Pelopincho

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   El calor del pavimento ablanda las gomas de los autos en el badén de la plaza. El tufo es más insoportable a la sombra. Ayer cumplí 16 años y nunca había visto a un muerto de más de 200 kilos, ni a ningún otro, hasta que cargaron a Ribotta en la camioneta. A pesar de transpirar como loco, el Tuerto Foco pidió un café. Cosas de viejos de bar. La Ford bamboleante por el peso del fiambre dobla por Rivadavia. No me imagino como descargarán al Gordo en la funeraria. El Tuerto deja el pocillo en el plato y retoma la conversación.

   –Las chicas te dan pavor porque esperás demasiado de la vida –dice–. El Gordo jamás espero nada.

   A Ribotta lo encontraron inflado en la casa del centro, los vecinos avisaron de la cantidad de moscas en la rendija de la ventana y del olor. El Gordo era una tonelada de células bajo respiración anaeróbica, ácido láctico, proteínas musculares, gel, rigor mortis, zumbidos llenos de huevos, nitrógeno, todo eso que aprendimos en la charla del forense en el Instituto. No le dejó mucho más a los ratones.

    El Tuerto asegura que Ribotta se mudó a la casa de la viuda Genaro –la pastelera de manos cremosas– apenas llegó al pueblo, y no a la del centro donde murió. Las historias que cuentan del Gordo son de cuando dejó San Genaro en la Chevrolet del hermano. Vivió en la estación de servicio abandonada al lado de la ruta de Colonia Marina. Tenía un televisor y el pollito de la hija nomás, hasta que el comisario ese le ofreció un trabajo y Ribotta juntó la plata para volver a buscar a su hija y venir acá.

   La pastelera me dió clases particulares de matemáticas este verano. Ahí conocí a Gina, la hija del Gordo. Tiene mi edad, el pelo corto, y anda siempre en musculosa. Los dientes de los costados, creo que son los colmillos, se le ven un poco torcidos. Si se ríe parece más linda. La primera tarde la pastelera la mandó a Gina a servirme jugo de naranja, porque la calor no tiene goyete, dijo. Agarró una revista Atalaya de la pila y se abanicó. Gina me clavó los ojos. Una chica me había mirado así en el colegio y era porque gustaba de mí. Me dio vergüenza. Agarré una Atalaya y me puse a ver los dibujos fantasiosos.

   Nunca le pregunté a Gina si era cierto lo que contaban del padre. Por ejemplo la historia del pollito, que tiene varias versiones. La mejor es que Ribotta lo encerró en la jaula sin piso una tarde de lluvia, la jaula se hundió en el barro y al otro día hizo 40 grados, la tierra se secó y la jaula quedó incrustada. El pichón quedó preso, el Gordo le tiraba las migas de las sobras para que no se muriera de hambre. Creció tanto el pollo que un día se levantó con jaula y todo y se puso a andar por ahí.

   Una noche pasé en moto al frente de Pizza Speed y vi en una mesa a Gina Ribotta con la pastelera y su papá. El Gordo me llamó con el brazo levantado y estacioné. Gina estaba maquillada y con ropa de salir, como una mujer grande.

   –Andá a llevar a la nena a dar vueltas –me repitió el Gordo.

   Una sola vez había hablado con él, fue en una peña donde todo sonaba horrible y las empanadas quemaban. El Gordo me vio en la cola para sacar un ticket y estiró el vaso de vino. Lo agarré y le metí un trago.

   –Es la sangre de Cristo –se rió.

   Eso no es de su religión, pensé. Me contó que quiso ser astronauta. Nombró naves, propulsores, cosmonautas rusos, cabinas de transbordadores, el alimento en gravedad cero y al último tiró la frase:

   –El universo es parecido al silencio de una mujer dormida.

   Gina acomodó el vestido en la moto como si fuera a manejar. Pensé que las Testigo de Jehová no podían usar vestidos con escotes, ni maquillarse, ni que los padres las dejaran hacer esas cosas. Iba atrás de la Zanella 50 agarrada de mi cintura, ni que fueramos en una Honda 1500 a 200 por hora. En la plaza escuchamos gritos. Presté atención la segunda vez que pasamos, le chiflaban a Gina, le gritaban puta. Cerca de la plazoleta del barrio, atrás de El Chañar, paré porque sentí la nuca húmeda; Gina tenía los ojos como escopetazo de barro. No sé por qué lloraba.

   Nos sentamos en el subibaja. No hablamos. Después nos fuimos a un banco y me abrazó, le acaricié el pelo y le apoyé la cabeza en la suya. Tenía olor a champú de manzana verde. Dijo que no conocía a los de la plaza y no me iba a explicar por qué lloró. Me miró, cada vez más cerca, y nos besamos, fuerte. En un momento chocamos los dientes. Fue la primera vez que besé con los labios de la chica mojados y la lengua adentro.

   Anduvimos así dos semanas. Íbamos al corralón a tirarnos en la arena, a besarnos y tomar cerveza. Contó un montón de cosas, pero nada del padre. Tampoco habló de la pastelera, sí de los chicos del secundario que la molestan en el baño. Una noche fuimos al chaparral y por fin le toqué las tetas. Después le metí la mano abajo del pantalón, pero me la sacó, y dijo que volviéramos, que era tarde. En mi casa, pensé si las Testigos de Jehová pueden usar pantalones, y creo que no.

   Lo que el Tuerto quiere decir es que no hay que esperar que las cosas salgan como uno quiere. No hay que enamorarse, algo así. Pero con Gina fuimos refelices. Hace un mes y algo, a la siesta, estaba sola y me invitó a la Pelopincho. Tenía bikini azul y se acomodaba las tetas a cada rato. No llegamos a la pileta, nos besamos y nos tocamos ahí en la cocina. La empujé contra la heladera, le saqué la bikini, me bajó la bermuda muy lento con calzoncillo y todo. Lo hicimos apoyados contra la mesada. Fue aparatoso como esas máquinas que vuelven a llenar los sifones de soda. Nunca había visto a una mina desnuda, y de a ratos aparecía en el campo visual –como dice el Tuerto– la pila de revistas en la mesa. Miré a ver si a ella sangraba, pero no. Al rato acabé, en el piso. Quedamos muy transpirados pero sin olor. Gina corrió al baño dando saltitos y trajo la toalla que pasó por el piso:

   –¡Qué chanchos! –se rió.

   Fuimos al patio, nos sentamos en las reposeras y metimos los pies en la pelopincho. Las olitas brillantes chocaban la lona. Un cascarudo intentó trepar por el borde. Al rato, Gina se metió en la casa y trajo media sandía, la comimos como chanchos que éramos según ella.

   Después me abrazó y me rascó la cabeza como si supiera que eso me duerme. Al rato desperté y nos metimos desnudos en la pileta. Le dije meona porque cuando salía chorreaba un hilo de agua entre las piernas. Se enculaba, escupía chorros asquerosos y me persiguió un rato hasta que volvimos a darnos besos. Cogimos sentados en un esquinero. La pelopincho temblaba fuerte pero lo hice mucho mejor que antes, por eso se puso más loca y yo más, y ella mucho más y así hasta que terminamos y nos caímos al agua y después hicimos la peinadita.

   –Uno quiere quedarse en esos momentos –el Tuerto mira el semáforo de la esquina–, pero nadie puede; queremos más, esperamos más de la vida, y no hay más, nunca hay más cuando queremos.

   El diario muestra la carota sonriente del Gordo en una foto vieja. Es para que los lectores sepan quién murió ayer y a quién sacaron hoy de la casa del centro, porque en la foto de ayer está la montaña de carne sin forma y a muchos el nombre no les suena, aunque todos saben lo enorme que era. En ningún lado del diario dice lo de visitar planetas, ni del sonido del universo.

   A Gina las pestañas mojadas le quedan genial. Ojalá me invite otra siesta como esa, aunque el Tuerto diga que me olvide. ¡Cómo me voy a olvidar! ¡Está loco! Gina me contó de un solo novio, de 23, y que le gusta mucho Carlos Paz. El sol quemaba la pared del fondo y los caños de las reposeras ya estaban calientes. No le conté mis cosas, nomás hablé de los temas que sacaba ella. Nos vestimos, ahí le pregunté si quería ser mi novia y la boca se le transformó. No dijo nada, no iba a hablar más, y dio vuelta la cara. Nos sentamos. Escuché el lavarropas un rato largo, como un tic tac, o mejor el plac plot del rebote de las zapatillas adentro.

   –Mi mamá está por venir –dijo después.

   Le pregunté si nos íbamos a volver a ver, y miró el cielo. Dijo que capaz que no. Una abeja paró en el césped. Una nube cambió de forma más o menos rápido y se parecía a una bicicleta. Entonces me levanté, crucé el patio y antes de pisar las losetas la miré, seguía de espaldas limándose las uñas. Mis ojotas flotaban en la pelopincho muy despacio como dos canoas vacías en un lago. Volví a mi casa pisando en las sombras.

   –Un amor de verano, pibe, tomalo así –dice el Tuerto.

   Ahora llovizna aunque el sol está bien grande arriba del bar. En una semana, empiezan las clases, pero no voy a ir. El auto del cura quedó en el badén y la señora de la pescadería ayuda a empujar. La monja se arremanga la sotana y también empuja. El Tuerto pide otro café y dice que el Gordo no tuvo miedo porque no esperó nada de la vida. No como yo. O a lo mejor tuvo esa sola cobardía –dice mirando la calle que se evapora–; parece que el comisario encontró al pollo con jaula en la ruta, lo levantó y se lo llevó a Ribotta. Le prometió mucha guita por levantar los pisos, el césped del patio y armar un nuevo sistema de cañerías en la casa de la exmujer del comisario…

   Salgo del bar, pienso en esa historia. En la casa del centro, veo el enorme agujero que hicieron en la pared para sacar a Ribotta. Extraño a Gina. Debe andar muy mal, me da miedo verla. Le preguntaría si su papá fue un valiente y por qué. Nadie lo explicó nunca. También le preguntaría si, como me acaba de contar el Tuerto, el Gordo le agradeció el trabajo al comisario y prometió empezar los trabajos al otro día a cambio de un favor: que sacara a ese pollo de la jaula, aunque sea muerto.

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Una prosa irremplazable

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   Una recompensa espera a quien logre adaptarse al sincopado ritmo de Laberinto: la de haber leído una de las mejores novelas escritas en Córdoba en los últimos años. El lector no la tendrá fácil al comienzo. La desmesura de aliteración, rima, hipérbaton y los neuróticos golpeteos en el parlamento pueden colmar la paciencia de cualquiera; pero una vez aprendidos ciertos patrones lingüísticos en las primeras páginas, la novela no deja de sorprendernos en cada capítulo.

   Florencio es un treintañero bibliotecario con un trastorno del espectro autista. Vive solo y sin amigos, desconfía de la historia familiar y cree que es hijo adoptivo porque su altura no coincide con lo que la genética dice, según lo que se conoce como talla Diana. Sus hermanos se burlan de él y su padre le inventa un síndrome llamado “del Laberinto” y asegura que los demás defectos personales se deben a un gen recesivo.

   Con un entendimiento literal de la realidad, problemas para socializar, obsesiones, rituales y un lenguaje cargado de florituras y simetrías, Florencio irá en busca de su identidad. Su hoja de ruta será el buscador de Google. Allí encontrará no sólo los datos que necesita para su investigación, sino la traducción entre nuestro mundo sin Asperger y el suyo. “Soy Florencio y dudo de que ustedes sean mis padres porque son lindos y yo feo”, dice luego de pasar la noche googleando.

   Augusto Porporato (foto) fue finalista del Premio Planeta y del Emecé en 2005 y en 2007, respectivamente, con su novela Punto de fuga, una biografía sobre la vida del genial Paganini. Esta, su cuarta novela, despliega una, en apariencia, pasiva historia ligada al pasado político del país de un personaje inolvidable.

Es una tragicomedia con escenas desopilantes y paranoicas, recuerda a El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon, o a la trilogía de Simsion, protagonizada por el también inolvidable Don Tillman, novelas que indagan sobre la vida de personas con autismo.

   Laberinto es otra de las historias que nos ponen en la vereda de los neurotípicos, que nos llevan al hueso de la condición humana, algo que muchos autores desdeñan por no poder abordar. Porporato la tiende sobre la mesa de disección con la cadencia de quien parece no poder escapar de un extenso hip hop. Las combinaciones entre personaje, tono y trama generan un humor sórdido que multiplica el disfrute.

  El autor cordobés ideó un desafío literario que parece imposible en los planes y, sin embargo, se mueve. ¡Y cómo! Al grado de que su prosa no podría ser reemplazada por ninguna otra para contar esta historia.

Que parezca un accidente.

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  Es 1960. Albert Camus viaja en el asiento del acompañante de un Facel Vega por la ancha y tranquila recta de una carretera parisina. Su amigo y editor Michel Gallimard va al volante, atrás viaja su esposa Janine, su hija Anne, y el perro de la familia. Nadie sabrá nunca por qué Gallimard perdió el control del volante. Después de varios derrapes y de rebotar en los plátanos de la banquina, el Vega se incrusta contra el que finalmente lo detuvo. Las mujeres no sufrieron mayores daños, el piloto murió días después en un hospital. El Premio Nobel de Literatura, con el cráneo partido y el cuello roto, murió al instante. Al perro no lo encontraron jamás. Según las autoridades, el accidente de debió al exceso de velocidad que pudo reventar una de las gomas o romper el eje. Hace unos años, comenzaron a circular las versiones sobre un supuesto sabotaje ejecutado por la KGB.

  Giovanni Catelli, poeta y escritor especializado en estudios sobre Europa del Este, se ocupó de investigar estas versiones y da cuenta de ellas en Camus debe morir, donde a lo largo de breves capítulos plagados de expresiones como “opípara cena” o “interpérrita persona” trata de justificar versiones no del todo concluyentes aunque bastantes probables sobre lo que podría haber ocurrido. Catelli se apoya básicamente en el diario secreto de Jan Zábrana, un poeta y traductor checo, disidente del régimen soviético qué afirmó tener información directa de un arrepentido del sabotaje; y en Herbert Lottman, quien escribió la que quizá sea la mejor y más documentada biografía del autor francés.

  Camus fue muy activo políticamente durante la Guerra Fría, y quizá no le perdonaron los venenosos dardos arrojados contra la invasión soviética a Hungría un año antes de que se le otorgara el Premio Nóbel, en 1956. En el discurso de premiación pidió que se le otorgara el próximo al ruso Boris Pasternak, autor de Doctor Shivago, perseguido por el régimen, quien lo recibiera dos años después y se profundizaba en varios países de Europa la ola de asesinatos a intelectuales anti soviéticos. El autor de El Extranjero era uno.

  Camus debe morir vio la luz por primera vez en 2013, conmemorando el centenario del nacimiento del autor francés, y se tradujo al español el año pasado, con apéndices de nuevas versiones agregadas. Lejos de tratarse de un libro de investigación o documentación novedosa, se conforma con extensas loas al compromiso político de Camus y se regodea en intrigas de espías donde cualquier cosa podía ser posible y por eso, quizá, es posible que Camus haya sido asesinado. Las evidencias no están en este libro.

Mis libros de 2017.

Todos

En 2016 conocí a un tipo que se jactaba de mantener un promedio de 100 libros leídos al año. Me pareció absurdo pero me disparó una pregunta. ¿Cuántos leo yo en promedio al año? Es un juego parecido al recomendar a fin de año los libros de los últimos 12 meses que nos impactaron. Decidí llevar un registro de libros leídos, no leídos, releídos, etc… durante 2017. El resultado fue un total de 58 libros, lo que me pareció muy poco, pero no tanto sacando un promedio de páginas (esto ya es de obsesivo) de 322 por cada volúmen.

Arriba están los 8 libros que más me gustaron y leí durante 2017. Algunos son viejos, o de años anteriores. Abajo dejo algunas reseñas que escribí sobre ellos. ¿Qué habrá leído ese tipo y qué habrá entre esos 100 anuales que mantiene? No lo sabré nunca. 

1982

El árbol y la vaca

Chicos de Varsovia

Los pájaros de la tristeza

El líder y la masa

 

La Sed.

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 Guiado por la luz del televisor -larga sobre la oscuridad del parqué de la cocina-, Esteban se detuvo a los pies de la heladera, la abrió urgente, bebió media botella de agua de una vez, respiró, y vació la otra mitad.

  Mientras volvía a llenarla, la sed escalaba por las arterias femorales, las ingles, el estómago; embalsamaba órganos y, veloz por el esófago, se pegada como sarro al rojo en la garganta. El día y parte de la noche se desplazaban con calma de oruga, pero alrededor de las cuatro de la mañana el cuerpo, víctima de un curioso sobrecalentamiento, exhortaba refrigerar rápido cada uno de sus rincones.

  Fue ahí, la segunda madrugada de esa terrible sed, que se repitieron los ruidos. Alguien quiso abrir la puerta principal. La manija fue violentada varias veces, después se oyeron fuertes pisadas de porte equino entre los macetones. También el portoncito del patio fue víctima de la intentona. Esteban se espantó, confirmaba así una predilección del atacante hacia su casa, o peor: su persona.

  Oyó un llanto ahogado y feroz. El cristal de la ventana del lavadero estalló fragmentado por una mano que penetró sangrante. Por allí ingresó una pierna y parte de un torso sudado; Esteban corrió y empujó al bulto oscuro que desapareció por el jardín mientras la sangre manchó el piso. La cosa vestía ropa, el chillido era de cerdo. Esa mañana le prometieron un patrullaje en el barrio, como si los delitos ocurrieran a la vista de las autoridades.

  Esperando al patrullero esta segunda noche, espió por la mirilla a la sombra masculina buscando la última posibilidad: el tapial bajo que trepa al techo. Pensó en salir y verlo escapar por las tapias, un plan ridículo cuando oyó los ruidos en la banderola del baño sacudida con saña. Se sintió estúpido actuando como si la noche anterior no hubiese ocurrido lo mismo, de idéntica manera.

  Entonces, igual a las ráfagas de vientos bravos y fugaces, los embistes a las aberturas enmudecieron. Duraban dos minutos, la eternidad.

  Esteban se resignó a la idea de las ideas: creía que el evento empezaba dentro de su cabeza. Un delirio provocado por alguna fiebre repentina de la sed y el modo de calmarla; algo en la forma beber y la respiración, el nivel de oxígeno en el cerebro, la sugestión, la soledad.

  Por eso, al otro día, además de discutir con un oficial sobre la denuncia, sacó un turno en la Clínica Pinel con el psiquiatra antes disponible.

  La tercera noche la sed lo atacó más fuerte y los golpes, forcejeos y llantos, llegaron a horario. Acudió horrorizado, sin moverse del sillón del living, sin dormir. Su idea de que alucinaba cobró mayor vigor, la policía no patrullaba porque jamás denunció, ni sacó turno al médico. Pensó en llamar a Marcos y corroborar los fenómenos o la neurosis, aunque no guardaba mucho sentido: si alucinó lo demás, también podría inventar la llamada a Marcos, sus comentarios, lo sucesivo.

  ¿Eran brotes psicóticos sólo a esa hora de la madrugada provocados por un mal funcionamiento en algún estadío de sueño REM, y durante la vigilia era capaz de limpiar la sangre, cambiar el vidrio de la ventana y arreglar las cerraduras en absoluta lucidez?

  A la noche siguiente, apenas forzaran la puerta de enfrente, saldría a ver. Al fin y al cabo, si deliraba, la existencia y su curso mostrarían a la bestia humanoide enviada por algún demonio para devorarlo. En cambio, si era una persona que por razones desconocidas quería entrar de esa forma aberrante, se terminaba el juego. Quizá el esquizofrénico no era él, sino el otro, algún caminante nocturno que cayó en una fijación mística hacia la casa. Bastaba con hablar a la familia del enfermo; una posibilidad no esquizoide que lo  enorgulleció.

  Fue a las cuatro menos cuarto, salió y después de cerrar con llave, la arrojó por la ranura del correo oyendolas caer y se deslizarse por el piso del living. De descubrirlo afuera, no podrían arrebatárselas.

  La plaza de enfrente y el banco perpendicular facilitaban la visión. Encendió un cigarrillo y tamborileó sobre las rodillas concentrado en la fachada. En instantes la cosa saltaría a escena.

  A las cuatro empezó a atacar la sed. Un detalle encendió su memoria: la botella. No lo avergonzó habérsele olvidado, el pico de la canilla de la plaza estaba a unos metros. Inclusive podía verlo cuando no era él quien corría, sino su cuerpo aniquilando cualquier tipo de racionalidad. Chocó la puerta de su propia casa varias veces, lloró cuando el fuego interno desgarró la garganta; a los gritos intentó meterse por la ventana del lavadero, el tajo le recorrió el brazo. ¡Pero qué importaba, quizá entrara por allí pasando una pierna y luego el hombro! Sintió el empujón, la bestia lo consiguió, estaba adentro, tomó la casa y ahora lo expulsaba.

  La hemorragia lo debilitó y apenas si pudo trepar al techo y forcejear sin éxito la banderola del baño a grito quebrado maldiciendo al intruso, se reconoció. De súbito su racionalidad lo devolvió a sí. Miró a unas cuadras las luces de una ambulancia estacionando en la Clínica Psiquiátrica. Saltó a la calle resignado, bebió poseído de la canilla y, una vez tranquilo, se mojó la cabeza y trotó jadeante rumbo a la guardia, como en los últimos días.

(2014- El Puntal de Río Cuarto 2016)

Pinceladas reunidas

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  El artista italiano Alessandro Kokocinski pidió a un amigo algún cuento de María Kodama para inspirarlo a pintar y sacarlo de la depresión. Antes de morir se refirió a esa experiencia como trascendental y expresó sus deseos de que Kodama publique un volumen de cuentos propios, los cuales creía fundamentales. La mujer de Borges no había editado jamás esos textos porque su marido y el poeta Girri querían escribir el prólogo, lo cual la perturbaba. Relatos es ese libro que Kodama nunca quiso sacar a la luz. Una bella edición de cuatro cuentos acompañados por 26 dibujos ocres del pintor, escultor y escenógrafo nacido en 1948 en el campo de refugiados de Porto Recanati.

   Los relatos abordan temas como el remordimiento, la redención, la pérdida de la inocencia, el desquicio inevitable de ciertas personas y la precariedad de la vida. Entre los personajes, creados con pinceladas niponas, se encuentran un samurái frente a la traición (en diálogo con ella sobre las variables del deseo); un legendario guerrero agonizante que analiza su pasado; una niña enferma camino al Edén y un paleontólogo al borde de lo fantástico que tanto persiguió.

   El cliché de que María Kodama mantuvo una voz y estilo propio es necesario para despejar cualquier expectativa que se suele tener por las mujeres de ciertos gigantes de las letras, como ocurrió también este año con la edición de Libro de Bernarda, compañera de Cortázar. Se usó muchas veces el significado del apellido Kodama (Eco) para denostar a quien fue y quiere seguir siendo sombra de Borges, el genio que pasó sus últimos años a tientas en las sombras literales. Quizá Kodama haya sido la más luminosas de todas ellas; al fin y al cabo es la famosa mujer que a Jorge Luis le dolía en todo el cuerpo.

  Esta edición abre el deseo de que los textos de Kodama sean también ecos y sombras de los de su marido; pero no ocurre, y es evidente que no es el objetivo de la autora. Sus relatos apenas corregidos, al contrario de los de Borges, cultivan una soltura que evidencia el placer por el hecho minimalista de escribir como delineando ideogramas de oriente, simples, pero densamente poblados de significado. La de Kodama es una prosa de hilos que entretejen con levedad una trama tradicional, clásica; son pinceladas artesanales a la que no se debe manosear mundanamente porque pertenecen a la naturaleza.

   María conoció a Borges a los 12 años y fue su alumna desde los 16. Se casaron pocos meses antes de la muerte del escritor. Algunos otros cuentos de Kodama aparecieron en distintas publicaciones en décadas pasadas sin llamar demasiado la atención. Este es el primer volumen que recoge parte de su obra.

Feliz Cumpleaños, Mono.

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Mono patea la ropa hasta el rincón del baño y se mete bajo la ducha helada: tiembla, refriega su cuerpo con alegría.

Su hermana, que no vuelve del trabajo hasta más tarde, le juró que el padre vendría a verlo. Mientras lo espera, Mono se pregunta si quedará algo del pegamento que le regalaron en el corralón. Desde que su madre murió, fabrica imanes para decorar heladeras; pide radiografías en el hospital, las recorta con forma de mariposas -rara vez de otros animales-, las pinta, les pega el trozo de imán rescatado de viejos motorcitos de la fundición… ¡y listo! Las pocas ganancias lo salvan de la vergüenza frente a la hermana, que limpiando casas trae la mayor parte del dinero. A veces lo llaman de la Municipalidad y lo llevan de noche a barrer salones.

A las siete y media ve por la ventana las ruedas de una bicicleta y dos zapatos apoyarse en el cordón cuneta. Es el padre. La última vez que lo había visto fue limpiando parabrisas. manejaba un Gordini bastante nuevo y le gritó. Fue tres años atrás. Inclusive corrió hasta el auto sin poder ganarle a la luz verde del semáforo: el hombre aceleró y se perdió entre una Renoleta y el 159.

Ahora Mono lo mira, la cara le resulta extraña: no distingue sus rasgos.

      —Vamo’, pendejo, dale.

Mono trepa a la bici. Está recién bañado y se ha puesto la chomba roja, la de salir. La secó el día anterior en el alambre del patio, cuidando que las palomas no la arruinen, y mientras dormía la planchó bajo el colchón como había visto hacer a su madre.

De pie en el portaequipaje, Mono lleva la cabeza en alto y la cara al frente. La brisa lo ensueña. Las casas de chapa se suceden a los costados. Algunos vecinos los ven pasar. Su padre lleva un traje blanco un tanto estrecho, que a las luces de la tarde vira a celeste claro como saco de heladero. Abajo dos broches sostienen las botamangas, impiden el engrase con la corona de la bici, o el enredo y la caída. No son tantas cuadras, pero alcanzan para insultar de cansancio varias veces. Desmontan en el bar cerca del río, apoyan la bicicleta en el poste de alumbrado y entran.

El bar mantiene un pedazo de pared revocada, un pool, un foco colgando de un cable manchado con saña por las moscas, una vitrina y poco más. Es un lugar fresco, las ventanas y la puerta de calle están abiertas, las luces apagadas. Afuera hay dos mesas, una ocupada por el dueño y la mujer, la otra vacía. Se sientan adentro, junto a la ventana. El padre enciende un cigarro y le ofrece. Mono dice que no fuma.

Un viejo gordo que habla como recién llegado de una maratón, levanta el pedido. Son dos ginebras con Coca, y él no se anima a contradecir. Es mucho para Mono, apenas si aguantó la cerveza de tres cuartos en la canchita por la apuesta contra el Tati.

—Feliz cumpleaños —dice el Gordo—. ¿Cuántos cumple el pendejo?

—Once, ¿no? O doce…

—Doce, cumplo.

—Bueno, el trago va de parte mía.

—No, Gordo, dejá: es mi regalo de cumpleaño’. A la ginebra del pibe la pago yo.

—Dejá, dejá.

—Es mi hijo, Gordo, rajá. Se la regalo yo.

Padre e hijo, en silencio, miran a dos hombres jugar al pool. El de pelo canoso y largo ha fumado casi entero el cigarrillo sin sacarlo de la boca ni soltar ceniza a pesar de meter bola tras bola. El otro sigue los tiros apoyado contra la pared con el taco esperando su turno. De a ratos, Mono observa tímidamente la cara arrugada de su padre: con pudor le ve mover los labios, largar el humo, arrugar la frente. Es un señor que apenas recuerda.

Traen las bebidas. El cielo decae, el dueño enciende las luces. Hace calor del tipo húmedo y extremo de la pampa gringa. Baten los ventiladores de techo con lentitud asombrosa. Mono sorbe cortito creyendo poder dejar la ginebra como la comida fea que lo descompone. Siente un pequeño mareo, lo entristece la tira de salames atrás de ese mostrador agredido durante décadas por varios tipos de filos.  En las paredes hay pósters de la revista El Gráfico sostenidos con cintas y clavos. Más abajo, una vitrina con cuatro o cinco trofeos de bochas, masticados por el siglo. Su padre le golpea la nuca, le pregunta si está bien. Mono asiente.

A la tercera vuelta de ginebra, Mono no ha tocado la mitad pendiente de la primera. Su padre fuma y bebe, el humo y los vahos estomacales caen en cascada por la ventana. No dice palabra. Mono pide una ficha de pool al Gordo, que logra agacharse y tira de la palanca. Ruedan las pesadas bolas, retumban en su estómago. Un sonido hermoso, un decantamiento de la felicidad. Juega solo, mirando cada tanto a su padre de reojo, midiendo el magistral tiro. Golpeará a la tres, hará baranda a ambos lados de la tronera e irá derecho a golpear a la cuatro, que entrará en la tronera opuesta, y a la cinco, despacito, en la contigua. La blanca quedará girando sobre su eje cerca de caer, pero no lo hará. Mono apunta y tira con fuerza. La bola salta y rebota contra el piso, alarma a todos. Lo ven colorado ir hasta el rincón a buscar a la blanca antes que se detenga.

Su padre bebe el cuarto vaso, aprueba con gestos desinteresados las jugadas de su hijo y voltea nuevamente.

Después de renegar bastante, Mono mete la negra de baranda.

—¿Vamo’, papi? —dice.

—Una más y vamo’ —responde una lengua resbaladiza.

— ¡No, papi, vamo’ ahora,  ya es tarde!

—¡Hacéte hombre, carajo! Tomate una más —y pide otra; que toma rápido, acercando el vaso que Mono dejó a la mitad.

        —Tomá, hijo, no dejés el vaso así.

Mono observa a los oficinistas volver en sus autos del centro hacia el otro lado del río, ve pasar una ambulancia sin sirena, con las luces encendidas coloreando las casas. Gatos ocultos -que ahora son encandilados, petrificados, egipcios- emprenden la fuga alucinada a lo alto de las tapias apenas la luz los abandona. Pasan chicas cambiadas, lindas, con el pelo lavado y la ropa nueva, olor a desodorante y hebillas increíbles. Llevan botellas de Coca-Cola, seguramente a alguna fiesta.

El padre duerme desparramado sobre el platito de maní. Lo había visto igual en brazos de la abuela. Era Navidad o Año Nuevo. Mono, muy niño, llegó corriendo desde la esquina con una estrellita en la mano y lo vio dormir como un nene gigante en los brazos de la abuela Chocha. No entendió la imagen, algo no encajaba. El tío Julio le metió una pasa de uva en el oído, y al instante su padre despertó desesperado por sacar esa cosa de su oreja a manotazos. Explotaron las carcajadas. Recién ahí Mono se tranquilizó, aunque sin entender mucho lo ocurrido.

Ahora su padre duerme entre las botellas, la noche jamás terminará. Alguien se acerca. Mono levanta la cabeza hacia la sombra. Es el Gordo, que le pone la mano en el hombro:

      —¿Adónde vivís, pibe?

(Primer Premio El Mensú ediciones 2011)