Traiciones y otras necesidades

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Los hombres de la casona del villerío conocido como Arroyo de la China maldicen un nombre: Justo José de Urquiza. Las mujeres callan. Una de ellas es Cruz y está embarazada del caudillo, que no acusa recibo. Algunos evalúan asesinarlo, otros prefieren no mover el avispero. Un sobrino de la mujer se acerca y le dice “Voy a matarlo, tía, por usted”. El niño es Ricardo López Jordán. Un par de décadas después, Urquiza es el hombre más importante de la Confederación por debajo de Juan Manuel de Rosas. Cuando su sombra empieza a eclipsar a Manuel Oribe, hay un jovencito entre sus filas, un soldado de apellido Jordán, que no le saca los ojos de encima. Ninguno de sus familiares tomó en serio la promesa del chico y quizá tanto él como Urquiza lo hayan olvidado en los campos de batalla, peleando juntos. Cuarenta años después de aquella promesa en el patio, en nombre de Jordán, Urquiza es brutalmente asesinado.

El argumento recuerda al cuento de Jorge Luis Borges “Emma Zunz”, aunque aquí, a la inversa que en ese relato, los verdaderos son los nombres propios, aunque los motivos otros. Esta famosa trama no es ficcional, la conocemos por tratarse de la historia grande de nuestra patria, aunque quizá no conozcamos los detalles fascinantes que la componen y la diferencian de las similares, disparando otro tipo de preguntas: ¿Es consciente un traidor de su felonía? ¿La ignorancia o la ingenuidad pueden exonerar la culpa? ¿Es correcto hablar de “traición” en política? ¿Puede un hombre traicionarse a sí mismo? Y si lo hace ¿en qué se convierte?

En Urquiza, el salvaje, el libro que el historiador Hernán Brienza presentó hace apenas días en Córdoba, Brienza muestra a un caudillo entrerriano inabordable para las garras de cualquier maniqueísmo. Fue un asesino brutal, pero un piadoso en otros eventos. Un valiente libertador, pero también un cobarde traidor. ¿Qué queda de él, concretamente, además de haber triunfado en Caseros y terminar con el reinado de Rosas? Nada menos que el Estado argentino. Desde 1810, las Provincias Unidas del Río de la Plata no habían podido organizarse en términos jurídicos. Fracasó la Junta Grande, la Asamblea del año XIII, del congreso de Tucumán, los intentos unitarios, el proyecto federal dorregista; y Rosas se negó a convocar a la Comisión Constituyente. Recién 40 años después, la Argentina alcanzó su texto constitucional gracias a Urquiza, que representaba a las provincias y a los sectores populares. “Fue su hora más gloriosa –escribe Brienza–; y el inicio de la traición del peor Urquiza sobre el mejor”.

Finalmente, el autor propone un paralelismo con la situación actual del país: Un liberalismo conservador, en el que una clase que puede identificarse con aquel mitrismo, intenta imponer las condiciones a la clase trabajadora representada en las provincias, las cuales esperan aún el debido federalismo. Brienza no hace otra cosa que opinar sobre el eterno dilema global, la lucha de los pueblos por no perder su independencia “porque, después de todo –define–, perder es ceder riquezas frente a otros grupos o sectores hegemónicos. Lo demás es metáfora”.

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Epilepsia, pasarelas y cocaína

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   Saulos no ve más que una línea en el horizonte. La caminata vale la pena a pesar del calor, el cansancio y la tierra que se cuela por sus sandalias y envuelve sus pies de una pasta difícil de equilibrar. Le duelen, también, los dedos cuando pisa, pero se siente a gusto con el sacrificio. Viaja a Damasco donde debe continuar con su cruzada para hacer renunciar a su fe o ajusticiar a miembros de la nueva secta todavía no llamada cristianismo que siente como amenaza al pueblo judío.

  Los ojos de Saulos, o Paulos (como se llama a sí mismo) están llenos de polvo, y de ira. Es el año 34 de nuestra era. Lejos quedó su historia personal a esta altura de la militancia. Es un judío acomodado, formado en las tradiciones y culturas judaicas, romanas y griegas. Lejos, también, quedaron las imágenes de la muerte a piedrasos propinada a Estéban. Él mismo autorizó aquella sentencia.

  Y fue el aura. Una sensación placentera que lo envolvió de repente en medio del camino, y que según las descripciones, se parece mucho a las experiencia de quienes sufren epilepsia. Quedó revolcándose en el polvo un buen rato, hasta que el supuesto éxtasis u ataque cesó. Al despertar contó a sus compañeros que Jesucristo se le apareció y tirándolo al suelo le dijo: «Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?»

  No podía verlo por la inmensa luz que lo cegó, pero sí escucharlo. Jesús resucitado le pidió un profundo acto de humildad y su bautismo. Ahora se llamará Pablo, aceptatá la misión de predicar el Evangelio de Cristo, quien lo constituye Apóstol de una manera especial en contra de sus costumbres, es decir, sin haber convivido con él.

  Saúl, Saulos, Paulos o Pablo, es el último apóstol constituido. En su peregrinar y prédica anunciando el Día del Señor, o Fin del Mundo, fue apedreado, azotado, naufragó tres veces, aguantó hambre y sed, noches sin descanso, peligros y cautiverios. Cuando viajó a Tesalónica, los lugareños le dijeron que el Día del Señor había ocurrido en el año 53 y habían sido abandonados. Pablo se vio forzado a corregir el error doctrinal acerca del Día de Señor, y amonestó a los ociosos a volver a trabajar.

  Aún no se escribían todos los libros que conformarían La Biblia, la cual anunció el Fin del Mundo poco después de la muerte del último Apóstol, en este caso él mismo, San Pablo, que murió en Roma en el año 67. Como nada ocurrió, los religiosos que inicialmente contaban 12 apóstoles, extendieron a 70 el número; después a más de 500 enviados por Jesucristo para extender el Reino de Dios en la Tierra. El último de ellos murió hacia el año 99. Tampoco ocurrió nada.

  En el siglo XX, el neurólogo Michael Persinger recogió de sus pacientes con epilepsia temporal relatos de alucinaciones de tipo religioso. Dos de los relatos frecuentemente aludidos son los de Rudi Affolter: ateo que durante los testimonios juró sentir y ver que se moría; y Gwen Tihe: cristiana que durante los ataques alucina, como la mayoría de los epilépticos religiosos, la luz a Jesucristo.

 

2

   Las pasarelas de París están sufriendo una revolución que se extenderá al mundo. Por ella desfilan mujeres con ropa extraña, diseños descabellados, vestidos de metal y colores nunca antes vistos. El diseñador de semejante talento se llama Francisco Rabaneda. Nació en 1934 en San Sebastián del vientre de una mujer pragmática y política. Se educó con ella y otra católica ferviente, su abuela. A los cinco años se exiliaron en Francia.
   En una entrevista en Madrid, dijo: Hace 2000 años yo estaba en Palestina, allí conocí a un soldado romano muy malo, que odiaba todo lo femenino. Eliminó todo elemento femenino de la religión de Cristo, en cuya cosmogonía existían dios padre, dios madre y dios hijo, y todos eran iguales. Él borró a la diosa madre y plantó al espíritu santo. En Cristo el amor que surge de la madre y el padre es la ley que todo lo anima. San Pablo transformó todo eso porque odiaba a las mujeres. Maltrató a María Magdalena que huyó con Santiago a Francia, y a la virgen María que huyó con Juan a Éfeso porque no podía soportar la locura de Pablo.
   Este señor ya era conocido como Paco Rabanne cuando afirmó que su memoria cuenta 7.000 años. Aseguró que fuimos mentirosos y ruines hasta 1994, año en que se inició el cambio. Pero allí no se detuvo. Vaticinó que la estación espacial Mir caería sobre París el 11 de Agosto de 1999 y se desataría, coincidiendo con el último eclipse total de sol del segundo milenio -según una peculiar lectura de las Centurias de Nostradamus-, el fin del mundo.
   Luego de que la estación espacial no sufriera cambio alguno, se excusó: Lo que sucede es el fin de una era, Piscis: un tiempo se va y otro nuevo llega. Ahora mismo vivimos lo que Cristo denominó tiempo reducido, que es el período de cambio y confusión, de crimen, para que otro tiempo renazca: esto terminará en el 2010.
Tampoco ocurrió nada durante 2010.

 

3

   Las maletas de su mujer están cerradas y las últimas cajas fueron trasladadas al aeropuerto. José Luis quería más explicaciones, pero su mujer solo repetía las mismas. Aquello era demasiado, su marido se estaba volviendo loco. En 1986 inicio un programa radial cristiano y congregó a 600 personas, a la que en 1988 llamo ‘Creciendo en Gracia’, proclamándose él mismo como Apóstol. Ella soportó aquello hasta 1993 cuando él redobló la apuesta y dijo que era un ángel de Dios. La decisión de separarse le cayó como gota en vaso lleno cuando el autoproclamado ángel le afirmó a su congregación que era la encarnación del Apóstol Pablo y dos años más tarde, en 1999, aseguró que era el Espíritu Santo.
   José Luis de Jesús Miranda había nacido en 1946 en Ponce, Puerto Rico, a dónde su mujer va a regresar junto a 8 de sus 9 hijos. José sale del cuarto hacia el living y enciende el televisor. Quisiera llorar, pero no puede, la cocaína lo mantiene como una estatua de sal. Demasiado mirar atrás: su madre católica y el alcohólico machista de su padre; la pobreza de su natal Ponce. Ella solo repite que es demasiado, baja las escaleras y se hace conducir por uno de los choferes hacia el aeropuerto. Había perdido una vida junto a este lunático y ahora tendría que rehacerla. Una vez en Guaynabo, establecería un nuevo ministerio llamado ‘Reinando en Vida’, donde enseñará a no creerle a Miranda.
   El hombre, duro frente al televisor, solo se ve a él: su adicción a la heroína a los 14 años y los robos reiterados para sobrevivir y comprarla; las noches de ahogo y alucinaciones en su celda a los 18, y una vez libre, la agrupación cristiana “Reto Adolescente” a los 20 haciéndose bautizar en la Iglesia Pentecostal. Era un adolescente que no duraría muchos años allí. La abandonó para viajar a Massachusetts, e ingresar a otra, la Iglesia Bautista del Sur, convirtiéndose en un predicador bilingüe. Es hora de dejar la pantalla.
   En el 2002 José vuelve a casarse y tres años después, en el Seminario Mundial de Creciendo en Gracia en Venezuela, se autoproclamó Jesucristo. A partir de ese momento organizó revueltas que interrumpían celebraciones religiosas en el sur de los Estados Unidos y diversos países de América Latina. Las apariciones eran violentas y le garantizaron la exposición mediática que anhelaba.
   A principios del 2007, a través de Internet después de muchos reclamos, reconoció que era el Anticristo, ya que la gente no seguía las “enseñanzas judías” de Jesús de Nazaret, sino más bien las del Apóstol Pablo a través de Jesús. “El Anticristo significa no seguir a Jesús de Nazaret como vivió en sus días de carne”, dijo exponiendo ante las cámaras su antebrazo tatuado con el 666. Las mayoría de sus seguidores se tatuaron también el número. Ese año su religión contaba con seguidores en unos 35 países, sobre todo en América Latina, 287 programas de radio y una hora de televisión en español de la red 24. A raíz de los constantes escándalos protagonizados por sus seguidores declararon al puertorriqueño, ya de 61 años, persona no grata, prohibiendo su entrada en casi todos sus territorios.
    A mediados de año se divorció.
   A finales de 2008 un juez lo condenó a pagarle a su anterior esposa 2 millones 200 mil dólares estadounidenses en dinero en efectivo, adicionales a 642.000 dólares en propiedades. Además el juez declaró a de Jesús Miranda en desacato por negarse a pagarle a Torrez 15.000 dólares mensuales para su manutención.
Desde el púlpito, Miranda transmitió que “la cocaína colombiana es la más bella del mundo”. Con respecto al fin del mundo los fieles fueron claros, aseguraron que en 2012 sus cuerpos serían mudados en otros inmortales para gobernar el planeta. Deben andar entre nosotros.

Las islas al fondo

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  Una práctica común en el arte consiste en escoger un mito griego y ponerlo a andar con elementos de la actualidad, o en algún tiempo histórico que mejor combine con los intereses retóricos o artísticos del autor. Suele hacerse para re significar al mito, o por lo menos, actualizarlo a los usos. Pero del simple recurso a una novela excelente como 1982, hay un trecho que sólo puede sortear un autor como Olguín, y pocos más.

  El mito escogido es el de Fedra, la princesa cretense, hija de Minos y de Pasífae, y hermana de Ariadna. Fue raptada por Teseo, tras abandonar este a Ariadna, para casarse con ella. Olguín incorpora algunos cambios a la historia y la trae a la Argentina del año que da título a la novela. Su protagonista, Pedro, tiene diecinueve años, vive en Buenos Aires, estudia Letras y es hijo del teniente coronel Augusto Vidal (a punto de convertirse en héroe en Malvinas). Fátima es la segunda mujer del militar, de quien Pedro se enamora. A partir de ese momento se desatará la tragedia.

  Sólo hacen falta dos o tres pequeñas acciones en la vida cotidiana (un llamado telefónico, un beso, subir a un colectivo) para que toda la estructura de una familia se vea obligada a ceder ante la monstruosidad. A medida que la historia avanza, el clima de la narración mutará del hiperrealismo a un inquietante surrealismo para escapar de lo previsible. El desenlace de la historia es grotesco como puede serlo un lobo marino cayendo por unas filosas escaleras de metal.    

  Si bien no es una novela sobre Malvinas, las noticias que llegan desde las islas a la casa de los protagonistas son la música de fondo, con dramatismo expectante, que magnifica los sonidos de los discos de rock nacional que suenan en las escenas; también el de la playa y los colores de la madrugada, cuando Pedro se gana la vida como aprendiz de pescador, más interesado por la belleza del amor que por el derrotero de su familia. Ese escenario es la ciudad de Mar de Ajó, a la cual gracias al estilo de la prosa, no hace falta haber visitado para recordar sus aromas, su idiosincrasia demodé, y su argentinidad transfigurada, como lo fue la guerra, como lo fue la junta militar en su debacle.

  Sergio Olguín, nacido en Buenos Aires en 1967, es recordado entre otras obras por Springfield (Norma, 2007) novela trascendental que fue traducidas al francés, alemán e italiano. En 1982, su novena, nos narra una oscura historia de amor donde la represión estatal se volverá doméstica, donde la realidad homogénea del país bajo el régimen militar se resquebraja, y en sus primera grietas se puede volver a buscar una identidad, a pensar y a amar, aunque el precio a pagar por la libertad y la felicidad sea, paradójicamente, perderlas. Como en toda tragedia griega (o argentina) lo construido desde la valentía y la revelación; terminará en un duro golpe sin vuelta atrás.

 

Siluetas de Simulcop

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   Lorenzo se está volviendo loco, la marihuana le oxidó el mate. José lo visitó hace menos de un año y volvió con una tristeza definitiva: “El Lorenzo parece una planta, boludo. Está pa’ trás”. Creí que no era para tanto, pero ahora lo tengo enfrente. No puede concentrarse en el control remoto, le lleva tiempo reconocer los botoncitos antes de encender el televisor. No es el faso lo único que lo convierte en babieca, debe haber algo más.
   —Estoy tratando de acordarme del día en que erré algo.
   —No entiendo, Lorenzo.
   —Que hubo un día en que pasó algo, ponele, una boludez cualquiera que te cambia la vida sin que te des cuenta.
   —Alguna decisión.
   —No, alguna huevada.
   Se concentra en la pantalla como si en lugar de imágenes viera manchas para interpretar. No hablo, la única vez que nos quedamos en silencio fue la noche en que la Maricel empezó a vomitar y después se murió. Hace más de quince años, en plena Fiesta de la Primavera.

  —A lo mejor tendrías que ir a terapia —digo al rato.
   —Sí. No sé. No es lo que más me preocupa.
   La pieza de Lorenzo ya no es la pieza de Lorenzo. Cuando éramos pendejos traíamos a las minitas a la cueva, tenía buena acústica y olía como pipa. Ahora es un depósito de muebles que a la casa le sobran. Lo único reconocible es la cama y el escritorio donde guarda los apuntes de fisioterapia. La última vez que lo vi le faltaba un año para recibirse. Seguía teniendo los cuatro o cinco cedés de siempre, los cuatro o cinco libros que le presté y algunas películas en VHS no devueltas.
   De chico lo llamábamos Burbuja. Cada vez que se ponía nervioso y lloraba, amenazaba con escapar de la casa después de frotarse con jabón hasta hacer una burbuja gigante, meterse adentro y salir volando. En quinto grado faltó al colegio dos semanas seguidas. Una tarde, en hora de clase, vinimos a pedirle que volviera. La seño Inés golpeó las manos, pero no nos atendió nadie. Era la siesta, los padres tenían que estar trabajando. Lorenzo, sentado en una reposera arriba del tanque de agua del techo, leía la revista Gente. Nos miró como si fuéramos Testigos de Jehová. La señorita le preguntó por qué no iba más a la escuela. A pesar de vernos, no despegó los ojos de la revista. Le dijimos que se bajara. Se puso loco y nos tiró con un pedazo de ladrillo hueco.

   —No puedo leer más —dice ahora, jactancioso—, no puedo escuchar música, no puedo ver películas, no puedo hacerme la paja, no puedo casi ver fútbol… Todo es falso. Todas las personas me parecen mentirosas, y más los artistas. A terapia no voy a ir, no sirve para nada. ¡Los psicólogos son locos, boludo, no se puede! La única vez que fui, hace mucho, cuando me separé, me dijo que era un reprimido y me preguntó si alguna vez había tenido fantasías sexuales con mi hermana. ¿Entendés? Ta loco.
   —Bueno, a mí la psicóloga…
   —¿A vos te sirve terapia?
   —Sí, qué sé yo. Es bueno lo que uno haga con eso, no lo que…
   —… para colmo, en este pueblo estoy más solo que el uno. No salgo a ningún lado y estudio todo el día… se me pasa volando. Cuando me doy cuenta, ya es de noche y me deprimo mal, boludo. Mal, ¿entendés? A veces viene el Cuki, pero está más quemado que yo. No entiende nada.
   —¿Chateaste con el Martín?
   —Sí, ahora vive en Barcelona. La pasa bien, me manda fotos siempre.

   De adolescente, Lorenzo era pila. Fumaba mucho, pero le pintaban las mejores ideas. Por ahí le venían rayes de locura. Una vez se colgó con el “Informe sobre ciegos”. No salía de la casa. Fue difícil sacarlo. Habíamos jugado ajedrez desde la mañana y fuimos a un quiosco del centro. En la peatonal vi al ciego venir. Lorenzo se acercó a mi oído torciendo la boca:
   —Fijate cómo me mira.
   —¿Quién? —me hice el pelotudo.
   —El ciego… fijate.
   —¡¿Cómo te va a mirar un ciego, Lorenzo!?
   —Fijate cómo pasa al lado nuestro, se hace el gil, pero después se da vuelta y me mira.
   El ciego, que, además, era rengo, pasó casi rozándome, tenía olor. El tipo siguió caminando. Dos o tres pasos, y se dio vuelta a mirar al Lorenzo. No podía ser cierto, tampoco casualidad. Nos comimos la noche flasheando con eso. El Lorenzo explicó cosas que no recuerdo porque no creí. Se las discutí a muerte, aceptarlas era volverse loco.
Años después nos reímos de lo del ciego. Fue en un asado en casa de la Eli, borrachos. Esa noche se puso de novio con Fernanda y se perdió por varios meses. Lo único que hacía, lo cuereaban, era ver Los Simpsons, fumar como caballo y culear con la Fer.

   La nena de unos seis años, con la muñeca que trae arrastrando de los pelos y una amiga que la sigue, entra en la pieza y se detiene como si hubiese visto un espectro: suponía que el Lorenzo estaba solo. Después de mirarme de pies a cabeza, le dijo:
   —Nos vamos a la placita, pa.
   —Pará, Rocío, que papá está con el Negro.
   Las dos se vuelven arrastrando los pies por el pasillo.
   —La pendeja es lo único que me mantiene vivo, te juro —lamenta en una de esas pausas melancólicas que buscan aprobación—. A mí me toca los lunes, miércoles y sábados. La madre es una culiada: me hace renegar, no me deja criarla como yo quiero.
   —¿Y cómo querés criarla?
   —Aparte estoy harto: no quiero vivir más acá de mis viejos, ¿entendés? Ya estoy por cumplir treinta, quiero vivir solo. Quiero un laburito, un auto… Con un auto es más fácil, a las minas le gustan los autos.
   —Bueno, sí, está bueno eso. Tendrías que ver la forma de encontrar un laburo.
   —¿Pero qué laburo? A mí cualquier cosa me quema la cabeza, ¿entendés? Y no voy a ir a laburar fumado, es un bajón. Además tengo que terminar de estudiar.
   —Y bueno…
   —… yo pensaba en un laburito en un banco. Pero sabés lo loco que me pondría ahí, con esos idiotas de traje, mirándome a ver si hago bien las cosas, si las hago mal. No, boludo, estoy pa’ trás.
   —¿Y no pensaste en hacer terapia, en ver algo que te ayude? ¿En fumar menos?
   —Ya te dije que la terapia es una bosta. Además no churreo mucho, no llego a tres fasos por día. Lo que pasa que acá adentro no puedo fumar, mis viejos me calan el olor al salto…

   Salimos, nos sentamos debajo del ventanal del frente. Lorenzo enciende una tuca, chupa y grita por la ventana:
   —¡Mami! ¿La Ro? —larga el humo.
   —Se fue a la placita con la Eve.
   —¡Si yo no la dejé, mami, dejá de hacerme renegar!
   —Dejala que vaya, Loro, que se divierta un poco. ¡Qué querés que hagan!

   El silencio nos embadurna la cara. El olor a marihuana es agrio. Al frente hay un taller mecánico. Lorenzo se concentra en los chispazos de los soldadores, en una explosión amarilla que nos llega muda. Canta una “palomita de la virgen”. Su lamento y la soledad de la tarde convierte al mundo en una página de simulcop: nos imagino borrosos. No sé por qué recuerdo el poema “Tabaquería”, de Pessoa.
   —Tiene que haber algo…
   —¿De qué, Lorenzo?
   —Una cosa que me cambió la vida, no sé.
   Bufo.
   —Nada, pelotudo —me lleva la bronca—, no hay algo que te cambió la vida, gil. Dejá de fumar. No te enojes, Lorenzo, pero viajé doscientos kilómetros. Me dijiste que estabas mal, y acá estoy, y lo único que hacés es quejarte y hacerte la cabeza. No me jodás… Dejá de fumar y buscate un laburo. Terminá de estudiar de una vez, no sé.
   —¿Viste Corre, Lola, corre?
   Harto de que salte de una cosa a la otra, que no se concentre, que no le importe lo que tengo para decirle, hago silencio, me incomodo. Pero a los segundos cedo.
   —Sí, no me acuerdo bien. ¿Es esa alemana en que la mina tiene que conseguir guita?
   —Esa. ¿Viste que, según alguna huevada, como que la mina se choque con una vieja en la calle, le cambia la vida a la vieja?
   —No me acuerdo.
   —Que, por ejemplo, si yo no me hubiese errado ese penal contra los de Olimpo, a lo mejor ahora sería ingeniero. O estaría tirado en una zanja, ¿entendés? Que mi vida sería distinta. No sé…
   —Te entiendo, eso pasa todo el tiempo.
   —Sí, pero vos no entendés. Vos te referís a otra cosa.
   —Bueno, como quieras.
   Empiezo a odiarlo, a desconocerlo. Pienso en algún trauma que pudo haberle hecho esto y no encuentro otra cosa que la separación de Fernanda o su paternidad tan joven. No veo qué puede haberlo puesto así.
   Hay algo, un recuerdo que entonces me inunda como esas canciones bizarras que creemos, por suerte, olvidadas. Algo que, sorprendiéndome, puede tener que ver. A los quince o dieciséis años nos pasábamos la tarde tirados en la plaza fumando faso y hablando de poetas. El Marcos había ganado muchas veces el Premio Municipal, y yo un par. Lorenzo se escapaba de Fernanda para escucharnos. Un día aprovechó un silencio y se mandó:
   —Yo también escribo.
  —¿En serio, Lorenzo?
   —Hace mucho más que ustedes que escribo. Hace de chiquito que escribo cosas, tengo un montón de cuadernos llenos. Y no escribo para levantar a las pendejas de tercero, como ustedes. Escribo de verdad. Nunca les voy a mostrar nada, voy a quemar todo. Son genialidades que nadie va a entender. Así que las voy a quemar.
   —Para mí que te da vergüenza —tiró el Marcos.
   —No, boludo. Acá traje un poema, que es el único que creo que ustedes pueden entender.
   Y lo leyó, rápido, masticando las palabras. No hacía falta una mirada cómplice con el Marcos para certificar que la envidia nos chorreaba por las orejas. Durante la lectura, el Marcos me codeó como si hubiese aparecido un fantasma inconmensurable llamado Borges. El argumento: Lorenzo fumando, tirado en la cama de los padres, oliendo el colchón todavía mugriento por el sexo de su madre. Un verdadero fetus in fetus: por algún error genético, guardaba en las tripas un poema. Se lo dije al Marcos. Pero él, todavía con aquellos versos dándole vueltas en la cabeza, dijo que el Lorenzo, a ese fetus in fetus, se lo había “extirpado del orto”. Que era un poema monstruoso condenado al fuego, una inmundicia genial que no podía habitar este mundo.
   El Lorenzo, con el papel en la mano, mirándonos, se movía hacia adelante y atrás como autista. Y nos reímos en su cara, fuerte, al borde de babearnos. Fue por la marihuana. Fue por los nervios, por no saber a dónde rajar. Esa sensación de velorio, la solemnidad “intelectual”. Temíamos ser sensibles, vulgares. Nuestra sensibilidad debía ser artística, no mundana.
   Se levantó, rompió el papel, subió a la bici y se fue moqueando. Nunca lo habíamos visto así. Nunca su cara sin sonrisa, su mentón temblando. Lo llamamos de lejos, aunque riendo. Le gritamos que el poema estaba bueno, pero no volvió.

   Ahora Lorenzo pisotea la tuca en la vereda y me pide que lo acompañe a la placita a buscar a su hija. La placita es un campito de tierra con un tobogán roto y dos hamacas. Atrás hay campos, potreros secos de una ciudad que no ha crecido en los últimos treinta años. El cielo se desmorona. Las nenas corren hasta nosotros.
   —¿A qué jugaron, Ro?
   —A nada, nos hamacamos. Vino un chico a tirarnos arena, pero la Mily lo echó. Le pegó con un ladrillo en el pie.
   —No, Ro. ¿Cómo van a hacer eso? Mirá si el chico viene y les pega, después…
   —Bueno, pa, ¿qué querés?, si él vino a buscarnos lío.
   Volvemos las dos cuadras en silencio. En la casa, Lorenzo le ordena a la madre que bañe a Rocío. Ella saluda, pregunta cómo estoy y qué fue de mi vida. Pero no presta atención a mi respuesta, ya está en el baño con su nieta. Desparramado en una reposera del living, Lorenzo se muerde el labio y señala a su mamá. Me siento en el sillón grande, el verde, el que en algunas noches me soportó desmayado por el alcohol. Lorenzo agarra el control remoto, su cara recobra cierta dignidad.
   —¿Vos crees que fue por esa tarde que les leí el poema?
   No ha pensado en otra cosa en estos años. Sonrío con superioridad.
   —No le echés la culpa a un poema, Lorenzo.
   Cambia de canal sin mirarme, el verde furioso de una cancha de fútbol nos atraviesa, nos silencia el comentario nasal del conductor del programa. Lorenzo espera de mí la confirmación del pasado, de lo que vivió aquella tarde. Quiere que me rectifique, que le diga que aquel poema era bueno. Pero mi cabeza se quedó en casa, con la familia y mis cosas. Quiero contarle a Vanesa que el viaje fue al pedo, que sos irrecuperable, que estás peor que nunca. Te miro la nuca frente al televisor y me da vergüenza, Lorenzo, te juro. No sé qué sensación tengo, y aquel poema era condenadamente brillante.
   Me levanto poniéndome la campera. Empieza el partido. No puedo irme, hay algo que no me deja abandonarte así. Voy hasta la heladera, saco una cerveza, la destapo y vuelvo al sillón.
   —¿Juega Lujambio? —te pregunto pasándote la botella.
   —Ni puta idea —contestás.

(Antología Es lo que hay, 2009)

Los restos del naufragio

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“Tenía alrededor de 15 años cuando emigré, hacía poco que había parido al niño, y tenía 21 años cuando Mariano murió. Todo ha venido pasando tan vertiginosamente que no siempre me doy cuenta de que todo pertenece al pasado. El pasado es otro país del que fui desterrada. ¿Y para qué volver?, me digo a diario, si no siempre logro habitar el presente”.

Esta cita de una carta real aparece en Lupe, después del viaje, la nueva novela de Silvia Miguens. En el pequeño fragmento citado, María Guadalupe Cuenca, viuda de Mariano Moreno, resume su vida de fantasma suplicante, una muerta viviente coleccionando los restos del naufragio; y configura la paleta de colores con la que Miguens la revive en el libro. Hace 15 años Miguens había publicado Lupe, la predecesora de esta historia. En ella recreó la vida de la adolescente Cuenca desde sus últimos años en Chuquisaca hasta dar a luz al hijo de uno de los políticos más activos en los primeros años del siglo XIX, en un país convulsionado por las vísperas de la independencia. El matrimonio con Moreno cambiaría su vida para siempre, pero a la adolescente le esperaba otro gran evento, la misteriosa muerte de su marido en altamar que pondría a debatir a varios historiadores hasta hoy.

Lupe, después del viaje comienza con el secretario de la Primera Junta ya embarcado mientras su mujer le envía, haciendo frente a las peores sospechas, algunas cartas que Mariano jamás podrá leer. Desde los días en que la esposa vive de incertidumbres, ignorando lo que todos los demás ya saben, se desarrolla una de las intrigas más ricas de nuestra historia, desde la perspectiva de una mujer que pregunta, mientras quienes gobiernan comienzan a darle la espalda a la familia Moreno para siempre. 

Pocos historiadores prestaron la atención que la autora ha prestado a estas cartas, reveladoras no sólo de una relación amorosa a la que los resquicios de luz de la casa permiten contar (o funestamente callar) sino de pequeños indicios imprescindibles para entender parte de la Historia desde el corazón mismo de la feminidad. La adolescente sale del trance y la convulsión nacional no sólo sin un marido ni una patria, sino con una fortaleza inquebrantable ante los embates de quienes la rodean.

Lupe, después del viaje es una novela histórica con todos los aditivos, se nutre de un pequeño puñado de escenarios y personajes que en cada intervención abren el abanico de lo que está sucediendo en todas partes, desde Londres hasta el Alto Perú. A través de María Guadalupe Cuenca de Moreno, Silvia Miguens visibiliza la vida de las mujeres de nuestra Historia, que aunque no tuvieron papeles protagónicos, le dieron forma, la acompañaron, la soportaron o fueron sus víctimas.

Donde viven los muertos

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  Mientras nos condolemos y ponemos en Facebook banderitas del país de turno castigado por el terrorismo, y anunciamos el repudio por cualquier tipo de ataque que involucre una considerable cantidad de muertos, e insistimos en los treinta mil desaparecidos que dejó nuestra última dictadura militar; México sigue batiendo todos los récords de cadáveres y desapariciones absurdas sin que la prensa parezca notarlo. En la última década se registraron en el país azteca 155.000 asesinatos y 27.000 desaparecidos solamente relacionados con el narcotráfico. Los femicidios cuentan de a 2.500 muertes por año, siete por día solo en el D.F. A esto hay que sumarle cientos de miles de víctimas del tráfico de personas. La mayoría intentan llegar desde centroamérica a USA y si tienen suerte de no ser asesinados antes de llegar, serán tomados como esclavos en el campo laboral o sexual. Casi no hay un sólo caso que no esté relacionado con oficinas estatales, es por eso que muchos no titubean en describir a México como un narcoestado.

  La literatura de ficción que aborda estos temas abunda, es que prácticamente no se puede escribir sobre otra cosa en México. La fila india, de Antonio Ortuño (1976), podría catalogarse como una más de estas novelas, pero no es así. Concentrado en el tráfico de centroamericanos y las oficinas teóricamente destinadas a protegerlos, el autor nos involucra en el día a día de quienes participan en atroces y episodios martirizantes con una prosa de múltiples voces que fotografían una sociedad que encarna, además y como si fuera poco, muchas otras formas aparentemente incontrolables de violencia y corrupción.

  Antonio Ortuño fue finalista del Premio Herralde, traducido a diez idiomas y fue seleccionado por la Granta como uno de los mejores narradores jóvenes en español. En esta novela registra cómo se descompone una persona según el lugar en el que le toca o elige vivir.

Zitarrosa, el otro lado

 La cww_lywxgaeflledición de Fábulas Materialistas es para el lector no muy versado en la obra del músico uruguayo el lado oscuro de la Luna, una cara que nunca se vio. Vincular a Alfredo Zitarrosa con misceláneas de literatura experimental por entregas es tan extraño como leer alguna de ellas. A esa voz profunda y grave que entonaba versos austeros, anarquistas, y contestaba entrevistas como si estuviera en una guerra santa contra el capital, se contraponen esta serie de notas en las que el absurdo, el humor, y la afición científica fueron el lugar donde el guerrero reposó.

  Zitarrosa (Montevideo, 1936) fue parte de un movimiento de música folklórica cuyas características personales en el modo de readaptar la tradición de la canción popular se puede rastrear hoy en Fernando Cabrera (autor de la contratapa), Jorge Drexler y la nueva trova del sur de Brasil, en Vitor Ramil, por ejemplo.  Zitarrosa siempre produjo literatura, mientra trabajaba en radio como en periódicos. Escribió cuentos, poesía y crónicas; como así también estas extrañas fábulas aparecidas en el periódico La Hora, de Uruguay, durante 1988, y que se editan por primera vez en Argentina.
Es un libro breve, satírico, con aparentes moralejas delirantes o inconclusas, donde parece que nada importa. Como explica Diego Recoba en el prólogo, hablamos de tiempos de discusiones culturales en medio del regreso de los exiliados. Estos textos servían a Zitarrosa para acercarse a las nuevas generaciones. Hay una evidente emparentamiento con lo que ya experimentaba Leo Masliah en sus discos y libros. Fue de lo último que escribió, murió abruptamente al año siguiente.