La infancia como pesadilla.

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  Hanka tiene 9 años, las tropas alemanas toman Polonia. Junto a miles de judíos es trasladada al Ghetto de Lodz (donde pierde a su padre) para después ser exportada como carne de los hornos en Auswitch. Sobrevivió de milagro. Su memoria registra un plato de sopa cada cinco personas, cuerpos de fugitivos colgando inertes de las vallas electrificadas, el aseo y un baño como lujos inalcanzables y la muerte propia como necesidad en puja con la pulsión de vida.

 Cuando la guerra parecía terminar, bajo un cielo celeste y calmo, descubre que ya nada malo puede ocurrir, hasta que llegan los bombarderos. Terminada, por fin, aquella desmesura, fue rescatada por la Cruz Roja. Años más tarde se casó en Suecia, donde trabajó en un laboratorio y se diplomó en la Facultad de Química para luego emigrar a nuestro país y reencontrarse con una de sus hermanas llegada antes de la guerra.

  Hoy Hanka Dziubas Grzmot tiene 87 años. Al regreso de un viaje en 2016 a los antiguos escenarios del horror, invitada por la ORT a la Marcha por la Vida, decidió contar su historia al escritor Alejandro Parisi, quien la entrevistó tres veces por semana durante un año y construyó una crónica novelada donde la niña entra a la adultez arrastrada de los pelos entre cadáveres.

  Después de estudiar la Guerra más horrorosa del planeta, de documentarse y hablar con los sobrevivientes, Parisi trabajó en una trilogía iniciada por la historia de Mira Ostromogilska, bajo el título El ghetto de las ocho puertas (2009) y luego la historia de la sobreviviente Nusia Stier: La niña y su doble (2014); Hanka 753 es la que cierra el proyecto.

  Se trata de una novela a la que se le notan las costuras: la niña se entera de lo que ocurre oyendo detrás de las puertas, como en las telenovelas de media tarde; y más allá de que esto haya sido real o no en la vida de Dziubas, es inverosímil y deteriora la lectura. Sin embargo, lo importante es otra cosa: en esta, como en todas las obras sobre la Segunda Guerra, aparece el cuestionamiento sobre la existencia de un Dios. ¿Por qué no está? ¿Por qué no hizo nada antes de que todo ocurriera? ¿Por qué abandonó al pueblo elegido?

  En Hanka 753 cualquier escena se parece a un golpe bajo. Pero es que durante el Holocausto los golpes bajos eran lo cotidiano. Parisi no necesita lucirse como argumentador, sólo le basta con contar, y la calidad de la prosa se queda atrás para dar paso a las historias cargadas del sinsentido de aquel infierno donde el renacimiento no fue menos doloroso que la agonía de la que se salía.

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Que parezca un accidente.

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  Es 1960. Albert Camus viaja en el asiento del acompañante de un Facel Vega por la ancha y tranquila recta de una carretera parisina. Su amigo y editor Michel Gallimard va al volante, atrás viaja su esposa Janine, su hija Anne, y el perro de la familia. Nadie sabrá nunca por qué Gallimard perdió el control del volante. Después de varios derrapes y de rebotar en los plátanos de la banquina, el Vega se incrusta contra el que finalmente lo detuvo. Las mujeres no sufrieron mayores daños, el piloto murió días después en un hospital. El Premio Nobel de Literatura, con el cráneo partido y el cuello roto, murió al instante. Al perro no lo encontraron jamás. Según las autoridades, el accidente de debió al exceso de velocidad que pudo reventar una de las gomas o romper el eje. Hace unos años, comenzaron a circular las versiones sobre un supuesto sabotaje ejecutado por la KGB.

  Giovanni Catelli, poeta y escritor especializado en estudios sobre Europa del Este, se ocupó de investigar estas versiones y da cuenta de ellas en Camus debe morir, donde a lo largo de breves capítulos plagados de expresiones como “opípara cena” o “interpérrita persona” trata de justificar versiones no del todo concluyentes aunque bastantes probables sobre lo que podría haber ocurrido. Catelli se apoya básicamente en el diario secreto de Jan Zábrana, un poeta y traductor checo, disidente del régimen soviético qué afirmó tener información directa de un arrepentido del sabotaje; y en Herbert Lottman, quien escribió la que quizá sea la mejor y más documentada biografía del autor francés.

  Camus fue muy activo políticamente durante la Guerra Fría, y quizá no le perdonaron los venenosos dardos arrojados contra la invasión soviética a Hungría un año antes de que se le otorgara el Premio Nóbel, en 1956. En el discurso de premiación pidió que se le otorgara el próximo al ruso Boris Pasternak, autor de Doctor Shivago, perseguido por el régimen, quien lo recibiera dos años después y se profundizaba en varios países de Europa la ola de asesinatos a intelectuales anti soviéticos. El autor de El Extranjero era uno.

  Camus debe morir vio la luz por primera vez en 2013, conmemorando el centenario del nacimiento del autor francés, y se tradujo al español el año pasado, con apéndices de nuevas versiones agregadas. Lejos de tratarse de un libro de investigación o documentación novedosa, se conforma con extensas loas al compromiso político de Camus y se regodea en intrigas de espías donde cualquier cosa podía ser posible y por eso, quizá, es posible que Camus haya sido asesinado. Las evidencias no están en este libro.

Lo menos malo

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En occidente los totalitarismos nacionalistas y fascistas fueron desarticulados a finales del siglo pasado al igual que los regímenes autoritarios militares en América Latina. Hoy casi todos los jefes se proclaman democráticos. La democracia es una necesidad ciudadana pero también una condición de mercado muchas veces impuesta en pos de un mejor comercio, o al menos, uno más redituable para las grandes potencias; más allá de que la industria armamentística necesite, cada tanto, algún tirano para equilibrar los números o muchas democracias sean impuestas para el saqueo.

En El Líder y La Masa, la génesis de la democracia recitativa, Emilio Gentile repasa la historia de esta forma de gobierno desde sus comienzos en Grecia hasta los actuales modelos globales, dando cuenta de sus complejidades, su crecimiento y transformación a lo largo de los siglos y su permanencia en una sola idea: el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, como la definiera Lincoln. Gentile es profesor emérito de la Universidad La Sapienza, de Roma. Es uno de los mayores historiadores de Italia y reconocido experto en el fascismo. En 2003 recibió el Premio de la Universidad de Sigrist Hans Bern por sus estudios sobre la religión en la política.

El libro comienza su travesía histórica en la actualidad, donde más de medio siglo después se da la singular coincidencia de que en las dos primeras democracias de occidente llegaron a la cumbre del poder un viejo y un joven: Trump en Estados Unidos y Macrón en Francia, ambos de la mano del populismo, la estrategia más efectiva para ganar elecciones. Trump mezclando nacionalismo y demagogia con extremismo ideológico y Macrón a pesar su público antipopulismo.

Valiéndose de los avances en conocimientos neurológicos y de comportamiento, hoy, al igual que en aquella campaña a presidente entre Nixon y Kennedy (que inaugurara los debates televisivos de candidatos) los consultores y coaching de los mandatarios “compiten para ofrecer a los electores exactamente aquello que estos desean, aunque sea imposible de conseguir y hasta absurdo [pobreza cero] sin pedirles siquiera un mínimo de esfuerzo porque eso podría hacer perder las elecciones”. Es decir: se venden presidentes como se venden celulares.

La pregunta que Gentile se hace e intenta responder es si las actuales democracias están, efectivamente, alejadas de las antigua figuras de Rey, Dictador, Zar, Jefe o cualquier otro tipo de dirigente que encarne al pueblo no para representarlo, sino por su carisma; su imposición de la fuerza (hoy las urnas) u otros mecanismos que lo han llevado al poder por motivos que no sean sus capacidades de gestión. Y es que según muchos observadores, entre ellos Gentile, uno de los fenómenos más importantes del actual malestar de las democracias es la tendencia a la personalización de la política en la figura del jefe, que entabla una relación cada vez más cínica con la multitud gracias a los medios masivos de comunicación.

Reconstruir la tormenta

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   Agosto de 1944. Ciudad Vieja, Varsovia. Una multitud festeja la captura de lo que parece un tanque nazi. Algunos, sobre el techo del artefacto rodante, saludan felices a la caravana que los acompaña. Detienen el vehículo a las puertas de un edificio, más gente se suma a los vítores, bailan, se besan los soldados del AK con sus enfermeras.

   Nadie advierte que aquello es sólo una caja de metal con ruedas. Una trampa. Cuando explota, pulveriza a quienes están cerca, destruye hasta el primer piso, mata y hiere a varios metros, sobre todo a soldados, pero también a mujeres y niños en las calles, decenas. Los sobrevivientes describieron el instante después de la explosión como una lluvia roja y viscosa. Algunos cuerpos nunca se encontraron.

   Esta escena da comienzo a Chicos de Varsovia, una crónica, biografía familiar y documental de guerra de Ana Wajszczuk (Buenos Aires 1975), quien a medida que narra el viaje con su padre por la Polonia actual repleta de museos y de edificaciones modernas, reconstruye uno de los eventos más importantes e injustamente subvalorados de la Segunda Guerra Mundial: el levantamiento de Varsovia.

   Sobre esta rebelión se escribió mucho pero se tradujo muy poco. En español es difícil encontrar lo que en otros idiomas se sigue debatiendo: los intelectuales polacos y judíos acusan de antisemitas y colaboradores a los polacos católicos; estos se victimizan acusando a los judíos polacos de colaboradores soviéticos. Wajszczuk no se detiene a polemizar; su intención es conocer y contar, en el sentido trascendental del término.
Cerca de 150 sobrevivientes entre aquellos jóvenes insurgentes -instruidos en la clandestinidad, organizados en secreto y casi sin armas- llegaron a la Argentina a fines de los años 1940 con reputación de héroes; entre ellos, la familia de Wajszczuk, la rama paterna de la autora.

   Como siempre, Argentina figura como uno de los mapas finales de la guerra, y para rastrear los pasos hasta nuestro territorio hay que cruzar un océano, el silencio de las víctimas y la integridad de los sobrevivientes. Y claro, el horror.

   En algunos pasajes, la voz que narra apenas si puede sostenerse, jadea, y Wajszczuk debe continuar narrando en versos, contando por ejemplo, que a los que no morían asesinados, los encerraban en el mercado de Zieleniak. 20 mil personas sin comida, agua, electricidad ni abrigo. Los saqueos, las violaciones, los incendios y la inmundicia eran tan atroces, que asquearon hasta a los soldados nazis.

   Chicos de Varsovia se suma a la escasa bibliografía local sobre la insurgencia Polaca mostrando cómo era la ciudad y qué ocurrió poco antes de ser arrasada hasta los cimientos en la campaña más destructiva de toda la Segunda Guerra, donde las pérdidas superaron a la destrucción de Hiroshima y Nagasaki juntas.

Traiciones y otras necesidades

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Los hombres de la casona del villerío conocido como Arroyo de la China maldicen un nombre: Justo José de Urquiza. Las mujeres callan. Una de ellas es Cruz y está embarazada del caudillo, que no acusa recibo. Algunos evalúan asesinarlo, otros prefieren no mover el avispero. Un sobrino de la mujer se acerca y le dice “Voy a matarlo, tía, por usted”. El niño es Ricardo López Jordán. Un par de décadas después, Urquiza es el hombre más importante de la Confederación por debajo de Juan Manuel de Rosas. Cuando su sombra empieza a eclipsar a Manuel Oribe, hay un jovencito entre sus filas, un soldado de apellido Jordán, que no le saca los ojos de encima. Ninguno de sus familiares tomó en serio la promesa del chico y quizá tanto él como Urquiza lo hayan olvidado en los campos de batalla, peleando juntos. Cuarenta años después de aquella promesa en el patio, en nombre de Jordán, Urquiza es brutalmente asesinado.

El argumento recuerda al cuento de Jorge Luis Borges “Emma Zunz”, aunque aquí, a la inversa que en ese relato, los verdaderos son los nombres propios, aunque los motivos otros. Esta famosa trama no es ficcional, la conocemos por tratarse de la historia grande de nuestra patria, aunque quizá no conozcamos los detalles fascinantes que la componen y la diferencian de las similares, disparando otro tipo de preguntas: ¿Es consciente un traidor de su felonía? ¿La ignorancia o la ingenuidad pueden exonerar la culpa? ¿Es correcto hablar de “traición” en política? ¿Puede un hombre traicionarse a sí mismo? Y si lo hace ¿en qué se convierte?

En Urquiza, el salvaje, el libro que el historiador Hernán Brienza presentó hace apenas días en Córdoba, Brienza muestra a un caudillo entrerriano inabordable para las garras de cualquier maniqueísmo. Fue un asesino brutal, pero un piadoso en otros eventos. Un valiente libertador, pero también un cobarde traidor. ¿Qué queda de él, concretamente, además de haber triunfado en Caseros y terminar con el reinado de Rosas? Nada menos que el Estado argentino. Desde 1810, las Provincias Unidas del Río de la Plata no habían podido organizarse en términos jurídicos. Fracasó la Junta Grande, la Asamblea del año XIII, del congreso de Tucumán, los intentos unitarios, el proyecto federal dorregista; y Rosas se negó a convocar a la Comisión Constituyente. Recién 40 años después, la Argentina alcanzó su texto constitucional gracias a Urquiza, que representaba a las provincias y a los sectores populares. “Fue su hora más gloriosa –escribe Brienza–; y el inicio de la traición del peor Urquiza sobre el mejor”.

Finalmente, el autor propone un paralelismo con la situación actual del país: Un liberalismo conservador, en el que una clase que puede identificarse con aquel mitrismo, intenta imponer las condiciones a la clase trabajadora representada en las provincias, las cuales esperan aún el debido federalismo. Brienza no hace otra cosa que opinar sobre el eterno dilema global, la lucha de los pueblos por no perder su independencia “porque, después de todo –define–, perder es ceder riquezas frente a otros grupos o sectores hegemónicos. Lo demás es metáfora”.

Las islas al fondo

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  Una práctica común en el arte consiste en escoger un mito griego y ponerlo a andar con elementos de la actualidad, o en algún tiempo histórico que mejor combine con los intereses retóricos o artísticos del autor. Suele hacerse para re significar al mito, o por lo menos, actualizarlo a los usos. Pero del simple recurso a una novela excelente como 1982, hay un trecho que sólo puede sortear un autor como Olguín, y pocos más.

  El mito escogido es el de Fedra, la princesa cretense, hija de Minos y de Pasífae, y hermana de Ariadna. Fue raptada por Teseo, tras abandonar este a Ariadna, para casarse con ella. Olguín incorpora algunos cambios a la historia y la trae a la Argentina del año que da título a la novela. Su protagonista, Pedro, tiene diecinueve años, vive en Buenos Aires, estudia Letras y es hijo del teniente coronel Augusto Vidal (a punto de convertirse en héroe en Malvinas). Fátima es la segunda mujer del militar, de quien Pedro se enamora. A partir de ese momento se desatará la tragedia.

  Sólo hacen falta dos o tres pequeñas acciones en la vida cotidiana (un llamado telefónico, un beso, subir a un colectivo) para que toda la estructura de una familia se vea obligada a ceder ante la monstruosidad. A medida que la historia avanza, el clima de la narración mutará del hiperrealismo a un inquietante surrealismo para escapar de lo previsible. El desenlace de la historia es grotesco como puede serlo un lobo marino cayendo por unas filosas escaleras de metal.    

  Si bien no es una novela sobre Malvinas, las noticias que llegan desde las islas a la casa de los protagonistas son la música de fondo, con dramatismo expectante, que magnifica los sonidos de los discos de rock nacional que suenan en las escenas; también el de la playa y los colores de la madrugada, cuando Pedro se gana la vida como aprendiz de pescador, más interesado por la belleza del amor que por el derrotero de su familia. Ese escenario es la ciudad de Mar de Ajó, a la cual gracias al estilo de la prosa, no hace falta haber visitado para recordar sus aromas, su idiosincrasia demodé, y su argentinidad transfigurada, como lo fue la guerra, como lo fue la junta militar en su debacle.

  Sergio Olguín, nacido en Buenos Aires en 1967, es recordado entre otras obras por Springfield (Norma, 2007) novela trascendental que fue traducidas al francés, alemán e italiano. En 1982, su novena, nos narra una oscura historia de amor donde la represión estatal se volverá doméstica, donde la realidad homogénea del país bajo el régimen militar se resquebraja, y en sus primera grietas se puede volver a buscar una identidad, a pensar y a amar, aunque el precio a pagar por la libertad y la felicidad sea, paradójicamente, perderlas. Como en toda tragedia griega (o argentina) lo construido desde la valentía y la revelación; terminará en un duro golpe sin vuelta atrás.

 

Toma y daca de la política

El impacto de estas prácticas en contextos de poder es el tema de estudio de este ensayo, de Gabriel Vommaro y Hélène Combes.

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En la gestión pública nada se critica tanto (con excepción de la corrupción) como el clientelismo político. Pocos conocen su origen y es habitual que lo confundan con la compra de votos. Los dos tienen, a los oídos del sentido común, una connotación negativa; sin embargo el primero es un concepto mucho más complejo y es imprescindible estudiarlo para entender las relaciones humanas, no sólo las políticas.

El impacto de estas prácticas con otras similares en contextos de poder, es el tema de estudio en El clientelismo político, escrito originalmente en francés y publicado en Francia por Gabriel Vommaro, doctor en Sociología e investigador del Conicet y Hélène Combes, investigadora del Centre National de la Recherche Scientifique, de París.

Para muchos, por más reproches que se merezca, el clientelismo es algo natural: el trabajo político se nutre de los militantes y los representantes elegidos por el voto; los altos funcionarios y los agentes políticos suelen sostener relaciones de proximidad, a veces desde la infancia, con los habitantes de sus barrios, su comuna, así como con colegas del trabajo, allegados, amigos convertidos en empresarios y empresarios convertidos en amigos.

Esta visión popular sobre el clientelismo en las organizaciones se encarna en la figura de dominación por parte de las clases de élite, sin embargo, el panorama parece apuntar más a una idea simbiótica entre el poderoso y el dominado. El primero le debe muchas veces a sus sometidos el lugar que ocupa, y estos ejercen una clase de poder sobre quienes necesitan de su apoyo. No en los votos, que prometen venir, sino en el trabajo en los distintos grupos de influencia social, de gestión, de movilización de masas, y de construcción de una identidad nacional, de partido, o ideológico. En definitiva, una relación de reciprocidad e intercambio.
Los autores exponen y analizan desde varios enfoques los casos paradigmáticos desde donde abordar el fenómeno. En el caso de América latina, México y Argentina son imprescindibles para entenderlo.

Las intervenciones referidas a nuestro país recorren el camino desde la movilización de clubes y redes informales a partir del sufragio masculino directo en 1821, los cambios de éste al ser universal en 1912, el uso que hizo el radicalismo del Estado; y la monstruosa (por enorme y compleja) transformación que fue el peronismo, hasta la figura del puntero político de nuestros días como un agente de “resolución de problemas”.

Mientras nos interiorizamos en el accionar de organismos internacionales que luchan por erradicarlo, y comprendemos todo un abanico de prejuicios a la hora de evaluarlo, accedemos a las claves y enfoques que matizan la figura clientelar dentro de la sociología de Bourdieu, la epistemología constructivista, que toma, a su vez, elementos de la sociología pragmática.

Aquí el clientelismo es causa pero también efecto del subdesarrollo, una serpiente mordiendo su cola con tintes venenosos que dañan pero no matan, mantienen empobrecidas a las distintas sociedades.

El clientelismo se manifiesta así de maneras diversas y diversas serán las consecuencias sociales que tendrá, inclusive en las elites intelectuales con alguna influencia en el poder, una vez comprendido el fenómeno como un mal a combatir.