Laura Pratto escribe sobre Chozas

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Me acuerdo de la vez que esa gorda lloraba con los codos clavados en el escritorio de la dirección. Decía que un tipo le había reventado la cabeza a su hijo, y que la escuela tenía que hacer algo.

   -¿Pero usted no los cuida? –le decía mi mamá-¿Cómo los deja andar todo el día en la calle?

   La vieja le dijo que no podía porque tenía nueve hijos.

   -¿Qué quiere que haga? –decía.

   -Ciérrele la puerta, señora.

    La vieja se secó las lágrimas y le vi bien la cara como chamuscada.

   -No tenemos puerta –dijo. 

  Nacho, el protagonista de Chozas, se junta con los del otro barrio, ese en el que la gente no tiene puertas. Los que tienen puertas y los que no tienen puertas se cruzan en la escuela, comparten algo más que los espacios; crecen juntos. Es lo que sucedía, si aún no sucede, en lugares pequeños como la localidad del interior de Córdoba donde transcurre Chozas; hay coyunturas que provisoriamente parecen igualar el estatus, o al menos hacer que no pese: la escuela pública, un baile, un partido de fútbol. Las chozas y las cuevas no son tan distintas, después de todo. Pero entre ellas hay una frontera que alguna pincelada vuelve a destacar. 

   Jugábamos al fulbo en el patio. Al lado de la canchita los pobres iban con un tarrito cachuzo a buscar el pedazo de bizcocho y la leche que le daba la caja PAN. Ahí te dabas cuenta quién eran los pobres. 

   En la frontera se truchan cosas, hay imitaciones, nunca igualdad. La comunión es falsa, competitiva, hace agua apenas el narrador o el lector se permiten observar. Chozas tiene la riqueza del microclima en una zona fronteriza: el riesgo, la posibilidad festiva, la licencia para pasar un cadáver o un delito de un lado a otro, el doble estándar, la promiscuidad. En un pasaje de la novela, ambientada en los años de la hiperinflación, se cae al suelo un paquete con azúcar, de esos atesorados porque tan sólo se podía obtener una unidad, y comprar en el acto era una inversión. El paquete se abre y los desesperados se lanzan a juntar con los dedos esa mezcla de azúcar con la arenilla de la tierra. Esa mezcla de pobreza y picardía, dice en otro pasaje Giordano.

   Así de entreveradas, de turbias, están las cosas. Así de ávido está uno en la llanura, en la pubertad.En otro se cuenta una experiencia sexual grupal que toma carácter celebratorio, una suerte de rito de pasaje nacido de la angustia individual, de la perturbación por esas cercanías al borde, en el límite, en la frontera. … porque la tarde que empezó todo fue triste, escribe el autor.

chozas-tapa   Está esa búsqueda de la experiencia, esa ansiedad de relieve en un paisaje tan horizontal, tan llano que hay que trabajar para urdir secretos, novedades topográficas: un pozo para hacer una laguna, un camión que pasa disfrazado de barco, un laboratorio astronómico en el tanque de agua. Una cueva como una cavidad añorada, una choza como una ermita. Los perros que culeando solos hacen huecos en el aire.

    Hay algo en la vida que no conozco, algo escondido… Puede sonar a lamento ante un hecho desconcertante esta frase del protagonista, pero dicha desde la infinitud de la pampa parece más una profesión de fe, un deseo, una necesidad de que algo más que lo totalmente visible haya: ¿Y la vez que alguien me tocó el hombro, y me di vuelta solo en el campito?

   Un pueblo en la pampa cordobesa tiene esas puertas fantasmas, de aire, es decir: no tiene puertas. Es también una casa en el margen. El horizonte escracha las entradas y las salidas. Si no hay puerta no hay escape formal. Si no hay puerta no hay guiño ni reconocimiento estar adentro. Ahí se está siempre, viviendo en carpa, bajo una lona que asfixia.

   Los dos queríamos quedarnos ahí en los techos para siempre, aunque no nos rescataran, pero volví a la choza culiada. ¡A qué mierda volví! 

   No hay puerta, no hay límite tangible que cruzar haciendo alarde, no hay recursos para franquear una planicie, una edad, un peligro. De ciertos ecosistemas, como de la adolescencia, nunca se sale por completo. Esa agorafobia podría ser la pesadilla latente mientras la novela avanza y el protagonista, en simultáneo con el escritor, crece. Ya están los bisnietos de los gatos que ayudé a nacer, escribe Giordano, y acota su novela en el tiempo a un ciclo animal, tan animal como esa transición de los 10 a los 20 años, que es la que vive Nacho. Un espacio brutalmente abierto, nuevamente: sin puertas. Esa intemperie que ni siquiera el lenguaje, a lo largo de la novela, puede eludir: En un momento le vi la pelada a mi viejo cerca de la oreja con sangre y me dio mucha lástima y lo vi como si fuera un viejito, o sobre el final: … mi prima, con la cara ajada por haber sido la más linda…

    Esta última frase advierte que la belleza condena a una gimnasia y a una rutina. El del autor de Chozas es el extenuante ejercicio de la belleza que se sabe en el lenguaje. El modo de decir las cosas se recicla también para la supervivencia, y, mimetizado con los personajes de la historia, se permite entrar en trance con los espíritus más disponibles. El habla es otra de las formas que se afectan t por la acción del tiempo, el lenguaje en esta novela reconoce y admite la inclemencia. Parece querer estar allí para recordarnos que somos bastante permeables. Chozas.

*leído el 2 de junio de 2012 en Casa 13, ciudad de Córdoba, en ocasión de la presentación de Chozas, novela de Pablo Giordano, publicada por Ediciones Ciprés; publicado posteriormente en la revista No Retornable.

“Ya no quiero cambiar el mundo con mi escritura, sólo divertir”

Anoche el escritor varillense Pablo Giordano presentó en la ciudad su novela Chozas. Antes, dialogó con El Periódico.

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ALGO PASA. Entrevista con Pablo Giordano

Una experiencia “maravillosa y agobiante, desesperante, deprimente”. Así definió el escritor Pablo Giordano el proceso de creación de su novela Chozas, obra que presentó anoche en nuestra ciudad.

¿De qué trata Chozas?

Parece una novela coral, pero lo mejor sería decir que se trata de un duetto. Está narrada en paralelo y primera persona por dos varones. Ellos van contando su vida desde niños hasta cerca de los treinta años en barrios de clase media baja del interior de Córdoba.

¿Cómo convencerías a los lectores para que la lean?

Ni lo intentaría. Más bien recomendaría otros libros. Lo único que podría decirles, es que si la leen estarán asomándose a cierto modo de producir literatura argentina contemporánea, y que quizá se diviertan un poco.

¿La utilización de términos como “culiau”, “junar” y otros a lo largo del texto a qué se deben?

Se deben al registro hiperrealista que me planteé desde el comienzo de la escritura. Porque también quise ser documental aunque lo que me interese como fin último sea lo literario. Este registro no solo se puede apreciar en el lenguaje, sino en casi todo.

¿Cómo se las rebusca un escritor del interior para no perder el ánimo y seguir escribiendo?

Publicando, haciendo amigos, compartiendo con otros escritores y no pensando en una carrera literaria. Ya no quiero cambiar el mundo con mi escritura, ni lograr que todos me amen. Sólo divertir a ciertas personas, o levantar alguna mina aquí y allá. Al fin y al cabo, cuando muertos poco debería importarnos la trascendencia.

(San Francisco 2012)

There was a girl

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   Durante los últimos años de secundaria estuve saliendo con una chica de veintitrés años, Carolina, gordita y pequeña, vivía en el segundo piso del edificio del centro y pasábamos las noches en la única azotea del pueblo. Me gustaba su mal aliento, sus hombros recios de contrabajo, su bajo vientre tatuado. Dentro de la casa rugían sus hijos frente al televisor el día perpetuo de los pollos. La ventanita de la cocina, mi ropa en la silla del rincón de su pieza, eran los ángulos que prefería mirar cuando no dormía y recordaba a mi madre cruzándome la calle un invierno en Pasadena, o el aliento pútrido de mi padre apenas despierto en esa cama del Hotel de Maine que terminó incendiado cuando nos fuimos a las carreras, las bombachas de mis hermanas, los calzones del tío Ted, flameando en la soga del patio que teníamos en la casa de Jersey cuando pasábamos esas temporadas allá.

   Después llegó el verano en que nos separamos y no volví a verla. Recuerdo mi par de ojotas flotando en la pelopincho, irme descalzo hasta la casa de mis padres, sentarme en el sillón del living y anunciar que alquilaría algo para mí.

  Hasta ahí llegó la adolescencia, los fasos ya no pegaban como antes, en lugar de dolientes o bonitos los atardeceres empezaron a ser patéticos, el amor obsesión y el médico se convirtió en el dealer más confiable. Terminó el tiempo de los poetas, los perros románticos, quedó el recuerdo del gusto maduro de la primera lengua de mujer contra el tapial del patio de luz, los amaneceres en las calles, las niñas de pelo mojado y culos inmaculados, apretando las carpetas con las tetas mientras entraban al colegio, trepando a motos y autos de pibes que se arrugaban al sonreír y que pasaban las siestas doblados sobre tornos y a las siete de la tarde destapan las primeras cervezas.

   Tuve muchos amoríos por ahí, pero no conocí a ninguna chica que me haya deslumbrado tanto como Gisela, mi amiga de toda la vida. Ella va mucho más allá. Educa mi sentido de la belleza hasta extremos insoportables, como ahora que duerme en mi cama. No es una conquista, sino la imagen de cómo se vería. Nunca descubrí a qué huele ni como besa. Apenas si conozco su vida y ella la mía. Apenas si jugamos con la idea de acostarnos, de probarnos. Siempre con tintes bromistas, pudorosos.

  Quisiera acariciarla hasta que despierte. Exigir caricias suyas mientras la luna chorrea por ventana. Lamerla, babearla entera como una boa que cena a la mascota criada con amor durante años, sentir sus curvas moldear mi cuerpo. No voy a recordar la cantidad de noches que pasamos hablando y no se filtraba una sola señal, un puto guiño. Ahora duerme en mi cama y eso es todo. Doy vueltas hace horas. No dejo de recordar el ángel de García Márquez caído en un patio. Abusé también de la imagen trillada: la guitarra y su cuerpo armónico, las curvas buenas del instrumento.

  La realidad organiza la estética recurriendo a humildades. Y la metáfora me llama. No puedo resistirme, acaricio las cuerdas y toco los acordes de Nature boy, pero susurro: “There was a girl / a very strange enchanted girl”.

   En un tiempo Gisela recorrió pueblos del norte cuyos nombres no recuerdo. El padre vendía artículos de baño, nunca entendí la relación con los viajes. Ella era una niña de vincha verde y zapatillas de varón.

   A los once años empezó a chocarse cosas. En séptimo grado Diego Gaitán la miró y ella se llevó por delante el cesto de basura del aula. Se le caían las monedas en el kiosco, los varones de secundaria se apoyaban en su cuerpo con excusas de montonera y empujones. Una tarde dobló mi brazo hasta arrodillarme y hacerme jurar que nunca más la llamaría “jirafona”. Pronto dejó de dominar el rostro. Llegué a ver muecas realmente horribles. Desarrolló un tic molesto que le duró un verano. No podía soportar que la miraran. En la secundaria se vestía mal y el maquillaje la desdibujaba. Nos acostumbramos a aquello hasta que la exuberancia de su desarrollo desbordó los trapos con pavura. Y su boca, ¡Dios! ¡A los catorce años!

   Un día me mostró la foto del novio. Un hombre barbudo, posando en una moto chopera, la agarraba de la cintura. Parecía de revista. A la tarde la pasó a buscar y quedamos con la boca abierta. La imaginé sentada en la horquilla del manillar inclinándose, dispuesta a ser besada. El largo de las piernas y la anchura de sus caderas salvaban a la imagen de la infamia.

    Ahora todo aquello es materia masticable sobre la cama. Quiero acostarme arriba de ella y no moverme hasta estar erecto. Penetrarla por atrás, irme despacio, llenándole el sueño.

   La otra semana estuvimos en casa del novio nuevo. Un desagotador de pozos negros del barrio Miguel Ugart. Vive en una piezucha húmeda. En las paredes descascarada que rodean la cama pega páginas arrancadas de revistas de automovilismo. Carreras, accidentes famosos, triunfos históricos. Las pega con cinta stiko y si apoyas tu mano notás que están mojadas. Los sábados pasean en el camión y a veces la policía les pide que se alejen del centro. El novio se alimenta de latas de atún y arvejas y vive para hidratar su piel extrañamente percudida. Pienso en cómo hacen esos tipos para seducir a alguien como ella.

   Ahí está por fin su tanga sobre mi cama. La carne mastica el trapito, lo traga hacia el oscuro aroma. Es mi cama y no puedo cogerla. Alguna ley implícita de amistad lo impide, pero alguna legal debería permitirlo. Su tanga, ¡Dios mío! Acerco mi mano, se la corro lentamente: los labios redondos, rosados, de nena, aterrorizan, puede despertarse ante el menor roce. Es a todo lo que me atrevo, todo lo que ocurrirá. Me acuesto y espero la duermevela. Otra vez sueño aviones precipitándose en los baldíos del barrio, invasiones extraterrestres, luces inteligentes en el cielo onírico, exterminio humano, soledad.

     A la mañana siguiente encuentro sus ojos abiertos en la pantalla apagada del televisor. La miro sin decir palabra. Desactivo la alarma pasando el brazo por encima de ella hasta la mesita de luz.

    —¿Sabés lo que soñé? —dice— Soñé que estaba en el espejo, en calzones, revolviendo el placar, tirando ropa como una loca, desesperada por encontrar algo que ponerme para mi velorio. Cuando llegué estaba lleno de gente conocida, algunos muertos, amigos, familiares y algunos famosos que repartían regalos y una torta en forma de ataúd, cantando el Feliz Cumpleaños. Después vino el Guille, o el Pancho, me parece que fue un rato uno y después el otro en el mismo cuerpo. Me decían: “boluda, relajate, la vamos a pasar bien; está el Juan, allá, la Mica y el Coloso. Yo resucité en Las Petacas, por ahí también vos tenés ese ojete”. Entonces me metí en el cajón, y me quedé un rato parada mirando a la gente hasta que me acosté y sin despedirme cerré los ojos y no me podía relajar. Mi mamá se acercó y me retó en voz baja: “Relajate, nena, -me dijo- que si no, no te vas a morir”. Y después me fui relajando, y muriendo hasta que me desperté.

   Tengo los ojos cerrados y abrazo su cintura. No sé lo que eso significa para ella. No digo nada, me quedo así esperando. Nada pasa. Varios minutos después el bocinazo del camión rechina los vidrios. Ella se libera de mi brazo y se levanta. Se viste rápido, como puede. Corre a la puerta y me mira para que le abra. Me levanto fastidiado, voy hasta la puerta y le abro. Corre hacia el camión. El novio me saluda detrás del parabrisas que refleja el sol. La veo subir. Veo las piernas aladas de mi amiga ubicarse, su culo sentarse redondo y firme en la cuerina. There was a girl….

(Revista Diccionario, Córdoba, 2009)

Bolsas plásticas en los baldíos de Las Varillas

Pablo Giordano vive en Las Varillas, Córdoba. En 2011, El Mensú publicó su libro de cuentos, Los Muertos; este año Editorial Ciprés publicó Chozas, su primera novela.

 por ADELA SALZMANN

¿Cómo pensás la relación de tus personajes con la organización en etapas de su vida? ¿Cómo arman su historia?

Creo que son personajes que no pueden armar su vida, sino que son arrastrados por ella. Están a la deriva de un paradigma en el cual es muy difícil asomar la nariz hacia algún atisbo de salida. Hay varias metáforas sobre eso a lo largo del texto [Chozas], a esos chicos los lleva el viento como a las bolsas plásticas de los baldíos. Es por eso que, en un momento, ven en la literatura una forma de escape como otros la verán en el boxeo o la delincuencia. Ingenuamente creen que uno puede trabajar de escritor y salir de esa vida donde otros ya tomaron las decisiones por ellos. La novela trata de este tipo de cosas: el paradigma en el que se nace, las elecciones que otros tomaron hace mucho sobre el destino de nuestras vidas, y el paso del tiempo. La conciencia, ese suspiro del hámster en la rueda, es la que indirectamente narra.

¿Qué pensás de la educación?

Yo dejé de estudiar en segundo año del secundario, no tanto por cuestiones educativas sino de salud; pero creo que la educación no está pasando un buen momento. Si bien el modelo y los planes de estudio se van actualizando, no contemplan cuestiones de base, como el incentivo hacia la curiosidad y las preguntas basales de la humanidad, como de dónde venimos, por qué estamos aquí, y qué es la realidad. Estoy hablando de la educación en general, obviamente, quizá no deban tocarse estos temas en primer grado, pero si uno puede llevar a sus alumnos a contemplar el cielo y hacerles tomar conciencia del universo, o a los más avanzados a entender que para que su padre tenga un empleo y pueda darle de comer tuvo que luchar y morir mucha gente para que este fuera un país libre; y no hacerles hacer láminas estúpidas de gente con paraguas frente al cabildo. Sigo generalizando para que se entienda el concepto sobre los planes de estudio. Hace años la hija de una ex novia me pidió ayuda para un trabajo que le habían dado en el colegio. Iba a tercer grado, el tema era Malvinas porque se acercaba el 2 de abril. Inmediatamente noté que no se podía comenzar a realizar la tarea sin explicarle a la niña, antes, lo que era una guerra (¿Se imaginan la cantidad de cosas que hay que explicar antes de eso para que una niña de esa edad llegue a entender el concepto bélico?); así que imagínense lo que sería explicarles Malvinas cuando, por lo visto en el cuaderno, la docente creía que habíamos sido invadidos por los malvados ingleses en 1982 y nuestros soldados patriotas habían ido a recuperar esas islas tan argentinas donde por lo visto no vivía nadie, y si alguien había allí serían argentinos, ya que por lógica –sobre todo una lógica de siete años– si las islas son argentinas quienes viven allí deberán serlo.

Las escuelas no están preparadas para formar en los valores esenciales del conocimiento que permiten una educación independiente de la institución (que debería ser un complemento), una autoeducación que sólo te brinda la curiosidad por el universo, la conciencia, la historia de nuestra humanidad y sobre todo, el pensamiento escéptico, el amor a la ciencia, es decir a la verdad. Me cuesta, muchas veces, y me sorprende con enormidad, encontrar profesionales de disciplinas consideradas científicas que desconocen absolutamente el método, el pensamiento escéptico y, no sólo eso, pueden llegar a creer en la astrología, por ejemplo. Eso no puede ser otra cosa que una falla en la educación, que sigue atada a la sociedad sin cuestionarla. Me parece que dimos un paso, por ejemplo, al despejar a la religión de las escuelas públicas. Ahora, lo que no se hace es enseñar que las religiones son una falacia y la tragedia más grande de la que la humanidad se tiene que desprender para siempre.

¿Puede ser la ciencia de alguna forma una religión?

No, de ninguna manera. La religión, entendida en el sentido clásico, intenta re-ligar un supuesto vínculo perdido hace siglos con un supuesto dios; y en el sentido moderno de religión, se puede decir que es toda aquella práctica llamada espiritual basada en falacias o pseudociencias. La ciencia, en cambio, es un método para arribar a la verdad. La religión es dogmática y no aportó jamás evidencia a sus postulados, ha sido refutada millones de veces, explicada, documentada como falsa, rastreada en la historia de la humanidad hasta sus inicios antropológicos de control de tribu, etc. La ciencia se ha ido desarrollando con un concepto de apertura total, cuyo valor principal es el escepticismo, el cuestionamiento, y ser antidogmática por naturaleza, y obligarse a presentar evidencias antes de declarar que algo es una verdad con la cual se deba proceder, al contrario de la religión y las creencias, que accionan sobre mentiras y producen mucho daño.

El pensamiento de que la ciencia es como una religión moderna es ingenuo y contemporáneo. Nace de las nuevas religiones New Age, que al no tener argumentaciones válidas para sus creencias, al ser refutadas constantemente por la ciencia, construyeron ese rincón en el que se creen seguras, argumentadas y sabias –como si acabasen de desentrañar un enorme paradigma que nos domina– aunque lamentablemente esto también es falso. No existe ni ha existido en la humanidad un método mejor para arribar a la verdad que el científico, y aún así ignoramos el 70% de la constitución del universo, por ejemplo; cosa que cualquier religión te puede responder en un parpadeo: Dios. Las religiones tienen respuesta para todo porque racionalizan en vez de razonar. Por ejemplo: un niño está a punto de morir, su madre reza para que el niño se cure, le pide a Dios que lo salve: si el niño se salva, la religión responderá que está ante un milagro, uno de los tantos de los que es capaz Dios; si el niño muere, Dios lo ha llamado a la vida eterna. Ergo, el sistema religioso es una burla, una farsa, una mentira que debe ser desterrada. Ha creado un sistema intocable y logrado protección estatal y legislativa bajo la estupidez del respeto a las religiones y credos, y desde allí mantiene a instituciones económicas, mafioso-pervertidas, que dominan a masas y las encaminan a guerras, hambrunas, muertes por abandono (Madre Teresa de Calcuta, homeopatía) y finalmente a retrasos sustanciales en el avance de la ciencia desde hace siglos. El mal que le han hecho las religiones a la humanidad es incalculable y casi total, el de la ciencia es más calculable y perdonable; en la mayoría de los casos, comparados con la religión, no representarían ni el uno por ciento, además de que ha llegado a sus metas con evidencias.

¿Qué cosas hacés para despertarte?

Hace mucho que, de niño, como cuento en la novela, tenía ciertos comportamientos que me hacían despertar. Hoy me despierto solo, fresco, casi sin recordar haber soñado o hasta dormido. Es extraño pero bello, y se lo atribuyo, sin prueba alguna, a las drogas que consumo.//RT3

Revista Tónica – 2012

A resguardo del mundo

Poca gente sobrevivió a los ’90 sin marcas y de eso habla Chozas, la novela de Pablo Giordano que será presentada hoy a las 19.30 en Casa 13. Conocido por su blog Cosas de Mimbre y por algunos cuentos que formaron parte de la entrecomillada como “nueva narrativa cordobesa”, Pablo presenta hoy la historia de un niño de clase media baja con sueños de escritor que debe aprender a vivir en un escenario devastado, la llanura cordobesa pre-sojera.

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LA VOZ DEL INTERIOR, por Emanuel Rodríguez.

Hace tiempo que tu nombre se repite en el campo literario cordobés, pero pocos te conocen personalmente. ¿A qué se debe eso?

En mayor y menor escala, mi vida se ve atravesada por un T.A.G. desde la infancia. Recién en el último año aprendí a manejarlo y di con la medicación correcta. Mientras, no solía viajar mucho, para no decir casi nada. Con ésto creo haber respondido a lo que la extraña pregunta refería. Trasladémosla a, por ejemplo, José Martí, quien jamás visitó Argentina pero sí le interesaba lo que acá ocurría y se sabía bastante de él. Sonaría raro preguntarle algo así, ¿no?

¿Qué tiene tu literatura de “varillense”?

Primero habría que ver si existe una literatura varillense, la cual sería bastante pobre, de existir. Creo que la pregunta apunta hacia otro lado. Hasta el momento, lo que publiqué (no sé si está bien que lo llames “tu literatura”) se enmarca en el costumbrismo, muchas veces cae en el anecdotario de registro minucioso. Lo que tienen mis libros de varillenses son sus personajes, cierto uso del lenguaje, ciertos comportamientos piamonteses de los arquetipos zonales, pueblerinos, y alguna que otra historia real ficcionalizada. Es decir, casi todo. Aún así apunta hacia otro lugar, no me interesa la literatura documental al cien por cien; Si no está la condición humana reflejada en la obra, para mí, carece de todo interés.

¿Qué tiene Las Varillas de tu literatura?

Habría que preguntarle a la ciudad, pero no creo que le interese mucho, o que sepa de qué le están hablando.

¿Cuál es el desafío más difícil de escribir una novela?

No dañar demasiado la columna vertebral. Una novela es un proyecto de largo aliento. Ésta me costó casi veinte años; es una novela de iniciación y fue gestada a lo largo de profundos aprendizajes, editings, reformas, textos variados que la fueron conformando y de decisiones interminables. Después, además, viene el trabajo de encontrarle una editorial, una que esté dispuesta a afrontar la inversión económica por tu trabajo (las cuales casi no existen) y después sí, sentarse nuevamente para corregir las galeras finales que irán a imprenta. Yo no pago para publicar y ese, también, es un desafío grande. Los otros son desafíos literarios, se hacen con gusto, la mayor parte del tiempo disfruto de mi trabajo como escritor.

¿En qué difiere el resultado de Chozas de tu proyecto inicial, de cómo te imaginabas que podía quedar esta novela?

El proyecto inicial estaba impulsado por el odio y la declaración. El odio hacia la familia, el pueblo, las injusticias del destino. La declaración de tabúes infantiles, pensamientos políticamente incorrectos, enfermedades, miedos, la vida que llevaba mientras la redactaba. Escribirla y terminarla (ayudado por la inevitabilidad de crecer y cumplir años, atravesar etapas, etc. durante la gesta) me sirvió para entender muchísimo mejor el paradigma en el que me había educado. Lo dije en su momento para la antología sobre nuestra generación: nacidos en plena dictadura; cursando el jardín de infantes mientras los pibes que recién salían del secundario morían en Malvinas; con mediana curiosidad por lo que pasaba en el país mirando los saqueos por TV en plena hiperinflación en un barrio de clase media, media baja; adolescer en pleno vaciamiento menemista; tener esperanzas aunque el helicóptero de De la Rúa se elevara dejando un goteo de presidentes que se atoraban en la garganta; no vaticinabamos un futuro muy prometedor, sino una especie de conformismo social. Ese fue el paradigma, y eso es lo que la novela intenta documentar transversalmente en la vida de dos personajes interpelando en paralelo al lector.

La novela me sirvió, también, para derrotar viejas creencias idealistas de adolescencia, y enfrentar la triste realidad de la adultez, donde uno es capaz de escribir y vender una novela como si eso en la infancia no hubiese sido un sueño que jamás se concretaría.

¿Qué relación hay entre tus sueños y tu escritura?

Ojalá pudiéramos concretar en los textos aquello que solemos soñar. Yo comparto la idea de que los milagros suceden: pero lo hacen a destiempo, o de formas extrañas, no exactamente como los soñamos, deformes, incapaz de conformarnos del todo. Estoy presentando una novela de adolescencia, una novela de los noventa, una que tendría que haberse publicado en esa década, quizá.

¿Qué relación hay entre tu propia biografía y tu literatura?

Creo haberlo respondido en la segunda o tercera pregunta. Lo que publiqué hasta ahora, guarda mucho de autobiográfico, pero eso no es lo que me interesa. Me intriga esa extraña cosas a la que llaman “literatura”, la odio muchas veces, y la amo otras, pero jamás comprendo. Es posible que lo mío no sea otra cosa que contar historias, o en el mejor de los casos, mentir con elegancia.

¿Cuál es la principal diferencia entre el Pablo Giordano escritor y el Pablo Giordano que va a comprar pan al almacén?

Al que va al almacén lo conocen los vecinos.

¿Cómo imaginás el lector ideal de Chozas?

Sería un lector que no se dejara espantar por el vocabulario de esos niños al inicio de los capítulos y que siguiera adelante, que lentamente entendiera que debajo de esas historias borders, esa escatología o tragedia y provocación sin descanso, existen preguntas que hacen, como dije, a la condición humana. Ese sería un lector cercano al ideal. Pero me interesa también que se disfrute la novela de muchas maneras: mi psicóloga me contó que su empleada doméstica hacía parates en el trabajo porque no podía dejar el libro, le encantaba; y eso me alertó de que Chozas también puede leerse como un novelón de media tarde.

¿Cuál es el mejor lugar para leer Chozas?

Esta pregunta no me gusta.

¿Qué gritarías frente al Senado de la Nación?

Nada. ¿Porqué viajaría a Buenos Aires a gritar algo al Senado?

¿A qué otra actividad se parece escribir?

A pensar. Y no creo tanto que se parezca, sino que es la misma cosa, como leer. Hace poco escribí una frase en Tumblr: “No se lee solo para ser culto ni tampoco para conseguir placer, sino también y fundamentalmente para adquirir el lenguaje necesario que permite pensar, tener ideas y expresarlas, captar las ideas de los otros, debatir, y comprender mejor el mundo que nos rodea. Nada se puede esperar de profesores, maestros o padres que no leen.”

Nuestra sociedad olvidó, o quizá desconozca, que el pensamiento, padre de todo nuestro bienestar, proviene del lenguaje; que sin lenguaje, difícilmente se pueda ir más lejos que de la puerta de casa.

¿Podrías definir en tres adjetivos tu manera de escribir?

Caótica, pobre, exhaustiva.

¿De qué te protegería una choza ideal?

Tal como sucede en la novela, los refugios protegen por un tiempo, tarde o temprano quedamos desnudos ante el potrero desierto, ante la inmensidad, la soledad y el frío, que no es otra cosa que la imagen de la muerte, la realidad, el universo en sí. Lo que somos: soledad, y olvido.

¿Cómo te gustaría despedirte de esta entrevista?

Agradeciéndote (aunque esta parte no la publiques) porque fuiste el primero que puso atención en mí y me abrió las puertas de Córdoba. Aún así, uno puede ser un ingrato con esas personas en la mayoría de las ocasiones, pero nunca lo será públicamente. Gracias, Emanuel, de verdad.

(Suplemento VOS, 2012)

La felicidad de los libros

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 Pablo Giordano es de Las Varillas. Allí nació en 1977, allí vive y desde allí se proyecta al mundo. Y no exageramos, Giordano integra ese pequeño grupo de jóvenes escritores de la provincia que ha hecho de su trabajo literario un oficio. La disciplina, la prolijidad y la autoexigencia, llevada casi al extremo, lo han proyectado hacia todas las direcciones; como un sismo que tiene epicentro en el interior de Córdoba, pero con una onda expansiva de límites desconocidos. 

   Ha publicado en diarios, revistas y sitios de América y Europa: La Voz del Interior, EL DIARIO del centro del país, Diario Perfil, Punto en línea (de la Universidad Nacional de México), El Especial de Nueva York y Alex Lootz de Madrid. A fines de la década pasada formó parte de las discutidas antologías provinciales sobre la narrativa joven en Córdoba (Es lo que hay y 10 bajistas) y publicó los libros “La Felicidad es un Gordini” (poesía, 2009), “Los muertos” (cuentos, 2012) y “Chozas” (novela, 2012). En la actualidad mantiene una columna en la revista PoloSecki, de Córdoba, y escribe casi a diario en su blog “Cosas de mimbre”, un espacio virtual en el que difunde sus escritos y un abanico de propuestas para aquellos que gustan de la cultura en toda su extensión. 

   Recientemente su trabajo se coronó con la publicación de dos libros de muy buena factura en los géneros cuento y poesía. Esos títulos son la “excusa” que hoy le proponemos en este hermoso domingo.

 Armando la choza 

   Giordano está feliz: recientemente una editorial cordobesa materializó en tapas duras una novela que comenzó a escribir cuando era adolescente, 16 años para ser más exactos. Sobre ese momento, el autor reflexiona ahora, con 18 primaveras más sobre la piel: “Aprendí básicamente el ABC de la literatura y algunos truqillos más. Fue una experiencia reveladora, exhaustiva y agotadora, en su sentido literal”. 

   En el medio, desde su inicio hasta la edición, pasaron correcciones, publicaciones en microcapítulos en web (al mejor estilo novela por entregas) hasta las últimas correcciones momentos antes de imprimirse. “Chozas”, se ambienta hacia “fines de los 80, comienzo de los 90, en un barrio de trabajadores de un pueblo del interior de Córdoba. Allí se desarrolla la historia de un niño de clase media baja con sueños de escritor que, en épocas hiperinflacionarias marcadas por la última dictadura y las secuelas de Malvinas, descubrirá la muerte, el sexo y el amor en pleno vaciamiento menemista, entre otros temas fundantes, los cuales se abordan diagonalmente y configuran un paradigma generacional que no escapa a la neurosis y arriba a la adultez con una visión del mundo interrogativa de ciertos valores.” 

   El amplio proceso de maceración del texto ha hecho que distinguidos lectores se aproximen a la propuesta del varillense y hayan emitido su juicio revelador. En ese sentido, Fabián Casas dijo que Chozas “es un libro intenso, lírico, donde desfilan personajes inquietantes que me hizo acordar a la primera vez que me encontré con el lenguaje particular del gran Ricardo Zelarayán. Entre la montonera de libros literarios, ‘Chozas’ hace la diferencia por la creación de un lenguaje en mal estado, pero sin fecha de vencimiento. Un lenguaje que se muerde la cola y que destila veneno. Un libro que produce intensas ganas de escribir”. 

   El escritor cordobés Federico Falco, contemporáneo al autor de “La felicidad es un Gordini”, dice: “En ‘Chozas’ Pablo Giordano da cuenta, con una voz atenta a los detalles del habla y una mirada dura e implacable, de las formas de la infancia y la adolescencia en un pueblo del interior de Córdoba a fines de los años ochenta y principio de los noventa. Detrás de la aparente calma de las siestas y los feriados, mientras los adultos tratan de llegar a fin de mes como pueden, los más chicos descubren la violencia, el sexo, las diferencias de clases y los códigos de la amistad. Las películas de Luis Miguel, las novelas de Carolina Papaleo y Raúl Taibo, Nirvana, los bloopers de canal 8 y las bolsas de chizitos puntean un crecer doloroso y la entrada en una primera juventud que, en el horizonte de la llanura, se vive ya como una vejez infinita, sin esperanzas”. 

   Por otra parte, desde el otro lado del charco (España), Marcelo Luján escribió: “Chozas describe -con mucho acierto y desde una violenta dulzura- esa instancia maravillosa de la vida que es la adolescencia. Un texto precioso -de altísimo vuelo literario- que no parece ni de lejos ópera prima. Una prosa sin miedos, suelta, que descubre todos los rincones de cualquier pueblo de provincia. Párrafo aparte para los discursos directos: los más auténticos que he leído en años”.

 Exhumando muertos

   De manera paralela, hacia fines de año pasado, Giordano veía concretado otro proyecto y es que su libro de cuentos “Los muertos” terminaba de editarse luego de ser seleccionado unánimemente y obtener el primer puesto en un concurso literario a nivel nacional. 

   Este libro alberga una serie de nueve cuentos que se exhumaron como huesos, en los que algunos ya habían aparecido en distintos medios del país y el exterior y que terminaron de armar el esqueleto con la adición de nuevos textos. Un libro orgánico, macizo, donde nada sobra. El autor nos sitúa en contextos particulares y disímiles, con esa prosa limpia, coloquial y con esas descripciones que nos plantan en algún pueblo de nuestro interior cordobés donde aparecen esos personajes singulares y pintorescos que muchos conocemos. 

   Juan Terranova escribe al respecto que “Los muertos” es una “cartografía de lo doméstico y la calle, personajes que son al mismo tiempo conocidos y extraños como en el heimlich freudiano. Pablo Giordano trabaja con una lupa, con una pinza y con un grabador-reproductor de voces. Sus relatos son ágiles, livianos, directos, pero también microscópicos, duros, astillados como un insecto de vidrio que nos mira”.

   Por su parte, Rubén Sacchi manifiesta “estos cuentos son crueles, pero no al estilo de Abelardo Castillo; poseen una crueldad cotidiana, casi natural, pero muy humana porque son horrores que resultarían evitables más allá de lo cultural y lo social. Sartre decía que para que el suceso más trivial se convirtiera en aventura era condición necesaria y suficiente contarlo. Yo sumo a esto que si la manera de referirlo lo vuelve atrapante, podemos estar en presencia de una promesa para el género”. 

   Un género difícil donde cada componente debe encajar perfectamente para que la maquinaria funcione de manera aceitada y armónica. La naturalidad con la que han sido construidos los diálogos hacen que cada trama sea un universo por sí mismo y se cree ese ambiente verosímil que a quienes escriben les cuesta lograr. 

   Cerramos con dos impresiones realizadas fuera del país. Desde México, Marco Tulio Aguilera Garramuño sentencia “hay algo indefinible en la prosa de Pablo Giordano que hace pensar en lo argentino esencial: aquello que está lejos de lo aparente porteño, la farsa, el embuste, la presunción. Su escritura es juvenil, pero posee una madurez definitiva”. Por su parte, José Angel Barruecos, desde España, dice que “Pablo Giordano destila en sus relatos una prosa feroz y cuajada de jerga mediante la que nos brinda historias ásperas y truculentas que nos enfrentan con esos abismos donde se mueven la violencia y la miseria”.

 

El Diario, Darío Falconi (2012)

Siluetas de Simulcop

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   Lorenzo se está volviendo loco, la marihuana le oxidó el mate. José lo visitó hace menos de un año y volvió con una tristeza definitiva: “El Lorenzo parece una planta, boludo. Está pa’ trás”. Creí que no era para tanto, pero ahora lo tengo enfrente. No puede concentrarse en el control remoto, le lleva tiempo reconocer los botoncitos antes de encender el televisor. No es el faso lo único que lo convierte en babieca, debe haber algo más.
   —Estoy tratando de acordarme del día en que erré algo.
   —No entiendo, Lorenzo.
   —Que hubo un día en que pasó algo, ponele, una boludez cualquiera que te cambia la vida sin que te des cuenta.
   —Alguna decisión.
   —No, alguna huevada.
   Se concentra en la pantalla como si en lugar de imágenes viera manchas para interpretar. No hablo, la única vez que nos quedamos en silencio fue la noche en que la Maricel empezó a vomitar y después se murió. Hace más de quince años, en plena Fiesta de la Primavera.

  —A lo mejor tendrías que ir a terapia —digo al rato.
   —Sí. No sé. No es lo que más me preocupa.
   La pieza de Lorenzo ya no es la pieza de Lorenzo. Cuando éramos pendejos traíamos a las minitas a la cueva, tenía buena acústica y olía como pipa. Ahora es un depósito de muebles que a la casa le sobran. Lo único reconocible es la cama y el escritorio donde guarda los apuntes de fisioterapia. La última vez que lo vi le faltaba un año para recibirse. Seguía teniendo los cuatro o cinco cedés de siempre, los cuatro o cinco libros que le presté y algunas películas en VHS no devueltas.
   De chico lo llamábamos Burbuja. Cada vez que se ponía nervioso y lloraba, amenazaba con escapar de la casa después de frotarse con jabón hasta hacer una burbuja gigante, meterse adentro y salir volando. En quinto grado faltó al colegio dos semanas seguidas. Una tarde, en hora de clase, vinimos a pedirle que volviera. La seño Inés golpeó las manos, pero no nos atendió nadie. Era la siesta, los padres tenían que estar trabajando. Lorenzo, sentado en una reposera arriba del tanque de agua del techo, leía la revista Gente. Nos miró como si fuéramos Testigos de Jehová. La señorita le preguntó por qué no iba más a la escuela. A pesar de vernos, no despegó los ojos de la revista. Le dijimos que se bajara. Se puso loco y nos tiró con un pedazo de ladrillo hueco.

   —No puedo leer más —dice ahora, jactancioso—, no puedo escuchar música, no puedo ver películas, no puedo hacerme la paja, no puedo casi ver fútbol… Todo es falso. Todas las personas me parecen mentirosas, y más los artistas. A terapia no voy a ir, no sirve para nada. ¡Los psicólogos son locos, boludo, no se puede! La única vez que fui, hace mucho, cuando me separé, me dijo que era un reprimido y me preguntó si alguna vez había tenido fantasías sexuales con mi hermana. ¿Entendés? Ta loco.
   —Bueno, a mí la psicóloga…
   —¿A vos te sirve terapia?
   —Sí, qué sé yo. Es bueno lo que uno haga con eso, no lo que…
   —… para colmo, en este pueblo estoy más solo que el uno. No salgo a ningún lado y estudio todo el día… se me pasa volando. Cuando me doy cuenta, ya es de noche y me deprimo mal, boludo. Mal, ¿entendés? A veces viene el Cuki, pero está más quemado que yo. No entiende nada.
   —¿Chateaste con el Martín?
   —Sí, ahora vive en Barcelona. La pasa bien, me manda fotos siempre.

   De adolescente, Lorenzo era pila. Fumaba mucho, pero le pintaban las mejores ideas. Por ahí le venían rayes de locura. Una vez se colgó con el “Informe sobre ciegos”. No salía de la casa. Fue difícil sacarlo. Habíamos jugado ajedrez desde la mañana y fuimos a un quiosco del centro. En la peatonal vi al ciego venir. Lorenzo se acercó a mi oído torciendo la boca:
   —Fijate cómo me mira.
   —¿Quién? —me hice el pelotudo.
   —El ciego… fijate.
   —¡¿Cómo te va a mirar un ciego, Lorenzo!?
   —Fijate cómo pasa al lado nuestro, se hace el gil, pero después se da vuelta y me mira.
   El ciego, que, además, era rengo, pasó casi rozándome, tenía olor. El tipo siguió caminando. Dos o tres pasos, y se dio vuelta a mirar al Lorenzo. No podía ser cierto, tampoco casualidad. Nos comimos la noche flasheando con eso. El Lorenzo explicó cosas que no recuerdo porque no creí. Se las discutí a muerte, aceptarlas era volverse loco.
Años después nos reímos de lo del ciego. Fue en un asado en casa de la Eli, borrachos. Esa noche se puso de novio con Fernanda y se perdió por varios meses. Lo único que hacía, lo cuereaban, era ver Los Simpsons, fumar como caballo y culear con la Fer.

   La nena de unos seis años, con la muñeca que trae arrastrando de los pelos y una amiga que la sigue, entra en la pieza y se detiene como si hubiese visto un espectro: suponía que el Lorenzo estaba solo. Después de mirarme de pies a cabeza, le dijo:
   —Nos vamos a la placita, pa.
   —Pará, Rocío, que papá está con el Negro.
   Las dos se vuelven arrastrando los pies por el pasillo.
   —La pendeja es lo único que me mantiene vivo, te juro —lamenta en una de esas pausas melancólicas que buscan aprobación—. A mí me toca los lunes, miércoles y sábados. La madre es una culiada: me hace renegar, no me deja criarla como yo quiero.
   —¿Y cómo querés criarla?
   —Aparte estoy harto: no quiero vivir más acá de mis viejos, ¿entendés? Ya estoy por cumplir treinta, quiero vivir solo. Quiero un laburito, un auto… Con un auto es más fácil, a las minas le gustan los autos.
   —Bueno, sí, está bueno eso. Tendrías que ver la forma de encontrar un laburo.
   —¿Pero qué laburo? A mí cualquier cosa me quema la cabeza, ¿entendés? Y no voy a ir a laburar fumado, es un bajón. Además tengo que terminar de estudiar.
   —Y bueno…
   —… yo pensaba en un laburito en un banco. Pero sabés lo loco que me pondría ahí, con esos idiotas de traje, mirándome a ver si hago bien las cosas, si las hago mal. No, boludo, estoy pa’ trás.
   —¿Y no pensaste en hacer terapia, en ver algo que te ayude? ¿En fumar menos?
   —Ya te dije que la terapia es una bosta. Además no churreo mucho, no llego a tres fasos por día. Lo que pasa que acá adentro no puedo fumar, mis viejos me calan el olor al salto…

   Salimos, nos sentamos debajo del ventanal del frente. Lorenzo enciende una tuca, chupa y grita por la ventana:
   —¡Mami! ¿La Ro? —larga el humo.
   —Se fue a la placita con la Eve.
   —¡Si yo no la dejé, mami, dejá de hacerme renegar!
   —Dejala que vaya, Loro, que se divierta un poco. ¡Qué querés que hagan!

   El silencio nos embadurna la cara. El olor a marihuana es agrio. Al frente hay un taller mecánico. Lorenzo se concentra en los chispazos de los soldadores, en una explosión amarilla que nos llega muda. Canta una “palomita de la virgen”. Su lamento y la soledad de la tarde convierte al mundo en una página de simulcop: nos imagino borrosos. No sé por qué recuerdo el poema “Tabaquería”, de Pessoa.
   —Tiene que haber algo…
   —¿De qué, Lorenzo?
   —Una cosa que me cambió la vida, no sé.
   Bufo.
   —Nada, pelotudo —me lleva la bronca—, no hay algo que te cambió la vida, gil. Dejá de fumar. No te enojes, Lorenzo, pero viajé doscientos kilómetros. Me dijiste que estabas mal, y acá estoy, y lo único que hacés es quejarte y hacerte la cabeza. No me jodás… Dejá de fumar y buscate un laburo. Terminá de estudiar de una vez, no sé.
   —¿Viste Corre, Lola, corre?
   Harto de que salte de una cosa a la otra, que no se concentre, que no le importe lo que tengo para decirle, hago silencio, me incomodo. Pero a los segundos cedo.
   —Sí, no me acuerdo bien. ¿Es esa alemana en que la mina tiene que conseguir guita?
   —Esa. ¿Viste que, según alguna huevada, como que la mina se choque con una vieja en la calle, le cambia la vida a la vieja?
   —No me acuerdo.
   —Que, por ejemplo, si yo no me hubiese errado ese penal contra los de Olimpo, a lo mejor ahora sería ingeniero. O estaría tirado en una zanja, ¿entendés? Que mi vida sería distinta. No sé…
   —Te entiendo, eso pasa todo el tiempo.
   —Sí, pero vos no entendés. Vos te referís a otra cosa.
   —Bueno, como quieras.
   Empiezo a odiarlo, a desconocerlo. Pienso en algún trauma que pudo haberle hecho esto y no encuentro otra cosa que la separación de Fernanda o su paternidad tan joven. No veo qué puede haberlo puesto así.
   Hay algo, un recuerdo que entonces me inunda como esas canciones bizarras que creemos, por suerte, olvidadas. Algo que, sorprendiéndome, puede tener que ver. A los quince o dieciséis años nos pasábamos la tarde tirados en la plaza fumando faso y hablando de poetas. El Marcos había ganado muchas veces el Premio Municipal, y yo un par. Lorenzo se escapaba de Fernanda para escucharnos. Un día aprovechó un silencio y se mandó:
   —Yo también escribo.
  —¿En serio, Lorenzo?
   —Hace mucho más que ustedes que escribo. Hace de chiquito que escribo cosas, tengo un montón de cuadernos llenos. Y no escribo para levantar a las pendejas de tercero, como ustedes. Escribo de verdad. Nunca les voy a mostrar nada, voy a quemar todo. Son genialidades que nadie va a entender. Así que las voy a quemar.
   —Para mí que te da vergüenza —tiró el Marcos.
   —No, boludo. Acá traje un poema, que es el único que creo que ustedes pueden entender.
   Y lo leyó, rápido, masticando las palabras. No hacía falta una mirada cómplice con el Marcos para certificar que la envidia nos chorreaba por las orejas. Durante la lectura, el Marcos me codeó como si hubiese aparecido un fantasma inconmensurable llamado Borges. El argumento: Lorenzo fumando, tirado en la cama de los padres, oliendo el colchón todavía mugriento por el sexo de su madre. Un verdadero fetus in fetus: por algún error genético, guardaba en las tripas un poema. Se lo dije al Marcos. Pero él, todavía con aquellos versos dándole vueltas en la cabeza, dijo que el Lorenzo, a ese fetus in fetus, se lo había “extirpado del orto”. Que era un poema monstruoso condenado al fuego, una inmundicia genial que no podía habitar este mundo.
   El Lorenzo, con el papel en la mano, mirándonos, se movía hacia adelante y atrás como autista. Y nos reímos en su cara, fuerte, al borde de babearnos. Fue por la marihuana. Fue por los nervios, por no saber a dónde rajar. Esa sensación de velorio, la solemnidad “intelectual”. Temíamos ser sensibles, vulgares. Nuestra sensibilidad debía ser artística, no mundana.
   Se levantó, rompió el papel, subió a la bici y se fue moqueando. Nunca lo habíamos visto así. Nunca su cara sin sonrisa, su mentón temblando. Lo llamamos de lejos, aunque riendo. Le gritamos que el poema estaba bueno, pero no volvió.

   Ahora Lorenzo pisotea la tuca en la vereda y me pide que lo acompañe a la placita a buscar a su hija. La placita es un campito de tierra con un tobogán roto y dos hamacas. Atrás hay campos, potreros secos de una ciudad que no ha crecido en los últimos treinta años. El cielo se desmorona. Las nenas corren hasta nosotros.
   —¿A qué jugaron, Ro?
   —A nada, nos hamacamos. Vino un chico a tirarnos arena, pero la Mily lo echó. Le pegó con un ladrillo en el pie.
   —No, Ro. ¿Cómo van a hacer eso? Mirá si el chico viene y les pega, después…
   —Bueno, pa, ¿qué querés?, si él vino a buscarnos lío.
   Volvemos las dos cuadras en silencio. En la casa, Lorenzo le ordena a la madre que bañe a Rocío. Ella saluda, pregunta cómo estoy y qué fue de mi vida. Pero no presta atención a mi respuesta, ya está en el baño con su nieta. Desparramado en una reposera del living, Lorenzo se muerde el labio y señala a su mamá. Me siento en el sillón grande, el verde, el que en algunas noches me soportó desmayado por el alcohol. Lorenzo agarra el control remoto, su cara recobra cierta dignidad.
   —¿Vos crees que fue por esa tarde que les leí el poema?
   No ha pensado en otra cosa en estos años. Sonrío con superioridad.
   —No le echés la culpa a un poema, Lorenzo.
   Cambia de canal sin mirarme, el verde furioso de una cancha de fútbol nos atraviesa, nos silencia el comentario nasal del conductor del programa. Lorenzo espera de mí la confirmación del pasado, de lo que vivió aquella tarde. Quiere que me rectifique, que le diga que aquel poema era bueno. Pero mi cabeza se quedó en casa, con la familia y mis cosas. Quiero contarle a Vanesa que el viaje fue al pedo, que sos irrecuperable, que estás peor que nunca. Te miro la nuca frente al televisor y me da vergüenza, Lorenzo, te juro. No sé qué sensación tengo, y aquel poema era condenadamente brillante.
   Me levanto poniéndome la campera. Empieza el partido. No puedo irme, hay algo que no me deja abandonarte así. Voy hasta la heladera, saco una cerveza, la destapo y vuelvo al sillón.
   —¿Juega Lujambio? —te pregunto pasándote la botella.
   —Ni puta idea —contestás.

(Antología Es lo que hay, 2009)