mía”.

-En la historia se cuela el odio de clase como especie de romanticismo en oposición al posmodernismo actual.

-Me siento marxista. Y trabajador. Odio a los explotadores no por una cuestión romántica de justicia, sino por una cuestión objetiva de supervivencia. Mía, de los míos y de la humanidad. Tengo muchos otros odios, también, pero menos intensos.

-Alguna vez te describiste como el Hemingway sudamericano…

-Cuando pibe soñaba con la vida aventurera de, entre otros, Hemingwy, y me daba miedo tener una vida anodina. En ese sentido las cosas salieron bien: hubo poco aburrimiento y muchas historias de bares, peleas, camas, trabajos y viajes.

Ferrari trabajó como fletero, vendió seguros, computadoras primitivas, teléfonos, fue repartidor en una panadería, cargó y descargó paragolpes en un taller de cromado y atendió un call center, entre otros trabajos, algunos en Estados Unidos.

“Mi vida en Estados Unidos –cuenta–, fue la de un inmigrante ilegal: mucho trabajo, mucha nostalgia, algo de deslumbramiento por la multiplicidad de culturas con las que te vas cruzando. Viví allá poco menos de cuatro años y volví deportado. Es allá donde pensé, empecé y terminé mi primera novela. De alguna manera fue el lugar donde, en una suerte de fuga hacia adelante, tomé la decisión de dedicarme a este oficio.

-¿Cómo ves la actualidad del género negro en nuestro país?

-Vivo y potenciado, sobre todo entre los autores que están tratando de ensanchar los límites del género. Hay una generación pensando la literatura negra en términos amplios: una hipótesis de lectura y una actitud ante el lenguaje. Tipos con más recorrido como Mariano Quiroz, Leonardo Oyola o Carlos Busqued, pero también pienso en Juan Mattio o Nicolás Ferraro, por ejemplo.

-Una vez descubriste a un pasajero del subte leyendo tu libro. ¿Cómo fue esa experiencia?

-Rara. Lo miré con la tranquilidad de no ser descubierto (el libro no tenía una foto mía) y el nerviosismo de tratar de adivinar sus reacciones ante el texto. Prefiero que me lean en otro lado, lejos de donde estoy.

Postales y miradas.

Tapa posta

Revista Travel

En el tercer libro de poesía del autor cordobés se resigna la autorreferencialidad para dar paso a un otro que la resignifique. Giordano sitúa su álter ego en la ciudad californiana que le da título al volumen para desplegar una estética de los años dorados y un lenguaje derivado del español latino muy común en los doblajes neutros de los años ochenta. Con esta quimera versifica y sugiere algunas historias, reflexiona sobre el paso del tiempo y crea escenarios que parecen procesados por un melancolitrón de película lavada pero vívida, colorida; a pesar de las fotografías en blanco y negro que acompañan a los textos.

  Pasadena cuenta con un poco más de veinte poemas que se imponen desde el inicio con una declaración conceptual: estas son las palabras que nos sobrevivieron/ fuimos extraños arrojando las cenizas de un aduanero/ al viento del domingo. El libro está dirigido a una mujer que no se nombra, a una época que nunca se vivió, y a una ciudad desconocida y ficcional, a pesar de su rigor geocultural y hasta munícipe. Es así, como, por ejemplo, los ojos de la mujer tratando de encontrar explicación a su dolencia psicológica, se dejan llevar en una tangente nada menos que hacia las heladas laderas de Altadena. La cosa, el símbolo y el lenguaje se conjugan en tan sólo una imagen.

  En las páginas del libro-objeto hallaremos una lluvia sobre los tejados de Linda Glen, un payaso decadente acosado por los niños, barriletes incendiados en lo alto, el fantasma/recuerdo de una adolescente llamada Mellow y un vecino que poda el césped en calzones, entre otras propuestas al imaginario americano extranjero. No faltan fuertes parates introspectivos como este pasaje: duermo/ al levantar los párpados/ el rostro del verdugo en el espejo del botiquín/ decidirá rasurar/ o cortar por la garganta.

   Con versos y poemas breves, en minúsculas, sin puntuación ni títulos (a los que el autor nos tiene acostumbrados) Pasadena se configura como reservorio de postales un tanto ajenas que pueden incomodarnos o arrojar al hueso del llanto. No importa si esto le ocurrió al autor o a alguien, ficticio o no; la emoción se transfiere al lector que al terminar volverá a abrir el libro para verificar si el espejo que tiene entre manos no lo ha deformado un poco.

Días de oscuridad

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  La novela de Ricardo Romero trata de un vampiro argentino que trabaja de conserje y es adicto al Cloroformo y luego a la Heroína. Lleva un diario donde anota sus asesinatos, es decir, su alimentación. El diario registra entradas de tres momentos históricos del país: el bombardeo del 55, Malvinas y la represión del 19 y 20 de Diciembre de 2001. ¿Pero qué son los hechos históricos para un vampiro? Nada. Lo importante es poner a prueba su resistencia a la luz solar, explorar la arquitectura bonaerense en busca de “algo” que se parezca al hábitat vampiresco y si es necesario, pasar una noche en silencio bajo la cama de unos amantes para aprender sobre las relaciones humanas según lo que oye.

  El autor nacido en Paraná en 1976 había sorprendido con sus anteriores novelas Perros de la lluvia, la cual transcurre en su ciudad, agrietada por los viejos túneles subterráneos que ceden al diluvio y la soledad;  e Historia de Roque Rey, en donde un niño se pone metafórica y literalmente en los zapatos de otro. Romero hace de la anécdota y la tragicomedia materia prima para consideraciones acerca de temas en apariencia triviales pero que parecen esconder sentidos trascendentales o guardar celosamente secretos impronunciables aunque no se presenten con mucha claridad. Trabaja como un cineasta, montando las escenas. El encuadre, los colores, las luces y sombras hablan a veces mucho más que sus personajes.

  En El conserje y la eternidad usa a un vampiro, que a diferencia de los ascendentes dandys transilvanos, reflexiona acerca de su naturaleza como si se tratara de una enfermedad crónica bajo el peso de dos condiciones devastadores que quizá sean una sola: la eternidad y la soledad.

  ¿Sobre qué puede escribir alguien que es inmortal y que estará solo para siempre? Sobre una mosca atrapada en un vaso, por ejemplo, o sobre cómo le pinta las uñas de los pies a una mujer mientras la devora. Este vampiro es un pobre diablo. Se ha obsesionado sobre el hecho de escribir, la pulsión irrefrenable de contar, y sobre sí mismos: “Soy, otra vez, la máscara que usa la melancolía para no dispersarse en la tarde”.  

  Romero, al no conceder lugar a los cliché del terror de vampiros, está señalando hacia otro lugar. El protagonista es ajeno a lo que ocurre en la patria convulsionada, más allá de que su propia inmortalidad le reste sentido a cualquier cosa que ocurra. Es un hombre gris, sin aspiraciones, sin interés social, del que nadie puede jamás sospechar nada porque apenas es una sombra en la vida de quienes lo conocen. Encarna este vampiro a un inconsciente colectivo poco visible: los apáticos mediocre que en algunos momentos de su lánguida vida, son capaces de una bonita frase para sí mismos.

Traiciones y otras necesidades

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Los hombres de la casona del villerío conocido como Arroyo de la China maldicen un nombre: Justo José de Urquiza. Las mujeres callan. Una de ellas es Cruz y está embarazada del caudillo, que no acusa recibo. Algunos evalúan asesinarlo, otros prefieren no mover el avispero. Un sobrino de la mujer se acerca y le dice “Voy a matarlo, tía, por usted”. El niño es Ricardo López Jordán. Un par de décadas después, Urquiza es el hombre más importante de la Confederación por debajo de Juan Manuel de Rosas. Cuando su sombra empieza a eclipsar a Manuel Oribe, hay un jovencito entre sus filas, un soldado de apellido Jordán, que no le saca los ojos de encima. Ninguno de sus familiares tomó en serio la promesa del chico y quizá tanto él como Urquiza lo hayan olvidado en los campos de batalla, peleando juntos. Cuarenta años después de aquella promesa en el patio, en nombre de Jordán, Urquiza es brutalmente asesinado.

El argumento recuerda al cuento de Jorge Luis Borges “Emma Zunz”, aunque aquí, a la inversa que en ese relato, los verdaderos son los nombres propios, aunque los motivos otros. Esta famosa trama no es ficcional, la conocemos por tratarse de la historia grande de nuestra patria, aunque quizá no conozcamos los detalles fascinantes que la componen y la diferencian de las similares, disparando otro tipo de preguntas: ¿Es consciente un traidor de su felonía? ¿La ignorancia o la ingenuidad pueden exonerar la culpa? ¿Es correcto hablar de “traición” en política? ¿Puede un hombre traicionarse a sí mismo? Y si lo hace ¿en qué se convierte?

En Urquiza, el salvaje, el libro que el historiador Hernán Brienza presentó hace apenas días en Córdoba, Brienza muestra a un caudillo entrerriano inabordable para las garras de cualquier maniqueísmo. Fue un asesino brutal, pero un piadoso en otros eventos. Un valiente libertador, pero también un cobarde traidor. ¿Qué queda de él, concretamente, además de haber triunfado en Caseros y terminar con el reinado de Rosas? Nada menos que el Estado argentino. Desde 1810, las Provincias Unidas del Río de la Plata no habían podido organizarse en términos jurídicos. Fracasó la Junta Grande, la Asamblea del año XIII, del congreso de Tucumán, los intentos unitarios, el proyecto federal dorregista; y Rosas se negó a convocar a la Comisión Constituyente. Recién 40 años después, la Argentina alcanzó su texto constitucional gracias a Urquiza, que representaba a las provincias y a los sectores populares. “Fue su hora más gloriosa –escribe Brienza–; y el inicio de la traición del peor Urquiza sobre el mejor”.

Finalmente, el autor propone un paralelismo con la situación actual del país: Un liberalismo conservador, en el que una clase que puede identificarse con aquel mitrismo, intenta imponer las condiciones a la clase trabajadora representada en las provincias, las cuales esperan aún el debido federalismo. Brienza no hace otra cosa que opinar sobre el eterno dilema global, la lucha de los pueblos por no perder su independencia “porque, después de todo –define–, perder es ceder riquezas frente a otros grupos o sectores hegemónicos. Lo demás es metáfora”.