Emily

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Emily Grey tenía treinta años y un duende
la boca reseca cerca
de media mañana
unos calores demoníacos le subían
por las piernas y
se alojaban allí
donde arde

el resto del día Emily vivía sin ilusiones podando el jardín
hablando con su gnomo
mintiéndole
sobre vacaciones en Denver
en San Diego sobre sus sueños
de convertirse en pintora sobre lo
que los doctores dicen de ella

su vecino el plesbiteriano Joseph Kirsten
en su reposera reclinada
veía irse la tarde oyendo apenas el murmullo de Emily
América ya no era lo que fue

mirando los nubarrones
veía ángeles
Joseph Kirsten

una tarde con su cerveza
el bamboleo de los árboles
los vientos del sur le hablaron
el sol se retiraba de la cerca
tenue la sombra oblicua
Joseph Ksaltó
cambió de patio
y Emily lo vio venir
y gritó
un segundo hasta que
Joseph Kirsten
le tapó la boca
la arrastró dentro de la casa

y afuera tronó
y llovió
hasta el día siguiente

Publicar un libro en Instagram

   Copiando la iniciativa de la de la Biblioteca de New York (la de publicar libros en las historias de Instagram) aprovechando el gran crecimiento de la plataforma insignia de Facebook, a la que absorberá al igual que a WhatsApp; subí yo también un libro. Para probar y ver qué sucede con mis seguidores, empecé con un libro breve de poesía. Se trata de La Felicidad es un Gordini,  que escribí hace unos 15 años y publiqué hace 11 en una editorial cartonera de Córdoba. Fue mi primer libro, alguno de cuyos poemas subí por acá y ahora pueden leer entero en @pablogiordano sólo dejando el dedo posado sobre la pantalla para mantener la página, algo que de seguro,  Instagram a futuro corregirá de mantenerse la tendencia literaria.

   Por el momento los invito a leer dando abrir a la primera historia de mi perfil.

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Ese loco

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matemos al pobre feo en ese rancho frío

ese loco tipéa con dientes
amarillos de dolor
calva flamante como placenta
orejas de loco y andar de flan

su corazón timbra en la puerta de la mente
y no le abren

hay que matarlo
entrar en él como el ladrón por la ventana

Callar

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aspira profundo la hierba hasta llagarse los labios

muere sin que nadie la vea

pasa la vigilia asomada a la ventana

cegada

con diarios del futuro

los autos la atraviesan

la gente la ve a los ojos

pero no la reconocen

aprieta los brazos de la experiencia

de día

calla lo aprendido de noche

Nada especial

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otros ya
en otras noches
se tomaron las manos después del amor
las pupilas al techo
mudos

otros han dormido
sabiéndose amados
salvados

despertaron únicos en un mundo
de repeticiones

restos de escarabajos
a la sombra del único brote
del desierto

Postales y miradas.

Tapa posta

Revista Travel

En el tercer libro de poesía del autor cordobés se resigna la autorreferencialidad para dar paso a un otro que la resignifique. Giordano sitúa su álter ego en la ciudad californiana que le da título al volumen para desplegar una estética de los años dorados y un lenguaje derivado del español latino muy común en los doblajes neutros de los años ochenta. Con esta quimera versifica y sugiere algunas historias, reflexiona sobre el paso del tiempo y crea escenarios que parecen procesados por un melancolitrón de película lavada pero vívida, colorida; a pesar de las fotografías en blanco y negro que acompañan a los textos.

  Pasadena cuenta con un poco más de veinte poemas que se imponen desde el inicio con una declaración conceptual: estas son las palabras que nos sobrevivieron/ fuimos extraños arrojando las cenizas de un aduanero/ al viento del domingo. El libro está dirigido a una mujer que no se nombra, a una época que nunca se vivió, y a una ciudad desconocida y ficcional, a pesar de su rigor geocultural y hasta munícipe. Es así, como, por ejemplo, los ojos de la mujer tratando de encontrar explicación a su dolencia psicológica, se dejan llevar en una tangente nada menos que hacia las heladas laderas de Altadena. La cosa, el símbolo y el lenguaje se conjugan en tan sólo una imagen.

  En las páginas del libro-objeto hallaremos una lluvia sobre los tejados de Linda Glen, un payaso decadente acosado por los niños, barriletes incendiados en lo alto, el fantasma/recuerdo de una adolescente llamada Mellow y un vecino que poda el césped en calzones, entre otras propuestas al imaginario americano extranjero. No faltan fuertes parates introspectivos como este pasaje: duermo/ al levantar los párpados/ el rostro del verdugo en el espejo del botiquín/ decidirá rasurar/ o cortar por la garganta.

   Con versos y poemas breves, en minúsculas, sin puntuación ni títulos (a los que el autor nos tiene acostumbrados) Pasadena se configura como reservorio de postales un tanto ajenas que pueden incomodarnos o arrojar al hueso del llanto. No importa si esto le ocurrió al autor o a alguien, ficticio o no; la emoción se transfiere al lector que al terminar volverá a abrir el libro para verificar si el espejo que tiene entre manos no lo ha deformado un poco.

Mellow

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alguien comentó lo triste o alegre
en la vida de Mellow
pero no recordamos
si la vida de Mellow fue triste o alegre o igual
de absurda que la de cualquiera de nosotros

murió una mañana tranquila
ninguno la lloró demasiado
ni a los años ni nunca

hay un llanto tácito
la fatídica frase del cuervo
horada
el hueco lleno de gusanos

por la ventana
pasan nuevos desconocidos
las puertas del vecindario se estremecen

en el matutino de hoy
una poesía homenajeó a Mellow
sus piernas volvieron a trepar los pilares del Vina Vieja
sus brazos
abiertos al cielo
corrieron otra vez
cruzaron los distritos vecinos
sus cabellos bermellón al viento
gritando
como cualquier otro mamífero
que pronto se olvida
bajo las ruedas de los autos

Multiversal, por Silvio Mattoni

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Multiversal apunta a la variedad de mundos, desde la infancia hasta la solitaria adultez, desde el amor hasta los libros, desde la poesía hasta la lengua atravesada por silencios cortantes, pero sobre todo se trata de versos. Las unidades son versos, no frases, y eso le da su importancia a las repeticiones, a los espacios, a la ausencia de puntuación prosaica. Son poemas desolados, de estados de pánico, con extrañas fragmentaciones de experiencias que por momentos se deben adivinar. Quizás los blancos, las cosas que se dejan sin decir del todo, den una impresión más ominosa de lo que serían sus temas. Me quedan grabadas dos incrustaciones terribles: la mujer a la que le pegaron con la hebilla del cinto de niña, y los poemas huérfanos de comas, puntos y títulos, entregados a los crecimientos libres, mezcla de desamparo y de celebración autorreflexiva. Y sobrevolando todo, el solitario que pareciera la silueta del que espera escribir, que escribe siempre solo. Pero además la esperanza en seguir escribiendo, seguir deseando esa intensidad, que construye poblaciones en la noche solitaria, que hace de cualquier pequeño pueblo supuestamente real, una posibilidad y un reino. Los múltiples ritmos se vuelven entonces múltiples mundos, cada verso un golpecito en la pared natural que deja su marca. Pablo Giordano escribe que no hablará como un poeta portavoz, como una voz generacional, como un mensajero de quién sabe qué misterio, pero justamente como no habla, escribe. Las incisiones de la escritura tensan el mundo, muestran su reverso. La poesía como transvaloración de la prosa diaria, convertida en verdad.

Pasadena

Tapa posta

milla y media en busca de un teléfono
los truenos veloces desde el sur
la noche en el día

en el horizonte
se habían sellado todos los versos
odié ese ocaso con furioso acné

así suelen nacer los poetas
pero no quería ser uno

 

 

 

mi primer amor fue Julieta
la chica de Tampa
después amé a la noche
ese velatorio
de los amaneceres
que lavan el desvelo

algo imperceptible me picó
como esa abeja en la alberca del primo Jefry
en Covina
a los seis años

vinieron otras pasiones
normales femeninas matrimoniales

hoy hago el amor a no sé quién
cultivo no sé qué cosa ni con qué fin
en algún lugar del cuerpo
la marca que no encuentro
debe ser esa cosa que siento latir
y me enloquece

Palabra poética, paradoja cuántica.

   Uno de los fundamentos de la física cuántica sostiene que ciertas porciones ínfimas de materia resultan imposibles de conocer de manera exacta. Cualquier intento por aprehender su ubicación y velocidad tiende a modificar su estructura atómica, operando así una serie de cambios que dan por resultado algo distinto: materia diferente, energía diferente. Tal principio de incertidumbre atraviesa la poesía de Pablo Giordano y, entonces, la palabra se vuelve un instrumento de observación capaz de capturar y transformar tanto su historia personal como “el paradigma actual / la realidad   cuan  ti  za  da / multiversal”.

   Veinte años de poesía aparecen en Multiversal. Búsquedas emocionales, certezas y contradicciones fluyen entre las páginas de un libro sencillo y hermético a la vez. Ya en los primeros poemas, Giordano exhibe una lucha interior en el intento por definir su lugar en la poesía. A través de la negación, y como si sólo pudiera ubicarse afuera, sea de su generación o de una determinada línea de escritura, llega a afirmar: “no seré / el poeta que lee un cielo / para escribir la tierra / tampoco el de la justicia / civil ni poética / repito / ni retórica”.

   En el universo emocional del poeta desfilan maleantes de escuela nocturna, el trabajo en los tambos, niños y niñas que destellan maldad, un padre que grita de miedo en la madrugada. Aparece también un nombre de mujer inscripto en una noche con claras reminiscencias de Neruda: “voy a mirar los astros más tristes esta noche / mirar, por ejemplo, los ojos de Leticia / variables luminarias de otro tiempo”.

   Sin embargo, los vínculos sentimentales que atraviesan los poemas están signados por el fracaso. Entonces, la soledad convoca al aislamiento y determina el tono de Multiversal. Y es esa soledad la que, con dulzura y timidez, ubica al yo en un abismo desde el cual se explora hasta encontrarse en distintos cuerpos: un hombre viejo y cansado que apela a la poesía como arma de seducción, un niño refugiado en la escritura, un adulto que busca vengar las desventuras del pasado, un poeta haciéndole el amor a una libreta de notas. La materia cambia, se transforma. Así, la palabra poética alcanza para resolver la paradoja cuántica y, al mismo tiempo, justifica la creación: “debo existir para otra cosa aún no revelada / que también / se completa escribiendo.”

David Voloj, La Voz del Interior.