Postales y miradas.

Tapa posta

Revista Travel

En el tercer libro de poesía del autor cordobés se resigna la autorreferencialidad para dar paso a un otro que la resignifique. Giordano sitúa su álter ego en la ciudad californiana que le da título al volumen para desplegar una estética de los años dorados y un lenguaje derivado del español latino muy común en los doblajes neutros de los años ochenta. Con esta quimera versifica y sugiere algunas historias, reflexiona sobre el paso del tiempo y crea escenarios que parecen procesados por un melancolitrón de película lavada pero vívida, colorida; a pesar de las fotografías en blanco y negro que acompañan a los textos.

  Pasadena cuenta con un poco más de veinte poemas que se imponen desde el inicio con una declaración conceptual: estas son las palabras que nos sobrevivieron/ fuimos extraños arrojando las cenizas de un aduanero/ al viento del domingo. El libro está dirigido a una mujer que no se nombra, a una época que nunca se vivió, y a una ciudad desconocida y ficcional, a pesar de su rigor geocultural y hasta munícipe. Es así, como, por ejemplo, los ojos de la mujer tratando de encontrar explicación a su dolencia psicológica, se dejan llevar en una tangente nada menos que hacia las heladas laderas de Altadena. La cosa, el símbolo y el lenguaje se conjugan en tan sólo una imagen.

  En las páginas del libro-objeto hallaremos una lluvia sobre los tejados de Linda Glen, un payaso decadente acosado por los niños, barriletes incendiados en lo alto, el fantasma/recuerdo de una adolescente llamada Mellow y un vecino que poda el césped en calzones, entre otras propuestas al imaginario americano extranjero. No faltan fuertes parates introspectivos como este pasaje: duermo/ al levantar los párpados/ el rostro del verdugo en el espejo del botiquín/ decidirá rasurar/ o cortar por la garganta.

   Con versos y poemas breves, en minúsculas, sin puntuación ni títulos (a los que el autor nos tiene acostumbrados) Pasadena se configura como reservorio de postales un tanto ajenas que pueden incomodarnos o arrojar al hueso del llanto. No importa si esto le ocurrió al autor o a alguien, ficticio o no; la emoción se transfiere al lector que al terminar volverá a abrir el libro para verificar si el espejo que tiene entre manos no lo ha deformado un poco.

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Mellow

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alguien comentó lo triste o alegre
en la vida de Mellow
pero no recordamos
si la vida de Mellow fue triste o alegre o igual
de absurda que la de cualquiera de nosotros

murió una mañana tranquila
ninguno la lloró demasiado
ni a los años ni nunca

hay un llanto tácito
la fatídica frase del cuervo
horada
el hueco lleno de gusanos

por la ventana
pasan nuevos desconocidos
las puertas del vecindario se estremecen

en el matutino de hoy
una poesía homenajeó a Mellow
sus piernas volvieron a trepar los pilares del Vina Vieja
sus brazos
abiertos al cielo
corrieron otra vez
cruzaron los distritos vecinos
sus cabellos bermellón al viento
gritando
como cualquier otro mamífero
que pronto se olvida
bajo las ruedas de los autos

Multiversal, por Silvio Mattoni

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Multiversal apunta a la variedad de mundos, desde la infancia hasta la solitaria adultez, desde el amor hasta los libros, desde la poesía hasta la lengua atravesada por silencios cortantes, pero sobre todo se trata de versos. Las unidades son versos, no frases, y eso le da su importancia a las repeticiones, a los espacios, a la ausencia de puntuación prosaica. Son poemas desolados, de estados de pánico, con extrañas fragmentaciones de experiencias que por momentos se deben adivinar. Quizás los blancos, las cosas que se dejan sin decir del todo, den una impresión más ominosa de lo que serían sus temas. Me quedan grabadas dos incrustaciones terribles: la mujer a la que le pegaron con la hebilla del cinto de niña, y los poemas huérfanos de comas, puntos y títulos, entregados a los crecimientos libres, mezcla de desamparo y de celebración autorreflexiva. Y sobrevolando todo, el solitario que pareciera la silueta del que espera escribir, que escribe siempre solo. Pero además la esperanza en seguir escribiendo, seguir deseando esa intensidad, que construye poblaciones en la noche solitaria, que hace de cualquier pequeño pueblo supuestamente real, una posibilidad y un reino. Los múltiples ritmos se vuelven entonces múltiples mundos, cada verso un golpecito en la pared natural que deja su marca. Pablo Giordano escribe que no hablará como un poeta portavoz, como una voz generacional, como un mensajero de quién sabe qué misterio, pero justamente como no habla, escribe. Las incisiones de la escritura tensan el mundo, muestran su reverso. La poesía como transvaloración de la prosa diaria, convertida en verdad.

Pasadena

Tapa posta

milla y media en busca de un teléfono
los truenos veloces desde el sur
la noche en el día

en el horizonte
se habían sellado todos los versos
odié ese ocaso con furioso acné

así suelen nacer los poetas
pero no quería ser uno

 

 

 

mi primer amor fue Julieta
la chica de Tampa
después amé a la noche
ese velatorio
de los amaneceres
que lavan el desvelo

algo imperceptible me picó
como esa abeja en la alberca del primo Jefry
en Covina
a los seis años

vinieron otras pasiones
normales femeninas matrimoniales

hoy hago el amor a no sé quién
cultivo no sé qué cosa ni con qué fin
en algún lugar del cuerpo
la marca que no encuentro
debe ser esa cosa que siento latir
y me enloquece

Palabra poética, paradoja cuántica.

   Uno de los fundamentos de la física cuántica sostiene que ciertas porciones ínfimas de materia resultan imposibles de conocer de manera exacta. Cualquier intento por aprehender su ubicación y velocidad tiende a modificar su estructura atómica, operando así una serie de cambios que dan por resultado algo distinto: materia diferente, energía diferente. Tal principio de incertidumbre atraviesa la poesía de Pablo Giordano y, entonces, la palabra se vuelve un instrumento de observación capaz de capturar y transformar tanto su historia personal como “el paradigma actual / la realidad   cuan  ti  za  da / multiversal”.

   Veinte años de poesía aparecen en Multiversal. Búsquedas emocionales, certezas y contradicciones fluyen entre las páginas de un libro sencillo y hermético a la vez. Ya en los primeros poemas, Giordano exhibe una lucha interior en el intento por definir su lugar en la poesía. A través de la negación, y como si sólo pudiera ubicarse afuera, sea de su generación o de una determinada línea de escritura, llega a afirmar: “no seré / el poeta que lee un cielo / para escribir la tierra / tampoco el de la justicia / civil ni poética / repito / ni retórica”.

   En el universo emocional del poeta desfilan maleantes de escuela nocturna, el trabajo en los tambos, niños y niñas que destellan maldad, un padre que grita de miedo en la madrugada. Aparece también un nombre de mujer inscripto en una noche con claras reminiscencias de Neruda: “voy a mirar los astros más tristes esta noche / mirar, por ejemplo, los ojos de Leticia / variables luminarias de otro tiempo”.

   Sin embargo, los vínculos sentimentales que atraviesan los poemas están signados por el fracaso. Entonces, la soledad convoca al aislamiento y determina el tono de Multiversal. Y es esa soledad la que, con dulzura y timidez, ubica al yo en un abismo desde el cual se explora hasta encontrarse en distintos cuerpos: un hombre viejo y cansado que apela a la poesía como arma de seducción, un niño refugiado en la escritura, un adulto que busca vengar las desventuras del pasado, un poeta haciéndole el amor a una libreta de notas. La materia cambia, se transforma. Así, la palabra poética alcanza para resolver la paradoja cuántica y, al mismo tiempo, justifica la creación: “debo existir para otra cosa aún no revelada / que también / se completa escribiendo.”

David Voloj, La Voz del Interior.

la luz oblicua

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a lo lejos llovizna sobre los tejados de Linda Glen

tus ojos azules
títulos en mi lápida
perdonan como la luz oblicua
del polo
al bamboleo del mundo

mi memoria es minúscula y está llena de monstruos

 

(de Pasadena. Dínamo Poético Editorial. Córdoba, 2018)

Multiversal

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por Leandro Calle (Especial para Hoy Día Córdoba)

    A partir de un epígrafe de Carlos Drummond de Andrade, que dice: “No seré poeta de un mundo caduco. / Tampoco cantaré el mundo futuro”, Pablo Giordano anuncia desde el comienzo una clara postura poética. Claridad que no está dada a través de una afirmación, sino que por el contrario es la negación de una poética. Negación de la que  está seguro de afirmar: “No fui llamado a ser el poeta de mi generación/ en este universo// no hablaré de la patria ni el futuro/ de nada/ igual de anacrónico”. Y entonces, ¿de qué habla el poeta Pablo Giordano en su último libro que tiene por título: multiversal?

   Habla de muchas cosas pero lo más interesante es que su hablar avanza desde una especie de estallido, de disolución de un todo. El nivel semántico en “multiversal” podemos hallarlo en la pérdida de la unidad que había en el pasado y la vigencia de un presente que ha estallado y ha dejado un campo minado de astillas y de esquirlas. Multiversal es un cuerpo dividido, diseminado. De algún modo, el lector, se convierte en una especie de detective en busca de un asesino que ha desmembrado el cuerpo poético aquí y allá. A lo largo de la lectura, el detective-lector, va uniendo pedazos de una realidad otra, que en otros momentos constituía un todo. Esa realidad multiversal, ni siquiera se revela de manera rizomática para citar a Deleuze a través del gran escritor martiniqués Edouard Glissant. No, no hay una estructura o una apuesta a la convivencia de raíces entrelazadas, diferentes en su identidad pero constituyentes de un archipiélago de palabras.

    La referencia externa en “multiversal” ha estallado y en este sentido es un espejo de lo posmoderno. La atomización, la fragmentación y el estallido de un todo hacen que cada verso se convierta en un mundo en sí. Pablo Giordano acierta además en no querer recomponer ese todo. Lo observa, lo describe, y lo escribe. No se trata de apremiar a los dioses para conseguir exorcizar las caídas. Viejo tema ya remanido en la poesía argentina y llevado a las alturas por, por ejemplo, Olga Orozco, que en “Desdoblamiento en máscara de todos”, concluye: “Es víspera de Dios/ está uniendo en nosotros sus pedazos”. Los pedazos, fragmentos y astillas que revela la poesía de Pablo Giordano, no son juntados por nadie. Están ahí, luminosos y oscuros al mismo tiempo como miles de puertas abiertas en el tiempo a través de las cuales podemos entrar y salir.Hay en el poeta una conciencia de la novedad que tiene también que ver con el rompimiento de una tradición: “debo existir para otra cosa aún no revelada/ que también/ se completa escribiendo”.

   Escribir entonces, no es afirmar, es buscar, es seguir los designios de la sed, por eso Giordano aclara: “La realidad es lo que nunca veremos”.

   La segunda parte del libro, se llama “Sobrevivientes”. ¿Sobrevivientes de qué? Tal vez, del mismo estallido, de las esquirlas que han pasado a ser un todo descompuesto. Un todo que ahora se resuelve en versos que llaman la escritura con su olor, como si disueltos y estallados, emitieran un aroma de corrupción y tiempo: “pálida/ chata/ virgen/ la libreta abre las piernas// amante aburrida que ni se mueve// arrojo el fósforo encendido/ la carne crocante del otoño/ exhala// huelo los versos”.

   Siguen cinco poemas que llevan por título “papá”. Y sí, hay que matar al padre para poder escribir en libertad. Y el libro se termina por una cuarta sección que se llama: “Lo suficiente”.

   Como el yogurt o el sachet de leche descremada, tenemos fecha de vencimiento sólo que no sabemos cuál es la fecha, está velada, oculta a nuestros ojos y de ahí ese binomio de certeza e incertidumbre. “Viajamos hacia el frío”, dice Pablo y es cierto. En el medio del viaje, hay miles de ventanas que se abren y se comunican multiversalmente.

    Los poemas de Pablo Giordano poseen la belleza de quien agarra una palabra y la hace estallar en medio de palabras enteras que no tienen otra cosa que brindarnos que una lejana luz envejecida.

 

sirva otro trago

mozo

está saliendo el sol

la empleada pasa el piso

después de barrer las colillas

 

lagañas de luna

resto de olvido en los vasos

 

las patas de las sillas apuntan al techo

estacas de una aldea

al aguardo de sus decapitaciones

 

   El poeta varíllense, desde su guarida nos indica otra mirilla a través de la cual pensar el mundo y mirarlo. Tal vez lo que nosotros creemos que es la realidad, no sean las mesas bien puestas de un bar donde descansan las sillas con las patas hacia abajo. Tal vez, en otra abertura del tiempo, multiversalmente, la realidad esté marcada por esas patas de las sillas señalando el techo y la espera del frío, el frío que llega inevitablemente y se instala hasta en los mismos huesos de los versos.

(2013)