Lanzamiento

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Este es Pasadena, mi nuevo libro de poemas. Una colección breve de versos e historias poéticas con un lenguaje que homenajea al neutro de los doblajes de mi niñez conformando una paleta de colores que refiere a la América lavanda de ciertas viejas cintas y fotografías de los años 50 y 60. Intente expresar algunas cuestiones emocionales con dicho lenguaje, espero haberlo logrado. En mis redes pueden ver los puntos de venta, por el momento sólo en la ciudad de Córdoba (la Argentina). Empieza con este poema:

 

 

estas son las palabras que nos sobrevivieron
fuimos extraños arrojando las cenizas de un aduanero
al viento del domingo

los añejos panteones argentinos
son perros pila petrificados
que pronto habitaremos

cansa el pecho tártaro
cansa además
que a las pulsiones del cuerpo
las monte la palabra

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Una prosa irremplazable

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   Una recompensa espera a quien logre adaptarse al sincopado ritmo de Laberinto: la de haber leído una de las mejores novelas escritas en Córdoba en los últimos años. El lector no la tendrá fácil al comienzo. La desmesura de aliteración, rima, hipérbaton y los neuróticos golpeteos en el parlamento pueden colmar la paciencia de cualquiera; pero una vez aprendidos ciertos patrones lingüísticos en las primeras páginas, la novela no deja de sorprendernos en cada capítulo.

   Florencio es un treintañero bibliotecario con un trastorno del espectro autista. Vive solo y sin amigos, desconfía de la historia familiar y cree que es hijo adoptivo porque su altura no coincide con lo que la genética dice, según lo que se conoce como talla Diana. Sus hermanos se burlan de él y su padre le inventa un síndrome llamado “del Laberinto” y asegura que los demás defectos personales se deben a un gen recesivo.

   Con un entendimiento literal de la realidad, problemas para socializar, obsesiones, rituales y un lenguaje cargado de florituras y simetrías, Florencio irá en busca de su identidad. Su hoja de ruta será el buscador de Google. Allí encontrará no sólo los datos que necesita para su investigación, sino la traducción entre nuestro mundo sin Asperger y el suyo. “Soy Florencio y dudo de que ustedes sean mis padres porque son lindos y yo feo”, dice luego de pasar la noche googleando.

   Augusto Porporato (foto) fue finalista del Premio Planeta y del Emecé en 2005 y en 2007, respectivamente, con su novela Punto de fuga, una biografía sobre la vida del genial Paganini. Esta, su cuarta novela, despliega una, en apariencia, pasiva historia ligada al pasado político del país de un personaje inolvidable.

Es una tragicomedia con escenas desopilantes y paranoicas, recuerda a El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon, o a la trilogía de Simsion, protagonizada por el también inolvidable Don Tillman, novelas que indagan sobre la vida de personas con autismo.

   Laberinto es otra de las historias que nos ponen en la vereda de los neurotípicos, que nos llevan al hueso de la condición humana, algo que muchos autores desdeñan por no poder abordar. Porporato la tiende sobre la mesa de disección con la cadencia de quien parece no poder escapar de un extenso hip hop. Las combinaciones entre personaje, tono y trama generan un humor sórdido que multiplica el disfrute.

  El autor cordobés ideó un desafío literario que parece imposible en los planes y, sin embargo, se mueve. ¡Y cómo! Al grado de que su prosa no podría ser reemplazada por ninguna otra para contar esta historia.

Que parezca un accidente.

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  Es 1960. Albert Camus viaja en el asiento del acompañante de un Facel Vega por la ancha y tranquila recta de una carretera parisina. Su amigo y editor Michel Gallimard va al volante, atrás viaja su esposa Janine, su hija Anne, y el perro de la familia. Nadie sabrá nunca por qué Gallimard perdió el control del volante. Después de varios derrapes y de rebotar en los plátanos de la banquina, el Vega se incrusta contra el que finalmente lo detuvo. Las mujeres no sufrieron mayores daños, el piloto murió días después en un hospital. El Premio Nobel de Literatura, con el cráneo partido y el cuello roto, murió al instante. Al perro no lo encontraron jamás. Según las autoridades, el accidente de debió al exceso de velocidad que pudo reventar una de las gomas o romper el eje. Hace unos años, comenzaron a circular las versiones sobre un supuesto sabotaje ejecutado por la KGB.

  Giovanni Catelli, poeta y escritor especializado en estudios sobre Europa del Este, se ocupó de investigar estas versiones y da cuenta de ellas en Camus debe morir, donde a lo largo de breves capítulos plagados de expresiones como “opípara cena” o “interpérrita persona” trata de justificar versiones no del todo concluyentes aunque bastantes probables sobre lo que podría haber ocurrido. Catelli se apoya básicamente en el diario secreto de Jan Zábrana, un poeta y traductor checo, disidente del régimen soviético qué afirmó tener información directa de un arrepentido del sabotaje; y en Herbert Lottman, quien escribió la que quizá sea la mejor y más documentada biografía del autor francés.

  Camus fue muy activo políticamente durante la Guerra Fría, y quizá no le perdonaron los venenosos dardos arrojados contra la invasión soviética a Hungría un año antes de que se le otorgara el Premio Nóbel, en 1956. En el discurso de premiación pidió que se le otorgara el próximo al ruso Boris Pasternak, autor de Doctor Shivago, perseguido por el régimen, quien lo recibiera dos años después y se profundizaba en varios países de Europa la ola de asesinatos a intelectuales anti soviéticos. El autor de El Extranjero era uno.

  Camus debe morir vio la luz por primera vez en 2013, conmemorando el centenario del nacimiento del autor francés, y se tradujo al español el año pasado, con apéndices de nuevas versiones agregadas. Lejos de tratarse de un libro de investigación o documentación novedosa, se conforma con extensas loas al compromiso político de Camus y se regodea en intrigas de espías donde cualquier cosa podía ser posible y por eso, quizá, es posible que Camus haya sido asesinado. Las evidencias no están en este libro.

Multiversal, por Marcelo Díaz.

“sabemos que lo poesía no falla

pero tampoco existe

el humano noctámbulo

detenido

tipeando

es la metáfora”

 

P.G

 

   Pablo Giordano fue un enigma hasta el año pasado. Había publicado en varias antologías, tenía en su haber un libro de poemas llamado La felicidad es un Gordinielogiado por María Teresa Andruetto, y un volumen de cuentos en Montevideo el cual motivó a Mario Bellatín a escribirle. Su blog Cosas de mimbre fue uno de los más visitados en el país y su participación en diarios y revistas de América y Europa hicieron conocido su nombre. 

    La primera vez que escuché de él fue a principios del año 2009. Lilia Lardone realizó un monitoreo (o una radiografía) del campo literario cordobés y elaboró una antología de autores que por una u otra razón mantenían un vínculo con la provincia de Córdoba, se llamó Es lo que hay (babel 2009).  En la presentación se esperó su presencia para desmitificar sus faltas en los foros literarios. Giordano no asistió y  terminó de contribuir al rumor de que no existía, que se trataba del seudónimo de algún escritor cordobés. Al respecto, el autor bromeaba bautizándose como el Salinger hispano y por esos años brindó una entrevista para la feria del libro provincial, ¡vía telefónica!

   En simultáneo circulaban expresiones que hablaban de jóvenes promesas de la literatura. La idea de promesa por entonces no me convencía. Y por supuesto que ahora, pasados varios años y después del recorrido de los textos de  Giordano, me parece que ya no es pertinente usar esa expresión. Lo que antes figuraba un proyecto de escritura, hoy es la obra de un autor con una voz propia y resuelta que no le debe nada a nadie.

    El año pasado salió al ruedo con el libro de cuentos Los muertos (Primer Premio El Mensú Ediciones) y la novela Chozaseditada también por este sello y presentada en Casa 13 donde por fin el autor se dio a conocer como un escritor autodidacta de Las Varillas. Con respecto a la novela, Fabián Casas la comparó con la literatura de Zelarayán, y Luciano Lamberti le contestó al suplemento Ñ de Clarín que se trataba de lo mejor que había leído el último año.

   Roland Barthes considera  que un texto puede no ser sólo una estructura de significados sino una galaxia de significantes en el que se acceda a él a través de múltiples entradas sin que alguna gobierne por encima de las otras. Las interpretaciones no se clausuran, por el contrario, es la pluralidad de sentidos lo que mantiene en funcionamiento la maquinaria interpretativa y las lecturas a veces son reversibles,  se movilizan en diferentes direcciones y lo que sigue puede ser un ejemplo de ello.

   Desde un comienzo los versos “no fui llamado a ser el poeta de mi generación/ en este universo/ no hablaré de la patria ni el futuro/ de nada/ igual de anacrónico” proponen una ruptura contra esa serie de procedimientos literarios que se repiten en el tiempo y llevan el nombre de tradición como si lo escrito fuese a parar al tacho de basura de Charles Bukoswki. El movimiento de lectura es doble. Por un lado la poesía ocupa, y de esto se han encargado varios estudiosos, una posición periférica dentro de la literatura y a la vez, con respecto a la escritura misma, el yo lírico decide separarse de sus pares y ubicarse en una especie de nadedad espectral desde la cual nos dirige la palabra.

   En ocasiones el poeta siente que debe explicar cuál es su condición y qué entiende por poesía mediante preguntas del tipo: “¿Por qué no llevan Señor /título sus poemas/ ni puntos/ ni comas?/ porque son huérfanos” La orfandad como una excusa para hablar no de la vivencia personal e intransferible, la orfandad como una ausencia de tradición literaria. Una poética de consignas que precisan un posicionamiento frente al orden de la lengua:“no seré/ el poeta que lee un cielo/ para escribir la tierra/ tampoco el de la justicia/ ni civil ni poética/ repito/ ni retórica” Los poemas se ubican en el terreno de la inmediatez, no importa lo que vendrá, ni el pasado de nuestros precursores así como tampoco vale confundir literatura con educación cívica o formación en valores, la poesía no es un manual acerca de cómo organizar nuestra experiencia en el mundo.

   Existe un término que proviene del mundo de las matemáticas y es el término fractal. Los fractales son estructuras autosemejantes y repetitivas de la naturaleza, estudiarlos permite comprender cómo se componen las partículas elementales del universo. Los poemas de Giordano podrían ser una metáfora de la idea de duplicación y de esa necesidad de continuar y seguir minuciosamente el recorrido de la experiencia personal transformada en lenguaje. Duplicación como procedimiento formal: “me dijeron/ que la muerte lo visita cada noche/ y cada noche le susurra/ la fecha cercana” y  duplicación como una prolongación y un espejo del rostro de nuestros padres: “¿Cuándo muté en él/ empecé a arrastrar con pesadez/ las pantuflas por el pasillo/ hasta el baño?” o sino en los versos: “a cierta edad/ los padres ingresan en superposición cuántica”.  Lo idéntico y lo distinto habitan un mismo plano en el territorio de la escritura.

   En los siguientes versos: en la vigilia o en el sueño/ remo en el potrero de infancia/ la tierra espesa/ el holograma universal” asoma con cierta incandescencia la palabra holograma que bien podría estar acompañada por el término representación. En Multiversal la representación se vuelve un tópico y configura una realidad fantasmática a lo largo del texto. Pienso en qué significa representación e inmediatamente lo asocio con la idea de simulación a la manera de Baudrillard.

En varias oportunidades los versos edifican sentidos relacionados con lo fantasmático:“dijeron que ese fantasma era yo” enuncia la voz del yo lírico o sino la imagen del autofantasma del abuelo que parece perderse en un túnel temporal y nostálgico en:“cristalino / con cívica lentitud/  su exótico auto fantasma/ rueda la barranca del domingo”sin perder de vista al mismo padre definido como un “rancio fantasma doméstico” en el corazón de una familia desdibujada. La diferencia entre representación y simulación está en que para lo primero todavía existe una referencia, una suerte de ancla, en lo real. En cambio para lo segundo: no hay una cartografía posible sobre la realidad, los signos han perdido su referente inmediato. Lo mismo ocurre con la experiencia que, distinto a lo que sucede con las leyes de la termodinámica, no sigue una única dirección sino que se disgrega como un conjunto de neutrones en el centro de la nada misma.     

Relacionado con lo anterior recuerdo una novela de Orson Scott Card en la que unos niños aprenden con hologramas mientras sus padres están trabajando. Recuerdo, también, las palabras de la princesa Leia dirigidas hacia un joven Skywalker, como una botella arrojada al océano del inmenso cosmos, palabras que no llevaban fecha ni lugar de enunciación y proponían el desafío de salvar el mundo o  mejor aún: recuperar el orden de todas las cosas. 

   Desde el fondo de la casa se escuchan los pasos y los maullidos de Schrödinger acercándose para confirmarnos en forma provisoria en esta realidad como si fuésemos a emprender una suerte de  viaje estático. ¿Cómo es que un estado  puede ser a la vez b?O: ¿cuándo dejamos de ser nosotros mismos y pasamos a ser otro? De todas las opciones para realizarnos aparecemos aquí y contemplamos a la distancia las múltiples e infinitas alternativas que le siguen, o le hubiesen seguido, a nuestra existencia.

  Para Vicente Federico Luy la poesía era en teoría la única ciencia que se encargaba del problema. Giordano recurre al campo científico, retoma términos como  moléculas, unidad de longitud,  superficie, volumen, capacidad,  peso y temperatura  o se detiene en relatos cotidianos que documentan el funcionamiento de la naturaleza.

   Puede que a estas alturas ya no importe resolver el problema o la pregunta acerca de cómo adquiere sentido la propia experiencia sino que lo hace para cuestionar la posibilidad de que el mundo disponga de un sentido prefabricado. Simultáneamente recuerdo que Osvaldo Lamborghini disponía de un enunciado compuesto por tres premisas: existir, ser, estar vivo. Por alguna razón identifico el verbo existir con escribir. Como si la escritura fuese la garantía de que aún es posible revestir de significación lo que nos toca. Tal vez sea muy pretensioso pero quién dice que la poesía en el devenir torrentoso del lenguaje no simula un mapa (cuando no un laberinto) hacia una lejanía secreta e íntima como un espejismo.

 

Marcelo Díaz.- Cba. 2012.-

Mis libros de 2017.

Todos

En 2016 conocí a un tipo que se jactaba de mantener un promedio de 100 libros leídos al año. Me pareció absurdo pero me disparó una pregunta. ¿Cuántos leo yo en promedio al año? Es un juego parecido al recomendar a fin de año los libros de los últimos 12 meses que nos impactaron. Decidí llevar un registro de libros leídos, no leídos, releídos, etc… durante 2017. El resultado fue un total de 58 libros, lo que me pareció muy poco, pero no tanto sacando un promedio de páginas (esto ya es de obsesivo) de 322 por cada volúmen.

Arriba están los 8 libros que más me gustaron y leí durante 2017. Algunos son viejos, o de años anteriores. Abajo dejo algunas reseñas que escribí sobre ellos. ¿Qué habrá leído ese tipo y qué habrá entre esos 100 anuales que mantiene? No lo sabré nunca. 

1982

El árbol y la vaca

Chicos de Varsovia

Los pájaros de la tristeza

El líder y la masa

 

Lo menos malo

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En occidente los totalitarismos nacionalistas y fascistas fueron desarticulados a finales del siglo pasado al igual que los regímenes autoritarios militares en América Latina. Hoy casi todos los jefes se proclaman democráticos. La democracia es una necesidad ciudadana pero también una condición de mercado muchas veces impuesta en pos de un mejor comercio, o al menos, uno más redituable para las grandes potencias; más allá de que la industria armamentística necesite, cada tanto, algún tirano para equilibrar los números o muchas democracias sean impuestas para el saqueo.

En El Líder y La Masa, la génesis de la democracia recitativa, Emilio Gentile repasa la historia de esta forma de gobierno desde sus comienzos en Grecia hasta los actuales modelos globales, dando cuenta de sus complejidades, su crecimiento y transformación a lo largo de los siglos y su permanencia en una sola idea: el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, como la definiera Lincoln. Gentile es profesor emérito de la Universidad La Sapienza, de Roma. Es uno de los mayores historiadores de Italia y reconocido experto en el fascismo. En 2003 recibió el Premio de la Universidad de Sigrist Hans Bern por sus estudios sobre la religión en la política.

El libro comienza su travesía histórica en la actualidad, donde más de medio siglo después se da la singular coincidencia de que en las dos primeras democracias de occidente llegaron a la cumbre del poder un viejo y un joven: Trump en Estados Unidos y Macrón en Francia, ambos de la mano del populismo, la estrategia más efectiva para ganar elecciones. Trump mezclando nacionalismo y demagogia con extremismo ideológico y Macrón a pesar su público antipopulismo.

Valiéndose de los avances en conocimientos neurológicos y de comportamiento, hoy, al igual que en aquella campaña a presidente entre Nixon y Kennedy (que inaugurara los debates televisivos de candidatos) los consultores y coaching de los mandatarios “compiten para ofrecer a los electores exactamente aquello que estos desean, aunque sea imposible de conseguir y hasta absurdo [pobreza cero] sin pedirles siquiera un mínimo de esfuerzo porque eso podría hacer perder las elecciones”. Es decir: se venden presidentes como se venden celulares.

La pregunta que Gentile se hace e intenta responder es si las actuales democracias están, efectivamente, alejadas de las antigua figuras de Rey, Dictador, Zar, Jefe o cualquier otro tipo de dirigente que encarne al pueblo no para representarlo, sino por su carisma; su imposición de la fuerza (hoy las urnas) u otros mecanismos que lo han llevado al poder por motivos que no sean sus capacidades de gestión. Y es que según muchos observadores, entre ellos Gentile, uno de los fenómenos más importantes del actual malestar de las democracias es la tendencia a la personalización de la política en la figura del jefe, que entabla una relación cada vez más cínica con la multitud gracias a los medios masivos de comunicación.

Días de oscuridad

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  La novela de Ricardo Romero trata de un vampiro argentino que trabaja de conserje y es adicto al Cloroformo y luego a la Heroína. Lleva un diario donde anota sus asesinatos, es decir, su alimentación. El diario registra entradas de tres momentos históricos del país: el bombardeo del 55, Malvinas y la represión del 19 y 20 de Diciembre de 2001. ¿Pero qué son los hechos históricos para un vampiro? Nada. Lo importante es poner a prueba su resistencia a la luz solar, explorar la arquitectura bonaerense en busca de “algo” que se parezca al hábitat vampiresco y si es necesario, pasar una noche en silencio bajo la cama de unos amantes para aprender sobre las relaciones humanas según lo que oye.

  El autor nacido en Paraná en 1976 había sorprendido con sus anteriores novelas Perros de la lluvia, la cual transcurre en su ciudad, agrietada por los viejos túneles subterráneos que ceden al diluvio y la soledad;  e Historia de Roque Rey, en donde un niño se pone metafórica y literalmente en los zapatos de otro. Romero hace de la anécdota y la tragicomedia materia prima para consideraciones acerca de temas en apariencia triviales pero que parecen esconder sentidos trascendentales o guardar celosamente secretos impronunciables aunque no se presenten con mucha claridad. Trabaja como un cineasta, montando las escenas. El encuadre, los colores, las luces y sombras hablan a veces mucho más que sus personajes.

  En El conserje y la eternidad usa a un vampiro, que a diferencia de los ascendentes dandys transilvanos, reflexiona acerca de su naturaleza como si se tratara de una enfermedad crónica bajo el peso de dos condiciones devastadores que quizá sean una sola: la eternidad y la soledad.

  ¿Sobre qué puede escribir alguien que es inmortal y que estará solo para siempre? Sobre una mosca atrapada en un vaso, por ejemplo, o sobre cómo le pinta las uñas de los pies a una mujer mientras la devora. Este vampiro es un pobre diablo. Se ha obsesionado sobre el hecho de escribir, la pulsión irrefrenable de contar, y sobre sí mismos: “Soy, otra vez, la máscara que usa la melancolía para no dispersarse en la tarde”.  

  Romero, al no conceder lugar a los cliché del terror de vampiros, está señalando hacia otro lugar. El protagonista es ajeno a lo que ocurre en la patria convulsionada, más allá de que su propia inmortalidad le reste sentido a cualquier cosa que ocurra. Es un hombre gris, sin aspiraciones, sin interés social, del que nadie puede jamás sospechar nada porque apenas es una sombra en la vida de quienes lo conocen. Encarna este vampiro a un inconsciente colectivo poco visible: los apáticos mediocre que en algunos momentos de su lánguida vida, son capaces de una bonita frase para sí mismos.