Laura Pratto escribe sobre Chozas

9683_567586703258696_581007465_n

Me acuerdo de la vez que esa gorda lloraba con los codos clavados en el escritorio de la dirección. Decía que un tipo le había reventado la cabeza a su hijo, y que la escuela tenía que hacer algo.

   -¿Pero usted no los cuida? –le decía mi mamá-¿Cómo los deja andar todo el día en la calle?

   La vieja le dijo que no podía porque tenía nueve hijos.

   -¿Qué quiere que haga? –decía.

   -Ciérrele la puerta, señora.

    La vieja se secó las lágrimas y le vi bien la cara como chamuscada.

   -No tenemos puerta –dijo. 

  Nacho, el protagonista de Chozas, se junta con los del otro barrio, ese en el que la gente no tiene puertas. Los que tienen puertas y los que no tienen puertas se cruzan en la escuela, comparten algo más que los espacios; crecen juntos. Es lo que sucedía, si aún no sucede, en lugares pequeños como la localidad del interior de Córdoba donde transcurre Chozas; hay coyunturas que provisoriamente parecen igualar el estatus, o al menos hacer que no pese: la escuela pública, un baile, un partido de fútbol. Las chozas y las cuevas no son tan distintas, después de todo. Pero entre ellas hay una frontera que alguna pincelada vuelve a destacar. 

   Jugábamos al fulbo en el patio. Al lado de la canchita los pobres iban con un tarrito cachuzo a buscar el pedazo de bizcocho y la leche que le daba la caja PAN. Ahí te dabas cuenta quién eran los pobres. 

   En la frontera se truchan cosas, hay imitaciones, nunca igualdad. La comunión es falsa, competitiva, hace agua apenas el narrador o el lector se permiten observar. Chozas tiene la riqueza del microclima en una zona fronteriza: el riesgo, la posibilidad festiva, la licencia para pasar un cadáver o un delito de un lado a otro, el doble estándar, la promiscuidad. En un pasaje de la novela, ambientada en los años de la hiperinflación, se cae al suelo un paquete con azúcar, de esos atesorados porque tan sólo se podía obtener una unidad, y comprar en el acto era una inversión. El paquete se abre y los desesperados se lanzan a juntar con los dedos esa mezcla de azúcar con la arenilla de la tierra. Esa mezcla de pobreza y picardía, dice en otro pasaje Giordano.

   Así de entreveradas, de turbias, están las cosas. Así de ávido está uno en la llanura, en la pubertad.En otro se cuenta una experiencia sexual grupal que toma carácter celebratorio, una suerte de rito de pasaje nacido de la angustia individual, de la perturbación por esas cercanías al borde, en el límite, en la frontera. … porque la tarde que empezó todo fue triste, escribe el autor.

chozas-tapa   Está esa búsqueda de la experiencia, esa ansiedad de relieve en un paisaje tan horizontal, tan llano que hay que trabajar para urdir secretos, novedades topográficas: un pozo para hacer una laguna, un camión que pasa disfrazado de barco, un laboratorio astronómico en el tanque de agua. Una cueva como una cavidad añorada, una choza como una ermita. Los perros que culeando solos hacen huecos en el aire.

    Hay algo en la vida que no conozco, algo escondido… Puede sonar a lamento ante un hecho desconcertante esta frase del protagonista, pero dicha desde la infinitud de la pampa parece más una profesión de fe, un deseo, una necesidad de que algo más que lo totalmente visible haya: ¿Y la vez que alguien me tocó el hombro, y me di vuelta solo en el campito?

   Un pueblo en la pampa cordobesa tiene esas puertas fantasmas, de aire, es decir: no tiene puertas. Es también una casa en el margen. El horizonte escracha las entradas y las salidas. Si no hay puerta no hay escape formal. Si no hay puerta no hay guiño ni reconocimiento estar adentro. Ahí se está siempre, viviendo en carpa, bajo una lona que asfixia.

   Los dos queríamos quedarnos ahí en los techos para siempre, aunque no nos rescataran, pero volví a la choza culiada. ¡A qué mierda volví! 

   No hay puerta, no hay límite tangible que cruzar haciendo alarde, no hay recursos para franquear una planicie, una edad, un peligro. De ciertos ecosistemas, como de la adolescencia, nunca se sale por completo. Esa agorafobia podría ser la pesadilla latente mientras la novela avanza y el protagonista, en simultáneo con el escritor, crece. Ya están los bisnietos de los gatos que ayudé a nacer, escribe Giordano, y acota su novela en el tiempo a un ciclo animal, tan animal como esa transición de los 10 a los 20 años, que es la que vive Nacho. Un espacio brutalmente abierto, nuevamente: sin puertas. Esa intemperie que ni siquiera el lenguaje, a lo largo de la novela, puede eludir: En un momento le vi la pelada a mi viejo cerca de la oreja con sangre y me dio mucha lástima y lo vi como si fuera un viejito, o sobre el final: … mi prima, con la cara ajada por haber sido la más linda…

    Esta última frase advierte que la belleza condena a una gimnasia y a una rutina. El del autor de Chozas es el extenuante ejercicio de la belleza que se sabe en el lenguaje. El modo de decir las cosas se recicla también para la supervivencia, y, mimetizado con los personajes de la historia, se permite entrar en trance con los espíritus más disponibles. El habla es otra de las formas que se afectan t por la acción del tiempo, el lenguaje en esta novela reconoce y admite la inclemencia. Parece querer estar allí para recordarnos que somos bastante permeables. Chozas.

*leído el 2 de junio de 2012 en Casa 13, ciudad de Córdoba, en ocasión de la presentación de Chozas, novela de Pablo Giordano, publicada por Ediciones Ciprés; publicado posteriormente en la revista No Retornable.

Los necesito /2

Amigos que me asistieron en este work in progress hace algunos días: luego de aplicar las recomendaciones que ustedes me hicieron, pego abajo una primer revisión, a ver qué les parece. ¡Gracias!

hotel-del-sol-inn

  La última vez que sus pies se hundieron en el césped del patio, tenía empleo y esposa. Directo desde la cama, sin vestirse ni pasar por el water, no siente que sea exactamente él el que está allí. Empleo y esposa; y una perra: Belkis. Hace años, Julio, Belkis y Carolina eran una sola entidad cuando jugaban, por la tarde, en ese mismo patio donde ahora la circunferencia del sol se completa sobre el muro. Extraña a la perra, no a Carolina. Eso debe tenerlo en claro. Es Domingo de fuego en Rosarito, invadida por las enormes antenas de alta tensión que la afean tanto.

  Anoche, como cada Sábado, los güeritos dejaron el reguero de basura por toda la calle. Ninguno tiene edad para saber que han cruzado a otro país. Creen que México  es el estado más divertido de América. La compañía de limpia del Ayuntamiento envió al personal de las playas a juntar la mugre de este lado. Un gordo que apenas si puede mover la bolsa donde debe colocar las latas de cerveza, entra y sale del cuadro que Julio descubre en la ventana mientras enciende un cigarro y termina de abrocharse la camisa. Se nota que el gordo es un voluntario, que tuvieron que recurrir a gente como él o quizá a presidiarios porque seguramente la mayoría del personal de la compañía se quedó limpiando la sobrepoblación de medusas en la costa. Ahora Julio cierra la persiana y alcanza a ver al gordo agacharse con dificultad, levantar una lata y botarla dentro de la bolsa.

  Julio cierra la puerta y proyecta en su mente el cruce por el Mojave. Enciende el Tsuru, baja a la calle y lo deja allí rumiando mientras cierra el garaje. Luego se sube y acelera. A las pocas calles gira por Troncoso Miranda, donde está el templo Bethel que siempre lo intrigó. Un día va a entrar, lo presiente, es una de esas sensaciones que lo empujan, como ahora, a una experiencia sin sentido, como este largo viaje por una perra.

“Ya no quiero cambiar el mundo con mi escritura, sólo divertir”

Anoche el escritor varillense Pablo Giordano presentó en la ciudad su novela Chozas. Antes, dialogó con El Periódico.

PabloG-8

ALGO PASA. Entrevista con Pablo Giordano

Una experiencia “maravillosa y agobiante, desesperante, deprimente”. Así definió el escritor Pablo Giordano el proceso de creación de su novela Chozas, obra que presentó anoche en nuestra ciudad.

¿De qué trata Chozas?

Parece una novela coral, pero lo mejor sería decir que se trata de un duetto. Está narrada en paralelo y primera persona por dos varones. Ellos van contando su vida desde niños hasta cerca de los treinta años en barrios de clase media baja del interior de Córdoba.

¿Cómo convencerías a los lectores para que la lean?

Ni lo intentaría. Más bien recomendaría otros libros. Lo único que podría decirles, es que si la leen estarán asomándose a cierto modo de producir literatura argentina contemporánea, y que quizá se diviertan un poco.

¿La utilización de términos como “culiau”, “junar” y otros a lo largo del texto a qué se deben?

Se deben al registro hiperrealista que me planteé desde el comienzo de la escritura. Porque también quise ser documental aunque lo que me interese como fin último sea lo literario. Este registro no solo se puede apreciar en el lenguaje, sino en casi todo.

¿Cómo se las rebusca un escritor del interior para no perder el ánimo y seguir escribiendo?

Publicando, haciendo amigos, compartiendo con otros escritores y no pensando en una carrera literaria. Ya no quiero cambiar el mundo con mi escritura, ni lograr que todos me amen. Sólo divertir a ciertas personas, o levantar alguna mina aquí y allá. Al fin y al cabo, cuando muertos poco debería importarnos la trascendencia.

(San Francisco 2012)

There was a girl

11060259_10204609760777577_6173878049035954194_n

   Durante los últimos años de secundaria estuve saliendo con una chica de veintitrés años, Carolina, gordita y pequeña, vivía en el segundo piso del edificio del centro y pasábamos las noches en la única azotea del pueblo. Me gustaba su mal aliento, sus hombros recios de contrabajo, su bajo vientre tatuado. Dentro de la casa rugían sus hijos frente al televisor el día perpetuo de los pollos. La ventanita de la cocina, mi ropa en la silla del rincón de su pieza, eran los ángulos que prefería mirar cuando no dormía y recordaba a mi madre cruzándome la calle un invierno en Pasadena, o el aliento pútrido de mi padre apenas despierto en esa cama del Hotel de Maine que terminó incendiado cuando nos fuimos a las carreras, las bombachas de mis hermanas, los calzones del tío Ted, flameando en la soga del patio que teníamos en la casa de Jersey cuando pasábamos esas temporadas allá.

   Después llegó el verano en que nos separamos y no volví a verla. Recuerdo mi par de ojotas flotando en la pelopincho, irme descalzo hasta la casa de mis padres, sentarme en el sillón del living y anunciar que alquilaría algo para mí.

  Hasta ahí llegó la adolescencia, los fasos ya no pegaban como antes, en lugar de dolientes o bonitos los atardeceres empezaron a ser patéticos, el amor obsesión y el médico se convirtió en el dealer más confiable. Terminó el tiempo de los poetas, los perros románticos, quedó el recuerdo del gusto maduro de la primera lengua de mujer contra el tapial del patio de luz, los amaneceres en las calles, las niñas de pelo mojado y culos inmaculados, apretando las carpetas con las tetas mientras entraban al colegio, trepando a motos y autos de pibes que se arrugaban al sonreír y que pasaban las siestas doblados sobre tornos y a las siete de la tarde destapan las primeras cervezas.

   Tuve muchos amoríos por ahí, pero no conocí a ninguna chica que me haya deslumbrado tanto como Gisela, mi amiga de toda la vida. Ella va mucho más allá. Educa mi sentido de la belleza hasta extremos insoportables, como ahora que duerme en mi cama. No es una conquista, sino la imagen de cómo se vería. Nunca descubrí a qué huele ni como besa. Apenas si conozco su vida y ella la mía. Apenas si jugamos con la idea de acostarnos, de probarnos. Siempre con tintes bromistas, pudorosos.

  Quisiera acariciarla hasta que despierte. Exigir caricias suyas mientras la luna chorrea por ventana. Lamerla, babearla entera como una boa que cena a la mascota criada con amor durante años, sentir sus curvas moldear mi cuerpo. No voy a recordar la cantidad de noches que pasamos hablando y no se filtraba una sola señal, un puto guiño. Ahora duerme en mi cama y eso es todo. Doy vueltas hace horas. No dejo de recordar el ángel de García Márquez caído en un patio. Abusé también de la imagen trillada: la guitarra y su cuerpo armónico, las curvas buenas del instrumento.

  La realidad organiza la estética recurriendo a humildades. Y la metáfora me llama. No puedo resistirme, acaricio las cuerdas y toco los acordes de Nature boy, pero susurro: “There was a girl / a very strange enchanted girl”.

   En un tiempo Gisela recorrió pueblos del norte cuyos nombres no recuerdo. El padre vendía artículos de baño, nunca entendí la relación con los viajes. Ella era una niña de vincha verde y zapatillas de varón.

   A los once años empezó a chocarse cosas. En séptimo grado Diego Gaitán la miró y ella se llevó por delante el cesto de basura del aula. Se le caían las monedas en el kiosco, los varones de secundaria se apoyaban en su cuerpo con excusas de montonera y empujones. Una tarde dobló mi brazo hasta arrodillarme y hacerme jurar que nunca más la llamaría “jirafona”. Pronto dejó de dominar el rostro. Llegué a ver muecas realmente horribles. Desarrolló un tic molesto que le duró un verano. No podía soportar que la miraran. En la secundaria se vestía mal y el maquillaje la desdibujaba. Nos acostumbramos a aquello hasta que la exuberancia de su desarrollo desbordó los trapos con pavura. Y su boca, ¡Dios! ¡A los catorce años!

   Un día me mostró la foto del novio. Un hombre barbudo, posando en una moto chopera, la agarraba de la cintura. Parecía de revista. A la tarde la pasó a buscar y quedamos con la boca abierta. La imaginé sentada en la horquilla del manillar inclinándose, dispuesta a ser besada. El largo de las piernas y la anchura de sus caderas salvaban a la imagen de la infamia.

    Ahora todo aquello es materia masticable sobre la cama. Quiero acostarme arriba de ella y no moverme hasta estar erecto. Penetrarla por atrás, irme despacio, llenándole el sueño.

   La otra semana estuvimos en casa del novio nuevo. Un desagotador de pozos negros del barrio Miguel Ugart. Vive en una piezucha húmeda. En las paredes descascarada que rodean la cama pega páginas arrancadas de revistas de automovilismo. Carreras, accidentes famosos, triunfos históricos. Las pega con cinta stiko y si apoyas tu mano notás que están mojadas. Los sábados pasean en el camión y a veces la policía les pide que se alejen del centro. El novio se alimenta de latas de atún y arvejas y vive para hidratar su piel extrañamente percudida. Pienso en cómo hacen esos tipos para seducir a alguien como ella.

   Ahí está por fin su tanga sobre mi cama. La carne mastica el trapito, lo traga hacia el oscuro aroma. Es mi cama y no puedo cogerla. Alguna ley implícita de amistad lo impide, pero alguna legal debería permitirlo. Su tanga, ¡Dios mío! Acerco mi mano, se la corro lentamente: los labios redondos, rosados, de nena, aterrorizan, puede despertarse ante el menor roce. Es a todo lo que me atrevo, todo lo que ocurrirá. Me acuesto y espero la duermevela. Otra vez sueño aviones precipitándose en los baldíos del barrio, invasiones extraterrestres, luces inteligentes en el cielo onírico, exterminio humano, soledad.

     A la mañana siguiente encuentro sus ojos abiertos en la pantalla apagada del televisor. La miro sin decir palabra. Desactivo la alarma pasando el brazo por encima de ella hasta la mesita de luz.

    —¿Sabés lo que soñé? —dice— Soñé que estaba en el espejo, en calzones, revolviendo el placar, tirando ropa como una loca, desesperada por encontrar algo que ponerme para mi velorio. Cuando llegué estaba lleno de gente conocida, algunos muertos, amigos, familiares y algunos famosos que repartían regalos y una torta en forma de ataúd, cantando el Feliz Cumpleaños. Después vino el Guille, o el Pancho, me parece que fue un rato uno y después el otro en el mismo cuerpo. Me decían: “boluda, relajate, la vamos a pasar bien; está el Juan, allá, la Mica y el Coloso. Yo resucité en Las Petacas, por ahí también vos tenés ese ojete”. Entonces me metí en el cajón, y me quedé un rato parada mirando a la gente hasta que me acosté y sin despedirme cerré los ojos y no me podía relajar. Mi mamá se acercó y me retó en voz baja: “Relajate, nena, -me dijo- que si no, no te vas a morir”. Y después me fui relajando, y muriendo hasta que me desperté.

   Tengo los ojos cerrados y abrazo su cintura. No sé lo que eso significa para ella. No digo nada, me quedo así esperando. Nada pasa. Varios minutos después el bocinazo del camión rechina los vidrios. Ella se libera de mi brazo y se levanta. Se viste rápido, como puede. Corre a la puerta y me mira para que le abra. Me levanto fastidiado, voy hasta la puerta y le abro. Corre hacia el camión. El novio me saluda detrás del parabrisas que refleja el sol. La veo subir. Veo las piernas aladas de mi amiga ubicarse, su culo sentarse redondo y firme en la cuerina. There was a girl….

(Revista Diccionario, Córdoba, 2009)

Ejercicios y correcciones

tapa2

   La literatura argentina y un chiste de Aira; Borges; las poses dentro de las discusiones artísticas; Gombrowicz; los discursos dominantes en las letras y Henry James, son algunos de los tópicos que analiza —o utiliza a fin de llegar a un punto clave de la reflexión como tema en sí— el escritor argentino Guillermo Martínez en La razón Literaria, su reciente libro de ensayos, una especie de revisionismo de sus temas predilectos bocetados ya en aquel mítico “Ejercicio de esgrima”, un ensayo fundante aparecido en el volumen de 2005 La fórmula de la inmortalidad.

  Martinez sostienen que aquel ensayo corrió la suerte de cualquier polémica, fue leído por algunos de acuerdo a lo que se proponía decir, y por muchos otros deliberadamente mal entendido y reducido a la caricatura, a la sospecha psicoanalítica y a oposiciones burdas. “Como soy incorregible —escribe—, sostuve durante estos años mi defecto de pensar diferente y en la sección Otros ejercicios de esgrima reuní varias otras de mis discordancias”.

  En esta segunda entrega de artículos, conferencias y ensayos, no sólo evalúa, reivindica o interpela a aquellos primeros textos, sino que juega con una especie de Mamushka donde superpone capas de crítica literaria con las de la psicología del crítico. “Hay argumentos igualmente atendibles —anota en el prólogo—, para defender la fidelidad esencial a un modo de pensar o para justificar los cambios copernicanos, los arrepentimientos y las mutaciones”.

  Un capítulo dedicado a la Literatura y la Ciencia se especializa en el decálogo del buen tratamiento del tema policial. La transcripción de la charla “Series lógicas y crímenes en serie” hace foco en las inesperadas implicancias de las series lógicas en la filosofía, el lenguaje y las matemáticas. En “lo verdadero y lo demostrable” resume lo esencial en las ideas de incompletitud de Gödel, especialmente en cómo se ha distorsionado su interpretación: para Martínez el género debe ser puro, abstracto; a la manera borgeana, y no simbólica o aggiornadas al impulso artístico de ser siempre innovador. La trama de un policial debe ser una ecuación elegante y verdadera, antes que una simple historia de detectives con matices matemáticos. Un policial no debe ser un policial.

  En la sección “Primera Persona” se encuentran los textos que Martínez escribió a pedido sobre sus propios libros y se postula también como un memorándum de la influencia de su padre como escritor. Este quizá sea el punto de mayor amplitud estética del volumen; donde recurre a la narración para enmarcar el pensamiento, evitando que el sentimentalismo deteriore la estructura de argumentación. Su ejercicio en general es crítico con la corriente de pensamiento literario dominante argentino y tiene una mordaz visión del posmodernismo en todas sus manifestaciones.

  La razón literaria es una prueba de qué pensar la literatura es, a veces, pensar en todas las cosas como elementos mutantes según cómo sean expuestas. Los sentidos cambian, las esencias se vuelven secundarias y los errores fortuitos pueden revelarnos más que la persecución obsesiva de la verdad durante años.

A resguardo del mundo

Poca gente sobrevivió a los ’90 sin marcas y de eso habla Chozas, la novela de Pablo Giordano que será presentada hoy a las 19.30 en Casa 13. Conocido por su blog Cosas de Mimbre y por algunos cuentos que formaron parte de la entrecomillada como “nueva narrativa cordobesa”, Pablo presenta hoy la historia de un niño de clase media baja con sueños de escritor que debe aprender a vivir en un escenario devastado, la llanura cordobesa pre-sojera.

DSC02584

LA VOZ DEL INTERIOR, por Emanuel Rodríguez.

Hace tiempo que tu nombre se repite en el campo literario cordobés, pero pocos te conocen personalmente. ¿A qué se debe eso?

En mayor y menor escala, mi vida se ve atravesada por un T.A.G. desde la infancia. Recién en el último año aprendí a manejarlo y di con la medicación correcta. Mientras, no solía viajar mucho, para no decir casi nada. Con ésto creo haber respondido a lo que la extraña pregunta refería. Trasladémosla a, por ejemplo, José Martí, quien jamás visitó Argentina pero sí le interesaba lo que acá ocurría y se sabía bastante de él. Sonaría raro preguntarle algo así, ¿no?

¿Qué tiene tu literatura de “varillense”?

Primero habría que ver si existe una literatura varillense, la cual sería bastante pobre, de existir. Creo que la pregunta apunta hacia otro lado. Hasta el momento, lo que publiqué (no sé si está bien que lo llames “tu literatura”) se enmarca en el costumbrismo, muchas veces cae en el anecdotario de registro minucioso. Lo que tienen mis libros de varillenses son sus personajes, cierto uso del lenguaje, ciertos comportamientos piamonteses de los arquetipos zonales, pueblerinos, y alguna que otra historia real ficcionalizada. Es decir, casi todo. Aún así apunta hacia otro lugar, no me interesa la literatura documental al cien por cien; Si no está la condición humana reflejada en la obra, para mí, carece de todo interés.

¿Qué tiene Las Varillas de tu literatura?

Habría que preguntarle a la ciudad, pero no creo que le interese mucho, o que sepa de qué le están hablando.

¿Cuál es el desafío más difícil de escribir una novela?

No dañar demasiado la columna vertebral. Una novela es un proyecto de largo aliento. Ésta me costó casi veinte años; es una novela de iniciación y fue gestada a lo largo de profundos aprendizajes, editings, reformas, textos variados que la fueron conformando y de decisiones interminables. Después, además, viene el trabajo de encontrarle una editorial, una que esté dispuesta a afrontar la inversión económica por tu trabajo (las cuales casi no existen) y después sí, sentarse nuevamente para corregir las galeras finales que irán a imprenta. Yo no pago para publicar y ese, también, es un desafío grande. Los otros son desafíos literarios, se hacen con gusto, la mayor parte del tiempo disfruto de mi trabajo como escritor.

¿En qué difiere el resultado de Chozas de tu proyecto inicial, de cómo te imaginabas que podía quedar esta novela?

El proyecto inicial estaba impulsado por el odio y la declaración. El odio hacia la familia, el pueblo, las injusticias del destino. La declaración de tabúes infantiles, pensamientos políticamente incorrectos, enfermedades, miedos, la vida que llevaba mientras la redactaba. Escribirla y terminarla (ayudado por la inevitabilidad de crecer y cumplir años, atravesar etapas, etc. durante la gesta) me sirvió para entender muchísimo mejor el paradigma en el que me había educado. Lo dije en su momento para la antología sobre nuestra generación: nacidos en plena dictadura; cursando el jardín de infantes mientras los pibes que recién salían del secundario morían en Malvinas; con mediana curiosidad por lo que pasaba en el país mirando los saqueos por TV en plena hiperinflación en un barrio de clase media, media baja; adolescer en pleno vaciamiento menemista; tener esperanzas aunque el helicóptero de De la Rúa se elevara dejando un goteo de presidentes que se atoraban en la garganta; no vaticinabamos un futuro muy prometedor, sino una especie de conformismo social. Ese fue el paradigma, y eso es lo que la novela intenta documentar transversalmente en la vida de dos personajes interpelando en paralelo al lector.

La novela me sirvió, también, para derrotar viejas creencias idealistas de adolescencia, y enfrentar la triste realidad de la adultez, donde uno es capaz de escribir y vender una novela como si eso en la infancia no hubiese sido un sueño que jamás se concretaría.

¿Qué relación hay entre tus sueños y tu escritura?

Ojalá pudiéramos concretar en los textos aquello que solemos soñar. Yo comparto la idea de que los milagros suceden: pero lo hacen a destiempo, o de formas extrañas, no exactamente como los soñamos, deformes, incapaz de conformarnos del todo. Estoy presentando una novela de adolescencia, una novela de los noventa, una que tendría que haberse publicado en esa década, quizá.

¿Qué relación hay entre tu propia biografía y tu literatura?

Creo haberlo respondido en la segunda o tercera pregunta. Lo que publiqué hasta ahora, guarda mucho de autobiográfico, pero eso no es lo que me interesa. Me intriga esa extraña cosas a la que llaman “literatura”, la odio muchas veces, y la amo otras, pero jamás comprendo. Es posible que lo mío no sea otra cosa que contar historias, o en el mejor de los casos, mentir con elegancia.

¿Cuál es la principal diferencia entre el Pablo Giordano escritor y el Pablo Giordano que va a comprar pan al almacén?

Al que va al almacén lo conocen los vecinos.

¿Cómo imaginás el lector ideal de Chozas?

Sería un lector que no se dejara espantar por el vocabulario de esos niños al inicio de los capítulos y que siguiera adelante, que lentamente entendiera que debajo de esas historias borders, esa escatología o tragedia y provocación sin descanso, existen preguntas que hacen, como dije, a la condición humana. Ese sería un lector cercano al ideal. Pero me interesa también que se disfrute la novela de muchas maneras: mi psicóloga me contó que su empleada doméstica hacía parates en el trabajo porque no podía dejar el libro, le encantaba; y eso me alertó de que Chozas también puede leerse como un novelón de media tarde.

¿Cuál es el mejor lugar para leer Chozas?

Esta pregunta no me gusta.

¿Qué gritarías frente al Senado de la Nación?

Nada. ¿Porqué viajaría a Buenos Aires a gritar algo al Senado?

¿A qué otra actividad se parece escribir?

A pensar. Y no creo tanto que se parezca, sino que es la misma cosa, como leer. Hace poco escribí una frase en Tumblr: “No se lee solo para ser culto ni tampoco para conseguir placer, sino también y fundamentalmente para adquirir el lenguaje necesario que permite pensar, tener ideas y expresarlas, captar las ideas de los otros, debatir, y comprender mejor el mundo que nos rodea. Nada se puede esperar de profesores, maestros o padres que no leen.”

Nuestra sociedad olvidó, o quizá desconozca, que el pensamiento, padre de todo nuestro bienestar, proviene del lenguaje; que sin lenguaje, difícilmente se pueda ir más lejos que de la puerta de casa.

¿Podrías definir en tres adjetivos tu manera de escribir?

Caótica, pobre, exhaustiva.

¿De qué te protegería una choza ideal?

Tal como sucede en la novela, los refugios protegen por un tiempo, tarde o temprano quedamos desnudos ante el potrero desierto, ante la inmensidad, la soledad y el frío, que no es otra cosa que la imagen de la muerte, la realidad, el universo en sí. Lo que somos: soledad, y olvido.

¿Cómo te gustaría despedirte de esta entrevista?

Agradeciéndote (aunque esta parte no la publiques) porque fuiste el primero que puso atención en mí y me abrió las puertas de Córdoba. Aún así, uno puede ser un ingrato con esas personas en la mayoría de las ocasiones, pero nunca lo será públicamente. Gracias, Emanuel, de verdad.

(Suplemento VOS, 2012)

Papá

10155372_10202521668216568_8550876965979218284_n

 

en sueños lo acaricio con las yemas
recorro su rostro lentamente
analizo ese
ser
esa
exoentraña
irreconocible

pregunta qué pasó
cuándo ocurrió
eso de envejecer de repente
el terror a morir de dónde diablos salió
qué ráfaga lo sopló
mientras
daba hilo al barrilete

 

 

 

recuerdo verlo a los ojos por única vez
la mañana
en que me enamoré de la niña mexicana

el vértigo
de mi brazo en su hombro
en el corazón del llanto
el cuerpo frío de su madre en la cama

 

 

 

¿cuándo muté en él
empecé a arrastrar con pesadez
las pantuflas por el pasillo
hasta el baño?

ahora
dobla el diario con estertor de rana decapitada
el sol pega de golpe en su nicho

mamá cocina

concentrado en el plato y los cubiertos
de visita
almuerzo y ceno como recluso

a cierta edad
los padres ingresan en superposición cuántica
uno los da por muertos
pero allí están sus esqueletos sosteniendo una carne cansada

la televisión ensordece
se oye Animal Planet:
los lagartos del sur de Australia
son fieles durante veinte años o más

al aplastar uno en la carretera
su pareja resiste semanas
dando empujoncitos al cadáver