Los necesito /2

Amigos que me asistieron en este work in progress hace algunos días: luego de aplicar las recomendaciones que ustedes me hicieron, pego abajo una primer revisión, a ver qué les parece. ¡Gracias!

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  La última vez que sus pies se hundieron en el césped del patio, tenía empleo y esposa. Directo desde la cama, sin vestirse ni pasar por el water, no siente que sea exactamente él el que está allí. Empleo y esposa; y una perra: Belkis. Hace años, Julio, Belkis y Carolina eran una sola entidad cuando jugaban, por la tarde, en ese mismo patio donde ahora la circunferencia del sol se completa sobre el muro. Extraña a la perra, no a Carolina. Eso debe tenerlo en claro. Es Domingo de fuego en Rosarito, invadida por las enormes antenas de alta tensión que la afean tanto.

  Anoche, como cada Sábado, los güeritos dejaron el reguero de basura por toda la calle. Ninguno tiene edad para saber que han cruzado a otro país. Creen que México  es el estado más divertido de América. La compañía de limpia del Ayuntamiento envió al personal de las playas a juntar la mugre de este lado. Un gordo que apenas si puede mover la bolsa donde debe colocar las latas de cerveza, entra y sale del cuadro que Julio descubre en la ventana mientras enciende un cigarro y termina de abrocharse la camisa. Se nota que el gordo es un voluntario, que tuvieron que recurrir a gente como él o quizá a presidiarios porque seguramente la mayoría del personal de la compañía se quedó limpiando la sobrepoblación de medusas en la costa. Ahora Julio cierra la persiana y alcanza a ver al gordo agacharse con dificultad, levantar una lata y botarla dentro de la bolsa.

  Julio cierra la puerta y proyecta en su mente el cruce por el Mojave. Enciende el Tsuru, baja a la calle y lo deja allí rumiando mientras cierra el garaje. Luego se sube y acelera. A las pocas calles gira por Troncoso Miranda, donde está el templo Bethel que siempre lo intrigó. Un día va a entrar, lo presiente, es una de esas sensaciones que lo empujan, como ahora, a una experiencia sin sentido, como este largo viaje por una perra.

Donde viven los muertos

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  Mientras nos condolemos y ponemos en Facebook banderitas del país de turno castigado por el terrorismo, y anunciamos el repudio por cualquier tipo de ataque que involucre una considerable cantidad de muertos, e insistimos en los treinta mil desaparecidos que dejó nuestra última dictadura militar; México sigue batiendo todos los récords de cadáveres y desapariciones absurdas sin que la prensa parezca notarlo. En la última década se registraron en el país azteca 155.000 asesinatos y 27.000 desaparecidos solamente relacionados con el narcotráfico. Los femicidios cuentan de a 2.500 muertes por año, siete por día solo en el D.F. A esto hay que sumarle cientos de miles de víctimas del tráfico de personas. La mayoría intentan llegar desde centroamérica a USA y si tienen suerte de no ser asesinados antes de llegar, serán tomados como esclavos en el campo laboral o sexual. Casi no hay un sólo caso que no esté relacionado con oficinas estatales, es por eso que muchos no titubean en describir a México como un narcoestado.

  La literatura de ficción que aborda estos temas abunda, es que prácticamente no se puede escribir sobre otra cosa en México. La fila india, de Antonio Ortuño (1976), podría catalogarse como una más de estas novelas, pero no es así. Concentrado en el tráfico de centroamericanos y las oficinas teóricamente destinadas a protegerlos, el autor nos involucra en el día a día de quienes participan en atroces y episodios martirizantes con una prosa de múltiples voces que fotografían una sociedad que encarna, además y como si fuera poco, muchas otras formas aparentemente incontrolables de violencia y corrupción.

  Antonio Ortuño fue finalista del Premio Herralde, traducido a diez idiomas y fue seleccionado por la Granta como uno de los mejores narradores jóvenes en español. En esta novela registra cómo se descompone una persona según el lugar en el que le toca o elige vivir.