Lo humano que habita en el monstruo

En la novela Los Divinos la autora crea una ficción a partir de un crimen que tuvo gran resonancia mediática en Colombia.

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Noche de nadie en Bogotá, en las calles zumban alarmas, pandillas sicariales y porteros armados. De a ratos, la sirena de una ambulancia parece poner paz a lejanos alaridos. El Muñeco, Tarabeo, El Duque, Pildo y El Hobbit (la hermandad llamada Los Tutti Frutti) se mueven en sus autos de lujo como divinos en una madrugada infame.

Pertenecen a la clase que cumple el riguroso mandato de la sociedad acomodada colombiana: violencia contra cualquier mujer que se interponga en sus placeres o sea el objetivo de estos. Los Tutti se conocen desde niños y jamás elevaron la vara por encima de los delitos menores; pero, desde hace unos meses, el clima que se respira es trágico, lo presienten, especulan.

Esa es la panorámica de apertura en Los Divinos, la última novela de la colombiana Laura Restrepo, que le valiera los premios Antonio Gala de Narrativa y Córdoba por la Paz 2018.

El relato, basado en un hecho real, aborda el caso que conmocionó a Bogotá en diciembre de 2016: la desaparición de Yuliana Samboní, de 7 años. En ese infanticidio no hubo semanas de búsqueda ni decenas de pistas. Siete horas después de la desaparición, el cuerpo de la niña fue encontrado ungido en aceites, sales y envuelto en velos, rodeado de velas encendidas ondeando sobre el agua de la piscina del arquitecto de 38 años Rafael Uribe.

Restrepo recrea en primera persona la vida de los cinco personajes involucrados y los arroja por un embudo argumental cuyo final se palpita en cada página: lo que nace como travesuras infantiles se consolida como aberraciones de adultos. Cada capítulo es un perfil y una revelación.

El modo elegido por la escritora que ganó el premio Alfaguara 2004 para contar esta historia tiene el color y la fuerza del léxico coloquial bogotano, interferido por el estilo culto de la autora, que sacrifica un poco de realismo para hacernos irremediablemente cómplices del horror: una manera necesaria de entender que los actos a veces llamados monstruosos son humanos y que para aprehenderlos hay que vivirlos o pensarlos desde una cultura ilustrada. La novela intenta dar respuesta al lugar común: ¿por qué ocurren estas cosas?

En un continente que visibiliza cada vez más los femicidios y ha levantado en la última década más alto que nunca las banderas del feminismo, Los Divinos es otro aporte que trasciende al caso particular y nos sitúa en la realidad de un continente que tuvo y tiene problemas de narcotráfico, fronteras, violencia y abusos sistemáticos; donde la corrupción permite a las clases dominantes hacer prácticamente lo que quieren.

A pesar de basarse en el caso particular de Yuliana, la novela de Restrepo es una obra ficcional que toma este crimen para enfocar en las particularidades de la complejidad humana. No hay spoiler cuando lo que importa no es lo que ocurrió, sino por qué.

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Otras coordenadas

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la nieve cede ante el sol de abril

paramos en esta tienda de abarrotes y pienso

cómo es que terminamos en Alberta

de dónde y hacia qué escapamos

en los versos de otras coordenadas

no necesito un auto, me digo

mientras caminás hacia el auto

Phillip Roth inédito

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La persona que debería estar aquí hoy recibiendo un premio honorífico de la New Jersey Historical Society no es el autor de Patrimonio, sino el objeto de estudio en Patrimonio, mi padre, Herman Roth, cuya residencia en Nueva Jersey no acabó como la mía después de menos de dos decenios, sino que se extendió sin interrupción desde su nacimiento en el Central Ward de Newark en 1901 hasta su fallecimiento en un hospital Elizabeth 88 años después, y que, casi la mitad de ese tiempo, vendió seguros de vida desde que empezó como agente en los años treinta en Newark, pasando por los años cuarenta, cincuenta y sesenta, en que fue director en Union City, en Belleville, y por fin en las afueras de Camden, en Maple Shade, donde se jubiló de Metropolitan Life a los 63 años. Trabajó —como hacían entonces los vendedores de seguros de vida— tan íntimamente como un médico de cabecera o un trabajador social con todas las clases y categorías étnicas del norte y el sur de Nueva Jersey, habló durante casi 40 años con miles de familias de asuntos de vida o muerte con las palabras más duras y humanas posibles (“no pueden ganar”, me decía mi padre, “si no se mueren”), llegó a tener una familiaridad con las vidas cotidianas de los ciudadanos de este Estado que supera con mucho la mía y que un novelista realista oriundo de esta región no puede sino envidiarle. No dudaría en colocar su enciclopédico conocimiento de la Newark de antes de la guerra a la altura de la desbordante percepción de James Joyce del Dublín que retrata con tanta exactitud en sus obras de ficción.

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Ese tren

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los padres suben al oscuro tren cuyo destino
se desconoce hasta el abordaje

con enorme bolsos
buscan los asientos asignados

los árboles
por la ventanilla
en los campos que ondulan
marcan el ritmo

sus hijos
quedamos atrás

el reflejo de plata en las montañas lejanas
avanza quieto

ellos
a la hora de la tarde que sangra
se quedarán irreversiblemente dormidos
nosotros
volveremos a casa

también algún día
seré el manojo de palos y cueros
en el hueco de un árbol
el descenso
la música oscura y ciega
que no canta ni suena

Pollitos, por José Playo.

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Por José Playo para La Voz del Interior

Pablo Giordano tiene Las Varillas, su pueblo, a flor de piel. Y en su último trabajo, Pollitos, publicado por Borde Perdido Editora, esa dermis plañidera parece expandirse al extremo de cubrir cualquier pueblo de cualquier ciudad, donde la preadolescencia es un derrotero por calles a la siesta, potreros, vecinos con secretos y despertares a una sexualidad rústica e intuitiva. El libro se compone de ocho relatos sólidos que rozan por momentos una delgada línea rota entre lo fantástico y lo real. Los protagonistas jóvenes prescinden de brújulas adultas y en cada párrafo Giordano plantea un recurso tan complejo de dominar como efectivo resulta a la hora de leerlo: la construcción de un espacio geográfico neutro, un no lugar en el que las metáforas son dardos certeros y económicos, y que jamás viran hacia la banquina de las ampulosidades. 

Lo que cuenta Giordano hace gala de una verosimilitud narcótica que raya con la locura. Las historias de Pollitos funcionan como paneos en una dimensión desconocida y a la vez familiar, un mundo en el que un grupo rotativo de compañeros de adolescencia van apropiándose de la tierra a veces indómita, a veces frágil, jamás inocente.

Se nota –no sólo en los personajes de sus relatos sino en los escenarios y en las acciones– que la exploración de Giordano quiere poner el foco en un lugar/momento donde la década de 1990 puede agonizar sin prisa, donde vale el bullying de calles de tierra, el sexo a contrapelo de las convenciones, los animales simples que se vuelven nobles o crueles, y las personas inquietantemente normales. 

Este aquelarre que Giordano celebra con la tranquilidad de quien sabe qué suelo está pisando, acaba confiriéndole al libro un halo adictivo. 

La escritura del varillense dejó de estar en fase larvaria de blogs y colaboraciones en revistas nacionales e internacionales, Pollitos da cuenta de una pericia narrativa envidiable. El libro es como un viaje rápido por rutas que parten poblaciones en dos, una sucesión de ocho postales que barren la ventanilla del lector. 

Relatos como el que le da nombre al libro descuellan por la conjugación entre el humor en los diálogos (fluidos, justos y necesarios), la visión particular de acuerdo a la búsqueda del protagonista y la delicadeza con la que se construye cada acción. Luego hay cuentos como “There was a girl”, con los que Giordano demuestra tener cuero para todo tipo de desafíos. Cada relato en sí mismo es una prueba que el autor sortea con éxito. Pollitos se gana el lugar en cualquier biblioteca.

Una historia bien negra y bien porteña.

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Se reeditó la novela clave del escritor que trabaja limpiando el subte en Buenos Aires. También fue fletero y vendió seguros. Cree que oficio y literatura no son antónimos. 

Cuesta encontrar alguna referencia mediática sobre Enrique Ferrari que no lo presente como “el escritor que limpia en el subte”. Después de 15 años de su debut literario, premios en España, Francia, Cuba, y de haber sido traducido al francés y al italiano, se lo muestra como si fuese alguien “elevado” sobre la clase trabajadora gracias a “su hobby”. Si uno busca sus fotos en  Google, cientos de ellas lo muestran con el uniforme de trabajo. “No pongan una con el uniforme, por favor”, solicita por WhatsApp a la hora de coordinar la entrevista.

“Sé que esa particularidad que se citó hasta el hartazgo en los medios -comenta- me dio una visibilidad que antes no tenía y eso significa lectores; y yo escribo para que me lean. Haber quedado pegado a la relación entre la literatura y el trabajo me permite decir, cada vez que puedo, que literatura y trabajo no son antónimos: el de escribir también es un oficio”.

Este año Alfaguara reeditó su tercera y quizá más festejada novela: Que desde lejos parecen moscas, un voraz thriller que arrastra al lector con un ritmo frenético y un clima poco frecuente en la novela negra argentina, lo que le valió el premio Silveiro Cañada de la Semana Negra de Gijón a la mejor primera novela negra. “Es un texto al que veo con mucho cariño -dice-, me abrió montones de puertas. Además, pese a que ahora soy un escritor un poco distinto al que la escribió, es un texto que todavía siento muy propio y que creo que quedó redondo”.

Aventura

La historia, ambientada durante la década menemista, comienza con un omnipotente nuevo rico detenido en la autopista después de pinchar el neumático de su flamante BMW. En el baúl encuentra un cadáver irreconocible que, presumiblemente, alguien le plantó. Desde allí, las aventuras volarán a la velocidad de su coche a través de la ciudad de Buenos Aires. Machi, el protagonista, está inspirado en un ex-jefe de tanguería donde Ferrari fue mozo.

La trama funciona también como una venganza de clase a través de la ficción, algo que, frente a la obra de este autor de 45 años, puede leerse como una novela social del siglo 20. “No sé si debe leerse así -aclara Ferrari-. Yo traté de escribir una historia bien negra y bien porteña. En qué casillero entra después es más tarea de los lectores o los críticos que mía”.

-En la historia se cuela el odio de clase como especie de romanticismo en oposición al posmodernismo actual.

-Me siento marxista. Y trabajador. Odio a los explotadores no por una cuestión romántica de justicia, sino por una cuestión objetiva de supervivencia. Mía, de los míos y de la humanidad. Tengo muchos otros odios, también, pero menos intensos.

-Alguna vez te describiste como el Hemingway sudamericano…

-Cuando pibe soñaba con la vida aventurera de, entre otros, Hemingwy, y me daba miedo tener una vida anodina. En ese sentido las cosas salieron bien: hubo poco aburrimiento y muchas historias de bares, peleas, camas, trabajos y viajes.

Ferrari trabajó como fletero, vendió seguros, computadoras primitivas, teléfonos, fue repartidor en una panadería, cargó y descargó paragolpes en un taller de cromado y atendió un call center, entre otros trabajos, algunos en Estados Unidos.

“Mi vida en Estados Unidos –cuenta–, fue la de un inmigrante ilegal: mucho trabajo, mucha nostalgia, algo de deslumbramiento por la multiplicidad de culturas con las que te vas cruzando. Viví allá poco menos de cuatro años y volví deportado. Es allá donde pensé, empecé y terminé mi primera novela. De alguna manera fue el lugar donde, en una suerte de fuga hacia adelante, tomé la decisión de dedicarme a este oficio.

-¿Cómo ves la actualidad del género negro en nuestro país?

-Vivo y potenciado, sobre todo entre los autores que están tratando de ensanchar los límites del género. Hay una generación pensando la literatura negra en términos amplios: una hipótesis de lectura y una actitud ante el lenguaje. Tipos con más recorrido como Mariano Quiroz, Leonardo Oyola o Carlos Busqued, pero también pienso en Juan Mattio o Nicolás Ferraro, por ejemplo.

-Una vez descubriste a un pasajero del subte leyendo tu libro. ¿Cómo fue esa experiencia?

-Rara. Lo miré con la tranquilidad de no ser descubierto (el libro no tenía una foto mía) y el nerviosismo de tratar de adivinar sus reacciones ante el texto. Prefiero que me lean en otro lado, lejos de donde estoy.

Adiós, Yanino.

335H

Una noche en la casa del Rafa abrimos un cajón y sacamos las pastillas de la madre. No me acuerdo qué había, creo que Rivotril, Rohypnol, Artane y no sé qué otras pepas. En un mortero peruano de adorno picamos todo. La mezcla quedó media blanca y nos sentíamos grandes porque se parecía a la cocaína. El Rafa se mandó el primer nariguetazo. Después el Yanino. Fui el último.

Al rato se oyeron golpes en la puerta. El Rafa agarró la escopeta y fue a ver. No había nadie. Cuando golpearon otra vez miramos por la ventana: el patrullero pasaba despacito. Levanté la hoja canson con el polvillo y lo tiré atrás de un baúl. El Rafa agarró la escopeta y se arrodilló. Le iba a dar sin asco a lo que entrara. Nadie movió la puerta. La abrió sin dejar de apuntar. Después bajó el arma y puteó:

—¡Me cago en Dios! —dijo—. Es el perro.

El doberman tenía moquillo y quería entrar. El Rafa lo cagó a culatazos y después entró.

—Vamosnós —dijo.

Caminamos veinte cuadras esperando que las pastillas nos pegaran. Terminamos en el Centro Cívico hablando del disco de Spinetta con el tema loquísimo que se llamaba “La montaña”. Yo no lo había escuchado, pero igual hablaba como si supiera, mandaba cualquiera.

El Yanino cerró los ojos y se desmoronó. Se dio la cabeza contra el caño de las hamacas. Lo llevamos hasta el camión estacionado al frente. Lo tiramos adentro del acoplado con arena. No volvimos y al rato nos vino un mareo horrible y chau.

Abrimos los ojos en el cementerio y el Rafa me preguntó si me acordaba de lo que había pasado. No podía hablar del dolor de cabeza. Se limpió la nariz que le sangraba. Después notamos que no podíamos levantar las piernas y que el Yanino faltaba. Era de día, habrán sido las ocho de la mañana. A la hora, más o menos, fuimos al camión a buscarlo. Le preguntamos a un tipo del corralón dónde estaba el camión. Dijo que había salido a las seis para Santiago del Estero.

Compramos yogur y un pan dulce y nos pusimos a comer sentados en la cuneta. Eran las once, creo que nos reíamos. Ninguno de los dos pensamos que esa noche habíamos visto al Yanino por última vez.