Chozas, por Gustavo Caleri

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Desde el inicio, apenas franqueamos la tapa de chozas, se nos advierte que vamos a introducirnos en un espacio de ficción pura y que cualquier parecido con personas, lugares y hechos reales deberemos imputárselo exclusivamente a la fortuna de las coincidencias. La anotación, lejos de ser un formalismo o una obviedad, es una marca delatora, un warning! a partir del cual inferir que el artefacto no es inofensivo, y que en ciertas manos puede estallar si previamente no se desactiva el cablecito rojo, ese que conecta la novela con su hábitat: un “pago chico” de la llanura cordobesa donde cada vecino soporta su curriculum pegado en la frente. Ellos son los destinatarios del mecanismo de autodefensa implantado, necesario en tanto y en cuanto el autor todavía camine sus calles. Y cuente.

   Puestos en esa ecuación, se nos revela una década en la “foja” del Nacho, quizás la más conflictiva de todas las que conforman una vida, aquella que va de los 10 a los 20 años.

   El pibe, sus padres laburantes y una hermana, habitan una de las nuevas casitas de plan sembradas en los 80 en terrenos mercadeados al campo, transformado ahora a ojos del piberío en seductor vecino. A los diez años, para descubrir las cosas es imperioso ocultarse, y si la planicie pampeana es buchona por naturaleza, el instinto juvenil es hábil por necesidad.

“Mis viejos me tenían penado de que me juntara con los del barrio y a cada rato me preguntaban a dónde mierda iba y que iba a hacer y ojito con esto y con aquello. Armé la choza porque quería vivir ahí. Más vale que después me cagué y volvía todas las noches a comer y dormir en mi casa.”

 

   La choza conforma entonces el templo del “otro” saber, aquel que se construye entre pares y se formatea en el cuerpo, sin margen para eludir los daños colaterales que tarde o temprano pasarán la factura. Como en el tango de Mores, hay de todo en la chocita, hasta lugar para la tragedia.

En el pueblo todo se sabe y lo que no, se inventa y por más pepas que te morfés, nadar las agitadas aguas de la adolescencia con esa mochila en la espalda suele hundir a cualquiera sino se tiene a mano una tabla a la que aferrarse. Descartada la familia, cuyos vínculos son aún más frágiles que el manojo de cañas con que antaño construía las chozas; descartado el amor siempre esquivo; quizás lo único que distinga el nachito en la superficie sean los libros.

   Desde la contratapa, la voz autorizada de Fabián Casas pondera la particularidad del lenguaje con que está escrita la novela y no zanatea; la verosimilitud que muestran los personajes surge de la voz que los construye, los protagonistas hablan y fundamentalmente piensan con la edad que tienen, forjando su personalidad con el devenir del tiempo, lo que es decir con el discurrir de páginas. Y aunque sea una obviedad, no pasa seguido.

Una novela, la primera que escribe Pablo Giordano, a la que le caben los tres adjetivos que reclamo de cualquier expresión artística: honestidad, atrevimiento y cierto grado de belleza.

2012

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Reconstruir la tormenta

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   Agosto de 1944. Ciudad Vieja, Varsovia. Una multitud festeja la captura de lo que parece un tanque nazi. Algunos, sobre el techo del artefacto rodante, saludan felices a la caravana que los acompaña. Detienen el vehículo a las puertas de un edificio, más gente se suma a los vítores, bailan, se besan los soldados del AK con sus enfermeras.

   Nadie advierte que aquello es sólo una caja de metal con ruedas. Una trampa. Cuando explota, pulveriza a quienes están cerca, destruye hasta el primer piso, mata y hiere a varios metros, sobre todo a soldados, pero también a mujeres y niños en las calles, decenas. Los sobrevivientes describieron el instante después de la explosión como una lluvia roja y viscosa. Algunos cuerpos nunca se encontraron.

   Esta escena da comienzo a Chicos de Varsovia, una crónica, biografía familiar y documental de guerra de Ana Wajszczuk (Buenos Aires 1975), quien a medida que narra el viaje con su padre por la Polonia actual repleta de museos y de edificaciones modernas, reconstruye uno de los eventos más importantes e injustamente subvalorados de la Segunda Guerra Mundial: el levantamiento de Varsovia.

   Sobre esta rebelión se escribió mucho pero se tradujo muy poco. En español es difícil encontrar lo que en otros idiomas se sigue debatiendo: los intelectuales polacos y judíos acusan de antisemitas y colaboradores a los polacos católicos; estos se victimizan acusando a los judíos polacos de colaboradores soviéticos. Wajszczuk no se detiene a polemizar; su intención es conocer y contar, en el sentido trascendental del término.
Cerca de 150 sobrevivientes entre aquellos jóvenes insurgentes -instruidos en la clandestinidad, organizados en secreto y casi sin armas- llegaron a la Argentina a fines de los años 1940 con reputación de héroes; entre ellos, la familia de Wajszczuk, la rama paterna de la autora.

   Como siempre, Argentina figura como uno de los mapas finales de la guerra, y para rastrear los pasos hasta nuestro territorio hay que cruzar un océano, el silencio de las víctimas y la integridad de los sobrevivientes. Y claro, el horror.

   En algunos pasajes, la voz que narra apenas si puede sostenerse, jadea, y Wajszczuk debe continuar narrando en versos, contando por ejemplo, que a los que no morían asesinados, los encerraban en el mercado de Zieleniak. 20 mil personas sin comida, agua, electricidad ni abrigo. Los saqueos, las violaciones, los incendios y la inmundicia eran tan atroces, que asquearon hasta a los soldados nazis.

   Chicos de Varsovia se suma a la escasa bibliografía local sobre la insurgencia Polaca mostrando cómo era la ciudad y qué ocurrió poco antes de ser arrasada hasta los cimientos en la campaña más destructiva de toda la Segunda Guerra, donde las pérdidas superaron a la destrucción de Hiroshima y Nagasaki juntas.

La búsqueda de un relato o el legado de Bukowski en Córdoba

Más allá de la simpatía de la genial intervención artística del grupo cordobés “Callejón con Salida”, esta mural muy bien ilustra la relación del artista con el compromiso social: relación que no siempre es panfletaria, partidaria o partícipe de un realismo social  de denuncia explícita sino que toma diversos matices. En este “post” veremos cómo la novela Chozas reconstruye un escenario marginal para dar cuenta de la desigualdad económica provocada por el período neoliberal y ser portadora de un reclamo social encarnado en la búsqueda de un escritor por la palabra escrita, por la identidad. 

Charles

por Mariana Valle

   Cuando hablamos de “imaginario” nos referimos a aquello que “funciona sobre la base de las representaciones como una forma de traducir una imagen mental, una realidad material o una concepción”. En la formación del imaginario se sitúa nuestra percepción transmutada en representaciones a través de la imaginación, “proceso por el cual la representación sufre una transformación simbólica, por eso la fuerza creativa del imaginario yace en su carácter dinámico y en la superación de la simple representación” (V. Hiernaux, 1996:20).

   En este trabajo, pretendo demostrar cómo la construcción del  “otro” social en la literatura, es un imaginario determinado donde el individuo (escritor), siempre ya mediado por el sujeto literario (narrador, poeta), media a su vez la relación con el objeto (pobreza) en torno a sus especulaciones y sus posturas personales, ya sean éstas: filosóficas, sociales, políticas, éticas o estéticas.

   En el caso de Pablo Giordano, el imaginario de la subalternidad de su novela Chozas, se cimienta en torno a la búsqueda de su lugar como escritor. Este relato de iniciación autobiográfico narra las vicisitudes de un adolescente y sus pares en su camino hacia la madurez. La pobreza circundante se plasma en la geografía humilde de un barrio cordobés -2 de abril- de tapiales de chapa donde el narrador y sus amigos están, por esa razón, más próximos a la violencia, a las drogas y a la sexualidad precoz que otros jóvenes de su edad.

   La novela sigue la línea del “realismo sucio” caracterizado por la descripción de la clase baja, a través de un lenguaje crudo –incluso vulgar y soez- sin ningún tipo de adorno retórico y en un estilo minimalista que aumenta la velocidad narrativa y donde no existen “buenos y malos”  ni héroes sino personajes comunes enfrentados a situaciones comunes y hasta incluso banales.

   La novela está articulada en torno a la –casi obsesiva- búsqueda de un relato, de un material “digno de ser contado”. Entre estupefacientes y una angustia progresiva sellada no sólo por la carencia material sino también por el sentimiento de soledad de su generación –marcada por las lecturas de Pessoa-, el protagonista pronto descubre que su musa no es otra que su entorno, sin idealizar.

   “No quiero exagerar ni mistificar algo que más bien tiene que ver con la carne. La vida es ese olor.  La vida hecha de sacos repletos de sueros, flujos, sustancias de la madrediosa inalcanzable resolución de la infancia, es eso y no otra cosa.” (Giordano, 2011: 183).

El realismo sucio latinoamericano, sucesor del dirty realism estadounidense, expresa las consecuencias del proceso de adopción del capitalismo en los países latinos y, sobre todo, el problema más grande que dicho proceso ha producido: la pobreza y la miseria humana. En particular esta novela se centra en la década del 90, el período “menemista” donde el esquema neoliberal del gobierno provocó un vaciamiento sistemático de los fondos públicos: la privatización de las empresas y el aumento de la deuda externa, aumentaron vertiginosamente los niveles de pobreza en el país. El desencanto de los jóvenes con la política fue una de las consecuencias de este modelo económico, entonces (refiere Giordano) “No cazábamos ni una. Ni del país, ni de Rimbaud, ni de Vinicius, ni de Fogwill. La única revolución a la que aspirar: el rincón de la pieza donde resplandecía la biblioteca” (Giordano, 2011: 211).

   Los escritores que siguen este movimiento descubren que “lo bello no es sinónimo de lo hermoso, sino de aquello que permite vivir” (Del Carmen, 2012, s/d). El “cross a la mandíbula” arltiano es una buena metáfora del estilo que se busca, lo que Giordano llama “la máquina sangrante”. Si Bukowski escribió en los márgenes de los diarios cuando vivió en un contenedor de basura (refiere la novela), también podía él hacerlo en esas condiciones.

   La decadencia del narrador y sus amigos los llevó  a leer a Mallarmé, a los surrealistas, a soñar con el encuentro de la palabra escrita como, tal vez, su única salvación. Escribir, para él es  “no saber vivir, masticar la vida como un perro a un trapo, hacernos un agujero para olernos por dentro, despanzurrarnos, sin querer, a lo tonto, como una niña desesperada en un laberinto de espejos rotos” (Giordano, 2011: 218).  Este “olerse por dentro”, es narrarse a sí mismo, la concreción del encuentro con el relato que Giordano logra al final de su novela: “Tengo que contar bien lo de las chozas y dejar de escribir boludeces. Si quiero ser escritor más vale dejar el alma y el cuerpo en esto, contar todo, que se vaya todo a la mierda” (Giordano, 2011: 236).

   Lo que descubre el escritor  latinoamericano en el “realismo sucio” es que es posible darle entidad a la miseria de su entorno, abordarla directamente sin escaparates (2) darle voz a los sin voz.

 

Bibliografía:

Alabarces, Pablo y Añón, Valeria. “¿Popular (es) o subalterno (s)? De la retórica a la pregunta por el poder” en Rodríguez, Pablo y G. María (compiladores.),  Resistencias y mediaciones. Estudios sobre cultura popular. Bs. As.: Ed. Paidós.  2008.

Hiernaux, Daniel. “Los imaginarios urbanos: de la teoría y los aterrizajes en los estudios” en. Revista Eure, XXXIII. Pp. 17-30. 1996.

Del Carmen Gutiérrez, Martina. “Realismo sucio: belleza, basura y desmoralización”. Disponible en internet: http://www.slideshare.net/AnaMartinez14/realismo-sucio-belleza-basura-y-desmoralizacin . 2012.

Giordano, Pablo. Chozas. Córdoba: Ediciones Ciprés.  2011.

 

(1) Utilizamos la palabra “subalterno” para referirnos a la marginación social. En este sentido cabe aclarar que “subalterno” refiere a “de “rango inferior” y se usa para marcar  la subordinación expresada  en términos de clase, casta, edad, género, ocupación en cualquier otra forma lo que incluye a los “subordinados” por causas económicas: “desocupados, subempleados, vendedores ambulantes, gentes al margen de la economía del dinero, lumpen y ex lumpen de todo tipo, niños, desamparados, etcétera.” (Alabarces y Añón, 2008: 285)

(2) El “realismo sucio” surge precisamente como un rechazo al “realismo mágico”. Se trata de hablar sin rodeos de la miseria de las sociedades latinoamericanas de las posdictaduras. 

Jugar en la tormenta

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¿Qué haces cuando tienes ocho años y tus padres pelean? Drogarte con los frutos de un extraño árbol, entablar una amistad con la vaca que acabas de alucinar y contaminar la salsa esperando que en la cena el efecto hilarante devuelva el amor a papá y mamá.

  Así arranca El árbol y la vaca, una novela corta y preciosa que tiñe de extraños colores las piezas que suelen configurar la vida normal de cualquier familia occidental. Los padres de Adamo, el narrador, van rumbo a un divorcio de lo más patético. La madre es una neurótica insoportable y papá un hombre gris con un brazo impedido que sueña con escribir la Historia de la Ornitología. El árbol venenoso al que Adamo trepa para refugiarse es un Tejo anciano en medio de la plaza. En lo alto Adamo avizora la pubertad como una isla lejana e inalcanzable. Pero todo llega en la vida. Y no sólo llega, también pasa. Una vez adulto, el niño hace su balance y, por fin, cuenta la historia del mítico árbol, la vaca y todo lo demás.

  El autor de esta y otras historias en apariencia sencillas es Adrián Bravi, tiene 54 años y nació en Buenos Aires, aunque vive en Recanati, Italia, donde trabaja como bibliotecario desde hace 30. En 1999 publicó su primera novela, escrita en español, y en 2004 hizo su debut escribiendo en italiano, con Restituiscimi il cappotto; a las que siguieron La pelusa (2007), Sud 1982 (2008) y Il riporto (2011), entre otras. En la mayoría de ellas los temas son tópicos de la literatura contemporánea narrados con naturalidad y expuestos a un aire que los desdibuja con lentitud, los lleva a una bella deformidad para volver a su elemento como si nada hubiera pasado. Para ello utiliza el humor y la pasión enciclopédica que suele guiar los conocimientos más duros requeridos por los sujetos de enunciación para no perder un solo detalle de lo que se cuece en la historia. En este caso, El árbol y la vaca cuenta con numerosas entradas sobre lo que se sabe, se dijo y se fabuló sobre el Tejo, un árbol de cierta toxicidad vinculado a la muerte, pero también al paso hacia la inmortalidad, a atrapar demonios y a envenenar con sus arillos, que ha sido motivo de versificación desde la antigüedad hasta el presente

  No es un árbol para jugar, pero parece que en la vida de Adamo, no hay otros espacios para hacerlo. En medio de un matrimonio que se ha convertido en una temible e incontrolable tormenta, dedicarse a jugar puede ser tóxico; pero también imprescindible para resguardar la privacidad infantil y permitir la transformación, aunque se salga maltrecho.

Todos fuimos Bart Simpson

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En su novela Los pájaros de la tristeza, Luis Mey presente un relato brutal que expone la intervención de los adultos sobre la infancia.

 

   En la tapa del libro se ve la foto de un niño con gesto violento disparando una gomera. La cultura pop podría linkearlo con Bart Simpson y su resortera; la clásica, quizá, con la honda de David. Ambos personajes enfrentan al poder y el mundo de “los grandes” con lo que tienen a mano, de una manera natural y heróica, como si no hubiese otra cosa que hacer cuando pequeño. De eso trata Los pájaros de la tristeza, la nueva novela del escritor bonaerense Luis Mey (1979). “De ninguna manera la historia es sobre la infancia -aclara-. Es sobre los adultos en la infancia de otros. Los adultos y su infancia con canas. Los adultos en su derrota desesperada, insistente, recurrente, desquiciada. Y los niños bajo esa patria potestad”.

   La tensión entre el mundo adulto y la niñez es un tema recurrente en este autor que se ha consagrado entre los escritores de su generación con una obra narrativa sólida y que suma lectores con rapidez. Esta vez los protagonistas son los hermanos Jaime, de 11 años y Manuel, de 9. El primero sufre una discapacidad física, y el segundo, mental. Viven con una madre ausente por cuestiones de trabajo, que es, además, único sostén familiar. La ausencia del padre, en cambio, es absoluta, y será el perseguido, el idealizado, la presa a cazar para ordenar las partes del yo que parecen haber sido desvirtuadas por esta falta. La persecución será violenta en medio del desamparo y la soledad.

“Uso a la infancia para contar la adultez -explica Mey-. Es un truco simple, pero que me encanta. Acaso la infancia, en mis textos, sea muchas veces la patria potestad como único patrimonio de los adultos. En este caso, niños con problemas para toda la vida. En ese sentido, esos niños ya son viejos. Y llegan para quitar la mugre que los otros, como chicos, escondieron bajo la alfombra”.

–La violencia en la infancia de “Los pájaros…” es perversa, algo que no estaba en tus anteriores novelas…

–Hay una oscuridad que fue intencional. Hay en mí una voluntad por llegar a reírme por lo más terrible. Una manera de aprender a sobrevivir, creo. Una manera de tantas, sin dudas, pero es la que tomo y la que me interesa. Como decía François Truffaut, “cuando estás con la mierda al cuello, lo único que queda es cantar”.

–Alguna vez dijiste que los niños son como terroristas. ¿Tiene que ver con que en la niñez se puede hacer poco más que alterar el orden?

–G.B. Shaw decía que a los 7 años tuvo que abandonar su educación porque sus padres habían decidido mandarlo a la escuela. Algo así pasa con Jaime y Manuel. Están en proceso educativo por adultos desesperados. Ellos, sin dudas, van a combatirlo. Combatir el sistema en el que viven es, sin dudas, terrorismo. Para ellos, tal vez, sea la revolución.

–Una buena historia, o una forma para llegar a ella, intenta, desde el principio, quitar a los personajes de su lugar de confort.

–Es, también, el camino del héroe. Alteran, claro, un orden. Pero un orden que, como paradigma de normalidad, está mal.

–En general tus personajes están solos; más que amigos o familiares, se podría decir que tienen cómplices…

–Interesante, sí. Me parece, ahora que lo decís, que me gusta más que el amor o la amistad la complicidad. Como decía el personaje de Nueve reinas:”¿Sabés que quería ser cuando era chico? Cómplice”. No cómplice en el sentido de delito, sino de la confianza suprema, de empresa de vida, donde uno va hacia delante por el otro con la garra del que sabe que el otro procederá igual.

Lo más importante

–¿Cuánto hay de autobiográfico en “Los pájaros…”?

Solamente una cosa. Un personaje. El personaje más importante de la literatura universal. El único que se debe repetir en todas las historias. El que debe estar, de hecho, para que haya historia: el sujeto ambiente. El leviatán que toda historia cuenta. En este caso, para mí, mi viejo barrio, el conurbano. No es lo mismo escribir que un pibe de 20 está tratando de conquistar a una chica de 18 en una plaza que en un velatorio. Tampoco es lo mismo si ese velatorio es el del mejor amigo del pibe. Y menos si el velado es el novio de la piba. Ese ajuste constante, esa manipulación de elementos, se logra observando a fondo al sujeto ambiente.

–¿Qué desafíos encontraste a la hora de escribir sobre discapacidad sin ceder a lo políticamente correcto?El primer desafío, el más interesante, era tomar una voz y multiplicarla para que no quede el cliché de siempre: el chico bueno. Me parecía que le podía dar tintes heroicos reales, de aquel que vence a otros, que presenta pelea. Pelea potente, desgarrada, sangrienta. Reprimir la opinión de autor, en este caso, fue más difícil que en otras. Acá no hay autor. Acá no hay hoja escrita. Acá hay un chico que narra y vive.

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Luis Mey obtuvo en 2013 el Premio Décimo Aniversario de la revista Ñ por su novela La pregunta de mi madre. Antes publicó una “trilogía conurbana” compuesta por Las garras del niño inútilEn verdad quiero verte pero llevará mucho tiempo y Los abandonados. También es autor de Diario de un librero.

Laura Pratto escribe sobre Chozas

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Me acuerdo de la vez que esa gorda lloraba con los codos clavados en el escritorio de la dirección. Decía que un tipo le había reventado la cabeza a su hijo, y que la escuela tenía que hacer algo.

   -¿Pero usted no los cuida? –le decía mi mamá-¿Cómo los deja andar todo el día en la calle?

   La vieja le dijo que no podía porque tenía nueve hijos.

   -¿Qué quiere que haga? –decía.

   -Ciérrele la puerta, señora.

    La vieja se secó las lágrimas y le vi bien la cara como chamuscada.

   -No tenemos puerta –dijo. 

  Nacho, el protagonista de Chozas, se junta con los del otro barrio, ese en el que la gente no tiene puertas. Los que tienen puertas y los que no tienen puertas se cruzan en la escuela, comparten algo más que los espacios; crecen juntos. Es lo que sucedía, si aún no sucede, en lugares pequeños como la localidad del interior de Córdoba donde transcurre Chozas; hay coyunturas que provisoriamente parecen igualar el estatus, o al menos hacer que no pese: la escuela pública, un baile, un partido de fútbol. Las chozas y las cuevas no son tan distintas, después de todo. Pero entre ellas hay una frontera que alguna pincelada vuelve a destacar. 

   Jugábamos al fulbo en el patio. Al lado de la canchita los pobres iban con un tarrito cachuzo a buscar el pedazo de bizcocho y la leche que le daba la caja PAN. Ahí te dabas cuenta quién eran los pobres. 

   En la frontera se truchan cosas, hay imitaciones, nunca igualdad. La comunión es falsa, competitiva, hace agua apenas el narrador o el lector se permiten observar. Chozas tiene la riqueza del microclima en una zona fronteriza: el riesgo, la posibilidad festiva, la licencia para pasar un cadáver o un delito de un lado a otro, el doble estándar, la promiscuidad. En un pasaje de la novela, ambientada en los años de la hiperinflación, se cae al suelo un paquete con azúcar, de esos atesorados porque tan sólo se podía obtener una unidad, y comprar en el acto era una inversión. El paquete se abre y los desesperados se lanzan a juntar con los dedos esa mezcla de azúcar con la arenilla de la tierra. Esa mezcla de pobreza y picardía, dice en otro pasaje Giordano.

   Así de entreveradas, de turbias, están las cosas. Así de ávido está uno en la llanura, en la pubertad.En otro se cuenta una experiencia sexual grupal que toma carácter celebratorio, una suerte de rito de pasaje nacido de la angustia individual, de la perturbación por esas cercanías al borde, en el límite, en la frontera. … porque la tarde que empezó todo fue triste, escribe el autor.

chozas-tapa   Está esa búsqueda de la experiencia, esa ansiedad de relieve en un paisaje tan horizontal, tan llano que hay que trabajar para urdir secretos, novedades topográficas: un pozo para hacer una laguna, un camión que pasa disfrazado de barco, un laboratorio astronómico en el tanque de agua. Una cueva como una cavidad añorada, una choza como una ermita. Los perros que culeando solos hacen huecos en el aire.

    Hay algo en la vida que no conozco, algo escondido… Puede sonar a lamento ante un hecho desconcertante esta frase del protagonista, pero dicha desde la infinitud de la pampa parece más una profesión de fe, un deseo, una necesidad de que algo más que lo totalmente visible haya: ¿Y la vez que alguien me tocó el hombro, y me di vuelta solo en el campito?

   Un pueblo en la pampa cordobesa tiene esas puertas fantasmas, de aire, es decir: no tiene puertas. Es también una casa en el margen. El horizonte escracha las entradas y las salidas. Si no hay puerta no hay escape formal. Si no hay puerta no hay guiño ni reconocimiento estar adentro. Ahí se está siempre, viviendo en carpa, bajo una lona que asfixia.

   Los dos queríamos quedarnos ahí en los techos para siempre, aunque no nos rescataran, pero volví a la choza culiada. ¡A qué mierda volví! 

   No hay puerta, no hay límite tangible que cruzar haciendo alarde, no hay recursos para franquear una planicie, una edad, un peligro. De ciertos ecosistemas, como de la adolescencia, nunca se sale por completo. Esa agorafobia podría ser la pesadilla latente mientras la novela avanza y el protagonista, en simultáneo con el escritor, crece. Ya están los bisnietos de los gatos que ayudé a nacer, escribe Giordano, y acota su novela en el tiempo a un ciclo animal, tan animal como esa transición de los 10 a los 20 años, que es la que vive Nacho. Un espacio brutalmente abierto, nuevamente: sin puertas. Esa intemperie que ni siquiera el lenguaje, a lo largo de la novela, puede eludir: En un momento le vi la pelada a mi viejo cerca de la oreja con sangre y me dio mucha lástima y lo vi como si fuera un viejito, o sobre el final: … mi prima, con la cara ajada por haber sido la más linda…

    Esta última frase advierte que la belleza condena a una gimnasia y a una rutina. El del autor de Chozas es el extenuante ejercicio de la belleza que se sabe en el lenguaje. El modo de decir las cosas se recicla también para la supervivencia, y, mimetizado con los personajes de la historia, se permite entrar en trance con los espíritus más disponibles. El habla es otra de las formas que se afectan t por la acción del tiempo, el lenguaje en esta novela reconoce y admite la inclemencia. Parece querer estar allí para recordarnos que somos bastante permeables. Chozas.

*leído el 2 de junio de 2012 en Casa 13, ciudad de Córdoba, en ocasión de la presentación de Chozas, novela de Pablo Giordano, publicada por Ediciones Ciprés; publicado posteriormente en la revista No Retornable.

“Ya no quiero cambiar el mundo con mi escritura, sólo divertir”

Anoche el escritor varillense Pablo Giordano presentó en la ciudad su novela Chozas. Antes, dialogó con El Periódico.

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ALGO PASA. Entrevista con Pablo Giordano

Una experiencia “maravillosa y agobiante, desesperante, deprimente”. Así definió el escritor Pablo Giordano el proceso de creación de su novela Chozas, obra que presentó anoche en nuestra ciudad.

¿De qué trata Chozas?

Parece una novela coral, pero lo mejor sería decir que se trata de un duetto. Está narrada en paralelo y primera persona por dos varones. Ellos van contando su vida desde niños hasta cerca de los treinta años en barrios de clase media baja del interior de Córdoba.

¿Cómo convencerías a los lectores para que la lean?

Ni lo intentaría. Más bien recomendaría otros libros. Lo único que podría decirles, es que si la leen estarán asomándose a cierto modo de producir literatura argentina contemporánea, y que quizá se diviertan un poco.

¿La utilización de términos como “culiau”, “junar” y otros a lo largo del texto a qué se deben?

Se deben al registro hiperrealista que me planteé desde el comienzo de la escritura. Porque también quise ser documental aunque lo que me interese como fin último sea lo literario. Este registro no solo se puede apreciar en el lenguaje, sino en casi todo.

¿Cómo se las rebusca un escritor del interior para no perder el ánimo y seguir escribiendo?

Publicando, haciendo amigos, compartiendo con otros escritores y no pensando en una carrera literaria. Ya no quiero cambiar el mundo con mi escritura, ni lograr que todos me amen. Sólo divertir a ciertas personas, o levantar alguna mina aquí y allá. Al fin y al cabo, cuando muertos poco debería importarnos la trascendencia.

(San Francisco 2012)