Bolsas plásticas en los baldíos de Las Varillas

Pablo Giordano vive en Las Varillas, Córdoba. En 2011, El Mensú publicó su libro de cuentos, Los Muertos; este año Editorial Ciprés publicó Chozas, su primera novela.

 por ADELA SALZMANN

¿Cómo pensás la relación de tus personajes con la organización en etapas de su vida? ¿Cómo arman su historia?

Creo que son personajes que no pueden armar su vida, sino que son arrastrados por ella. Están a la deriva de un paradigma en el cual es muy difícil asomar la nariz hacia algún atisbo de salida. Hay varias metáforas sobre eso a lo largo del texto [Chozas], a esos chicos los lleva el viento como a las bolsas plásticas de los baldíos. Es por eso que, en un momento, ven en la literatura una forma de escape como otros la verán en el boxeo o la delincuencia. Ingenuamente creen que uno puede trabajar de escritor y salir de esa vida donde otros ya tomaron las decisiones por ellos. La novela trata de este tipo de cosas: el paradigma en el que se nace, las elecciones que otros tomaron hace mucho sobre el destino de nuestras vidas, y el paso del tiempo. La conciencia, ese suspiro del hámster en la rueda, es la que indirectamente narra.

¿Qué pensás de la educación?

Yo dejé de estudiar en segundo año del secundario, no tanto por cuestiones educativas sino de salud; pero creo que la educación no está pasando un buen momento. Si bien el modelo y los planes de estudio se van actualizando, no contemplan cuestiones de base, como el incentivo hacia la curiosidad y las preguntas basales de la humanidad, como de dónde venimos, por qué estamos aquí, y qué es la realidad. Estoy hablando de la educación en general, obviamente, quizá no deban tocarse estos temas en primer grado, pero si uno puede llevar a sus alumnos a contemplar el cielo y hacerles tomar conciencia del universo, o a los más avanzados a entender que para que su padre tenga un empleo y pueda darle de comer tuvo que luchar y morir mucha gente para que este fuera un país libre; y no hacerles hacer láminas estúpidas de gente con paraguas frente al cabildo. Sigo generalizando para que se entienda el concepto sobre los planes de estudio. Hace años la hija de una ex novia me pidió ayuda para un trabajo que le habían dado en el colegio. Iba a tercer grado, el tema era Malvinas porque se acercaba el 2 de abril. Inmediatamente noté que no se podía comenzar a realizar la tarea sin explicarle a la niña, antes, lo que era una guerra (¿Se imaginan la cantidad de cosas que hay que explicar antes de eso para que una niña de esa edad llegue a entender el concepto bélico?); así que imagínense lo que sería explicarles Malvinas cuando, por lo visto en el cuaderno, la docente creía que habíamos sido invadidos por los malvados ingleses en 1982 y nuestros soldados patriotas habían ido a recuperar esas islas tan argentinas donde por lo visto no vivía nadie, y si alguien había allí serían argentinos, ya que por lógica –sobre todo una lógica de siete años– si las islas son argentinas quienes viven allí deberán serlo.

Las escuelas no están preparadas para formar en los valores esenciales del conocimiento que permiten una educación independiente de la institución (que debería ser un complemento), una autoeducación que sólo te brinda la curiosidad por el universo, la conciencia, la historia de nuestra humanidad y sobre todo, el pensamiento escéptico, el amor a la ciencia, es decir a la verdad. Me cuesta, muchas veces, y me sorprende con enormidad, encontrar profesionales de disciplinas consideradas científicas que desconocen absolutamente el método, el pensamiento escéptico y, no sólo eso, pueden llegar a creer en la astrología, por ejemplo. Eso no puede ser otra cosa que una falla en la educación, que sigue atada a la sociedad sin cuestionarla. Me parece que dimos un paso, por ejemplo, al despejar a la religión de las escuelas públicas. Ahora, lo que no se hace es enseñar que las religiones son una falacia y la tragedia más grande de la que la humanidad se tiene que desprender para siempre.

¿Puede ser la ciencia de alguna forma una religión?

No, de ninguna manera. La religión, entendida en el sentido clásico, intenta re-ligar un supuesto vínculo perdido hace siglos con un supuesto dios; y en el sentido moderno de religión, se puede decir que es toda aquella práctica llamada espiritual basada en falacias o pseudociencias. La ciencia, en cambio, es un método para arribar a la verdad. La religión es dogmática y no aportó jamás evidencia a sus postulados, ha sido refutada millones de veces, explicada, documentada como falsa, rastreada en la historia de la humanidad hasta sus inicios antropológicos de control de tribu, etc. La ciencia se ha ido desarrollando con un concepto de apertura total, cuyo valor principal es el escepticismo, el cuestionamiento, y ser antidogmática por naturaleza, y obligarse a presentar evidencias antes de declarar que algo es una verdad con la cual se deba proceder, al contrario de la religión y las creencias, que accionan sobre mentiras y producen mucho daño.

El pensamiento de que la ciencia es como una religión moderna es ingenuo y contemporáneo. Nace de las nuevas religiones New Age, que al no tener argumentaciones válidas para sus creencias, al ser refutadas constantemente por la ciencia, construyeron ese rincón en el que se creen seguras, argumentadas y sabias –como si acabasen de desentrañar un enorme paradigma que nos domina– aunque lamentablemente esto también es falso. No existe ni ha existido en la humanidad un método mejor para arribar a la verdad que el científico, y aún así ignoramos el 70% de la constitución del universo, por ejemplo; cosa que cualquier religión te puede responder en un parpadeo: Dios. Las religiones tienen respuesta para todo porque racionalizan en vez de razonar. Por ejemplo: un niño está a punto de morir, su madre reza para que el niño se cure, le pide a Dios que lo salve: si el niño se salva, la religión responderá que está ante un milagro, uno de los tantos de los que es capaz Dios; si el niño muere, Dios lo ha llamado a la vida eterna. Ergo, el sistema religioso es una burla, una farsa, una mentira que debe ser desterrada. Ha creado un sistema intocable y logrado protección estatal y legislativa bajo la estupidez del respeto a las religiones y credos, y desde allí mantiene a instituciones económicas, mafioso-pervertidas, que dominan a masas y las encaminan a guerras, hambrunas, muertes por abandono (Madre Teresa de Calcuta, homeopatía) y finalmente a retrasos sustanciales en el avance de la ciencia desde hace siglos. El mal que le han hecho las religiones a la humanidad es incalculable y casi total, el de la ciencia es más calculable y perdonable; en la mayoría de los casos, comparados con la religión, no representarían ni el uno por ciento, además de que ha llegado a sus metas con evidencias.

¿Qué cosas hacés para despertarte?

Hace mucho que, de niño, como cuento en la novela, tenía ciertos comportamientos que me hacían despertar. Hoy me despierto solo, fresco, casi sin recordar haber soñado o hasta dormido. Es extraño pero bello, y se lo atribuyo, sin prueba alguna, a las drogas que consumo.//RT3

Revista Tónica – 2012

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Casos testigos

978-987-629-634-2

  Las ciencias, incluidas las blandas, requieren atravesar un método y muchos sesgos para probar alguna cosa como verdad. Necesitan muestras significativas, o de un alto número de individuos y casos. En sociología, la reina es la estadística, pero se pierde en la extrapolación cultural. Entonces: ¿Se pueden iniciar ideas investigativas a partir de casos aislados e inclusive, un solo caso? Howard Becker cree que sí. Donde se encuentra una particularidad, se tiene la punta del ovillo para una futura teoría que aporte preguntas al campo social.

  Becker es un sociólogo de San Francisco (nacido en Chicago en 1928) que trabajó como pianista y orientó sus primeras investigaciones a explorar el mundo de los músicos de jazz, estudio que le valió, después de probarla en diferentes ámbitos, su famosa teoría de la desviación y el etiquetado.

  Esta primera traducción al español de Mozart, el asesinato y los límites del sentido común reúne artículos y ensayos, algunos inéditos, que sirven de apéndices a sus numerosos libros y trabajos de investigación que tienen como objetivo primordial responder a la pregunta de cómo se hace, se debe hacer y entender a la sociología en un planeta cada vez más necesitado de la ciencia fáctica. Para lograrlo aborda temas como las bellas artes, el delito, el consumo de opiáceos, la burocracia brasileña y otros tópicos, algunos únicos,  curiosos y sorprendentes.

 Así como cualquier discusión en nuestro ámbito cotidiano no puede seguir adelante cuando alguien realiza una comparación con el nazismo, o la figura de Hitler, lo cual es improcedente, desleal y erróneo; ocurre algo similar en el campo de las discusiones sociológicas cuando éstas sucumben a la tentación del sentido común. El autor se vale de dos figuras para explicarlo, las cuales tuvo que enfrentar en diversas conferencias y que dan el peculiar título al libro: Mozart y el asesinato. Así como para desacreditar a los modelos democráticos aludiendo a que Hitler fue elegido por el voto popular; un asesinato jamás podrá verse de otra manera que no sea “mala” al igual que con el mismo criterio, no podrá discutirse el “genio” de Mozart. Estos pensamientos producen una desviación en cualquier disputa porque conducen a etiquetados inamovibles: el crimen es malo, Mozart fue un genio. De allí la teoría que propone básicamente deshacerse de las desviaciones y etiquetas para poder estudiar.

  Los casos que el libro expone, además de servir como narraciones autobiográficas, son especiales para entender cómo, sin renunciar a la rigurosidad a veces desalentadora de la ciencia, se pueden desarrollar teorías completas y complejas, basadas en casos únicos, los cuales preguntan sobre los mecanismos de su naturaleza intransferible y de qué le puede servir a la sociología moderna analizarlos.

La educación y sus aforismos

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ENSEÑAR A VIVIR
Manifiesto para cambiar la educación
Edgar Morin
Ensayo
Nueva Visión
140 pgs

  

   En tiempos donde Finlandia se encuentra a la “vanguardia” de la educación mundial,  no sólo creando agentes al servicio de sus necesidades socioeconómicas sino también buenos ciudadanos y un nivel de cultura general muy alto entre sus habitantes, donde una de las carreras más exigentes y prestigiosas a las que aspirar es la docencia; en una actualidad que seduce a Suecia con eliminar las materias de humanidades obligatorias porque los estudiantes no necesitan de la escuela para guiar estos aprendizajes, y se concentra en enseñar oficios concretos en vistas al desarrollo del país en cincuenta años; otros modelos educativos, sobretodo en los países de raíz latina como el nuestro, subsisten.

  Pero la escuela básica normal junto a las enseñanzas “alternativas” como la Waldorf y su sentido humanitario no parecen estar dando el resultado óptimo soñado, sino que representan un dolor de cabeza para los estados. La incidencia económica, que se creía sustancial para comparar a los países del primero con el tercer mundo en materia de educación, no parece tan obvia revisando los nuevos estudios. En este panorama que requiere de constantes análisis y ensayos, Edgar Morin afirma que la educación debe volver a ser socrática, es decir suscitar sin cesar diálogo y debate. Debe volver a ser aristotélica, a poner en ciclo los conocimientos adquiridos y las ignorancias descubiertas por nuestro tiempo. “Debe volver a ser platónica, es decir interrogarse sobre las apariencias de la realidad. Debe volver a ser presocrática y lucreciana, reinterrogando al mundo a la luz y la oscuridad de la cosmología moderna”.

  Enseñar a Vivir prolonga una trilogía dedicada a lo que debe ser superado, revitalizado y conservado del sistema educativo. Ayuda a repensar la función y misión de la enseñanza. Su autor, sociólogo y filósofo francés, Director Emérito de  CNRS, Presidente de la Asociación para el Pensamiento Complejo y Doctor honoris causa en veintisiete universidades; recapitula infinidad de obras precedentes (de a momentos de manera caótica e insustancial) desarrollando ideas más cercanas a la New Age que a evidencias científicas y experiencias educativas de calidad. Para ello se basa en aquel mandato del Emilio de Jean-Jacques Rousseau a su alumno: “lo que quiero enseñarle es el oficio de vivir”.

  Un resumen y crítica justa de este libro podría asentarse en la fórmula que atraviesa todas su páginas: la escuela y la universidad enseñan conocimientos, pero no la naturaleza del conocimiento, que lleva en sí misma el riesgo del error y de la ilusión.