La primera feminista.

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(para La Voz del Interior)

   Lilith fue la primera esposa de Adán. Según la leyenda hebrea, Adán y Lilith nunca hallaron armonía juntos. Cuando él deseaba tener relaciones sexuales con ella, Lilith se sentía ofendida por la postura que él le exigía. «¿Por qué he de acostarme debajo de ti? —preguntaba—: yo también fui hecha con polvo, y por lo tanto soy tu igual». Como Adán trató de obligarla a obedecer, Lilith encolerizada, pronunció el nombre mágico de Dios, se elevó por los aires y lo abandonó.

  Podría pensarse en esta mujer como la primera que reconoce su cuerpo, su yo, y reclama derechos ante el despótico Dios que gobernaba el Edén. Lilith abandonó a su hombre para unirse a los demonios. La difamación que sufrió la ubica dentro de los más antiguos y peores males de la religión judía, pero su belleza se adivina también en las significaciones: viento, aire, espíritu, noche. Desde esta conceptualización se despliega la poesía de Vanesa Zalazar en Menos mal que a Lilith.

  Con laberintos gramaticales, versificación jugando como música prosaica y la exposición de un despecho típicamente femenino, la dramaturga, actriz y escritora debuta de la mano de Antiplán, el sello editorial cordobés dirigido por Iván Ferreyra que se propone iniciar a escritores en formato minimalista. La autora deja expuesta la incontinencia de un cuerpo que no acompaña al ser, donde la vestidura y la máscara serán quienes hablan, enfrentan, cantan y se retuercen: Te aviso, corazón / que me lo juré anoche… / el traje de Penélope / ha de quedarme chico.

  Más allá de las irregularidades del destierro que se hace piel en las páginas, de palabras de digestión incómoda y otras pequeñeces que pueden servir de respiro a tanto laconismo preciso; la poesía de Zalazar deslumbra de sombra y se emparenta con Pizarnik: dejar que le crezcan / los llantos / a la noche.

  Esta Lilith ladra a un hombre o a varios o a todos sus hombres, quizá a todos los de este mundo, ausentes literales o muertos en la cama, otras veces los evoca como metáfora de lo que debería ser. No por nada baja línea en un hipotético subtítulo a la entrada del libro advirtiendo que se trata de “poemas de género”, y ya desde la referencia a la mujer semita, queda claro que vamos a embebernos de una melasa femenina y cautivante, cuando no histérica, aunque deseable. Sexo y aroma, dos hermanos que se encenderán imperceptiblemente en los cerebros de los lectores incautos ante el súcubo.

  Desde siempre la femeneidad fue múltiple, y los múltiples yo del poeta se vuelven aquí diáfanos y permisivos excepto por una importante gravedad, a ninguno le permite “no decir”. Todos sus yo habitan la incontinencia del deseo, que es una forma de decir hacia adentro. Todas son Lilith. Una despechada mujer (explícita en contratapa) escapando de la simbología religiosa, dando un portazo porque la verdad está en el goce, la soledad, la belleza, el poema cuerpo, que es básicamente la sustancia de la mujer bella para cualquier hombre que mire, o lea, el cuenco servido que espera, las palabras que llaman como cantos de sirenas y regresan con los dientes del rencor entre las piernas.

La felicidad es un Gordini

tapa Gordini

Algunos poemas

 

amanece
en lo viejo de la plaza
abrazo las ventanas
les doy de beber a los manteles
baño de luces los muebles

otra vez no tengo qué hacer ni qué decir

voy a comerme de un bostezo
la vía pública

 

 

querido Sísifo
con lloviznas querido
anduviste solo
comiendo galletas
a las cuatro de la mañana
sentado en el umbral
más pálido que aliento de enferma
revolviendo heladeras
veredas viejas libros con cáncer
no una cosa que pueda verse
tocarse sino
el ver y el tocar

lloro
como la tarde en que te encontré
mamando un cordón cuneta

 

 

corro descalzo
sin moverme de mi cuarto

a mi lado
el frío se come un perro
me mira de reojo
espera
relame los huesos
los estudia
les arranca lo que queda

(el problema es que siempre quise decir nada)

 

 

ni puertos ni muelles
ni sirenas
que en la noche reverberen
no hay dónde
sólo adentro
en

 

 

decime si no son las canillas
dos locos en reposo
que rozados
por un giro de mano
despiertan de la ausencia

 

 

perdoname sin gracia
como quien tira un carozo
al fondo del ropero
perdoname despacio
con silencio de gruta

y abrí el ataúd
para que el loco huya

 

 

guerra sonora
entre el despertador y los grillos

nunca acabamos de despertar
pasamos la vida
lavándonos los dientes
bajando a fumar un cigarrillo

se es

poco nos queda de la espera
menos del encuentro

se está quieto
mirando cómo caen las gotas

 

 

el silencio es
presencia deshidratada
el agua de la primera palabra y las que siguen
no justifica la vida
la mistifica

más allá
se despliega completa una llama
desde que nace
es un reino tranquilo
interpretar mil veces
la misma foto distinta

afuera
pastan los árboles la noche acuosa
el mudo aprende nuevas eremitas
insomnes y felices ante el viento
no diremos nada nunca y para siempre.

 

(Textos de Cartón. Córdoba. 2009)