¿Querés darte una vuelta por la Estación Espacial Internacional?

Street View no sólo nos sirve para ver la calle a la que tenemos que ir, o para recordar lugares por los que hemos pasado. El gran proyecto de Google Maps puede servirnos para explorar lugares que no hemos visto nunca, o sitios a los que posiblemente no podamos acudir nunca. Por ejemplo, podemos mirar el océano por dentro, el castillo de Drácula o incluso el espacio exterior. Ni siquiera el vasto campo de oscuridad que rodea a la Tierra se escapa de las cámaras de Google. Y ya podemos explorar una pequeña parte del espacio a través de Street View: la Estación Espacial Internacional. Y todo gracias a Thomas Pesquet, uno de los astronautas de la Agencia Espacial Europea (ESA) que ha subido hasta allí con la cámara del gigante buscador.

   Thomas Pesquet comenta en el blog de Google el desafío que ha supuesto capturar todas estas imágenes. El equipo que Google suele utilizar no funciona con gravedad cero, así que tuvieron que usar una configuración personalizada con cámaras DSLR y elementos ya presentes en la estación. Todas esas fotos se enviaron a la Tierra, y allí se juntaron para formar una imagen en 360 grados.

   Estas imágenes ya se pueden explorar en Street View. Para hacerlo sólo tenéis que seguir este enlace, y explorar a partir de ahí.

Nao supera una prueba de consciencia de sí mismo

Un robot humanoide ha resuelto un popular juego de lógica, ‘Los hombres sabios’, demostrando que sabe cuándo está hablando. 

Nao_estudiantes   

Según un artículo publicado en la revista New Scientist, se trata de la primera vez que un robot Nao, los modelos humanoides disponibles a la venta, ha superado un enigma de este tipo que, aunque pueda resultar una prueba sencilla, se acerca a los límites de la consciencia. De esta forma se da un importante paso hacia la creación de máquinas que tienen consciencia de sí mismas y entienden su lugar en el mundo. 

 La prueba se ha llevado a cabo en el Laboratorio de Inteligencia Artificial Rensselaer (RAIR Lab) al mando del profesor Selmer Bringsjord. Tres pequeños robots humanoides tienen un enigma que resolver. Se les hace creer que a dos de ellos se les ha dado una pastilla para enmudecer que les deja sin habla. En realidad, simplemente se ha pulsado el botón para silenciarlos, pero ninguno sabe cuál puede seguir hablando. Eso es lo que tienen que averiguar. Cuando el investigador les pregunta, sus procesadores tratan de buscar la respuesta correcta. Ya que dos no pueden hablar, sólo uno de ellos responde en voz alta “No sé”, cayendo en la cuenta al oír su propia voz, que no puede estar silenciado. “¡Lo siento, ahora lo sé! Puedo demostrar que no me dieron la pastilla”, exclama. A continuación, lo traslada a código matemático y lo guarda en su memoria para demostrar que lo ha entendido. 

   La prueba de Los hombres sabios requiere algunos rasgos muy humanos. En primer lugar, el robot deben ser capaz de escuchar y comprender la pregunta, responderla, darse cuenta de que es el único en hacerlo, reconocer su propia voz, asociarlo a la pregunta y finalmente, resolver el enigma. La prueba con robots Nao en Rensselaer no es la única en que estas máquinas bordean los límites de la conciencia. Por ejemplo, Nico, un robot de investigación de la Universidad de Yale, es capaz de reconocer su propia mano en un espejo, mientras Qbo, un proyecto español de código abierto, está programado para tareas de reconocimiento facial o de objetos, reconociéndose también a sí mismo frente a un espejo. 

   Ambos son un paso hacia el intento de superar la famosa Prueba del espejo, una medida aplicada a animales para detectar si verdaderamente entienden que el rostro que ven reflejado en un espejo es el suyo. Sólo aquellos más inteligentes, orcas, elefantes, urracas, delfines, algunos simios y el hombre, la han superado. 

Acá el video del emocionante momento:

https://youtu.be/MceJYhVD_xY

Aquellos relojes

  ¿Quién no tuvo de chico un reloj calculadora? ¿Los recordás? Podías hacer de todo con él menos mirar la hora. Otro problema era que los minúsculos botoncitos impedían cálculos de una cifra, tus dedos siempre apretaban como mínimo tres números a la vez. ¿Y quién no lo llevó al colegio para la evaluación de matemáticas? Como si semejante socotroco pasara desapercibido. Era de un plástico tan berreta que cuando transpirabas por los nervios tu muñeca izquierda emanaba un olor de otro mundo. La maestra te lo hacían sacar, poner abajo del banco. Así que ahí te quedabas con una marca negruzca hedionda en la muñeca y sabiendo que no ibas a poder hacer una maldita ecuación. De nada servía tirar el lápiz al suelo y agacharse a buscarlo para intentar usar el reloj, la seño recorría los pasillos de los bancos como un nazi en los pabellones de un campo de concentración. Tac, tac, tac, mirando acá y allá en busca de algún tramposo que ejecutar.

  ¿Y quién no tuvo uno de esos relojes que apretando un botón encendía la pantalla azul o verde? Estabas con tus amigos a la noche viendo una de terror en la videocassettera y de pronto se cortaba la luz. Y vos, relamiéndote en la oscuridad ¡Tuf! Lo encendías. ¡Ahhhh! ¡Qué bello! Era el futuro en tus manos. Y a la hora de irte a dormir te lo sacabas y lo dejabas en la mesita de luz y no pasaban ni treinta segundos hasta que lo encendías para ver hasta qué distancia era capaz de iluminar. ¡A qué sí! A que lo metían debajo de la sábanas para mirar. ¡Sí! Y después a la mesita de luz para volver a agarrarlo y encenderlo para notar que no había pasado ni siquiera otro minuto. Lo importante era no dejar de asombrarnos de esa luz nunca vista. ¿Cuánto duraba encendida? Jamás nadie lo supo, decían que variaba según la hora. ¡Vamos, no se hagan! Acaso no hacen eso con el celular todo el tiempo, como si de repente nos llegara algún mensaje tipo “Te ganaste un auto”. Bueno… sí llegan, yo ya me gané 6. Por eso miro el celular a cada rato, no es por si ella me escribe, es para ver si me informan dónde retirarlos.