Espanto de aves

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   El gris en la luz del mediodía al fondo del pabellón explica la oblicuidad de los aleros de tejas. Hay algo artificial en el vuelo de las palomas rozando las cornisas tras los ventanales. Regreso la atención al cuarto: sobre la cama “el Diablo” arroja cartas al sombrero con la mirada perdida. No saludó cuando entré. Viejas inscripciones en lápiz, inentendibles, ensucian las paredes. La entrevista no va a funcionar.
   Al cabo de unos minutos la situación no cambia, sin embargo creo subestimar a este hombre. Lo certifico yendo hasta la puerta que se cierra frente a mí.
   — Qué poco ha hecho Dios en la mente —dice sin voltear—. ¿No ve acaso el mazo infinito?
   — No creo en Dios, “Diablo”, y en los naipes no hay nada raro —digo sentándome.
   — Cada carta es un alma, la que cae fuera, será desdichada.
   — ¿Cree en el alma? —lo increpo— ¿Cuál es su nombre, “Diablo”?
   No tengo nombre.
   — En los registros de la institución figura como Eusebio Visconti, de Colonia Aldao. Déjeme ver… ¿noventa y dos años?
   — Lea lo siguiente, no molesta.
   —…sin familiares, esquizofrenia, reclusión perpetua…
   Levanto un par de veces la vista: el vuelo de los naipes, las figuras de las palomas. Una de las aves se posa en la ventana y nos mira como a ratas moribundas en la pecera de experimento. El cuatro de picas vacila en el borde del sombrero. Lo del la paloma es un hermoso truco simbolista, sin dudas llevó mucha práctica. El cielo se oscurece y transpiro, no voy a comprobar si son nubarrones oscuros o perdí el juicio, sería entrar en su juego.
   — ¿Le inquieta la noche, Celso? —dice.
   — ¿Conoce mi nombre?
   — Si llamé a la penumbra, su nombre será el que yo diga, Doctor.
   —Me llamo Celso desde siempre.
   —Eso es lo que su cerebro asimiló una milésima de segundo atrás. Seleccionar la realidad. ¿A estudiado las neurociencias, el principio de incertidumbre cuántico, la superposición, el entrelazamiento, la multiplicidad de dimensiones por donde se mueve la conciencia?
   — Algo.
   — Cada carta es un alma, la que cae fuera, será desdichada.
   — Se le terminan… y me evade.
   — Cada carta es un alma, la que cae fuera, será desdichada —repite desplegando un nuevo mazo, salido de la nada.
   La puerta, eso lo hace cualquiera, una floritura con naipes, también. Le pregunto por qué Aguirre insistió en el encuentro.
   — Aguirre lo entregó —dice—, hubo tiempo, usted iba a venir.
   — No entiendo.
   — Voy a matarlo, Doctor, soy el Diablo.
   Aguirre no es capaz de asesinar a nadie, no hay rencores entre nosotros, no es débil antes sectas u organizaciones propicias a sacrificios. No es eso.
   —El Diablo no existe —digo.
   Me mira por fin. Sus ojos tienen la vulgaridad de cuencos de centeno. Atemoriza que sean normales. Tras los vidrios las estrellas impresionan.

   Ahora guarda en una caja el sombrero y las cartas.
   — ¿Aún sigue escribiendo, Celso?
   —Poco.
   — Amo la realidad, la literatura es un descanso pueril.
   — ¿A qué se refiere?
   — Cualquier cosa dicha es literatura.
   — No concuerdo.
   — Hable…
   — ¿Qué quiere escuchar?
   — Cualquier cosa.
   — Usted está loco.
   — ¿Quién no? El parámetro de normalidad no existe. Literatura. ¿Ve qué fácil? Eso fue básico.
   — No comprendo.
   — No se preocupe, nadie entiende a nadie, si nos entendiéramos el mundo sería un paraíso. ¿Ve?
   — Bueno, eso no es un arte.
   — No ha entendido. Lo muestro con variables. Su afirmación de mi locura podría responderse de cualquier manera. Por ejemplo: “sí, estoy loco, el mundo basa su organización en preceptos de normalidad tomados del comportamiento de las muchedumbres”, o “no soy loco, finjo”, también hubiera podido cerrar la boca, y eso sería la escena petit dramática. ¿No es maravilloso? Si quiere literatura de la buena elija la opción menos usada, o más trabajada, musical, o quizá algún cliché revisitado, actualizar el uso, ¿se da cuenta? El cerebro selecciona así la realidad. Escoge una, elimina las demás y ni lo nota. A eso llaman conciencia.
   — No lo sé, viene usando esas ideas desde que llegué. Le apasionan…
   — El arte y la realidad son colecciones de clichés intervenidos. Note la patética imagen que le di: un anciano en apariencia loco, aislado, jugando con naipes vinculados con almas. ¡Eso sí es cliché! Y sin embargo, alguien no sólo decidió no borrarlo, además lo publicó. Lo eligió, somos personajes de una obra, vivimos.
   — Ese sí es un recurso muy remanido. Pero no está mal, somos sincretismo.
   —¿Ah, sí? Arnaldo Calveyra no sabe lo que hace: ha escrito como si la mejor poesía que lo precedió no hubiese sido suficiente, y esa poesía aún no hubiera demostrado hasta dónde puede llegar la poesía. Hace imaginar una figura imposible: un poeta que no ha leído un solo poema ajeno.
   — Yo leí eso —abro el maletín.
   — Sus frases enloquecen: una locura matemáticamente compuesta, una locura infinitesimal. Calveyra lo conoce de memoria: de un lado lo sublime; del otro, si se pasa de la línea, el lenguaje empieza a hacer el ridículo.
   — Acá, en el suplemento Cultura de Perfil; en la reseña de Bradford a El Cuaderno Griego. ¿Cómo hizo es? Es una ilusión maravillosa.
   — No se compara con el nerviosismo que le produce la noche repentina, Doctor. ¿Leyó sobre la teoría del Universo Holográfico? Esto ocurrió, proyectado desde millones de años luz por el umbral de eventos de un Agujero Negro. Todo ha sido escrito y a la vez está siendo escrito y a la vez leído.
   — Matemáticamente los agujeros negros no pueden existir. Por otro lado: recién éramos personajes, ahora somos hologramas, y si apelo a la superposición, también seres reales, en un universo que proyecta y no es ficticio.
   — Es igual, Celso, usted no comprende. Un personaje es algo real, la ficción es nuestra cárcel.
   Los postigos se abren por si solos: un aire fresco entra junto al bullicio de la ciudad.
   — ¿Escucha? —pregunta— las ciudades, la gente, el progreso, la civilización. ¡Cuánta belleza! ¡Dolor! ¡Cuánta lucha por sobrevivir! ¡Injusticia! ¡Cuánta ceguera! ¿Sabe cuántos mueren? Es fantástico, arte subvalorado.
   — Deje esa empalagosa solemnidad: el truco del maletín, la noche, la ventana. ¿Cómo hizo?
   Eusebio ríe fuerte, un demonio de teatro escolar. Sonrío.
   — Qué tonto es, Doctor. ¿Acaso importa si la puerta fue movida por un pase de magia o por sobrenaturaleza? Recuerde: la ciencia jamás medirá más allá de la limitación humana.
    — Eso no es cierto. La física de partículas ha demostrado medir fuera de lo humano —lo tanteó, inseguro.
   — Es verdad.
   — Se contradice, “Diablo”.
   —Tiene razón. La realidad ya no nos necesita. Lo notorio es que quiso salir, y cerré, luego quise mostrarle la ciudad, y abrí los postigos. Eso es lo sustancial, no cómo lo hice. En otros infinitos lugares ocurren las infinitas variables descartadas. Esas tonteras son nada, el flujo vital no. ¿No es bello oír el ruido de un mundo latir? ¿Escucha la ambulancia? No llegará a salvar al pobre chico. He disfrutado décadas, soy un enamorado del mundo, un inmortal como solo el peor de los horrores permite.
    —Un eternauta…
    —Los viajes son de quienes vibran el espacio-tiempo. Ay, qué demodé. Disculpe.

    Me asomo. Suficiente altura para notar la pequeñez del hombre. Eusebio enciende un cigarrillo a mis espaldas. Lo veo en el reflejo del vidrio. Afuera la gente, naipes arrojados al hueco del destino. Ese vendedor de panchos… es cierto… qué importa si el depósito de agua en ebullición se abre con la mano o la mente. Y más allá, el beso de la pareja en la plaza… es solo información.
    — ¿El Universo es información, “Diablo”?
   — Quizá, Doctor, igual no acordaré —el viejo echa el humo—. Soy el demonio —dice—, hago el mal.
   — El mal no es matar a un tipo, es hostigar a muchos. Las religiones se vienen encargado de eso por milenios.
   — Eso es cultura, guerras, estupideces retóricas intrascendentes. “Diablo” es uno de los nombres del mal. ¿Quiere llamarme Eusebio o Tractor? ¡Hágalo! Está ante un código propio, si no la performance sería inútil. Usted debe morir bajo su codificación de información, de otra manera es un arte sin latido. El mal es una actividad solitaria, humilde, lo demás es política.
   — El mal como arte, otro cliché.
   — No soy quien escribe. O quizá sí, eso a quién le interesa. ¡Por fin la víctima, una obra, mí obra!
   — ¿Jamás mató a nadie, esperó tanto por mí? No sé si creerle, ¿sabe? Me inquietan sus ilusiones. Tengo lóbulo temporal y puedo desarrollar delirios religiosos, sobrenaturales, como les llame…
   — Qué tontos son, lentos. Enfocan donde no deben. ¿Va a morir y piensa si quien lo mata es un chiflado en un manicomio o un ser sobrenatural? Dejesé de joder, Celso, tenga pánico.
   — Lo tengo.

   Va a quitarme la vida. No importó lo empleado en estudiar mis libros, en manipular a funcionarios, en apuntar a la víctima. Pero Aguirre… no, debe haber otra cosa.
Eusebio estalla en toces. Juro, no sé por quién, que el cigarrillo despareció. No hay cenizas en el piso, ni sobre la cama. No hay humo, ni se huele.
   — No soy humano, Doctor, adquirí sus códigos. Ustedes son bellos, la empatía es bellísima cada atardecer en el parque.
   — Es muy difuso, no llego a acompañarlo a dónde va.
   — Voy a asesinarlo, Celso, lo dije, ahora mismo lo haré.
La puerta se abre. No hay hilos ni mecanismos en las bisagras, tampoco hay gente en los pasillos, excepto el prematuro ocaso y el espanto de las aves, más allá.
   — Puede salir —dice.
   — No entiendo.
   — No pierda de vista a las palomas, sus gráficas programadas.
Gráficos de sistemas dinámicos en la Física del Caos, me digo mientras las miro. Me vuelvo sin saber a qué temer.
   — ¿Cree en el libre albedrío, Tractor? — le sonrío nervioso.
   — Lárguese, todo está siendo escrito, leído y este es el final. Soy un paciente más.
   — ¿Cuál es el fin de la historia? No proponga un final predecible.
   —Todo final lo es.
   Ahí le traen la cena—advierto en voz alta. Un enfermero camina por el pasillo con
un carro, manteles y bandejas.
   — Lo sé —respondo entrando a la habitación vacía, ya sentado a la mesa con hambre, cerrando este libro.

(inédito, 2015)

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Que parezca un accidente.

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  Es 1960. Albert Camus viaja en el asiento del acompañante de un Facel Vega por la ancha y tranquila recta de una carretera parisina. Su amigo y editor Michel Gallimard va al volante, atrás viaja su esposa Janine, su hija Anne, y el perro de la familia. Nadie sabrá nunca por qué Gallimard perdió el control del volante. Después de varios derrapes y de rebotar en los plátanos de la banquina, el Vega se incrusta contra el que finalmente lo detuvo. Las mujeres no sufrieron mayores daños, el piloto murió días después en un hospital. El Premio Nobel de Literatura, con el cráneo partido y el cuello roto, murió al instante. Al perro no lo encontraron jamás. Según las autoridades, el accidente de debió al exceso de velocidad que pudo reventar una de las gomas o romper el eje. Hace unos años, comenzaron a circular las versiones sobre un supuesto sabotaje ejecutado por la KGB.

  Giovanni Catelli, poeta y escritor especializado en estudios sobre Europa del Este, se ocupó de investigar estas versiones y da cuenta de ellas en Camus debe morir, donde a lo largo de breves capítulos plagados de expresiones como “opípara cena” o “interpérrita persona” trata de justificar versiones no del todo concluyentes aunque bastantes probables sobre lo que podría haber ocurrido. Catelli se apoya básicamente en el diario secreto de Jan Zábrana, un poeta y traductor checo, disidente del régimen soviético qué afirmó tener información directa de un arrepentido del sabotaje; y en Herbert Lottman, quien escribió la que quizá sea la mejor y más documentada biografía del autor francés.

  Camus fue muy activo políticamente durante la Guerra Fría, y quizá no le perdonaron los venenosos dardos arrojados contra la invasión soviética a Hungría un año antes de que se le otorgara el Premio Nóbel, en 1956. En el discurso de premiación pidió que se le otorgara el próximo al ruso Boris Pasternak, autor de Doctor Shivago, perseguido por el régimen, quien lo recibiera dos años después y se profundizaba en varios países de Europa la ola de asesinatos a intelectuales anti soviéticos. El autor de El Extranjero era uno.

  Camus debe morir vio la luz por primera vez en 2013, conmemorando el centenario del nacimiento del autor francés, y se tradujo al español el año pasado, con apéndices de nuevas versiones agregadas. Lejos de tratarse de un libro de investigación o documentación novedosa, se conforma con extensas loas al compromiso político de Camus y se regodea en intrigas de espías donde cualquier cosa podía ser posible y por eso, quizá, es posible que Camus haya sido asesinado. Las evidencias no están en este libro.

Los artículos de Annus Mirabilis sobre Einstein.

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 Existe una anécdota apócrifa que es referida con frecuencia, de la ocasión en la que Einstein conoció a Chaplin. Ambos eran prácticamente rock stars en sus respectivas ocupaciones, y había una multitud de fans rodeándolos. Se supone que Chaplin le dijo a Einstein, “nos admiran ambos; a mí porque todos me entienden y a ti porque nadie te entiende.”

Otra anécdota en la misma vena involucra al astrofísico Arthur Eddington (1882 – 1944), que trabajó además en textos explicando la Teoría General de la Relatividad. El físico Ludwig Silberstein, que se consideraba experto en el tema, dijo una vez a Eddington, “dicen que en el mundo sólo tres personas entienden la teoría de la relatividad.” El pobre pensaba que Eddington contestaría, “sí, Einstein, tú y yo”, pero en lugar de eso el astrofísico se quedó callado un rato y al final dijo, “estoy tratando de pensar quién es la tercera persona.”

Estas anécdotas, graciosas como son, no hacen mucho por alentar a la gente a acercarse a los textos de Einstein, sino todo lo contrario. Si a alguien se le pregunta si ha leído a Einstein, posiblemente puede decir, “sí, he leído un par de biografías”, o bien “he leído sus ensayos”, pero difícilmente se atrevería siquiera a considerar abrir uno de los artículos de física de 1905, el famoso “Año Milagroso” en el que con cuatro artículos Einstein puso de cabeza a la ciencia física e inauguró toda una rama de la misma. Este aspecto intimidante de sus artículos es una pena y hay que corregirlo.

Veamos primero: no es que los científicos de su tiempo no entendieran los artículos de Einstein, los entendían perfectamente. Las matemáticas y los conceptos físicos usados son casi elementales. Lo que era increíblemente difícil de comprender eran las implicaciones de los artículos. Ciertamente no es difícil seguir los razonamientos, pero es asombroso ver cómo Einstein va revelando cosas insospechadas de los fundamentos mismos de la realidad física, con tan sólo hacer ciertas presuposiciones y después llevarlas a sus consecuencias lógicas.

Ahora bien: ¿tienen los artículos muchas fórmulas? Sí, desde luego. Pero lo hermoso de ellos es contemplar los asombrosos razonamientos de Einstein, no las fórmulas, que son simplemente traducciones de lo que va explicando, a lenguaje matemático.

(la entrada completa acá)

Mis libros de 2017.

Todos

En 2016 conocí a un tipo que se jactaba de mantener un promedio de 100 libros leídos al año. Me pareció absurdo pero me disparó una pregunta. ¿Cuántos leo yo en promedio al año? Es un juego parecido al recomendar a fin de año los libros de los últimos 12 meses que nos impactaron. Decidí llevar un registro de libros leídos, no leídos, releídos, etc… durante 2017. El resultado fue un total de 58 libros, lo que me pareció muy poco, pero no tanto sacando un promedio de páginas (esto ya es de obsesivo) de 322 por cada volúmen.

Arriba están los 8 libros que más me gustaron y leí durante 2017. Algunos son viejos, o de años anteriores. Abajo dejo algunas reseñas que escribí sobre ellos. ¿Qué habrá leído ese tipo y qué habrá entre esos 100 anuales que mantiene? No lo sabré nunca. 

1982

El árbol y la vaca

Chicos de Varsovia

Los pájaros de la tristeza

El líder y la masa

 

Lo menos malo

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En occidente los totalitarismos nacionalistas y fascistas fueron desarticulados a finales del siglo pasado al igual que los regímenes autoritarios militares en América Latina. Hoy casi todos los jefes se proclaman democráticos. La democracia es una necesidad ciudadana pero también una condición de mercado muchas veces impuesta en pos de un mejor comercio, o al menos, uno más redituable para las grandes potencias; más allá de que la industria armamentística necesite, cada tanto, algún tirano para equilibrar los números o muchas democracias sean impuestas para el saqueo.

En El Líder y La Masa, la génesis de la democracia recitativa, Emilio Gentile repasa la historia de esta forma de gobierno desde sus comienzos en Grecia hasta los actuales modelos globales, dando cuenta de sus complejidades, su crecimiento y transformación a lo largo de los siglos y su permanencia en una sola idea: el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, como la definiera Lincoln. Gentile es profesor emérito de la Universidad La Sapienza, de Roma. Es uno de los mayores historiadores de Italia y reconocido experto en el fascismo. En 2003 recibió el Premio de la Universidad de Sigrist Hans Bern por sus estudios sobre la religión en la política.

El libro comienza su travesía histórica en la actualidad, donde más de medio siglo después se da la singular coincidencia de que en las dos primeras democracias de occidente llegaron a la cumbre del poder un viejo y un joven: Trump en Estados Unidos y Macrón en Francia, ambos de la mano del populismo, la estrategia más efectiva para ganar elecciones. Trump mezclando nacionalismo y demagogia con extremismo ideológico y Macrón a pesar su público antipopulismo.

Valiéndose de los avances en conocimientos neurológicos y de comportamiento, hoy, al igual que en aquella campaña a presidente entre Nixon y Kennedy (que inaugurara los debates televisivos de candidatos) los consultores y coaching de los mandatarios “compiten para ofrecer a los electores exactamente aquello que estos desean, aunque sea imposible de conseguir y hasta absurdo [pobreza cero] sin pedirles siquiera un mínimo de esfuerzo porque eso podría hacer perder las elecciones”. Es decir: se venden presidentes como se venden celulares.

La pregunta que Gentile se hace e intenta responder es si las actuales democracias están, efectivamente, alejadas de las antigua figuras de Rey, Dictador, Zar, Jefe o cualquier otro tipo de dirigente que encarne al pueblo no para representarlo, sino por su carisma; su imposición de la fuerza (hoy las urnas) u otros mecanismos que lo han llevado al poder por motivos que no sean sus capacidades de gestión. Y es que según muchos observadores, entre ellos Gentile, uno de los fenómenos más importantes del actual malestar de las democracias es la tendencia a la personalización de la política en la figura del jefe, que entabla una relación cada vez más cínica con la multitud gracias a los medios masivos de comunicación.

El cuento cuántico

El último refugio de las “terapias alternativas”

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 Los postulados de la mecánica cuántica se enuncian a través de sistemas matemáticos altamente abstractos, fuera del alcance de cualquiera que no se especialice. Es por eso que entre los científicos de partículas circula una humorada que asegura que si afirmas conocer a la mecánica cuántica, no la conoces.

 En ese universo subatómico no se cumple la física que experimentamos a diario. Ocurren cosas raras. Las primeras leyes fueron enunciadas por Schrodinger y Heisenberg hace casi cien años, y las similitudes con el misticismo oriental propició el movimiento espiritual actual que asegura curar y garantiza felicidad gracias a este “nuevo paradigma”. Entre sus defensores se encuentra la terapeuta Judy Knight, quien sostiene que un guerrero de 35.000 años se le apareció en la cocina de su casa y le transfirió “poderes cuánticos”. En el documental ¡¿Y tú qué sabes?! el gurú espiritual Deepak Chopra expone didácticamente los principios que rigen a las partículas elementales y todo parece ir más o menos bien hasta que una mujer maravillada por este asombroso mundo, tira su medicación a la basura. ¿Para qué usarla si nuestro cerebro puede sanarnos?

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 La ley física que más utilizan las “terapias cuánticas” para crear la sensación de ser avaladas por datos científicos, es la que describe cómo las partículas subatómicas se comportan de una manera cuando las observamos y de otra cuando no. Un electrón, por ejemplo, existe dentro de un átomo simultáneamente en infinitos lugares, y esos infinitos, al ser detectados, es decir, observados, se constituyen en uno solo; se llama colapso de la función de onda. Por eso los místicos cuánticos creen que al estado final de nuestra realidad lo crea la conciencia del observador, nuestro cerebro. De esta manera, existirían infinitas realidades, pero como observadores provocamos solo una, descartando las restantes. Sólo hay que saber “elegir” la realidad en donde estamos sanos.

  Pero el colapso de la función de onda no se produce por “observación”. Para provocarlo debemos interactuar con la partícula haciéndola colisionar. No estamos viendo, sino interviniendo, modificando. Creamos un efecto que nos brinda información que no puede extrapolarse a ningún ámbito que no sea a escala un millón de veces más pequeña que el grosor de un cabello humano, no en nuestra realidad gigantesca.

 Otros gurúes apelan a la dualidad onda-partícula. Las singularidades ultrapequeñas se comportan como partículas y ondas a la vez, pero estos sanadores creen ver allí una dualidad mente-cerebro aunque en Mecánica Cuántica la dualidad es sólo una forma de expresarse. El Doctor en Física Alberto Rojo, argentino ex investigador de la Universidad de Chicago, lo refiere en Borges y la Física Cuántica: “Un electrón es otra cosa, hablar de ondas y partículas para el mundo cuántico es usar analogías de la experiencia cotidiana, lo que abre todas las puertas para filosofías espirituales que nada tienen que ver con la Física y mucho menos con la Medicina.”

  Chopra y otros cientos de miles de creyentes aseguran que en ciertas zonas del cerebro, normalmente en los microtúbulos, tendrían lugar eventos cuánticos que determinarían nuestra salud, enfermedad y conciencia. Pero todas las células del cuerpo poseen estructuras microtubulares, por lo que estaríamos acribillando partes de nuestra conciencia, por ejemplo, cada vez que nos deshacemos de un pedacito de piel, o nos cortamos las puntas en la peluquería.

  

Los peligros de creer

  El caso más famoso que visibilizó mundialmente el problema de las creencias en terapias no-sanitarias es el de Steve Jobs, que optó por morir de cáncer en manos de una dieta milagrosa, a una posible cura en el ámbito médico. El problema es legislativo y cada creencia divergente, no todas prometen una cura, por lo que se torna difícil regularlas. Muchos países optan por condenar a sus practicantes, directamente, por ejercicio ilegal de la medicina. Pero estas sentencias son raras, se avanza de a poco y con mucho impedimento. Este año, por ejemplo, se prohibió en todos los Hospitales de Madrid la práctica del Reiki; Estados Unidos obligó a los “medicamentos” homeopáticos -los cuales se defienden con la cuántica- a advertir a los clientes de que no curan y en Argentina varios Colegios de Psicólogos penalizan a los miembros que practican Constelaciones Familiares, Coaching y Bioneuroemoción.

  Los datos sobre el crecimiento de las pseudoterapias y su impacto negativo en la salud y la economía pública son alarmantes. El más concluyente meta estudio realizado al respecto a cargo de la Universidad de Yale, demostró este año, entre otras cosas, que los que optan por lo alternativo tienen entre dos y seis veces más probabilidades de morir que quienes acuden a su doctor. La evidencia se concluye de la Base de Datos Nacional del Cáncer, una colección de 34 millones de registros.

  Es cierto que estamos compuestos por partículas; pero no por esa razón hablamos de danza cuántica, aunque recientemente la marca española de detergentes Finish lanzó al mercado un nuevo producto que, según pone en la etiqueta, contiene quantos, lo que garantiza una limpieza de tu vajilla en armonía con el universo.

Epilepsia, pasarelas y cocaína

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   Saulos no ve más que una línea en el horizonte. La caminata vale la pena a pesar del calor, el cansancio y la tierra que se cuela por sus sandalias y envuelve sus pies de una pasta difícil de equilibrar. Le duelen, también, los dedos cuando pisa, pero se siente a gusto con el sacrificio. Viaja a Damasco donde debe continuar con su cruzada para hacer renunciar a su fe o ajusticiar a miembros de la nueva secta todavía no llamada cristianismo que siente como amenaza al pueblo judío.

  Los ojos de Saulos, o Paulos (como se llama a sí mismo) están llenos de polvo, y de ira. Es el año 34 de nuestra era. Lejos quedó su historia personal a esta altura de la militancia. Es un judío acomodado, formado en las tradiciones y culturas judaicas, romanas y griegas. Lejos, también, quedaron las imágenes de la muerte a piedrasos propinada a Estéban. Él mismo autorizó aquella sentencia.

  Y fue el aura. Una sensación placentera que lo envolvió de repente en medio del camino, y que según las descripciones, se parece mucho a las experiencia de quienes sufren epilepsia. Quedó revolcándose en el polvo un buen rato, hasta que el supuesto éxtasis u ataque cesó. Al despertar contó a sus compañeros que Jesucristo se le apareció y tirándolo al suelo le dijo: «Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?»

  No podía verlo por la inmensa luz que lo cegó, pero sí escucharlo. Jesús resucitado le pidió un profundo acto de humildad y su bautismo. Ahora se llamará Pablo, aceptatá la misión de predicar el Evangelio de Cristo, quien lo constituye Apóstol de una manera especial en contra de sus costumbres, es decir, sin haber convivido con él.

  Saúl, Saulos, Paulos o Pablo, es el último apóstol constituido. En su peregrinar y prédica anunciando el Día del Señor, o Fin del Mundo, fue apedreado, azotado, naufragó tres veces, aguantó hambre y sed, noches sin descanso, peligros y cautiverios. Cuando viajó a Tesalónica, los lugareños le dijeron que el Día del Señor había ocurrido en el año 53 y habían sido abandonados. Pablo se vio forzado a corregir el error doctrinal acerca del Día de Señor, y amonestó a los ociosos a volver a trabajar.

  Aún no se escribían todos los libros que conformarían La Biblia, la cual anunció el Fin del Mundo poco después de la muerte del último Apóstol, en este caso él mismo, San Pablo, que murió en Roma en el año 67. Como nada ocurrió, los religiosos que inicialmente contaban 12 apóstoles, extendieron a 70 el número; después a más de 500 enviados por Jesucristo para extender el Reino de Dios en la Tierra. El último de ellos murió hacia el año 99. Tampoco ocurrió nada.

  En el siglo XX, el neurólogo Michael Persinger recogió de sus pacientes con epilepsia temporal relatos de alucinaciones de tipo religioso. Dos de los relatos frecuentemente aludidos son los de Rudi Affolter: ateo que durante los testimonios juró sentir y ver que se moría; y Gwen Tihe: cristiana que durante los ataques alucina, como la mayoría de los epilépticos religiosos, la luz a Jesucristo.

 

2

   Las pasarelas de París están sufriendo una revolución que se extenderá al mundo. Por ella desfilan mujeres con ropa extraña, diseños descabellados, vestidos de metal y colores nunca antes vistos. El diseñador de semejante talento se llama Francisco Rabaneda. Nació en 1934 en San Sebastián del vientre de una mujer pragmática y política. Se educó con ella y otra católica ferviente, su abuela. A los cinco años se exiliaron en Francia.
   En una entrevista en Madrid, dijo: Hace 2000 años yo estaba en Palestina, allí conocí a un soldado romano muy malo, que odiaba todo lo femenino. Eliminó todo elemento femenino de la religión de Cristo, en cuya cosmogonía existían dios padre, dios madre y dios hijo, y todos eran iguales. Él borró a la diosa madre y plantó al espíritu santo. En Cristo el amor que surge de la madre y el padre es la ley que todo lo anima. San Pablo transformó todo eso porque odiaba a las mujeres. Maltrató a María Magdalena que huyó con Santiago a Francia, y a la virgen María que huyó con Juan a Éfeso porque no podía soportar la locura de Pablo.
   Este señor ya era conocido como Paco Rabanne cuando afirmó que su memoria cuenta 7.000 años. Aseguró que fuimos mentirosos y ruines hasta 1994, año en que se inició el cambio. Pero allí no se detuvo. Vaticinó que la estación espacial Mir caería sobre París el 11 de Agosto de 1999 y se desataría, coincidiendo con el último eclipse total de sol del segundo milenio -según una peculiar lectura de las Centurias de Nostradamus-, el fin del mundo.
   Luego de que la estación espacial no sufriera cambio alguno, se excusó: Lo que sucede es el fin de una era, Piscis: un tiempo se va y otro nuevo llega. Ahora mismo vivimos lo que Cristo denominó tiempo reducido, que es el período de cambio y confusión, de crimen, para que otro tiempo renazca: esto terminará en el 2010.
Tampoco ocurrió nada durante 2010.

 

3

   Las maletas de su mujer están cerradas y las últimas cajas fueron trasladadas al aeropuerto. José Luis quería más explicaciones, pero su mujer solo repetía las mismas. Aquello era demasiado, su marido se estaba volviendo loco. En 1986 inicio un programa radial cristiano y congregó a 600 personas, a la que en 1988 llamo ‘Creciendo en Gracia’, proclamándose él mismo como Apóstol. Ella soportó aquello hasta 1993 cuando él redobló la apuesta y dijo que era un ángel de Dios. La decisión de separarse le cayó como gota en vaso lleno cuando el autoproclamado ángel le afirmó a su congregación que era la encarnación del Apóstol Pablo y dos años más tarde, en 1999, aseguró que era el Espíritu Santo.
   José Luis de Jesús Miranda había nacido en 1946 en Ponce, Puerto Rico, a dónde su mujer va a regresar junto a 8 de sus 9 hijos. José sale del cuarto hacia el living y enciende el televisor. Quisiera llorar, pero no puede, la cocaína lo mantiene como una estatua de sal. Demasiado mirar atrás: su madre católica y el alcohólico machista de su padre; la pobreza de su natal Ponce. Ella solo repite que es demasiado, baja las escaleras y se hace conducir por uno de los choferes hacia el aeropuerto. Había perdido una vida junto a este lunático y ahora tendría que rehacerla. Una vez en Guaynabo, establecería un nuevo ministerio llamado ‘Reinando en Vida’, donde enseñará a no creerle a Miranda.
   El hombre, duro frente al televisor, solo se ve a él: su adicción a la heroína a los 14 años y los robos reiterados para sobrevivir y comprarla; las noches de ahogo y alucinaciones en su celda a los 18, y una vez libre, la agrupación cristiana “Reto Adolescente” a los 20 haciéndose bautizar en la Iglesia Pentecostal. Era un adolescente que no duraría muchos años allí. La abandonó para viajar a Massachusetts, e ingresar a otra, la Iglesia Bautista del Sur, convirtiéndose en un predicador bilingüe. Es hora de dejar la pantalla.
   En el 2002 José vuelve a casarse y tres años después, en el Seminario Mundial de Creciendo en Gracia en Venezuela, se autoproclamó Jesucristo. A partir de ese momento organizó revueltas que interrumpían celebraciones religiosas en el sur de los Estados Unidos y diversos países de América Latina. Las apariciones eran violentas y le garantizaron la exposición mediática que anhelaba.
   A principios del 2007, a través de Internet después de muchos reclamos, reconoció que era el Anticristo, ya que la gente no seguía las “enseñanzas judías” de Jesús de Nazaret, sino más bien las del Apóstol Pablo a través de Jesús. “El Anticristo significa no seguir a Jesús de Nazaret como vivió en sus días de carne”, dijo exponiendo ante las cámaras su antebrazo tatuado con el 666. Las mayoría de sus seguidores se tatuaron también el número. Ese año su religión contaba con seguidores en unos 35 países, sobre todo en América Latina, 287 programas de radio y una hora de televisión en español de la red 24. A raíz de los constantes escándalos protagonizados por sus seguidores declararon al puertorriqueño, ya de 61 años, persona no grata, prohibiendo su entrada en casi todos sus territorios.
    A mediados de año se divorció.
   A finales de 2008 un juez lo condenó a pagarle a su anterior esposa 2 millones 200 mil dólares estadounidenses en dinero en efectivo, adicionales a 642.000 dólares en propiedades. Además el juez declaró a de Jesús Miranda en desacato por negarse a pagarle a Torrez 15.000 dólares mensuales para su manutención.
Desde el púlpito, Miranda transmitió que “la cocaína colombiana es la más bella del mundo”. Con respecto al fin del mundo los fieles fueron claros, aseguraron que en 2012 sus cuerpos serían mudados en otros inmortales para gobernar el planeta. Deben andar entre nosotros.