Bolsas plásticas en los baldíos de Las Varillas

Pablo Giordano vive en Las Varillas, Córdoba. En 2011, El Mensú publicó su libro de cuentos, Los Muertos; este año Editorial Ciprés publicó Chozas, su primera novela.

 por ADELA SALZMANN

¿Cómo pensás la relación de tus personajes con la organización en etapas de su vida? ¿Cómo arman su historia?

Creo que son personajes que no pueden armar su vida, sino que son arrastrados por ella. Están a la deriva de un paradigma en el cual es muy difícil asomar la nariz hacia algún atisbo de salida. Hay varias metáforas sobre eso a lo largo del texto [Chozas], a esos chicos los lleva el viento como a las bolsas plásticas de los baldíos. Es por eso que, en un momento, ven en la literatura una forma de escape como otros la verán en el boxeo o la delincuencia. Ingenuamente creen que uno puede trabajar de escritor y salir de esa vida donde otros ya tomaron las decisiones por ellos. La novela trata de este tipo de cosas: el paradigma en el que se nace, las elecciones que otros tomaron hace mucho sobre el destino de nuestras vidas, y el paso del tiempo. La conciencia, ese suspiro del hámster en la rueda, es la que indirectamente narra.

¿Qué pensás de la educación?

Yo dejé de estudiar en segundo año del secundario, no tanto por cuestiones educativas sino de salud; pero creo que la educación no está pasando un buen momento. Si bien el modelo y los planes de estudio se van actualizando, no contemplan cuestiones de base, como el incentivo hacia la curiosidad y las preguntas basales de la humanidad, como de dónde venimos, por qué estamos aquí, y qué es la realidad. Estoy hablando de la educación en general, obviamente, quizá no deban tocarse estos temas en primer grado, pero si uno puede llevar a sus alumnos a contemplar el cielo y hacerles tomar conciencia del universo, o a los más avanzados a entender que para que su padre tenga un empleo y pueda darle de comer tuvo que luchar y morir mucha gente para que este fuera un país libre; y no hacerles hacer láminas estúpidas de gente con paraguas frente al cabildo. Sigo generalizando para que se entienda el concepto sobre los planes de estudio. Hace años la hija de una ex novia me pidió ayuda para un trabajo que le habían dado en el colegio. Iba a tercer grado, el tema era Malvinas porque se acercaba el 2 de abril. Inmediatamente noté que no se podía comenzar a realizar la tarea sin explicarle a la niña, antes, lo que era una guerra (¿Se imaginan la cantidad de cosas que hay que explicar antes de eso para que una niña de esa edad llegue a entender el concepto bélico?); así que imagínense lo que sería explicarles Malvinas cuando, por lo visto en el cuaderno, la docente creía que habíamos sido invadidos por los malvados ingleses en 1982 y nuestros soldados patriotas habían ido a recuperar esas islas tan argentinas donde por lo visto no vivía nadie, y si alguien había allí serían argentinos, ya que por lógica –sobre todo una lógica de siete años– si las islas son argentinas quienes viven allí deberán serlo.

Las escuelas no están preparadas para formar en los valores esenciales del conocimiento que permiten una educación independiente de la institución (que debería ser un complemento), una autoeducación que sólo te brinda la curiosidad por el universo, la conciencia, la historia de nuestra humanidad y sobre todo, el pensamiento escéptico, el amor a la ciencia, es decir a la verdad. Me cuesta, muchas veces, y me sorprende con enormidad, encontrar profesionales de disciplinas consideradas científicas que desconocen absolutamente el método, el pensamiento escéptico y, no sólo eso, pueden llegar a creer en la astrología, por ejemplo. Eso no puede ser otra cosa que una falla en la educación, que sigue atada a la sociedad sin cuestionarla. Me parece que dimos un paso, por ejemplo, al despejar a la religión de las escuelas públicas. Ahora, lo que no se hace es enseñar que las religiones son una falacia y la tragedia más grande de la que la humanidad se tiene que desprender para siempre.

¿Puede ser la ciencia de alguna forma una religión?

No, de ninguna manera. La religión, entendida en el sentido clásico, intenta re-ligar un supuesto vínculo perdido hace siglos con un supuesto dios; y en el sentido moderno de religión, se puede decir que es toda aquella práctica llamada espiritual basada en falacias o pseudociencias. La ciencia, en cambio, es un método para arribar a la verdad. La religión es dogmática y no aportó jamás evidencia a sus postulados, ha sido refutada millones de veces, explicada, documentada como falsa, rastreada en la historia de la humanidad hasta sus inicios antropológicos de control de tribu, etc. La ciencia se ha ido desarrollando con un concepto de apertura total, cuyo valor principal es el escepticismo, el cuestionamiento, y ser antidogmática por naturaleza, y obligarse a presentar evidencias antes de declarar que algo es una verdad con la cual se deba proceder, al contrario de la religión y las creencias, que accionan sobre mentiras y producen mucho daño.

El pensamiento de que la ciencia es como una religión moderna es ingenuo y contemporáneo. Nace de las nuevas religiones New Age, que al no tener argumentaciones válidas para sus creencias, al ser refutadas constantemente por la ciencia, construyeron ese rincón en el que se creen seguras, argumentadas y sabias –como si acabasen de desentrañar un enorme paradigma que nos domina– aunque lamentablemente esto también es falso. No existe ni ha existido en la humanidad un método mejor para arribar a la verdad que el científico, y aún así ignoramos el 70% de la constitución del universo, por ejemplo; cosa que cualquier religión te puede responder en un parpadeo: Dios. Las religiones tienen respuesta para todo porque racionalizan en vez de razonar. Por ejemplo: un niño está a punto de morir, su madre reza para que el niño se cure, le pide a Dios que lo salve: si el niño se salva, la religión responderá que está ante un milagro, uno de los tantos de los que es capaz Dios; si el niño muere, Dios lo ha llamado a la vida eterna. Ergo, el sistema religioso es una burla, una farsa, una mentira que debe ser desterrada. Ha creado un sistema intocable y logrado protección estatal y legislativa bajo la estupidez del respeto a las religiones y credos, y desde allí mantiene a instituciones económicas, mafioso-pervertidas, que dominan a masas y las encaminan a guerras, hambrunas, muertes por abandono (Madre Teresa de Calcuta, homeopatía) y finalmente a retrasos sustanciales en el avance de la ciencia desde hace siglos. El mal que le han hecho las religiones a la humanidad es incalculable y casi total, el de la ciencia es más calculable y perdonable; en la mayoría de los casos, comparados con la religión, no representarían ni el uno por ciento, además de que ha llegado a sus metas con evidencias.

¿Qué cosas hacés para despertarte?

Hace mucho que, de niño, como cuento en la novela, tenía ciertos comportamientos que me hacían despertar. Hoy me despierto solo, fresco, casi sin recordar haber soñado o hasta dormido. Es extraño pero bello, y se lo atribuyo, sin prueba alguna, a las drogas que consumo.//RT3

Revista Tónica – 2012

Ejercicios y correcciones

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   La literatura argentina y un chiste de Aira; Borges; las poses dentro de las discusiones artísticas; Gombrowicz; los discursos dominantes en las letras y Henry James, son algunos de los tópicos que analiza —o utiliza a fin de llegar a un punto clave de la reflexión como tema en sí— el escritor argentino Guillermo Martínez en La razón Literaria, su reciente libro de ensayos, una especie de revisionismo de sus temas predilectos bocetados ya en aquel mítico “Ejercicio de esgrima”, un ensayo fundante aparecido en el volumen de 2005 La fórmula de la inmortalidad.

  Martinez sostienen que aquel ensayo corrió la suerte de cualquier polémica, fue leído por algunos de acuerdo a lo que se proponía decir, y por muchos otros deliberadamente mal entendido y reducido a la caricatura, a la sospecha psicoanalítica y a oposiciones burdas. “Como soy incorregible —escribe—, sostuve durante estos años mi defecto de pensar diferente y en la sección Otros ejercicios de esgrima reuní varias otras de mis discordancias”.

  En esta segunda entrega de artículos, conferencias y ensayos, no sólo evalúa, reivindica o interpela a aquellos primeros textos, sino que juega con una especie de Mamushka donde superpone capas de crítica literaria con las de la psicología del crítico. “Hay argumentos igualmente atendibles —anota en el prólogo—, para defender la fidelidad esencial a un modo de pensar o para justificar los cambios copernicanos, los arrepentimientos y las mutaciones”.

  Un capítulo dedicado a la Literatura y la Ciencia se especializa en el decálogo del buen tratamiento del tema policial. La transcripción de la charla “Series lógicas y crímenes en serie” hace foco en las inesperadas implicancias de las series lógicas en la filosofía, el lenguaje y las matemáticas. En “lo verdadero y lo demostrable” resume lo esencial en las ideas de incompletitud de Gödel, especialmente en cómo se ha distorsionado su interpretación: para Martínez el género debe ser puro, abstracto; a la manera borgeana, y no simbólica o aggiornadas al impulso artístico de ser siempre innovador. La trama de un policial debe ser una ecuación elegante y verdadera, antes que una simple historia de detectives con matices matemáticos. Un policial no debe ser un policial.

  En la sección “Primera Persona” se encuentran los textos que Martínez escribió a pedido sobre sus propios libros y se postula también como un memorándum de la influencia de su padre como escritor. Este quizá sea el punto de mayor amplitud estética del volumen; donde recurre a la narración para enmarcar el pensamiento, evitando que el sentimentalismo deteriore la estructura de argumentación. Su ejercicio en general es crítico con la corriente de pensamiento literario dominante argentino y tiene una mordaz visión del posmodernismo en todas sus manifestaciones.

  La razón literaria es una prueba de qué pensar la literatura es, a veces, pensar en todas las cosas como elementos mutantes según cómo sean expuestas. Los sentidos cambian, las esencias se vuelven secundarias y los errores fortuitos pueden revelarnos más que la persecución obsesiva de la verdad durante años.

La felicidad de los libros

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 Pablo Giordano es de Las Varillas. Allí nació en 1977, allí vive y desde allí se proyecta al mundo. Y no exageramos, Giordano integra ese pequeño grupo de jóvenes escritores de la provincia que ha hecho de su trabajo literario un oficio. La disciplina, la prolijidad y la autoexigencia, llevada casi al extremo, lo han proyectado hacia todas las direcciones; como un sismo que tiene epicentro en el interior de Córdoba, pero con una onda expansiva de límites desconocidos. 

   Ha publicado en diarios, revistas y sitios de América y Europa: La Voz del Interior, EL DIARIO del centro del país, Diario Perfil, Punto en línea (de la Universidad Nacional de México), El Especial de Nueva York y Alex Lootz de Madrid. A fines de la década pasada formó parte de las discutidas antologías provinciales sobre la narrativa joven en Córdoba (Es lo que hay y 10 bajistas) y publicó los libros “La Felicidad es un Gordini” (poesía, 2009), “Los muertos” (cuentos, 2012) y “Chozas” (novela, 2012). En la actualidad mantiene una columna en la revista PoloSecki, de Córdoba, y escribe casi a diario en su blog “Cosas de mimbre”, un espacio virtual en el que difunde sus escritos y un abanico de propuestas para aquellos que gustan de la cultura en toda su extensión. 

   Recientemente su trabajo se coronó con la publicación de dos libros de muy buena factura en los géneros cuento y poesía. Esos títulos son la “excusa” que hoy le proponemos en este hermoso domingo.

 Armando la choza 

   Giordano está feliz: recientemente una editorial cordobesa materializó en tapas duras una novela que comenzó a escribir cuando era adolescente, 16 años para ser más exactos. Sobre ese momento, el autor reflexiona ahora, con 18 primaveras más sobre la piel: “Aprendí básicamente el ABC de la literatura y algunos truqillos más. Fue una experiencia reveladora, exhaustiva y agotadora, en su sentido literal”. 

   En el medio, desde su inicio hasta la edición, pasaron correcciones, publicaciones en microcapítulos en web (al mejor estilo novela por entregas) hasta las últimas correcciones momentos antes de imprimirse. “Chozas”, se ambienta hacia “fines de los 80, comienzo de los 90, en un barrio de trabajadores de un pueblo del interior de Córdoba. Allí se desarrolla la historia de un niño de clase media baja con sueños de escritor que, en épocas hiperinflacionarias marcadas por la última dictadura y las secuelas de Malvinas, descubrirá la muerte, el sexo y el amor en pleno vaciamiento menemista, entre otros temas fundantes, los cuales se abordan diagonalmente y configuran un paradigma generacional que no escapa a la neurosis y arriba a la adultez con una visión del mundo interrogativa de ciertos valores.” 

   El amplio proceso de maceración del texto ha hecho que distinguidos lectores se aproximen a la propuesta del varillense y hayan emitido su juicio revelador. En ese sentido, Fabián Casas dijo que Chozas “es un libro intenso, lírico, donde desfilan personajes inquietantes que me hizo acordar a la primera vez que me encontré con el lenguaje particular del gran Ricardo Zelarayán. Entre la montonera de libros literarios, ‘Chozas’ hace la diferencia por la creación de un lenguaje en mal estado, pero sin fecha de vencimiento. Un lenguaje que se muerde la cola y que destila veneno. Un libro que produce intensas ganas de escribir”. 

   El escritor cordobés Federico Falco, contemporáneo al autor de “La felicidad es un Gordini”, dice: “En ‘Chozas’ Pablo Giordano da cuenta, con una voz atenta a los detalles del habla y una mirada dura e implacable, de las formas de la infancia y la adolescencia en un pueblo del interior de Córdoba a fines de los años ochenta y principio de los noventa. Detrás de la aparente calma de las siestas y los feriados, mientras los adultos tratan de llegar a fin de mes como pueden, los más chicos descubren la violencia, el sexo, las diferencias de clases y los códigos de la amistad. Las películas de Luis Miguel, las novelas de Carolina Papaleo y Raúl Taibo, Nirvana, los bloopers de canal 8 y las bolsas de chizitos puntean un crecer doloroso y la entrada en una primera juventud que, en el horizonte de la llanura, se vive ya como una vejez infinita, sin esperanzas”. 

   Por otra parte, desde el otro lado del charco (España), Marcelo Luján escribió: “Chozas describe -con mucho acierto y desde una violenta dulzura- esa instancia maravillosa de la vida que es la adolescencia. Un texto precioso -de altísimo vuelo literario- que no parece ni de lejos ópera prima. Una prosa sin miedos, suelta, que descubre todos los rincones de cualquier pueblo de provincia. Párrafo aparte para los discursos directos: los más auténticos que he leído en años”.

 Exhumando muertos

   De manera paralela, hacia fines de año pasado, Giordano veía concretado otro proyecto y es que su libro de cuentos “Los muertos” terminaba de editarse luego de ser seleccionado unánimemente y obtener el primer puesto en un concurso literario a nivel nacional. 

   Este libro alberga una serie de nueve cuentos que se exhumaron como huesos, en los que algunos ya habían aparecido en distintos medios del país y el exterior y que terminaron de armar el esqueleto con la adición de nuevos textos. Un libro orgánico, macizo, donde nada sobra. El autor nos sitúa en contextos particulares y disímiles, con esa prosa limpia, coloquial y con esas descripciones que nos plantan en algún pueblo de nuestro interior cordobés donde aparecen esos personajes singulares y pintorescos que muchos conocemos. 

   Juan Terranova escribe al respecto que “Los muertos” es una “cartografía de lo doméstico y la calle, personajes que son al mismo tiempo conocidos y extraños como en el heimlich freudiano. Pablo Giordano trabaja con una lupa, con una pinza y con un grabador-reproductor de voces. Sus relatos son ágiles, livianos, directos, pero también microscópicos, duros, astillados como un insecto de vidrio que nos mira”.

   Por su parte, Rubén Sacchi manifiesta “estos cuentos son crueles, pero no al estilo de Abelardo Castillo; poseen una crueldad cotidiana, casi natural, pero muy humana porque son horrores que resultarían evitables más allá de lo cultural y lo social. Sartre decía que para que el suceso más trivial se convirtiera en aventura era condición necesaria y suficiente contarlo. Yo sumo a esto que si la manera de referirlo lo vuelve atrapante, podemos estar en presencia de una promesa para el género”. 

   Un género difícil donde cada componente debe encajar perfectamente para que la maquinaria funcione de manera aceitada y armónica. La naturalidad con la que han sido construidos los diálogos hacen que cada trama sea un universo por sí mismo y se cree ese ambiente verosímil que a quienes escriben les cuesta lograr. 

   Cerramos con dos impresiones realizadas fuera del país. Desde México, Marco Tulio Aguilera Garramuño sentencia “hay algo indefinible en la prosa de Pablo Giordano que hace pensar en lo argentino esencial: aquello que está lejos de lo aparente porteño, la farsa, el embuste, la presunción. Su escritura es juvenil, pero posee una madurez definitiva”. Por su parte, José Angel Barruecos, desde España, dice que “Pablo Giordano destila en sus relatos una prosa feroz y cuajada de jerga mediante la que nos brinda historias ásperas y truculentas que nos enfrentan con esos abismos donde se mueven la violencia y la miseria”.

 

El Diario, Darío Falconi (2012)

Siluetas de Simulcop

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   Lorenzo se está volviendo loco, la marihuana le oxidó el mate. José lo visitó hace menos de un año y volvió con una tristeza definitiva: “El Lorenzo parece una planta, boludo. Está pa’ trás”. Creí que no era para tanto, pero ahora lo tengo enfrente. No puede concentrarse en el control remoto, le lleva tiempo reconocer los botoncitos antes de encender el televisor. No es el faso lo único que lo convierte en babieca, debe haber algo más.
   —Estoy tratando de acordarme del día en que erré algo.
   —No entiendo, Lorenzo.
   —Que hubo un día en que pasó algo, ponele, una boludez cualquiera que te cambia la vida sin que te des cuenta.
   —Alguna decisión.
   —No, alguna huevada.
   Se concentra en la pantalla como si en lugar de imágenes viera manchas para interpretar. No hablo, la única vez que nos quedamos en silencio fue la noche en que la Maricel empezó a vomitar y después se murió. Hace más de quince años, en plena Fiesta de la Primavera.

  —A lo mejor tendrías que ir a terapia —digo al rato.
   —Sí. No sé. No es lo que más me preocupa.
   La pieza de Lorenzo ya no es la pieza de Lorenzo. Cuando éramos pendejos traíamos a las minitas a la cueva, tenía buena acústica y olía como pipa. Ahora es un depósito de muebles que a la casa le sobran. Lo único reconocible es la cama y el escritorio donde guarda los apuntes de fisioterapia. La última vez que lo vi le faltaba un año para recibirse. Seguía teniendo los cuatro o cinco cedés de siempre, los cuatro o cinco libros que le presté y algunas películas en VHS no devueltas.
   De chico lo llamábamos Burbuja. Cada vez que se ponía nervioso y lloraba, amenazaba con escapar de la casa después de frotarse con jabón hasta hacer una burbuja gigante, meterse adentro y salir volando. En quinto grado faltó al colegio dos semanas seguidas. Una tarde, en hora de clase, vinimos a pedirle que volviera. La seño Inés golpeó las manos, pero no nos atendió nadie. Era la siesta, los padres tenían que estar trabajando. Lorenzo, sentado en una reposera arriba del tanque de agua del techo, leía la revista Gente. Nos miró como si fuéramos Testigos de Jehová. La señorita le preguntó por qué no iba más a la escuela. A pesar de vernos, no despegó los ojos de la revista. Le dijimos que se bajara. Se puso loco y nos tiró con un pedazo de ladrillo hueco.

   —No puedo leer más —dice ahora, jactancioso—, no puedo escuchar música, no puedo ver películas, no puedo hacerme la paja, no puedo casi ver fútbol… Todo es falso. Todas las personas me parecen mentirosas, y más los artistas. A terapia no voy a ir, no sirve para nada. ¡Los psicólogos son locos, boludo, no se puede! La única vez que fui, hace mucho, cuando me separé, me dijo que era un reprimido y me preguntó si alguna vez había tenido fantasías sexuales con mi hermana. ¿Entendés? Ta loco.
   —Bueno, a mí la psicóloga…
   —¿A vos te sirve terapia?
   —Sí, qué sé yo. Es bueno lo que uno haga con eso, no lo que…
   —… para colmo, en este pueblo estoy más solo que el uno. No salgo a ningún lado y estudio todo el día… se me pasa volando. Cuando me doy cuenta, ya es de noche y me deprimo mal, boludo. Mal, ¿entendés? A veces viene el Cuki, pero está más quemado que yo. No entiende nada.
   —¿Chateaste con el Martín?
   —Sí, ahora vive en Barcelona. La pasa bien, me manda fotos siempre.

   De adolescente, Lorenzo era pila. Fumaba mucho, pero le pintaban las mejores ideas. Por ahí le venían rayes de locura. Una vez se colgó con el “Informe sobre ciegos”. No salía de la casa. Fue difícil sacarlo. Habíamos jugado ajedrez desde la mañana y fuimos a un quiosco del centro. En la peatonal vi al ciego venir. Lorenzo se acercó a mi oído torciendo la boca:
   —Fijate cómo me mira.
   —¿Quién? —me hice el pelotudo.
   —El ciego… fijate.
   —¡¿Cómo te va a mirar un ciego, Lorenzo!?
   —Fijate cómo pasa al lado nuestro, se hace el gil, pero después se da vuelta y me mira.
   El ciego, que, además, era rengo, pasó casi rozándome, tenía olor. El tipo siguió caminando. Dos o tres pasos, y se dio vuelta a mirar al Lorenzo. No podía ser cierto, tampoco casualidad. Nos comimos la noche flasheando con eso. El Lorenzo explicó cosas que no recuerdo porque no creí. Se las discutí a muerte, aceptarlas era volverse loco.
Años después nos reímos de lo del ciego. Fue en un asado en casa de la Eli, borrachos. Esa noche se puso de novio con Fernanda y se perdió por varios meses. Lo único que hacía, lo cuereaban, era ver Los Simpsons, fumar como caballo y culear con la Fer.

   La nena de unos seis años, con la muñeca que trae arrastrando de los pelos y una amiga que la sigue, entra en la pieza y se detiene como si hubiese visto un espectro: suponía que el Lorenzo estaba solo. Después de mirarme de pies a cabeza, le dijo:
   —Nos vamos a la placita, pa.
   —Pará, Rocío, que papá está con el Negro.
   Las dos se vuelven arrastrando los pies por el pasillo.
   —La pendeja es lo único que me mantiene vivo, te juro —lamenta en una de esas pausas melancólicas que buscan aprobación—. A mí me toca los lunes, miércoles y sábados. La madre es una culiada: me hace renegar, no me deja criarla como yo quiero.
   —¿Y cómo querés criarla?
   —Aparte estoy harto: no quiero vivir más acá de mis viejos, ¿entendés? Ya estoy por cumplir treinta, quiero vivir solo. Quiero un laburito, un auto… Con un auto es más fácil, a las minas le gustan los autos.
   —Bueno, sí, está bueno eso. Tendrías que ver la forma de encontrar un laburo.
   —¿Pero qué laburo? A mí cualquier cosa me quema la cabeza, ¿entendés? Y no voy a ir a laburar fumado, es un bajón. Además tengo que terminar de estudiar.
   —Y bueno…
   —… yo pensaba en un laburito en un banco. Pero sabés lo loco que me pondría ahí, con esos idiotas de traje, mirándome a ver si hago bien las cosas, si las hago mal. No, boludo, estoy pa’ trás.
   —¿Y no pensaste en hacer terapia, en ver algo que te ayude? ¿En fumar menos?
   —Ya te dije que la terapia es una bosta. Además no churreo mucho, no llego a tres fasos por día. Lo que pasa que acá adentro no puedo fumar, mis viejos me calan el olor al salto…

   Salimos, nos sentamos debajo del ventanal del frente. Lorenzo enciende una tuca, chupa y grita por la ventana:
   —¡Mami! ¿La Ro? —larga el humo.
   —Se fue a la placita con la Eve.
   —¡Si yo no la dejé, mami, dejá de hacerme renegar!
   —Dejala que vaya, Loro, que se divierta un poco. ¡Qué querés que hagan!

   El silencio nos embadurna la cara. El olor a marihuana es agrio. Al frente hay un taller mecánico. Lorenzo se concentra en los chispazos de los soldadores, en una explosión amarilla que nos llega muda. Canta una “palomita de la virgen”. Su lamento y la soledad de la tarde convierte al mundo en una página de simulcop: nos imagino borrosos. No sé por qué recuerdo el poema “Tabaquería”, de Pessoa.
   —Tiene que haber algo…
   —¿De qué, Lorenzo?
   —Una cosa que me cambió la vida, no sé.
   Bufo.
   —Nada, pelotudo —me lleva la bronca—, no hay algo que te cambió la vida, gil. Dejá de fumar. No te enojes, Lorenzo, pero viajé doscientos kilómetros. Me dijiste que estabas mal, y acá estoy, y lo único que hacés es quejarte y hacerte la cabeza. No me jodás… Dejá de fumar y buscate un laburo. Terminá de estudiar de una vez, no sé.
   —¿Viste Corre, Lola, corre?
   Harto de que salte de una cosa a la otra, que no se concentre, que no le importe lo que tengo para decirle, hago silencio, me incomodo. Pero a los segundos cedo.
   —Sí, no me acuerdo bien. ¿Es esa alemana en que la mina tiene que conseguir guita?
   —Esa. ¿Viste que, según alguna huevada, como que la mina se choque con una vieja en la calle, le cambia la vida a la vieja?
   —No me acuerdo.
   —Que, por ejemplo, si yo no me hubiese errado ese penal contra los de Olimpo, a lo mejor ahora sería ingeniero. O estaría tirado en una zanja, ¿entendés? Que mi vida sería distinta. No sé…
   —Te entiendo, eso pasa todo el tiempo.
   —Sí, pero vos no entendés. Vos te referís a otra cosa.
   —Bueno, como quieras.
   Empiezo a odiarlo, a desconocerlo. Pienso en algún trauma que pudo haberle hecho esto y no encuentro otra cosa que la separación de Fernanda o su paternidad tan joven. No veo qué puede haberlo puesto así.
   Hay algo, un recuerdo que entonces me inunda como esas canciones bizarras que creemos, por suerte, olvidadas. Algo que, sorprendiéndome, puede tener que ver. A los quince o dieciséis años nos pasábamos la tarde tirados en la plaza fumando faso y hablando de poetas. El Marcos había ganado muchas veces el Premio Municipal, y yo un par. Lorenzo se escapaba de Fernanda para escucharnos. Un día aprovechó un silencio y se mandó:
   —Yo también escribo.
  —¿En serio, Lorenzo?
   —Hace mucho más que ustedes que escribo. Hace de chiquito que escribo cosas, tengo un montón de cuadernos llenos. Y no escribo para levantar a las pendejas de tercero, como ustedes. Escribo de verdad. Nunca les voy a mostrar nada, voy a quemar todo. Son genialidades que nadie va a entender. Así que las voy a quemar.
   —Para mí que te da vergüenza —tiró el Marcos.
   —No, boludo. Acá traje un poema, que es el único que creo que ustedes pueden entender.
   Y lo leyó, rápido, masticando las palabras. No hacía falta una mirada cómplice con el Marcos para certificar que la envidia nos chorreaba por las orejas. Durante la lectura, el Marcos me codeó como si hubiese aparecido un fantasma inconmensurable llamado Borges. El argumento: Lorenzo fumando, tirado en la cama de los padres, oliendo el colchón todavía mugriento por el sexo de su madre. Un verdadero fetus in fetus: por algún error genético, guardaba en las tripas un poema. Se lo dije al Marcos. Pero él, todavía con aquellos versos dándole vueltas en la cabeza, dijo que el Lorenzo, a ese fetus in fetus, se lo había “extirpado del orto”. Que era un poema monstruoso condenado al fuego, una inmundicia genial que no podía habitar este mundo.
   El Lorenzo, con el papel en la mano, mirándonos, se movía hacia adelante y atrás como autista. Y nos reímos en su cara, fuerte, al borde de babearnos. Fue por la marihuana. Fue por los nervios, por no saber a dónde rajar. Esa sensación de velorio, la solemnidad “intelectual”. Temíamos ser sensibles, vulgares. Nuestra sensibilidad debía ser artística, no mundana.
   Se levantó, rompió el papel, subió a la bici y se fue moqueando. Nunca lo habíamos visto así. Nunca su cara sin sonrisa, su mentón temblando. Lo llamamos de lejos, aunque riendo. Le gritamos que el poema estaba bueno, pero no volvió.

   Ahora Lorenzo pisotea la tuca en la vereda y me pide que lo acompañe a la placita a buscar a su hija. La placita es un campito de tierra con un tobogán roto y dos hamacas. Atrás hay campos, potreros secos de una ciudad que no ha crecido en los últimos treinta años. El cielo se desmorona. Las nenas corren hasta nosotros.
   —¿A qué jugaron, Ro?
   —A nada, nos hamacamos. Vino un chico a tirarnos arena, pero la Mily lo echó. Le pegó con un ladrillo en el pie.
   —No, Ro. ¿Cómo van a hacer eso? Mirá si el chico viene y les pega, después…
   —Bueno, pa, ¿qué querés?, si él vino a buscarnos lío.
   Volvemos las dos cuadras en silencio. En la casa, Lorenzo le ordena a la madre que bañe a Rocío. Ella saluda, pregunta cómo estoy y qué fue de mi vida. Pero no presta atención a mi respuesta, ya está en el baño con su nieta. Desparramado en una reposera del living, Lorenzo se muerde el labio y señala a su mamá. Me siento en el sillón grande, el verde, el que en algunas noches me soportó desmayado por el alcohol. Lorenzo agarra el control remoto, su cara recobra cierta dignidad.
   —¿Vos crees que fue por esa tarde que les leí el poema?
   No ha pensado en otra cosa en estos años. Sonrío con superioridad.
   —No le echés la culpa a un poema, Lorenzo.
   Cambia de canal sin mirarme, el verde furioso de una cancha de fútbol nos atraviesa, nos silencia el comentario nasal del conductor del programa. Lorenzo espera de mí la confirmación del pasado, de lo que vivió aquella tarde. Quiere que me rectifique, que le diga que aquel poema era bueno. Pero mi cabeza se quedó en casa, con la familia y mis cosas. Quiero contarle a Vanesa que el viaje fue al pedo, que sos irrecuperable, que estás peor que nunca. Te miro la nuca frente al televisor y me da vergüenza, Lorenzo, te juro. No sé qué sensación tengo, y aquel poema era condenadamente brillante.
   Me levanto poniéndome la campera. Empieza el partido. No puedo irme, hay algo que no me deja abandonarte así. Voy hasta la heladera, saco una cerveza, la destapo y vuelvo al sillón.
   —¿Juega Lujambio? —te pregunto pasándote la botella.
   —Ni puta idea —contestás.

(Antología Es lo que hay, 2009)

Alguien estuvo pensando

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para Diario Perfil

  La serie de relatos Experimentos con seres humanos comienza con un niño llamado Lucas que dibuja esvásticas en los cuadernos del Liceo e imagina la muerte sucesiva de la humanidad empezando por su madre. Muertes limpias, sin cadáveres, pero bajo sus cruces nazis.  Lucas vive en Los Juncales, un pueblo de la pampa gringa compuesto por familias de inmigrantes (Piamonteses, Judíos, Alemanes, etc…) y sus genealogías (incluso bastardas) respiran y se mueven como si ninguna de sus piezas pudiera forjar identidad sin la “enemiga”. La interrelación entre estos organismos se llama sociedad; pero la historia del mundo se empecina en depositar los grandes cambios humanos en los individuos. Y este libro termina siendo (a pesar de tratarse de relatos) una novela sobre (a pesar de la sociedad) individuos.

   Este juego de encastres muestra los destinos de los integrantes de entre otras, la familia Staub, la de Lucas, quien con su hermano rastrea un enigma sanguíneo, un puzzle maltrecho cuyas ausencias no representan perlas sino souvenires de lástima y mutilación. Por supuesto aparece la Historia, la Geografía, los personajes reales que la compusieron y lo que hace falta para un marco de realismo, brutalidad: “Éramos rubios de ojos claros en un pueblo donde el cincuenta por ciento de los habitantes eran rubios de ojos claros y donde se consideraba oscura a cualquier persona que permaneciera demasiado tiempo a la sombra. Negro y basta, decían los Staub.”

  El proyecto Apollo es recurrente. El alunizaje, y la figura de la Luna como una especie de Big Brother a quien descifrar, ejercita cierta alegoría fantasmal en el legado de la prima con historia triste. Lucas y su prima compartían pequeños “experimentos con seres humanos”. La adolescente se convirtió en recuerdo y su legado fueron algunos manuscritos donde se nomenclan once tesis sobre el satélite terrestre. Una de ellas, la séptima, podría definir a la novela de Schilling: dice que la Luna se parece a una sala donde alguien estuvo pensando.

El cordobés Pablo Giordano

Un escritor que pinta su pueblo

   Acaba de publicar tres libros y cada lunes sube un capítulo de su novela a la web, en la que narra con humor “como un pueblo te cocina a fuego lento”

 

    “Sabe que no es necesario ser aburrido para hablar del aburrimiento, ni oscuro para expresar la oscuridad: su poesía es una gema profunda y negra, pero tallada con claridad absoluta”. Así escribió sobre Pablo Giordano el escritor Marcelo Di Marco en el prólogo de La Felicidad es un Gordini (Textos de Cartón-2009), el hermoso libro de poesía que el joven escritor acaba de publicar en la editorial cartonera de la ciudad de Córdoba.

   Pero lo observado por Di Marco no sólo se aplica a esa poesía ni lo publicado por Giordano se reduce a ese libro; sino que acaban de salir a la luz dos antologías de la joven narrativa cordobesa, Es lo que hay (Ed. Babel) y 10 bajistas (Eduvim), en las que participa con un cuento y un microrrelato, otros de los géneros en los que su escritura fluye y donde el aburrimiento vuelve a aparecer como la chispa que enciende la acción de los personajes o como una fina capa que los adormece de por vida. El escenario siempre es un barrio, que podría ser el suyo, en Las Varillas, una pequeña ciudad del este cordobés donde recibió a Críticadigital y donde justamente hace 22 años, “cuando tenía apenas diez, una tarde de domingo e inmerso en un terrible aburrimiento de pueblo” escribió su primer cuento. 

   En su casa, con el silencio de la siesta pueblerina interrumpida por los ladridos de unos perros callejeros, Giordano cuenta que después de aquel relato llegaron otros pero todo terminó con la primaria hasta que dejó el colegio secundario, recuperó el entusiasmo y volvió a leer y escribir. En 2002 creó Cosas de mimbre, el blog que ya dejó de serlo y que ahora utiliza sólo como una especie de archivo donde va colgando lo que escribe, “sin presiones, sin bloguear”. Allí sube cada lunes un capítulo de Chozas, su novela inédita que circula con excelentes críticas entre colegas y lectores. Claro que se siente halagado, dice, mientras trata de hacer callar a los perros. 

   La historia de la novela es la vida de un pibe de clase media que, narrada en primera persona, avanza con la velocidad de las peripecias de personajes tan reales como el Étor, el colorado Cresta, el Benja, el gordo Suero, el negro Huelga, muchachos que conocen de violencia, hambre y descontrol y que se juntan en chozas de paja que ellos mismos construyeron para matar el tiempo. Allí se ríen, se escapan, se putean, crecen y se arruinan la vida. Escrita con mucho humor y un registro hiperrealista logra que el lector sienta que está ahí muriéndose de risa o retorciéndose de dolor. 

   Escribir Chozas le llevó años. “La he corregido mucho y sigo haciéndolo, subirla a la web es un intento de terminar con toda corrección. Porque la literatura – algo que dirá varias veces durante la entrevista – tiene más que ver con la corrección que con el hecho de fluir”. Lo mismo hizo con sus cuentos, cuando su blog era blog: revisó y editó muchos de sus relatos que hoy están antologados en Grageas (IMFC – 2007), junto a cuentos breves de Abelardo Castillo, Leo Masliah y Ana María Shua; o en 25 ciudades, de La voz del Interior (2007). 

   Con fina ironía y como para graficar que el motor de su escritura es narrar lo que le pasó, lo que le contaron, lo que piensa y siente, Giordano dice que no sabe si escribe cuentos o anecdotarios. Le resulta fácil contar historias infantiles de los 80, tiene tela para cortar y sobretodo un tono. Durante el encuentro se explayará con varias, pero hay una que condensa el valor de los gestos en su narrativa. Un día recibió por correo dos ejemplares de un suplemento cultural de Nueva York en el que había publicado unos relatos. Era 2002 y la paranoia mundial por el ántrax llegaba también a Las Varillas, al punto que hasta el cartero “lo miró raro” cuando quiso abrir el sobre y tuvo que explicarle lo que contenía para que se fuera tranquilo. De esos detalles están repletos sus textos. 

   Hay un ritual que la mayoría de los varillenses repiten todos los mediodías: clavar el control remoto en el canal de TV local cuando se emite Retro, un programa realizado con imágenes de archivo y en el que pueden reconocerse con algunos años menos o verse en situaciones ya olvidadas hasta por ellos mismos. Al programa también lo realiza Pablo, quien se remite a una de esas imágenes para explicar que “la literatura hoy es un hobbie y que logró reunirse con su idea ancestral de inutilidad”. La frase, que comenta haberla leído en algún lado, le recordó a una entrevista a un viejito escultor que vive en un rancho en el medio del campo. “Si vieras sus obras, eran muy bellas, tenían valor artístico. ¿Y qué es el tipo para la sociedad? un hombre que tiene un hobbie. Como el escritor que tiene el hobbie de escribir. Así es para la mayoría de la gente, aunque para mi sea fundamental”. Como narrar un gesto. 

   Y quizás por todo eso, ante la consulta sobre qué es lo que más le agrada de vivir allí, responde que “las ciudades queman, arden, consumen. El pueblo te cocina a fuego lento, al spiedo. Das vueltas todo el tiempo y no te movés de tu eje. Me encantaría viajar; pero si viviera en una gran ciudad, definitivamente no sería escritor. El hecho de que no pase nada y que casi no haya gente ni cosas para hacer, es una buena condición para ponerse a escribir”. 

   “ES LO QUE HAY” . Algunas consideraciones de Giordano a propósito de la reciente publicación de la antología de la joven narrativa en Córdoba, compilada y prologada por la escritora Lilia Lardone y que fue presentada ayer en Buenos Aires. El libro reúne relatos de 24 narradores nacidos a partir de 1976. 

¿Cuáles son las características comunes en la literatura de los jóvenes cordobeses?

Para que pueda asegurarse que una literatura es de un lugar y no de otro, creo, tiene que ser intransferible. En la literatura cordobesa de mi generación impresiona la cantidad de cuentos que transcurren en pueblos del interior, con personajes que se comen las eses y trabajan en los silos de granos. Impresiona esa manía de referirse a la infancia y al yo. Creo que el blog fundó un género en sí mismo que se transfirió a la literatura de a poco, subrepticiamente. La idea de diario personal, de la primera persona contando sucesos en apariencia triviales, cotidianos, es un arma de doble filo: algunos logran manejar este arma con maestría, la mayoría no.

¿La antología “Es lo q hay” vendría a ser la presentación de la joven guardia cordobesa? 

A diferencia de Buenos Aires, la “joven Guardia Cordobesa” se ha promocionado mucho menos como tal. No surge de una reunión de autores autoconvocados con un fin determinado, sino como selección de autores a cargo de una escritora consagrada como es Lilia. Algunos autores comparten ambos grupos, algunos otros jamás volverán a aparecer en ninguno de los dos.

Alicia Beltrami (28 de junio de 2009 – CRITICA DE LA ARGENTINA)

Ñandú

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   El Lucas ya se había mandado algunas cagadas parecidas. Una vez, a la entrada del colegio, hizo un willy con la moto blanca que había armado, y en el aire se le salió la rueda de adelante. Anduvo media cuadra con la moto levantada pensando en cómo bajarla pero no había opción. El ruido fue lo que más nos impactó. Lo otro fueron algunas chispas y el Lucas arrastrándose sin control hasta nosotros, golpeando varias veces contra el cordón cuneta. Otra vez fuimos a la casa y nos mostraba cómo había que castrar a los gatos. Les ataba un alambre de cobre bien apretado alrededor de los huevos y los largaba. A los días aparecía el gato con el pito seco y se los sacaba como si fuese una crosta.
   Los padres nunca estaban. El Lucas se subía al techo a fumar. Armaba cigarrillos con yerba mate y un pedazo de diario. Esas cosas fueron en séptimo grado, él había repetido dos veces. Una semana antes de terminar la primaria pasó lo del ñandú.
   En verano lo acompañé a chorear nísperos y pasamos por el campo del tío. Se le iluminaron los ojos cuando la vio y era imposible que el entusiasmo del Lucas no se te contagiara. En esas situaciones no medíamos las consecuencias, lo único que importaba era verlo así, ver crecer la alegría como un veneno que le hinchaba el cuerpo y lo hacía explotar.
   —Vos colgate de las rejas y espantala, que yo me acerco por acá atrás y le tiro la soga —indicó.
   —Te crees que la ñandú es boluda, Lucas. Las ñandú son re-vivas.
   —Vos andá.
   —Te va a cagar a patadas, las ñandú te cagan a patadas.
   —Problema mío, andá. Ya me vas a agradecer cuando las chicas nos vean pasar arriba de la ñandú y se caguen de risa.
   Lo encontramos en el zoológico abandonado. El zoológico había sido un rejunte de animales de la zona, más bien grises, flacos. Tres zorros, un puma, varias lagartijas, un puñado de gorriones y no mucho más. Cuando no pudo seguir alimentandolos, el tío les echó el veneno. Fue en cana, molido por un grupo de mujeres que quiso lincharlo. Solo, en un pedazo de jaula detrás de los chañares, el ñandú sobrevivió.
   —Tapemoslé los ojos con algo, Lucas. Yo vi en la tele que le hacen eso a los cocodrilos para que no se aviven.
   —Si, ¿y cómo mierda la agarramos? Le podemos poner esas anteojeras de los caballos.
   —¿Van con monturas las ñandú?
   —Yo vi en la tele que sí, a los avestruces se las ponen.
   —Sí, pero las avestruces son más grandes, no se si esta va a aguantar.
El bicho le tiró un picotazo en la pierna. El Lucas se revolcó agarrándose el tobillo, juntó un puñado de piedras y se las revoleó por la cabeza. El ñandú corrió flameando el cogote.
   —Se me caga de risa, la hija de puta.
   —Agarremoslá por atrás.
   —Qué te crees que es pelotuda o qué, mirá como juna por el costado.
   —Ta’sustada, boludo.
   La acorralamos en puntas de pie agazapados, el bicho no se dio cuenta. El Lucas fue por atrás, pegó un salto tirando de las alas y se subió. El ñandú salió corcoveando. La jineteó cagándose de risa. Le enredó la soga alrededor del cuello, el bicho dobló cerrado y lo tiró a la mierda. Antes de tocar tierra, el Lucas pegó el tirón y la revolcó. El bicho largó un grito horrible, saltaron manojos de plumas.
   Nos fuimos al centro en las bicis. Se escuchaban las uñas del ñandú raspando el pavimento. A cada rato se metía entre las ruedas y nos obligaba a frenar. Le desenredamos la soga y arrancamos de nuevo. Una cuadra antes del centro dejamos las bicis y nos preparamos. No me animé a subir, al escándalo lo iba a protagonizar él. Pobre.
   La acomodó derechito a la plaza. La montó de un saltó y salió cagando. El ñandú agarró en diagonal, zigzagueando.
   El Renault 12 venía al mango, era rojo.

(Revista Diccionario, 2007)