Descubren un intrigante cinturón de radiación en Saturno.

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Antes de lanzarse en picado contra las nubes de Saturno en septiembre de 2017, la nave espacial Cassini, de la NASA, halló varias sorpresas en la región que media entre el planeta y sus anillos.

Dichas sorpresas incluyen un cinturón de radiación compuesto por partículas de alta energía. Hasta ahora se sabía que el gigante gaseoso contaba con varios cinturones de ese tipo más allá de sus majestuosos anillos. El descubierto ahora, sin embargo, se encuentra en la zona interior a los anillos y permanece aislado del resto, lo que proporciona un banco de pruebas para explorar algunos aspectos fundamentales de la física espacial.

Cassini también observó que desde los anillos caen varios compuestos, como metano, hacia la atmósfera de Saturno, así como granos de polvo. Todo ello sugiere que los anillos y el planeta interaccionan entre sí más de lo que se pensaba. «Ha habido muchas sorpresas», apunta Elias Roussos, planetólogo del Instituto Max Planck para la Investigación del Sistema Solar en Gotinga y uno de los líderes del equipo que descubrió el cinturón de radiación.

Seis artículos publicados en Science y cinco en Geophysical Research Letters han presentado los hallazgos finales de Cassini, correspondientes a los últimos cinco meses de misión. En ese tiempo, y después de 13 años estudiando el gigante gaseoso, la nave se adentró repetidas veces en el espacio que media entre el planeta y los anillos antes de perderse para siempre.

Fue allí donde Cassini encontró el cinturón de radiación, el cual se extiende desde la atmósfera superior de Saturno hasta su anillo más interno. Dicha región está poblada por protones que se mueven a velocidades muy próximas a la de la luz. Su origen se atribuye a los rayos cósmicos, los cuales chocarían contra los anillos o contra la atmósfera del planeta y generarían una cascada de partículas secundarias que se desintegrarían hasta dar lugar a los protones que componen el cinturón.

Los protones del cinturón de radiación interno pierden energía si se dirigen hacia el planeta o hacia los anillos. Los que componen el cinturón externo, en cambio, no corren ese riesgo, por lo que presentan una densidad mayor.

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La vuelta a la Luna es oficial al igual que el primer hombre en Marte

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Es oficial: la NASA ha anunciado formalmente su plan para volver a la Luna y para enviar a la humanidad, por primera vez, a Marte.

Para dentro de 10 años, la Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio de Estados Unidos quiere liderar su gobierno en el espacio llevando al hombre, de nuevo, de vuelta a la Luna. Quiere que esto ocurra en 10 años; además, también quiere pisar Marte por primera vez dentro de 20 años. El objetivo, en realidad, no es volver a la Luna (que también), sino usarla como trampolín para pisar Marte, algo de lo que ya hemos hablado.

Además de estos proyectos, recordamos los planes de la NASA de retirar la Estación Espacial Internacional y sustituirla por la Deep Space Gateway, una nueva estación que orbitaría entre la Tierra y la Luna y que serviría tanto para enviar el Deep Space Transport (un vehículo interplanetario) tanto a la Luna como a Marte; sería como un punto intermedio y, por lo tanto, una de las partes más esenciales del plan.

Pero los planes de la NASA no son fijos. Como se dice 10 años para llegar a la Luna, se dice 8 o se dice 15, claro. La NASA deja abierto cualquier posibilidad de que suceda algo que atrase o que adelante el plan, lo cual es muy realista. Por ejemplo, una de las misiones de las que más dependen es de la Mars 2020, el nuevo rover (un pequeño helicóptero) que se enviará e Marte en 2020.

También en 2020 se enviará a la órbita baja terrestre 13 CubeSats (nanosatélites) para saber cómo preparar mejor las cargas útiles para el viaje espacial, tanto para llegar a la Luna, Marte o para más allá, en un futuro. Con lo aprendido mediante esos satélites, la agencia espacial piensa poner astronáutas en la órbita de la Luna en 2022, en apenas 4 años.

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Por qué leer “Einstein para perplejos”

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Escrito por los físicos José Edelstein y Andrés Gomberoff, el libro revela facetas de la vida y de la carrera del científico para dimensionar por qué fue una figura revolucionaria.

La Voz del Interior

El hombre de pelo canoso y revuelto que saca la lengua en la fotografía, a pesar de no ser un político, un rockero, un actor, ni una estrella de TV es uno de los dos o tres personajes más representativos del siglo 20.

A los veintipocos años, cuando se creía que había llegado al apogeo de su carrera, Albert Einstein aún no había escrito la Teoría de la relatividad general, obra cumbre de la ciencia de todos los tiempos.

Hace más de ocho siglos, uno de los más grandes pensadores judíos de la historia, Maimónides, escribió la Guía de los Perplejos, en la que aseguraba que a toda persona le interesa conocer los cielos y cómo tuvo lugar la creación, pero de manera rápida, ágil y sencilla.

En la Edad Media ya se sabía que el conocimiento escapaba al entendimiento de las muchedumbres. Por eso se hizo tan necesaria la divulgación científica popular, género al que pertenece el libro Einstein para perplejos (editorial Debate, 288 páginas), del argentino José Edelstein y del chileno Andrés Gomberoff, ambos físicos teóricos.

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Edelstein y Gomberoff suman en este volumen otras explicaciones no matemáticas a las teorías del científico, con el objetivo de acercarnos desde varias direcciones a una idea de lo revolucionario que fue Einstein, lo que dijo y predijo: las ondas gravitacionales, la misteriosa relatividad del tiempo, la enigmática dualidad onda-partícula, la equivalencia entre masa y energía, y un larguísimo etcétera.

Cuesta, por ejemplo, encontrar una metáfora explicativa sobre la curvatura del universo tan simple y concreta como la que se ensaya en Einstein para perplejos.

Einstein descubrió y describió a ese monstruo llamado mecánica cuántica, al que tenía pavor mirar y negó hasta su muerte, a pesar de que surgió de sus propias investigaciones, las cuales son expuestas con sencillez en el libro.

De hecho, la carrera y la vida de Einstein forman una intensa novela en la que no faltan los celos, la culpa, la política, los errores y los problemas de cama.

FIGURA POPULAR

Desde que Einstein desarrolló su famosa teoría, hasta hoy se produjeron millones de papers científicos, miles de libros sobre su vida y obra, documentales, películas, dibujos animados y hasta muñecos de acción.

También en ese tiempo conocimos los famosos relojes derretidos de Salvador Dalí y el Gran Colisionador de Hadrones de Ginebra: la obra de ingeniería humana más grande y revolucionaria desde el telescopio de Galileo.

Entonces: ¿para qué un nuevo libro sobre el asunto?

Quizá no sólo porque, como suele decir Mirtha Legrand, el público se renueva, sino porque, a pesar de ser un personaje que ha atravesado el siglo y cambiado a la humanidad para siempre, el 99 por ciento de la población mundial todavía no entiende a Albert Einstein.

Seguimos perplejos, tratando de explicarlo.

¿Qué haces si un robot te pide que no lo apagues?

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Ya les había hablado de las virtudes de Neo, este robot de juguete que es capaz de reconocerse a sí mismo en algunas pruebas, como la que comenté hace un tiempo.  Ahora fue usado para un experimento sobre humanos y su empatía. 

   Así lo reseña la gente de Omicromo

Imagina que te hacen interactuar con un robot humanoide y cuando ya le has cogido ‘cariño’ te hacen apagarlo, y el robot te suplica que no lo hagas ¿Podrías?Este es el concepto en el que se han pasado para realizar un estudio. En resumidas cuentas, gran parte de las personas estudiadas se negaron en rotundo a apagarlo, y otro gran porcentaje le costó de forma desmesurada tomar una decisión.

Los robos no tienen sentimientos y por lo tanto tampoco los muestran, pero por algún motivo, y como veremos, es más difícil tomar la decisión de apagar un robot cuando te está suplicando que no lo hagas. Vamos con los números.

El estudió comenzó haciendo que 89 voluntarios interactuaran con un robot humanoide Nao. Concretamente, le ayudaron a realizar unas tareas con el robot, haciendo creer a los voluntarios que mejorarían los algoritmos de aprendizaje del robot. Estas tareas consistían en responder una serie de respuesta, como por ejemplo “¿prefieres pasta o pizza?”, además de ayudarle a hacer un programa semanal.

Pero en realidad esto era solo para hacer creer a los voluntarios que estaban ayudando a mejorar a los robots. Todo comienza, en realidad, ahora, cuando piden a los voluntarios que apaguen al robot. En este momento, Nao, que está programado para ello, suplica al voluntario que no lo haga, pero solo en la mitad de los casos.

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12 nuevas lunas para Júpiter

Lo astrónomos han anunciado el descubrimiento de 12 nuevas lunas de Júpiter, que se unen a las otras 53 ya reconocidas oficialmente, y que entre las que ya son «oficiales» y las que probablemente lo sean pronto ya totalizan unas 79. Así que Júpiter es el planeta con más lunas del Sistema Solar con diferencia.

Personalmente perdí la cuenta en la época en la que sólo se consideraban las 9 o 10 más conocidas durante el siglo XX; por el telescopio sólo conseguí llegar a ver los satélites galileanos (y quizá una quinta, ya no me acuerdo) una tranquila noche de verano, hace décadas. Verlas todas hoy en día sería poco menos que imposible.

De las 12 nuevas lunas a una la han calificado de «rarita» (oddball). Es muy pequeña y tiene menos de un kilómetro de diámetro, pero además tiene una órbita retrógrada bastante rara: da vueltas a Júpiter una vez cada 1,5 años, pero al revés que las otras y además cruza las órbitas de las otras lunas (prógradas) lo cual en cierto modo implicaría cierto «riesgo de colisión» – aunque tampoco sea como para dramatizar la situación.

Los nombres propios de las primeras 51 lunas son: Metis, Adrastea, Amaltea, Tebe, Ío, Europa, Ganímedes, Calisto, Temisto, Leda, Himalia, Lisitea, Elara, Dia, Carpo, Euporia, Ortosia, Euante, Harpálice, Praxídice, Tione, Yocasta, Mnemea, Hermipé, Telxínoe, Heliké, Ananqué, Eurídome, Arce, Herse, Pasítea, Caldona, Isonoé, Erínome, Calé, Aitné, Táigete, Carmé, Espondé, Megaclite, Cálice, Pasífae, Eukélade, Sinope, Hegémone, Cilene, Aedea, Kore, Kallichore, Autónoe, Calírroe. El resto tienen nombres aburridos como S/2003 J 12 y similares.

No hay dos cerebros iguales

Demuestran la existencia de una «huella cerebral» que permitiría identificar de forma inequívoca a un individuo, pues la anatomía del encéfalo sería característica de cada persona.

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Las huellas dactilares, la retina, el iris, la geometría de la palma de la mano o la voz permiten el reconocimiento inequívoco de las personas. Pero, ¿sería posible identificar a un individuo en base a las características anatómicas de su cerebro?

Según Lutz Jänke y su equipo, de la Universidad de Zúrich, factores genéticos y experiencias vitales moldearían la forma y estructura del encéfalo. Por consiguiente, no habría dos iguales. La revista Scientific Reports publica las conclusiones del estudio.

Durante 2 años, los científicos obtuvieron imágenes del cerebro de 100 hombres y 91 mujeres mediante 3 resonancias magnéticas realizadas al inicio, a mediados y a finales de la investigación. El posterior análisis reveló que medidas simples como el grosor, la superficie o el volumen de la corteza cerebral bastan para discriminar un sujeto de otro. Sorprendentemente, el volumen y la superficie total del cerebro, parámetros aún más generales, también resultaron específicos de cada individuo.

Estos datos sugieren que el cerebro humano posee una arquitectura altamente «personalizada», determinada por la acción de genes concretos, factores ambientales y vivencias. Asimismo, el hallazgo evidencia la existencia de una suerte de «huella cerebral» que podría complementar el uso de otras medidas biométricas, a fin de verificar la identidad de un sujeto concreto.

Para los Jänke y sus colaboradores el trabajo desmiente aquellas teorías que defendían la uniformidad anatómica del encéfalo humano, definiéndolo como un órgano carente de características propias del individuo. Sin embargo, los investigadores también destacan ciertas limitaciones del estudio, como la edad de los participantes, superior a 65 años. Futuros experimentos evaluarán si el análisis de la corteza cerebral permite identificar, también de forma inequívoca, a individuos más jóvenes. Además, se considerará la obtención de neuroimágenes a lo largo de varios años, con el objeto de detectar posibles variaciones de las medidas con el tiempo que pudieran interferir en el proceso de reconocimiento.

Marta Pulido Salgado

Referencia: «Identification of individual subjects on the basis of their brain anatomical features», de S. Abolfazl Valizadeh et al. en Scientific Reports, 8:5611, publicado el 4 de abril de 2018.

Una máquina de movimiento perpetuo que lleva años funcionando…

 

Nuestro admirado profesor loco el Dr. Bagely explica en este episodio de Periodic Videos algunas cosas sobre una máquina de «aparente» movimiento perpetuo que construyó David Jones «Daedalus» hacia 1980 y que le regaló hace unos años. Es básicamente una rueda de bicicleta metida en una caja de cristal llena de gadgets la mayor parte de los cuales probablemente serán para despistar. Pero lleva funcionando dando vueltas sin mantenimiento alguno más de dos años.

Bagely se pasó largo tiempo intentando averiguar cómo funcionaba realmente la máquina –esa era la gracia– pero a pesar de estar acostumbrado a este tipo de mecanismos y a las sutilezas de la física no consiguió averiguarlo.Jones, que murió el año pasado, se había pasado la vida inventando mecanismos graciosos que hicieran cosas raras de este estilo. Por suerte Bagely consiguió que antes de morir escribiera el secreto de la máquina en una carta, que tan sólo él y un ayudante de confianza han leído.

El profesor dice que «la solución es tan simple como decepcionante», haciendo ver lo fácil que resulta a veces engañar a los científicos – a veces más que a gente que se dedica a este tipo de cosas, incluyendo magos, relojeros y jugueteros. Pero el hecho de contar la historia y mostrar la máquina llena de imanes, tubos y extrañas cajas que no se sabe qué contienen tiene un único objetivo:

Estimular la imaginación de la gente para que intente explicar todos los posibles «mecanismos» sobre el funcionamiento de esta máquina de «movimiento perpetuo».

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