Los necesito /2

Amigos que me asistieron en este work in progress hace algunos días: luego de aplicar las recomendaciones que ustedes me hicieron, pego abajo una primer revisión, a ver qué les parece. ¡Gracias!

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  La última vez que sus pies se hundieron en el césped del patio, tenía empleo y esposa. Directo desde la cama, sin vestirse ni pasar por el water, no siente que sea exactamente él el que está allí. Empleo y esposa; y una perra: Belkis. Hace años, Julio, Belkis y Carolina eran una sola entidad cuando jugaban, por la tarde, en ese mismo patio donde ahora la circunferencia del sol se completa sobre el muro. Extraña a la perra, no a Carolina. Eso debe tenerlo en claro. Es Domingo de fuego en Rosarito, invadida por las enormes antenas de alta tensión que la afean tanto.

  Anoche, como cada Sábado, los güeritos dejaron el reguero de basura por toda la calle. Ninguno tiene edad para saber que han cruzado a otro país. Creen que México  es el estado más divertido de América. La compañía de limpia del Ayuntamiento envió al personal de las playas a juntar la mugre de este lado. Un gordo que apenas si puede mover la bolsa donde debe colocar las latas de cerveza, entra y sale del cuadro que Julio descubre en la ventana mientras enciende un cigarro y termina de abrocharse la camisa. Se nota que el gordo es un voluntario, que tuvieron que recurrir a gente como él o quizá a presidiarios porque seguramente la mayoría del personal de la compañía se quedó limpiando la sobrepoblación de medusas en la costa. Ahora Julio cierra la persiana y alcanza a ver al gordo agacharse con dificultad, levantar una lata y botarla dentro de la bolsa.

  Julio cierra la puerta y proyecta en su mente el cruce por el Mojave. Enciende el Tsuru, baja a la calle y lo deja allí rumiando mientras cierra el garaje. Luego se sube y acelera. A las pocas calles gira por Troncoso Miranda, donde está el templo Bethel que siempre lo intrigó. Un día va a entrar, lo presiente, es una de esas sensaciones que lo empujan, como ahora, a una experiencia sin sentido, como este largo viaje por una perra.

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Como platos sobre el agua

De cómo un error periodístico y un grupo de creyentes crearon a los platos voladores.

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  1947, nace el Fondo Monetario Internacional, su constitución prevé un alto nivel de empleo mundial y reducción de la pobreza. India y Pakistán se independizan del Reino Unido. Estonia, Letonia y Lituania son incorporadas a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Japón se transforma en una monarquía constitucional y se presenta Polaroid Land, la primera cámara de fotos instantáneas.

  El 24 de Junio de ese año, fue un día espléndido para volar sobre Oregon. Desde la avioneta el horizonte era una línea azul etérea curvandose sobre las montañas Cascade. Kenneth Arnold, un vendedor de equipos de extinción de incendios ve algo en el cielo en pleno vuelo cerca del monte Rainier. Objetos erráticos —contaría después al periodista Bill Bequette, redactor del The East Oregonian—, eran nueve, tenían forma de bumerang, se desplazaban como piedras cuando rebotan sobre una superficie líquida, como platos lanzados sobre el agua”.  

  Pero Bequette confundió el movimiento de los objetos con su forma.  Cuando la noticia fue difundida por las agencias United Press y Associated Press, ya estaba mal redactada. Los objetos se describieron como “platillos voladores”, no como objetos que volaban como platos sobre el agua. Meses después, todo el país juraba haber visto platillos volando en su ciudad y no tardó en afirmarse que se trataban de naves interplanetarias. A la gente le encantaba el tema, hacía tiempo que las publicaciones de ciencia ficción venían creando el campo propicio para disparar la creencia. No pasó mucho tiempo hasta que aparecieran los primeros testimonios de contacto extraterrestre y se globalizara.

  En 1950, el célebre locutor Edward R. Murrow entrevistó para la CBS a Arnold, quien recordó: «Dijeron que yo había dicho que eran “como platillos”, cuando lo que yo dije fue que “volaban al estilo de un platillo en el agua”» Décadas más tarde, Arnold bromeó:  “Muy probablemente, todas las razas alienígenas y extraterrestres que han visitado la Tierra han tenido que rediseñar sus naves para adaptarse al error de un periodista de un diario local de Estados Unidos del año 47”.

  8 de julio de 1947. Parte de un globo del proyecto Mogul, un programa secreto para la detección de la onda expansiva generada por explosiones nucleares soviéticas, cae en un pueblo perdido de Nuevo México. El Ejército Estadounidense lo recupera, llevándolo al Aeródromo Militar de Roswell. La base era entonces el hogar del Grupo de Bombarderos 509 de la Octava Fuerza Aérea, el primer escuadrón atómico del mundo, el que destruyó Hiroshima y Nagasaki.

    El diario local anunció en su primera página que habían capturado un “platillo volador”. El Ejército tuvo que dar explicaciones: lo recuperado, indicó, son piezas de un globo meteorológico. La explicación coincidía con los trozos de madera y papel de aluminio encontrados por el ranchero Marc Brazel que se presentaron en rueda de prensa. Ni Brazel, el que encontró los restos del presunto “platillo”, ni Jesse Marcel, oficial de inteligencia de la base de Roswell, hicieron mención alguna a la existencia de cadáveres de cualquier tipo. Los pocos testigos oculares de los restos del supuesto platillo coincidieron en describirlo como pedazos de madera balsa y algo parecido a papel de aluminio. El caso Roswell quedó explicado.

   Charles Berlitz era un escritor estadounidense muy conocido en 1980, especializado en civilizaciones antiguas y fenómenos extraños. Su libro más famoso fue El Triángulo de las Bermudas, vendió 20 millones de ejemplares. Allí relató varios casos de barcos y aviones desaparecidos. Ofreció un conjunto de explicaciones convencionales dadas por la Guardia Costera de EEUU y operadores de empresas de aviación o marineros conocedores del lugar. También recogió informes sobre extrañas luces en el cielo y bajo la superficie del mar y enormes explosiones submarinas. Estas desapariciones se las atribuye a causas tales como ovnis, experimentos de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos, o restos de antiguas civilizaciones. Se remite a testimonios de otros investigadores de estos fenómenos y a las declaraciones de Edgar Cayce, un estadounidense que afirmaba ser un vidente y haber tenido visiones sobre la civilización de la Atlántida.

    El aviador Larry Kusche investigó a fondo los casos presentados por Berlitz y, en su libro El misterio del triángulo de las Bermudas solucionado (1975), llegó a la conclusión de que algunos casos ni siquiera existieron, otros tuvieron lugar muy lejos del supuesto triángulo, y el resto puede explicarse por causas naturales como malas condiciones meteorológicas, que Berlitz procuró no mencionar o convirtió en excelentes. Ni hablar de las otras menciones delirantes y de tratar de convertir al mito atlante en una verdad.

     En 1980 Berlitz publicó El incidente, libro que escribió con William L. Moore sobre la supuesta captura de extraterrestres en Roswell. Hasta ese momento ningún ufólogo creía que el caso tuviera que ver con extraterrestres, pero el libro instaló una mina de oro para el pueblo, que se convirtió en centro de peregrinación de los creyentes en los ovnis. Gracias a las superventas multiplicadas por millones de creyentes en todo el mundo, el caso Roswell pasó de ser una tontería, a ser un caso OVNI emblemático que disparó además la mayoría de las bases del pensamiento conspiranoico y el antiamericano en el mundo.

  Por supuesto, no hay quien no afirme que lo que cayó en Roswell fue, sí señores, un “platillo”.

Casos testigos

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  Las ciencias, incluidas las blandas, requieren atravesar un método y muchos sesgos para probar alguna cosa como verdad. Necesitan muestras significativas, o de un alto número de individuos y casos. En sociología, la reina es la estadística, pero se pierde en la extrapolación cultural. Entonces: ¿Se pueden iniciar ideas investigativas a partir de casos aislados e inclusive, un solo caso? Howard Becker cree que sí. Donde se encuentra una particularidad, se tiene la punta del ovillo para una futura teoría que aporte preguntas al campo social.

  Becker es un sociólogo de San Francisco (nacido en Chicago en 1928) que trabajó como pianista y orientó sus primeras investigaciones a explorar el mundo de los músicos de jazz, estudio que le valió, después de probarla en diferentes ámbitos, su famosa teoría de la desviación y el etiquetado.

  Esta primera traducción al español de Mozart, el asesinato y los límites del sentido común reúne artículos y ensayos, algunos inéditos, que sirven de apéndices a sus numerosos libros y trabajos de investigación que tienen como objetivo primordial responder a la pregunta de cómo se hace, se debe hacer y entender a la sociología en un planeta cada vez más necesitado de la ciencia fáctica. Para lograrlo aborda temas como las bellas artes, el delito, el consumo de opiáceos, la burocracia brasileña y otros tópicos, algunos únicos,  curiosos y sorprendentes.

 Así como cualquier discusión en nuestro ámbito cotidiano no puede seguir adelante cuando alguien realiza una comparación con el nazismo, o la figura de Hitler, lo cual es improcedente, desleal y erróneo; ocurre algo similar en el campo de las discusiones sociológicas cuando éstas sucumben a la tentación del sentido común. El autor se vale de dos figuras para explicarlo, las cuales tuvo que enfrentar en diversas conferencias y que dan el peculiar título al libro: Mozart y el asesinato. Así como para desacreditar a los modelos democráticos aludiendo a que Hitler fue elegido por el voto popular; un asesinato jamás podrá verse de otra manera que no sea “mala” al igual que con el mismo criterio, no podrá discutirse el “genio” de Mozart. Estos pensamientos producen una desviación en cualquier disputa porque conducen a etiquetados inamovibles: el crimen es malo, Mozart fue un genio. De allí la teoría que propone básicamente deshacerse de las desviaciones y etiquetas para poder estudiar.

  Los casos que el libro expone, además de servir como narraciones autobiográficas, son especiales para entender cómo, sin renunciar a la rigurosidad a veces desalentadora de la ciencia, se pueden desarrollar teorías completas y complejas, basadas en casos únicos, los cuales preguntan sobre los mecanismos de su naturaleza intransferible y de qué le puede servir a la sociología moderna analizarlos.

El lado claro de la luna

El alunizaje humano llevado a cabo por Estados Unidos en 1969 se convirtió asombrosamente en un mito contemporáneo.

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 “Se lleva el secreto a la tumba”. Esas fueron las palabras que, como muchos otros millones de personas en el mundo, pronunciaron varios periodistas el 25 de agosto de 2012 cuando murió Neil Armstrong, el primer hombre en pisar la Luna. Supuestamente, el secreto que se llevaba, era si el alunizaje existió o no. El enunciado “nunca llegamos a la Luna” pasó de ser una denuncia de un grupo de conspiranoicos -categóricamente refutados en su momento-, a una creencia popular que se escucha en la última década en los bares y sobremesas, con aires de superioridad intelectual.

  La idea comenzó en 1974 con las denuncias del norteamericano Bill Kaysing en su libro “Nunca fuimos a la Luna”, empezó a popularizarse cuatro años después, con el estreno de la película de ciencia-ficción Capricornio Uno, donde se ficcionalizó a la NASA intentando falsificar un amartizaje; y en 1968 un guión del dramaturgo británico Desmond Lowden, mostraba un alunizaje con maquetas.

  El mito cobró fuerza, pero muchos grupos New Age y otras creencias absurdas empezaron a luchar por instalar la idea del alunizaje falso y tuvieron éxito. Fue el caso de la Sociedad de la Tierra Plana, que aún existe y sí, Señores, sostiene que la tierra no tiene forma de papa (el tubérculo), sino de tabla. Esta sociedad afirmó que varias de las fotografías eran falsas ya que se veía una Tierra redonda.

  El descrédito del alunizaje fue imparable cuando se sumó el éxito del libro NASA Mooned America, del periodista norteamericano Ralph Rene, llegando a una global masificación en 2001 gracias a la prensa paranormal. Fue el documental  presentado por Mitch Pileggi -el jefe de Mulder y Scully en Expedientes X – emitido por Fox, el culpable.

  Las acusaciones de base son que la bandera en la Luna no puede flamear ya que allí no hay atmósfera y por lo tanto tampoco viento; que no se ven estrellas en el cielo lunar; ni  seguimos visitando el satélite; y que todo fue un montaje para ganar la carrera espacial a  los rusos en plena guerra fría.

  Al principio la NASA no contestó al absurdo, pero para 2003 tuvo que desmontar cada una de las numerosas acusaciones instigados por la prensa. La bandera, por ejemplo, nunca flameó (y se ve claramente en el video), posee un travesaño que la mantiene extendida y su movimiento, que no es ondulatorio, corresponde a la gravedad lunar. Las estrellas no se ven por la misma razón que en un partido de fútbol nocturno, la magnitud de luz no llega a imprimir la cinta; por otro lado sí se siguió viajando a la Luna, inclusive con misiones tripuladas hasta el Apollo 17.

  Algunas de las acusaciones más complejas plantearon que el módulo de aterrizaje pesaba 17 toneladas y no dejó huellas tan profundas como las pisadas de los astronautas; que ni siquiera el poderoso cohete propulsor del módulo dejó rastros cuando debiera haber creado un cráter; que los motores tendrían potencia para levantar polvo al alunizar y por lo tanto la famosa huella de Armstrong no podría haberse grabado si todo el polvo circundante fue soplado.

  Como todas, fueron explicadas no sin tedio: el módulo lunar pesaba entre 15 y 17 toneladas en la tierra, no en la Luna donde su peso se situó apenas entre los 1200 y 1600 kg. La idea del cráter debajo es errónea, el módulo sólo tenía que contrarrestar su peso, por lo que el empuje fue muy inferior, dividiendo esa fuerza entre la superficie de salida de la tobera, logrando la presión de expulsión de los gases, la cual disminuye debido a la rápida expansión de los gases en el vacío, por lo que no era suficiente para crear un cráter, aunque sí para levantar algo de polvo, como se muestra en las grabaciones realizadas desde la ventana del módulo. El polvo de las inmediaciones no fue removido por la falta de viento, y las huellas pudieron imprimirse.

  Para terminar, la evidencia más contundente es un simple cálculo estadístico: el proyecto Apollo llegó a tener en nómina a unas 35.000 personas trabajando y otras 400.000 que colaboraban en empresas y universidades contratadas. Demasiada gente para mantener callada. Las nuevas tendencias religiosas, que se basan en el negacionismo de cualquier ortodoxia, occidentalismo (a pesar de que sus prácticas nada tengan de orientales), la conspiranoia y el odio hacia Norteamérica, utilizan este caballito de batalla que ha llegado demasiado lejos para ser de madera con una tabla mecedora por debajo.

 Países como la Unión Soviética habrían tenido motivos para denunciar el fraude si no fuera que astrónomos profesionales, aficionados y observadores satelitales de numerosas naciones siguieron la misión, junto a radioaficionados que oían las conversaciones de los astronautas a través de sus radiotelescopios apuntados a la región exacta donde se encontraba la nave.

  Aún hoy mucha gente cree o tiene dudas sobre el alunizaje del 69; pero cada vez son menos gracias a programas serios emitidos en la última década como Magonia en España y Cazadores de Mitos en USA.

Crónicas expatriadas

“Sam no es mi tío” reúne textos de más de 20 escritores e intelectuales latinoamericanos residentes en Estados Unidos. El periodista y escritor cordobés Diego Fonseca cuenta el origen de esta antología que propone miradas sobre el modo de vivir el sueño americano, o sus pesadillas.

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Foto: Adrián Duchateau

Hace unos años, el periodista y escritor cordobés Diego Fonseca llegó a Miami para dirigir la revista de economía competidora de la latinoamericana que dirigía desde México, donde vivía con su pareja. A los pocos días de comenzar, Bush da su discurso ante el Congreso y Wall Street se va en picada. En ese tiempo resuelve casarse y un domingo, en la primera mañana de luna de miel, se entera que desde el lunes se quedaba sin trabajo. Allí empezó a pensar la idea de un libro como plataforma para narrar su propia experiencia. Le contó la idea a la brasilera doctorada en literatura latinoamericana Aileen El-Kadi y se entusiasmaron.

 Así reunieron en Sam no es mi tío (Alfaguara) a más de una veintena de intelectuales “latinos” residentes en Estados Unidos (entre los que se destacanSantiago Roncagliolo, Edmundo Paz Soldán, Claudia Piñeiro y Gabriela Esquivada) para dar cuenta de cómo se juegan sus tensiones, las negociaciones de su yo, los conflictos y contradicciones; de qué modo se producen las mixturas y sincretismos en el gran país del norte.

   ”Siempre pensé a Sam no es mi tío como un puente —cuenta Fonseca desde Washington—, una oferta de diálogo hacia otros intelectuales, los americanos y sajones. La idea era: aquí está este grupo de intelectuales latinoamericanos —periodistas, académicos, novelistas— que asumimos así nuestra relación y la de los latinos en general con Estados Unidos. Una segunda parte de Sam debieran ser esos colegas latinos aceptando el convite: que nos cuenten cómo ven ellos su patio lleno de latinos bullangueros”.

¿Cómo fue el criterio para reunir las crónicas?

Lo primero fue evitar las agendas condicionadas. El gran tema vinculado a migración ha sido y es la migración indocumentada, en particular la que sucede por la frontera con México. Eso está, pero no es dominante. El asunto era tratar de mirar cuestiones universales: cómo es trabajar, vivir, amar en Estados Unidos. Cómo se miran los latinos en sus países en relación a Estados Unidos. Cómo es operar entre los agujeros del sistema. Cómo comprar los grandes discursos y sueños y encontrar pesadillas.  

¿Qué tan grande y complejo es Estados Unidos para no poder entenderlo?

Es complejo pretender explicar una nación en términos absolutos. ¿Es un imperio? Tiene comportamientos imperiales en política exterior. ¿Pero es una nación democrática, respetuosa de las minorías? Lo es, mucho más que varias que conozco. Y estas dos definiciones no abarcan todo. Más en el fondo, ¿hay una definición de lo americano, profunda y única? No: no es el mismo Estados Unidos el que ve un miembro del Tea Party que el que narra Springsteen. Ni es el mismo relato el de Mitt Romney que el de The Wire. No sé si existe “lo argentino”, por ejemplo, como categoría y, del mismo modo, no sé si se puede definir absolutamente qué es americano y, por extensión, qué es Estados Unidos.  

¿Cómo ve, si es que se puede resumir en una respuesta, un “latino” al país? ¿Y cómo se ve el mundo desde allá?

Estados Unidos, en general, es un país de pequeñas ciudades insulares. El ciudadano medio americano viaja poco —un porcentaje muy bajo de la población tiene pasaporte— y es un país tan vasto que suele ser pupocéntrico. La mayoría de los noticieros de los canales locales, por ejemplo, a diferencia de lo que suele suceder con los medios en Argentina, se enfocan en noticias muy locales. Si sirve esto como medida, en el último debate presidencial, Barack Obama y Mitt Romney discutieron política internacional sin casi mencionar México —que es central en la agenda migratoria—, Europa —capital para la estabilidad financiera internacional— o América Latina —que por primera vez en décadas tiene una agenda con una mirada relativamente independiente de Estados Unidos.

¿Cuáles son las diferencia en cuanto a la mirada sobre el país según la nacionalidad de quien escribe?

Nunca se puede ser concluyente pues cometería el mismo error que cuestiono —la generalización— pero en general se tiene una mirada más amistosa de Estados Unidos en el conjunto de la región que, por ejemplo, la que se tiene desde ciertos campos en Argentina. Hace unos días, en una charla sobre Sam no es mi tío que tuve en Miami, una persona de un grupo de lectura me dijo que se indignó con el texto de Claudia Piñeiro. Claudia narra cómo se perdió buscando una dirección en un viaje a Miami, un territorio que para la psique tradicional argentina no representa más que playas y centros comerciales. El texto de Claudia expresa muy bien cierta mirada superficial en alguna medida predominante en el progresismo argentino.  En México hay tensión producto de una relación muy cercana y friccionada, pero la retórica política es menos agresiva para con Estados Unidos, comparativamente, que la argentina.

Desde adentro

   Un inmigrante sin documentos se burla del sistema y se gradúa con honores. Una vieja cantante de tangos busca otros 15 minutos de fama mientras desinfecta baños en Miami. Un gringo que defiende a latinos pobres que lo van a traicionar. Una mujer y su amante ven por tele la caída de las Torres Gemelas mientras especulan si el esposo murió en el ataque. Estas y otras historias se reúnen en Sam no es mi tío.

   ”La mitología del “sueño americano” recibe aquí giros irónicos, patéticos, trágicos, melancólicos, pero nunca ingenuamente satisfechos y celebratorios”, se lee en el prólogo.

   Los 24 cronistas que aquí participan se propusieron desordenar los discursos oficiales que hablan de las relaciones entre latinos y gringos, entre legales e ilegales, entre primer y tercer mundo.

Perfiles:

Diego Fonseca: Nació en Las Varillas, Córdoba en 1970. Vive en Washington, DC. Es periodista desde 1989. Licenciado en comunicación por la Universidad Nacional de Córdoba, en Argentina, Diego tiene un MBA del Instituto de Empresa Business School, de Madrid, y estudios en posgrado en Georgetown University y en INCAE Business School de Costa Es autor del libro de relatosSouth Beach (Recovecos, 2009).

Aileen El-Kadi: Nació en Bahía, Brasil en 1972. Es Doctora  en literatura latinoamericana de la Universidad de Colorado. Traductora literaria, profesora e investiga­dora de cultura, literatura y cine contempo­ráneo latinoamericano. Dirige el programa de Estudios Brasileros en la University of Texas, en El Paso, donde vive.

Cronicas de Daniel Alarcón, Jorge Volpi, Santiago Roncagliolo, Ilán Stavans, Edmundo Paz Soldán, Claudia Piñeiro, Jon Lee Anderson, Joaquín Botero, João Paolo Cuenca, André de Leones, Aileen El-Kadi, Gabriela Esquivada, Diego Fonseca, Eduardo Halfon, Yuri Herrera, Hernán Iglesias Illa, Andrea Jeftanovic, Camilo Jiménez, Juan Pablo Meneses, Diego Enrique Osorno, Guillermo Osorno, Carola Saavedra, Wilbert Torre y Eloy Urroz.

(Suplemento Ciudad X – 2012)