Lanzamiento

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Este es Pasadena, mi nuevo libro de poemas. Una colección breve de versos e historias poéticas con un lenguaje que homenajea al neutro de los doblajes de mi niñez conformando una paleta de colores que refiere a la América lavanda de ciertas viejas cintas y fotografías de los años 50 y 60. Intente expresar algunas cuestiones emocionales con dicho lenguaje, espero haberlo logrado. En mis redes pueden ver los puntos de venta, por el momento sólo en la ciudad de Córdoba (la Argentina). Empieza con este poema:

 

 

estas son las palabras que nos sobrevivieron
fuimos extraños arrojando las cenizas de un aduanero
al viento del domingo

los añejos panteones argentinos
son perros pila petrificados
que pronto habitaremos

cansa el pecho tártaro
cansa además
que a las pulsiones del cuerpo
las monte la palabra

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Pelopincho

pelopibcho

   El calor del pavimento ablanda las gomas de los autos en el badén de la plaza. El tufo es más insoportable a la sombra. Ayer cumplí 16 años y nunca había visto a un muerto de más de 200 kilos, ni a ningún otro, hasta que cargaron a Ribotta en la camioneta. A pesar de transpirar como loco, el Tuerto Foco pidió un café. Cosas de viejos de bar. La Ford bamboleante por el peso del fiambre dobla por Rivadavia. No me imagino como descargarán al Gordo en la funeraria. El Tuerto deja el pocillo en el plato y retoma la conversación.

   –Las chicas te dan pavor porque esperás demasiado de la vida –dice–. El Gordo jamás espero nada.

   A Ribotta lo encontraron inflado en la casa del centro, los vecinos avisaron de la cantidad de moscas en la rendija de la ventana y del olor. El Gordo era una tonelada de células bajo respiración anaeróbica, ácido láctico, proteínas musculares, gel, rigor mortis, zumbidos llenos de huevos, nitrógeno, todo eso que aprendimos en la charla del forense en el Instituto. No le dejó mucho más a los ratones.

    El Tuerto asegura que Ribotta se mudó a la casa de la viuda Genaro –la pastelera de manos cremosas– apenas llegó al pueblo, y no a la del centro donde murió. Las historias que cuentan del Gordo son de cuando dejó San Genaro en la Chevrolet del hermano. Vivió en la estación de servicio abandonada al lado de la ruta de Colonia Marina. Tenía un televisor y el pollito de la hija nomás, hasta que el comisario ese le ofreció un trabajo y Ribotta juntó la plata para volver a buscar a su hija y venir acá.

   La pastelera me dió clases particulares de matemáticas este verano. Ahí conocí a Gina, la hija del Gordo. Tiene mi edad, el pelo corto, y anda siempre en musculosa. Los dientes de los costados, creo que son los colmillos, se le ven un poco torcidos. Si se ríe parece más linda. La primera tarde la pastelera la mandó a Gina a servirme jugo de naranja, porque la calor no tiene goyete, dijo. Agarró una revista Atalaya de la pila y se abanicó. Gina me clavó los ojos. Una chica me había mirado así en el colegio y era porque gustaba de mí. Me dio vergüenza. Agarré una Atalaya y me puse a ver los dibujos fantasiosos.

   Nunca le pregunté a Gina si era cierto lo que contaban del padre. Por ejemplo la historia del pollito, que tiene varias versiones. La mejor es que Ribotta lo encerró en la jaula sin piso una tarde de lluvia, la jaula se hundió en el barro y al otro día hizo 40 grados, la tierra se secó y la jaula quedó incrustada. El pichón quedó preso, el Gordo le tiraba las migas de las sobras para que no se muriera de hambre. Creció tanto el pollo que un día se levantó con jaula y todo y se puso a andar por ahí.

   Una noche pasé en moto al frente de Pizza Speed y vi en una mesa a Gina Ribotta con la pastelera y su papá. El Gordo me llamó con el brazo levantado y estacioné. Gina estaba maquillada y con ropa de salir, como una mujer grande.

   –Andá a llevar a la nena a dar vueltas –me repitió el Gordo.

   Una sola vez había hablado con él, fue en una peña donde todo sonaba horrible y las empanadas quemaban. El Gordo me vio en la cola para sacar un ticket y estiró el vaso de vino. Lo agarré y le metí un trago.

   –Es la sangre de Cristo –se rió.

   Eso no es de su religión, pensé. Me contó que quiso ser astronauta. Nombró naves, propulsores, cosmonautas rusos, cabinas de transbordadores, el alimento en gravedad cero y al último tiró la frase:

   –El universo es parecido al silencio de una mujer dormida.

   Gina acomodó el vestido en la moto como si fuera a manejar. Pensé que las Testigo de Jehová no podían usar vestidos con escotes, ni maquillarse, ni que los padres las dejaran hacer esas cosas. Iba atrás de la Zanella 50 agarrada de mi cintura, ni que fueramos en una Honda 1500 a 200 por hora. En la plaza escuchamos gritos. Presté atención la segunda vez que pasamos, le chiflaban a Gina, le gritaban puta. Cerca de la plazoleta del barrio, atrás de El Chañar, paré porque sentí la nuca húmeda; Gina tenía los ojos como escopetazo de barro. No sé por qué lloraba.

   Nos sentamos en el subibaja. No hablamos. Después nos fuimos a un banco y me abrazó, le acaricié el pelo y le apoyé la cabeza en la suya. Tenía olor a champú de manzana verde. Dijo que no conocía a los de la plaza y no me iba a explicar por qué lloró. Me miró, cada vez más cerca, y nos besamos, fuerte. En un momento chocamos los dientes. Fue la primera vez que besé con los labios de la chica mojados y la lengua adentro.

   Anduvimos así dos semanas. Íbamos al corralón a tirarnos en la arena, a besarnos y tomar cerveza. Contó un montón de cosas, pero nada del padre. Tampoco habló de la pastelera, sí de los chicos del secundario que la molestan en el baño. Una noche fuimos al chaparral y por fin le toqué las tetas. Después le metí la mano abajo del pantalón, pero me la sacó, y dijo que volviéramos, que era tarde. En mi casa, pensé si las Testigos de Jehová pueden usar pantalones, y creo que no.

   Lo que el Tuerto quiere decir es que no hay que esperar que las cosas salgan como uno quiere. No hay que enamorarse, algo así. Pero con Gina fuimos refelices. Hace un mes y algo, a la siesta, estaba sola y me invitó a la Pelopincho. Tenía bikini azul y se acomodaba las tetas a cada rato. No llegamos a la pileta, nos besamos y nos tocamos ahí en la cocina. La empujé contra la heladera, le saqué la bikini, me bajó la bermuda muy lento con calzoncillo y todo. Lo hicimos apoyados contra la mesada. Fue aparatoso como esas máquinas que vuelven a llenar los sifones de soda. Nunca había visto a una mina desnuda, y de a ratos aparecía en el campo visual –como dice el Tuerto– la pila de revistas en la mesa. Miré a ver si a ella sangraba, pero no. Al rato acabé, en el piso. Quedamos muy transpirados pero sin olor. Gina corrió al baño dando saltitos y trajo la toalla que pasó por el piso:

   –¡Qué chanchos! –se rió.

   Fuimos al patio, nos sentamos en las reposeras y metimos los pies en la pelopincho. Las olitas brillantes chocaban la lona. Un cascarudo intentó trepar por el borde. Al rato, Gina se metió en la casa y trajo media sandía, la comimos como chanchos que éramos según ella.

   Después me abrazó y me rascó la cabeza como si supiera que eso me duerme. Al rato desperté y nos metimos desnudos en la pileta. Le dije meona porque cuando salía chorreaba un hilo de agua entre las piernas. Se enculaba, escupía chorros asquerosos y me persiguió un rato hasta que volvimos a darnos besos. Cogimos sentados en un esquinero. La pelopincho temblaba fuerte pero lo hice mucho mejor que antes, por eso se puso más loca y yo más, y ella mucho más y así hasta que terminamos y nos caímos al agua y después hicimos la peinadita.

   –Uno quiere quedarse en esos momentos –el Tuerto mira el semáforo de la esquina–, pero nadie puede; queremos más, esperamos más de la vida, y no hay más, nunca hay más cuando queremos.

   El diario muestra la carota sonriente del Gordo en una foto vieja. Es para que los lectores sepan quién murió ayer y a quién sacaron hoy de la casa del centro, porque en la foto de ayer está la montaña de carne sin forma y a muchos el nombre no les suena, aunque todos saben lo enorme que era. En ningún lado del diario dice lo de visitar planetas, ni del sonido del universo.

   A Gina las pestañas mojadas le quedan genial. Ojalá me invite otra siesta como esa, aunque el Tuerto diga que me olvide. ¡Cómo me voy a olvidar! ¡Está loco! Gina me contó de un solo novio, de 23, y que le gusta mucho Carlos Paz. El sol quemaba la pared del fondo y los caños de las reposeras ya estaban calientes. No le conté mis cosas, nomás hablé de los temas que sacaba ella. Nos vestimos, ahí le pregunté si quería ser mi novia y la boca se le transformó. No dijo nada, no iba a hablar más, y dio vuelta la cara. Nos sentamos. Escuché el lavarropas un rato largo, como un tic tac, o mejor el plac plot del rebote de las zapatillas adentro.

   –Mi mamá está por venir –dijo después.

   Le pregunté si nos íbamos a volver a ver, y miró el cielo. Dijo que capaz que no. Una abeja paró en el césped. Una nube cambió de forma más o menos rápido y se parecía a una bicicleta. Entonces me levanté, crucé el patio y antes de pisar las losetas la miré, seguía de espaldas limándose las uñas. Mis ojotas flotaban en la pelopincho muy despacio como dos canoas vacías en un lago. Volví a mi casa pisando en las sombras.

   –Un amor de verano, pibe, tomalo así –dice el Tuerto.

   Ahora llovizna aunque el sol está bien grande arriba del bar. En una semana, empiezan las clases, pero no voy a ir. El auto del cura quedó en el badén y la señora de la pescadería ayuda a empujar. La monja se arremanga la sotana y también empuja. El Tuerto pide otro café y dice que el Gordo no tuvo miedo porque no esperó nada de la vida. No como yo. O a lo mejor tuvo esa sola cobardía –dice mirando la calle que se evapora–; parece que el comisario encontró al pollo con jaula en la ruta, lo levantó y se lo llevó a Ribotta. Le prometió mucha guita por levantar los pisos, el césped del patio y armar un nuevo sistema de cañerías en la casa de la exmujer del comisario…

   Salgo del bar, pienso en esa historia. En la casa del centro, veo el enorme agujero que hicieron en la pared para sacar a Ribotta. Extraño a Gina. Debe andar muy mal, me da miedo verla. Le preguntaría si su papá fue un valiente y por qué. Nadie lo explicó nunca. También le preguntaría si, como me acaba de contar el Tuerto, el Gordo le agradeció el trabajo al comisario y prometió empezar los trabajos al otro día a cambio de un favor: que sacara a ese pollo de la jaula, aunque sea muerto.

Una prosa irremplazable

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   Una recompensa espera a quien logre adaptarse al sincopado ritmo de Laberinto: la de haber leído una de las mejores novelas escritas en Córdoba en los últimos años. El lector no la tendrá fácil al comienzo. La desmesura de aliteración, rima, hipérbaton y los neuróticos golpeteos en el parlamento pueden colmar la paciencia de cualquiera; pero una vez aprendidos ciertos patrones lingüísticos en las primeras páginas, la novela no deja de sorprendernos en cada capítulo.

   Florencio es un treintañero bibliotecario con un trastorno del espectro autista. Vive solo y sin amigos, desconfía de la historia familiar y cree que es hijo adoptivo porque su altura no coincide con lo que la genética dice, según lo que se conoce como talla Diana. Sus hermanos se burlan de él y su padre le inventa un síndrome llamado “del Laberinto” y asegura que los demás defectos personales se deben a un gen recesivo.

   Con un entendimiento literal de la realidad, problemas para socializar, obsesiones, rituales y un lenguaje cargado de florituras y simetrías, Florencio irá en busca de su identidad. Su hoja de ruta será el buscador de Google. Allí encontrará no sólo los datos que necesita para su investigación, sino la traducción entre nuestro mundo sin Asperger y el suyo. “Soy Florencio y dudo de que ustedes sean mis padres porque son lindos y yo feo”, dice luego de pasar la noche googleando.

   Augusto Porporato (foto) fue finalista del Premio Planeta y del Emecé en 2005 y en 2007, respectivamente, con su novela Punto de fuga, una biografía sobre la vida del genial Paganini. Esta, su cuarta novela, despliega una, en apariencia, pasiva historia ligada al pasado político del país de un personaje inolvidable.

Es una tragicomedia con escenas desopilantes y paranoicas, recuerda a El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon, o a la trilogía de Simsion, protagonizada por el también inolvidable Don Tillman, novelas que indagan sobre la vida de personas con autismo.

   Laberinto es otra de las historias que nos ponen en la vereda de los neurotípicos, que nos llevan al hueso de la condición humana, algo que muchos autores desdeñan por no poder abordar. Porporato la tiende sobre la mesa de disección con la cadencia de quien parece no poder escapar de un extenso hip hop. Las combinaciones entre personaje, tono y trama generan un humor sórdido que multiplica el disfrute.

  El autor cordobés ideó un desafío literario que parece imposible en los planes y, sin embargo, se mueve. ¡Y cómo! Al grado de que su prosa no podría ser reemplazada por ninguna otra para contar esta historia.

Multiversal, por Marcelo Díaz.

“sabemos que lo poesía no falla

pero tampoco existe

el humano noctámbulo

detenido

tipeando

es la metáfora”

 

P.G

 

   Pablo Giordano fue un enigma hasta el año pasado. Había publicado en varias antologías, tenía en su haber un libro de poemas llamado La felicidad es un Gordinielogiado por María Teresa Andruetto, y un volumen de cuentos en Montevideo el cual motivó a Mario Bellatín a escribirle. Su blog Cosas de mimbre fue uno de los más visitados en el país y su participación en diarios y revistas de América y Europa hicieron conocido su nombre. 

    La primera vez que escuché de él fue a principios del año 2009. Lilia Lardone realizó un monitoreo (o una radiografía) del campo literario cordobés y elaboró una antología de autores que por una u otra razón mantenían un vínculo con la provincia de Córdoba, se llamó Es lo que hay (babel 2009).  En la presentación se esperó su presencia para desmitificar sus faltas en los foros literarios. Giordano no asistió y  terminó de contribuir al rumor de que no existía, que se trataba del seudónimo de algún escritor cordobés. Al respecto, el autor bromeaba bautizándose como el Salinger hispano y por esos años brindó una entrevista para la feria del libro provincial, ¡vía telefónica!

   En simultáneo circulaban expresiones que hablaban de jóvenes promesas de la literatura. La idea de promesa por entonces no me convencía. Y por supuesto que ahora, pasados varios años y después del recorrido de los textos de  Giordano, me parece que ya no es pertinente usar esa expresión. Lo que antes figuraba un proyecto de escritura, hoy es la obra de un autor con una voz propia y resuelta que no le debe nada a nadie.

    El año pasado salió al ruedo con el libro de cuentos Los muertos (Primer Premio El Mensú Ediciones) y la novela Chozaseditada también por este sello y presentada en Casa 13 donde por fin el autor se dio a conocer como un escritor autodidacta de Las Varillas. Con respecto a la novela, Fabián Casas la comparó con la literatura de Zelarayán, y Luciano Lamberti le contestó al suplemento Ñ de Clarín que se trataba de lo mejor que había leído el último año.

   Roland Barthes considera  que un texto puede no ser sólo una estructura de significados sino una galaxia de significantes en el que se acceda a él a través de múltiples entradas sin que alguna gobierne por encima de las otras. Las interpretaciones no se clausuran, por el contrario, es la pluralidad de sentidos lo que mantiene en funcionamiento la maquinaria interpretativa y las lecturas a veces son reversibles,  se movilizan en diferentes direcciones y lo que sigue puede ser un ejemplo de ello.

   Desde un comienzo los versos “no fui llamado a ser el poeta de mi generación/ en este universo/ no hablaré de la patria ni el futuro/ de nada/ igual de anacrónico” proponen una ruptura contra esa serie de procedimientos literarios que se repiten en el tiempo y llevan el nombre de tradición como si lo escrito fuese a parar al tacho de basura de Charles Bukoswki. El movimiento de lectura es doble. Por un lado la poesía ocupa, y de esto se han encargado varios estudiosos, una posición periférica dentro de la literatura y a la vez, con respecto a la escritura misma, el yo lírico decide separarse de sus pares y ubicarse en una especie de nadedad espectral desde la cual nos dirige la palabra.

   En ocasiones el poeta siente que debe explicar cuál es su condición y qué entiende por poesía mediante preguntas del tipo: “¿Por qué no llevan Señor /título sus poemas/ ni puntos/ ni comas?/ porque son huérfanos” La orfandad como una excusa para hablar no de la vivencia personal e intransferible, la orfandad como una ausencia de tradición literaria. Una poética de consignas que precisan un posicionamiento frente al orden de la lengua:“no seré/ el poeta que lee un cielo/ para escribir la tierra/ tampoco el de la justicia/ ni civil ni poética/ repito/ ni retórica” Los poemas se ubican en el terreno de la inmediatez, no importa lo que vendrá, ni el pasado de nuestros precursores así como tampoco vale confundir literatura con educación cívica o formación en valores, la poesía no es un manual acerca de cómo organizar nuestra experiencia en el mundo.

   Existe un término que proviene del mundo de las matemáticas y es el término fractal. Los fractales son estructuras autosemejantes y repetitivas de la naturaleza, estudiarlos permite comprender cómo se componen las partículas elementales del universo. Los poemas de Giordano podrían ser una metáfora de la idea de duplicación y de esa necesidad de continuar y seguir minuciosamente el recorrido de la experiencia personal transformada en lenguaje. Duplicación como procedimiento formal: “me dijeron/ que la muerte lo visita cada noche/ y cada noche le susurra/ la fecha cercana” y  duplicación como una prolongación y un espejo del rostro de nuestros padres: “¿Cuándo muté en él/ empecé a arrastrar con pesadez/ las pantuflas por el pasillo/ hasta el baño?” o sino en los versos: “a cierta edad/ los padres ingresan en superposición cuántica”.  Lo idéntico y lo distinto habitan un mismo plano en el territorio de la escritura.

   En los siguientes versos: en la vigilia o en el sueño/ remo en el potrero de infancia/ la tierra espesa/ el holograma universal” asoma con cierta incandescencia la palabra holograma que bien podría estar acompañada por el término representación. En Multiversal la representación se vuelve un tópico y configura una realidad fantasmática a lo largo del texto. Pienso en qué significa representación e inmediatamente lo asocio con la idea de simulación a la manera de Baudrillard.

En varias oportunidades los versos edifican sentidos relacionados con lo fantasmático:“dijeron que ese fantasma era yo” enuncia la voz del yo lírico o sino la imagen del autofantasma del abuelo que parece perderse en un túnel temporal y nostálgico en:“cristalino / con cívica lentitud/  su exótico auto fantasma/ rueda la barranca del domingo”sin perder de vista al mismo padre definido como un “rancio fantasma doméstico” en el corazón de una familia desdibujada. La diferencia entre representación y simulación está en que para lo primero todavía existe una referencia, una suerte de ancla, en lo real. En cambio para lo segundo: no hay una cartografía posible sobre la realidad, los signos han perdido su referente inmediato. Lo mismo ocurre con la experiencia que, distinto a lo que sucede con las leyes de la termodinámica, no sigue una única dirección sino que se disgrega como un conjunto de neutrones en el centro de la nada misma.     

Relacionado con lo anterior recuerdo una novela de Orson Scott Card en la que unos niños aprenden con hologramas mientras sus padres están trabajando. Recuerdo, también, las palabras de la princesa Leia dirigidas hacia un joven Skywalker, como una botella arrojada al océano del inmenso cosmos, palabras que no llevaban fecha ni lugar de enunciación y proponían el desafío de salvar el mundo o  mejor aún: recuperar el orden de todas las cosas. 

   Desde el fondo de la casa se escuchan los pasos y los maullidos de Schrödinger acercándose para confirmarnos en forma provisoria en esta realidad como si fuésemos a emprender una suerte de  viaje estático. ¿Cómo es que un estado  puede ser a la vez b?O: ¿cuándo dejamos de ser nosotros mismos y pasamos a ser otro? De todas las opciones para realizarnos aparecemos aquí y contemplamos a la distancia las múltiples e infinitas alternativas que le siguen, o le hubiesen seguido, a nuestra existencia.

  Para Vicente Federico Luy la poesía era en teoría la única ciencia que se encargaba del problema. Giordano recurre al campo científico, retoma términos como  moléculas, unidad de longitud,  superficie, volumen, capacidad,  peso y temperatura  o se detiene en relatos cotidianos que documentan el funcionamiento de la naturaleza.

   Puede que a estas alturas ya no importe resolver el problema o la pregunta acerca de cómo adquiere sentido la propia experiencia sino que lo hace para cuestionar la posibilidad de que el mundo disponga de un sentido prefabricado. Simultáneamente recuerdo que Osvaldo Lamborghini disponía de un enunciado compuesto por tres premisas: existir, ser, estar vivo. Por alguna razón identifico el verbo existir con escribir. Como si la escritura fuese la garantía de que aún es posible revestir de significación lo que nos toca. Tal vez sea muy pretensioso pero quién dice que la poesía en el devenir torrentoso del lenguaje no simula un mapa (cuando no un laberinto) hacia una lejanía secreta e íntima como un espejismo.

 

Marcelo Díaz.- Cba. 2012.-

La Sed.

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 Guiado por la luz del televisor -larga sobre la oscuridad del parqué de la cocina-, Esteban se detuvo a los pies de la heladera, la abrió urgente, bebió media botella de agua de una vez, respiró, y vació la otra mitad.

  Mientras volvía a llenarla, la sed escalaba por las arterias femorales, las ingles, el estómago; embalsamaba órganos y, veloz por el esófago, se pegada como sarro al rojo en la garganta. El día y parte de la noche se desplazaban con calma de oruga, pero alrededor de las cuatro de la mañana el cuerpo, víctima de un curioso sobrecalentamiento, exhortaba refrigerar rápido cada uno de sus rincones.

  Fue ahí, la segunda madrugada de esa terrible sed, que se repitieron los ruidos. Alguien quiso abrir la puerta principal. La manija fue violentada varias veces, después se oyeron fuertes pisadas de porte equino entre los macetones. También el portoncito del patio fue víctima de la intentona. Esteban se espantó, confirmaba así una predilección del atacante hacia su casa, o peor: su persona.

  Oyó un llanto ahogado y feroz. El cristal de la ventana del lavadero estalló fragmentado por una mano que penetró sangrante. Por allí ingresó una pierna y parte de un torso sudado; Esteban corrió y empujó al bulto oscuro que desapareció por el jardín mientras la sangre manchó el piso. La cosa vestía ropa, el chillido era de cerdo. Esa mañana le prometieron un patrullaje en el barrio, como si los delitos ocurrieran a la vista de las autoridades.

  Esperando al patrullero esta segunda noche, espió por la mirilla a la sombra masculina buscando la última posibilidad: el tapial bajo que trepa al techo. Pensó en salir y verlo escapar por las tapias, un plan ridículo cuando oyó los ruidos en la banderola del baño sacudida con saña. Se sintió estúpido actuando como si la noche anterior no hubiese ocurrido lo mismo, de idéntica manera.

  Entonces, igual a las ráfagas de vientos bravos y fugaces, los embistes a las aberturas enmudecieron. Duraban dos minutos, la eternidad.

  Esteban se resignó a la idea de las ideas: creía que el evento empezaba dentro de su cabeza. Un delirio provocado por alguna fiebre repentina de la sed y el modo de calmarla; algo en la forma beber y la respiración, el nivel de oxígeno en el cerebro, la sugestión, la soledad.

  Por eso, al otro día, además de discutir con un oficial sobre la denuncia, sacó un turno en la Clínica Pinel con el psiquiatra antes disponible.

  La tercera noche la sed lo atacó más fuerte y los golpes, forcejeos y llantos, llegaron a horario. Acudió horrorizado, sin moverse del sillón del living, sin dormir. Su idea de que alucinaba cobró mayor vigor, la policía no patrullaba porque jamás denunció, ni sacó turno al médico. Pensó en llamar a Marcos y corroborar los fenómenos o la neurosis, aunque no guardaba mucho sentido: si alucinó lo demás, también podría inventar la llamada a Marcos, sus comentarios, lo sucesivo.

  ¿Eran brotes psicóticos sólo a esa hora de la madrugada provocados por un mal funcionamiento en algún estadío de sueño REM, y durante la vigilia era capaz de limpiar la sangre, cambiar el vidrio de la ventana y arreglar las cerraduras en absoluta lucidez?

  A la noche siguiente, apenas forzaran la puerta de enfrente, saldría a ver. Al fin y al cabo, si deliraba, la existencia y su curso mostrarían a la bestia humanoide enviada por algún demonio para devorarlo. En cambio, si era una persona que por razones desconocidas quería entrar de esa forma aberrante, se terminaba el juego. Quizá el esquizofrénico no era él, sino el otro, algún caminante nocturno que cayó en una fijación mística hacia la casa. Bastaba con hablar a la familia del enfermo; una posibilidad no esquizoide que lo  enorgulleció.

  Fue a las cuatro menos cuarto, salió y después de cerrar con llave, la arrojó por la ranura del correo oyendolas caer y se deslizarse por el piso del living. De descubrirlo afuera, no podrían arrebatárselas.

  La plaza de enfrente y el banco perpendicular facilitaban la visión. Encendió un cigarrillo y tamborileó sobre las rodillas concentrado en la fachada. En instantes la cosa saltaría a escena.

  A las cuatro empezó a atacar la sed. Un detalle encendió su memoria: la botella. No lo avergonzó habérsele olvidado, el pico de la canilla de la plaza estaba a unos metros. Inclusive podía verlo cuando no era él quien corría, sino su cuerpo aniquilando cualquier tipo de racionalidad. Chocó la puerta de su propia casa varias veces, lloró cuando el fuego interno desgarró la garganta; a los gritos intentó meterse por la ventana del lavadero, el tajo le recorrió el brazo. ¡Pero qué importaba, quizá entrara por allí pasando una pierna y luego el hombro! Sintió el empujón, la bestia lo consiguió, estaba adentro, tomó la casa y ahora lo expulsaba.

  La hemorragia lo debilitó y apenas si pudo trepar al techo y forcejear sin éxito la banderola del baño a grito quebrado maldiciendo al intruso, se reconoció. De súbito su racionalidad lo devolvió a sí. Miró a unas cuadras las luces de una ambulancia estacionando en la Clínica Psiquiátrica. Saltó a la calle resignado, bebió poseído de la canilla y, una vez tranquilo, se mojó la cabeza y trotó jadeante rumbo a la guardia, como en los últimos días.

(2014- El Puntal de Río Cuarto 2016)

Chozas, según Susana Chas

   Pablo Giordano nació, vive y escribe en Las Varillas, Córdoba. Se lo conoce por haber publicado en diarios, revistas y sitios de América y Europa. A fines de la década pasada formó parte de las discutidas antologías provinciales sobre la narrativa joven en Córdoba (“Es lo que hay” y “10 bajistas”).

   Publicó dos libros en editoriales cartoneras de Córdoba y Montevideo, respectivamente: “La felicidad es un Gordini” y “La muerte”. En 2011 ganó el Primer Premio de El Mensú Ediciones y mantiene una columna en la revista PoloSecki. “Chozas” es su primera novela.

   En “Chozas”, lo primero que llama la atención es el lenguaje empleado. “Un lenguaje que se muerde la cola y que destila veneno”, según Fabián Casas. “Lenguaje en mal estado pero sin fecha de vencimiento”, afirma Casas. La novela lleva como epígrafe palabras de Don Draper: “Se nace solo, se muere solo. Y el mundo te impone unas cuantas reglas para que te olvides de eso. Pero yo no lo olvido. Vivo como si no hubiera un mañana, porque no hay ninguno.”

  Dividida en cinco partes, que las va narrando Nacho desde su infancia de chico de un barrio marginal, que sueña con ser escritor, comienza así: “Estoy corriendo con todo. Termino de cruzar los zanjones por la bajada Refalón, y agachándome entre las cañas, tratando de no hacer ruido, me doy cuenta de que estoy solo. El olor a podrido no me deja respirar, el corazón me va a mil. Veo una sombra que viene haciendo ruido por el agua. Es el culiáu del Étor.”

  Enmarcada en cierto costumbrismo, la novela describe un barrio violento, sucio, donde reinan los más fuertes, con casas con “olor a humo de brasero”, “olor a pobre”. Los personajes pueblerinos se delinean con algunas características de ciertos personajes de la inmigración piamontesa de Las Varillas, en la llanura cordobesa conocida como la “pampa gringa”.

   Hay distancia entre Nacho y su padre, no así con su madre, aunque tampoco ella quiera que juegue con “esos chicos”, sus amigos, a los que teme y quiere, y con los que armó la choza. La choza era el refugio de todos ellos donde practicaban sexo los unos con los otros como un juego, donde hacían todo lo que no podían hacer en sus casas; pero también se comete un crimen. El Étor asesina a los dos excombatientes de Malvinas, olvidados por la sociedad y desamparados por los gobiernos. “Iban a la choza a contar historias por medio sanguche”. Como en las novelas de aprendizaje, Nacho debe aprender a vivir en ese medio, con sus consecuentes y constantes pesadillas.

   Después de una conversación con Adrián, a quien quería someter, y que es escuchada por su madre, siente la aflicción de sus padres por sus posibles inclinaciones homosexuales. Años más tarde, Adrián se vengará de él. Nacho narra sus temores, sus angustias de chico hipersensible: “En el colegio me escondía atrás de las esteras que dejaban en el piso y hasta me había hecho un refugio en la piecita del depósito lleno de ratas. Las maestras no me buscaban, creían que estaba en la oficina con mi mamá. Al último me desmayaba por cualquier cosa.”

   Una multitud de personajes marginales con sus patéticas historias, pueblan sus recuerdos. Las crueldades inconscientes de los chicos con los otros y con los animales, se describen con crudeza a pesar de que a él “le da un poco de lástima maltratar a los animales”.

   Su primer enamoramiento será de su prima Florencia. La adolescencia del Nacho está poblada de miedos que le provocan agorafobia. Nacho abandona el secundario, entra en crisis, consume drogas. Su madre le aconseja terapia psicológica, de la que no puede salir en años. Sin embargo no abandona la lectura y su deseo de ser escritor. Kerouac, Bukowski, Fogwill, Rimbaud, Mallarmé, los surrealistas, son los autores que nombra. Para los prejuicios del barrio y del pueblo, escribir versos es ser maricón. “Tengo que contar bien lo de las chozas y dejar de escribir boludeces. Si quiero ser escritor más vale dejar el alma y el cuerpo en esto… contar todo, que todo se vaya a la mierda.” Encuentra el amor en Gretel, ésta quema la novela de Nacho y la foto de su padre. Es la adolescencia que termina, también el barrio, su gente y el pueblo. Nacho comienza a mirar de otra forma su entorno: “Algo leí sobre los pueblos sin puertos, que son pueblos sin memoria o sin ideas. Pueblos que no pueden partir ni llegar. Que sólo están. Ensimismados, ciegos, hartos de mirarse. Es cierto que las ciudades queman, arden, deshacen; pero el pueblo es peor: el pueblo te cocina a fuego lento.”

   Ha sido doloroso el camino de iniciación, de aprendizaje y de formación (Bildunsgroman), emprendido por Nacho. La novela está narrada con un lenguaje que impacta.

 

Susana Chas Especial para Hoy Día Córdoba

Chozas, según Ciudad X

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La Voz del Interior 

   Con sus referencias a los “toundercats”, a la revista Tony, a Mork y Mindy, a Mazinger Z o a Kurt Cobain, la novela debut del varillense Pablo Giordano (1977) parece sumarse a la tendencia autobiográfica actual que circunscribe la ficción al testimonio, la fabulación a la instantánea: aunque ya con sus “conchuda”, “culiáu” y “¡Me cago en Dios!”, Chozas desplaza cualquier tipo de nostalgia clasista para instalarse como faro mitificador de un terreno border, salvaje en su coloquialismo y geografía, una “zona” de ecos beat que es infierno y vacío y anomia.   

   En ese sentido, el hallazgo del relato de esa “choza” de la infancia que el protagonista Nacho comparte con un grupo de amigos (donde se dan cita la iniciación sexual sodomita y colectiva, las drogas y hasta el asesinato), extendida a las “chozas” que son el caserío de un barrio de la ficticia ciudad Los Fresnos, probablemente espejo de Las Varillas, de donde Giordano es nativo.   

   Así y todo, no todo en Chozas es nihilismo sin retorno: también deambulan los personajes curiosos, las escenas escatológicas e hilarantes y un reconstruir cronológico desde la infancia hasta la adultez en la que Nacho oscila entre la socialización y el paso afuera (en su resistencia al maltrato de animales, a la iniciación sexual, al incesto con la prima, a los padres a los que quisiera matar pero no soportaría ver morir), “rareza” evidente en sus tendencias literarias, primero en sus lecturas de Poe y Lovecraft y después en sus incursiones poéticas juveniles.   

   Por eso, en última instancia, su resistencia termina siendo universal, romántica (“quiero comprar una computadora gigante y meterme adentro y vivir ahí encerrado para siempre y escribir cuentos, pilas y pilas de cuentos”), al paso del tiempo, al trabajo embrutecedor, a la reclusión familiar, a la vida sin horizontes en una ciudad del interior que se vuelve “normal” en su desolación, con sus amigos de niñez de repente volcados al delito, a la “merca”, al Poxirrán.   

   De allí sentencia cabales como: “El barrio, los amigos, el pueblo atrapado en un video retro”. O: “Es cierto que las ciudades queman, arden, deshacen; pero el pueblo es peor: el pueblo te cocina a fuego lento”. O: “A mí siempre me gustó pensar qué es la vida (…) Nosotros, cada vez que miramos el cielo, está atardeciendo. Alrededor del barrio no hay nada y siempre oscurece con ese color rojo y naranja triste. Y me largo a llorar de solo pensar en lo rápido que pasó”.   

   Hacia el final, el presente se hace estocada abrasiva, desconsolada, irredenta, con el padre solitario en el bar y la madre “doblada”, con los pocos que quedan transmitiendo su bronca en el campo de juego (“¡Y las patradas! Alevosas, demostrando lo mal que nos va en la vida”) y la evasión, ya sin futuro, hecha carne, costra, estado continuo: la “choza” quedó allá lejos y sólo permanecen las “chozas”, la supervivencia y la escritura: mal que pese, un renovado comienzo.

Mayo 2012