Una mina de Cortázar

1507-1  En una carta enviada al poeta y pintor Eduardo Jonquières en 1957, Julio Cortázar escribió: «Yo vivo tan en mis cosas, tan contento con la presencia de Aurora, que no necesito una vida de relación intensa». La mujer a la que hace referencia es Aurora Bernárdez, su esposa, quien murió hace apenas tres años, en París, a los 94. Dejó una vida de viajes, traducciones y erudición, en medio de los grandes nombres de las letras del siglo pasado. Conoció a Cortázar en 1948 cuando se convirtió de inmediato en su primera lectora. El escritor la nombró su heredera universal y desde la muerte de este a la suya, cuidó la obra del cronopio, editó sus libros póstumos y su correspondencia. Ahora toca el turno de ella. El libro de Aurora reúne poemas, relatos y las notas de diario personal escritas en el París de los gloriosos sesenta y setenta donde la vida cultural la convirtió en una mujer del siglo XX con todas las letras.

  Aurora Bernárdez nació en Buenos Aires en 1920, se licenció en Filosofía y Letras en la UBA. Tradujo al español obras de Lawrence, Durrell, Flaubert, Calvino, Nabokov, Camus, Sartre y Faulkner, entre muchos otros. Mantuvo, como escritora, un perfil bajo absoluto, al grado de no publicar. Quienes la conocían quedaban maravillados. Vargas Llosa,  refiriéndose a la pareja, aseguró: “difícil descubrir quién era más inteligente y más culto, cuál de los dos había leído más, mejor y con más provecho […]. Yo estuve siempre seguro que Aurora no sólo traducía —lo hacía maravillosamente— sino también escribía, pero se abstenía de publicar por una decisión heroica: para que hubiera un solo escritor en la familia”

  Entonces surgen algunas tentaciones: ¿Cómo fue tener a Julio Cortázar en el cuarto de al lado escribiendo Rayuela? ¿Qué se siente resignar los propios texto por la sombra que proyecta un gigante de las letras? ¿Qué tipo de literatura produce una mujer que ha traducido a los más grandes de las letras universales y corregido a uno de los mayores de sus cuentistas? Pero la Aurora de este libro no se somete a la fascinación del lector interesado en leer a ”la mujer de”; sino que nos descubre su obra oculta durante décadas (escrita pasados sus setenta años) resultado quizá, de los cuadernos de toda una vida, que fueron desapareciendo, en muchos casos, intencionalmente.

  Esta edición contiene, además, la transcripción de la única y extensa entrevista que concedió Bernárdez a Philippe Fénelon para su película documental sobre Cortázar. En ella Aurora revela un costado no tan comentado del autor argentino y se detalla su extensa estadía en la India, donde no sólo quedaron pasmados por el concepto de la muerte y el tratamiento que daban a los cadáveres en las fantasmagóricas aguas del Ganges; sino las peculiaridades de la arquitectura hindú que inspiraron “Instrucciones para subir una escalera” entre otros textos.

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Nocturno

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—Peque, ¿ya te dormiste?
—Me estoy durmiendo, ¿qué pasa?
—No prendas la luz, la mami nos va a retar, es tarde. Y hablemos en voz baja, después nos escucha y nos grita. No quiero escucharla gritar, me pudre. Las otras mañanas le gritaba a un perro que le rompió las plantas. Muy fuerte. La Juana salió de la despensa a ver. Yo escuché por la ventana, eran las siete. A esa hora empezaron los gritos, imaginate a la noche, no se aguantaba ni sola. El sábado se puso afónica… ¿no viste que cuando volviste no se le entendía nada?
—Es tarde, mañana tengo que ir a gimnasia, dormite.
—Hoy dormí un montón en el colegio. Me mandaron a la dirección y seguro la van a llamar a la mami para preguntarle por qué duermo en el aula.
—Ya fue a hablar.
—¿Y qué le dijeron?
—No sé, dormite.
—No, decime.
—…

—¡Mañana me puedo llevar a la pieza nueva el poster de Bon Jovi!
—Hacé lo que quieras.
—Juguemos a “adivine el personaje”
—No, Pepo, basta.
—No, dale, uno solo y nos dormimos. ¡Listo! … ya lo pensé.
—¿Es mujer?
—No
—Es hombre…
—… y sí, boluda.
—Bueno, ¿es de la televisión?
—Sí.
—¿Tiene un programa de música?
—No.
—No sé, no tengo más ganas de jugar.
—No, dale.
—No, dormite.
—Era Héctor Larrea, si preguntabas si tenía un programa de juegos lo adivinabas.
—Dormite, dale.
—¿Sabías que el Lorenzo me quiere matar, dijo que en el segundo recreo me va a partir en dos?
—¿Quién es el Lorenzo?
—Uno de tu edad, repitió un montón de veces y ahora va conmigo, era de otro colegio.
—No sé, dormite. Yo ya me di vuelta.
—Va a hacer frío en esa pieza, le voy a decir a la mami que compre frazadas. Aparte tengo que dormir después de cena que ahí me agarra sueño, porque a esta hora no me duermo más. Los otros días a la siesta estuve las cuatro horas jugando con el reloj, inventé un montón de formas. Y pensaba… la seño Marisa los otros días lloraba en la cocina, nadie sabe por qué. Las maestras deben saber, capaz que se le murió el perro, yo qué sé… es linda la seño Marisa, no como las otras viejas olor a pedo.
—…

—¿Peque? ¿Estás despierta? No es que me de miedo la pieza nueva, pero es como si fuera más grande. Para mi por esa ventana se puede meter alguien.
—Dormite, Pepo. ¡Cómo va a entrar alguien por la ventana!
—¡Qué no! Una noche en la casa de la abuela se asomó un hombre de pelo blanco, lo vi clarito. La abuela no me creyó, pero te juro que era un hombre de pelo blanco. Una noche entró alguien a la pieza del Nico y se mandó en la de la madre. Al otro día la madre le dijo que era imposible. El Nico lo vio clarito, también. El tipo tenía barba y fumaba, ni lo saludó, pasó por su pieza y se mandó en la otra. Según el Nico se prendió la luz en la pieza de la madre. Al otro día la madre le dijo que si fuese un hombre de verdad entraría por la puerta.
—…

—¿Ya estás dormida? ¿para vos el papi trabaja en la remisería hasta las cinco? Peque…
—…
—El padre del Agus le dice a la madre que trabaja en la fundición pero se va a jugar a las cartas a la casa del Lucas. El Lucas nos contó que se levantó a la noche y el living estaba lleno de humo y timbeaban.
—…
—A mí no me da miedo la pieza nueva, tengo escritorio y la luz es blanca, no como la de acá, amarilla de velorio.
—…
—No voy ahora porque la cama no está bien tendida. Y además pienso en el papi. ¿Trabajará hasta la cinco? Si se va a jugar a las cartas y no quiere que la mami lo rete cuando vuelva yo le puedo dejar la ventana abierta. ¿No le viste cara de malo hoy? Tenía cara de haberse peleado con la mami.
—No, no lo vi. ¡Y no me despertés más, ya me estaba durmiendo!
—Soreta; vos porque sos una pelotuda que no piensa en nada, repetís las tablas como loro todo el día.
—…
—Además tus compañeras son todas caretas.
—…
—El Mauri me explicó qué es ser careta. Leyó un libro del sistema mundial. Que es una máquina grandísima y no la vemos. Cuando empezamos a leer y ser más inteligentes la vemos si miramos bien para arriba, pero no podemos hacer nada para destruirla porque es muy grande y nos damos cuenta que somos títeres. Yo no quiero ser como vos y tus amigas, por eso me traje estos libros y los voy a leer. Y voy a ver la máquina y por ahí cuando tenga ochenta años, si sigo leyendo, la destruyo.
—…

—¿Ahora si estás dormida?
—…
—Bueno, andá a cagar. Menos mal que mañana me voy a la pieza nueva. Ahora soy grande y voy a dormir solo, no como vos que seguro se llega a asomar alguien por la ventana te rebañás en bosta y vas a ir corriendo a mi pieza cagada de miedo a abrazarme. Careta, eso el lo que sos. Voy a leer. Por ahí leo tanto que ya se hace la hora en la que viene el papi.
—…
—¿Te conté el día que el Pato Murúa peló el pito en el aula y la monja lo vio? ¿Peque? Che, escuchá, escuchá Peque… el Pato la peló y…

(Los muertos, El Mensú editores, Villa María, 2011)

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Amigos que me asistieron en este work in progress hace algunos días: luego de aplicar las recomendaciones que ustedes me hicieron, pego abajo una primer revisión, a ver qué les parece. ¡Gracias!

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  La última vez que sus pies se hundieron en el césped del patio, tenía empleo y esposa. Directo desde la cama, sin vestirse ni pasar por el water, no siente que sea exactamente él el que está allí. Empleo y esposa; y una perra: Belkis. Hace años, Julio, Belkis y Carolina eran una sola entidad cuando jugaban, por la tarde, en ese mismo patio donde ahora la circunferencia del sol se completa sobre el muro. Extraña a la perra, no a Carolina. Eso debe tenerlo en claro. Es Domingo de fuego en Rosarito, invadida por las enormes antenas de alta tensión que la afean tanto.

  Anoche, como cada Sábado, los güeritos dejaron el reguero de basura por toda la calle. Ninguno tiene edad para saber que han cruzado a otro país. Creen que México  es el estado más divertido de América. La compañía de limpia del Ayuntamiento envió al personal de las playas a juntar la mugre de este lado. Un gordo que apenas si puede mover la bolsa donde debe colocar las latas de cerveza, entra y sale del cuadro que Julio descubre en la ventana mientras enciende un cigarro y termina de abrocharse la camisa. Se nota que el gordo es un voluntario, que tuvieron que recurrir a gente como él o quizá a presidiarios porque seguramente la mayoría del personal de la compañía se quedó limpiando la sobrepoblación de medusas en la costa. Ahora Julio cierra la persiana y alcanza a ver al gordo agacharse con dificultad, levantar una lata y botarla dentro de la bolsa.

  Julio cierra la puerta y proyecta en su mente el cruce por el Mojave. Enciende el Tsuru, baja a la calle y lo deja allí rumiando mientras cierra el garaje. Luego se sube y acelera. A las pocas calles gira por Troncoso Miranda, donde está el templo Bethel que siempre lo intrigó. Un día va a entrar, lo presiente, es una de esas sensaciones que lo empujan, como ahora, a una experiencia sin sentido, como este largo viaje por una perra.

There was a girl

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   Durante los últimos años de secundaria estuve saliendo con una chica de veintitrés años, Carolina, gordita y pequeña, vivía en el segundo piso del edificio del centro y pasábamos las noches en la única azotea del pueblo. Me gustaba su mal aliento, sus hombros recios de contrabajo, su bajo vientre tatuado. Dentro de la casa rugían sus hijos frente al televisor el día perpetuo de los pollos. La ventanita de la cocina, mi ropa en la silla del rincón de su pieza, eran los ángulos que prefería mirar cuando no dormía y recordaba a mi madre cruzándome la calle un invierno en Pasadena, o el aliento pútrido de mi padre apenas despierto en esa cama del Hotel de Maine que terminó incendiado cuando nos fuimos a las carreras, las bombachas de mis hermanas, los calzones del tío Ted, flameando en la soga del patio que teníamos en la casa de Jersey cuando pasábamos esas temporadas allá.

   Después llegó el verano en que nos separamos y no volví a verla. Recuerdo mi par de ojotas flotando en la pelopincho, irme descalzo hasta la casa de mis padres, sentarme en el sillón del living y anunciar que alquilaría algo para mí.

  Hasta ahí llegó la adolescencia, los fasos ya no pegaban como antes, en lugar de dolientes o bonitos los atardeceres empezaron a ser patéticos, el amor obsesión y el médico se convirtió en el dealer más confiable. Terminó el tiempo de los poetas, los perros románticos, quedó el recuerdo del gusto maduro de la primera lengua de mujer contra el tapial del patio de luz, los amaneceres en las calles, las niñas de pelo mojado y culos inmaculados, apretando las carpetas con las tetas mientras entraban al colegio, trepando a motos y autos de pibes que se arrugaban al sonreír y que pasaban las siestas doblados sobre tornos y a las siete de la tarde destapan las primeras cervezas.

   Tuve muchos amoríos por ahí, pero no conocí a ninguna chica que me haya deslumbrado tanto como Gisela, mi amiga de toda la vida. Ella va mucho más allá. Educa mi sentido de la belleza hasta extremos insoportables, como ahora que duerme en mi cama. No es una conquista, sino la imagen de cómo se vería. Nunca descubrí a qué huele ni como besa. Apenas si conozco su vida y ella la mía. Apenas si jugamos con la idea de acostarnos, de probarnos. Siempre con tintes bromistas, pudorosos.

  Quisiera acariciarla hasta que despierte. Exigir caricias suyas mientras la luna chorrea por ventana. Lamerla, babearla entera como una boa que cena a la mascota criada con amor durante años, sentir sus curvas moldear mi cuerpo. No voy a recordar la cantidad de noches que pasamos hablando y no se filtraba una sola señal, un puto guiño. Ahora duerme en mi cama y eso es todo. Doy vueltas hace horas. No dejo de recordar el ángel de García Márquez caído en un patio. Abusé también de la imagen trillada: la guitarra y su cuerpo armónico, las curvas buenas del instrumento.

  La realidad organiza la estética recurriendo a humildades. Y la metáfora me llama. No puedo resistirme, acaricio las cuerdas y toco los acordes de Nature boy, pero susurro: “There was a girl / a very strange enchanted girl”.

   En un tiempo Gisela recorrió pueblos del norte cuyos nombres no recuerdo. El padre vendía artículos de baño, nunca entendí la relación con los viajes. Ella era una niña de vincha verde y zapatillas de varón.

   A los once años empezó a chocarse cosas. En séptimo grado Diego Gaitán la miró y ella se llevó por delante el cesto de basura del aula. Se le caían las monedas en el kiosco, los varones de secundaria se apoyaban en su cuerpo con excusas de montonera y empujones. Una tarde dobló mi brazo hasta arrodillarme y hacerme jurar que nunca más la llamaría “jirafona”. Pronto dejó de dominar el rostro. Llegué a ver muecas realmente horribles. Desarrolló un tic molesto que le duró un verano. No podía soportar que la miraran. En la secundaria se vestía mal y el maquillaje la desdibujaba. Nos acostumbramos a aquello hasta que la exuberancia de su desarrollo desbordó los trapos con pavura. Y su boca, ¡Dios! ¡A los catorce años!

   Un día me mostró la foto del novio. Un hombre barbudo, posando en una moto chopera, la agarraba de la cintura. Parecía de revista. A la tarde la pasó a buscar y quedamos con la boca abierta. La imaginé sentada en la horquilla del manillar inclinándose, dispuesta a ser besada. El largo de las piernas y la anchura de sus caderas salvaban a la imagen de la infamia.

    Ahora todo aquello es materia masticable sobre la cama. Quiero acostarme arriba de ella y no moverme hasta estar erecto. Penetrarla por atrás, irme despacio, llenándole el sueño.

   La otra semana estuvimos en casa del novio nuevo. Un desagotador de pozos negros del barrio Miguel Ugart. Vive en una piezucha húmeda. En las paredes descascarada que rodean la cama pega páginas arrancadas de revistas de automovilismo. Carreras, accidentes famosos, triunfos históricos. Las pega con cinta stiko y si apoyas tu mano notás que están mojadas. Los sábados pasean en el camión y a veces la policía les pide que se alejen del centro. El novio se alimenta de latas de atún y arvejas y vive para hidratar su piel extrañamente percudida. Pienso en cómo hacen esos tipos para seducir a alguien como ella.

   Ahí está por fin su tanga sobre mi cama. La carne mastica el trapito, lo traga hacia el oscuro aroma. Es mi cama y no puedo cogerla. Alguna ley implícita de amistad lo impide, pero alguna legal debería permitirlo. Su tanga, ¡Dios mío! Acerco mi mano, se la corro lentamente: los labios redondos, rosados, de nena, aterrorizan, puede despertarse ante el menor roce. Es a todo lo que me atrevo, todo lo que ocurrirá. Me acuesto y espero la duermevela. Otra vez sueño aviones precipitándose en los baldíos del barrio, invasiones extraterrestres, luces inteligentes en el cielo onírico, exterminio humano, soledad.

     A la mañana siguiente encuentro sus ojos abiertos en la pantalla apagada del televisor. La miro sin decir palabra. Desactivo la alarma pasando el brazo por encima de ella hasta la mesita de luz.

    —¿Sabés lo que soñé? —dice— Soñé que estaba en el espejo, en calzones, revolviendo el placar, tirando ropa como una loca, desesperada por encontrar algo que ponerme para mi velorio. Cuando llegué estaba lleno de gente conocida, algunos muertos, amigos, familiares y algunos famosos que repartían regalos y una torta en forma de ataúd, cantando el Feliz Cumpleaños. Después vino el Guille, o el Pancho, me parece que fue un rato uno y después el otro en el mismo cuerpo. Me decían: “boluda, relajate, la vamos a pasar bien; está el Juan, allá, la Mica y el Coloso. Yo resucité en Las Petacas, por ahí también vos tenés ese ojete”. Entonces me metí en el cajón, y me quedé un rato parada mirando a la gente hasta que me acosté y sin despedirme cerré los ojos y no me podía relajar. Mi mamá se acercó y me retó en voz baja: “Relajate, nena, -me dijo- que si no, no te vas a morir”. Y después me fui relajando, y muriendo hasta que me desperté.

   Tengo los ojos cerrados y abrazo su cintura. No sé lo que eso significa para ella. No digo nada, me quedo así esperando. Nada pasa. Varios minutos después el bocinazo del camión rechina los vidrios. Ella se libera de mi brazo y se levanta. Se viste rápido, como puede. Corre a la puerta y me mira para que le abra. Me levanto fastidiado, voy hasta la puerta y le abro. Corre hacia el camión. El novio me saluda detrás del parabrisas que refleja el sol. La veo subir. Veo las piernas aladas de mi amiga ubicarse, su culo sentarse redondo y firme en la cuerina. There was a girl….

(Revista Diccionario, Córdoba, 2009)

Bolsas plásticas en los baldíos de Las Varillas

Pablo Giordano vive en Las Varillas, Córdoba. En 2011, El Mensú publicó su libro de cuentos, Los Muertos; este año Editorial Ciprés publicó Chozas, su primera novela.

 por ADELA SALZMANN

¿Cómo pensás la relación de tus personajes con la organización en etapas de su vida? ¿Cómo arman su historia?

Creo que son personajes que no pueden armar su vida, sino que son arrastrados por ella. Están a la deriva de un paradigma en el cual es muy difícil asomar la nariz hacia algún atisbo de salida. Hay varias metáforas sobre eso a lo largo del texto [Chozas], a esos chicos los lleva el viento como a las bolsas plásticas de los baldíos. Es por eso que, en un momento, ven en la literatura una forma de escape como otros la verán en el boxeo o la delincuencia. Ingenuamente creen que uno puede trabajar de escritor y salir de esa vida donde otros ya tomaron las decisiones por ellos. La novela trata de este tipo de cosas: el paradigma en el que se nace, las elecciones que otros tomaron hace mucho sobre el destino de nuestras vidas, y el paso del tiempo. La conciencia, ese suspiro del hámster en la rueda, es la que indirectamente narra.

¿Qué pensás de la educación?

Yo dejé de estudiar en segundo año del secundario, no tanto por cuestiones educativas sino de salud; pero creo que la educación no está pasando un buen momento. Si bien el modelo y los planes de estudio se van actualizando, no contemplan cuestiones de base, como el incentivo hacia la curiosidad y las preguntas basales de la humanidad, como de dónde venimos, por qué estamos aquí, y qué es la realidad. Estoy hablando de la educación en general, obviamente, quizá no deban tocarse estos temas en primer grado, pero si uno puede llevar a sus alumnos a contemplar el cielo y hacerles tomar conciencia del universo, o a los más avanzados a entender que para que su padre tenga un empleo y pueda darle de comer tuvo que luchar y morir mucha gente para que este fuera un país libre; y no hacerles hacer láminas estúpidas de gente con paraguas frente al cabildo. Sigo generalizando para que se entienda el concepto sobre los planes de estudio. Hace años la hija de una ex novia me pidió ayuda para un trabajo que le habían dado en el colegio. Iba a tercer grado, el tema era Malvinas porque se acercaba el 2 de abril. Inmediatamente noté que no se podía comenzar a realizar la tarea sin explicarle a la niña, antes, lo que era una guerra (¿Se imaginan la cantidad de cosas que hay que explicar antes de eso para que una niña de esa edad llegue a entender el concepto bélico?); así que imagínense lo que sería explicarles Malvinas cuando, por lo visto en el cuaderno, la docente creía que habíamos sido invadidos por los malvados ingleses en 1982 y nuestros soldados patriotas habían ido a recuperar esas islas tan argentinas donde por lo visto no vivía nadie, y si alguien había allí serían argentinos, ya que por lógica –sobre todo una lógica de siete años– si las islas son argentinas quienes viven allí deberán serlo.

Las escuelas no están preparadas para formar en los valores esenciales del conocimiento que permiten una educación independiente de la institución (que debería ser un complemento), una autoeducación que sólo te brinda la curiosidad por el universo, la conciencia, la historia de nuestra humanidad y sobre todo, el pensamiento escéptico, el amor a la ciencia, es decir a la verdad. Me cuesta, muchas veces, y me sorprende con enormidad, encontrar profesionales de disciplinas consideradas científicas que desconocen absolutamente el método, el pensamiento escéptico y, no sólo eso, pueden llegar a creer en la astrología, por ejemplo. Eso no puede ser otra cosa que una falla en la educación, que sigue atada a la sociedad sin cuestionarla. Me parece que dimos un paso, por ejemplo, al despejar a la religión de las escuelas públicas. Ahora, lo que no se hace es enseñar que las religiones son una falacia y la tragedia más grande de la que la humanidad se tiene que desprender para siempre.

¿Puede ser la ciencia de alguna forma una religión?

No, de ninguna manera. La religión, entendida en el sentido clásico, intenta re-ligar un supuesto vínculo perdido hace siglos con un supuesto dios; y en el sentido moderno de religión, se puede decir que es toda aquella práctica llamada espiritual basada en falacias o pseudociencias. La ciencia, en cambio, es un método para arribar a la verdad. La religión es dogmática y no aportó jamás evidencia a sus postulados, ha sido refutada millones de veces, explicada, documentada como falsa, rastreada en la historia de la humanidad hasta sus inicios antropológicos de control de tribu, etc. La ciencia se ha ido desarrollando con un concepto de apertura total, cuyo valor principal es el escepticismo, el cuestionamiento, y ser antidogmática por naturaleza, y obligarse a presentar evidencias antes de declarar que algo es una verdad con la cual se deba proceder, al contrario de la religión y las creencias, que accionan sobre mentiras y producen mucho daño.

El pensamiento de que la ciencia es como una religión moderna es ingenuo y contemporáneo. Nace de las nuevas religiones New Age, que al no tener argumentaciones válidas para sus creencias, al ser refutadas constantemente por la ciencia, construyeron ese rincón en el que se creen seguras, argumentadas y sabias –como si acabasen de desentrañar un enorme paradigma que nos domina– aunque lamentablemente esto también es falso. No existe ni ha existido en la humanidad un método mejor para arribar a la verdad que el científico, y aún así ignoramos el 70% de la constitución del universo, por ejemplo; cosa que cualquier religión te puede responder en un parpadeo: Dios. Las religiones tienen respuesta para todo porque racionalizan en vez de razonar. Por ejemplo: un niño está a punto de morir, su madre reza para que el niño se cure, le pide a Dios que lo salve: si el niño se salva, la religión responderá que está ante un milagro, uno de los tantos de los que es capaz Dios; si el niño muere, Dios lo ha llamado a la vida eterna. Ergo, el sistema religioso es una burla, una farsa, una mentira que debe ser desterrada. Ha creado un sistema intocable y logrado protección estatal y legislativa bajo la estupidez del respeto a las religiones y credos, y desde allí mantiene a instituciones económicas, mafioso-pervertidas, que dominan a masas y las encaminan a guerras, hambrunas, muertes por abandono (Madre Teresa de Calcuta, homeopatía) y finalmente a retrasos sustanciales en el avance de la ciencia desde hace siglos. El mal que le han hecho las religiones a la humanidad es incalculable y casi total, el de la ciencia es más calculable y perdonable; en la mayoría de los casos, comparados con la religión, no representarían ni el uno por ciento, además de que ha llegado a sus metas con evidencias.

¿Qué cosas hacés para despertarte?

Hace mucho que, de niño, como cuento en la novela, tenía ciertos comportamientos que me hacían despertar. Hoy me despierto solo, fresco, casi sin recordar haber soñado o hasta dormido. Es extraño pero bello, y se lo atribuyo, sin prueba alguna, a las drogas que consumo.//RT3

Revista Tónica – 2012

Ejercicios y correcciones

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   La literatura argentina y un chiste de Aira; Borges; las poses dentro de las discusiones artísticas; Gombrowicz; los discursos dominantes en las letras y Henry James, son algunos de los tópicos que analiza —o utiliza a fin de llegar a un punto clave de la reflexión como tema en sí— el escritor argentino Guillermo Martínez en La razón Literaria, su reciente libro de ensayos, una especie de revisionismo de sus temas predilectos bocetados ya en aquel mítico “Ejercicio de esgrima”, un ensayo fundante aparecido en el volumen de 2005 La fórmula de la inmortalidad.

  Martinez sostienen que aquel ensayo corrió la suerte de cualquier polémica, fue leído por algunos de acuerdo a lo que se proponía decir, y por muchos otros deliberadamente mal entendido y reducido a la caricatura, a la sospecha psicoanalítica y a oposiciones burdas. “Como soy incorregible —escribe—, sostuve durante estos años mi defecto de pensar diferente y en la sección Otros ejercicios de esgrima reuní varias otras de mis discordancias”.

  En esta segunda entrega de artículos, conferencias y ensayos, no sólo evalúa, reivindica o interpela a aquellos primeros textos, sino que juega con una especie de Mamushka donde superpone capas de crítica literaria con las de la psicología del crítico. “Hay argumentos igualmente atendibles —anota en el prólogo—, para defender la fidelidad esencial a un modo de pensar o para justificar los cambios copernicanos, los arrepentimientos y las mutaciones”.

  Un capítulo dedicado a la Literatura y la Ciencia se especializa en el decálogo del buen tratamiento del tema policial. La transcripción de la charla “Series lógicas y crímenes en serie” hace foco en las inesperadas implicancias de las series lógicas en la filosofía, el lenguaje y las matemáticas. En “lo verdadero y lo demostrable” resume lo esencial en las ideas de incompletitud de Gödel, especialmente en cómo se ha distorsionado su interpretación: para Martínez el género debe ser puro, abstracto; a la manera borgeana, y no simbólica o aggiornadas al impulso artístico de ser siempre innovador. La trama de un policial debe ser una ecuación elegante y verdadera, antes que una simple historia de detectives con matices matemáticos. Un policial no debe ser un policial.

  En la sección “Primera Persona” se encuentran los textos que Martínez escribió a pedido sobre sus propios libros y se postula también como un memorándum de la influencia de su padre como escritor. Este quizá sea el punto de mayor amplitud estética del volumen; donde recurre a la narración para enmarcar el pensamiento, evitando que el sentimentalismo deteriore la estructura de argumentación. Su ejercicio en general es crítico con la corriente de pensamiento literario dominante argentino y tiene una mordaz visión del posmodernismo en todas sus manifestaciones.

  La razón literaria es una prueba de qué pensar la literatura es, a veces, pensar en todas las cosas como elementos mutantes según cómo sean expuestas. Los sentidos cambian, las esencias se vuelven secundarias y los errores fortuitos pueden revelarnos más que la persecución obsesiva de la verdad durante años.

La felicidad de los libros

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 Pablo Giordano es de Las Varillas. Allí nació en 1977, allí vive y desde allí se proyecta al mundo. Y no exageramos, Giordano integra ese pequeño grupo de jóvenes escritores de la provincia que ha hecho de su trabajo literario un oficio. La disciplina, la prolijidad y la autoexigencia, llevada casi al extremo, lo han proyectado hacia todas las direcciones; como un sismo que tiene epicentro en el interior de Córdoba, pero con una onda expansiva de límites desconocidos. 

   Ha publicado en diarios, revistas y sitios de América y Europa: La Voz del Interior, EL DIARIO del centro del país, Diario Perfil, Punto en línea (de la Universidad Nacional de México), El Especial de Nueva York y Alex Lootz de Madrid. A fines de la década pasada formó parte de las discutidas antologías provinciales sobre la narrativa joven en Córdoba (Es lo que hay y 10 bajistas) y publicó los libros “La Felicidad es un Gordini” (poesía, 2009), “Los muertos” (cuentos, 2012) y “Chozas” (novela, 2012). En la actualidad mantiene una columna en la revista PoloSecki, de Córdoba, y escribe casi a diario en su blog “Cosas de mimbre”, un espacio virtual en el que difunde sus escritos y un abanico de propuestas para aquellos que gustan de la cultura en toda su extensión. 

   Recientemente su trabajo se coronó con la publicación de dos libros de muy buena factura en los géneros cuento y poesía. Esos títulos son la “excusa” que hoy le proponemos en este hermoso domingo.

 Armando la choza 

   Giordano está feliz: recientemente una editorial cordobesa materializó en tapas duras una novela que comenzó a escribir cuando era adolescente, 16 años para ser más exactos. Sobre ese momento, el autor reflexiona ahora, con 18 primaveras más sobre la piel: “Aprendí básicamente el ABC de la literatura y algunos truqillos más. Fue una experiencia reveladora, exhaustiva y agotadora, en su sentido literal”. 

   En el medio, desde su inicio hasta la edición, pasaron correcciones, publicaciones en microcapítulos en web (al mejor estilo novela por entregas) hasta las últimas correcciones momentos antes de imprimirse. “Chozas”, se ambienta hacia “fines de los 80, comienzo de los 90, en un barrio de trabajadores de un pueblo del interior de Córdoba. Allí se desarrolla la historia de un niño de clase media baja con sueños de escritor que, en épocas hiperinflacionarias marcadas por la última dictadura y las secuelas de Malvinas, descubrirá la muerte, el sexo y el amor en pleno vaciamiento menemista, entre otros temas fundantes, los cuales se abordan diagonalmente y configuran un paradigma generacional que no escapa a la neurosis y arriba a la adultez con una visión del mundo interrogativa de ciertos valores.” 

   El amplio proceso de maceración del texto ha hecho que distinguidos lectores se aproximen a la propuesta del varillense y hayan emitido su juicio revelador. En ese sentido, Fabián Casas dijo que Chozas “es un libro intenso, lírico, donde desfilan personajes inquietantes que me hizo acordar a la primera vez que me encontré con el lenguaje particular del gran Ricardo Zelarayán. Entre la montonera de libros literarios, ‘Chozas’ hace la diferencia por la creación de un lenguaje en mal estado, pero sin fecha de vencimiento. Un lenguaje que se muerde la cola y que destila veneno. Un libro que produce intensas ganas de escribir”. 

   El escritor cordobés Federico Falco, contemporáneo al autor de “La felicidad es un Gordini”, dice: “En ‘Chozas’ Pablo Giordano da cuenta, con una voz atenta a los detalles del habla y una mirada dura e implacable, de las formas de la infancia y la adolescencia en un pueblo del interior de Córdoba a fines de los años ochenta y principio de los noventa. Detrás de la aparente calma de las siestas y los feriados, mientras los adultos tratan de llegar a fin de mes como pueden, los más chicos descubren la violencia, el sexo, las diferencias de clases y los códigos de la amistad. Las películas de Luis Miguel, las novelas de Carolina Papaleo y Raúl Taibo, Nirvana, los bloopers de canal 8 y las bolsas de chizitos puntean un crecer doloroso y la entrada en una primera juventud que, en el horizonte de la llanura, se vive ya como una vejez infinita, sin esperanzas”. 

   Por otra parte, desde el otro lado del charco (España), Marcelo Luján escribió: “Chozas describe -con mucho acierto y desde una violenta dulzura- esa instancia maravillosa de la vida que es la adolescencia. Un texto precioso -de altísimo vuelo literario- que no parece ni de lejos ópera prima. Una prosa sin miedos, suelta, que descubre todos los rincones de cualquier pueblo de provincia. Párrafo aparte para los discursos directos: los más auténticos que he leído en años”.

 Exhumando muertos

   De manera paralela, hacia fines de año pasado, Giordano veía concretado otro proyecto y es que su libro de cuentos “Los muertos” terminaba de editarse luego de ser seleccionado unánimemente y obtener el primer puesto en un concurso literario a nivel nacional. 

   Este libro alberga una serie de nueve cuentos que se exhumaron como huesos, en los que algunos ya habían aparecido en distintos medios del país y el exterior y que terminaron de armar el esqueleto con la adición de nuevos textos. Un libro orgánico, macizo, donde nada sobra. El autor nos sitúa en contextos particulares y disímiles, con esa prosa limpia, coloquial y con esas descripciones que nos plantan en algún pueblo de nuestro interior cordobés donde aparecen esos personajes singulares y pintorescos que muchos conocemos. 

   Juan Terranova escribe al respecto que “Los muertos” es una “cartografía de lo doméstico y la calle, personajes que son al mismo tiempo conocidos y extraños como en el heimlich freudiano. Pablo Giordano trabaja con una lupa, con una pinza y con un grabador-reproductor de voces. Sus relatos son ágiles, livianos, directos, pero también microscópicos, duros, astillados como un insecto de vidrio que nos mira”.

   Por su parte, Rubén Sacchi manifiesta “estos cuentos son crueles, pero no al estilo de Abelardo Castillo; poseen una crueldad cotidiana, casi natural, pero muy humana porque son horrores que resultarían evitables más allá de lo cultural y lo social. Sartre decía que para que el suceso más trivial se convirtiera en aventura era condición necesaria y suficiente contarlo. Yo sumo a esto que si la manera de referirlo lo vuelve atrapante, podemos estar en presencia de una promesa para el género”. 

   Un género difícil donde cada componente debe encajar perfectamente para que la maquinaria funcione de manera aceitada y armónica. La naturalidad con la que han sido construidos los diálogos hacen que cada trama sea un universo por sí mismo y se cree ese ambiente verosímil que a quienes escriben les cuesta lograr. 

   Cerramos con dos impresiones realizadas fuera del país. Desde México, Marco Tulio Aguilera Garramuño sentencia “hay algo indefinible en la prosa de Pablo Giordano que hace pensar en lo argentino esencial: aquello que está lejos de lo aparente porteño, la farsa, el embuste, la presunción. Su escritura es juvenil, pero posee una madurez definitiva”. Por su parte, José Angel Barruecos, desde España, dice que “Pablo Giordano destila en sus relatos una prosa feroz y cuajada de jerga mediante la que nos brinda historias ásperas y truculentas que nos enfrentan con esos abismos donde se mueven la violencia y la miseria”.

 

El Diario, Darío Falconi (2012)