Ese tren

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los padres suben al oscuro tren cuyo destino
se desconoce hasta el abordaje

con enorme bolsos
buscan los asientos asignados

los árboles
por la ventanilla
en los campos que ondulan
marcan el ritmo

sus hijos
quedamos atrás

el reflejo de plata en las montañas lejanas
avanza quieto

ellos
a la hora de la tarde que sangra
se quedarán irreversiblemente dormidos
nosotros
volveremos a casa

también algún día
seré el manojo de palos y cueros
en el hueco de un árbol
el descenso
la música oscura y ciega
que no canta ni suena

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Ese loco

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matemos al pobre feo en ese rancho frío

ese loco tipéa con dientes
amarillos de dolor
calva flamante como placenta
orejas de loco y andar de flan

su corazón timbra en la puerta de la mente
y no le abren

hay que matarlo
entrar en él como el ladrón por la ventana

Una historia bien negra y bien porteña.

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Se reeditó la novela clave del escritor que trabaja limpiando el subte en Buenos Aires. También fue fletero y vendió seguros. Cree que oficio y literatura no son antónimos. 

Cuesta encontrar alguna referencia mediática sobre Enrique Ferrari que no lo presente como “el escritor que limpia en el subte”. Después de 15 años de su debut literario, premios en España, Francia, Cuba, y de haber sido traducido al francés y al italiano, se lo muestra como si fuese alguien “elevado” sobre la clase trabajadora gracias a “su hobby”. Si uno busca sus fotos en  Google, cientos de ellas lo muestran con el uniforme de trabajo. “No pongan una con el uniforme, por favor”, solicita por WhatsApp a la hora de coordinar la entrevista.

“Sé que esa particularidad que se citó hasta el hartazgo en los medios -comenta- me dio una visibilidad que antes no tenía y eso significa lectores; y yo escribo para que me lean. Haber quedado pegado a la relación entre la literatura y el trabajo me permite decir, cada vez que puedo, que literatura y trabajo no son antónimos: el de escribir también es un oficio”.

Este año Alfaguara reeditó su tercera y quizá más festejada novela: Que desde lejos parecen moscas, un voraz thriller que arrastra al lector con un ritmo frenético y un clima poco frecuente en la novela negra argentina, lo que le valió el premio Silveiro Cañada de la Semana Negra de Gijón a la mejor primera novela negra. “Es un texto al que veo con mucho cariño -dice-, me abrió montones de puertas. Además, pese a que ahora soy un escritor un poco distinto al que la escribió, es un texto que todavía siento muy propio y que creo que quedó redondo”.

Aventura

La historia, ambientada durante la década menemista, comienza con un omnipotente nuevo rico detenido en la autopista después de pinchar el neumático de su flamante BMW. En el baúl encuentra un cadáver irreconocible que, presumiblemente, alguien le plantó. Desde allí, las aventuras volarán a la velocidad de su coche a través de la ciudad de Buenos Aires. Machi, el protagonista, está inspirado en un ex-jefe de tanguería donde Ferrari fue mozo.

La trama funciona también como una venganza de clase a través de la ficción, algo que, frente a la obra de este autor de 45 años, puede leerse como una novela social del siglo 20. “No sé si debe leerse así -aclara Ferrari-. Yo traté de escribir una historia bien negra y bien porteña. En qué casillero entra después es más tarea de los lectores o los críticos que mía”.

-En la historia se cuela el odio de clase como especie de romanticismo en oposición al posmodernismo actual.

-Me siento marxista. Y trabajador. Odio a los explotadores no por una cuestión romántica de justicia, sino por una cuestión objetiva de supervivencia. Mía, de los míos y de la humanidad. Tengo muchos otros odios, también, pero menos intensos.

-Alguna vez te describiste como el Hemingway sudamericano…

-Cuando pibe soñaba con la vida aventurera de, entre otros, Hemingwy, y me daba miedo tener una vida anodina. En ese sentido las cosas salieron bien: hubo poco aburrimiento y muchas historias de bares, peleas, camas, trabajos y viajes.

Ferrari trabajó como fletero, vendió seguros, computadoras primitivas, teléfonos, fue repartidor en una panadería, cargó y descargó paragolpes en un taller de cromado y atendió un call center, entre otros trabajos, algunos en Estados Unidos.

“Mi vida en Estados Unidos –cuenta–, fue la de un inmigrante ilegal: mucho trabajo, mucha nostalgia, algo de deslumbramiento por la multiplicidad de culturas con las que te vas cruzando. Viví allá poco menos de cuatro años y volví deportado. Es allá donde pensé, empecé y terminé mi primera novela. De alguna manera fue el lugar donde, en una suerte de fuga hacia adelante, tomé la decisión de dedicarme a este oficio.

-¿Cómo ves la actualidad del género negro en nuestro país?

-Vivo y potenciado, sobre todo entre los autores que están tratando de ensanchar los límites del género. Hay una generación pensando la literatura negra en términos amplios: una hipótesis de lectura y una actitud ante el lenguaje. Tipos con más recorrido como Mariano Quiroz, Leonardo Oyola o Carlos Busqued, pero también pienso en Juan Mattio o Nicolás Ferraro, por ejemplo.

-Una vez descubriste a un pasajero del subte leyendo tu libro. ¿Cómo fue esa experiencia?

-Rara. Lo miré con la tranquilidad de no ser descubierto (el libro no tenía una foto mía) y el nerviosismo de tratar de adivinar sus reacciones ante el texto. Prefiero que me lean en otro lado, lejos de donde estoy.

Postales y miradas.

Tapa posta

Revista Travel

En el tercer libro de poesía del autor cordobés se resigna la autorreferencialidad para dar paso a un otro que la resignifique. Giordano sitúa su álter ego en la ciudad californiana que le da título al volumen para desplegar una estética de los años dorados y un lenguaje derivado del español latino muy común en los doblajes neutros de los años ochenta. Con esta quimera versifica y sugiere algunas historias, reflexiona sobre el paso del tiempo y crea escenarios que parecen procesados por un melancolitrón de película lavada pero vívida, colorida; a pesar de las fotografías en blanco y negro que acompañan a los textos.

  Pasadena cuenta con un poco más de veinte poemas que se imponen desde el inicio con una declaración conceptual: estas son las palabras que nos sobrevivieron/ fuimos extraños arrojando las cenizas de un aduanero/ al viento del domingo. El libro está dirigido a una mujer que no se nombra, a una época que nunca se vivió, y a una ciudad desconocida y ficcional, a pesar de su rigor geocultural y hasta munícipe. Es así, como, por ejemplo, los ojos de la mujer tratando de encontrar explicación a su dolencia psicológica, se dejan llevar en una tangente nada menos que hacia las heladas laderas de Altadena. La cosa, el símbolo y el lenguaje se conjugan en tan sólo una imagen.

  En las páginas del libro-objeto hallaremos una lluvia sobre los tejados de Linda Glen, un payaso decadente acosado por los niños, barriletes incendiados en lo alto, el fantasma/recuerdo de una adolescente llamada Mellow y un vecino que poda el césped en calzones, entre otras propuestas al imaginario americano extranjero. No faltan fuertes parates introspectivos como este pasaje: duermo/ al levantar los párpados/ el rostro del verdugo en el espejo del botiquín/ decidirá rasurar/ o cortar por la garganta.

   Con versos y poemas breves, en minúsculas, sin puntuación ni títulos (a los que el autor nos tiene acostumbrados) Pasadena se configura como reservorio de postales un tanto ajenas que pueden incomodarnos o arrojar al hueso del llanto. No importa si esto le ocurrió al autor o a alguien, ficticio o no; la emoción se transfiere al lector que al terminar volverá a abrir el libro para verificar si el espejo que tiene entre manos no lo ha deformado un poco.

Días de oscuridad

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  La novela de Ricardo Romero trata de un vampiro argentino que trabaja de conserje y es adicto al Cloroformo y luego a la Heroína. Lleva un diario donde anota sus asesinatos, es decir, su alimentación. El diario registra entradas de tres momentos históricos del país: el bombardeo del 55, Malvinas y la represión del 19 y 20 de Diciembre de 2001. ¿Pero qué son los hechos históricos para un vampiro? Nada. Lo importante es poner a prueba su resistencia a la luz solar, explorar la arquitectura bonaerense en busca de “algo” que se parezca al hábitat vampiresco y si es necesario, pasar una noche en silencio bajo la cama de unos amantes para aprender sobre las relaciones humanas según lo que oye.

  El autor nacido en Paraná en 1976 había sorprendido con sus anteriores novelas Perros de la lluvia, la cual transcurre en su ciudad, agrietada por los viejos túneles subterráneos que ceden al diluvio y la soledad;  e Historia de Roque Rey, en donde un niño se pone metafórica y literalmente en los zapatos de otro. Romero hace de la anécdota y la tragicomedia materia prima para consideraciones acerca de temas en apariencia triviales pero que parecen esconder sentidos trascendentales o guardar celosamente secretos impronunciables aunque no se presenten con mucha claridad. Trabaja como un cineasta, montando las escenas. El encuadre, los colores, las luces y sombras hablan a veces mucho más que sus personajes.

  En El conserje y la eternidad usa a un vampiro, que a diferencia de los ascendentes dandys transilvanos, reflexiona acerca de su naturaleza como si se tratara de una enfermedad crónica bajo el peso de dos condiciones devastadores que quizá sean una sola: la eternidad y la soledad.

  ¿Sobre qué puede escribir alguien que es inmortal y que estará solo para siempre? Sobre una mosca atrapada en un vaso, por ejemplo, o sobre cómo le pinta las uñas de los pies a una mujer mientras la devora. Este vampiro es un pobre diablo. Se ha obsesionado sobre el hecho de escribir, la pulsión irrefrenable de contar, y sobre sí mismos: “Soy, otra vez, la máscara que usa la melancolía para no dispersarse en la tarde”.  

  Romero, al no conceder lugar a los cliché del terror de vampiros, está señalando hacia otro lugar. El protagonista es ajeno a lo que ocurre en la patria convulsionada, más allá de que su propia inmortalidad le reste sentido a cualquier cosa que ocurra. Es un hombre gris, sin aspiraciones, sin interés social, del que nadie puede jamás sospechar nada porque apenas es una sombra en la vida de quienes lo conocen. Encarna este vampiro a un inconsciente colectivo poco visible: los apáticos mediocre que en algunos momentos de su lánguida vida, son capaces de una bonita frase para sí mismos.

Traiciones y otras necesidades

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Los hombres de la casona del villerío conocido como Arroyo de la China maldicen un nombre: Justo José de Urquiza. Las mujeres callan. Una de ellas es Cruz y está embarazada del caudillo, que no acusa recibo. Algunos evalúan asesinarlo, otros prefieren no mover el avispero. Un sobrino de la mujer se acerca y le dice “Voy a matarlo, tía, por usted”. El niño es Ricardo López Jordán. Un par de décadas después, Urquiza es el hombre más importante de la Confederación por debajo de Juan Manuel de Rosas. Cuando su sombra empieza a eclipsar a Manuel Oribe, hay un jovencito entre sus filas, un soldado de apellido Jordán, que no le saca los ojos de encima. Ninguno de sus familiares tomó en serio la promesa del chico y quizá tanto él como Urquiza lo hayan olvidado en los campos de batalla, peleando juntos. Cuarenta años después de aquella promesa en el patio, en nombre de Jordán, Urquiza es brutalmente asesinado.

El argumento recuerda al cuento de Jorge Luis Borges “Emma Zunz”, aunque aquí, a la inversa que en ese relato, los verdaderos son los nombres propios, aunque los motivos otros. Esta famosa trama no es ficcional, la conocemos por tratarse de la historia grande de nuestra patria, aunque quizá no conozcamos los detalles fascinantes que la componen y la diferencian de las similares, disparando otro tipo de preguntas: ¿Es consciente un traidor de su felonía? ¿La ignorancia o la ingenuidad pueden exonerar la culpa? ¿Es correcto hablar de “traición” en política? ¿Puede un hombre traicionarse a sí mismo? Y si lo hace ¿en qué se convierte?

En Urquiza, el salvaje, el libro que el historiador Hernán Brienza presentó hace apenas días en Córdoba, Brienza muestra a un caudillo entrerriano inabordable para las garras de cualquier maniqueísmo. Fue un asesino brutal, pero un piadoso en otros eventos. Un valiente libertador, pero también un cobarde traidor. ¿Qué queda de él, concretamente, además de haber triunfado en Caseros y terminar con el reinado de Rosas? Nada menos que el Estado argentino. Desde 1810, las Provincias Unidas del Río de la Plata no habían podido organizarse en términos jurídicos. Fracasó la Junta Grande, la Asamblea del año XIII, del congreso de Tucumán, los intentos unitarios, el proyecto federal dorregista; y Rosas se negó a convocar a la Comisión Constituyente. Recién 40 años después, la Argentina alcanzó su texto constitucional gracias a Urquiza, que representaba a las provincias y a los sectores populares. “Fue su hora más gloriosa –escribe Brienza–; y el inicio de la traición del peor Urquiza sobre el mejor”.

Finalmente, el autor propone un paralelismo con la situación actual del país: Un liberalismo conservador, en el que una clase que puede identificarse con aquel mitrismo, intenta imponer las condiciones a la clase trabajadora representada en las provincias, las cuales esperan aún el debido federalismo. Brienza no hace otra cosa que opinar sobre el eterno dilema global, la lucha de los pueblos por no perder su independencia “porque, después de todo –define–, perder es ceder riquezas frente a otros grupos o sectores hegemónicos. Lo demás es metáfora”.

A resguardo del mundo

Poca gente sobrevivió a los ’90 sin marcas y de eso habla Chozas, la novela de Pablo Giordano que será presentada hoy a las 19.30 en Casa 13. Conocido por su blog Cosas de Mimbre y por algunos cuentos que formaron parte de la entrecomillada como “nueva narrativa cordobesa”, Pablo presenta hoy la historia de un niño de clase media baja con sueños de escritor que debe aprender a vivir en un escenario devastado, la llanura cordobesa pre-sojera.

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LA VOZ DEL INTERIOR, por Emanuel Rodríguez.

Hace tiempo que tu nombre se repite en el campo literario cordobés, pero pocos te conocen personalmente. ¿A qué se debe eso?

En mayor y menor escala, mi vida se ve atravesada por un T.A.G. desde la infancia. Recién en el último año aprendí a manejarlo y di con la medicación correcta. Mientras, no solía viajar mucho, para no decir casi nada. Con ésto creo haber respondido a lo que la extraña pregunta refería. Trasladémosla a, por ejemplo, José Martí, quien jamás visitó Argentina pero sí le interesaba lo que acá ocurría y se sabía bastante de él. Sonaría raro preguntarle algo así, ¿no?

¿Qué tiene tu literatura de “varillense”?

Primero habría que ver si existe una literatura varillense, la cual sería bastante pobre, de existir. Creo que la pregunta apunta hacia otro lado. Hasta el momento, lo que publiqué (no sé si está bien que lo llames “tu literatura”) se enmarca en el costumbrismo, muchas veces cae en el anecdotario de registro minucioso. Lo que tienen mis libros de varillenses son sus personajes, cierto uso del lenguaje, ciertos comportamientos piamonteses de los arquetipos zonales, pueblerinos, y alguna que otra historia real ficcionalizada. Es decir, casi todo. Aún así apunta hacia otro lugar, no me interesa la literatura documental al cien por cien; Si no está la condición humana reflejada en la obra, para mí, carece de todo interés.

¿Qué tiene Las Varillas de tu literatura?

Habría que preguntarle a la ciudad, pero no creo que le interese mucho, o que sepa de qué le están hablando.

¿Cuál es el desafío más difícil de escribir una novela?

No dañar demasiado la columna vertebral. Una novela es un proyecto de largo aliento. Ésta me costó casi veinte años; es una novela de iniciación y fue gestada a lo largo de profundos aprendizajes, editings, reformas, textos variados que la fueron conformando y de decisiones interminables. Después, además, viene el trabajo de encontrarle una editorial, una que esté dispuesta a afrontar la inversión económica por tu trabajo (las cuales casi no existen) y después sí, sentarse nuevamente para corregir las galeras finales que irán a imprenta. Yo no pago para publicar y ese, también, es un desafío grande. Los otros son desafíos literarios, se hacen con gusto, la mayor parte del tiempo disfruto de mi trabajo como escritor.

¿En qué difiere el resultado de Chozas de tu proyecto inicial, de cómo te imaginabas que podía quedar esta novela?

El proyecto inicial estaba impulsado por el odio y la declaración. El odio hacia la familia, el pueblo, las injusticias del destino. La declaración de tabúes infantiles, pensamientos políticamente incorrectos, enfermedades, miedos, la vida que llevaba mientras la redactaba. Escribirla y terminarla (ayudado por la inevitabilidad de crecer y cumplir años, atravesar etapas, etc. durante la gesta) me sirvió para entender muchísimo mejor el paradigma en el que me había educado. Lo dije en su momento para la antología sobre nuestra generación: nacidos en plena dictadura; cursando el jardín de infantes mientras los pibes que recién salían del secundario morían en Malvinas; con mediana curiosidad por lo que pasaba en el país mirando los saqueos por TV en plena hiperinflación en un barrio de clase media, media baja; adolescer en pleno vaciamiento menemista; tener esperanzas aunque el helicóptero de De la Rúa se elevara dejando un goteo de presidentes que se atoraban en la garganta; no vaticinabamos un futuro muy prometedor, sino una especie de conformismo social. Ese fue el paradigma, y eso es lo que la novela intenta documentar transversalmente en la vida de dos personajes interpelando en paralelo al lector.

La novela me sirvió, también, para derrotar viejas creencias idealistas de adolescencia, y enfrentar la triste realidad de la adultez, donde uno es capaz de escribir y vender una novela como si eso en la infancia no hubiese sido un sueño que jamás se concretaría.

¿Qué relación hay entre tus sueños y tu escritura?

Ojalá pudiéramos concretar en los textos aquello que solemos soñar. Yo comparto la idea de que los milagros suceden: pero lo hacen a destiempo, o de formas extrañas, no exactamente como los soñamos, deformes, incapaz de conformarnos del todo. Estoy presentando una novela de adolescencia, una novela de los noventa, una que tendría que haberse publicado en esa década, quizá.

¿Qué relación hay entre tu propia biografía y tu literatura?

Creo haberlo respondido en la segunda o tercera pregunta. Lo que publiqué hasta ahora, guarda mucho de autobiográfico, pero eso no es lo que me interesa. Me intriga esa extraña cosas a la que llaman “literatura”, la odio muchas veces, y la amo otras, pero jamás comprendo. Es posible que lo mío no sea otra cosa que contar historias, o en el mejor de los casos, mentir con elegancia.

¿Cuál es la principal diferencia entre el Pablo Giordano escritor y el Pablo Giordano que va a comprar pan al almacén?

Al que va al almacén lo conocen los vecinos.

¿Cómo imaginás el lector ideal de Chozas?

Sería un lector que no se dejara espantar por el vocabulario de esos niños al inicio de los capítulos y que siguiera adelante, que lentamente entendiera que debajo de esas historias borders, esa escatología o tragedia y provocación sin descanso, existen preguntas que hacen, como dije, a la condición humana. Ese sería un lector cercano al ideal. Pero me interesa también que se disfrute la novela de muchas maneras: mi psicóloga me contó que su empleada doméstica hacía parates en el trabajo porque no podía dejar el libro, le encantaba; y eso me alertó de que Chozas también puede leerse como un novelón de media tarde.

¿Cuál es el mejor lugar para leer Chozas?

Esta pregunta no me gusta.

¿Qué gritarías frente al Senado de la Nación?

Nada. ¿Porqué viajaría a Buenos Aires a gritar algo al Senado?

¿A qué otra actividad se parece escribir?

A pensar. Y no creo tanto que se parezca, sino que es la misma cosa, como leer. Hace poco escribí una frase en Tumblr: “No se lee solo para ser culto ni tampoco para conseguir placer, sino también y fundamentalmente para adquirir el lenguaje necesario que permite pensar, tener ideas y expresarlas, captar las ideas de los otros, debatir, y comprender mejor el mundo que nos rodea. Nada se puede esperar de profesores, maestros o padres que no leen.”

Nuestra sociedad olvidó, o quizá desconozca, que el pensamiento, padre de todo nuestro bienestar, proviene del lenguaje; que sin lenguaje, difícilmente se pueda ir más lejos que de la puerta de casa.

¿Podrías definir en tres adjetivos tu manera de escribir?

Caótica, pobre, exhaustiva.

¿De qué te protegería una choza ideal?

Tal como sucede en la novela, los refugios protegen por un tiempo, tarde o temprano quedamos desnudos ante el potrero desierto, ante la inmensidad, la soledad y el frío, que no es otra cosa que la imagen de la muerte, la realidad, el universo en sí. Lo que somos: soledad, y olvido.

¿Cómo te gustaría despedirte de esta entrevista?

Agradeciéndote (aunque esta parte no la publiques) porque fuiste el primero que puso atención en mí y me abrió las puertas de Córdoba. Aún así, uno puede ser un ingrato con esas personas en la mayoría de las ocasiones, pero nunca lo será públicamente. Gracias, Emanuel, de verdad.

(Suplemento VOS, 2012)