Reconstruir la tormenta

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   Agosto de 1944. Ciudad Vieja, Varsovia. Una multitud festeja la captura de lo que parece un tanque nazi. Algunos, sobre el techo del artefacto rodante, saludan felices a la caravana que los acompaña. Detienen el vehículo a las puertas de un edificio, más gente se suma a los vítores, bailan, se besan los soldados del AK con sus enfermeras.

   Nadie advierte que aquello es sólo una caja de metal con ruedas. Una trampa. Cuando explota, pulveriza a quienes están cerca, destruye hasta el primer piso, mata y hiere a varios metros, sobre todo a soldados, pero también a mujeres y niños en las calles, decenas. Los sobrevivientes describieron el instante después de la explosión como una lluvia roja y viscosa. Algunos cuerpos nunca se encontraron.

   Esta escena da comienzo a Chicos de Varsovia, una crónica, biografía familiar y documental de guerra de Ana Wajszczuk (Buenos Aires 1975), quien a medida que narra el viaje con su padre por la Polonia actual repleta de museos y de edificaciones modernas, reconstruye uno de los eventos más importantes e injustamente subvalorados de la Segunda Guerra Mundial: el levantamiento de Varsovia.

   Sobre esta rebelión se escribió mucho pero se tradujo muy poco. En español es difícil encontrar lo que en otros idiomas se sigue debatiendo: los intelectuales polacos y judíos acusan de antisemitas y colaboradores a los polacos católicos; estos se victimizan acusando a los judíos polacos de colaboradores soviéticos. Wajszczuk no se detiene a polemizar; su intención es conocer y contar, en el sentido trascendental del término.
Cerca de 150 sobrevivientes entre aquellos jóvenes insurgentes -instruidos en la clandestinidad, organizados en secreto y casi sin armas- llegaron a la Argentina a fines de los años 1940 con reputación de héroes; entre ellos, la familia de Wajszczuk, la rama paterna de la autora.

   Como siempre, Argentina figura como uno de los mapas finales de la guerra, y para rastrear los pasos hasta nuestro territorio hay que cruzar un océano, el silencio de las víctimas y la integridad de los sobrevivientes. Y claro, el horror.

   En algunos pasajes, la voz que narra apenas si puede sostenerse, jadea, y Wajszczuk debe continuar narrando en versos, contando por ejemplo, que a los que no morían asesinados, los encerraban en el mercado de Zieleniak. 20 mil personas sin comida, agua, electricidad ni abrigo. Los saqueos, las violaciones, los incendios y la inmundicia eran tan atroces, que asquearon hasta a los soldados nazis.

   Chicos de Varsovia se suma a la escasa bibliografía local sobre la insurgencia Polaca mostrando cómo era la ciudad y qué ocurrió poco antes de ser arrasada hasta los cimientos en la campaña más destructiva de toda la Segunda Guerra, donde las pérdidas superaron a la destrucción de Hiroshima y Nagasaki juntas.

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Traiciones y otras necesidades

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Los hombres de la casona del villerío conocido como Arroyo de la China maldicen un nombre: Justo José de Urquiza. Las mujeres callan. Una de ellas es Cruz y está embarazada del caudillo, que no acusa recibo. Algunos evalúan asesinarlo, otros prefieren no mover el avispero. Un sobrino de la mujer se acerca y le dice “Voy a matarlo, tía, por usted”. El niño es Ricardo López Jordán. Un par de décadas después, Urquiza es el hombre más importante de la Confederación por debajo de Juan Manuel de Rosas. Cuando su sombra empieza a eclipsar a Manuel Oribe, hay un jovencito entre sus filas, un soldado de apellido Jordán, que no le saca los ojos de encima. Ninguno de sus familiares tomó en serio la promesa del chico y quizá tanto él como Urquiza lo hayan olvidado en los campos de batalla, peleando juntos. Cuarenta años después de aquella promesa en el patio, en nombre de Jordán, Urquiza es brutalmente asesinado.

El argumento recuerda al cuento de Jorge Luis Borges “Emma Zunz”, aunque aquí, a la inversa que en ese relato, los verdaderos son los nombres propios, aunque los motivos otros. Esta famosa trama no es ficcional, la conocemos por tratarse de la historia grande de nuestra patria, aunque quizá no conozcamos los detalles fascinantes que la componen y la diferencian de las similares, disparando otro tipo de preguntas: ¿Es consciente un traidor de su felonía? ¿La ignorancia o la ingenuidad pueden exonerar la culpa? ¿Es correcto hablar de “traición” en política? ¿Puede un hombre traicionarse a sí mismo? Y si lo hace ¿en qué se convierte?

En Urquiza, el salvaje, el libro que el historiador Hernán Brienza presentó hace apenas días en Córdoba, Brienza muestra a un caudillo entrerriano inabordable para las garras de cualquier maniqueísmo. Fue un asesino brutal, pero un piadoso en otros eventos. Un valiente libertador, pero también un cobarde traidor. ¿Qué queda de él, concretamente, además de haber triunfado en Caseros y terminar con el reinado de Rosas? Nada menos que el Estado argentino. Desde 1810, las Provincias Unidas del Río de la Plata no habían podido organizarse en términos jurídicos. Fracasó la Junta Grande, la Asamblea del año XIII, del congreso de Tucumán, los intentos unitarios, el proyecto federal dorregista; y Rosas se negó a convocar a la Comisión Constituyente. Recién 40 años después, la Argentina alcanzó su texto constitucional gracias a Urquiza, que representaba a las provincias y a los sectores populares. “Fue su hora más gloriosa –escribe Brienza–; y el inicio de la traición del peor Urquiza sobre el mejor”.

Finalmente, el autor propone un paralelismo con la situación actual del país: Un liberalismo conservador, en el que una clase que puede identificarse con aquel mitrismo, intenta imponer las condiciones a la clase trabajadora representada en las provincias, las cuales esperan aún el debido federalismo. Brienza no hace otra cosa que opinar sobre el eterno dilema global, la lucha de los pueblos por no perder su independencia “porque, después de todo –define–, perder es ceder riquezas frente a otros grupos o sectores hegemónicos. Lo demás es metáfora”.

Las islas al fondo

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  Una práctica común en el arte consiste en escoger un mito griego y ponerlo a andar con elementos de la actualidad, o en algún tiempo histórico que mejor combine con los intereses retóricos o artísticos del autor. Suele hacerse para re significar al mito, o por lo menos, actualizarlo a los usos. Pero del simple recurso a una novela excelente como 1982, hay un trecho que sólo puede sortear un autor como Olguín, y pocos más.

  El mito escogido es el de Fedra, la princesa cretense, hija de Minos y de Pasífae, y hermana de Ariadna. Fue raptada por Teseo, tras abandonar este a Ariadna, para casarse con ella. Olguín incorpora algunos cambios a la historia y la trae a la Argentina del año que da título a la novela. Su protagonista, Pedro, tiene diecinueve años, vive en Buenos Aires, estudia Letras y es hijo del teniente coronel Augusto Vidal (a punto de convertirse en héroe en Malvinas). Fátima es la segunda mujer del militar, de quien Pedro se enamora. A partir de ese momento se desatará la tragedia.

  Sólo hacen falta dos o tres pequeñas acciones en la vida cotidiana (un llamado telefónico, un beso, subir a un colectivo) para que toda la estructura de una familia se vea obligada a ceder ante la monstruosidad. A medida que la historia avanza, el clima de la narración mutará del hiperrealismo a un inquietante surrealismo para escapar de lo previsible. El desenlace de la historia es grotesco como puede serlo un lobo marino cayendo por unas filosas escaleras de metal.    

  Si bien no es una novela sobre Malvinas, las noticias que llegan desde las islas a la casa de los protagonistas son la música de fondo, con dramatismo expectante, que magnifica los sonidos de los discos de rock nacional que suenan en las escenas; también el de la playa y los colores de la madrugada, cuando Pedro se gana la vida como aprendiz de pescador, más interesado por la belleza del amor que por el derrotero de su familia. Ese escenario es la ciudad de Mar de Ajó, a la cual gracias al estilo de la prosa, no hace falta haber visitado para recordar sus aromas, su idiosincrasia demodé, y su argentinidad transfigurada, como lo fue la guerra, como lo fue la junta militar en su debacle.

  Sergio Olguín, nacido en Buenos Aires en 1967, es recordado entre otras obras por Springfield (Norma, 2007) novela trascendental que fue traducidas al francés, alemán e italiano. En 1982, su novena, nos narra una oscura historia de amor donde la represión estatal se volverá doméstica, donde la realidad homogénea del país bajo el régimen militar se resquebraja, y en sus primera grietas se puede volver a buscar una identidad, a pensar y a amar, aunque el precio a pagar por la libertad y la felicidad sea, paradójicamente, perderlas. Como en toda tragedia griega (o argentina) lo construido desde la valentía y la revelación; terminará en un duro golpe sin vuelta atrás.

 

Toma y daca de la política

El impacto de estas prácticas en contextos de poder es el tema de estudio de este ensayo, de Gabriel Vommaro y Hélène Combes.

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En la gestión pública nada se critica tanto (con excepción de la corrupción) como el clientelismo político. Pocos conocen su origen y es habitual que lo confundan con la compra de votos. Los dos tienen, a los oídos del sentido común, una connotación negativa; sin embargo el primero es un concepto mucho más complejo y es imprescindible estudiarlo para entender las relaciones humanas, no sólo las políticas.

El impacto de estas prácticas con otras similares en contextos de poder, es el tema de estudio en El clientelismo político, escrito originalmente en francés y publicado en Francia por Gabriel Vommaro, doctor en Sociología e investigador del Conicet y Hélène Combes, investigadora del Centre National de la Recherche Scientifique, de París.

Para muchos, por más reproches que se merezca, el clientelismo es algo natural: el trabajo político se nutre de los militantes y los representantes elegidos por el voto; los altos funcionarios y los agentes políticos suelen sostener relaciones de proximidad, a veces desde la infancia, con los habitantes de sus barrios, su comuna, así como con colegas del trabajo, allegados, amigos convertidos en empresarios y empresarios convertidos en amigos.

Esta visión popular sobre el clientelismo en las organizaciones se encarna en la figura de dominación por parte de las clases de élite, sin embargo, el panorama parece apuntar más a una idea simbiótica entre el poderoso y el dominado. El primero le debe muchas veces a sus sometidos el lugar que ocupa, y estos ejercen una clase de poder sobre quienes necesitan de su apoyo. No en los votos, que prometen venir, sino en el trabajo en los distintos grupos de influencia social, de gestión, de movilización de masas, y de construcción de una identidad nacional, de partido, o ideológico. En definitiva, una relación de reciprocidad e intercambio.
Los autores exponen y analizan desde varios enfoques los casos paradigmáticos desde donde abordar el fenómeno. En el caso de América latina, México y Argentina son imprescindibles para entenderlo.

Las intervenciones referidas a nuestro país recorren el camino desde la movilización de clubes y redes informales a partir del sufragio masculino directo en 1821, los cambios de éste al ser universal en 1912, el uso que hizo el radicalismo del Estado; y la monstruosa (por enorme y compleja) transformación que fue el peronismo, hasta la figura del puntero político de nuestros días como un agente de “resolución de problemas”.

Mientras nos interiorizamos en el accionar de organismos internacionales que luchan por erradicarlo, y comprendemos todo un abanico de prejuicios a la hora de evaluarlo, accedemos a las claves y enfoques que matizan la figura clientelar dentro de la sociología de Bourdieu, la epistemología constructivista, que toma, a su vez, elementos de la sociología pragmática.

Aquí el clientelismo es causa pero también efecto del subdesarrollo, una serpiente mordiendo su cola con tintes venenosos que dañan pero no matan, mantienen empobrecidas a las distintas sociedades.

El clientelismo se manifiesta así de maneras diversas y diversas serán las consecuencias sociales que tendrá, inclusive en las elites intelectuales con alguna influencia en el poder, una vez comprendido el fenómeno como un mal a combatir.

Los restos del naufragio

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“Tenía alrededor de 15 años cuando emigré, hacía poco que había parido al niño, y tenía 21 años cuando Mariano murió. Todo ha venido pasando tan vertiginosamente que no siempre me doy cuenta de que todo pertenece al pasado. El pasado es otro país del que fui desterrada. ¿Y para qué volver?, me digo a diario, si no siempre logro habitar el presente”.

Esta cita de una carta real aparece en Lupe, después del viaje, la nueva novela de Silvia Miguens. En el pequeño fragmento citado, María Guadalupe Cuenca, viuda de Mariano Moreno, resume su vida de fantasma suplicante, una muerta viviente coleccionando los restos del naufragio; y configura la paleta de colores con la que Miguens la revive en el libro. Hace 15 años Miguens había publicado Lupe, la predecesora de esta historia. En ella recreó la vida de la adolescente Cuenca desde sus últimos años en Chuquisaca hasta dar a luz al hijo de uno de los políticos más activos en los primeros años del siglo XIX, en un país convulsionado por las vísperas de la independencia. El matrimonio con Moreno cambiaría su vida para siempre, pero a la adolescente le esperaba otro gran evento, la misteriosa muerte de su marido en altamar que pondría a debatir a varios historiadores hasta hoy.

Lupe, después del viaje comienza con el secretario de la Primera Junta ya embarcado mientras su mujer le envía, haciendo frente a las peores sospechas, algunas cartas que Mariano jamás podrá leer. Desde los días en que la esposa vive de incertidumbres, ignorando lo que todos los demás ya saben, se desarrolla una de las intrigas más ricas de nuestra historia, desde la perspectiva de una mujer que pregunta, mientras quienes gobiernan comienzan a darle la espalda a la familia Moreno para siempre. 

Pocos historiadores prestaron la atención que la autora ha prestado a estas cartas, reveladoras no sólo de una relación amorosa a la que los resquicios de luz de la casa permiten contar (o funestamente callar) sino de pequeños indicios imprescindibles para entender parte de la Historia desde el corazón mismo de la feminidad. La adolescente sale del trance y la convulsión nacional no sólo sin un marido ni una patria, sino con una fortaleza inquebrantable ante los embates de quienes la rodean.

Lupe, después del viaje es una novela histórica con todos los aditivos, se nutre de un pequeño puñado de escenarios y personajes que en cada intervención abren el abanico de lo que está sucediendo en todas partes, desde Londres hasta el Alto Perú. A través de María Guadalupe Cuenca de Moreno, Silvia Miguens visibiliza la vida de las mujeres de nuestra Historia, que aunque no tuvieron papeles protagónicos, le dieron forma, la acompañaron, la soportaron o fueron sus víctimas.

Donde viven los muertos

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  Mientras nos condolemos y ponemos en Facebook banderitas del país de turno castigado por el terrorismo, y anunciamos el repudio por cualquier tipo de ataque que involucre una considerable cantidad de muertos, e insistimos en los treinta mil desaparecidos que dejó nuestra última dictadura militar; México sigue batiendo todos los récords de cadáveres y desapariciones absurdas sin que la prensa parezca notarlo. En la última década se registraron en el país azteca 155.000 asesinatos y 27.000 desaparecidos solamente relacionados con el narcotráfico. Los femicidios cuentan de a 2.500 muertes por año, siete por día solo en el D.F. A esto hay que sumarle cientos de miles de víctimas del tráfico de personas. La mayoría intentan llegar desde centroamérica a USA y si tienen suerte de no ser asesinados antes de llegar, serán tomados como esclavos en el campo laboral o sexual. Casi no hay un sólo caso que no esté relacionado con oficinas estatales, es por eso que muchos no titubean en describir a México como un narcoestado.

  La literatura de ficción que aborda estos temas abunda, es que prácticamente no se puede escribir sobre otra cosa en México. La fila india, de Antonio Ortuño (1976), podría catalogarse como una más de estas novelas, pero no es así. Concentrado en el tráfico de centroamericanos y las oficinas teóricamente destinadas a protegerlos, el autor nos involucra en el día a día de quienes participan en atroces y episodios martirizantes con una prosa de múltiples voces que fotografían una sociedad que encarna, además y como si fuera poco, muchas otras formas aparentemente incontrolables de violencia y corrupción.

  Antonio Ortuño fue finalista del Premio Herralde, traducido a diez idiomas y fue seleccionado por la Granta como uno de los mejores narradores jóvenes en español. En esta novela registra cómo se descompone una persona según el lugar en el que le toca o elige vivir.

Vida triste de niño nazi

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para La Voz del Interior

  Uno de los primeros programas eugenésicos que precedieran a la moderna selección genética humana fue Lebensborn, desarrollado para el régimen nazi por Heinrich Himmler en 1933 con el ingenuo fin de crear superhombres arios. Veintemil nacimientos tuvieron lugar en los distintos centros especiales. El primero de esos bebés es el protagonista de esta novela. Protegido y bautizado por el mismísimo Hitler, llamándolo Konrad Von Kebnersol, Max (el nombre que le diera su madre) comienza a contar su día a día desde el útero hasta la caída del Führer.

  El pequeño cerebrito nazi del niño tambaleará constantemente no sólo por las noticias sobre la casi inminente caída de Berlín sino por su amigo y “hermano mayor” judío quien le muestra la realidad de las víctimas y sirve de modelo reparador en un mundo donde se las tendrán que arreglar solos a pesar de las diferencias.  

 Tomando de base a Au nom de la race de Marc Hillel, editado en 1975, la marroquí Sarah Cohen-Scali evidencia en Max que aún se pueda seguir escribiendo sobre el nazimo.  Entre otras abominaciones, y con lujo de detalles, la novela también da cuenta  de los miles de raptos de chicos polacos para ser “germanizados” y la vida subterránea de las ciudades sitiadas por los Iván (apodo dado por los sitiados a los soldados soviéticos), creando el conocido marco de posguerra tan propicio para conocer los márgenes de la psicología humana.

  A pesar de la molestia que produce no poder identificarse con el personaje principal, el ladrillo de casi 450 páginas es entretenido y pone de cara al lector más de una vez allí donde preferiría no mirar.

  La autora es licenciada en filosofía. Publicó una veintena de libros infantiles y varias novelas de suspenso para adultos. Max recibió el Premio Sorcières 2013 a la mejor novela para jóvenes, otorgado por la Asociación de Bibliotecarios de Francia en conjunto con la Asociación de Libreros Juveniles. A veces cuesta entender esta división en la literatura según edades, y más cuando se intenta imponer una zona gris entre lo infantil y lo adulto. Una cosa queda clara: esta novela puede ser leída y disfrutada por personas de cualquier edad, justamente, porque es una obra adulta por donde se mire.