Rosa de los vientos

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La vida en Irak antes de los dictadores. Los muy raros norteamericanos, incapaces de entender que estando lejos de tu país, no extrañes a tu auto. El bush australiano, un organizado laberinto como frontera final. La fascinante y asombrosa adaptación de los esquimales, ágape de carne cruda incluida. El gran Sahara uniendo y destruyendo pueblos aquí y allá, sin olvidar el rol de España y Marruecos en las matanzas de la arena prometida. El despertar del monstruo Chino que ya veíamos crecer como bebé con gigantismo. Y por último, la hermosa Alaska abandonada a bordo de un avión chorreado de sangre.

Estas son algunas de las postales que Rosa Montero publicó a lo largo de veinte años (1979-1999) en diferentes medios como artículos de viajes, crónicas, entrevistas, ensayos, y sobretodo como  lo indica el título, estampas. Textos con un denominador común: el fin de la geografía, la última frontera, la conversión de lo brutal-natural en lo actual anodino. Una prosa exquisita como ya conocen, capaz de oficiar de guía turística e histórica a la que no dan ganas de soltarle la mano.

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Generaciones españolas de la posguerra

La novela Viñetas, de Agustín Sánchez Vidal, está ambientada en la década del 1950 en la zona rural española y resume los cambios en los puntos de vista de diversas generaciones.

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Viñetas es la clásica historia que desentraña enigmas familiares después de una muerte. En este caso se trata de Antonio, quien deja, en la huerta que fuera de sus padres, un testamento y una novela gráfica sin terminar compuesta por dibujos, proyectos urbanos, textos y mapas. Miguel, su hermano, llegará al lugar después de décadas, donde lo espera su hija y su yerno, los cuadernos, los enigmas, el testamento y la punta del ovillo.

Ambientada en la década del 1950 en la zona rural española, Viñetas propone un resumen de la vida en la España post Guerra Civil y los cambios en los puntos de vista de las generaciones que lo vivieron: algunas esquirlas quedaron en los cuerpos y el aire aún está enrarecido, pero brota un ideal reparador, aunque los viejos sólo puedan mirar hacia atrás, o adentro de la familia, esa metáfora incompleta de nación.

Agustín Sánchez Vidal es catedrático de la Historia del Cine en la Universidad de Zaragoza y Premio a las letras aragonesas por el conjunto de su obra. En esta, su más reciente novela, juega con el sentido de las palabras “viña” y “viñeta”. La segunda viene de la primera. Y “página”, en latín, era un emparrado de forma rectangular, igual que la palabra “verso” nombraba el giro del arado al final del campo, cuando se da la vuelta al formar el contrasurco.

Es, también, una historia de aprendizaje en una edad en la que ya parece imposible hacerlo; aunque las opiniones y el fuerte carácter moral que contienen más que actualizar esos conceptos, los continúan.

A la realidad posmoderna, que evidencia la ignorancia sobre el origen de las cosas que se heredan, compran, consumen y cuánto ha costado alcanzarlas, producirlas o crearlas, Vidal contrapone una mirada paradigmática conservadora no menos ingenua. Y aquí la otra paradoja: los conservadores están representados como hijos, y el protagonista, portador evidente de la voz del autor, cree ser el progreso.

Para Vidal no puede ser que los niños “conozcan todos los modelos de aparatos electrónicos, pero sean incapaces de diferenciar una zanahoria de una patata o un cebollino”. La reiteración de estos planteamientos convierte a los personajes en ideas y la lectura se torna incómoda.

Básicamente, Viñetas intenta recrear la modernización de España comenzada en 1960 y la pérdida de ciertos valores que no son ajenos a cualquier otro lugar del mundo. En esa empresa el autor embarra una buena narrativa con sus constantes reflexiones.

Larva Fecal

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para Vice (Edición Mexicana)

   Alicante no sólo es la ciudad donde se hacen los sobres de condimentos y una hipotética región gourmet española que se vende en Argentina; allí también surgió el trío metalero Larva Fecal, furor en la web durante 2007, cuando impusieron el hit “Por el culo te voy a dar”, un video que alcanzó hasta el momento casi el millón de visitas.

   Apenas dar play, nos encontramos con tres pinches nenes de mamá fingiendo ser duros. A la izquierda, el guitarrista vestido de cocinero y con una máscara rasgará la guitarra como si se tratara de una urticaria insoportable en su estómago. A la derecha, un jesucristo un tanto desnutrido, caído a la tierra y liberado de la jaula del fondo del patio como el ángel de García Márquez —pero con altas dosis de narcisismo— intentará mantener una vocalización poderosamente veloz y no lo logrará, cayendo segundos después preso de un cántico agotado y casi infantil, tratando de rearmar una melodía inexistente.

   “La mayoría de las canciones son improvisadas —explicó este señor que se hace llamar An-Hell, cantante y figura del grupo, en una de las pocas entrevistas que dio—. Según nuestro estado anímico y nuestra elocuencia sale un temazo o una puta mierda de canción. Cuando tengo que escribir una letra, lo hago mientras estoy cagando: es mi único momento de lucidez”.

   “Tu ojete descomunal”; “Cómeme el prepucio que lo tengo sucio”; “Baladón hardrockero de mi miembro en tu agujero” e “Hija de la gran puta, tengo cáncer de pene”, son algunos de los títulos de las canciones de estos amorosos muchachos. Por momentos An-Hell acaricia su larga cabellera tirando por borda cualquier pretensión de dureza y remite inmediatamente más al glam de los ochenta que al deathmetal pretendido. La participación de Sebastardo (un nombre que entrecruza lo naif con lo western), baterista y bajista de la banda, se reduce a cambiar tres o cuatro veces de ritmo sin importar el tempo de unión entre uno y otro, y mostrar el dedo mayor al final de la canción que dura apenas dos minutos. Todo sonará peor que como definieron alguna vez a Nirvana: un rayador de queso cayendo por una escalera metálica.

   Cada año algún medio del mundo expone a Larva Fecal en su espacio para freaksy su contador de reproducciones en YouTube se dispara cuando parecía estancado para siempre. El grupo se formó de los desechos de una anterior agrupación de An-Hell: “Desvirgadores Anales”. El nombre fue creación suya, como alusión a la basura que resultaba su música. “Si hay algo peor que la mierda —dijo—, es una larva que se alimenta de ella”.

El sueño de An es ser actor porno, tocar en festivales porno, y rodar un videoclip musical porno. Declaraciones monotemáticas y realmente desprendidas que se encuentran en la citada entrevista. “Me paso la puta noche zorreando en internet para follar todo lo que pueda —confiesa— y el día lo empleo en sobar, o quedar con hembras. Soy un jodido bastardo sin moral ni respeto, pero sólo los que me conocen pueden juzgarme. Follo continuamente”.

    El trío, a fin de cuentas, no califica mas que como otra banda punk que no llega a mucho más que la hilaridad del público con sus esfuerzos por transgredir. La tradición de género en Europa se remite a bandas como RIP o Barricada, de quienes, según acusaciones en los foros, los larva habrían “robado” algunos pasajes. Estos grupos linkean automáticamente con GG Allin: cantante punk extremo que producía conciertos de no más de diez minutos en donde interpretaba canciones como “Te voy a dar el ojete” o “La virgen es una zorra”, golpeándose con el mic, metiéndolo en su ano, masturbándose, orinando el escenario o tirando excrementos al público.

   Allín murió de sobredosis a principios de los noventa y marcó un camino que pocos se atrevieron a desafiar y que los Larva Fecal tomaron con liviandad, como muchos otros. Entre los españoles actuales se pueden citar a Gothic Sex, Naughty Zombies y los pioneros Decibelios, entre otros datos aportados en los foros por los cultores de estos géneros o degenerados del rock; casi una tribu urbana que últimamente sólo se expone en la web, el lugar donde todo el freakysmo puede aspirar a un gran público y regodearse en un counter.

   Reventarle el culo a las mujeres (aunque no se las mencione más que como hijas de puta) es el leiv motiv de todas las canciones hipermachistas, misóginas y homofóbicas por deducción. Sí, querida niña, en la balada “hija de la gran puta” An-Hell promete meterte hasta los huevos y declara que tiene el miembro hasta los cojones, y… ¡sabañones! (en una de las rimas más logradas del rock de la península ibérica, teniendo en cuenta a Sabina y Calamaro). Así es, querida, An-Hell, vestido como un Marilyn Manson del subdesarrollo, cachondeándose con su propio cabello, mira a cámara, te seducirá apelando a una infección rectal, un cáncer de pene, o recordándote que siempre, siempre, por el culo te lo dará.

(2013)

Trágico, solitario y Final

Recientemente editada en nuestro país, “Moravia” es la carta de presentación en 2014 de este escritor argentino radicado en España, Marcelo Luján. A golpe de esfuerzo y constancia narrativa, ha sabido ganarse un lugar en el mercado de la novela negra en castellano.

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Para Diario Perfil

  El mal es complejo. Para Marcelo Luján se trata de un elemento inherente al ser humano, como uno de los grandes motores que está de un modo tácito por encima del amor y del poder, y por encima incluso del dinero. A propósito del carácter de la obra del argentino, en cada entrevista se ve obligado a definir ese polo. “El ser humano es el mal en sí mismo y allí donde vaya, donde interactúe, probablemente exista. Me atrae mucho la idea de que la familia, como primera institución, sea el origen de esa malicia. Vivimos en una sociedad bruta,  desquiciada y absurda, todo lo que tenga que ver con el mal, con el daño, con la desgracia y el dolor del prójimo, nos atrae incondicionalmente”.

  Luján tiene 41 años y desde 2001 vive en Madrid. Allí pulió un nombre de prestigio sobre todo en el género negro. Se llevó los premios Santa Cruz de Tenerife en 2003, Ciudad de Alcalá de Narrativa en 2006, Kutxa Ciudad de San Sebastián de Cuento en Castellano en 2007 y Ciudad deGetafe de Novela Negra en 2009. Acaba de publicar Pequeños pies ingleses, una reunión de relatos que aún no llegó al país ni logró acallar los ecos de Moravia, editada hace unos meses en el país, que siguen resonando e inquietando lectores por su brutalidad repentina. Juega con el realismo mágico pero sale disparando hacia el sucio; coquetea con los vapores del primer mundo pero se acuesta en el polvo de los pueblos muertos argentinos, hay terror pero será metabolizado como un policial, que a la vez imita a ciertas sentencias simbolistas de la moral. De todo un poco y mucho más se puede encontrar en solo 130 páginas.

  Moravia transcurre la Argentina de 1950 floreciente de peronismo. Juan Kosic, un reconocido bandoneonista regresa a su pueblito pampeano después de triunfar en New Orleans. Trae, además del bandoneón, una mujer, una hija, ambas checoslovacas, y una broma entre manos a manera de venganza. Hay una escena trágica que lo transforma todo y uno no sabe ya ante qué tipo de obra se encuentra. “No es un texto demasiado largo y, de algún modo, utilicé ciertos atributos del cuento —explica el autor a Perfil—. Me refiero al golpe próximo al desenlace. Pero para tener preparado al lector y poder lograr ese efecto era necesario, entre otras cosas, hacer una correcta construcción de personajes, que cada uno de ellos fuese creíble, incluso en situaciones altamente descontroladas. No fue solamente la muerte. Creo que la escena en donde Lidia decide, finalmente, hablarle a su suegra en checo, es un momento crucial en la historia, terrible, diría yo. Y ese diálogo breve, esas ganas de Lidia de comunicarse en checo con su suegra checa, lo fui sembrando durante varios pasajes de la historia, de un modo subliminal, como si no pasara nada. En Moravia da la sensación de que nunca pasa nada hasta que, de pronto, pasó todo”.

       Con autores como Luján, el género negro parece cada vez más elástico, se viene hablando de ello demasiado ya, pero en Moravia es evidente que juegan también otros registros literarios al servicio de una aspiración literaria más allá de lo genérico. “Hace tiempo ya que el género negro se convirtió en algo mucho más amplio —explica—. No está mal hablar de elasticidad pero sería más acertado decir mutación. Hoy en día podríamos afirmar -con toda claridad- que el policial clásico es sólo una parte de lo que abarca ‘lo negro’. Personalmente no suelo encasillar las historias dentro de un género concreto. Prefiero utilizar todos los elementos que estén a mi alcance para poder contar. Cada historia necesita su propio marco y sus personajes reunir una serie de características. Negrura, oscuridad y mal casi siempre están presentes en las actividades humanas. Moravia funciona como una tragedia clásica, sus piezas interactúan de ese modo. Y no tengo ninguna duda de que las tragedias clásicas son historias negras. Algunas negrísimas: Edipo Rey, por ejemplo”.

   Un fragmento de El extranjero de Camus cierra y cita la fuente argumental del relato, también parece dejar una moraleja, nunca se debe jugar de esa manera. “Esa es la historia en Moravia. Todo lo demás es un sostén referencial. Nunca nadie debería jugar con el prójimo. El fragmento que aparece en El extranjero, según supe, es una leyenda urbana, un cuento popular muy anterior a Camus. Yo, sin embargo, lo descubrí en esa magistral novela. Lo tuve en la cabeza durante quince años hasta que decidí armar otra historia entorno a ese concepto, a ese episodio lamentable de confusión, odio y venganza, donde casi todas las carencia y las inhabilidades del ser humano queda expuestas”.

 

Moravia es una novela de inmigrantes, de extranjeros, de gente mal ubicada –todos por diferentes razones- en un escenario que los oprime y los engaña. Es obvio que con un argumento así aparece la conjetura del choque civilización-barbarie: el músico exitoso que vuelve de Estados Unidos a un hotelucho perdido en la pampa argentina donde puede ocurrir un horror que, como dice Camus en la cita, puede ser de lo más natural. “No es de extrañar que bajo esos influjos surja un binomio tal como civilización y barbarie —responde—. O juego y crimen. La desgracia siempre está a la vuelta de la esquina, deberíamos tenerlo presente aun en los momentos de mayor felicidad, de mayor control. Juan, el protagonista, creyó que todo estaba bien, aprovechó su idea de superioridad, jugó con eso”.  Esas dos barbaridades (el juego y el crimen) operando en distintos niveles de sofisticación, obligan a una relectura fuera del género.

Foto: Laura Muñoz