Ejercicios y correcciones

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   La literatura argentina y un chiste de Aira; Borges; las poses dentro de las discusiones artísticas; Gombrowicz; los discursos dominantes en las letras y Henry James, son algunos de los tópicos que analiza —o utiliza a fin de llegar a un punto clave de la reflexión como tema en sí— el escritor argentino Guillermo Martínez en La razón Literaria, su reciente libro de ensayos, una especie de revisionismo de sus temas predilectos bocetados ya en aquel mítico “Ejercicio de esgrima”, un ensayo fundante aparecido en el volumen de 2005 La fórmula de la inmortalidad.

  Martinez sostienen que aquel ensayo corrió la suerte de cualquier polémica, fue leído por algunos de acuerdo a lo que se proponía decir, y por muchos otros deliberadamente mal entendido y reducido a la caricatura, a la sospecha psicoanalítica y a oposiciones burdas. “Como soy incorregible —escribe—, sostuve durante estos años mi defecto de pensar diferente y en la sección Otros ejercicios de esgrima reuní varias otras de mis discordancias”.

  En esta segunda entrega de artículos, conferencias y ensayos, no sólo evalúa, reivindica o interpela a aquellos primeros textos, sino que juega con una especie de Mamushka donde superpone capas de crítica literaria con las de la psicología del crítico. “Hay argumentos igualmente atendibles —anota en el prólogo—, para defender la fidelidad esencial a un modo de pensar o para justificar los cambios copernicanos, los arrepentimientos y las mutaciones”.

  Un capítulo dedicado a la Literatura y la Ciencia se especializa en el decálogo del buen tratamiento del tema policial. La transcripción de la charla “Series lógicas y crímenes en serie” hace foco en las inesperadas implicancias de las series lógicas en la filosofía, el lenguaje y las matemáticas. En “lo verdadero y lo demostrable” resume lo esencial en las ideas de incompletitud de Gödel, especialmente en cómo se ha distorsionado su interpretación: para Martínez el género debe ser puro, abstracto; a la manera borgeana, y no simbólica o aggiornadas al impulso artístico de ser siempre innovador. La trama de un policial debe ser una ecuación elegante y verdadera, antes que una simple historia de detectives con matices matemáticos. Un policial no debe ser un policial.

  En la sección “Primera Persona” se encuentran los textos que Martínez escribió a pedido sobre sus propios libros y se postula también como un memorándum de la influencia de su padre como escritor. Este quizá sea el punto de mayor amplitud estética del volumen; donde recurre a la narración para enmarcar el pensamiento, evitando que el sentimentalismo deteriore la estructura de argumentación. Su ejercicio en general es crítico con la corriente de pensamiento literario dominante argentino y tiene una mordaz visión del posmodernismo en todas sus manifestaciones.

  La razón literaria es una prueba de qué pensar la literatura es, a veces, pensar en todas las cosas como elementos mutantes según cómo sean expuestas. Los sentidos cambian, las esencias se vuelven secundarias y los errores fortuitos pueden revelarnos más que la persecución obsesiva de la verdad durante años.

Astroloquía 1, 2 y 3

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  El frío en los desiertos nocturnos es una crueldad que hay que respetar y aprender. No hay otra cosa más que el cielo. La luz guía. Uniendo estrellas se podía ver a la osa, el carro, un arado. El GPS de la antiguedad en los largos viajes de los tiempos de la ingenuidad. Se trataba de sumerios y egipcios. Los hindúes, griegos y después los Incas y los Mayas armarían sus propios dibujos. Los primeros juraban haber inventado este sistema de posicionamiento global. Los chinos siempre fueron diferentes, pero estaban de acuerdo con algunas figuras. Luego se las llamó constelaciones.  

  Es el siglo II en Egipto. Claudio Ptolomeo pasa las noches mirando el cielo y reuniendo cientos de anotaciones. De ese caos arma un sistema de 48 dibujos, que, con algunas modificaciones, son los que aún se utilizan. Erróneamente Ptolomeo piensa que la tierra es el centro del Universo. No por burro, sino porque la humanidad cree eso desde milenios. También se cree que esta quieta, o como mucho, gira sobre sí misma, y que el Sol gira a su alrededor a lo largo del año.

  En el tiempo de Ptolomeo la astrología y la astronomía son la misma cosa. Una ciencia que estudia la evolución de los astros a lo largo del tiempo pero con un gran lastre religioso que relaciona a los eventos cósmicos como causa de los sucesos terrenales  como la caída de reyes o resultados de batallas.

  Fue en Roma donde se empezó a denunciar tímidamente a la astrología como errónea pero por contradecir la doctrina católica, el libre albedrío, es decir: la creencia de que los humanos tienen el poder de elegir y tomar sus propias decisiones.

    En 1147, Anwari, el mayor poeta persa, predijo después de unos estudios astrológicos basados en agrupamiento de cinco planetas en la constelación de Libra, que el fin del mundo llegaría el 16 de septiembre de 1186. Lo mismo advirtieron varios astrólogos de Toledo al Papa Clemente III. Nada ocurrió.

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Uno de los Teólogos, enfurecido, se levantó para dejar mudos a los demás:

  — ¿Estamos obligados a admitir en nuestros barcos a quienes no los tienen?

  La lluvia seguía golpeando las ventanas con furia y era evidente que de seguir así durante días la altura del agua la alcanzaría inundando. Un trueno sacudió a la Universidad de Tubinga cuando nadie había contestado aún. La pregunta, supieron después, era estúpida. Cualquiera de las dos respuestas no había funcionado semanas antes y una horda de personas desesperadas asaltó los barcos y las arcas construidas por los ricos cuando el agua no dejaba de crecer.  Hubo naufragios y muertos por el exceso de pasaje. En Londres 20.000 personas habían abandonado sus casas.

  Nadie respondió, faltaba menos de 24 horas para el fin del mundo. Sin embargo, a la mañana, la lluvia se retiró y amaneció soledo. Al pánico fue gracias a que en 1499, el astrólogo alemán Johannes Stoeffer, profesor de la Universidad, publicó ‘Ephemerides’, anunciando que el 20 de febrero de 1524 sería el fin del mundo por la reunión de los planetas en el signo de Piscis.

  Como la profecía de Stoeffer falló, el discípulo Johann Carion rehizo los cálculos y apuntó al 15 de julio de 1525. Ese año, que tampoco acabó con el mundo, Thomas Muntzer, teólogo alemán, declaró que la venida de Cristo ocurriría, y que solo esperaba la derrota de las altas esferas de la monarquía.

  Muntzer dijo que Dios le habló, y le prometió “atrapar en sus manos las balas de los cañones del enemigo”. Los ejércitos de la monarquía derrotaron a los revolucionarios y Muntzer fue decapitado. Jan Mattijs, un profeta holandés discípulo de Muntzer, declaró que en ese mismo año ocurriría la venida de Cristo. Similar a Muntzer se alzó contra la monarquía y fue abatido por los ejércitos de los príncipes alemanes. Cien años después muchos de los astrólogos que predijeron fallidamente la inundación de 1524 volvieron a ajustar la fecha con el argumento de haberse equivocado por 100 años.

  En 1624 el pánico fue menor y no hay registro de inundaciones grandes.

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 Hasta 1781 se ignoró en la astrología la influencia de Urano, como siguieron haciendo hasta 1846 con Neptuno. Plutón no pudo incorporarse hasta 1930; aunque su destronamiento como planeta ha debido de tener también su importancia en las predicciones que le tuvieran en cuenta antes de esa fecha. La lista de objetos celestiales que se utiliza en astrología se limita principalmente a los conocidos por Ptolomeo ignorando una enorme variedad de nuevos objetos astronómicos descubiertos hasta el momento. Por otra parte, el Sol lleva siglos pasando por Cáncer entre el 21 de junio y el 21 de julio, por decreto astrológico; aunque ya no sea así en la realidad. En la actualidad el Sol transita la constelación entre el 21 de julio y el 11 de agosto: es decir que muchos cáncer son en realidad géminis y muchos leo, cáncer.

  Las afirmaciones de los astrólogos comenzaron a considerarse obsoletas por la ciencia.  La mayoría hablan de 12 signos zodiacales, es decir las doce constelaciones, cuando realmente son 13 las que recorre el Sol (incluyendo Ofiuco). Por eso, hace poco, quisieron incluirlo, pero sin éxito. Las creencias y supersticiones son tan conservadoras que ni siquiera permiten modificaciones falaces dentro del mismo sistema de gran falacia.

Todas las vidas de Marcos Aguinis

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  Aguinis pasó dos meses en coma y tuvo, literalmente, las neuronas de Lenin bajo el microscopio. Este par de datos bastaría para atrapar y llevarnos a querer leer su autobiografía, excepto que esas anécdotas se agotan allí mismo y el nuevo libro del cordobés de 82 años no es una estricta autobiografía. Puede leerse como libro de ensayos novelados por su propia experiencia de vida. Memorias tópicas y concentradas cuyos capítulos no exceden las cuatro o cinco páginas. En ellas despliega algunas imágenes y escenas brillantes, otras paupérrimas, la mayoría anodinas. Desde el derrotero de sus antepasados en manos nazis, hasta el odio por el kirchnerismo, Aguinis ejerció múltiples profesiones: músico, teólogo, neurocirujano, escritor, político y psicoanalista; pasiones que terminaron mutiladas para enriquecer la pasión por la escritura.

  La novela de mi vida abre y cierra con el llanto de su padre, alguien incapaz de llorar. Ocurrió durante una infancia lúcida, cuando una madre radical en sus decisiones arrastró de la oreja al pequeño Marcos hasta la biblioteca vecina para obligarlo a leer, y más tarde, en manos de distintos profesores, estudiar piano, tema que desarrollará durante más de cien páginas lineales donde deja intervenir con mayor magnitud a los temas que siempre lo obsesionaron: el conflicto árabe-israelí y las dictaduras. También nos presenta postales de su relación y encuentros con famosos personajes: el futuro Papa Bergoglio, Ionesco, Juan XXIII, Borges, García Márquez, Gandhi y el futuro Presidente Illia, entre otros.

la-novela-de-mi-vid  La segunda gran parte del volumen lo ocupa la Medicina, extendiéndose durante demasiadas páginas innecesarias en donde en dos ocasiones se detiene a explicar cómo se realizaba una trepanación; confesando haber engañado a pacientes y familiares para salvar una vida conflictuada por la religión, otro gran tema que siempre lo mantuvo alerta y cambiante; ya sea en los debates y libros publicados a cuatro manos con Justo Laguna como en su reservada participación para la canonización de Ceferino Namuncurá donde se topó ante los requerimientos absurdos del Vaticano.

  Quienes conozcan las novelas de Aguinis sabrán que tiene una pluma certera, que en esta ocasión sólo aparece en pequeños milagros, apurado por contar y regocijarse en sus logros y su desdén eufórico para relativizar sus fallos y dotarlos de emoción. Aguinis fue Secretario de Cultura durante el alfonsinismo, labor que lo dejó insatisfecho. También fue nombrado en Francia Caballero de las Artes y las Letras y fue el primer latinoamericano en ganar el Premio Planeta de España. Buñuel lo elogió y su novela La cruz invertida es inolvidable. Se dice que es un hombre del renacimiento, la mejor descripción de una persona mayoritariamente conocida por sus intervenciones mediáticas cada vez menos felices. Su odio hacia el kirchnerismo es irracional: cree que el gobierno de la familia sureña supera en brutalidad a las dictaduras de Nerón y Calígula. Y según cuenta en estas memorias, sus opiniones y decisiones funcionaron siempre sin medias tintas, extremas e irracionales. Sólo le quedaba el escritor, y a eso se dedicó con éxito.

La primera feminista.

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(para La Voz del Interior)

   Lilith fue la primera esposa de Adán. Según la leyenda hebrea, Adán y Lilith nunca hallaron armonía juntos. Cuando él deseaba tener relaciones sexuales con ella, Lilith se sentía ofendida por la postura que él le exigía. «¿Por qué he de acostarme debajo de ti? —preguntaba—: yo también fui hecha con polvo, y por lo tanto soy tu igual». Como Adán trató de obligarla a obedecer, Lilith encolerizada, pronunció el nombre mágico de Dios, se elevó por los aires y lo abandonó.

  Podría pensarse en esta mujer como la primera que reconoce su cuerpo, su yo, y reclama derechos ante el despótico Dios que gobernaba el Edén. Lilith abandonó a su hombre para unirse a los demonios. La difamación que sufrió la ubica dentro de los más antiguos y peores males de la religión judía, pero su belleza se adivina también en las significaciones: viento, aire, espíritu, noche. Desde esta conceptualización se despliega la poesía de Vanesa Zalazar en Menos mal que a Lilith.

  Con laberintos gramaticales, versificación jugando como música prosaica y la exposición de un despecho típicamente femenino, la dramaturga, actriz y escritora debuta de la mano de Antiplán, el sello editorial cordobés dirigido por Iván Ferreyra que se propone iniciar a escritores en formato minimalista. La autora deja expuesta la incontinencia de un cuerpo que no acompaña al ser, donde la vestidura y la máscara serán quienes hablan, enfrentan, cantan y se retuercen: Te aviso, corazón / que me lo juré anoche… / el traje de Penélope / ha de quedarme chico.

  Más allá de las irregularidades del destierro que se hace piel en las páginas, de palabras de digestión incómoda y otras pequeñeces que pueden servir de respiro a tanto laconismo preciso; la poesía de Zalazar deslumbra de sombra y se emparenta con Pizarnik: dejar que le crezcan / los llantos / a la noche.

  Esta Lilith ladra a un hombre o a varios o a todos sus hombres, quizá a todos los de este mundo, ausentes literales o muertos en la cama, otras veces los evoca como metáfora de lo que debería ser. No por nada baja línea en un hipotético subtítulo a la entrada del libro advirtiendo que se trata de “poemas de género”, y ya desde la referencia a la mujer semita, queda claro que vamos a embebernos de una melasa femenina y cautivante, cuando no histérica, aunque deseable. Sexo y aroma, dos hermanos que se encenderán imperceptiblemente en los cerebros de los lectores incautos ante el súcubo.

  Desde siempre la femeneidad fue múltiple, y los múltiples yo del poeta se vuelven aquí diáfanos y permisivos excepto por una importante gravedad, a ninguno le permite “no decir”. Todos sus yo habitan la incontinencia del deseo, que es una forma de decir hacia adentro. Todas son Lilith. Una despechada mujer (explícita en contratapa) escapando de la simbología religiosa, dando un portazo porque la verdad está en el goce, la soledad, la belleza, el poema cuerpo, que es básicamente la sustancia de la mujer bella para cualquier hombre que mire, o lea, el cuenco servido que espera, las palabras que llaman como cantos de sirenas y regresan con los dientes del rencor entre las piernas.

Escribir el vacío

para Spleen Journal! (México)

   Flaubert se manifestó motivado con la idea de escribir un libro sobre nada. Bioy Casares pensó en escribir un libro así. “No estoy seguro -reflexionó después- (para no decir que no creo) que sea posible”. Cuando leí el Libro del Desasosiego, de Fernando Pessoa como Bernardo Soares, creí descubrir una enorme obra vacía. “Así como quien hay que trabaje por hastío, escribo, a veces, por no tener qué decir. El devaneo, en el que naturalmente se pierde quien no piensa, es algo en lo que yo me pierdo por escrito, pues sé soñar en prosa. Y hay mucho sentimiento sincero, mucha emoción legítima que extraigo de no estar sintiendo”. Teniendo en cuenta la cantidad de cosas que surgen de semejante paradoja, a nadie se le ocurriría afirmar que el Libro del Desasosiego es vacío.

   De adolescente creemos que escribir sobre nada es no contar, apenas describir, desvariar, volcar sentimientos en los márgenes de algún cuaderno y por sobre todas las cosas, aburrir. El aburrimiento como técnica para transmitir al lector el vacío, no está mal. Pero no resuelve. A los quince años quise escribir una novela en donde no ocurriera ninguna cosa. Se parecía a las películas de Perrone, el cineasta argentino que reflejó el vaciamiento menemista en los años noventa con varios films donde -en apariencia- no ocurría gran cosa. Una parte del cine de esa década intentó (quizá inconscientemente) escribir el vacío. En Mundo Grúa, la película atinadamente en blanco y negro dirigida por Pablo Trapero en 1999 cuando ignorábamos que al año entrante el país comenzaría a desmoronarse en la peor crisis de su historia; hay una escena donde dos amigos viajan al sur a visitar a un tercero que hace tiempo no ven. Una vez juntos, los tres amigos casi no hablan, se sientan en el desierto patagónico y observan el paisaje: la nada. El viento les da en la cara, no se miran, de a momentos parece que alguien va a decir algo, pero no, el viento se ha llevado todo.

   En la música, es imposible no remitir a Stockhausen, el famoso compositor alemán que se presentó al concierto, se sentó frente al piano, y no tocó durante veinte minutos. La gente se quedó oyendo el sonido de la calle que entraba por las ventanas. También nos encontramos con los argentinos Reynols, la banda de música experimental más rara del planeta, quienes grabaron Blank Tapes, un disco donde se escuchan los diferentes silencios (soplidos) de las cintas vírgenes de casetes que se vendían en distintas épocas, aunque más acertado sería destacar su disco desmaterializado. Al comprarlo y abrir el packaging, encontrabas solo el soporte donde tendría que haberse colocado el CD.

   ¿Podemos entender al vacío literario por su contrario? ¿Una novela que diga todo? Las novelas de Tom Wolfe me parecen cercanas a este concepto. Lo cuentan todo. Pero con ese criterio evaluativo, una novela sobre nada hablaría de manera ínfima sobre un tema no bien definido. Mario Levrero lo intenta en El discurso vacío: una obra sobre el arte de escribir a mano, cuidar la caligrafía, anotar esos ejercicios y crear una atmósfera. Me recuerda a un monje que comenzó a escribir a los diez años la historia de su vida y murió a los ochenta sin haber terminado de dibujar la primera letra. El grafismo que dejó no permite dilucidar de qué ideograma se trata. También dicen que esta historia es falsa, es decir que no es, no existió.

   En USA, donde todo existe, se creó en 1958 la Sociedad Estadounidense del Vacío. Según sus postulados, el término se refiere a cierto espacio lleno con gases a una presión total menor que la presión atmosférica, por lo que el grado de vacío se incrementa en relación directa con la disminución de presión del gas residual. La definición universal de vacío es mucho más accesible para los no-científicos: El vacío (del latín vacīvus) es la ausencia total de material en los elementos (materia) en un determinado espacio o lugar, o la falta de contenido en el interior de un recipiente. Por extensión, se denomina también vacío a la condición de una región donde la densidad de partículas es muy baja, como en  el espacio interestelar; o la de una cavidad cerrada donde la presión de aire u otros gases es menor que la atmosférica. Puede existir naturalmente o ser provocado en forma artificial, ya sea para usos tecnológicos o científicos, o en la vida diaria. Se aprovecha en diversas industrias, como la alimentaria, la automovilística o la farmacéutica. Nada dice de la literatura.

   Creo que escribir el vacío es imposible. El acto de escribir ya es algo. Un amigo decía que su abuelo era un escritor genial. El viejo no había producido obra en su vida, pero cuando lo miraba cuidar la huerta con tanta tranquilidad creía adivinar en su interior innumerables historias. A mi me remitió a los recuerdos, esa forma imprecisa que tiene el cerebro de mostrarnos archivos viejos. Mi amigo quería convencerme de la potencialidad de ciertas personas para la literatura, aunque no ejerzan. A eso él llamaba escribir el vacío. Para mí, eso es directamente no escribir.

   Cuando supe que el tema de este número de Spleen era éste, tuve la tentación de decirle a mi editor: deje mi espacio vacío. Luego recordé que ya no soy un niño y que tenía que ponerme a trabajar. Hay cierto vacío literario cuando se es chico, uno puede leer toneladas de libros a esa edad, meterse en mil historias, pero no veremos a la literatura, así como no vemos el código fuente y la página web al mismo tiempo. Quizá solo se pueda escribir el vacío en la infancia, donde todo es nuevo, donde hay que llenarlo todo, donde el espacio sobra, o está en blanco.

   No lo sé, hace unos meses me quedé sin trabajo, sin esposa, sin un disco rígido de un terabyte y todo su contenido. De a momentos creo que escribo el vacío cada vez que tipeo para ganar una monedas, cada vez que camino los pasillos ya vacíos de la casa, que rememoro algún viejo video familiar que no volverá.

   Es verano y el sol ahueca la tarde. Mirando por la ventana hacia la plaza vacía, el sol decae como un plasma enfermo sobre los techos de las casas bajas del barrio y el teclado bajo mis dedos dispara ráfagas de contenido. No hay blanco ya en la página de Word. Releo este extracto de Bernardo Soares que dejé a un lado y no supe donde usar: “Escribo demorándome en las palabras, como ante vidrieras en las que nada veo. (…) Escribo acunándome, como una madre loca a un hijo muerto.”

(2012)

La ciencia a la caza del arte

¿Qué pasa cuando un matemático mira un paisaje pintado? ¿Por qué grita el famoso personaje de Munch? Algunas respuestas se pueden encontrar en “Un científico en el Museo de Arte Moderno”.

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   Alicia y su país de maravilla pudieron deberse a la migraña crónica que sufría Carroll, o a las alucinaciones producidas por el Amanita muscaria, que también es el hongo que utilizaban como viviendas Los Pitufos. El personaje de El grito, de Munch, pudo haber entrado en pánico por una erupción volcánica y La noche estrellada, de Van Gogh, se utilizó como ejemplo de la física del caos. La mirada científica sobre cualquier ícono o suceso ficcional (más allá de la mera divulgación de las ciencias) encontró un nuevo nicho en el mercado editorial y crece entre la devoción de los lectores y el enfado de los académicos. El profesor-investigador de la Universidad de Guadalajara Luis Javier Plata Rosas lleva publicados muchos libros de divulgación científica y es uno de los escritores más creativos de habla hispana, el más prolífico y festejado por todas las edades en el género. Llegó a combinar la Ciencia con Madonna y Hello Kitty. Cree que educar no es la única función, ni siquiera la principal, de la divulgación, y ha disparado teorías tan sorprendentes e interesantes como increíbles.En Un científico en el museo de arte moderno (Siglo XXI, Ciencia que ladra, 2012) propone un paseo por lo que de ciencia tienen algunas propuestas del arte plástico moderno y lo que de arte suele tener la ciencia, sobretodo la especulativa. Desde la bioingeniería al servicio de la técnica pictórica hasta teorías de múltiples dimensiones; Rosas repasa en breves capítulos (ilustrados en la colección de Siglo XXI en blanco y negro -un defecto casi imperdonable-) algunas explicaciones o excusas que los artistas impusieron para presentar o defender sus obras. No deja pasar otras miradas científicas sobre instancias específicas de la historia del arte y sus productos. Se trata de un libro perfecto para aquellos que jamás entendieron las instalaciones, por ejemplo, o para quienes no encontraban explicación a algunas monstruosidades pictóricas que otros veían geniales. Es un libro que puede leer cualquier persona sin el mínimo interés en la plástica ni en la ciencia, y disfrutarlo; esa es la virtud y la clave del éxito de estas nuevas tendencias comerciales en literatura de no ficción.“Cuando tocas el tema de ciencia y pintura —explica Plata Rosas desde Puerto Vallarta, donde vive— una buena parte de nosotros de inmediato piensa en Leonardo da Vinci o en geometría, y más allá de la intención con la que un artista pintó un cuadro, para cada uno de nosotros existe una interpretación abierta y subjetiva al examinar una obra, que está en función de nuestras experiencias, estado anímico, conocimientos y otros rasgos individuales. Mi propósito en este libro fue compartir con los lectores los muchas veces inesperados resultados de este encuentro entre científicos y artistas”.

Coincidencias 

 —Las “explicaciones” que suelen dar ciertos artistas intentan teñir de conceptos científicos a sus obras como una manera de legitimarse más allá del oficio como si fuese más importante o digno ser científico que artista. De a momentos parece que cualquier cosa podría pasar por ese tamiz, ya que la ciencia lo estudia todo. ¿Cuál fue el criterio a tener en cuenta para unir ciencia y arte en este libro?

 —Hace unos años publiqué en México un artículo sobre darwinismo literario, que es el análisis de obras de la literatura desde el punto de vista de la evolución por selección natural. Los darwinistas literarios no proponían que su lectura fuera la única válida, pero sí afirmaban que era entendible el comportamiento de los protagonistas de novelas como “Anna Karenina” en términos de hembras que buscan la supervivencia de sus genes al conseguir los mejor de dos machos: uno, el “buen chico/buen padre” para proveer de techo y comida a sus hijos, y el segundo, el “chico malo/buen semental” para proveer de buenos genes a esos mismos hijos (biológicamente, el padre auténtico). A un escritor de mi país le pareció aberrante, “cientificista” y, de alguna manera, denigratorio el ponerse los anteojos de la ciencia para leer a los clásicos. Algo similar ha ocurrido con la ciencia y la pintura moderna, pero a mí me parece que esto es, inclusive, bastante enriquecedor.

—Se plantea en un momento el trabajo de Jackson Pollock con fractales. ¿realmente cree que Pollock sabía lo que hacía? Porque parece impensado que conociera ese concepto casi innatamente. ¿No son, a veces, las explicaciones, víctimas de lecturas con el diario del día después?

 —Estoy seguro de que Pollock no lo sabía porque su obra es muy anterior al desarrollo de la matemática fractal por Mandelbrot. Pero eso es precisamente lo asombroso de artistas como él, Van Gogh, Monet y otros: consiguieron “atrapar” en alguna de sus obras algún aspecto de la naturaleza que coincide con el análisis que la ciencia hace de éste. El procedimiento que Pollock usaba para hacer sus cuadros, transformándose en una especie de péndulo humano y lanzando brochazos y goterones de pintura durante un intervalo de tiempo que abarcaba hasta varios meses hace que el resultado sea similar al de un proceso natural en el que determinismo y azar intervengan por igual. De ahí que al físico Richard Taylor se le ocurriera que las matemáticas que describen la geometría que presenta la línea de costa de los continentes, tal vez, pudiese describir la geometría de la obra de Pollock. Otro físico publicó un artículo en el que señalaba posibles errores del análisis matemático de Taylor y que buscaban rechazar la hipótesis de la matemática fractal detrás de Pollock, pero Taylor se encargó de refutar cada uno de ellos mediante otro artículo.

—¿Cómo se siente trabajando en divulgación científica y cuales son los escollos que el divulgador debe sortear para llegar a la gente común?

 —Me encanta escribir divulgación científica. Me gusta, en especial, cultivar lo que Carl Djerassi llama “ciencia en ficción” y George Gamow “fantasía científica”: narraciones en las que todo es ficción, exceptuando la ciencia, que es bastante real y que, por lo tanto, las diferencia de la ciencia ficción.

—¿Qué se pierde cuando se simplifica demasiado un tema científico para divulgarlo en una publicación de carácter popular?

 —Como científico, se pierde mucho. No es raro escuchar a más de un investigador quejarse por la trivialidad y, sobre todo, por la pérdida de complejidad o de profundidad al divulgar la ciencia. Mas hay que tomar en cuenta, nuevamente, que la ciencia es parte de nuestra cultura. Y leer sobre ciencia es, o puede ser, tan disfrutable y valioso como leer literatura de ficción, o incluso como asistir a un partido de Boca-River (por favor, disculpen si estoy exagerando y échenle la culpa a mi incultura deportiva transnacional) más allá de lo que busquemos aprender con ello. Así como podemos disfrutar de varias maneras un partido sin tener que ser un Messi: jugando en un equipo semiprofesional, con los amigos de la escuela, sentados en un estadio o, simplemente, en el sillón de nuestra casa, así también podemos disfrutar de la ciencia de varias maneras.

—Usted es, también, un autor de ficción. ¿Qué diferencias evidentes encuentra entre ellos a la hora de enfrentar cada género?

—Creo que la diferencia principal es que necesito ser extremadamente cuidadoso de que la ciencia que explico en divulgación sea correcta, precisamente para que no se convierta en ficción sin haber antes enterado al lector, quien por supuesto no espera que le den gato por liebre, o fantasía por ciencia.

 (Para La Voz del Interior, Argentina)